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CAPÍTULO 3. La chica de la sonrisa vacía

Almacén

Creed Toddler, Lyanka Virerma y Judith Strava hicieron un silencio, después de una acalorada discusión. Tras los ventanales, dieciséis efectivos se movilizaban hacia sus respectivos vehículos para no regresar. La peliblanca echó una última mirada al montón de chalecos reflectantes tirados en la alfombra, justo frente a la puerta de la oficina.

—¿Has informado ya a Rolen? —preguntó Judith, de vuelta ya con sus dedos en el portátil.

—Sí. Creo que estaba follando.

Creed suspiró irritado. No había parado de frotarse el rostro con sus ásperas manos.

—Ahá, ¿y si él no responde? ¿Así os quedáis las dos?

—De nada sirve armar escándalo en este momento —apuntó Judith.

—Así es —convino Lyanka, resoplando—. Aunque… yo tampoco me lo esperaba. Esto puede suponer un parón importante.

—¿”Puede”? ¡Esa gente ya ha dicho que se va! —gritó.

El teléfono fijo de la oficina sonó. Judith lo agarró y se lo colocó entre el hombro y la oreja, sin dejar de teclear.

—Sí. Soy Judith.

—¿A qué mierda vino la llamada de antes? —se oyó desde la otra línea. Rolen estaba malhumorado—. ¿Qué está pasando ahí?

—Dieciséis efectivos acaban de pedir la baja voluntaria. Se marchan de la empresa, han dejado las líneas en movimiento.

—¿¡Por qué!?

—Alegan que el despido de Miren ha sido improcedente. No están de acuerdo y en movimiento solidario, se marchan.

—… Llego en veinte minutos.

Judith le colgó. Lyanka jugueteaba con un bolígrafo en el escritorio, mirando a su compañera hablar. Tenía mucha entereza, y mantenía los nervios a raya siempre que se daba algún problema. Todo lo contrario a Creed, que estallaba en cólera al mínimo contratiempo en el departamento de Producción y contagiaba la tensión a sus operarios con mucha facilidad.

Un tiempo después

Rolen se fijó en la reunión de trabajadores, ahora extrabajadores, que había en el parking de su empresa. No les miró. Adentró el vehículo en los aparcamientos de la derecha, que estaban techados y mejor resguardados. Eran los huecos pensados para oficina.

Antes de adentrarse en la empresa, sus piernas pararon un instante. Estuvo a poco de girarse y plantarles cara, saber de sus bocas por qué estaban dispuestos a echar por tierra su carrera y su salario por quedar bien con Miren. Pero sacudió la cabeza y se dirigió a la oficina.

Porque en el fondo, no tenía el valor.

Oficina

—¡Joder! ¡Hasta que vienes! —gritó Creed. Rolen se ajustó bien la correa del reloj y miró a su equipo con curiosidad.

—¿Qué es lo que ha pasado? Abreviad, por favor.

—Es lo que te ha dicho Judith —respondió la peliblanca—, creo que desde que prescindiste de su contrato, estuvieron enfadados. No están a gusto trabajando sin ella.

—Ni siquiera tenía sello de poder, no lo entiendo. Era una operaria sin más.

—Se llevaba bien con toda la empresa. Era como… la “niña bonita” —dijo Creed, amargado—. ¿Y yo qué hago sin dieciséis efectivos con sello de poder?

Rolen se rascó la nuca y apoyó lentamente en el escritorio de Judith. La mujer ya no tecleaba, permanecía pensativa mientras miraba también a los operarios en el exterior.

—Así que todos esos mamones tenían sello de poder.

—Los que no, se han quedado parados en las líneas de producción. No pueden hacer nada si ellos no vuelven… ¿les digo que se marchen a casa?

—Sí —zanjó Rolen—. Pero hazlo por walkie, no quiero que te muevas de aquí. ¿Crees que Miren pueda estar detrás de todo esto?

—Uno de los estructuradores llevaba tiempo creando mal ambiente. Han acabado haciendo piña. Ahí se van.

(Estructuradores = en esta obra, los estructuradores son los operarios que tienen poderes mágicos -en mayor o menor medida, eso no importa- y que además los utilizan para construir o mejorar la conformación de los objetos que se crean en la empresa.)

