CAPÍTULO 34. Tirachinas
Hotel a las afueras
Pese a las continuas advertencias de su familia, Ingrid volvió a sobornar al muchacho que protegía el jardín trasero. Se fue, y dejó un falso cuerpo con almohadas en su cama.
Quería divertirse antes de regresar al internado.
Belmont no cometió de nuevo los mismos errores. Esta vez, el hotel no era de lujo. La prostituta no pertenecía a la trata que movía su familia, y se había cerciorado de que le mandaran una foto para estar contenta con lo que llegaba.
El hotel era lo esperable. Una mierda, ante sus ojos. Olía a lejía y la habitación estaba sucia aunque la limpiaran. Todo era asqueroso, los muebles antiguos, las sábanas no tenían color. Para la ocasión, se había puesto ropa muy básica y una gorra para ocultar sus facciones. También se recogió el pelo. No contaba con cámaras en un hotel así, pero más valía prevenir, pues cualquier persona igualmente podría reconocerla. Era lo último que quería. Porque la reserva ni siquiera estaba hecha a su nombre.
Tuvo cuidado de solicitar la habitación más alejada. Era un hotel donde muchos camioneros o personas de paso paraban a descansar unas horas para marcharse, por lo que a la recepcionista no le sorprendió demasiado escuchar que quería una habitación apartada.
La mujer solicitada llegó puntual. Ingrid abrió la puerta despacio y la dejó pasar.
“Lily”, 18 años. Exactamente como la había pedido. Bajita, blanca, rubia y de ojos azules. Tenía una media melena preciosa, unas tetas enormes y un culo con forma bonita. Ingrid sintió mucha excitación al verla y eso la puso de buen humor. Además, tenía dieciocho años. Casi su edad… y la edad de Simone. Era perfecta para mangonearla. Así que no sería tan directa como con Cintia: a ésta sí le daba más placer engañarla, tratarla bien desde el principio para luego darle un sablazo.
—Puedes tomar asiento donde quieras. ¿Te han explicado lo que quiero hacerte?
—Un poco —concedió la chica. Tenía la voz delicada, a Ingrid le gustó más aún.
—¿Has explorado esa parte de ti misma… el dolor?
Lily asintió, algo tímida.
—Bueno, un poco sí —repitió. Ingrid le miraba los pechos mientras sacaba del envoltorio uno de sus cables.
—No tienes ni idea, ¿no?
Lily sonrió un poco, suspirando en respuesta y le contestó.
—No pasa nada. Dime lo que quieres hacer… y trataré de hacer lo mejor posible.
Ingrid le estudio ahora el rostro. Era bonita. Sensual y joven. El rostro de Suzette volvió a ella repentinamente, como una traición a sí misma: le jodía estar recurriendo a una segunda opción. Lo que quería realmente era repetir con Joyner, pero no era posible. Trató de barrerla rápido de su mente.
—¿Cuánto llevas ejerciendo esto… no te gustaría tener otro tipo de vida? Eres muy guapa.
Lily le sonrió.
—Lo llevo haciendo desde los catorce… no es tan horrible. Y estoy con hombres que me tratan bien.
—¿Has estado con mujeres antes?
Lily asintió.
—Sí, varias veces… pero como acompañantes. Nunca sólo con una… hasta…
—…hoy —dijeron a la vez. Belmont le sonrió con ternura—. De acuerdo. Túmbate.
La rubia obedeció, quitándose el abrigo. Caminó hasta la cama, pero antes de tocarla, Belmont la detuvo.
—Espera. Mejor… —la volteó y fue ella quien comenzó a desvestirla. Bajó la cremallera lateral del vestido que llevaba y deslizó las tirantas por su cuerpo. Ingrid dio un paso atrás, observándola de arriba abajo, y se quitó también su ropa poco a poco. Lily soltó una risa pícara al verla desnudarse tan deprisa.
—¿Es la primera vez que contratas… esto…? —murmuró. Ingrid no le contestó, se limitó a abrazarla con la finalidad de desabrocharle el sujetador, así que la rubia prosiguió—. Ya sé. Eres… de una familia importante, ¿no? Y no quieres que nadie se entere de tus auténticos gustos.
