CAPÍTULO 35. Un plan macabro
Otra vez ocurría. Mira lo notó de inmediato, casi al segundo de que empezara. Abrió los ojos. Estaba durmiendo justo al lado del pecho de Zoey, por lo que fue más fácil escucharla. Las respiraciones agitadas volvían a ocurrirle de manera intermitente. Así que se trataba de una pesadilla. Mira ascendió la mirada a su cara y la acarició, poniéndose despacio cerca de ella.
—Sh… tranquila, estoy aquí.
—…
Zoey no despertó en un buen rato. Mira casi vuelve a quedarse dormida, hasta que otro respingo recorrió a la menor y empezó con las respiraciones más graves. Despertó de forma abrupta, como en la mayoría de ocasiones. Mira dio un suspiro agitada, despertando también de golpe. Zoey luchó por calmarse enseguida. Algunas veces reaccionaba y era consciente de su situación antes que otras. El susto a veces se disipaba al poco de abrir los ojos, otras era tan atroz que ni siquiera podía hablar. Mira la abrazó, aún algo adormecida.
—¿Bien…?
—Sí… era… un mal sueño…
Mira dio un beso en su pecho desnudo y la rodeó con un brazo, despacio. Zoey la miró y trató de relajarse.
—No me dejes sola por la mañana. ¿Te puedo acompañar al hosp-…?
—Ya lo hablamos y te dije que no —contestó con los párpados cerrados.
—Vale, Mira…
Dos horas más tarde
El despertador las movió a las dos, de repente. Les cortó el sueño. Mira se había propuesto llegar poco antes de que trajeran el café del desayuno a las habitaciones de hospital, porque quería llegar antes que su padre a la habitación. Quitó la alarma y por poco vuelve a dormirse. Las comisuras se le curvaron solas al notar la mano de Zoey. Casi siempre que dormían juntas, la pelinegra le metía una mano bajo la camisa. Se quedaba dormida agarrada a una de sus tetas, especialmente si acababa de tener un mal sueño. Al principio Mira lo tomó como algo sexualizado. En realidad, con la repetición de aquello, se le hacía algo más maternal. Y no le molestaba en absoluto. La quitó con cuidado para no volver a despertarla con sus movimientos. Al agarrar el teléfono y abrir sus chats, Sarah le había dicho que su hermano había pasado la noche estable hasta el momento y que había tenido un cambio en el historial del electro. Eso hizo parpadear a Mira. Podía ser una señal de que tenía estímulos internos igual que los de Zoey al soñar. Igual que los de cualquier humano que siguiera bien vivo. Dejó el móvil y agarró ropa para cambiarse. Zoey remoloneó un poco entre las sábanas, volviendo a despertar. La miró vestirse con prisas, así que imaginó que el mensaje del móvil tenía que ver. Pero no dijo nada. Ya le había repetido muchas veces que no quería que la acompañara dentro del hospital. Cuando la pelirrosa salió de una ducha rápida y ya vestida, entró en el cuarto y volvió a inclinarse a por el móvil.
—Buenos días… bueno, sigue siendo de noche —murmuró echando un vistazo por la ventana. Aún lucía de noche porque no se asomaba el sol. Mira se puso el abrigo y se agachó un poco hacia ella, en la cama.
—No te vistas antes de que yo te diga nada, ¿de acuerdo? Y… me da a mí que hace frío para un helado.
—Me lo prometiste…
—¿Mejor unas tortitas? Conozco algún sitio por aquí, si la memoria no me falla.
—Bueno… —volvió a cerrar los ojos, conforme. Mira la acarició del flequillo.
—Tienes el desayuno hasta las diez, te lo traen aquí si lo pides.
Zoey asintió, volviendo a caer dormida al poco.
Hospital
Mira logró su cometido y llegó antes de que el servicio del hospital repartiera los cafés matutinos, tanto a pacientes como a familiares. Aquello estaba incluido con un pequeño desayuno también. Mira aceptó el café pero declinó el desayuno. Desgraciadamente, su padre entró justo después. Ambos entonces volvieron a atravesarla con la mirada cuando cruzó la habitación en busca de Dave.
—Otra vez… ¿qué hac…?
—Es muy temprano —interrumpió Yuna, para su sorpresa. Su marido la miró incrédulo—. Me duele la cabeza. No empieces otra discusión con ella, acaba de empezar el día.
Seung chistó con la lengua, molesto. Mira no hizo más que dirigirles apenas un asentimiento al entrar, ni siquiera saludó. Le parecía sin más, una maleducada a todos los niveles. Sarah entró al poco del reparto de cafés y los saludó a todos.
—Perdón, necesitaba dos horitas de sueño… ¿cómo ha estado? —preguntó la peliverde. Yuna le ofreció el café. Y Mira las observó de reojo, mientras seguía al lado de las máquinas de su hermano.
Le guardan el café y todo… mira tú.