Rolen marcó su mandíbula al apretar, cargado de rabia. Echó un último vistazo a la ventana. El grupo seguía alejándose. Se puso algo nervioso. No le gustaban las situaciones que se escapaban a su control. Y que todo el grupo de estructuradores se fuera tan repentinamente sólo retrasaba el trabajo. Esa semana estaban condenados. Los pedidos retrasados provocaban cambios rápidos para agilizar todo a última hora, sustituciones de planning que en el más probable de los casos acababa incrementando las reclamaciones de calidad. Se frotó la cabeza poblada de rizos rubios, casi jalándolos.

Judith. Judith siempre sabe la respuesta. Eso pensó de inmediato.

Se dirigió a su más preciada empleada. La mujer sólo apartó un instante la mirada de la pantalla para seguir tecleando, sin más. Rolen le sonrió.

—¿En qué estás? ¿Puedes sacarnos de este lío?

—Tú eres el director. Esperaba que tú me dijeras qué hacer.

—Lo sé —dijo, con el orgullo algo tocado. Se puso recto y tenso—, y lo haré, pero quiero tu punto de vista.

—Olvídate de los beneficios esta semana, no llegamos —sentenció, con la voz calmada—, tendremos pérdidas. Hay que contratar a otro equipo de estructuradores y no son fáciles de encontrar. Los operarios humanos que nos quedan deben adelantar el trabajo mecánico. Pero para eso tienen que querer trabajar horas extra.

—Lo harán, siempre se les paga.

—No siempre quieren trabajarlas —comentó Lyanka, desde la otra esquina. Rolen la ignoró.

—En cualquier caso, necesitas estructuradores. En el momento en el que el cliente se percate de que la mano de obra no tiene la conformación de mineral que solicitaron, habrá reclamaciones. Nos llevamos bien con nuestros clientes… soportarán dos semanas de baja calidad —chistó la pelinegra apartando las manos del teclado. Entonces cruzó aquellos largos dedos y apoyó el mentón encima, mirándole sonriente—. Pero las relaciones comerciales te van a dejar a ti y a Lyanka pendiendo de un hilo.

Mi trabajo siempre es el más afectado, pensó la peliblanca con pesadez. Decidió dejarles hablar y no seguir interviniendo.

—Creed puede formar a un equipo nuevo.

—Vas a tener que delegar en terceros el trabajo en las líneas de la fábrica. Creed no puede dividirse en tres. Y es él el que debe dar la formación más elemental.

Rolen asintió despacio, dubitativo. Le gustaba escuchar que, pese a una contrariedad de aquella magnitud, Judith mantenía el temple. Nada parecía perturbarla de más jamás. La mujer dio un último resoplido rápido.

—Una cosa más… será mejor que contactes con tu abogada. Por si acaso. No sé a dónde se dirigen en piña… pero ten por seguro que esos trabajadores pueden causar problemas.

—Ya lo sé.

Rolen se puso manos a la obra. Con las prioridades claras, supo dónde enfocarse.

Pero había un trabajo de organización primordial, y aunque le jodiera en el ego, aquel día ya no podía mantener a sus humanos trabajando con normalidad, ya que todas las rutas de construcción sintética tenían algún punto donde la intervención del estructurador se necesitaba.

Horas más tarde

Ático de Rolen

Había sido una tarde agotadora. Y sería una mañana aún peor. Salido de la ducha, sopesó llamar a alguna amiga de las suyas. Le hubiera bastado alguna fulana para una mamada rápida, pero cuando el cuerpo le avisó de lo cansado que se sentía, abandonó a desgana cualquier intención de llamarlas. En su lugar, trató de entretenerse con otro de sus rituales personales. Se hizo un café bien cargado, sin pizca de azúcar, y agarró un portátil. Era el portátil de los horrores. Se quedaba muchas noches mirándolo, a la espera de una reacción de sí mismo. Una pregunta en el aire, “¿vomitaré esta vez?”

En casa podía ser él mismo. Discernir con humildad el tipo de persona que era. Y el que le hubiera gustado ser. En su defecto, sólo quedaban restos de humanidad cada día más inconexos. Lo intentara como lo intentara, las piezas de su puzzle comportamental ya no encajaban. Estaba a la deriva… en unas aguas donde sólo la rabia y el placer agitaban la marea.