—Justamente —susurró la castaña, dedicándole un solo segundo de sonrisa. Enseguida se inclinó a su rostro y le comió la boca, con necesidad absoluta. Cayeron juntas sobre la cama y Lily ahogó algunos gemidos al sentir que le amasaba los pechos con fuerza. Siguió su beso con el mismo furor que esa chica, de la cual desconocía el nombre, y se dejó llevar hasta que notó que se apretaba salvajemente contra ella. Frunció el ceño un momento, bajando la mirada. Ella aún no había lubricado nada, sin embargo la que iba a pagarle sí, estaba totalmente mojada, y se volcó de nuevo contra ella, frotándose en un fuerte tribadismo mientras suspiraba. Ni siquiera llevaría tres minutos en la habitación. Lily gimió al sentir que le mordía el cuello, pero nada era nuevo para ella. Dejó que hiciera lo que quisiera, mientras ella le acariciaba la espalda. En cierto punto se animó más, chocando desde abajo sus caderas con fuerza a las suyas, y contempló divertida la expresión de placer en su cara. Ingrid había aguantado bastante, no estaba acostumbrada a que la rechazaran, y no pudo fingir demasiado rato con la prostituta tampoco. Estaba muy nerviosa, sentía que explotaba. Y llegó al orgasmo insultantemente rápido. En ese momento suspiró jadeante, menguando el frote de su vagina contra el de la chica rubia, hasta que frenó del todo. La miró respirando cansada, y cuando llegó hasta su rostro, Lily le sonrió acariciándole la mejilla.
—Eres muy guapa…
Ingrid se quedó mirándola, algo hechizada. Su cuerpo aún se recuperaba. Bajó despacio sobre su cuerpo y respiró en sus labios.
—Enseguida me recupero, no hemos acabado.
—Tranquila… ya lo sé —musitó la otra. Ingrid reguló poco a poco sus respiraciones. Se hizo a un lado y miró su entrepierna. Tenía el coño mojado, pero sabía que era por sus fluidos y no por los suyos, al menos la mayor parte. Se puso en pie poco a poco y bordeó la cama. Cuando regresó de vuelta, arrastraba un bolso. Lily se giró un poco, con curiosidad, e Ingrid le señaló la cama.
—Túmbate bocarriba. No mires.
Lily asintió sin quejas. La oyó trasteando objetos. Era muy joven y muy curiosa también, y pese al sucio mundo en el que se movía desde hacía años, había tenido “suerte” con sus clientes. Por no hablar de lo bien que la trataban los Ellington. Hacía años que mantenía relaciones sexuales con uno del clan. Y su plan secreto era conquistarle hasta que le pidiera matrimonio. Sabía que podía, porque era mucho más joven que su actual esposa y mil veces más atractiva. Pensaba en esto cuando su clienta empezó a atarle las muñecas al cabecero de la cama. Sonrió maliciosamente.
—¿No quieres que haga nada… segura…?
Ingrid no le respondió, se limitó a sonreír al escucharla. Lily no pasaba por primera vez por unas ataduras. Dejó que atara sus manos y luego también sus tobillos. Ingrid se cercioró de que estuvieran muy bien sujetas. Hecho eso, tomó de su bolsa una mordaza de ganchos. Lily cambió un poco la mirada al no reconocer el objeto. Enseguida miró a Belmont algo extrañada, pero soltó una risita.
—¿Qué es…?
—Una mordaza. Creo que hablas demasiado…
—Tú… sólo dime con lo que estés incómoda… si quieres que deje de hablar, puedo hacerlo.
Tampoco le respondió. Le ajustó la mordaza por detrás de la cabeza y ajustó la correa después de introducirle ganchos en las comisuras. El aparato tiró y le abrió la mandíbula. Lily se dio cuenta de que no podía cerrar la boca y se puso un poco nerviosa, pero no quería parecer inexperta. Nada de aquello estaba en lo que se le especificó. Balbuceó un poco incómoda al sentir que le introducía una especie de bola de plástico que hizo “click” al apretarla contra los ganchos.
—Si te duele algo… házmelo saber abriendo esa mano —señaló su mano izquierda. Lily asintió despacio.
Ingrid extrajo el cable de golpe y lo agitó en el aire. Lily había sido castigada con fustas anteriormente, nunca con cable. Supuso que la sensación sería similar.
ZASSSSS.
—¡Hmg…! —abrió la mano. Ingrid la miró y rompió a carcajadas. Lily se sintió estúpida al instante y cerró el puño, negando con la cabeza.
—Diferente la sensación, ¿no? Creías que no era para tanto —dijo entre risas, acariciándole la mejilla. Tomó distancia y recargó el brazo.
