CAPÍTULO 38. Encarar el pasado
—Has hecho trampa —musitó Dave, con la mirada fija en sus cartas.
—¿Cómo se supone que voy a hacer trampa? Es el poker… —rio Sarah, que era la dealer en esa ronda. Dave hacía sus cálculos mentales, las probabilidades no habían estado de su lado en la hora y media que llevaban de juego.
Mira suspiró de manera disimulada. Habían pasado ya dos días desde que Dave abrió los ojos, y el pronóstico médico era esperanzador. El chico evitó todas las señales de shock anafiláctico, por lo que lo peor ya había pasado. Todo apuntaba a que le retirarían también la bolsa. Eso dio a la familia entera un respiro. Les hizo creen en los milagros. Y Sarah se sentía mejor con su culpa. Pero Mira notaba el desplazamiento igual que el primer día. Y se aburría. Cada acercamiento que había intentado tener con Dave acababa con el chico negándose. Pensó que habían tenido un acercamiento cuando despertó. Al parecer, cuando recuperó el color saludable en el cuerpo y su cerebro trabajó con normalidad, él también recuperó el carácter. Distante y serio, como casi siempre desde que en la mansión empezaron las peleas. Con Sarah no era así. Aunque a él le gustara aquella chica, Mira notaba en ellos una auténtica relación de hermanos ahora. La que ella no pudo tener a derechas. Y ahí estaba. Apartada en el sofá, con un regalo para él que Dave ni abrió ni se molestó en curiosear. Mientras ellos jugaban a las cartas.
Zoey le escribía por móvil. Ese estaba siendo su único entretenimiento.
«y el juego q te di? Se lo diste ya? q le parecio?»
«Ni puto caso le ha hecho. Cuando entré estaba jugando a las cartas con Sarah, y aquí sigue…»
«no dijo ningún comentario? K borde!»
«Zoey, podrías escribir sin que me sangren los ojos? Al gilipollas de Mystery le escribías bien»
«pero contigo hay mas confiiii :D»
«Escribe bien, haz el favor»
«Gueeeeeno… oye, cuando vuelves?»
«A este paso… en una hora o así, mis padres vendrán de comer y ya no querrán verme aquí»
«Sabes? Quiero irme a casa ya… «
«Ya lo sé, pequeña. Pero quiero asegurarme de que él va a salir sin ninguna secuela de este lugar»
«Okey… cuándo será eso?»
Esa pregunta le pareció un tanto egoísta a Mira. De haber sido otra persona, le habría ladrado alguna bordería de las suyas. Pero se contuvo. Porque también entendía que estaba jodida y adolorida, en una habitación de hotel donde no tenía ningún entretenimiento.
«No lo sé exactamente. Hoy hablaremos con el doctor»
«Cuando?»
«Después de la comida. Por cierto, qué quieres que te lleve de comer?»
«Rameeeeeeeen»
«No, ramen no. Llevas dos días comiendo lo mismo.»
«jo… oye… este juguete tuyo…»
Mira sonrió esperando a que terminara de escribir las siguientes frases.
«puedo usarlo yo sola?»
«Sí, pero lávalo. Antes y después.»
«Por que no vienes antes y lo usamos de nuevo?»
«No puedes esperar una hora, impaciente?»
«No puedo… porque no puedo parar de pensar en ti desde lo de anoche»
Mira sintió la frase recorrerle las piernas, como un calambre que despertaba la lujuria. Igual que si Zoey presionara un interruptor. Respiró hondo y tecleó.
«Vas a esperar una hora. Y ya no quiero que lo toques, he cambiado de parecer»
«o que…»
«No lo hagas o lo pagarás»
Le mandó, aguantando una risita.
«jooooo… vale. Voy a terminarme los refrescos»
«Está bien. Luego hablamos.»
Se guardó el móvil.
Y decidió romperles a Sarah y Dave su juego, justo cuando la chica iba a repartir.
—Bueno, ¿no puedo jugar?
—Claro, Mira. ¡Siéntate! —dijo ella, pero Dave cambió la expresión y se estiró un poco.
—Ya estoy aburrido, mejor pidamos algo de beber que no sea agua…
—Está bien, Dave —sonrió la peliverde. Mira estuvo a punto de frenarla, de hablar. Incluso abrió un poco los labios, pero se pisoteó a sí misma cualquier intento de decirles nada. ¿Se piensa que puede beber a la carta? Él sabe perfectamente que no. Ya sabía que de vuelta obtendría una mala mirada.
En respuesta al botón pulsado, vino una enfermera. Pero cuando Sarah le pidió refrescos con gas, por poco la mujer les echó la bronca de su vida y se fue amargada. Sarah puso una mueca y miró a Dave.