Dejó de mirarles y se centró en el joven chico que tenía delante. Parecía más pálido que el día anterior. Al tocarlo, seguía tibio. Llevó la mano a su cara, pero antes de rozarle Yuna se le puso al lado.
—Déjale. Ha tenido una alteración esta noche.
Mira detuvo la mano.
—¿Una alteración?
—Hubo un cambio en el electrocardiograma. Es como si estuviera dormido.
—¿Ah, sí, mamá? No me digas… no lo estaba viendo.
—Si empiezas contestando así, ya puedes darte media vuelta —apretó Seung, acercándose a las dos. Mira se mordió la lengua, pero se quedó sentada aun así en el lugar donde estaba.
—No es necesario. Hoy estaré por los alrededores por si… necesitáis algo.
—Sarah nos lo trae, no te preocupes.
Así que Anne tenía razón… la tienen como a una hijita, pensó la pelirrosa.
—Muy bien, entonces ignora lo que he dicho.
Sarah se sintió algo incómoda. Parpadeó pensando rápido y se adelantó hacia el centro de la habitación.
—La hora del desayuno acaba de pasar. ¿Seguro que no tenéis hambre? Podemos traer algunos sándwiches…
El estómago de Seung contestó casi al segundo de escucharla. Mira le miró de reojo. Pero volvió a escuchar la risita de Sarah.
—No os hagáis de rogar… decidme qué queréis. Mira y yo lo traeremos.
No quiero ir contigo, pensó la otra inmediatamente. No dijo nada. Se limitó a agarrar a Dave de la mano, pero su padre fue quien la frenó.
—No lo toques.
—Déjame en paz —saltó ella, poniéndose en pie—, sólo quiero que me sienta.
—Está inconsciente —se cruzó de brazos, mirándola con fijeza—, y sentirte… bueno. Veremos a ver si te reconoce primero.
Mira sonrió más sarcástica y elevó una ceja.
—Si te reconoce a ti como padre, es que tiene el umbral bien bajo.
El hombre dio un paso amenazante, pero Yuna coló por medio y los distanció. Elevó la voz.
—Como vuelva a venir un enfermero a regañarnos por un espectáculo a las… malditas siete de la mañana, os iréis los dos —sepultó a su hija con la mirada, pero también a su marido—. No estoy de broma. Ya basta.
—A mí no tienes ningún derecho a recriminarme nada —contestó él, mirando a Mira. La señaló con el dedo—. Te falta mucha vergüenza, viniendo aquí como si nada hubiera pasado, cuando nosotros somos los que te dimos casa y comida, y una educación que tiraste por la borda.
—Pasan los años y no cambia tu versión, eh… ¿no es que estás un poquito amargado, después de todo lo que he conseguido sin seguir tus normas?
—¡¡Fuera!!
El grito fue de la madre. Señaló la puerta… mientras miraba a su hija. Mira frunció las cejas.
—Tendrás que echarme a la fuerza. Si es que puedes.
—¡Mira…! —Sarah intervino y se acercó a ella. La tocó suavemente del brazo, muerta del miedo por si ésta respondía mal—, va-vamos… vamos a traer algo de comer, ¿sí?
—Sois lamentables —añadió, mirando a los dos. Seung agarró a su mujer del hombro e hizo un asentimiento a Sarah.
—Marchaos. Llévatela.
Mira se lo pensó dos veces. Podía montar un espectáculo ahí mismo. Pero todo aquello podía venírsele en contra si la vetaban del hospital.
Justo en ese instante entró el doctor. Haciendo que todos se giraran, echando a un lado el resto de problemas. Se llevó toda la atención.
—¿Va todo bien, familia? —silencio sepulcral. El hombre no se esperaba tanto mutismo. Estaba al tanto de quién era aquella chica de pelo largo y rosa, no era cualquier persona… y por tanto no era cualquier familia. Tomó aire, entrando en materia—. Bien, Dave ha pasado buena noche. Vamos a empezar a retirarle la sedación para ver cómo responde. Necesitamos comprobar su respiración, su estabilidad y si sus órganos toleran el esfuerzo sin volver a descompensarse. De momento la ostomía es necesaria para que su intestino se recupere… no sabemos si será temporal o permanente.
A priori no parecía una mala noticia… hasta que vio lo que provocaba en los rostros de sus padres. Ambos familiarizados con el terreno médico. Mira tragó saliva al ver que su madre se frotaba el rostro y los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Es la única opción…? Una ostomía.
El médico asintió apretando los labios. Mira los miró a unos y a otros.
—¿En qué consiste una ostomía?
El médico se dirigió a ella.
—En el caso de su hermano, se realiza porque la sustancia cáustica ha hecho demasiados estragos en el sistema digestivo… incluyendo el tracto final. Se dirige el tránsito de todo lo ingerido hacia el exterior por una abertura en un punto del abdomen.
