CAPÍTULO 27. Una mindundi que cambia las reglas
Sarah hacía ya rato que no estaba en el vehículo. Tampoco había llamado a la policía. Ni a urgencias. Desconocía en realidad la magnitud de los hechos que acontecían en el abandonado lugar, pero pronto entendió, al ver la lucha de las Huntrix, que aquello tenía poco sentido. Los demonios de los que tanto hablaba Mira de pequeña, esos demonios de colores con los que soñaba y a veces tenía pesadillas. Al parecer, existían brechas en el espacio, rendijas por las que la energía tenía altos y bajos. La buena y la mala eran distintos pasaportes a entidades que el ser humano corriente no tenía derecho a ver. Pero se sabía, por historias primigenias, que ciertas generaciones sí lo hacían. Ahora sabía algo más. Y es que las colisiones entre lo tangible y lo que no lo era también existían. Ella estaba viendo algo que no debía ver. Esa pelea la hizo pensar que en realidad el último tiempo estuvo de nuevo recayendo en la droga y que ese era el culmen de uno de sus viajes mentales cuando se inyectaba heroína.
Pero no lo era.
Estaba limpia, al menos de sustancias duras. Entonces estuvo a punto de obedecer a Mira y llamar a la policía. Hasta que vio que Ronald se dirigía a la casa a por Zoey.
A los demonios sólo parece interesarles… ellas tres. ¿Por qué?
Un grupo de demonios la vio, pero pasaron de largo. Como si ella ni siquiera existiera. No era relevante. A pesar de ello, fue escondiéndose por tramos de tiempo hasta que la guerra se hizo demasiado sanguinaria para sus ojos. Deseaba ayudar a Mira… pero ni loca iba a meter el pescuezo entre tantas armas y gente luchando como si se hubiera dedicado toda la vida a la guerra. ¡Era una locura! No parecía sacado del mundo real. Pensó en marcharse y buscar algún otro tipo de ayuda, o arrollarles a todos con el imponente todoterreno de su estrella, pues le dejó las llaves.
—Esto excede mis capacidades, tengo que estar soñando —murmuraba.
Pero el esperar le dio la solución. Ronald volvía a estar fuera, y junto a Higgins enfrentaban a Rumi y a Mira. Sarah contempló, desde su saludable lejanía, que Ronald y él parecían compartir una complicidad. Sarah desconocía a aquellos hombres más allá de rumores y noticieros que leía en sus ratos libres. Sabía cómo se llamaban y sus profesiones, y que el austríaco no tenía buena fama. No entendía qué hacían ahí parados, pero desde luego parecían en el ajo.
Entonces recordó su posición en aquel tablero. Era un solitario peón, abandonado en una de las esquinas… mientras la encarnizada guerra sucedía lejos de ella, dejando a la vista una entrada al palacio rival. Si entraba y llegaba donde correspondía, podía convertirse en una pieza clave y dar la vuelta a la partida. Aquello sembró en ella una idea mil veces más triunfal. Porque nadie la tenía en mente en aquel sitio ni momento. Ni siquiera Mira. El resto apenas la conocían. Sabía que Zoey estaba en peligro y que seguía estándolo, porque… no estaba acompañando a sus amigas. Miró la casa rural. Era el palacio del tablero. El lugar en el que, si llegaba ilesa y nadie se percataba de su existencia, podía cambiar las tornas. Ella, siendo una mindundi, una don nadie, iba a ganar la parte del juego que le interesaba y a su sucia manera.
Sarah se adentró en la casa.
Interior de la casa abandonada
Sarah se acongojó al ver más demonios -o mejor dicho, falsos humanos-, con la piel a tiras y agrietada, abiertos en canal y apilados en el suelo. Lo que no estaba lleno de sangre, estaba con un extraño líquido rosado esparcido por los muebles. Olía a encierro. Pero parecía estar sola. No tardó demasiado en dar con la portezuela que daba a las escaleras del sótano. Sarah tragó saliva y buscó primero en la cocina algún cuchillo. Se armó con él y temblando bajó los peldaños de las escaleras.