ZASSS. ¡¡ZAS!! ZAS.
Lily volvió a abrir la mano al quinto impacto, muy adolorida. Ingrid la ignoró, tomó más distancia y soltó un latigazo en su entrepierna, haciendo que la rubia chillara sin poder expresarse, debido a la bola. Negó rápido con la cabeza y cuando la castaña la miró, abrió la mano que le dijo. Entonces tomó otra posición y la golpeó en la misma zona, con mucha más inquina. Lily se agitó, pero apenas podía siquiera retorcerse debido a las ataduras. Trató de gritar auxilio, los impactos eran inhumanos y ella misma vio cómo la piel se cuarteó en varias zonas.
Al cabo de una docena, se tensó mucho más y sus rubias cejas se fruncieron, mirándose el cuerpo con agobio y dolor.
—Lo siento, no te había visto —dijo burlona la castaña, dejando el cable. Lily respiraba intranquila al observarla ahora, se lo notaba en los movimientos irregulares de la boca del estómago: la piel se ahuecaba al respirar, justo por debajo de las costillas. Ingrid se quedó mirándola fijamente, perdiendo de a poco la expresión de diversión. Y cualquier expresión. Dejando pie a un silencio donde pensaba qué hacer con ella. Se relamió lentamente. Al aproximarse, dejó la mano caída mientras desplazaba los nudillos por el largo de su vientre. Volvió a ahuecarse por la parte de arriba, al respirar nerviosa—. De verdad, no te vi. Dejamos el cable si no te está gustando.
La mirada de la chica en respuesta no revelaba, ni de lejos, que la creyera. Pero igualmente se aferró a sus palabras, por lo que trató de serenarse. Le había dolido mucho y apenas llevaban unos minutos. Ingrid separó la mano de ella y volvió a agacharse a su bolsa. Tardó unos segundos.
Cuando Lily la vio ponerse en pie, dirigió sus ojos azules a un nuevo aparato. Ingrid no le permitió verlo por mucho tiempo, porque enseguida lo lanzó a otra parte de la cama. Manipuló las ataduras de sus tobillos para resituarle las piernas.
—Mantén las piernas flexionadas. Como si fueses al ginecólogo.
Lily asintió despacio. La castaña repasó con la mirada sus nuevas ataduras y atrajo el instrumento a su vagina. Se componía de dos partes: una manivela pequeña y una especie de espéculo. Introdujo el espéculo cerrado en su interior y pulsó el botón lateral, abriéndolo de golpe. La rubia dio un respingo comenzando a respirar muy seguido.
—¿Pero qué te pasa? —rio levemente, colocando los dedos ahora en la manivela—, es como un chequeo…
Lily ciñó los dientes a la bola, le daba reparo admitir de alguna manera lo asustada que empezaba a estar. Ingrid giró velozmente la bolita del extremo y del instrumento emanó un ruido similar al de estar accionando continuamente una cremallera. Lily gimió despacio, en ascendente, al sentir que sus paredes vaginales se abrían más y más sin poder evitarlo. Apartó la mirada de ella y cerró los ojos. Ingrid siseó con la boca, entretenida en una canción imaginaria mientras con parsimonia volvía a extraer algo más de la bolsa. Esta vez, otra bolsa de plástico. Una que al tomarla hizo ruidos raros.
Ese ruido me suena… pero no sé de qué…
Lily tragó saliva al verla alejarse hasta un rincón de la habitación. Soltó sobre el sillón la bolsa ruidosa y un frasco de algo que no tenía etiqueta, con un líquido transparente. Lo tiró todo sobre el cojín y se acercó una última vez a su coño, mirándolo de cerca. Parecía inspeccionar el tamaño de su abertura.
—Tienes el coño pequeño y apretado —murmuró mirándola sólo un segundo, antes de bajar la atención de nuevo a su entrepierna. Se escupió en la mano y bordeó con las yemas húmedas el contorno abierto de sus pliegues vaginales. Dio dos vueltas más a la manivela. Lily suspiró temblorosamente. Ahora notaba demasiado tirante la piel más externa, especialmente la que separaba un labio menor del otro—. Mejor así. Si no te puedo… hacer daño —dijo lo último divertida volviendo al rincón.