—¿Es esa operación… donde la gente va con una bolsita y sus deposiciones fuera?
—Así es. Pero repito, no sabemos si será temporal o permanente.
—¿Cómo va a ser permanente…? —preguntó Yuna, más devastada—. ¿Está seguro de que no puede pasar más tiempo en coma y recuperar sus órganos? Quizá así…
—Oh, no. Hay que comprobar primero si es siquiera capaz de respirar por sí mismo. Su hijo está muy delicado.
Se hizo otro silencio. El médico dejó unos papeles sobre la mesilla.
—En cualquier caso, esta operación no se realizará sin su consentimiento, eso está claro. Les sugiero leer los pros y contras y tomar una decisión cuanto antes.
Mira sintió un escalofrío al imaginarse a Dave así. Cuando eran pequeños, siempre lo molestaba riéndose de lo feo que era. Pero no lo era. Era un muchacho con un rostro serio, alargado como ella, y notables rasgos asiáticos. Había robado un par de corazones en su corta existencia. Pero ningún joven querría jamás ir con aquello pegado al cuerpo.
—¿Por qué ha pasado esto? ¿Qué llevaba esa sustancia cáustica? —inquirió Mira, iracunda de pronto.
Su tono atemorizó a Sarah, quien parpadeó doble para hacer nítida la mirada en el doctor.
—Agentes corrosivos, pueden encontrarse en productos de limpieza fuertes… pero lo único que sabemos a ciencia cierta son los daños provocados en el tejido. No podemos aventurarnos a permitirle la entrada normal de comida ahora mismo, porque sólo causaría más estragos. Esto es una manera de evitarlo.
—¿Cómo puede ser que algo así acabe en un café… o en una máquina expendedora? ¿Qué sabe al respecto?
El médico sintió la dureza de su tono y levantó un poco las manos.
—Desconocemos esa información. Nosotros nos limitamos al plano médico. Las investigaciones… van por otro lado.
—Te dije que no lo sabemos, no sabemos qué ha pasado y nadie nos cuenta nada tampoco —apretó la mujer, retirándose algunas lágrimas de los ojos. Se sentó al lado de su hijo. Mira frunció el ceño y apretó la boca. Estaba realmente cabreada. Quería encontrar al maravilloso culpable, porque algo dentro de ella le decía claramente que había uno. ¿Una empresa, un almacén que fabrica sus productos en planta? ¿Algún amigo cabrón? ¿Alguna novieta rencorosa? Tenía que haber alguien. Siempre había un culpable.
Siempre.
Apretó los puños, cuando Sarah se le acercó tímidamente por el lado.
—Mira… quieres… ¿quieres salir a despejarte un rato? —susurró más—, el ambiente está cargado aquí… y tus padres quieren desayunar.
Mira no respondió verbalmente. Dio un golpe a la puerta para salir de allí, malhumorada. Dejando a sus padres con Dave.
Caminó con más rapidez según se aproximaba a la puerta de la salida, esquivando a la gente por el camino y pasando olímpicamente de Sarah. Sentía como si tuviera un demonio en la garganta al que quisiera expulsar de un grito feroz.
—Espérame… ¡Mira! —salió con ella al exterior.
Exterior
Más lejos ya del bullicio, Mira dio un resoplido y respondió algunos mensajes del teléfono antes de apoyarse en la valla de una parada de bus. Sarah la estudió con la mirada sin intervenir demasiado. Al final no tuvo que hacerlo, pero lo que dijo Mira le volvió a poner la carne de gallina.
—No va a quedarse así. Alguien tiene que haber hecho algo. ¿No tenía ningún enemigo cerca? —la miró, fríamente—. Tú has estado mucho en su casa. Habla.
—No que yo sepa… era un chico muy estudioso, no se metía con nadie.
Mira se puso recta y la enfrentó de repente, achantándola más aún.
—ES un chico muy estudioso.
—Cla-claro, quiero decir… perdona…
—¿Das por sentado que va a morir?
—¡¡Por supuesto que no!!
En realidad… ni yo misma esperé joderle tanto la vida. Sólo quería darle un susto y tenerla cerca, nada más.
Mira apretó la mandíbula, observándola de hito en hito.
—No voy a llevarles comida. ¿Sabes qué? Que se jodan.
—Está bien, yo se la llevaré. No pasa nada.
Hubo un silencio. El bullicio lejano de los familiares merodeando el hospital no era suficiente para hacerlo menos incómodo.
—¡Pare pare pare…! Es aquí… ¡ahí está! —un taxi pasó por delante de ambas. Mira descruzó los brazos anonadada cuando vio quiénes se bajaban de él.
Rumi fue la primera y alzó los brazos hacia Mira. En cuanto la achuchó, Mira sintió un parcial alivio en el cuerpo. Se destensó bastante, en cuestión de segundos. La pelimorada enseguida se separó y se giró al coche, donde una Zoey molesta se quejaba.