—Eh… ¿Zoey…? ¿Estás aquí?
Zoey oyó una voz femenina sobre las escaleras. Se había escondido justo bajo éstas.
—Estoy abajo… ¿quién eres?
—Soy… la amiga de Mira. ¡Sarah!
Zoey frunció el ceño. Desconocía la función que algunos demonios tenían de simular ser personas que le eran conocidas. Eso era algo que Rumi y Mira acababan de descubrir por las malas. Pero Zoey había escuchado tanto griterío y ruido de armas en el exterior, que el hecho de que viniera aquella chica a buscarla le hacía sentir congoja.
(Recordatorio: en este fic, los demonios no replican bien a las cazadoras. Es su… «asignatura pendiente». Pueden tratar de hacerlo, pero fallan en algún punto de la réplica. Ej: crear una Mira de ojos azules o con un ojo deformado.)
—Va-vale… estoy aquí, detrás de unas tablas. Mira me dejó aquí escondida.
Sarah paró de bajar los escalones. Aprovechó la visual que tenía para estudiar mejor el sótano. Zoey tenía una posición ventajosa si alguien entraba, porque tenía más campo de observación. Podía atacar a alguien si asomaba la cabeza. Sarah apretó el cuchillo tras su lumbar.
Pero alguien más sigiloso que ella misma estaba mirándola a escasos metros también, pendiente a la situación. Sarah bajó otro escalón más y se animó a hacer aquello. Sabiendo que, si era pillada, jamás volvería a ver la luz del sol. De pronto, casi se le sale el corazón del pecho. Unas enormes manos cayeron sobre sus hombros, y de un segundo a otro, una de ellas le tapó la boca. Sarah contuvo el grito en el último momento y trató de esconder el cuchillo bajo su camiseta. El hombre que la observaba le pedía, sin mediar una sola palabra, que guardara silencio. Sarah no sabía ni qué expresión poner. Claramente, era el mánager de los Saja y tenía cara de loco. Ese ojo negro le daba mala espina. Tragó saliva y siguió sus señas. Se señaló los labios a sí mismo y susurró muy bajito.
—Ibas a asesinarla, ¿no? Acabo de ver lo que escondes y a dónde ibas.
—¡No, es… por seguridad! Por si alguna necesita algo, escuché golpes…
—¿Y entonces qué más da que ella lo viera?
Sarah estaba presionada por la falta de experiencia ante situaciones así. Ronald parecía leerle hasta el ADN con meridiana claridad. Resultó imposible llevarle la contraria. Mucho menos, mentirle.
—Mira la quiere.
Los ojos de Ronald parecieron abrirse un poco más.
—Sí, ¿verdad? —susurró—, la ama. Zoey… está en medio siempre —Sarah se mantuvo en silencio—, y es una chica fuerte. Que ahora está inválida. La puedes quitar tú del medio.
—Yo… n-no… no sé en qué estaba pensando… —tembló, empezando a negar con la cabeza. Ronald se maldijo por ser tan directo, acababa de asustarla. La agarró de la mano y cerró su puño sobre el de ella… la mano que empuñaba el cuchillo.
—No lo sueltes. Hazlo. Ella… lo hará cuando esté sana. Te la quitará. ¿Crees que Mira se lo pensará dos segundos antes de aceptar y dejarte tirada? Mira siempre va por libre.
¿Dejarme tirada…? Sí… seguro que puede hacerlo. ¿Y qué me tocará hacer entonces? Ya no quiero volver a casa.
Sarah tragó saliva y echó una renovada mirada al cuchillo de cocina. Se humedeció poco a poco los labios, pero acabó dando un suspiro.
—No podré hacerlo.
—Está bien. Entonces… deja que yo lo haga. Sin interferir.
