CAPÍTULO 37. Una actitud sospechosa
El médico finalizó las curas sobre Belmont. Después de perder varias veces la consciencia, por fin despertó en su habitación. Le recomendó estar en cama, pero Ingrid estaba poco menos que irritada y nada más salió por la puerta aquel licenciado, se puso en pie y dio un puñetazo en la pared.
—¡Ingrid! ¡Vuelve a la cama! —Akane se levantó del diván y le puso las manos sobre su hombro sano. Había hundido la pared, y tenía cristal azul en los nudillos pelados—, deja de hacerte más daño, por favor.
—¡Quería salir! Si el imbécil de Kenneth no hubiera puesto nervioso al conductor…
—Hija… —Akane la giró despacio, tratando de calmarla. Ingrid chistó enrabietada, pero la miró—. Estás viva. Deja de moverte tan fuerte, o romperás el cristal.
—Se generará otro —forzó una sonrisa—, pero sí, lo sé. Ya lo sé. Sólo no quiero tumbarme.
—Bien… ¿quieres que te traiga algo de beber? ¿Te duele algo más?
—¡Que no! Déjame dar un paseo tranquila. No quiero que me abraces —la empujó, sintiendo un pequeño pinzamiento en el agujero de bala. Akane retiró las manos cuando vio viruta azul salir de allí. Ingrid dio un gemido de dolor y se palpó el hombro con los dientes apretados. Akane asintió.
—De acuerdo, ve… ve a donde quieras —ella también salió de su habitación.
Mientras la veía alejarse por el pasillo, pensó en lo difícil que era conectar emocionalmente con ella. Y estaba altísima. Ya no era su pequeña, ni se podía retroceder el tiempo para que volviera a ser esa bebé rolliza, que tan feliz se ponía cuando la sacaba de la cuna. El único hijo que todavía la abrazaba y le decía que la quería era Roman. Fue a buscarle junto a los demás para sentirse querida, pero vio a Kenneth al final del pasillo hablando con el médico.
—¿Todo va bien por aquí?
El médico asintió educadamente.
—Sí. Le explicaba a su hijo los daños de la otra muchacha. Sólo necesita un poco de reposo, aún está conmocionada. Puede seguir con pitidos en los oídos el resto de la semana, pero ya puede escuchar bien.
—Oh… —la mujer miró a Kenneth—, la he visto. Una de las alquiladas, ¿no?
Kenneth asintió sin decir nada.
—El golpe de la cabeza es leve, que siga con hielo. Seguro que para mañana ya está mejor.
—Se lo agradecemos. Doctor, ¿quiere comer algo? Sentimos haberle hecho venir en una fecha tan señalada.
—Es mi trabajo. Ya sabemos que estas fechas, en algunos sectores… son como son. Me alegra ver a todos bien.
Kenneth esperó a que terminaran sus formalidades y se alejó junto al doctor. Akane se quedó un rato más. La puerta de la habitación estaba abierta, así que no pudo evitar asomarse. La muchacha de pelo oscuro y enormes ojos claros le devolvió la mirada.
—Señora… —de repente se puso en pie y dejó la compresa de frío en la mesita—. Mi móvil quedó sepultado… pero prometo que mañana a primera hora buscaré un hotel. No quiero molestar —hizo una reverencia, avergonzada.
Akane sonrió, y a Hina le pareció la sonrisa más pura del mundo.
—Tranquila… ¡pero si pareces una niña! ¿Qué edad tienes?
—Oh, no… —rio un poco nerviosa, negando con la cabeza—, diecinueve. Pronto los veinte.
—No es que hace mucho que seas adulta… tienes casi la edad de mis hijos menores —le acarició la mejilla, donde tenía una rozadura— ¿te sientes bien, necesitas algo?
Hina se ruborizó.
—¡N-no! ¡Estoy bien! Sólo… siento las molestias… de que me hayan tenido que traer aquí… y más en estas fechas.
—Cielo, la casa que te arrendábamos ha sido destruida. Haremos lo posible por conseguirte nosotros una nueva ubicación. En nombre de mi familia, te pido perdón. Y te prometo que lo más pronto posible estarás bien y a salvo.
—Yo iba a mudarme de todos modos, pero aún faltaba… así que no se preocupe. Lo… lo importante es que estoy bien, ¿no…? —dijo sintiéndose algo torpe. La señora le sonrió amablemente.
