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CAPÍTULO 4. El camino no parece hecho para las personas diferentes


Dos años atrás

—¡¡Genial!! ¡Bravo, BRAVO! ¿¡qué os dije!? Que si añadíamos esas dos horitas extra podríamos tener buen resultado.

La música acababa de terminar y con ello, la sexta hora de entrenamiento. Las chicas estaban agotadas, apenas conservaban el resuello y empezaban a notar dolor en la garganta. Una vez acabada la coreografía -que esa vez iba acompañada de disciplina vocal-, se dispersaron. Una comenzó a hacerse fotos delante del espejo con el entrenador, la otra bebía agua como pozo sin fondo. Mira, aún jadeando, se encaminó al banquillo de madera donde habían dejado las toallas. Se acuclilló frente a su bolsa de deportes y buscó su móvil. Alguien se le agachó casi al lado, acariciándola del pelo.

—Me has impresionado. Creí que ya era imposible —Mira dio un respingo al oír aquella voz. Se apartó bruscamente, casi perdiendo el equilibrio. Odiaba que le tocara el pelo.

—Sí… creí que íbamos a desmayarnos las tres —murmuró, subiéndose al banco. Odiaba a aquel tipo. Pero lo peor no era el odio o el asco que le tenía. Sino…

—Te lo dije, ¿no? Sabía que aumentando tus horas de entrenamiento reluciría tu verdadero potencial. Entonces haremos lo que te prometí. Hablaré con un nuevo promotor. Pero tenemos que comentarlo en privado, como comprenderás, prefiero que no lo escuchen tus compañeras. ¿Te parece bien en mi hotel?

…que había algo en él que le daba pavor.

Mira tragó saliva. Ronald era un hombre que arrollaba con su carácter y con su físico. Un gigantón corpulento de dos metros, fuerte, con raíces austríacas. Era un auténtico tiburón para los negocios, pero su sombra del pasado tenía personas caídas tras su paso. Nadie quería decirlo en alto. Su fama no era buena en el ámbito personal. Cada vez que tenía a alguien entre ceja y ceja, para bien o para mal resultaba una polémica.

—Vamos, ¿es que te doy miedo o algo así? No sueles quedarte callada —comentó entre risas. Tenía los dientes perfectamente alineados. Lentamente se puso en pie, haciendo que la chica levantara la mirada.

—Tengo que descansar si quiero estar con buena cara para las entrevistas de mañana.

—Veamos —giró su muñeca y estudió la hora— ¿no te vale una siesta de seis horas? No tienes que madrugar, según me comentan. Podemos quedar esta noche. Te invito a cenar. ¿Qué dices?

—¿Crees que es bueno hacer esto a espaldas de mis compañeras? —preguntó, ácidamente—. No lo veo justo.

Entonces, Mira trabajaba para la industria ESTOID. Con otras compañeras.

—Tus compañeras… la que tiene talento, puede y debe triunfar hasta las últimas —miró de reojo a las otras chicas—, tienes veintidós años recién cumplidos. Ellas son más jóvenes, tienen más tiempo. De hecho tú eres la única con la mayoría de edad. Deberías darte prisa, porque estas oportunidades pasan sólo una vez.

—…lo pensaré.

—Que lo pensarás —murmuró sonriendo de lado. Se agachó lentamente a su altura y bajó el tono—. No te doy miedo, ¿no? —la vio a punto de responder, pero la interrumpió—. Nah, claro que no. Yo sé que tú no tienes miedo a nada. Entonces, déjame decirte… que te conviene lanzarte a la piscina. Dejémonos de tonterías, Mira —se puso muy serio—. Estamos quedando para hablar de negocios. De tu futuro. Veo ese potencial en ti de verdad, pero esas cosas hay que hablarlas en privado… tus compañeras no deben escucharlo porque querrán robarte la oportunidad.

Mira se contagió de su aparente sinceridad. Comprimió los labios y pareció pensárselo de verdad. Resopló y se pasó la toalla por el cuello. El hombre entonces fue el que tragó saliva. Le atraía su cuello largo y sudado. Se imaginó apretándolo con fuerza mientras ella perdía el resuello, por supuesto, mientras la follaba con violencia. Le gustaba tratar a las mujeres como animales en la cama, especialmente si detectaba en ellas un aura dominante. Era el caso de Mira. Era joven y manipulable todavía… veía cómo iba a caer en la trampa.