Una llamarada pareció encendérsele dentro, cargada de adrenalina. Eso sí era una opción muy válida. Dejar que lo hiciera alguien con más sangre fría. Sarah no asintió ni negó. Ronald sonrió y le quitó el cuchillo de la mano, siendo él ahora quien lo portaba. Se giró y caminó inclinado hasta bordear la escalera. Sarah sintió cómo las respiraciones se le agitaban según se aproximaba al escondrijo donde estaba. Pero se agitó más todavía cuando una de las tablas se le estampó bruscamente en el rostro, por sorpresa. Ronald gritó y trató de colocar rápido el brazo a modo de escudo. La tabla pesaba una barbaridad, pero su corpulencia le evitó acabar en el suelo. Una muchacha como Sarah habría caído en redondo. Ronald gruñó y empujó a un lado la tabla, que cayó de un estruendo levantando polvo. Detrás, Zoey había adoptado una posición encogida. Ronald alcanzó a ver cómo su pierna sana voló en dirección a sus ojos antes de impactársela dolorosamente. Pero no cedió.
Ningún dolor sería parecido al que Mira le hizo cuando le clavó el tacón en el ojo, después de su codazo. Podía aguantar una patada que le rompiera la nariz. En lugar de quejarse, la encerró el tobillo con una sola mano y la levantó de golpe, poniéndose en pie. Sarah dio varios pasos hacia atrás, casi cayendo de culo de pura impresión. El hombre era tan alto que podía agarrarla como si se tratase de un crío. Vio la expresión azorada de Zoey en el aire, quejumbrosa. El rubio sonrió fríamente y la soltó sobre el camastro. Inmediatamente después, pese a sus pataletas, soltó el cuchillo y centró sus fuerzas en encerrarle las dos muñecas con una mano, por encima de su cabeza. Igual que cuando la atraparon en el bosque. Pero había una grata diferencia para él, porque al emplear una pierna en retenerle la cintura contra la cama y tirar de sus brazos, Zoey abrió los ojos, corroída por el dolor. Lanzó un grito agudo y lastimero que volvió a despertarle la erección. Ronald disfrutaba viendo aquellos rostros como el buen sádico que era. Zoey era muy bonita, lo que triplicaba el placer. La vio sollozar y ni corto ni perezoso volvió a estirarla salvajemente, maltratándole más las astilladas costillas. Sarah tuvo que taparse los oídos al escuchar esos nuevos gritos de dolor. No había conocido la agonía ajena hasta ese instante.
Va a matarla del daño, mierda. No creo que pueda ver… algo… así…
Pero ya lo estaba viendo. Después de hacerle tal tortura, la soltó de las manos. Zoey emitió un suspiro agotador mientras lloraba, su cerebro ya no mandaba más señales para instarla a defenderse. Viendo aquello, Ronald se quitó el abrigo quedándose en blusa y se bajó sólo un poco los pantalones. Zoey vio que se abría la bragueta y trató de emprender una huida girando el cuerpo.
Y Ronald no iba a permitirlo. Aquella vez estaba demasiado cabreado. Le nació volver a colocarla bocarriba bruscamente, y le encerró el cuello con las manos. Apretó demasiado ya de inicio. Zoey se trapicó y por un momento sintió que el resuello se le escapaba. Empezaba a estar asustada de verdad y le costó reconectar con sus conocimientos de defensa personal. Lo que sí atinó a hacer fue atraparlo de los meñiques y revolverlos con tanta saña en la otra dirección, que Ronald gruñó y tuvo que abrir las manos. La pelinegra sólo consiguió unos segundos de respiración cuando aquel hombre se le pegó en el cuello, esta vez para lamerlo y morderlo.
—… —en silencio, Sarah se movió de su escondite. Sin hacer ruido.
Exterior
Mira empezaba a estar agotada. Rumi mató a otro demonio, pero al volverse a Higgins, siempre era incapaz. Éste se limitaba a mirar el espectáculo… quieto y sonriente. Las esquivaba con relativa facilidad.
—Quién iba a decirlo… mirad qué caras —dijo el hombre, señalando divertido al último puñado de demonios que quedaban. Éstos en cuestión ya no estaban tan seguros de sus posibilidades. Las mujeres habían matado a todos sus compañeros—, ya os tienen miedo. No quieren acercarse. Quieren volver… al infierno.