—Ah… bueno, supongo que tiene sentido, ¿no? Lo siento, Dave… no puedes tomar ni comer nada que no te dé el hospital ahora mismo, sigues muy delicado.
Mira asintió de manera imperceptible.
Menos mal que la mujer les ha echado el rapapolvo y no yo, porque de otro modo Dave ya estaría mirándome con la cara de asco.
—Podrías beber algo de agua. Llevas desde que empezasteis a jugar sin beber nada. Y lo necesitas.
—¿Te has convertido en mi madre de repente? —la recriminó, con más seriedad. Eso cortó el buen ambiente de golpe. Mira se quedó en silencio.
Zoey tenía razón en algunas cosas, pese a todo. Un ejemplo eran las insoportables ganas que le daban de huir cuando una situación de ese estilo se daba. Porque era el tipo de escena en el que la pelirrosa no podía responder con violencia. Tenía que tragársela. Sarah reunió todas las cartas en el mazo, guardándolo.
—Mira tiene razón de todos modos. Bebe algo de agua.
Dave puso los ojos en blanco, pero esta vez obedeció sin rechistar. Mira le miró negando con la cabeza. Una sonrisa más sarcástica apareció en su rostro.
—Qué huevos que tienes —cabeceó a Sarah, mientras se cruzaba de brazos—, a ella sí le haces caso.
—No seas infantil —comentó él casi sin mirarla. Siguió bebiendo. El móvil de Mira sonó de pronto. Era Rumi.
—Disculpad —se movió hacia el otro lado de la estancia. Sarah la miraba de reojo y trataba de poner la oreja, pero Dave la estaba molestando con comentarios que ni siquiera escuchaba.
Conversación telefónica
—Mira, he discutido con mi tía… y ya… debo volver a casa. A lo mejor me mude, os lo quería decir, pero como vais tan a la vuestra…
—¿Cómo que mudarte?
—Ah, venga ya… está la situación muy rara, sabes. Y tú y Zoey… en fin, me ha dicho que sois pareja. Siento que estoy en medio de una relación.
—No tomes la decisión por esos motivos. Todavía trabajamos juntas…
—Necesito un tiempo. Y también tengo que conocer lo que me está pasando en el cuerpo. A qué se supone que estoy evolucionando. No quiero quedarme sin tiempo.
—Te ayudaremos a descubrirlo.
—Creo que lo tengo que hacer sola.
Se hizo un silencio en la llamada.
—Rumi…
—No pretendía ser una llamada triste. También era para informarte de que acabo de tener una discusión muy desagradable con Zoey. Está intratable, y no quiere irse de aquí hasta que tú te vuelvas a casa.
—Ya… está un poco caprichosa, pero hay que entenderla.
—Entenderla… tsk. He intentado explicarle por qué la mejor opción era que se volviera en el jet conmigo, y por poco que no me manda a la mierda. Así que… esto de tener que volveros porque la has traído en coche me parece un viaje larguísimo. Innecesario para ella.
—Ya lo sé.
—Espero que puedas solucionarlo. No la dejes tomar esas actitudes.
—Que te estoy diciendo que ya lo sé —apretó la voz, sin querer. Le nació de dentro. Hizo que Rumi guardara silencio, y entonces, la pelirrosa hizo un esfuerzo por volver a susurrar—. ¿Crees que es un viaje que he hecho porque me salió de los bajos? ¿Sabes lo difícil que es estar aquí, viendo cómo mis padres quieren escupirme y lanzarme a la calle de un empujón? ¿Y éste otro… gilipollas, que tampoco me hace caso?
—Ya… está bien. Joder, Mira, ya lo siento.
Ambas se serenaron un poco.
—Cuéntame qué tal el viaje.
—Sí.
Ya colgado el móvil, Sarah fingió que tenía la atención en su propio móvil, mientras Dave hacía lo propio con el suyo. Pero los dos levantaron la mirada cuando la pelirrosa cruzó la habitación y agarró su abrigo. Dave la miró con más curiosidad.
—¿Te marchas?
—Voy a tomar un poco el aire… y ahora regreso.
Noto que me estoy saturando. Siempre me acaba pasando cuando alguien me hace ser mordaz. Maldijo la llamada de Rumi y también su propia contestación. Al final, Rumi hacía lo que cualquier amiga. Zoey no quería separarse de Mira, pero eso tenía un precio. A Mira no le hacía mucha gracia que ese precio repercutiera, siquiera en lo más mínimo, en su salud. Pero…
Se sorprendía un poco de su propio egoísmo.
Porque sí que le gustó recibir ese interés. Ese anhelo.