Depositó el portátil sobre sus piernas y descomprimió unos ficheros. Eran vídeos. Algunos cortos, otros más largos. El corazón se le comenzó a acelerar paulatinamente sólo con mirar los iconos. Fragmentos de los propios vídeos, de su contenido. Le llamó la atención uno con una lavadora, así que clicó. A los pocos segundos, lleno de adrenalina, contempló la lavadora del vídeo, envolviendo restos cárnicos y una masa de líquido sanguinolento. El verdugo tuvo la gentileza de añadir detergente en el depósito, y nuevas burbujas se entremezclaban cada vez que la mezcla se chocaba con el tambor. Había cabellos mojados entre los restos. Algún dedo chueco tropezando con el cristal, para seguir rotando. Durante todo el proceso se oía una voz baja, suave. Dos largas piernas de mujer cruzaban el plano del vídeo, pasando delante de la lavadora sin prestarle atención. Pero al cabo, oyó otros gritos. Eran femeninos. Por la vibración puntal del plano, daba a entender al espectador que había una pelea física. Mientras tanto, la escabechina humana entró en centrífuga. Rolen fue adelantando el vídeo, pero ya nada más que aquel revuelto rosado protagonizaba el plano. Hasta que al final, las piernas de aquella mujer, largas y delgadas, volvieron a aparecer en el plano. No podía ver más allá de aquel jeans ajustado. La desconocida abrió el tambor con esfuerzo, y de golpe la máquina soltó como una escupidera todo el vómito cárnico en el piso. Aquello sí revolvió las tripas a Rolen, y más cuando de una patada, una cabeza navegó por los grumos.

Entonces en un lateral se escuchaba su voz.

“Sí que es útil”, se la escuchaba decir, al parecer por alguna nota de audio, “el material del tambor y la puerta resiste el ácido… el suelo se está desintegrando”.

Son mis productos… son productos de BBG.

Justo en ese instante cerró la ventana de reproducción y abrió otro archivo.

Este respondía al estilo clásico que ya estaba más acostumbrado a ver, a menos al principio. Había una mujer totalmente impedida por correas de seguridad en una planicie metálica. Similar a las mesas de autopsia, pero con correas de psiquiátrico. No era la primera vez que veía esos elementos ni la habitación. Lo que lo convertía en un vídeo real. Un vídeo auténtico… porque Rolen ya conocía algunos lugares. No era obra de un imitador. Se trataba de un vídeo rescatado de la red oscura, con la categoría de sello: significaba que el verdugo en cuestión tenía poderes.

En el vídeo, una mujer rubia y rolliza sollozaba. Sus lágrimas caían a la mesa. Tenía un harapo metido en la boca. Sus gemidos lastimeros aumentaron cuando vio al verdugo acercarse e inclinarse. En el plano sólo podían apreciarse sus manos. Le retiró el harapo delicadamente y acarició su rostro con los dedos. La chica rogaba en inglés que la dejara escaparse y que no diría nada.