—¿Eso era todo? ¿No tenéis más? —calentó la pelirrosa.
—Lo que ocurre es que no saben pelear —alegó él, empezando a caminar por alrededor. Mira se giró rápidamente, apuntándolo y sin perderlo de vista. Caminaba a su par, sin fiarse—. No me puedo creer que nos envíen siempre atajos de inútiles a hacer esto.
—¿Con qué derecho les llamas inútiles? Tú… no has demostrado ser mejor luchador —vaciló Rumi, con una media sonrisa—, qué harás ahora, eh.
—Volver con el rabo entre las piernas lloriqueando a su superior —contestó Mira, siguiéndole el juego.
—Esta vez… no lo hicimos tan mal. ¿No crees? Fue sutil. Siempre a vuestro lado.
Rumi frunció un poco el ceño al entenderle. Estaba hablando de Dae-ho y de Higgins. De los auténticos, claro. Mira también comprendió la referencia. Levantó la alabarda y se lanzó contra él. Higgins dio una voltereta lateralmente, antinatural para la edad que tenía su humano cuerpo, y comenzó a reírse con las manos levantadas.
—Vas a morir como todos tus amigos —Rumi escupió sangre y de un gruñido volvió a empuñar la espada. Pero cuando iba a lanzarse por él, Mira la frenó de golpe, cruzando delante suya la alabarda. Al mirarla, Rumi sólo siguió la trayectoria de su atención. Era la casa. Sarah, la chica de pelo verde a la que conocía de bien poco, salía corriendo como alma que llevaba el diablo. Entonces el falso Higgins comenzó a desternillarse de risa, cada vez menos contenido. Mira devolvió despacio la mirada a él.
—No lo hicimos tan mal esta vez. ¡¡No importa!! Habremos muerto muchos… pero… vosotras, hoy… os convertiréis en dos. ¿Qué clase de funeral prefería esa chica tan mona?
Mira chistó de rabia y soltó el arma en el suelo, sin prestarle siquiera atención. Salió escopetada hacia la casa. Rumi trató de secundarla pero una de las piernas le falló y cayó en redondo. Se levantó poco a poco, pero esta vez al incorporarse, sintió lo cansada y herida que estaba. La pérdida de sangre estaba empezando a marearla. Al verse las marcas de los brazos, se asustó: estaban púrpuras, brillantes y habían avanzado hasta las mismísimas puntas de sus dedos. Ya no quedaba parte de ella sin señalar. Era lo que era. Higgins se acercó y Rumi sacó fuerzas de donde no las tenía para incorporarse y prepararse para su posible ataque. Pero el demonio no la atacó. Se limitó a observarla de arriba abajo.
—Tú… tienes otro cometido. Lo sabrás cuando sea el momento.
Rumi abrió los ojos.
—Vete a la mierda… yo no sé nada de vuestro mundo… más allá de las ganas que tengo de pulverizarlo.
—Ah, sí. Tu madre y tu tía también querían liquidarlos a todos —sonrió irónicamente—, pero ya se ve… lo débil que es la carne. Cualquier hijo que tú tengas saldrá marcado por lo zorra que fue tu madre. Allí algunos la conocíamos bien.
¡…!
Rumi gritó de rabia y se echó encima de él, pero para su desgracia, el demonio se vaporizó en una densa nube amarillenta. Desprendiendo el mismo olor fétido que sintió en momentos puntuales… con Higgins y Dae-ho. Al voltearse, muchos de los demonios repetían al que parecía su jefe.
«Huelen así porque usan piel muerta. De gente a la que ya usaron lo poco orgánico aprovechable. Pero cuando replican, están destinados a perder tiras de piel demoníaca, les cuesta mucha energía… prefieren no hacerlo a menos que sea su última carta, eso suponemos.»
Eso le explicó una vez su tía.
¿Es en serio? Supongo… que de algún sitio he tenido que venir yo.