Lily no entendía bien lo que pasaba pero no le daba ninguna buena espina. La tirantez de esa piel tan fina y sensible le era molesta, y a pesar de haber tocado con las yemas mojadas, el aire mismo de la habitación se la volvió a secar. Lo que se traducía en más molestias. Notaba el aire frío entrarle dentro de la misma cavidad vaginal. Suspiró. No aguantaría ese espéculo tan abierto por demasiado rato.
Ingrid sacó un tirachinas y elevó las puntas de la bolsa hacia arriba, dejando caer numerosas canicas de colores en el cojín del sofá. Lily no la veía bien pero el sonido la estaba poniendo de los nervios. Vio asomar la cabecita de su clienta a un lateral de su muslo, pequeña ante la distancia.
—¿Dirías que tengo buena puntería?
—Hmgh… —Lily se removió incómoda. Abrió la mano como si quisiera quejarse o hablar, pero la otra sólo rio por lo bajo antes de tirar hacia atrás los elásticos del tirachinas. Cerró un ojo, centrándose en la abertura pequeña de su coño. Tiró todo lo que pudo, y cuando fijó el blanco, soltó. La canica ganó fuerza bruta por la velocidad y se estampó directa en un metal lateral que mantenía la abertura de la vagina, haciendo gritar con fuerza a la rubia.
Hum… Ingrid se excito al oír cómo su grito degeneraba en un llanto lastimero, por fin. Aguantó los nervios como pudo, la pobre idiota. La canica se había golpeado muy fuerte contra el espéculo, le rajó la piel del labio menor y rebotó varias veces en el suelo. Ingrid recargó otra canica. Los muslos de Lily ahora temblaban como un flan. Ingrid estiró más todavía el elástico y disparó. La canica entró de lleno en su interior, limpiamente y sin tocar nada más que el fondo de su conducto. Lily gritó con más fuerza y pataleó.
—No muevas las piernas, déjalas como te he dicho.
Lily negó fuerte con la cabeza, y lloró muy nerviosa. Ingrid suspiró y recargó otra canica más. Aguardó el momento justo en toda aquella pataleta, porque por más que la puta lo intentara, las ataduras estaban cortas. No lograba cerrarle el acceso a su coño abierto. En el instante que Lily tuvo un movimiento en falso, disparó y otra vez entró, chocándose con el final de su vagina. Lily lloró con más fuerza. Ingrid se acercó tirachinas en mano y le metió bruscamente la opuesta adentro, intentando recuperarlas. Lily abrió los ojos y se le quebró el habla, en pánico. Ahogó un gemido triste mientras aquella desalmada le hundía la mano con una fuerza brutal. Logró sacarle las bolas. Ingrid extrajo la mano bruscamente y pinzó con dos dedos el labio menor de la vagina que le había rajado con la primera canica. Tironeó hacia arriba estirándoselo, y lo retorció mientras la miraba a la cara. Lily zarandeó la cabeza bruscamente, llenando sus comisuras de babas al chillar. Se lo soltó de golpe, lo notó seco entre los dedos.
—Te limpiaré la sangre. Con alcohol, para que no se te infecte.
Lily suplicó en aquel idioma lloroso, con tanta claridad en la expresión, que Ingrid ladeó la cabeza sonriente.
—Es broma… el alcohol no es apropiado, ¿verdad? Dolería innecesariamente. Deja que te quite esto antes de que te haga una ablación sin querer.
Lily temblaba entre sollozo y sollozo. Ingrid agarró de la bolsa una toallita húmeda y limpió cuidadosamente los restos de sangre. Aunque ya daba igual el mimo que empleara: la piel rota en una zona tan sensible le dolería la semana entera. Lily frunció las cejas intentando no gritar cuando la limpiaba, pero cada suave frote era irritante. Cuando notó algo de paz fue cuando movió en la otra dirección la manivela. Por fin, el diámetro del espéculo aminoró y su vagina comenzó a relajarse. Ingrid retiró el aparato haciendo una rotación de muñeca suave, evitándole el dolor esa vez. Soltó el instrumento mojado sobre la cama y pasó las manos a los ganchos de su mandíbula. Aflojó la correa tras su nuca y éstos cayeron de a poco. Tenía marcas del metal en la boca, en un reguero de saliva. Lily sintió dolor en la mandíbula, y temblando, juntó los labios. Su expresión de niña adolorida y temerosa le encantó a Belmont.
—¿Podrías… desatarme…?
—¿Por qué?
—Me has asustado… quiero irme.
Ingrid soltó una carcajada.