—¡Coge las malditas muletas…!
—Voy, voy… —la ayudó junto a Mira a salir del coche y darle las muletas. Zoey acomodó los brazos y pisó con cuidado. Sarah sintió que hervía por dentro, al ver cómo Mira la observaba. Como si fuera su puta cría pequeña.
—Te dije que esperaras mi aviso… tú haces siempre lo que te da la gana, ¿eh? —la regañó, con otro tono de voz.
Con ella es suave. A mí me habla como la mierda.
Rumi se volvió hacia Sarah de pronto, sonriéndole amigablemente. Le tendió la mano. Sarah se puso recta y calmó los nervios. Era nada menos que la cantante principal de las Huntrix la que la estaba saludando… así por las buenas.
—No hemos tenido ocasión de presentarnos bien… tú eras Sarah, ¿no?
—S-sí… —Sarah sonrió y estrechó la mano con ella. Rumi sintió de inmediato una sensación que la envolvió, de cabeza a pies, y su expresión cambió ligeramente. Miró sus manos unidas y devolvió enseguida la vista a sus ojos. Sarah se sintió cohibida y retiró la mano al poco.
—En… encantada —murmuró Rumi, manteniendo la sonrisa—, y ya conoces a Zoey, qué tontería dudarlo…
Zoey le sonrió un poco, aunque captó en Sarah una mirada extraña que cambió al segundo.
—¡Sí! La verdad es que… soy muy fan de las tres.
Zoey mantuvo como pudo la sonrisa. No quería ser maleducada, pero no se sentía cómoda con ella cerca. Y no se esperaba verlas juntas en la calle.
Supongo que dadas las circunstancias no es tan raro, pensó.
Hablaron un poco entre ellas. Sarah se sentía incómoda y fuera de lugar, pero especialmente por la presencia de Zoey. No podía evitar que la molestara que estuviera ahí, al lado de la chica que atesoraba. Ahora que también tenía ocasión de fijarse en Rumi de cerca, cara a cara, le gustó su presencia. Era muy bonita, las revistas y la tele no le hacían ni la mitad de justicia. Supuso que, al no tener una rabia inconcebible por su mera existencia -como sí le estaba empezando a ocurrir con Zoey-, podía verla acorde a la realidad. Era muy guapa. No le extrañaba nada que las chicas fliparan con ella, que los tíos se fijaran en su cuerpo y que las niñas pequeñas quisieran imitarla.
¿Y qué pasa con esta niñata de mierda?, pensó teniendo a Zoey en la cabeza. ¿No se supone que me odie? Bueno… sí que me ha mirado un poco raro ahora. Debe de estar incómoda.
—Bueno… os dejo con vuestras cosas. Tengo que ir a comprar un par de sándwiches —comentó la de pelo verde, levantando la mano para alejarse. Las chicas la dejaron marchar.
Sarah no pudo evitar cruzar una seria mirada con Zoey en el último instante. Zoey también se la devolvió. Sarah tuvo un mal pensamiento en ese instante.
Haciéndose la inocente con esa cara de tonta… qué asco te estoy cogiendo, cojita.
Zoey no pensó nada de aquel estilo. En realidad, sintió el peso de su mirada como una cuchillada. Supo enseguida que no eran imaginaciones suyas: le caía mal a Sarah. Tragó saliva, mirándola marchar. Apretó las manos en las muletas y después agachó la mirada.
Cuando ya se hubo alejado un poco de ellas; Rumi rompió el hielo. Miró el bullicio en el que Sarah se entremezclaba, ya a lo lejos.
—Tiene una atmósfera muy cargada… ¿no se lo has notado?
—No especialmente —contestó Mira, siguiendo su mirada.
—Yo también lo noto.
—Cómo puedes no sentirlo —insistió Rumi, se abrazó los hombros resoplando—, me ha inundado de pies a cabeza.
—Puede que también sea que estamos en un hospital —alegó la pelirrosa—, lo único que puedo notar en este sitio es odio y cabreos. Y miedo.
—En fin… pensé que lo mejor era saludarla con naturalidad. Dadas las circunstancias, no quiero más peleas ni con ellas ni entre nosotras. ¿Está claro? Lo que ocurrió con el imbécil de Ronald… quedó en esa casa.
—Já. Yo no lo olvidaré tan fácilmente —respondió Mira, caminando despacio con ellas en otra dirección. Iban al paso de Zoey, que apoyaba el pie con mucho cuidado.
—Bueno, es igual. Vamos a olvidarnos ya de aquello.
Rumi y Mira observaron a Zoey. Ninguna de las tres podría olvidarlo. Pero prefirieron no seguir insistiendo en aquel incidente.
—Hemos venido las dos a… apoyaros. A la familia. A ti, por supuesto —Rumi acarició el hombro de la pelirrosa.