Cuando desaparecieron, se encontraba sola. La intensidad de luz que emitían sus marcas se atenuó, y entonces fue cuando sintió el profundo dolor de las heridas. No habría podido pelear si esas marcas hubiesen estado dormidas como en aquel momento. Eso significaba que su sangre demoníaca confería cierto poder. Al menos, cierta resistencia. Le escocieron los ojos de un momento a otro. Y su herida comenzó a sangrar. Cuando llevó la vista al horizonte, la tenía algo difusa.
No me importa. Debo regresar a la casa. Estamos… en el mismo culo del mundo.
Sarah tuvo un amago de defenderla. No era tan hija de puta, o eso al menos le gritaba una débil vocecita en la cabeza mientras sus ojos observaban cómo el hombre estaba desvistiendo a Zoey. Cuando logró despojarla del abrigo la chica no paraba de gritar… debido al dolor agonioso en las vértebras que ya venía de antes. Pero ni por esas Zoey paraba de tratar algo. Se la ponía difícil hasta el final. Ronald cambió la expresión enferma de su rostro a una de precaución cuando la niñata logró alcanzar el mismo cuchillo de cocina que él soltó sobre la cama. Estuvo a nada de dejarle tuerto del todo. Pero Zoey ya no tenía fuerza de empuje… cualquier esfuerzo le dolía en los huesos que tenía astillados y era hacerse a sí misma la tortura. Ronald cambió con relativa facilidad la dirección de la punta de la hoja… y entonces ambas chicas, víctima y testigo, se dieron cuenta de que ya no sólo era una lucha por el honor, sino por la vida. Sarah se obligó a creer que nadie jamás se enteraría, y en un arranque de decisión, salió de su escondite. Zoey se percató de su presencia. Su mirada se cruzó con la de ella un solo instante antes de volver a pelearse con él, intentando desviar su cuello del cuchillo. Sarah dio un suspiro y subió lentamente los escalones que había descendido. Aquello alertó a Zoey, impactada. La volvió a mirar, pero no atinó a decir nada a tiempo. Vio que la amiga de Mira abandonaba la estancia… con una tranquilidad sobrecogedora. No corría. No iba a pedir ayuda. Y Ronald disfrutó más con aquello.
—Nadie quiere salvarte… ¡nadie! Si no quieres que te corte los dedos, para ya. No hagas ni un movimiento. Deja de hacer fuerza.
Zoey no podía rendirse. No se fiaba de él, sabía que le quería hacer daño. Pero las fuerzas estaban muy mermadas ya. Los pinchazos en las vértebras eran más insoportables ahora que se veía todavía más sola. Siguió empujando el cuchillo, hasta que Ronald recargó más la rodilla en su vientre, aplastándola con su peso, y Zoey emitió un balbuceo de dolor. Soltó el cuchillo y apartó la cara. Escuchó cómo debido a la fuerza de él, el instrumento se clavó en la cama.
—Eso es. Eras una niña muy desobediente de pequeña, ¿verdad? —la agarró con fuerza del pelo y de dos sacudidas logró girarla. Zoey trató nuevamente de revolverse, pero se lo esperaba, y le hundió la cabeza en la cama con fuerza. Zoey sintió que la asfixiaba al presionarle tanto el rostro. El hombre la mantuvo así y, ya más divertido y tomándose cierto tiempo en recrearse, aplastó la otra mano en mitad de su espalda también. La oyó gemir ahogadamente rompiendo en un nuevo llanto. Ronald sufrió de pequeño una caída y sabía lo que era tener alguna costilla rota. Un dolor que pinchaba como el diablo. Pasados unos instantes, la volvió a agarrar del pelo para levantarle la cara. Zoey respiró agitada, ya más enrojecida.
—Apóyate con las manos.