Siempre dicen lo mismo, pensó, mirando impávido. Las tiernas caricias de los dedos se detuvieron. Le clavó las uñas en las mejillas, uñas que crecieron y se le pincharon en el pómulo hasta hacerla gritar. Rasgó la superficie de la piel hasta dibujar cuatro rajas sangrantes con un mineral recién sintetizado. Garras que se fueron ahincando más y más hasta que los gritos cambiaron a algo chirriante. Llegó hasta la clavícula, pero las garras ya no pasaban de allí. Eran el primer obstáculo sólido. La mano se tensó entonces y haces de piel azulada crecieron, así como sus garras. Así el material ganaba más fuerza y adquirías aspecto de cristal duro. Era creación sostenida, un mineral que unificó los salientes de las uñas y fabricó una argolla que se aferró al hueso. Empezó a tironear y la chica gritó más agobiada, pataleando. Fuera quien fuera el ejecutor, no pensaba hacer aquello rápido. Daba tirones lentos, pero insufribles mientras la víctima se retorcía. Debía haber comprendido, después de haber suplicado y lloriqueado probablemente durante horas, que aquello no motivaba la pena, sino las ganas. Rolen parpadeó. De un segundo a otro las garras crecieron más, y cerró la mano en la clavícula. Jaló del hueso fortuitamente y de un tirón seco logró romperlo. Igual que quien abre la puerta de una alacena. La mujer gritó casi aullando, con los ojos abiertos. Se desesperó y empezó a pedir auxilio con ferocidad, salivando. La mano ejecutora siguió tirando, insatisfecha al parecer, de no haber partido el hueso por dos puntos. La clavícula aún estaba conectada al hueso coracoides por los tendones. La fuerza por arrancamiento sólo había logrado romper los de un extremo, y ahora, el hueso asomaba de su cuerpo como un parásito lleno de carne y sangre. Se resistía a abandonar el cuerpo al que pertenecía. La mano opuesta del violentador, sin garras sintetizadas, apareció por otro ángulo. Hizo un amago de ayudarse en la tarea, pero los gritos desquiciados de la mujer parecieron frenarle. Optó por seguir retorciendo la clavícula asomada, ahora convertida en una especie de manivela del dolor, y la giró en el mismo sentido hasta que los tendones no resistieron la torsión. La chica ya se había desgañitado y salivaba, pero todavía le quedaban pulmones para pedir auxilio. La mano retrajo las garras. Volvieron a adquirir apariencia humana y se mancharon de sangre al hacer una cábala con el hueso arrancado, como si se tratara de una baqueta. Rolen sabía que el dolor infligido auguraba algo terminal. Esas prácticas sin ningún cuidado eran preludios a la muerte. La víctima entró para no salir con vida, eso entendió. Dio un trago lento a su café y dejó que el vídeo continuara su curso, sin adelantarlo. Sin detenerlo. El verdugo desapareció sólo unos instantes. Agarró la clavícula partida y se la introdujo en la boca, ahogando a la chica. Rolen no pudo evitar ver el símil con un consolador. La obligaba a resistir, sólo que aquel hueso maltrecho no sólo la ahogaba, sino que le arañaba el paladar. Retiró la mano para ver su obra pero la chica trató de sacárselo ayudándose de la lengua. Entonces apretó más todavía para evitarlo. Rolen no podía evitar sentirlo en su propio paladar. El dolor de algo rígido raspándole. Tragó el café con más cuidado. El captor removió con tanta fuerza el hueso y le forzaba tantas veces la boca, que no le extrañó ver sangre nueva y reluciente salpicar la mesa. Después tiró a un lado el hueso y las manos desaparecieron de nuevo del plano. La chica siguió llorando. Se paladeaba con la lengua las nuevas heridas. Rolen se fijó en el área pectoral con la escabechina al aire. Ya había visto contenido donde los verdugos llevaban al límite del dolor a sus presas. Los comentaristas y consumidores predilectos de aquellos crímenes valoraban a una víctima y a otra según su resistencia y umbral del dolor. Pero aquel vídeo en concreto no jugaba con esos parámetros. Algo le decía que no ejercía el daño por curiosidad o estudio. Era estricto placer. Y aquel vídeo tenía ya sus años. Antes de conseguirlos de la red, no era más que un resubido que alguien sacó. Seguidamente otros grabaron ese mismo vídeo resubido y lo retransmitieron en directo para sus seguidores, alegando posibles nombres del verdugo o investigaciones de la víctima. Mientras algunos usuarios se limitaban a comentar el sadismo de la obra, otros hacían sus cavilaciones con reportes de desapariciones de mujeres que parecían responder a los rasgos faciales de la víctima. Al ser un vídeo rescatado de un directo, Rolen tenía que conformarse con tener los incómodos comentarios en un lateral. Comentarios de usuarios que ya no existían o que habían modificado su cuenta y su IP. Las manos regresaron al plano. Ajustó mejor la correa de la frente para inmovilizarla, y entonces pudo ver algo más la longitud de aquellos brazos. Largos también, al igual que sus dedos y tendones. Le abrió la boca con un aparato que no le dio tiempo a estudiar. El plano, más lateral para protagonizar a la víctima, no permitió reconocer qué objeto era. Pero sí reconoció el siguiente utensilio. Tenazas dentales. Entonces supo en su estómago, en su garganta y en su propio ego, que aquello no iba a poder soportarlo igual que había soportado lo anterior.  Se obligó a verlo. No hizo ceremonia. La chica jadeaba con ansiedad y los ojos azules abiertos, dirigidos a aquel aparato. No podía cerrar la boca así que nada le impidió a su verdugo sujetar con ellas una de las paletas frontales.

La que más se ve. Joder.