—No sé si pueda entrar ahí ahora mismo. No somos capaces de estar ni cinco minutos sin gritarnos. Ah, se me olvidaba. Mi madre me ha echado.
—¿Pero son de los que les gusta quedar bien…? Seguro que entonces hacen la vista gorda —sonrió Rumi.
Mira soltó los hombros de golpe, dando un enésimo suspiro.
—Vamos a esperar. ¿Habéis desayunado?
—He tenido que hacerlo en el jet. Pero aún hay sitio para unas tortitas… y ella no ha comido nada.
Las dos volvieron a mirar a Zoey. Mira puso los ojos en blanco e hizo un cabeceo hacia otro taxi.
—Rápido, antes de que empiecen a reconocernos. Os llevaré al sitio donde comía tortitas de pequeñas.
Cafetería
—¡¡Eh, dame un poco!! ¡No me has dejado probar!
—Absolutamente no.
—Sólo un poco… tú has probado el mío.
—Haber sido más rápida —rio Mira con malicia, apartándole el plato de su alcance. Pinchó los últimos pedazos de tortitas con kínder que le quedaban en él y los balanceó cerca de Zoey, que no dejaba de abrir la boca para tratar de engullirlo. Al final la agarró de la muñeca y empezaron a forcejear intentando quedarse con el tenedor. Rumi se carcajeaba mientras las grababa en vídeo.
—Vaya dos tontas… —por el rabillo del ojo vio que dos niñas se acercaban. Ambas muertas de la timidez. Rumi guardó el vídeo y carraspeó para hacer reaccionar a sus amigas. Mira se fijó en una de ellas, una pequeña niña con mechas azules que se le acercó a pasos cortos.
—Eh… ¿sois las Huntrix… no…?
—¡Fans! —exclamó Zoey. Las chicas le tendieron un papel para que firmaran. Así lo hicieron. Pronto, los padres se aproximaron, pero en ese momento la atención de las mesas colindantes empezó a despertarse. Rumi bajó el tono de voz a los adultos que iban con las chicas, también emocionados mientras hacían las fotos a sus hijas.
—Por favor, intenten no pregonarlo…
—¡No la subiremos hasta dentro de unos días, lo prometemos! —comentó una de las madres, sonriendo al guardarse el móvil. Tanteó los hombros a su hija—. Vamos, las chicas estaban comiendo… ya tenéis los autógrafos y las fotos.
—Hey, Zo, ¿qué te pasó en la pierna? ¿Estás malita? —una de las muchachas señalaba su rodilla vendada. Las muletas estaban descansando sobre el piso.
Mira agrió un poco el gesto sin darse cuenta, bajando la mirada a su pierna. Debía llevar la venda cuando caminaba. Las niñas se la vieron.
—Me caí y me hice mucho daño… pero pronto estaré lista para dar guerra, no os preocupéis —alzó el puño, sonriendo. Las niñas se contagiaron de su felicidad.
—¡¡Recupérate pronto!! ¡Te queremos!
—¡Y nosotras! —dijeron al unísono, despidiéndose con la mano.
Rumi miró a su alrededor y bajó el tono de la voz.
—Será mejor levantar el campamento, ya están todos cuchicheando… es cuestión de tiempo que venga la prensa.
—Ya… —Mira se limpió con la servilleta y llamó a un camarero para solicitar la cuenta—. ¿Podría darme la c…? ¡Eh…!
Zoey le robó rápidamente el tenedor con lo último que quedaba de tortitas y se lo comió gustosamente. Mira cerró los labios, pero no pudo evitar fruncirlos en una sonrisa.
—Ya te haré devolvérmelo, ladrona.
Zoey masticó sin más, sin dejar de sonreír.
—Oye… —Rumi echó una mirada por la ventana—, noto otra vez esa carga… y ya no estamos en el hospital.
—Yo también —murmuró Zoey—, pero es muy poco. Muy… lejano.
—Claro que no. La noto perfectamente —paseó la mirada por los alrededores, fijándose en cada peatón que iba y venía. Pero cuando fijó la vista en uno de los matorrales, vio movimiento. Había alguien. Y entendió por qué se mimetizaba bien—. Es… tu… bueno, tu amiga. No sé cómo llamarla ya.
Mira la siguió con la mirada. Sarah las espiaba. Pero la lejanía era tanta, que no era tan fácil discernir que justo estaban mirándola a ella. Hasta que el rostro de Zoey también se unió. Entonces, Sarah pareció tener una impresión al saberse pillada. Como una flecha, se escondió más hacia el interior de la planta y fue en otra dirección.
—Está enferma —murmuró más cabreada la pelirrosa.
—Sí, enferma de amor por ti, me parece. Ten cuidado y que no te haga un amarre, ¿sabes?
—Deja de decir bobadas.