Verla suspirar cuando hacían el amor, oírla gemir… y susurrarle que la quería. Porque eso jamás se lo había dicho nadie nunca. Sentirse querida por la persona que amaba era muy grande. No tenía nada que ver que un fan se lo dijera sin más. Zoey se lo había dicho varias veces, «Te quiero», y cada vez que lo hacía Mira se hacía más adicta.
Claro que quería cuidarla. Pero su egoísmo también la quería al lado.
No puedo actuar como si yo fuera la más madura del mundo. En el fondo, me gustó que me acompañara hasta aquí.
Más tarde, el médico entró a la hora de la comida. Mira lo escuchó hablar con sus padres… a poco de que entraran todos juntos. Después de presentarles el nuevo cuadro clínico del chico, comentaron previsiones para la siguiente operación, donde le sería retirada la bolsa y reacomodado el sistema gástrico, en definitiva. Para que volviera todo a una mediana normalidad. Tendría que estar alimentándose de caldo y puré los primeros meses. Pero no importaba. Lo importante era que Dave, milagrosamente, saldría de aquel bache habiendo perdido muy poco. Eso los alegró a todos.
—¿No podrían darnos una fecha más concreta? —preguntó Mira al doctor. Se ganó las miradas de odio de su familia.
—Acaba de despertar del coma —replicó Yuna. El cirujano asintió a la par.
—Exactamente. Tiene que estar reposando al menos una semana más… los tejidos aún están débiles.
—Si quieres volverte a tu palacio en la otra punta del mapa, ya sabes que puedes. Nadie te obliga a estar aquí —serpenteó su padre. Mira se lo imaginó como una víbora escupidora. El médico, al oír aquello último, guardó silencio. Entendió que se trataba de una contienda familiar y se despidió cuando ya no hubo más preguntas. Su móvil empezó a vibrar, pero tenía una nueva corriente de ira en el cuerpo, y esta vez no pudo aguantarla. Cuando el médico abandonó la habitación, se giró a Seung.
—¿Qué coño te pasa? Sólo estoy preguntando porque necesito saber cuánto más tiempo puedo estar aquí.
—Sólo digo la verdad, lo que te preocupa es saber cuanto antes cuándo puedes irte.
—Métete en tus cosas, papá.
—Wooooh, recuerdos de Vietnam… —comentó el joven, agarrando aburrido su Tablet. Sarah observaba la situación casi con recochineo. Estaba de acuerdo con Seung, y le gustó que lo manifestara en voz alta.
—No vais a parar hasta que nos acaben echando de un maldito hospital privado que pagamos, ¿no? Hasta ese punto podríamos llegar gracias a ti —exclamó Yuna.
Mira paró de intervenir. Tenían demasiada facilidad para sacarla de sus casillas. El móvil seguía vibrando, una y otra vez. Lo agarró y descolgó, moviéndose un poco más lejos. Pero todos, excepto Dave, estaban atentos. Mira bajó la voz.
—¿Qué ocurre, Zoey? ¿Estás bien?
—Oye… por favor, no te enfades, pero…
—No estoy para esos juegos ahora. Olvida eso.
—N-no…
Sonaba con la voz algo taponada. Mira parpadeó.
—¿Qué pasa?
—Me he caído…
Ah, vamos…
—¿Estás de broma? ¿Me lo estás diciendo en serio, Zoey? ¿O te estás riendo de mí?
—No. Me he caído. Me he hecho daño. Si pudieras venir…
—Te dije que no te movieras para más de lo necesario, joder. ¿Ves como no puedo dejarte sola. ¿Cómo vas y te caes en una habitación de hotel, eh?
Zoey no contestó a ninguno de sus regaños. Mira calló. Zoey no tenía la culpa ni de caerse, ni de que ella estuviera hecha un basilisco. Fue a hablar de nuevo, pero la chica le cortó la llamada.
—Eh… eh —miró la pantalla del móvil. Efectivamente. Le colgó. Al levantar la mirada hacia los demás, la estaban mirando. Yuna se sentó tranquilamente en la butaca y desvió la atención.
—¿Se ha caído la muchacha?
—Eso parece —Mira se puso su sudadera y sacó su larga melena por fuera. Antes de salir, se recogió el pelo en un moño deshecho para no llamar tanto la atención y se puso la gorra negra—. Voy a ver qué ha pasado.
—Te ha colgado, por borde —se rio Dave, mientras toqueteaba la Tablet—. Esa era de la de los moños, ¿no?
Yuna soltó un pequeño suspiro. Se fijó de reojo en su hija, recogiendo aprisa todo. Mira lanzó al sofá un paquete, que ni siquiera explicó qué era, y se marchó de la habitación sin cruzar ni una sola palabra. Miraron el paquete.
—¿Qué es eso? —preguntó Seung.