—¿Qué clase de prostituta eres tú? ¿Sabes qué? No eres barata. Para que lo sepas.
—Quédate el dinero —murmuró con la mirada aterrada—, quédatelo todo. Ahora por favor, te pido que me sueltes.
Ingrid se le acercó al oído.
—Si eres una perra desobediente y gritas para llamar la atención del servicio, te juro… por lo que más quieras…
Zzzip.
Lily abrió los ojos al sentir que una hoja de navaja se desplegaba a la altura de su cuello.
—…que te mato. Y da igual lo fuerte que grites. ¿Estás dispuesta?
—N… no. No gritaré.
—Claro que no vas a gritar. Y tampoco vas a volver a pedirme que te suelte, ¿no? —dibujó con la punta afilada el contorno de su cara, hasta detenerla en el lacrimal del ojo—. Tienes unos ojos preciosos. ¿Quieres conservarlos?
Lily suspiró más temblorosa aún. Ingrid asintió y guardó la hoja, tirándola de nuevo al bolso. Se incorporó un poco y la abofeteó en la cara, con fuerza. Lily suspiró impresionada. Pero volvió a ser abofeteada. Ingrid sonrió cada vez más, mientras le pegaba más y más fuerte, torciendo por completo la cintura para ejercer más fuerza y maltratarle la mejillas otra, y otra, y otra vez, hasta que ni ella misma aguantó el dolor. Al frenar Lily rompió a llorar con la mitad de la cara magullada y enrojecida. Lloraba como un bebé, moqueando y respirando entrecortadamente. Ingrid contempló que algunos puntitos rojos de sangre lucieron en su pómulo. Tendría moretones a la mañana siguiente. La agarró del cuello con los dos manos y comenzó a asfixiarla, con fuerza ya desde el inicio. La chica empezó a patalear enseguida. Su atacante notó excitada que era la primera vez que tiraba con brusquedad de las muñecas, buscando librarse a como diera lugar. La soltó de golpe.
Mientras respiraba a trompicones, lloraba y tosía al mismo tiempo, Ingrid se apartó y activó un vibrador gigante, que logró meterle a la fuerza en la maltratada vagina. Lily no paraba de llorar.
—Eres muy mona. Dime. ¿Tienes idea de quién fue la persona que dio el soplo a los Ellington de que una puta de los Belmont fue asesinada… por un Belmont? ¿Por qué se meten donde nadie les llama?
La chica negó, casi histérica. Pero chilló con más fuerza cuando le retorció un pezón.
—¿No sabes nada, seguro…?
Cerró los ojos con fuerza, se obligó a recordar. Aquello era un rumor que todos habían oído, pero nadie sabía nada a ciencia cierta, y mucho menos ella. Volvió a negar, despacio. Ingrid sonrió y le soltó el pezón.
—Qué pena. Hubiese estado bien enterarme.
Lily sentía un dolor cada vez más acusado en sus heridas recientes, pero estaba tan asustada, que sólo pensaba en cómo tratar de razonar con aquella pirada.
—Yo… sólo soy una prostituta… no estoy al tanto de esos incidentes —musitó—, de verdad, no merece la pena. No… no le des importancia…
—Bueno, es que ya maté una. Y me salió cara la jugada.
Lily la siguió con la mirada, asustada. Tragó saliva.
—Pero… ella… seguro que te lo hizo fatal. Yo… estoy obedec…
—No te queda otra. La cosa es que trabajas para los Ellington. Le chupas la polla a esos viejos tan feos… y acordé una noche contigo por mil dólares. Eres una prostituta jodidamente cara. Un gasto así siempre llama la atención de tus padres.
Lily trataba de pensar rápido.
—Si el dinero es el problema…
—No es el punto, p…
—Entonces…
Ingrid la agarró del pelo y se lo tiró fuerte, pegándose a su cara.
—Cállate. Y no me interrumpas.
Lily asintió débilmente. Ingrid tomó sus precauciones y ató una nueva cuerda a su cuello, después de ponerle un collar de cuero. Retiró el resto de ataduras y la giró bocabajo.