—No es ninguna bobada —alertó Rumi—, te estoy diciendo que se nota mucho su tristeza. Tiene una carga negativa encima que ni siquiera sé cómo se puede estar a su lado.
—No sentimos igual… ni con la misma gente.
—Eso es verdad —comentó Zoey, abandonando los cubiertos—. Y tú siempre has tenido facilidad para notar la tristeza en los demás.
—¿Yo…? —preguntó Rumi, señalándose. Las otras dos asintieron.
—Y yo el miedo—terció Mira.
—Supongo que no en toda la gente.
Aquello pareció una pulla, ante la que Mira le dedicó unos segundos. Enseguida, el datáfono se puso en medio de las tres y fue Rumi la que reaccionó primero. Pagó colocando su reloj de pulsera encima del escáner. El pago se realizó de inmediato. Cuando el camarero se fue, las tres se pusieron en pie. Mira le pasó las muletas a la pelinegra, mirándola de cerca mientras ésta se las acomodaba.
—Pero ahora soy yo quien la odia —musitó cerca de ella, para captar su atención. Zoey sonrió un poco sin llegar a mirarla.
—Estoy un poco incómoda a su lado. Creo que quiere tema contigo y le da igual que estemos juntas.
—Me importa una mierda lo que ella quiera, ¿entiendes? —apretó un poco el tono, pero Zoey no la miraba. La agarró del brazo.
—Auch, déjame. De repente me siento mal —movió el brazo para liberarse y se movió con las muletas hacia el exterior. Mira y Rumi la secundaron.
Exterior
—¿Y qué quiere que haga? No puedo cambiar lo que ella sienta —masculló Mira más atrás, junto a Rumi. Pero no le quitaba el ojo de encima a Zoey, que iba con las muletas por delante.
—Si quieres mi opinión, creo que sólo está un poco celosa. Le jodió mucho lo del gimnasio.
—Pues que madure.
—Ay, Mira… ella fue más madura que tú con eso. No me tires de la lengua.
—Eres injusta. Porque lo ves desde su perspectiva. Y yo te aseguro que sólo pensé en ella con aquello.
—Bueno… vamos a dejar ese tema, no quiero que ella escuche.
—¿Y qué tengo que hacer?
—¿Con sus celos? Ah, ¿y yo qué sé?
Mira rodó los ojos, escuchando cómo Rumi se partía de risa.
Hospital
Al cabo de una hora más, las tres se personaron en el pasillo de hospital. Fueron más tapadas, porque estaban en hora punta.
—Vale, ese tiene que ser tu padre —dijo Zoey, observando con los ojos bien abiertos a un señor que estaba discutiendo a lo lejos con una mujer, ambos asiáticos. Rumi echó una mirada rápida y asintió. Y Mira dio el veredicto.
—¿Están discutiendo? Son ellos.
—Bueno, pero no se gritan —convino Zoey. De repente le dio vergüenza caminar hasta ellos. Estaban enfrascados y parecían hablar de algo importante. Dadas las circunstancias, no le salió acercarse más. Rumi parecía reparar en lo mismo.
Zoey dejó que ellas hablaran y escudriñó la puerta con el número que Mira les dijo antes. Curiosa por naturaleza, le salió de dentro empujar con suavidad la puerta y asomar la cabeza. La habitación era bastante grande. Estaba la camilla y una cama esquinera para el familiar; el ala izquierda englobaba una mesa con sillas, el baño y dos pequeños sofás. Zoey centró la mirada en el joven que estaba en coma. Apoyó las muletas contra la pared y, cojeando con cuidado, se acercó a la camilla.
Se parecen… ¿esta es la versión masculina de Mira?, sonrió para sus adentros, es guapo…
Pese a la tranquilidad de un semblante inconsciente, el chico tenía atributos serios. Como si esparciera la franqueza y la fuerza en su carácter a kilómetros. Sería un hombre de rasgos serios. Tragó saliva algo emocionada y sonrió más. Se tomó la libertad de tocarle una mano. Notó su calidez.
—¿Estáis bien…? Otra idea que se me ha ocurrido para su cuarto es poner los p… eh. Ah.
Zoey viró la cabeza hacia atrás. Se puso nerviosa. Era Sarah, que colgaba una llamada en ese momento.
Al pillarla a solas, Sarah se sintió aún más rara. Era una situación rara, aquella. Y para empeorarla, Zoey la miraba con aquellos ojos tan grandes y abiertos… se notaba que no sabía qué decirle. Así que hizo un esfuerzo por romper ella el hielo.
—Hola, Zoey. ¿Cómo es que has entrado tú sola, te vio Seung?
—… ¿quién es Seung…?
Já. Esta niña, es medio estúpida.
—El padre de Mira. Joder, ¿no sabes ni siquiera cómo se llaman sus padres?
—…
Sarah la miró de arriba abajo. Ahora con una condescendencia que Zoey notó enseguida.
