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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 20. Una segunda oportunidad

Mira no pasó la noche en la casa. No regresó. En lugar de eso, se pagó un hotel cercano al centro de danza… por toda la semana. Lo hizo sin pensar, pagando por adelantado. El hecho de imaginarse encarando a sus amigas le daba tantísima vergüenza, que incluso la asustaba. Era obvio que el destino del grupo estaba abocado al fracaso y era por su culpa. Recordó las palabras de Rumi, las del director, las del mánager, las de sus mentores… las de la madre de Zoey. Habían sido señales. Al final, se dejó llevar por sus instintos primarios porque le dio la gana. Pero… los instintos primarios funcionaban para todo. También para los traumas. Jamás le había pasado algo semejante. Había tenido algún deje similar: apartar la mano de un amigo cuando le tironeaba del pelo, incluso suave, para jugar, o tener una pequeña pero súbita aceleración en la respiración cuando un hombre se rozaba con ella simplemente para pasar por un pasillo lleno de gente. Sabía desde hace tiempo que algo no iba bien en ella, pero no hasta aquel punto.

Pegarle a Zoey… ¿en qué… demonios… estaba pensando…? ¿Cómo he sido capaz de…?

Pasó toda la noche llorando en aquella inmensa cama solitaria. No tuvo valor de escribirle a Zoey ni a nadie. Ni durmió apenas nada. El dolor en la muñeca le ardía como nunca.

A la mañana siguiente

Tal y como tenía ya contratada, una sala pagada la esperaba en el centro de danza.

Le costó levantarse un mundo, incluso pensó en no acudir y perder la reserva. Pero se obligó a no caer en aquello. Se vistió con ropa holgada y corriente, toda oscura, con una sudadera negra. Se puso gorra y la capucha encima, y cerró el outfit con un chaleco acolchado también negro. Usó mascarilla para ocultar sus facciones hasta llegar allí. Pretendía andar para despejarse.

Ya en el exterior, el frío gélido la sacudió. Había ocultado por completo su cabello y ya era difícil saber de quién se trataba. Mira lo prefería así. En el barrio en el que se movían no es que hubiera fans precisamente… pero muchos se conocían entre sí y no quería saludar a nadie. Caminó cabizbaja los quince minutos que la separaban del centro.

Centro de danza

Sarah sabía perfectamente a qué hora iba a llegar la pelirrosa. Se había adecentado el rostro y lavó todo el uniforme, que no era más que una camiseta y un chaleco con el logo de la empresa. Ella dirigía toda la agenda. Mira había pagado por hora y media de entrenar en solitario pasos de sus coreografías. Cuando empezó a trabajar allí se sorprendió al ver que era una práctica que algunos grupos hacían. Era raro. Pero ocurría. Chicas de grupos k-pop acudían solas a entrenar los pasos, o bien acompañadas de su coreógrafo. Pero también tenían muchas reservas para fisioterapia. Sarah nunca deseó con más fuerza ser masajista que aquellas dos semanas, las dos semanas desde que supo que Mira acudiría. Tras el entrenamiento sabía que le tocaba una sesión, y había fantaseado con verla sin ropa y tocarla. Envidió a la que le tocaría hacerlo.

La vio entrar. Aunque la vio tan cubierta que dudó de si fingir que no la reconocía.

He aprendido a que apenas me haga caso… ni que se acuerde de que existo cada dos semanas. Así es la vida del famoso, ella no puede hacer gran cosa. Sólo no debo venirme abajo, esto es un proceso lento.

Se calmó según la veía acercarse a la mesa de recepción. Por el camino se quitó la mascarilla.

—Buenos días.

—Hola. Mira, poco más y no te reconozco… ¿te siguen ahí fuera? —trató de bromear. Mira curvó la sonrisa más desganada que había visto en su vida.

Tiene mala cara… ¿no habrá dormido bien?

—No, está bien. Tengo… reserva para la sala 4. Una hora y media.

—Me suena —asintió y buscó en la pantalla del ordenador. Volvió a asentir. Le entregó una llave—. Aquí tienes. ¿Necesitas algo de tomar, comer…?