Tengo que medirme un poco con ella. La última se me desmayó. Y desmayadas, no tiene gracia.

—¿Pero tiene que ser en tu hotel? —preguntó con tono queda.

Perfecto, pensó él.

—Sí… porque una vez acabemos he quedado para ver rugby con los colegas. Y sí… el partido empieza a las once de la noche. Lo que tiene que el partido sea en el otro lado del charco —era la mentira que siempre empleaba. Y siempre, llegados a aquel punto de la conversación, la mujer caía.

—Está bien —dijo sintiéndose más tranquila—, hablaremos durante la cena.

Actualidad (dos años después)

A veces el recuerdo regresaba para atormentarla. De lo estúpida y accesible que fue para aquel gilipollas. No quiso hacer caso a sus alarmas por aquel entonces, cuando tenía la edad de Zoey. Y las consecuencias la habían marcado. Por supuesto, fue el fin de su contrato con aquella agencia, y contó con la suerte del amor en la audiencia para que otra industria, competencia directa y con afán de tocar la moral a ESTOID, la acogieran rápidamente.

Y bajo su perspectiva, aquella fue su principal tirada suertuda.

Porque si en aquel entonces, a un año de estar independizada, hubiera tenido que regresar con su insoportable familia, habría padecido aún más ansiedad.

Salió de la ducha y después de secarse y peinarse, se envolvió en el albornoz. Eran ya las nueve de la mañana y aquel día no habría entrenamientos… sólo entrevistas. Vio la puerta de Zoey entreabierta y se armó de valor para entrar.

—Zoey, ¿has despertado ya…? —se asomó pero no estaba.

Ruidos de arcadas le indicaron que estaba pagando ya las consecuencias de la cogorza la noche anterior.

Baño interior de la habitación de Zoey

—Buagh…

—Agh, joder… mira que lo sabía… —chasqueó el labio y se acuclilló al lado de la pelinegra. Estaba vomitando abrazada al inodoro—. Coño, Zoey, ¿cuánto llevas así?

—Glups… no dejes… que entre y me vea Rumi… se enfadarBUOOOGHH…

Mira puso una mueca de asco con la nueva arcada. Contrajo un poco el diafragma para no sufrir ella misma otra arcada.

—Ella ha ido a visitar a su tía, no está. Salió muy temprano. —Zoey le respondió con más vómito—. Te prepararé algo, ¿estamos? Ya vengo.

—Ya… ya estoy… bien…

—Te haré un té igualmente —susurró frotándole el hombro. Se levantó despacio junto a ella y tiró de la cisterna—. Vuelve a la cama, yo le explicaré a Rumi que estás indispuesta.

—Oh, me matará… después de todo lo que me regañó anoche —puso los ojos en blanco.

Habitación de Zoey

Con lentitud, Zoey se volvió a acomodar en la cama y se echó las mantas encima. Cerró los ojos y descansó, tremendamente mareada todavía. Cuando los abrió, una taza de té humeante estaba en su mesita de noche. Mira lo revolvía con una cuchara en silencio.

—Mira… tú… anoche…

—… —la pelirrosa sonrió un poco y le entregó la taza. Zoey la agarró pero seguía con la vista en su amiga.

—¿No hice lo que hice… verdad…?

¿Cómo debo interpretar eso?, terció Mira en su cabeza. Suspiró y se sentó a su lado. La miró fijamente.

—Zoey, me besaste.

—Así que lo hice eh… hehehe… madre mía, me muero de la vergüenza —desvió la mirada a otro lado y suspiró. Se apresuró a dar los primeros sorbos.

—Sí, lo hiciste. Y me besaste con lengua y todo. ¿Quién te enseñó a dar esos besos?

—¡…! Eh, jej… bueno, mejor obviemos este tema, ¿vale? Yo… iba muy pedo. No sé lo que estaba haciendo. Lo siento mucho.

—No fue la sensación que me diste —murmuró, aunque también empezó a sonrosarse—. Zoey… ¿te gusto?

Se quedó petrificada. Titubeó. Al final, le dio tanta vergüenza que sintió que la cabeza le ardía.

—Cla… ¡claro que no! No en ese sentido. Perdona, estaba… estaba pensando en otra persona. He debido confundirte.