—No es buena idea que estés aquí. ¿Quién te dejó pasar?
Zoey se puso más recta, ya del todo incómoda. No dijo nada. Pero justo cuando Sarah empezaba a dominarla, el ruido de la puerta volviéndose a abrir la dejó helada. Eran sus amigas. Mira y Rumi guardaron silencio al volverse a encontrar con ella. Esta vez Mira encabezó la conversación.
—¿Vas a quedarte a vivir aquí, o qué?
Sarah tartamudeó. Perdió de golpe la dominancia en el terreno.
—A-a ver, yo… tengo bastante confianza con tu familia.
—¿Podrías retirarte aunque sea… cinco putos minutos de aquí?
Sarah se asustó. Obedeció sin siquiera cuestionarla, saliendo con el rabo entre las piernas. Rumi la siguió con la mirada. Volvió a tener su presencia cerca cuando pasó por delante, y suspiró al sentir otra vez esa energía negativa.
Ni con palosanto en vena, dios…
Zoey frunció el ceño y volvió la mirada a Dave.
—¿Tus padres cómo se llaman? —preguntó.
—Seung y Yuna. ¿Por qué?
—Porque no lo sabía. Nunca te pregunté, ni nada.
—No los menciono nunca —se encogió de hombros y se acercó a su hermano. Por primera vez desde que viajaba allí, podía estar con él un rato a solas, sin la sombra de ningún ave rapaz que la anduviera picoteando.
—Es muy guapo. Y se parece mucho a ti.
—Bueno, mucho tampoco. Tiene un mal genio…
—A quién me recordará… —dijeron Rumi y Zoey a la vez. Mira se cruzó de brazos.
—¿¡Cómo!?
—¿Qué dices? —se escuchó al otro lado de la puerta—, pues me va a oír…
Las tres supieron que se avecinaba otro momento difícil. Se pusieron rectas cuando entraron los padres de Mira… junto a Sarah, que entró en último lugar.
—¿Se puede saber por qué has echado a Sarah? —cuestionó Seung a su hija. Mira carraspeó ligeramente.
—Papá, mamá… os presento a mis compañeras de grupo. Yo creo que ya iba siendo hora. Rumi y Zoey.
La presentación les pilló a ambos desprevenidos, porque Mira acababa de ignorarles.
—Un placer. Supongo —suspiró Yuna. Ambas eran chicas muy famosas. Se fijó más en Zoey. Parecía bastante joven. La chica tuvo que sujetarse a donde pillara para acortar distancias con ella, entonces fue cuando vio sus muletas apoyadas contra la pared y notó su cojera. Eso la ablandó un poco. Zoey habló en un hilo de voz, estaba nerviosa.
—Hola… soy Zoey —le tendió la mano. Yuna se limitó a asentir con la cabeza y apartar la mirada. Aquello hirió un poco a la menor, que bajó la mano enseguida. Le dieron ganas de irse corriendo. Mira maldijo en su mente. Sabía que aquello iba a ocurrir, y veía claramente en el rostro de Zoey el ahogo del mal rato contenido. Seung ni siquiera cruzó más palabra.
—Querían conocer a Dave.
—Han tenido tiempo de sobra para haberle conocido. Y vienen cuando ya tiene un pie en el ataúd.
Aquella frase se sintió peor fuera que dentro, la acababa de pronunciar Seung. Rumi tragó saliva y trató de apaciguar las aguas.
—Señor… su hijo está ahí mismo. Aquí mismo. No diga eso.
—Van a operarle ya. Así que… os rogaría, que por favor no agitéis el avispero.
—Son mis amigas, sólo vienen a hacerme compañía —apuró Mira, suspirando—. ¿No te das cuenta de que eres tú el que siempre está metiendo mierda?
—Mira, por dios… regula ese vocabulario.
—Puf, ¿y él qué? ¿No es más grave lo que él suelta por la suya? —se encabronó y miró de nuevo a Seung—, tienes un pozo séptico por boca.
—¿¡Ves!? ¡Estás histérica! ¡¡Sal de aquí!!
—Calma… —Zoey intercedió entre los dos y les miró apenada—, ha sido todo culpa mía. Insistí en que quería ver su cara… no os conocía a ninguno. Sólo… sólo quería desear lo mejor. Nos iremos, ¿de acuerdo?
Rumi suspiró y asintió a sus palabras.
—Se lo agradezco —farfulló la mujer, sin mirarla. Se dedicó a inclinarse a Dave y a peinarle el pelo.
Zoey agarró las muletas y se aproximó a la puerta. Rumi se la abrió y esperó a que saliera para secundarla, despidiéndose casi en un susurro.