—No puedo, imbécil —se quejó entre lágrimas, más rabiosa que triste. Ronald trató de situarle los brazos y el cuerpo como más le gustaba, pero debido al dolor y el cansancio Zoey no podía sostener el peso de su propio cuerpo. Si quería montarla, tendría que ser de otro modo. Pero sonrió. Tampoco le disgustaba la otra alternativa en absoluto. Violarla mirándola a la cara, viendo cómo el orgullo se le iba entre gritos y sudores. Le dio un escalofrío de placer sólo imaginando el apretado coño que tendría. Probablemente ni siquiera pudiera penetrarla sin sentir él mismo dolor. Por eso le gustaban las tipas del porte de Zoey. La giró de golpe, maltratándola en el proceso. Zoey contenía cada expresión de dolor que podía. Pero la verdad era… que otra vez viéndoselas en esas, esta vez sí que tuvo que creérselo. Iba a pasarle algo tan horrible.
—Oye, cabrón… escúchame bien.
Ronald paró por un segundo lo que hacía.
—¿Todavía te quedan ganas de chulearme? —llevó sus grandes manos a sus costados. Los comprimió un poco, haciendo que la chica mermara un poco la expresión de rabia.
—Será mejor… que después de lo de hoy… me tengas bien vigilada. Mira lo que te ha costado tenerme en estas…
—Sh… —le tapó la boca y se le acercó. Fue directo a susurrar su oído—. De lo único que me arrepiento, es de no tener huevos a meterte mi polla en la boca… estás tan loca, que me la partirías.
Zoey trató de liberarse de la mano. Ronald la lamió en el cuello y emitió un balbuceo de asco, teniendo que soportar cómo la manoseaba. Zoey miró de reojo el mango del cuchillo clavado aún en la cama. En un abrir y cerrar de ojos, sacó fuerzas de donde no las tenía y lo agarró. Pero tardó demasiado debido a la insospechada fuerza con la que estaba allí clavado, y cuando lo consiguió, Ronald le volvió a frenar la muñeca. Le quitó el cuchillo con facilidad.
—¡APÁRTATE DE ELLA!
La voz sí lo agitó. Ronald agarró rápido el cuchillo y se separó de Zoey, poniéndose en pie. Mira miraba alternadamente a Zoey, tratando de no perder todos los nervios de golpe… porque sabía que así lucharía peor. Pero fijarse en él y su asqueroso pantalón abultado la hizo rechinar.
—Voy a cortártela —musitó, bajando los escalones que le restaban—. Voy a hacer que te arrepientas de todo lo que has hecho en tu puta vida, cabrón.
Ronald se sintió algo ridículo por un lado. Mira desprendía fuego de aquellos ojos, se lo comía… y se acercaba sin nada en las manos. Pero él sí que tenía algo. Aparte de la fuerza con la que una vez, ya la dominó. Y estaba demasiado fuera de sí para seguir negando lo obvio. Aquellas dos chicas que le estaban mirando ya sabían la clase de monstruo que era. Fingir no tenía ningún sentido. Tomando aire, dejó caer pesadamente los hombros y adquirió una posición de ataque, sin perder de vista a la pelirrosa.
—¿Por qué no has sido capaz de decirle la verdad a tu amiga del alma, Mira? ¿Eh? Esta chica de aquí… parece que te adora —soltó con una risita maliciosa—, mientras tú te follabas a ese brócoli que ha subido las escaleras, esta estuvo llorando por todo el maltrato que le hiciste.
Zoey tuvo una sensación distinta. Mira parpadeó azorada; fue notoria la confusión en su rostro. Sintió enseguida las ganas de defenderse. Trató de hablar serenamente, mientras miraba a Zoey.
—No es así. No creas ni una palabra.
—¿Ni una palabra? —la interrumpió él—, ¿en qué miento? ¿En que le has metido la lengua hasta la garganta o en que la has maltratado? ¿EH, MIRA? ¿En qué miento…?
Zoey devoraba con ira a aquel tipo. Pero, en su interior, sí que estaba herida. Y no podía controlar la sensación de traición. Era algo que le gustara o no estaba ahí… y que sospechó el mismo día en que Mira la mandó a la mierda en el gimnasio. Saber que era real era sólo confirmar lo mucho que la amaba. Miró abajo. Los segundos pasaron y Mira empezó a ponerse nerviosa al ver la expresión gacha de Zoey. No le devolvía la mirada.
