CAPÍTULO 39. Vigilancia
Hospital
Llevaba días observándola. Hina había vuelto a la mansión Belmont sólo una vez más. Una vez allí tuvo una larga charla con Ryota, Akane, Eric, Roman y Kenneth acerca de lo que había ocurrido recientemente, en plena época navideña.
Y a sabiendas de que Hina concluía esa charla para posiblemente no volverla a ver, pagó por saber adónde se dirigía, dónde trabajaría, dónde viviría y cuáles eran sus movimientos diarios.
La persona de apellido Belmont que mandó aquello, fue Ingrid.
Le llamó la atención cuando uno de sus subordinados le avisó de que la había escuchado hablar por teléfono en la calle, concertando una cita en una “consulta”.
¿Consulta?, pensó entonces, divagante. Decidió personarse allí mismo.
Y la encontró fácilmente. Hizo el relevo con la persona a la que había estado pagando por vigilarla, pero mientras se adentraba en el pasillo hospitalario que daba al ala de las consultas, Belmont vio de lleno a un hombre que conocía y que también la estaba mirando. Sus miradas chocaron. La chica apartó más rápido la mirada de él, pero sonrió levemente. El hombre se sentó en una de las sillas fuera del radar visual de la señorita Won. Ingrid, ni corta ni perezosa, se le acercó y le habló con simpatía.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó con curiosidad—, ¿está espiando a mi amiga?
El hombre palideció unos segundos y negó, viéndose obligado a hablar.
—Señorita Belmont. Sabrá usted que tras lo del incidente…
—Bueno, eso ya quedó resuelto —mintió, consiguiendo confundirle—, pero seguramente mi hermano y mi padre no piensen igual. Mire… yo no le diré a ella que está usted aquí. Y usted no le dirá a nadie que ella está aquí conmigo. Le pedí yo que viniera, por eso está aquí. Y es un asunto muy personal… mío.
Su habilidad para la mentira había ido en aumento con el paso de los meses. Cada vez lo hacía mejor, más deprisa y se anticipaba a las respuestas ajenas. El hombre asintió.
—De acuerdo. Y despreocúpese, no diré nada.
—Perfecto… ahora no me haga sentir más incómoda y váyase, por favor.
Un poco dudoso al vérselas con la hija menor de los Belmont, el hombre se levantó pesadamente y se alejó. Si Won había acudido al hospital por pedido de Ingrid e Ingrid le acababa de pedir que guardara silencio si no quería advertir a Won… prefirió simplemente obedecer. Supuso que aquello no era un motivo per se para desconfiar de Hina.
Ingrid sonrió satisfecha y siguió caminando en dirección a la consulta. Cuando miró hacia arriba antes de cruzar el pasillo, leyó el letrero y arqueó una ceja. Pero no se detuvo. Siguió andando hasta que Hina notó una presencia y levantó la mirada. Se quedó de piedra al reconocer a la hermana de Kenneth.
—B… Belm…
—Sh… no diga nada, señorita.
—¿Qué hace en este hospital…? —murmuró nerviosa, mirando a los lados. Se esperaba de los Belmont que tuvieran el servicio sanitario en un hospital mucho más exclusivo que aquél. Ahora temía que se enterara de por qué ella estaba allí.
—Sé lo que está pensando… por eso, prefiero que nadie sepa cómo me apellido. ¿Qué tal si me tuteas en adelante, Won…? —sonrió sentándose a su lado sin preguntar. Hina asintió ruborizada.
—Está bien.
—Estoy aquí porque he tenido un susto… espero poder confiarte esto. No lo dirás, ¿verdad? —preguntó con voz queda, a lo que Hina negó rápido—. Me esperaría una buena regañina. Y si no lo estoy, pues… para qué asustarles, ¿verdad?
¿Se refiere a…? ¡Dios mío! ¿¡Ingrid piensa que pueda estar embarazada!? Es un secreto muy fuerte…
—Tranquila… no lo diré.
—¿Y… qué haces tú aquí? ¿Te encuentras bien?
Estaban bajo el letrero de las ecografías. Hina tragó saliva.
Si se lo digo… toda su familia se enterará, estoy segura…
—Bueno, he tenido también un susto —dijo, tratando de sonar creíble—. Pero un susto con algo más negativo. Me he notado algún bulto con los dedos, así que van a inspeccionarme.
Ingrid arqueó las cejas. Qué mal, pensó. Si tiene cáncer o algo así, no podré jugar casi nada con ella.
—Hina, lo lamento… —la tocó de la mano, mirándola fijamente—, ¿quieres que entre contigo? No me importa.
—No, de ningún modo. Es algo… muy personal.
—Lo siento… sólo quería ayudar. Nunca puedo hacer nada por nadie… —comentó con lástima, suspirando al dejar caer la espalda en el respaldo. Logró darle pena a Hina, pero no logró que cediera.
—Si… si quieres… podemos ir luego a tomar algo. ¿Te apetece?
—¿De veras? —dijo Ingrid, sonriendo de oreja a oreja.
—¡Sí!
—Estaré encantada… bien. Te esperaré.
No tardaron en nombrar a Hina Won, que se levantó nerviosa y algo tartamuda.