Sala de espera
Cuando Dave fue llevado a quirófano, Mira se quedó un rato más en la habitación del hospital, discutiendo con su familia. El resto de cazadoras y Sarah permanecieron a la espera mientras el tiempo del reloj simplemente avanzaba. Al cabo de casi media hora, Mira apareció por allí. Sus padres se reunieron con Sarah seguidamente y se marcharon a la cafetería. Zoey siguió con la mirada a Yuna, pero en cuanto pasaron por delante suya, fue Sarah quien le volvió a dirigir una víbora mirada. La pelinegra no sabía por qué se sentía tan incómoda… por esa regla, Ronald no le hubiera despertado la ira y la valentía que en su momento le despertó. Con Sarah había algo diferente. Quizá su unión a la familia de Mira… a un nivel del que ni siquiera la propia Mira podía fardar. Ella también quería estar así de unida. Se había imaginado muchas veces reparando esa fractura en ella. Pero la situación parecía ya demasiado difícil… de hecho, la única persona que había hecho algo con esa fractura era Sarah. Nada menos que aprovecharla para colarse dentro. Cuando volvió la mirada a la pelirrosa, se dejaba caer de golpe en una de las sillas y se frotaba la cara. Zoey se agarró al respaldo para levantarse y caminó poco a poco hasta ella.
Mira sintió los dedos sobre su mejilla y elevó la cabeza. Zoey le sonreía, algo entristecida.
—Verás que saldrá todo bien.
—Esta operación… es horrible. Con lo orgulloso que es, cuando abra los ojos y se vea así…
—Ya lo dijiste antes. Y bueno. Es temporal.
—Eso no lo sé…
—Tienes que pensar que lo es. Porque… va a serlo. Te lo prometo.
Qué mona es. Te besaría ahora mismo, si no tuviera tantas ganas de llorar. Mira se las arregló para curvar media sonrisa pero agachó la mirada. Suspiró.
—Vámonos de aquí, me estoy agobiando mucho. Y no quiero que camines más de lo necesario.
—Estoy bien, de verdad, no me duele —susurró. Siguió las caricias en su mejilla. Mira se puso en pie pesadamente y sin poderse contener se inclinó a abrazarla. Con fuerza.
Sarah rechinaba desde su lejanía. No podía, era incapaz de apartar la mirada de ese abrazo. No comprendía por qué ahora sentía con tanta intensidad el asco y la rabia que tenía a la pareja. Antes podía soportarlas un poco mejor. Apretó los puños, negando con la cabeza. Yuna le puso la mano en el hombro.
—¿Estás bien…?
Sarah espabiló, reaccionando deprisa.
—S-sí… creo que sí.
Yuna miró a su hija a lo lejos. Que Mira fuera lesbiana era un hecho que asumió hace tiempo, sin pena ni gloria ya dadas las circunstancias. Verla de nuevo había supuesto un gran shock. Pero al fijarse ahora, la estaba viendo desmoronarse en el hombro de Zoey, con el rostro contraído. Verla llorar le tocó una fibra que ya creía extinta. Sarah la miró. Vio cómo Yuna apartaba la mirada, herida.
—Voy… a por otro café. Los de la cafetería de abajo están mucho mejor —musitó la mujer, palmeando suavemente su hombro. Dejándola allí sola. Sarah asintió sin más y resopló.
A veces no entiendo nada. Yo misma orquesté gran parte de este plan, pero… mírate, Mira. ¿Cómo es posible que le tengas cariño a Dave? Él no te perdona que te hayas ido dejándolo en casa de esos dos palos. Y yo… ni siquiera puedo sentir algo por él que no sea puro aburrimiento. Su vida iba a ser un aburrimiento también.
De repente, una idea macabra le cruzó la mente.
Aún… aún me queda algo de…
Palpó su mochila. La adrenalina comenzó a disparársele de golpe. No había sido ni la mitad de difícil que creyó mezclarle en el termo el veneno al chaval. Viendo cómo engullía Zoey y sabiendo más o menos qué comidas consumía en el comedor del centro de danza, podía volver a intentarlo. Si con la dosis empleada había tumbado a un chico de metro noventa en una camilla, ¿qué pasaría si aumentaba la dosis?
Ni siquiera llegaría al hospital. La despedazaría por dentro. No lo resistiría. Y entonces… destruiría Huntrix. Sin Zoey, el grupo temblaría, como ya ha temblado antes. Pero, ¿la destrozaré demasiado a ella…?
Mira había logrado calmar un poco su expresión de pena y el abrazo entre ellas ya había concluido, pero seguía teniendo las mejillas rosadas y la mirada débil de alguien que acababa de emocionarse.
Si mato a Zoey… no te quedaría otra. Rumi es tu amiga, pero a mí ya me has visto antes de otra forma. Podrías volver a hacerlo. Y esa vez… ya no habría ningún impedimento.
Tragó saliva, tratando de relajar su cerebro. Éste le había mandado señales de euforia al imaginarse atentando contra la niña mimada de las Huntrix. Y ya se había estrenado como homicida… más o menos.
Podría acostumbrarme a esto.