Había cierto conocimiento en los movimientos de aquellas manos. Lo había hecho anteriormente. Rolen abandonó la taza de café y se miró sus propias manos. Entonces la chica gangueó alguna frase suplicante, pero la persona que la oía no había dicho aún palabra alguna. Se limitaba a continuar con su espectáculo privado, por y para sí mismo. Todos los tendones se le marcaron en la mano cerrada. Los movimientos fueron arriba y abajo, luego laterales, pero no tuvo lindezas. Entre gritos alterados que ahora sí, le calaron hasta sus propios huesos, contempló horrorizado que lograba arrancarle el diente junto a la raíz completa. Y procedió sin tardar con el siguiente. Rolen sintió ganas de vomitar, para su propia sorpresa. Adelantó el vídeo rápidamente dando toquecitos en la flecha derecha. Rápido. No quería visualizar la tortura completa. Los gritos cambiaban de decibelios, pero en ningún momento pararon. Aquel dolor inhumano sin anestesia lo acabó despertando y recordando que su fase como monstruo seguía siendo deplorable. Un ridículo neófito. El hazmerreír de personas como John y su público. Eso le enfurecía. Él quería ser como ellos también. Pero siempre que creía haber subido un escalón, alguien más preparado le recordaba que seguía siendo novato. Un espectador amateur. Al avanzar hacia el final del vídeo, el bol metálico contenía una pequeña montaña de piezas dentales ensangrentadas. La boca de la mujer se había convertido en dos curvas de encía llenas de orificios y su rostro y cuello estaban cubiertos de sangre. Y todavía lloraba. La chica, con las mejillas rojas del esfuerzo y sin capacidad vocal, seguía llorando. Rolen tragó saliva observándola. Avanzó rápido con la tecla. Las manos volcaron el contenido del cuenco dentro de su boca y comenzó el horror final. El vídeo ya había alcanzado la franja de la sensibilidad de Rolen, por lo que aquello sólo lo terminó de escandalizar. Sintió pena al ver cómo se atragantaba con sus propios dientes. No podía retenerlos y estaba teniendo problemas para seguir respirando por su agobio. Adelantó más. Ya no podía verlo más de un segundo. Un golpe metálico le aterrizó en la frente. Siguió avanzando. Su rostro estaba deformado y con más sangre. Seguía gangueando y teniendo movimientos espasmódicos, pero el sonido le chirrió en la sangre así que siguió adelantando. La chica estaba ya muerta. Deformada por contusiones visibles. La frente partida, la mandíbula rota. La boca llena de dientes. La mirada perdida. Silencio. Un alivio. Cortado de golpe por un último impacto en su rostro que le aplanó la nariz del todo, y sobresaltándole a él en el sofá. Cerró el portátil de golpe. Tuvo otra súbita náusea. Se puso en pie y caminó a un lado y a otro del amplio salón.

Es un maldito incisivo. Con la raíz cónica. Ver como sale de un agujero de la encía y se le queda ahí el hueco… egh.

“La chica de la sonrisa vacía”, renombró él mismo el vídeo. Lo arrastró a una carpeta que invisibilizó tras teclear un par de comandos.

El café se le había enfriado. Le sabía a mierda cuando estaba frío. Después de asimilar un poco más el contenido, salió al balcón. Era amplio y le dio la sensación de plenitud que necesitaba. Inspiró muy hondo y centró sus ojos en la placa de tejido que tenía anclado en la pared. Tomó un impulso y lanzó una ráfaga de cristal azul con rabia. Un cristal que salió proyectado con una forma irregular y al clavarse en el tejido se agrietó. Su mente tenía que concentrarse en las formas. Cerró su fuerte puño, igual o más enrabietado. Nunca había sido capaz de controlarlo… aunque llevaba años sin intentarlo. Requería una concentración y estudio profundo de la materia que nunca partía de la misma base para un usuario u otro. Y era la principal fuente de su rabia en el ámbito laboral: trabajadores que no tenían dinero ni estatus, aunque fuera a menor escala, podían controlarlo a voluntad.

Recordó su adolescencia, cuando aún hacía esfuerzos por comprender su cuerpo. Trató de leer al respecto, pero había poco conocimiento partiendo de su base biológica.

Y así es como la genética hace que un poder grandioso se vaya por el retrete.

Usarlo era pulsar un botón y su estado de ánimo era decisivo. Pero lo cierto es que no sabía controlarlo, por mucho que se hubiera esforzado en el pasado. Se aproximó al tejido y acarició la hoja azul recién sintetizada. Estaba caliente, pero era frágil. Al sacarla, se terminó de quebrar. Tras arrojarlo por el balcón, optó por irse a descansar.

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