—Eso es. Dime qué quieres de cenar. Tenemos un banquete ahí abajo, hemos tenido que pedir que metan todo adentro después de lo que ha ocurrido. No creo que muchos peguemos ojo.
—Yo ya he cenado… de verdad, no quiero nada.
—Ven conmigo, no tengas vergüenza —la animó al tomarla de la mano. Hina miró más roja aún cómo acariciaba su mano temblorosa con las dos suyas—, vamos, no voy a dejarte sola. Estás temblando.
—No puedo parar, nunca me había pasado.
—Mañana estarás mejor. ¿Quieres darte antes un baño?
—Con una ducha será suficiente.
—De acuerdo, entra si quieres al baño de Kenneth. Yo le avisaré. Estaré aquí en un rato, no pienses que te voy a dejar bajar sola.
—Ah… gracias. —Akane le volvió a sonreír al oírla y se hizo un silencio que a Hina se le hizo insoportable—. Sois muchísimos, he perdido la cuenta…
—Es que es Navidad… varios no han venido. Y bueno, muchos hermanos han traído a los niños, así que estamos al completo. De lo contrario te ofrecería otro cuarto. Kenneth de todas formas ya nunca duerme aquí —explicó comedidamente. Aquella muchacha desconocida le había despertado enseguida el instinto maternal que necesitaba. Tenía unos enormes y preciosos ojos azules y estaba algo despeinada. Quiso ofrecerse a ayudarla en el baño, pero prefirió no incomodarla. Sabía que le costaría con tanto tembleque en las manos. Pero no insistió.
Pasado el rato de los agobios y después de contestar a las entrevistas policiales, la calma fue regresando, siempre con el corazón en un puño. Pero los tiros y los gritos nunca llegaban a aquel barrio. Allí podían estar seguros porque había que atravesar una barrera militar para acercarse a un solo kilómetro de la zona residencial. Estaban blindados. Cuando la misión de cada Belmont quedó clara, volvieron a encender la música, a retomar los juegos de cartas, las anécdotas, y a disfrutar con los más pequeños. Ingrid permaneció en una esquina registrando su mochila con una sola mano. Estaba visiblemente cabreada porque no encontraba el juguete ni los petardos que había llevado a su corta y frustrada expedición. Su idea era sencilla. Había matado, en total, a tres personas en su vida. Los animales, no llevaba una cuenta exacta, porque los consideraba seres ridículos, menos relevantes que cualquier útil de ferretería. Había cortado el cuello a perros, pateado a cachorros hasta la muerte. De camino en el taxi, antes de que todo fuera un desastre, observó a un vagabundo haciendo noche en un callejón. Él iba a ser su cuarta víctima. Quería ingeniárselas para inmovilizarle y abrirle el conducto bucal, y lanzarle petardos directamente al tubo digestivo de aquella forma. La búsqueda de víctimas siendo quien era resultaba compleja. Después de la advertencia de su padre, lo más lógico era matar a gente que no tuviera quien les echara de menos, y hasta las prostitutas tenían un lugar o un chulo al que regresar. Pero los vagabundos no. El problema ahora, es que los vagabundos la asqueaban. Le daba pereza imaginar que después de las molestias en no ser atrapada, el placer obtenido fuera nulo o mediocre. Sentía que para que eso no ocurriera, la selección de sus presas requería unos niveles mínimos. Deseaba que sus víctimas no dieran ese asco previo. Que le suscitaran algo más.
Pero alguien había retirado de su mochila tanto el inmovilizador bucal como los petardos. Echó una mirada a través del salón, pero todo el mundo estaba a otras cosas. Tiró la mochila con impaciencia a un lado y se dio otro paseo hasta el otro extremo del habitáculo, buscando algo de comida que llevarse hasta su cuarto. No quería compartir ni un minuto más con aquel grupo interminable de personas que compartían su apellido. Frenó de golpe al ver que había gente en la siguiente estancia también. Pero a una, no la reconoció. Akane y ella reían en voz baja como si cuchichearan, mientras que la desconocida la miraba con una luminosidad que a Ingrid le gustó.
Inocencia. Belleza.