Los veinte minutos siguientes, duros e intensos, tuvo que soportar las embestidas de Ingrid con un strapon enorme, en el trasero. El culo no lo tenía tan entrenado como el canal vaginal, pero a pesar del insufrible dolor que sentía por su brusquedad, prefería aquello a todo lo anterior. Había sentido miedo desde el principio. No disfrutó con el sexo anal, pero esta vez sí pudo acabar vinculando el ese dolor a una experiencia del pasado, y evitó volver a llorar. Ingrid la forzó un rato que se le hizo eterno. Al cabo, la oyó jadear y sintió sus dedos clavarse por los nervios del orgasmo en sus nalgas. Miró de soslayo y apreció cómo se retiraba el strapon y se metía los dedos para soltarle un squirt encima. Lily pensó en la regañina que le caería por volver con el cuerpo destrozado por las heridas del cable y la cara magullada.
No es culpa mía… no me ha dejado irme… y me ha amenazado con matarme.
—¿Quién es el chulo que dice a quién te vas a follar? —preguntó mientras le ataba por segunda vez las extremidades, con el pretexto de que olvidó fotografiarla. Lily habló con la voz trémula.
—Nuestro encargado se llama Sergey.
—¿Sergey qué más?
—No lo sé…
—¿Y a qué Ellington te follas? ¿O hay más de uno?
Lily la miró unos segundos, indecisa. Ingrid soltó una risotada y la abofeteó de repente, haciéndola gemir. Lily controló un sollozo.
—No podemos decirlo… o…
—A mí me lo dirás. Somos amigas, ¿no? —susurró la castaña, retirándole con suavidad el pelo rubio de la mejilla magullada. Lily movía la boca con miedo, pero no hablaba. Entonces Ingrid se le subió a horcajadas, la agarró de la cabellera hacia arriba y comenzó a abofetearla brutalmente, a un lado y a otro. La golpeaba tan fuerte, que en uno de los golpes la chica se reveló, volteando por completo el cuerpo. Ingrid miró las cuerdas: una no la había apretado lo suficiente y por ello logró voltearse. El cabecero dio un peligroso chirrido por la fuerza empleada. Belmont recordó que estaba en un hotelucho de mala muerte y que no le convenía hacer más ruido ni romper nada. Entonces extrajo del bolso la navaja e hizo un movimiento seco de muñeca, con el que la hoja salió fuera. Lily se quedó quieta como una tabla al verla armada otra maldita vez. Pero su captora parecía querer solo eso. Después, guardó la hoja enseguida y miró por la ventana un instante. Estaban demasiado cerca de la calle. Si la chica gritaba demasiado ahora que podía verbalizar, podía tener problemas. Pensó rápido y volteó a verla. La puso bocabajo sobre la cama y le pasó la lengua por el cuello, hasta el oído.
—No me hagas más daño… —murmuró la otra.
—Soy… un poco morbosa, ¿sabes? Me gustaría saber a qué Ellington te follas.
—¿Por qué…?
—Porque ahora sé que lo haces. Eres malísima ocultando información. Y si no me lo dices… veamos… te convertirás en la número tres. Me aseguraré de que, por mucho que grites, no llegues viva a ninguna parte en el siguiente minuto.
Lily balbuceó asustada al sentir de nuevo el mango de la navaja en la mejilla. Se puso muy nerviosa.
—Es… Suto Ellington.
—Suto. ¿El hermano de Maurice?
Lily asintió. Y de repente, cuando quiso volver a mirarla, notó un clic, seguido de un movimiento seco en su garganta. Ingrid se subió sobre ella y le rajó el cuello limpiamente, tirando rápido de su pelo hacia atrás para que la herida abriera. La sangre se disparó a chorro sobre la almohada, y oyó la voz quebrada de la víctima perdiéndose en murmullos tenues, sin fuerza. Antes de caer muerta, la apuñaló en un costado y sintió su temblor. Los ojos dejaron de tener vida, aguados en las últimas lágrimas, y cuando Belmont la soltó y se levantó de ella, el cuerpo ya sólo se movió por inercia. Tomó distancia y extrajo de la mochila un bote que agitó con fuerza. Se vistió rápidamente, recogiéndose el pelo corto con una minúscula cola, se ocultó la nariz y la boca con una mascarilla y se puso la gorra para ocultar también sus ojos. Sacó varias fotografías, tanto al cadáver y a su rostro ya deformado, como a las múltiples heridas de los latigazos que la habían hecho sangrar. Después, desenroscó deprisa el bote. Emanó una tenue humareda. Lo vertió encima de su cuerpo, y empezó a sonar como si quemaran carne a la brasa; el hedor que se desprendió del ácido fue tan fétido y veloz, que Ingrid se alarmó. Tiró el bote y escapó por la ventana.