—No, no —cogió la llave y se volteó, dirigiéndose al pasillo. Sarah estuvo a punto de abrir la boca, pero fue Mira la que giró de pronto—. Ah, luego creo que tenía una sesión con la fisio.

—S… sí —tecleó algo—, con Josephine. Dentro de exactamente una hora y cuarenta y cinco minutos.

—Da igual, cancélala. Por favor.

—¿E…? —¿Estás segura?, quiso decirle. Mira seguía andando ya—. ¡Va-vale!

Uf… ¿qué le habrá pasado? ¡Está como un zombie!

Una hora más tarde

Las salas donde la música se combinaba con la coreografía estaban insonorizadas, pero todas tenían un lateral con vitrinas desde donde los trabajadores con autorización podían ver cómo se desempeñaban los artistas. Sarah fingió varias vueltas «trabajando» para mirar lo que hacía su estrella. Mira practicaba movimientos con perfecta maestría, como era de esperar. Era raro verla con el cabello recogido, pero ahí lo tenía. Una trenza deshecha que había convertido en rodete al girarla sobre sí misma. Un par de mechones ya algo húmedos por el sudor acompañaban sus mejillas. Los giros de sus talones le salían bien. El movimiento de los hombros, de las caderas… en perfecta sintonía.

Esa hubiese podido ser yo, si hubiese seguido practicando como ella. Hacen falta años para hacer los movimientos con tanta gracilidad.

Al elevar los brazos y reproducir una especie de onda con las muñecas, paró. Cerró con fuerza los ojos y se agarró la zona adolorida. Sarah no la escuchaba. Sólo podía verla. Un fallo lo podía tener cualquiera. Pero de pronto se asustó al verla cambiar la expresión de la cara y tomar un impulso para patear el altavoz. No le hizo falta escuchar para imaginarse el estruendo… porque al caer lo sintió como una pequeña vibración bajo los pies. Llevó la mano al picaporte, dispuesta a ayudarla…

No, eso quedaría raro. Sabrá que la espío.

Mira se arrodilló y se llevó las manos a la cara. Sus hombros ascendían y bajaban rápido, Sarah no sabía si por cansancio o alteración. Cerró los ojos y tomó una decisión.

Mira iba a colapsar otra vez. Lo sentía otra vez. Ahora sí que temía por su vida, debido a la repetición incesante de aquellos episodios. Escuchó que la puerta se desbloqueaba a sus espaldas y volteó a ver rápido.

—Perdona… sé que no tengo que interrumpir… Mira… ¿estás bien?

Mira trató de fingir que no le estaba pasando nada. Tragó saliva rápido y se concentró. Sus respiraciones seguían muy agitadas.

—Es… sí, yo…

—Oye, es que pensé que había caído una estantería o algo, ha sonado un golpe… se sintió hasta la planta de abajo.

Mira devolvió una mirada al altavoz tirado, que era enorme. Sarah le siguió la mirada y se acuclilló a su lado.

—…

—¿Eso se cayó? ¿Te has hecho daño? —insistió la muchacha.

—Sí —murmuro agradecida de ser Sarah quien hallase la mejor excusa, ya que ella no podía pensar con coherencia en ninguna—, sí, lo habré empujado sin querer y… perdona. Lo pagaré.

—Esos trastos creo que aguantarían un vendaval. Oye, no pareces estar bien. ¿Quieres que…?

—No, yo… sólo necesito un descanso.

Sarah se levantó poco a poco y le tendió la mano. Mira irguió un poco la cabeza hacia esa mano. La tomó con la que no tenía la muñeca jodida y se puso en pie. Al soltarla, Sarah reparó con mirada analítica en cómo temblaba. Sólo había visto a una persona temblar de aquella manera, tan rara. Tan asincrónica.

A ella misma.

Mira tenía la mirada perdida mientras se secaba con la toalla. Sarah la tocó del hombro al volver a acercarse, pero esta vez la pelirrosa se agitó, dando un respingo. La miró en un suspiro. Mira fue consciente de lo estúpida que tenía que estar pareciendo. Era como si acabara de salir de una película de terror y estuviera sugestionada, ahora no soportaba que la tocaran si no veía de frente a la persona.