—Dijo que te había traído algo, se nos olvidó —comentó Sarah, yendo a recogerlo. Estaba envuelto en papel de regalo. Se lo entregó a Dave y agarró su abrigo.
—¿Dónde vas, Sarah? —preguntó el chico, agarrando el paquete.
—Pobre, me ha dado pena. Quiere mucho a esa chica. Voy a ver si va todo bien.
—… —Yuna la siguió con la mirada. Sarah salió mientras se ponía el abrigo. Después miró a su marido, quien estaba pendiente al móvil ya. Carraspeó suavemente y también agarró su jersey—. Voy a encargar unas cosas a la cafetería de abajo, ya subo.
—¿Por qué no llamas? —cuestionó Seung—, hace un frío que pela ahí fuera, ya lo sabes.
—Llevo muchos días sentada. Ya vengo, he dicho.
La mujer salió al poco de salir Sarah. Los dos varones quedaron solos. No tenían de qué hablar casi nunca, más allá del campo de la Medicina que les atañía por ser la carrera que Dave cruzaba. Abandonó en silencio la Tablet y rompió el papel de regalo del paquete. Era un videojuego para la consola y un cómic. La época ardua de estudios lo tenía lejos de aquellos entretenimientos, aunque Mira recordaba sus gustos. Era un juego que Dave quería autoregalarse cuando acabara la primera evaluación. Pero eso sólo podía saberlo… por haber puesto la oreja esos días, cuando hablaba con Sarah. Al parecer se había tomado la molestia de adelantarse y comprárselo.
—Qué tonta… —susurró medio riendo. Dejó los regalos a un lado y tomó el móvil. Desbloqueó a su hermana.
Exterior
Sarah y Yuna bajaron por las escaleras en distintos tiempos, no se veían. Sarah tenía a la pelirrosa a la vista, y tuvo que trotar para alcanzarla.
—¡Mira! Espera…
—No quiero hablar —sacó las llaves del coche de su riñonera.
—Ya lo sé… pero espera un momento, por favor.
Mira caminó más despacio al llegar al parking. Desbloqueó las puertas y la miró.
—Tengo prisa. Sé breve.
—Sé que me odias. Pero de verdad, yo te tengo en mucha estima… lo sabes perfectamente. Te puedo ayudar en lo que necesites.
—No necesito tu ayuda. ¿Por qué no te quedas con tu nueva familia? Parece que te has integrado bien —lanzó la riñonera adentro del vehículo.
—Hablo en serio. Si se ha hecho daño y necesitas asistencia o algo así… creo que podemos conseguir que le hagan sitio en este hospital y la miren bien. Es un buen hospital y no hay otros cerca.
—Eso ya lo sé.
—¿En qué hotel estáis?
—Es aquel —cabeceó hacia el oeste, en dirección al único edificio alto—, estamos al lado. Déjame ir a ver si está bien y luego hablaremos, ahora estoy demasiado nerviosa para pensar.
—¡Vale! Me tienes aquí… —la tocó del brazo. Mira bajó la mirada como el rayo y Sarah la apartó.
Ahora sí lo he sentido, pensó Mira, recordando las palabras de Rumi. No lo había sentido antes.
Sin decir nada, arrancó y sacó el coche del parking. Yuna llegó al poco al lado de Sarah. Estaba jadeando.
—¡Maldita sea! ¿Ya se fue…?
—Sí, hará un minuto. Bastante rápido.
—No sabrás dónde se hospeda, ¿no…?
¿Por qué lo pregunta?, Sarah desconfió. Pero le dijo la verdad.
—En el Malyk. Es ese blanco, lo conocemos.
Yuna asintió al seguir su dedo.
—Está bien. Voy a coger el coche y ver si necesitan algo.
¿Cómo…? Joder. No quiero que hagan las paces. Ahora no es el momento.
—Sabes… —se rascó la cabeza—, iba muy alterada. Yuna, creo que si vas va a seguir en su línea de…
—Piensa que son dos muchachas como tú. Han venido solas. No quiero luego tener cargo de conciencia alguno, Dave está mejorando.
—Claro, p-pero…
—¡Enseguida nos vemos! —caminó en dirección al monovolumen—. Haz el favor y no le digas nada a mi marido o pondrá el grito en el cielo.
Ya en el coche, la señora se concentró. Sabía el hotel, pero no el número de habitación. Extrajo su teléfono y buscó el viejo contacto de Mira. Sospechó que, al tener más de una década, sería ya una tarjeta obsoleta. Tenía ese número cuando se largó de casa, pero estaba segura de que con el cambio de vida, también había tenido un cambio de número. Volvió a telefonear a Sarah.