Pensó que eso mejoraría la situación. Por lo menos, que su amiga se quedaría tranquila. Pero la expresión que le vio poner le gustó todavía menos. Mira se quedó en silencio, estudiándola a los ojos.

—Ya, mira… yo no voy besando por ahí a mis amigas… con lengua. Será mejor que te lances a la piscina y me digas la verdad. Porque necesito saberlo.

—La verdad es la que te he dicho. No me gustas, no en ese sentido. Siento si pensaste otra cosa.

—Bien… —Mira bajó la mirada—. Está… está bien saberlo.

Así que pensaba en otra persona.

Zoey se alarmó al verla levantar de la cama.

—Yo… no sé qué me pasó… no era normal cómo me sentía… oye, Mira, ¿te vas ya?

—Sí, creo que marcho un rato al gimnasio.

Zoey la siguió preocupada con la mirada. Lo que hacía no estaba bien. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? «La verdad os hará libres», ¡y un cuerno! Pensó de inmediato. Sólo lo estropearé todo. Sólo tengo que convencerla de q-…

—La próxima vez que no sepas medirte con el alcohol —murmuró, hablándole de espaldas—, busca a otra persona a la que decir esas cosas. Porque llegué a creerte.

Zoey cerró los ojos.

—No era dueña de mi cuerpo en ese momento. Y… y de todas formas, jajaja, ¿te imaginas? ¿qué haríamos en un caso así? ¡¡A Rumi le daría un ataque!! Sabes que el grupo podría romperse por cosas así.

Ya está roto, porque quiero irme. Eso fue lo que contestó el cerebro de Mira. Y estuvo a punto de verbalizarlo, pero se mordió la lengua. En su lugar se giró despacio.

—Te veo después.

Dormitorio de Mira

La chica lanzó sus tenis a un lado, airada. Cayó sentada en la cama y se tapó la cara con las manos, bufando largamente.

«¿En qué mundo crees que vives? ¿Encima de no respetar nuestra autoridad, resulta que te gusta una chica? Definitivamente hay algo mal en ti»

«Con razón a ningún chico de tu clase le gustas, ya te notan lo rarita que eres»

Frases como aquella cobraban vida con facilidad en Mira, rememorando heridas familiares. No podía quedarse con un perfil más dañino que otro: su padre, su madre y su hermano eran soberbios e intransigentes a partes iguales. Nunca se sintió parte de ellos ni querida.

Ella dio el primer paso. Pero es una insegura. Y…

…yo también.

Se dejó caer hacia atrás, aterrizando sobre su enorme y mullida cama. Se acerco el móvil y abrió la galería de fotos. Estaban distribuidas por álbumes según el año. Tuvo que deslizar un buen rato para encontrarse con la Mira de catorce años. Fue precisamente a aquella edad donde los problemas en casa se endurecieron. En la secundaria, los grupos sociales empezaban a conformarse, todo el mundo quería ser parte de alguno, y quien no lo estaba…

«Es la hermana de Dave. Dicen que se le declaró por carta a la de la fila de atrás… a Sarah.»

«¿QUÉEEEE…? ¿Es de esas…?»

A todo niño le llega, en sociedad, el momento en el que se siente culpable por ser como es. Mira palideció en aquel momento, escuchando a las arpías del grupo más venerado. Aquello prendió una pequeña llama en su interior.

«Le pega», rio otra, «mírala qué pintas… se ha hecho mal las mechas y es más alta que los chicos… ay, qué mal le queda esa falda».

Esa tarde Mira acabó en el despacho del director tras tironearse con las charlatanas de los pelos. La bronca en casa fue atronadora. Y al final, más pronto que tarde comprendió que vivía con seres que no la entendían ni la respaldarían. La joven creció llevándole la contraria a sus padres, fiel a su propio concepto de la felicidad. Si sus padres no la comprenderían nunca, entonces debía bastarle con comprenderse ella sola. Pero el camino no parecía hecho para las personas diferentes. Todo el que se salía de la línea de puntos establecida, parecía ser devuelto al camino genérico de un manotazo. Eran tantos los obstáculos que se encontraba a cada paso que daba, que empezó a perder la fe.

Poco a poco.