En lo que ella se ausentó, Ingrid tecleó algunas búsquedas de internet superficiales para comprobar qué pruebas biológicas le harían en caso de que una menor se fuera a hacer pruebas de embarazo a un hospital. Esa había sido una mentira demasiado improvisada. Pero Won ni siquiera titubeó en creerla.
Una media hora más tarde, Hina abandonó la consulta mientras cerraba su bolso. Ingrid se puso en pie y le rodeó los hombros con una sola mano.
—¡Cuánto has tardado! Yo ya salí hace rato… todo era un susto. ¿Qué tal tu diagnóstico?
Hina ni siquiera hizo preguntas indebidas. Estaba demasiado contenta, y también nerviosa por tener que ocultarlo.
—Yo… también. Bueno, digamos que la preocupación que te dije ha sido sólo un susto.
—Entiendo… —asintió mirándola un poco más analítica, pero conservando la sonrisa—, ¿quieres hablar de ello mientras bebemos?
Cafetería a las afueras
Hina e Ingrid se sentaron en la mesa de una terraza donde aún no había tantos clientes rondando, para hablar con más libertad. Hina optó por una limonada, mientras que Belmont degustaba un zumo.
—Entonces… ¿lo del bulto, qué era?
—Un… un ganglio. Un ganglio benigno —sonrió toqueteando su vaso—, siento si te preocupé. ¿Quieres que hablemos de lo tuy…?
—No, no —negó, tirando de la conversación hacia donde le interesaba—, lamento si la otra noche te parecí… muy insistente, con eso de ir a tu lugar de trabajo. Estas supuestas vacaciones navideñas… já. De todo menos vacaciones.
—Sí, lo comprendo… y no pensé eso, de verdad. Pensé que tu madre y tú sois guapísimas —sonrió gentilmente—, seguro que a su edad serás igualita.
—Me lo han dicho mucho —comentó, forzando más la sonrisa—. Al final… tendré que agradecerlo. ¿Te imaginas haber nacido parecida a mi padre?
Hina sonrió con dulzura. Aunque el rostro de Ryota tampoco le desagradaba lo más mínimo. Kenneth se parecía a él.
Kenneth…
Inspiró hondo y bajó un poco la mirada.
—¿Estás bien, Hina…?
—¡Sí! Perdona, últimamente me pierdo entre mis propios pensamientos… —murmuró.
—Oh… —Ingrid trató de dar traducción a lo que veía y escuchaba. Era como si ocultara algo. Un pensamiento furtivo la recorrió—. Oye, te… ¿te importaría hacerme un favor? A mí me da vergüenza.
—Sí —Hina se le acercó un poco, mirándola con curiosidad. La otra bajó la voz.
—¿Puedes bajar al piso de abajo y decirle que el zumo no me ha gustado…? Me da mucha vergüenza… con un té frío será suficiente.
Hina sonrió y asintió, cogiendo el zumo.
—Sí, descuida. Enseguida subo.
—Gracias —la siguió sonriendo.
Cuando desapareció de su vista, Ingrid alargó la mano hasta el bolso que se había dejado colgado en el respaldo y lo abrió. Buscó cualquier cosa. Obvió la cartera y estuvo tentada de tratar de ver si su móvil nuevo tenía ya un PIN o un patrón para desbloquearse, pero abandonó la idea, no tenía tanto tiempo. Vio un sobre pequeño con la insignia del hospital y lo miró sólo un segundo, antes de tomarlo entre sus largos y finos dedos.
¿Un sobre tan pequeño?
Enseguida abrió la solapa y sacó las pequeñas ecografías.
Así, su cerebro confirmó lo que sospechaba. Se le pasó por la mente cuando la vio allí sentada, a la espera de ser atendida para una ecografía, pero confirmarlo había supuesto una sensación extraña. Ingrid no era más que una estudiante, pero hasta ella pudo discernir la cabeza globosa y el cuerpo de aquel ser humano en formación. Rápidamente, guardó las fotos y dejó el sobre en el compartimento del bolso donde se lo encontró. Lo mismo hizo con el bolso.
Hina aún no había subido cuando Ingrid realmente pensó si valía la pena guardar esa información o revelarla. Calibraba beneficios y desventajas, pero apenas la conocía. No sabía mucho de ella y no le había cuadrado en el perfil de buscona. Claro que, al recordar dónde había estado viviendo, ese hijo bien podía ser fruto de algún drogadicto de los barrios bajos. Preguntarle sobre el tema era arriesgado. Cuando la vio subiendo las escaleras con el té, le miró bien la cara y el cuerpo. No parecía una puta, pero podía serlo igual. O bien haber tenido mala suerte y sufrir una violación a manos de cualquiera. Pero parecía demasiado feliz. Quería tener el bebé, eso fue lo que sacó en conclusión.
—Hina… debo disculparme contigo.
—¿Eh…? ¿Vas a hacerme bajar de nuevo? —comentó sonriendo mientras recuperaba el asiento. Ingrid ya no la miraba como antes, estaba algo más seria—, ¿va… todo bien?
—Lo siento, pero te he engañado para que bajes y poder mirar tu bolso.