Yuna se llevó una sorpresa cuando Sarah le dio el número de teléfono actual de Mira. Porque se dio cuenta, al teclearlo, que sí había un breve historial con ese número. Hacía años atrás. Mira le hizo cuatro llamadas entrantes en algún momento, y la única que cogió, fue la tercera. La conversación fue muy breve y tuvo que hacer memoria para recordar qué hablaron. Discutieron, eso seguro, y acabó en la mujer bloqueándola cuando recibió la cuarta y última llamada. Yuna desbloqueó a su hija y emprendió la marcha hacia el Hotel Malyk.
Habitación de hotel
Mira no había dejado de tratar una nueva llamada, pero el móvil de Zoey comunicaba. Al llegar a la habitación, se quedó de una pieza. No estaba. Se encontró el suelo de la sala de estar con restos de soda pop en el piso y claras marcas de resbalón. Había una muleta, pero la otra no. Zoey había salido al exterior con una sola. Airada, Mira volvió a telefonearla.
Aunque esté en otra llamada, a ella le sale la maldita opción de cortar en la que está y atenderme. ¿Por qué no lo hace?
No tardó en darse por vencida, Zoey no estaba allí. Salió de la habitación y entonces el móvil sonó. Era…
—…¿eh? —Mira descolgó con el ceño fruncido y se puso el móvil en la oreja—. ¿Quién…?
—Yo. Tu madre.
—Pensé que me tenías bloqueada.
La mujer suspiró al otro lado de la línea.
—¿Cómo está la chica, necesitáis ayuda?
—… no sé dónde está.
—¿Cómo así…? ¿La has perdido?
A este paso la perderé en algún sentido más.
—Da igual. Yo me encargo.
—Oye, ¿y no es e…?
Mira le colgó y volvió a intentar comunicarse con Zoey.
Recepción del hotel
Lo que Yuna intentaba preguntarle antes de que la pelirrosa colgara, era que si Zoey era la chica que tenía por delante. Estaba muy tapada, pero sí que se desplazaba con una muleta. Vio que la chica en cuestión hablaba por móvil. Tenía el pelo lacio y negro a la altura de los hombros, y una gorra negra. Pero el cubrebocas tapaba demasiado su rostro para verificar si era una Huntrix. Verdaderamente sabían ocultar su identidad. La chica en cuestión se sujetó despacio al respaldo de uno de los sillones de recepción para descansar unos segundos, y luego se encaminó cojeando con la muleta hasta el ascensor.
Debe ser ella.
La siguió disimuladamente. Pulsó el botón más alto del panel y enseguida las puertas se cerraron. Yuna se aproximó al panel después. Había pulsado el botón de la azotea.
Azotea
Zoey se desplazó costosamente por la zona chillout que había montada en la parte superior. Había algunos clientes, pero pocos. Se movió hasta la parte más desprovista de gente y tomó asiento en uno de los sillones, frente a las bellas vistas de la ciudad. Uno de los camareros, al verla tomar asiento, le prendió la estufa. Zoey se retiró el cubrebocas y pidió algo caliente de tomar. Le sonó el móvil. Se trataba de Mira. Esta vez, descolgó.
—Hola, Mira.
—¿Por qué no me atendías? ¿¡Dónde estás!?
—Tranquila, que estoy bien. Y no estoy lejos. Pero no hace falta ya que vengas.
—Sí, sí hace falta. Quiero ir.
—Luego voy yo a la habitación, he salido un instante. Y le he pedido a mis padres que vengan a buscarme.
—¿A tus padres? ¿Sabes lo lejos que están?
—Sí.
—… Eh, siento haberte gritado. ¿Me dices dónde estás, por favor?
—No quiero.
—Zoey…
—No quiero molestarte, no vine aquí para eso. Ya bastante tonta me siento por caerme. Y sé que estamos aquí por algo importante.
—Tú también eres importante. Ellos… ellos sacan lo peor de mí.
—Ya lo sé.
—Vale. ¿Estás en alguna cafetería o algo?
—Sí… algo así.
—¿Dónde?
Zoey suspiró.
—Da igual, te he dicho que iré en un rato.
—¿Te duele la pierna?
—Sí. Hablamos luego.
Recepción del hotel
Al colgarse, Mira se quedó mirando la pantalla. Suspiró largamente.
—Sé dónde está —oyó a sus espaldas. Se giró.
—¿Ah sí? ¿y cómo lo sabes?
—Te lo trataba de decir antes de que me colgaras. Creo haberla visto aquí. Iba con el rostro cubierto y llevaba una sola muleta.
Mira abrió los ojos y se aproximó a su madre.
—¿Dónde está?
—En la azotea de este mismo edificio. Y te acaba de decir que no vayas, ¿no?
Mira suspiró.
—Gracias. Voy por ella.