Eso justo pretendía Ronald en una situación límite como aquella.
—Pero hay que entenderte… porque es tu puta naturaleza —apretó la voz y dio un paso adelante. Mira lo dio hacia atrás, con la guardia en alto. Su trauma la transportó como un rayo a la escena en el hotel que ella tuvo que vivir. La figura tan alta de Ronald era odiosa. Pelear contra alguien tan grande y encima armado suponía muchos riesgos. Ronald se retiró el sudor de la boca y siguió hablando, embaucándola—. No vas a triunfar jamás, ni nadie te aceptaría a su lado cuando ya ha visto lo que hay ahí dentro —murmuró mirándole el pecho—. ¿Y ahora, qué vas a hacerme? No eres más que una flaca inútil incapaz de hacer nada a derechas… una paria que lo ha perdido todo. A sus amigas, a sus padres… tu trabajo, ni siquiera eres fuerte. Te desmoronas… ¡jajajaja, con la facilidad de un bebé!, porque eso eres. Un bebé con ganas de creerse poderoso. Y sólo te quedaba engañar a esta pobre imbécil…
—Cierra. La maldita. Boca —murmuró apretando los dientes.
—Nunca has podido aguantar la verdad, ¿a que no?
—Cierra…
—Y lo hiciste. Porque sólo sabes hacer daño.
—¡¡¡QUE TE CALLES!!! —le gritó, con una ira incontrolable. El grito tuvo una reverberación física en el sótano, un soplo. Zoey se sujetó a la cama al notar la vibración y respiró nerviosa, mirándolos. Vio que una grieta en el escudo que las recorría terminó de partirse. La energía en aquel lugar estaba completamente volcada hacia la negatividad y el dolor. Mira no lo vio. Se enganchó con él y comenzaron a forcejear como hienas. A tientas, Zoey tuvo que hacer un insoportable esfuerzo por rodar y tratar de ponerse en pie. Estaba, cómo no, aún peor que antes. Ronald la había torturado estirándola de las extremidades y cada vez que su pecho se henchía para coger aire, el pinchazo era demoledor. Un impacto fortísimo la hizo dar un brinco. Miró alucinando cómo el cuerpo de Ronald se clavó en otra de las estanterías. Mira acababa de lanzarlo allí como si fuera cualquier mueble. Ronald se había golpeado la cabeza, pero aún reía motivado. Creyéndose ganador. Se puso en pie y se enzarzó con Mira en un segundo cuerpo a cuerpo. Mira estaba roja de ira, cada vez que lograba conectar algún golpe en su cara, el honmoon volvía a perder solidez. Zoey se preguntaba por qué estaba ocurriendo aquello. Jamás lo había visto. Pero su instinto innato de cazadora le decía que no era algo bueno. Ronald estaba recibiendo un puñetazo tras otro en el rostro, llenándose de sangre. Pudo aguantarlos todos, menos uno que fue directo hacia su ojo de cristal. Salió despedido de la cuenca y al ser consciente, gritó como un poseso y agarró a Mira de la cintura, elevándola del suelo sólo para devolverla, pero de bruces. Le estampó la espalda en un choque brutal, con el que Mira sintió que sus huesos crujían.
—¡Mira, no! —chilló Zoey, asustada. Trató de agarrarse al cabecero y arrastrando un gemido logró ponerse en pie. Ronald levantó el cuchillo en alto y trató de apuñalarla en mitad del pecho, y su presa, aturullada y con la adrenalina desprendiéndose, logró desviar parte de la trayectoria. Pero no lo suficiente.
—¡…gjjh…! —cerró los ojos con fuerza, al sentir el corte. Ronald empezó a reír como un loco al ver el tajo enorme que acababa de hacerle en un lateral del vientre. Mira ignoró el dolor y de un impulso, le clavó un rodillazo en la entrepierna. Le hizo tener una arcada y estuvo a punto de expulsar algo más que aire por la boca. Cayó lateralmente al suelo.