Hina frunció las cejas. “Registrarte el bolso”, eso contestó Kenneth una vez cuando le pilló con el anterior sobre en la mano. Claramente, lo de meter las narices donde no debían les definía.
—Por qué —dijo secamente, tomando su bolso y abriéndolo. Ingrid bajó la mirada al bolso.
—Porque cuando he ido al hospital había un hombre vigilándote y me dijo que mi familia tenía sospechas de tu buena fe e inocencia con respecto al suceso del edificio. Así que… le dije que se fuera, y que si averiguaba algo… yo misma daría parte a mi familia.
Hina sintió que se le aceleraba la respiración y nada tenía que ver con la historia que Belmont estaba construyendo sobre la marcha. Lo único en lo que podía pensar, acobardada, era en el hecho de que encontró el sobre clínico. Tragó saliva.
—Mírame —pidió Ingrid, suavemente. Hina la miró de a poco, sintiendo un nudo en la garganta. Le habló comprensivamente—, dime, ¿ocurre algo…? ¿Por qué no querías decirme a lo que ibas a la consulta?
—Porque… es… —no sabía si decírselo. Estaba estresada. Muchos pensamientos se agolparon en su cabeza y la inseguridad también. Pero Ingrid la miraba con una expresión casi lastimera, y al final no le salió enfadarse por registrarla. Estas personas tan pudientes también deben protegerse las espaldas, imagino. Hina se frotó un ojo y habló en un tono mucho más bajo—, porque es de tu hermano… y no quiero causar problemas a nadie. Sólo quiero irme cuanto antes.
Ingrid sintió algo en el cuerpo.
Un bebé. Un bebé de mi hermano. Pensó en Kenneth, pero también en Roman, que los últimos meses había estado frecuentando esas zonas.
—De quién es el niño —murmuró, mirándola fijamente.
—De Kenneth. Es suyo.
Menuda estúpida eres, pensó Ingrid, mirándola aún con fijeza. Hina se sintió acorralada y se maldijo por decir la verdad. Enseguida negó con la cabeza.
—No he debido hacerte cargar con esto. ¡Maldita sea!
—Hina…
—¡No, soy tonta! Sólo… tenía que haber aguantado un poco más y haberme marchado sin decir nada. Pero… —le temblaron los labios y se acarició los brazos. Miró a Ingrid totalmente deshecha—, él no lo sabe, y si me voy sin decirle nada me parece una crueldad. No sé qué hacer. Y siento de verdad habértelo contado. Pero es que no puedo desahogarme con nadie.
—Has debido de tener una vida muy dura para acabar donde estás. Alguien con tanta simpatía como tú… —Ingrid le puso la mano también en un brazo y comenzó a acariciarla. Esas eran sus frases estrella—. Sabes… si hubiera sido de Roman, le harías el hombre más feliz del mundo. Pero ¿Kenneth? —soltó una risita maligna, negando con la cabeza—, él te obligará a abortar. Puedes estar segura. Si se lo dices, es lo que hará. Y le dará igual lo que opines.
—… —Hina la miró aún más triste y bajó la mirada, derramando una lágrima. Ingrid tuvo el primer escalofrío al ver eso. Se la limpió con el pulgar.
—¿Quieres tenerlo?
Hina asintió despacio.
—Sí. No es que fuera deseado al principio, pero… en fin, me he ilusionado.
—¿Tienes cómo mantenerle?
Abrió la boca para hablar pero acabó mirando a otro lado, con vergüenza.
—Lo tendré. No me importa cómo, pero sé que voy a salir adelante. He salido de situaciones muy feas, Belmont… y sigo aquí. Saldré adelante con un hijo.
—Pero no basta con actitud. Un niño… necesita muchos cuidados…
Hina se sentía fuerte cuando recordaba que tenía otra vida creciendo dentro. Pero en aquel momento, saber de boca de la hermana pequeña de Kenneth que él la obligaría a abortar había sido un buen golpe bajo. Pensó que había visto más allá a través de él. Que a pesar de toda la inmundicia que había hecho a otras personas, también podía ser capaz de amar a un hijo. Temblaba sólo de pensar que la obligaba y la arrastraba a que le quitaran al niño contra su voluntad.
¿Qué se supone que debo hacer ahora?
Ingrid le tendió la mano.
—¿Segura que… quieres tenerlo? Puedo ayudarte a deshacerte de él antes de que te dé complicaciones.
Hina se puso en pie, arrastrando la silla en el proceso. Se colocó el bolso en el hombro y la miró fijamente.
—No. Lo tendré.
Sin cruzar más palabra con Belmont, bajó rápido las escaleras y se marchó. No quiso oír de la menor nada más.
Ingrid lo agradeció, en el fondo. De repente, saber que la chica por la que estaba interesándose tenía en su interior la corrida transformada de Kenneth, la asqueó.
Exterior
Hina telefoneó a Kenneth, pero comunicó durante todo el trayecto que fue en tren. Así que optó por matar el tiempo buscando en qué hostal de mala muerte le tocaría dormir, porque desistió de ir a la vivienda de protección que le había tocado estando ya acaecida la noche.