Yuna alzó una ceja, siguiéndola con la mirada. No sabía si necesitarían ayuda, y le sabía mal irse sin más ahora que había llegado hasta allí. Mira se había hecho autosuficiente a la fuerza, jamás la oiría pedir ayuda. Nunca la oyó -ni siquiera cuando era una contestona adolescente- pedir ayuda con nada. Era fuego puro.
Como fuera, esperó a que se desocupara la siguiente tanda de ascensor para ascender también.
Azotea
Mira fue a pequeñas zancadas cuando la reconoció en la más lejana de las esquinas de aquel lugar. El cielo estaba encapotado, pero por lo menos, había buenas vistas. Reconoció la sudadera negra de Zoey y su gorra, ni siquiera le hacía falta ver la muleta. Incluso de espaldas sabía que era ella. La abordó en la silla y se inclinó a su altura, abrazándola de repente. Zoey no se lo esperó al principio, pero al sentir su abrazo tan cálido se sintió mucho más emocional. Posó las manos en su espalda y le correspondió al abrazo. Se le enrojecieron un poco los ojos. Mira se fue agachando para tenerla a la altura y la acarició de la pierna.
—Termina eso y vamos a hacerte un chequeo, ¿vale? —se puso un poco mal cuando la vio aguantar las lágrimas en los ojos. La acarició de la cara—. Lo siento por lo de antes. Vamos… vamos a irnos de aquí, no volveré al hospital.
—Está bien… ¿y tu hermano?
—Mejorando. Pero cada vez que intento acercarme hay comentarios tóxicos o burlas. Yo también tengo un límite.
Zoey sorbió por la nariz y se frotó un párpado, limpiándose los ojos llorosos.
—Vale, me alegro. Sí, yo también quiero irme ya.
—Deja que el médico te vea… el de ese hospital es bueno. ¿Cómo fue la caída?
—Se me cayó el refresco y al tratar de levantarlo pisé lo mojado… apoyé con la rodilla.
Mierda… Mira miró su pierna. Puso la mano sobre la rodilla, pero Zoey retiró su mano y suspiró temblando.
—Me duele… creo que la he cagado —comentó, entristecida.
—No digas eso. Sea lo que sea, seguiré cuidando de ti.
Zoey la miró.
—¿De verdad…?
Mira asintió con firmeza.
—Sí —se irguió unos centímetros y volvió a abrazarla. Zoey se quedó hundida en su hombro, disfrutando del contacto. En esos momentos, el resto del mundo se iba lejos. A kilómetros. Sólo estaban ellas dos. Mira le acarició la cabeza con la mano y la separó un poco, mirándola de cerca—. Si quieres, llámales… y diles que yo me encargo de todo. Que no vengan.
—No puedes encargarte siempre de todo, Mira.
—Sí que puedo —arrastró casi las palabras. Mirándola fijamente, acarició sus labios con el pulgar—. Al menos lo que te involucra a ti. Sí que puedo.
—A fin de cuentas ellos son mis padres y todavía supongo que tienen que cargar un poco conmigo. De verdad, yo no quiero interferir con el tema de tu familia.
Mira negó despacio con la cabeza y tomó asiento en la silla de su lado. La agarró de la mano.
—No interfieres. Y sé que te hubiese gustado conocerles en otras circunstancias, o que fueran más agradables. Pero ellos… no me quieren, Zoey. Nunca les importó mi suerte.
—M-Mira… —apretó un par de veces su mano para llamarle la atención, pero Mira continuó.
—Así que da igual lo buena y simpática que seas con ellos. No les importa… porque formas parte de ese presente mío que no les gusta. No te odian. Me odian a mí.
—Eh…
Zoey guardó silencio. Porque la figura de Yuna ya estaba al lado de ellas, y había escuchado las últimas intervenciones de su hija. Mira dio un respingo al oír la voz a sus espaldas.
—Para que lo sepas… no, no te odiamos —Mira soltó la mano de Zoey y se puso en pie de golpe, casi asustada.
—¿Cuánto rato llevas ahí?
—El suficiente. Quería ver cómo estaba tu… amiga.
Mira sonrió irónica, pero antes de hablar Zoey se le adelantó.
—Señora… ¿usted qué siente hacia Mira?
—Uh. Será mejor que me vuelva al hospital —murmuró volteándose.
—¿Y por qué vino hasta aquí? —insistió.
Yuna hizo una mueca antes de volver a girarse. Sus palabras, después de algunos segundos, fueron hacia Mira.
—Nosotros siempre hemos deseado lo mejor para los dos. Pero te descontrolaste. Si las cosas hubieran salido como debían salir, hubieras vuelto, y entonc-…
—¿Si salían como tenían que salir…? ¿Y cómo tenían que salir, a ver? —Mira había adoptado de nuevo una postura cerrada en banda, con los brazos cruzados. Miraba seriamente a su progenitora—. Yo no he escogido un camino difícil porque estuviera enfadada con los dos. Pero sí es cierto que tenía orgullo, y no iba a volver a ver cómo me lo terminabais de patear.