—Mira… vámonos… ¡vámonos! ¡Déjale así!
—No. Él no hará daño a nadie más —bramó dándole una patada en el rostro. Una veintena de gotitas salpicaron el muro al romperle así la nariz. Zoey avanzó adolorida por las escaleras. Pero se alertó al mirar a su amiga. Mira jugó con el cuchillo de cocina en la mano y lo empuñó, devolviendo lentamente la mirada a Ronald.
—Vámonos —insistió la pelinegra, tocándose su propio costado—, sangras como un maldito cerdo, ¡mírate!
Mira no se concedió un reconocimiento visual de lo que ya sabía, iba a costarle una sutura enorme. Si lo miraba, sabría que se acongojaría. Caminó hacia el tipo, pero Zoey la agarró de la mano y la frenó.
—¡Suelta! —gritó la pelirrosa.
—Que me des el cuchillo. Busca… busca ayuda. Ve a ver si Rumi está bien.
—No pienso volver a dejarte sol…
—¡¡HAZ LO QUE TE DIGO!! —gritó enfadada—, subiré enseguida. No me repliques más… ya… ya no quiero que sigas empeorando tu situación.
—No puedes subir. Mírate.
—¡MÍRATE TÚ!
—¡Zoey…!
—Estás sangrando muchísimo. ¿¡Coño, acaso te has visto!? ¿ESTÁS VIENDO LO MISMO QUE YO?
Mira frunció el ceño, apurada y triste. Cerró los ojos y dejó salir un suspiro breve, bajando de a poco la mirada. Pero Zoey tenía razón. Casi se mareó de la impresión, al ver lo que aquel capullo acababa de hacerle. Entonces comprendió que el reguero de sangre que ahora adornaba todo el suelo del sótano no era de Ronald. Tenía la mitad del vientre cruzado por un tajo abierto, las capas musculares, imprecisas y rotas, supuraban sangre cada vez que respiraba. La sangre caía sin pausa. Zoey la devoraba con la mirada, esperando que reaccionara.
—Estás blanca como el papel. Lárgate. Ahora —exigió la pelinegra. Le dio un empujón con la mano.
—Ven conmigo —la agarró de la mano. Pero se vino abajo cuando Zoey se la soltó sin más.
—Voy a cerrar la puerta, yo saldré, pero… Te lo estoy ordenando. Ve a ver si Rumi sigue viva, ¿o es que acaso no te importa? Y suelta el cuchillo.
—…
—Te digo… ¡que lo sueltes…! —masculló quitándoselo de la mano. Mira tragó saliva.
Estaba demasiado exaltada como para tomarse aquello con la entereza que requería. Obedeció y caminó costosamente hasta la planta de arriba. Hizo caso y buscó a Rumi.
Veinte minutos más tarde
Como una aparición cómica, la policía y los servicios de emergencia llegaron al inhóspito páramo donde todo sucedió. No hubo heridos, pero sí restos de sangre, y al final, las chicas tuvieron que declarar que los asaltantes se habían marchado después de herirlas sin entrar en mucho más detalle. Ya que la sangre derramada sólo era humana. Los demonios, una vez muertos, se convertían en polvo o mejunjes que ellos no veían.
Sótano
—Uno, dos… ¡YA! —dos policías irrumpieron de golpe tras la puerta del sótano. Las chicas declararon que el mánager de los Saja, Ronald Gruber, había sido el cerebro de la operación—. Señor, ¡creo que hay un herido!
Tres policías bajaron, armas en mano. Después de decretar la zona como limpia en cuanto a otros sujetos sospechosos, se dio luz verde al médico de urgencias para tratarlo. Cuando el licenciado se arrodilló junto a él y trató de buscarle el pulso, emitió un suspiro de impresión. Bajo aquella enorme cabeza girada a un lado, sólo había el mango de un cuchillo. Su hoja le atravesaba por completo el cuello internamente, igual que si hubiese sido una flecha.
—Santo dios. Aquí unidad cuatro… —empezó el policía por su walkie.