«Mira, leí tu carta… ahm, yo…»

«No hace falta que respondas ahora si no quieres…»

«Yo no soy lesbiana. No quiero que seamos más amigas»

«Lo… lo entiendo…»

Poco a poco.

«…»

«…N-no pasa nada. ¡De verdad! ¿Podemos hacer como si nunca te hubiera entregado eso…?»

«Yo…»

«Teníamos que ensayar el baile de…»

«Sí, claro… lo vamos hablando. ¿Vale?»

Hasta que comprendió que la realidad no podía facilitársela uno solo. Necesitaba a otras personas, y esas personas dificultaban el camino.

«Está bien.»

«¿Podrías… podríamos hablar luego? Es que nos están mirando y no quiero problemas.»

La realidad no podía hacerla ella sola. Eso entendió. Su amiga Sarah, hasta aquel momento su confidente y mejor amiga, empezó a darle esquinazo.

Que Zoey ahora no quisiera estar con ella después de declararse la hizo sentir patética. Pero entonces trató de situar los pies en la tierra. De pensar que la realidad que ella tenía en su cabeza era completamente distinta a la de Zoey.

Y luchar contra la imagen que uno tenía en la cabeza de la realidad del mundo era una guerra perdida.

«Vale, Sarah… lo siento.»

¿Por qué le dije lo siento?, se preguntó, diez años después.

Aquella fue la última conversación que sostuvo con, aquel entonces, su compañera de pupitre, un primer desamor. Sus padres la escolarizaron en otro lado cuando descubrieron que a raíz de aquello faltaba a clases para irse a ensayar baile por su cuenta… en suburbios que no dejaban el apellido familiar en buen lugar.

Mira suspiró mirando aquella foto. Tenía las mechas mal hechas porque se las había hecho por su cuenta, aunque incluso viendo la foto una década después, sentía que entonces tenía personalidad. Nunca se dejó doblegar.

El móvil cambió la pantalla. Rumi la llamaba.

—¿Sí?

—Mira, esta tarde tenemos que ir al estudio. Lo recuerdas, ¿verdad?

—Ah. Disculpa, lo olvidé. Gracias por avisar.

—Bien, eh… no logro contactar con Zoey. Si está contigo, dile que su madre me ha llamado.

—Está durmiendo la mona después de la cogorza. Le va a costar hoy levantar el campamento.

—¡Mira que lo dij…! Oug, bueno, no voy a estresarme más. Por favor, que esté lista a la hora que viene el chófer.

—Haré lo que pueda.

—Su madre quiere hablar con ella en el estudio. Parecía seria al teléfono. ¿Crees que pasa algo?

—No tengo ni idea.

Dos horas después

Zoey tenía una resaca inamovible. Las pastillas no lograron quitarle del todo el dolor de cabeza y el ensayo -del que no se acordaron- no podía posponerse. Se armó de tripas corazón para darse una ducha y vestirse. El maquillaje sirvió para cubrir las ojeras y darle algo de color. Pero seguía indispuesta. Mira no interactuó demasiado con ella hasta que la vio comer algo.

Se acercó a la mesa.

—Zoey. ¿Estás mejor?

—Como si una plancha se me cayera una y otra vez en el coco… —murmuró frotándose la sien.

—Tu madre quiere verte, ha llamado a Rumi porque no le atendías.

—Ay, es cierto… creo que escuché el móvil pero no tenía cuerpo para atenderla… —atrajo el móvil pero en cuanto lo desbloqueó, éste hizo un sonidito y se apagó—, mierda, la batería.

—Anda que estás tú preparada eh… —se dirigió al aparador y tomó el cargador—, se supone que en quince minutos salimos. Deja que cargue algo. Tu madre irá al estudio.

—¿Irá al estudio…?

—Eso me comentó Rumi —enchufó el aparato y dejó el móvil de Zoey cargando. La pelinegra dio un suspiro largo.

—Está bien. Estoy agotada…

Mira miró su reloj y tomó asiento a su lado. La estudió de reojo. Zoey volvió a remarcarse ambas sienes haciendo círculos con los dedos, aquejada.

—¿Quieres que llame y trate de posponerlo?

—Agh, no… ya sabes en qué acabará esa discusión —murmuró con los ojos cerrados.

—Al estudio no puedes ir con tanto dolor de cabeza. El sonido cala mucho.