—Santo dios… pero si sólo eras una chiquilla, dejando de serlo. ¿Qué razón ibas a tener? La gente, por lo general… no triunfa en esas carreras. Se quedan a medio camino, y tienen que volver a casa de sus padres con el rabo entre las piernas lamentando el tiempo perdido.
—Y eso es lo que te hubiera encantado a ti que ocurriera, ¿verdad? —la apretó.
Yuna se tomó unos segundos de calma. Miró a Zoey, y luego tuvo algo de valor para encarar de nuevo a su hija.
—No diría encantado. Pero sí que… hubiese sido un buen remedio a tu tozudez.
—Querías que me estrellara —murmuró, más sombría. Miró a Zoey dispuesta a ayudarla a levantarse, pero Zoey negó con la cabeza, y la mujer dio un paso más cerca hacia ambas.
—Yo no quería que sufrieras. Sólo quería que tuvieras una carrera, una base para tener un buen trabajo y que no tuvieras que partirte la espalda trabajando.
—¿Y qué hubiese sido tan malo? Me hubiera equivocado y habría regresado a casa. Si me hubiese sentido apoyada. Pero tú y papá… me ofrecisteis la calle, o seguir vuestro protocolo. El manual del buen hijo, uh… —comentó con sorna.
—No esperábamos el éxito que al final conseguirías. Lo diste todo. Y yo me pregunto… si sólo la rabia consigue en ti toda esta dedicación. ¿Es ese tu motor?
—Claro que no —respondió Zoey, de repente. Salió como asistencia, y Mira seguía negando con la cabeza, aguantando la risa—. Ella ha trabajado muy duro para llegar donde está… y pasando muchos calvarios.
—Zoey —la frenó Mira, girando hacia ella la cara de golpe. Cuando Zoey la miró de vuelta, la pelirrosa negó con suavidad.
Yuna las miró alternativamente.
—¿Qué pasa…?
—Nada.
—Pues… pasa que simplemente en estas carreras nos tienen trabajando todo el día. Sí que vamos a full… y hemos llegado a estar semanas sin socializar en condiciones con nadie más… es un trabajo duro.
—Y corto. Y repleto de cámaras —terció la mujer. Zoey asintió.
—Pero es que… hacer música y los bailes forma parte de nuestra pasión. Y yo sé que los gustos de Mira no son los vuestros… pero… no está haciendo ningún mal a nadie. Y es una profesional. ¡Se le da muy bien!
Yuna captaba en Zoey una esencia menos fuerte que en su hija, cargada de una energía suave, pero agradable. No parecía una mala chica. Yuna resopló.
—Cuando sepas lo que es ser madre… y que creas que cualquier cosa te puede arrebatar a un hijo, cualquier mala opción… entonces volverás a decírmelo —vio que Mira se frotaba con impaciencia el entrecejo, sin mirarla—, sí, sé que no te vas a creer nada de lo que te digo. Pero es la verdad. Cuando nos dijiste todo lo que pretendías hacer, con lo jovencita que eras, en lo único que pensábamos era en lo pronto que te aburrirías. Pero no lo hiciste. Te largaste, nunca miraste atrás. Y yo necesitaba que vieras lo peligroso que era… porque en esa industria las chicas sufren mucho —tomó aire para serenarse—. Y… bueno. El tiempo pasó, y por más que pasó… seguías empeñada en lo tuyo. Eso lo respeto. Pero… la realidad es que tú tuviste mucha suerte. Porque así como tú lo intentaste y te salió bien, una aplastante mayoría no tiene esa suerte. Muchas chicas acaban ultrajadas y abusadas, ¿te crees que no me informé? Por no hablar de la explotación de horas de trabajo y entrenamientos a las que os someten. Son industrias cuyos directores deberían estar en la cárcel.
—Y lo único que necesita esa chica, que tanto sufre… es sólo un poco de apoyo —retiró los dedos de su rostro, mirándola con fijeza—. Porque hay que ser mucho más fuerte para no caer en la locura y en la depresión cuando ya se han aprovechado de ti.
Espero que no quiera decir que…
Yuna se sintió confundida, presa de la incertidumbre. Una duda que no sabía si quería resolver. Mira ahora le devolvía una expresión tan directa, que casi podía desvestirle el alma.
—En cualquier caso —siguió la mujer—, siempre quise que volvieras, ya fuera con el rabo entre las piernas o cabreada porque simplemente no pudieras mantenerte.