Su organismo cambió, como si acabara de esnifar cocaína. Notó cómo la sangre se le alteraba. Sintió muchas ganas de tocarse entre las piernas, apretarse con fuerza aunque fuera una sola vez. A veces le ocurría aquello. Pero siempre podía controlarlo.
—Disculpe, ¿quién es usted?
Hina miró a la chica que le hablaba y se puso de pie como un resorte, agachándose a hacer una reverencia.
—¡Discúlpeme! No me he presentado con nadie… me llamo Hina Won… vivía en uno de los edificios que han atacado hoy.
—Tranquila —murmuró rápido Ingrid, negando con las manos—, por favor, siéntese. ¿Está bien, desea algo en concreto? Tenemos cocinero.
Akane miraba atónita a su hija, sin decir ni una sola palabra. Su comportamiento con Hina era el esperable de cualquier señorita educada. Era así como actuaba en el colegio, eso lo sabía. Pero con la familia era otra cosa.
—Son ustedes muy amables, de verdad. Ya he comido para tres días… ¡voy a reventar! —rio levemente, volviendo a tomar asiento. Ingrid deseaba saber de ella. Le gustó su boca, sus ojos y su cuerpo pequeño y manejable.
—¿Trabaja por aquí? Si necesita gestionar algo en el trabajo con lo que ha pasado…
—Oh, eso… —Hina parpadeó, palpándose el bolsillo vacío—. Es verdad. Bueno, no tengo móvil y no recuerdo el número de mi jefe, así que está la cosa un poco complicada. Pero no se preocupe, mañana me pasaré por allí a primera hora.
—Deje que alguien la acompañe. No es por asustarla, pero algunas zonas tienen… bueno, algún que otro conflicto. Ya ve lo que ha ocurrido.
—No importa… dudo que se fijen mucho en mí. Si hubieran querido matarme…
—Lo sé… pero hará que nosotros también nos sintamos más seguros. Son propiedades de mi familia. Estamos en deuda con los inquilinos. Como usted.
Hina volvió a ruborizarse. Además, se dio cuenta de que hablaba con una familiar cercana a Kenneth. Se preguntó si era su hermana, su prima… pero al devolver la vista a Akane, aquello no podía ser casualidad. Parecían cortadas por el mismo banco de genes. Akane no era tan alta, y tenía el pelo largo, pero sus ojos, grandes y de color miel, junto al pelo castaño tan claro y liso… y las pecas…
—Son madre e hija, ¿verdad? —las señaló sonriendo. Akane también sonrió.
—Así es. Ella es Ingrid.
Ingrid hizo un gentil cabeceo tras la presentación y la miró sonriendo dulcemente.
—Señorita Won, de verdad, no me cuesta nada. Deje que la acompañe mañana. No quiero que nadie más salga herido. Y parece una buena chica.
—Vaya… —musitó impresionada la de pelo negro. Era raro estar colmada de atenciones. Sonrió un poco—, es… está bien.
—La acompañaré yo —una cuarta voz irrumpió en el salón. Ingrid volteó la cabeza y siguió con la mirada a Kenneth, que se acercó hasta poner una mano en el respaldo del asiento donde estaba Hina. Ésta quiso decir algo, pero Ingrid se adelantó.
—Déjame ir… yo también quiero ayudar —pidió con la voz sosegada. Hina sonrió al escucharla, parecía una chica educada y muy amable, aparte de lo guapísima que era.
—Tú también estás herida —dijo Akane. Pero Ingrid no la miró, no había dejado de observar a su hermano.
—Curo rápido, no quiero estar en cama todo el día. Y quiero también empezar a conocer a los trabajadores de ese sector. Nuestro tío es el alcalde.
—Lo harás en otra ocasión. Mañana no irás.
Fue bastante cortante. Ingrid estuvo a punto de tener una transición oscura en la manera de mirarle. Se contuvo, y sólo puso una expresión de pena volviendo la atención a la hospedada.
—Won, convénzale usted…
—En realidad… —musitó la pelinegra—, si está herida debe quedarse… lo siento. Pero no se preocupe, no me olvidaré de lo gentil que han sido todos conmigo. Muchas gracias.
Akane e Ingrid sonrieron y restaron importancia. Kenneth, sin embargo, miraba a Ingrid con precaución. Empezaba a tener más presente las palabras de Roman.