—Ya lo sé. Pero no tengo alternativa. Es mi responsabilidad, ¿no? Yo bebí. Deja que duerma cinco minutos más aquí mismo… —cruzó los brazos y reposó la cabeza, encima de la propia mesa. Mira dio un suspiro imperceptible y salió a la terraza.

Balcón

—Oye, se encuentra muy mal. Y ahora que he mirado mejor el calendario, se supone que teníamos después la entrevista. Me da que tendrá que ser una cosa o la otra.

—No podemos hacer este tipo de cambios en última hora. Ni siquiera me molestaré en preguntar a Higgins —murmuró Rumi, claramente enfadada. Se dedicaba a mirar su móvil, apoyada en la barandilla de un local al que asistió con su tía.

—¿Crees que no escuchará? —murmuró, mirando por el rabillo del ojo a Zoey roncando sobre la mesa. Bajó más el tono—. Ha pasado mala noche.

—Yo tampoco he pasado buena noche. Y aquí estoy. Porque soy responsable y sé mi trabajo.

—Bueno, podemos ensayar nuestras partes y decirle que venga una hora más tarde.

—Eso no cambiará nada. Iremos demasiado justas para la entrevista.

—Que esperen. Pst, somos nosotras las que le hacemos generar dinero a ellos.

—Vendrá ahora con nosotras, Mira. ¿Estamos? —apretó la voz, haciendo que Mira levantara una ceja al escucharla.

—Muy bien.

Cortaron la llamada.

Estudio de grabación

Rumi estaba nerviosa. No lograba llegar a los falsetes más críticos de Golden, y se precisaban para la versión acústica que querían grabar. Una versión más «hogareña» y no tan comercial, sin perder lo pegadizo. La gente no pedía otra cosa tras sus continuos éxitos. Golden seguía encabezando el ranking musical del mundo entero. Por su parte, Mira y Zoey cumplieron las expectativas. Pero con el paso del tiempo, Zoey parecía palidecer. Al cabo de hora y media, el entrenador vocal les dejó un descanso. Las tres se quitaron los cascos y abandonaron el compartimento insonorizado. Leah, la madre de Zoey, la aguardaba en la salita colindante.

—Mamá…

—¡Zoey! ¡Cuánto tiempo sin verte, mi niña! —la mujer se puso en pie y corrió a abrazarla. La besuqueó por todos lados, ante la atenta mirada del resto del equipo. Mira pasó de largo y fue derecha a sacar tres vasitos de café de la máquina. Zoey sonrió y abrazó fuerte a su madre. La quería mucho y también la echaba de menos.

—¿Por qué te has dado este viaje? Estás muy lejos.

—Porque quería verte. Y… hablar contigo. ¿Podría ser en privado?

Mira y Rumi escuchaban en un lateral sin decir nada. Se dieron los vasitos de café. Mira dejó el que le correspondía a Zoey cerca y se apartó para darles intimidad.

Habitación contigua

—¿Qué ocurre?

—Ay, hija… ¿tiene que ocurrir algo? Sabes que no, ¿verdad?

Zoey se esforzó un poco en sonreír. Iba a explotarle la cabeza después de estar forzando su garganta por horas con aquella jaqueca. Y sabía que su madre iba a hablarle del tema que para ella seguía siendo tabú.

—¿Es por papá?

—Já… —chistó la mujer, sacando unos papeles de su bolso—. Al parecer, después de todos estos años engañándome con su secretaria, todavía se da el lujo de querer cambiar cosas de los papeles del divorcio.

Divorcio.

Divorcio…

Divorcio.

«Tu padre y yo nos divorciamos.»

Zoey sintió inmediatamente que el café se le repetía. Odiaba esa palabra. Sus padres se separaron justo cuando ella empezó a ganar dinero en la industria, con dieciocho años. Siendo hija única del matrimonio, el mundo se le vino encima. Durante la separación legal, no hubo ni una sola semana desprovista de discusiones a voz en grito, insultos y machaques entre los dos con Zoey en medio. Ya antes hubo problemas. Su padre, de origen americano, engañó a su madre con su secretaria. Zoey los pilló besándose de la manera más casual y horrible, pretendiendo darle una sorpresa a su padre en el trabajo. Mark trató de hacerla guardar el secreto, pero Zoey no pudo, y con diecisiete años que entonces tenía, se lo contó esa misma tarde a su madre. La decisión de separarse no fue inmediata. Muchos baches intermedios hubo, malos entendidos y riñas desproporcionadas entre ellos y hacia ella por los ánimos caldeados, hasta que un día donde los vio empujarse, Zoey sufrió su primer ataque de ansiedad. Leah, una mujer coreana y conservadora, usó todo el dinero del patrimonio en destruir a su marido, pero él también lo hizo, y comenzaría la peor etapa «conyugal». El hogar -o mejor dicho, los hogares una vez se separaron- se convirtió en un infierno.