—Me bloqueaste. Papá también. Me bloqueasteis todos —dijo sin entrar más al trapo. Palmeó el hombro de Zoey para instarla a levantarse, estaba ya empezando a sentirse incómoda y no quería que su madre le comiera la cabeza a Zoey.
—Te he quitado el desbloqueo —Mira siguió ayudando a Zoey a incorporarse. Ésta agarró su muleta y miró a Yuna.
—¿Uh? Mira, ¿la escuchaste? Eso es que quiere arreglar las cosas contigo.
Yuna enrojeció un poco, se cruzó de brazos. Mira no miró a su madre.
—Vámonos, Zoey —insistió.
—¡Pero… díselo! —Zoey se dirigía a Yuna—, dile que la quieres, que lo has hecho mal.
—No lo haré, porque ella no me entiende.
—¿¡Y me entiendes tú a mí!? —exclamó Mira de pronto.
—¡Eras tú la joven! Y la hija. ¿Qué hija desobedece así a sus padres? ¿Tienes idea de lo loca que estabas? Te podían haber hecho de todo, Mira. Es fácil aprovecharse de la gente que escapa de casa, sin estudios ni trabajo… ¡ni nada!
—Vamos a dejar ya el tema.
—¿Por qué no eres capaz de pedirle perdón…? —volvió a intentar la pelinegra.
—¡Zoey…! —Mira se puso entre ambas; pero movida hacia la pelinegra. La agarró con suavidad de los hombros y se inclinó un poco, susurrando—, déjalo… ellos no son mi hogar, tú eres mi hogar. Vámonos…
—Pero sé que te duele… —murmuró ella, mirándola con fijeza.
—No es cierto —deslizó la mano hasta la mano de Zoey que permanecía libre y le dio un pequeño apretón—. ¿Volvemos al cuarto?
—Es… está bien.
Ambas pasaron de largo al lado de Yuna y se desplazaron hasta el ascensor. En todo momento, Yuna sentía continuos amagos de decirlo. Casi se lo pedía el cuerpo.
Pídele perdón. Pídeselo ya, antes de que siga andando. ¿Habrán abusado de ella? ¿Te vas a ir sin saberlo?
Yuna bajó la mirada. No corrió detrás. Simplemente, aguardó a poder tomar el siguiente ascensor.
Media hora después
Mira dejó a Zoey a solas un instante en la habitación y bajó a comprar la cena fuera. Le había pedido té verde, y rogó porque no fueran al hospital hasta la mañana siguiente para chequear la rodilla. A regañadientes, Mira tuvo que hacerle caso. Pero a veces se odiaba por ser tan blanda. Sabía que la recuperación de la pierna podía peligrar, y lo último que querría es que sufriera. Pero le concedió aquella noche.
Al volver de comprar poke y los tés, regresó al hotel. Caminó con normalidad, iba cubierta por completo, pero nunca podía ocultar del todo su cabello, por mucho que se lo recogiera. Y Sarah la reconoció al instante.
—Mira…
Mira paró un instante sus pasos y clavó en ella la mirada. Se sorprendió. Habló tras el cubrebocas gris.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Va todo bien?
—S…sí… Dave está genial.
—Ahá. Disculpa, llevo cosas —con aquello pretendió dar por finalizada toda charla. Pulsó el botón del ascensor, pero no tardó en tenerla al lado de nuevo.
—Me gustaría hablar contigo en algún momento.
—No.
¿N… no…? Mierda. Ya ni siquiera le da curiosidad lo que tenga que decirle. JODER. ¿En qué piso están? Tengo que saberlo…
Mira se metió en el ascensor y sin mucha ceremonia pulsó la segunda planta. Entonces la peliverde se metió de golpe adentro, haciendo que Mira tuviera un respingo.
—¿Se puede saber q-…?
—Yuna sigue en la azotea, voy a buscarla.
—Ah.
A Sarah le dolió verla poner los ojos en blanco antes de quitarse la mascarilla de la cara.
Me odia… ya… ni siquiera me aguanta. Maldita sea, si sigue esto así sé que caeré en depresión de nuevo. No puedo venirme abajo…
Todo mejorará… cuando esa otra zorra no esté.
Mira salió en cuanto llegaron a la segunda planta. Sarah tuvo la esperanza de ver hasta dónde caminaba para ver qué puerta era la suya. Afinó muy bien la mirada. Mira se detuvo ante la segunda puerta y ya estaba manipulando la cerradura cuando las puertas del ascensor se cerraron… y Sarah siguió ascendiendo.
Pero Mira, ya sabiendo que no la estaba observando, se quedó mirando el ascensor. Había hecho aquello porque tuvo un mal presentimiento. Se apartó de aquella puerta y fue a la correcta: la última del pasillo.