Zoey se independizó a los veintiuno, cuando consideró que era la única opción antes de volverse loca y el k-pop ya le daba ingresos más que decentes para mantenerse. Utilizó la industria como válvula de escape, pero sus padres siempre permanecían discutiendo en un segundo plano. La confrontación parental duró años, sin pausa, y con juicios de por medio por las putadas que uno le hacía al otro constantemente. Ruedas pinchadas, sabotaje en el trabajo de uno u otro, y una constante manipulación sobre la única hija que tenían. Hasta el día de su independencia, Zoey vivió con Leah.

Su madre había pasado por muchos altibajos desde la separación. Aquel divorcio se hacía de rogar porque siempre había algo más que añadir, quitar de las cláusulas, o redondear en las indemnizaciones por todos los daños acumulados. Se habían tirado mucha mierda.

Su madre depositó algunos papeles sobre la mesa, señalando un párrafo. Zoey siguió su dedo con la mirada entristecida.

—¿Tú le prestaste mi coche? ¿es eso cierto, hija? ¿El Jaguar?

—Sí —murmuró mirándola—. Se quedó tirado porque el coche le falló y fui a recogerle. Le dije que se lo quedara esa semana.

—Ese coche es mío, ¿cómo se te ocurre? ¿No ves en la continua lucha que estamos? ¡Que se lo pida a esa zorra!

Zoey suspiró apartando la mirada de ella. Leyó el párrafo.

—Así que… ¿el Jaguar se siniestró? ¿Cómo fue?

—Obviamente ese desgraciado se lo cargó con un palo de golf. Y así mismo lo aparcó delante de mi jardín. ¿¡Ves como no pretende parar!? Ni siquiera por tu buen gesto… este hombre va a terminar conmigo, te digo que algún día me dará un ataque al corazón.

—No creo que haya sido él. Sabes, a estas alturas ya hay más gente afectada por vuestras… en fin, discusiones. La mujer que está con él…

—Mujer —dijo riéndose a carcajadas—, después de años me vengo a enterar que tiene veintiséis años. ¡Veintiséis! Podría ser tu hermana, Zoey. ¿Te parece normal eso?

—¿Sabes…? No quiero oír nada más… —pidió en un hilo de voz—. Siento lo del coche.

—Mira, lo del coche ya es lo de menos. Vengo a decirte que tengas cuidado con él, maldita sea. ¡Mira lo que es capaz de hacer! Se está volviendo loco con los años. Por favor… no estés cerca. ¿Vale? No quiero que te llene de porquería la cabeza.

Zoey ya había escuchado un sinfín de veces esa frase, de un lado y de otro. Lo cierto era, que pese a las circunstancias desagradables en las que pilló a su padre, el hombre nunca dejó de ser amoroso y atento con ella. Todo aquello era un infierno absoluto.

—Mamá… ¿quieres que salgamos a cenar? Hoy tengo el día ocupado, pero por la noche estaré libre.

—Por supuesto, mi niña. No te preocupes… no te quiero molestar. Eh, ¿estás mejor de tu dolor de cabeza? —le acarició la mejilla. Zoey sonrió como pudo.

Me va a estallar como nunca.

—Sí… estoy mejor. No te preocupes. Hablemos a la noche.

Se despidieron con otro beso y Zoey regresó a la cabina de grabación, apurando el café. Mira conocía cómo le gustaba el café de verdad. Con el azúcar justo para hacer que un diabético muriera. Nada que ver con el que Mystery le pidió en la cafetería.

Estudio

—¡Desde el estribillo! Quiero oír esas voces en crudo. Las tres —comunicó la editora activando el micro. Las chicas asintieron.

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