—Disculpa… no es mi día. Ignórame —musitó guardando su botella de agua. Me molesta… es que… me molesta hasta su mano… dios, quiero que la quite.

Sarah apretó sin fuerza su hombro, pero la soltó al poco. Le sonrió afable.

—¿Puedo hacerte un descafeinado, o un té…? Por favor. Estás algo demacrada… y yo no te molestaré si no quieres.

Mira dio un largo suspiro y dejó la toalla en su bolsa.

—No es por ti. Estoy con la cabeza en otra parte —curvó una media sonrisa—, ahora pongo bien el altavoz, ¿vale?

—No te preocupes por eso. Estás cansada…

Mira desvió la mirada y se frotó los ojos. Se irguió del todo y se volteó sin más a por el altavoz. Sarah se apresuró a secundarla, pero antes de llegar vio algo impactada cómo su amiga lo levantaba sola con una facilidad envidiable.

¡Me costó moverlo un huevo! Y ella, como si nada… bueno. Como si nada no. Parece que la muñeca la tiene resentida.

Mira se encerraba la muñeca adolorida con la otra mano.

—¿Te duele?

—La tengo algo débil… —sonrió con una expresión irónica—, no paro de maltratarla y nunca se cura.

—Auch… ¿por qué no se lo decimos a tu fisio?

—No es algo muscular, a estas alturas.

—Pero puede aliviar. Los masajistas de aquí son impresionantes.

—No me digas… —sonrió un poco más, mirándola con una ceja alzada.

—Eh… ¡sí! Pero ya sé que los conoces ya a todos… jejeje.

Mira sonrió. Se le escapó una mirada de arriba abajo, estudiándola.

—¿Cómo es que te dio por escuchar nuestra música?

Wow. Me está preguntando porque tiene interés. ¿Será que me odia, o le interesa de verdad algo de mí…?

—Bueno, yo… —suspiró bajando un poco la mirada—, me da un poco de vergüenza reconocerlo ahora. Pero tu música y tus bailes siempre fueron buenos. No me dejabas leer mucho, per-…

—Ah, por favor —la cortó riendo—, ¿mi música? Vas a decir que ahora mi música siempre fue buena… componía bien poco.

—Pero eran letras que rompían con todo —sonrió—, aunque las de ahora… son distintas. Pasan por muchos filtros, porque supongo que ya no tienes libertad para poner tanto insulto entre las estrofas. ¿Me equivoco?

—Jm.

Mira escribía cuando era adolescente, intentaba hacer sus propias letras, aunque era la parte que más cojeaba. Prefería la coreografía, o cantar lo que otros ya habían compuesto. Sus estrofas personales siempre solían ser modificadas cuando pasaban el filtro de la industria… eso era algo que la acompañó desde que puso un pie en ESTOID. Y en BRETT no fue diferente. Tenía un estilo más crudo que no casaba con la proyección que un grupo de idols debía enseñar al mundo.

—Me gustó ver que hacías bien todos esos… heel spin… después de fallar tanto y tanto y tanto…

—Cállate, yo te enseñé tu primer heel spin sin que te rompieses el trasero —la señaló divertida.

—¿Oh sí…? Yo creo que en otra cosa no, pero movimiento de talones… —murmuró antes de girarse al gran espejo. Ejecutó grácilmente un giro de 360 grados, con la precisión y ligereza de alguien que no había perdido práctica con la almohadilla de los pies. Mira acompañó el resto de pasos que le siguieron con la mirada. Aunque ahora su mirada era mucho más analítica que hacía diez años. Se daba cuenta velozmente de los fallos de otros porque había entrenado muy duro y con los mejores. No se dejaba impresionar tan fácilmente por los planos convenidos de cámara, o la reputación de cualquier grupo. Sarah tenía buena técnica. Pero estaba oxidada, y al final, en uno de los giros no calculó bien y tuvo una torcedura de tobillo. Trastabilló, pero Mira la agarró aprisa, ayudándola a ponerse recta. Sarah reía.

—¿Me tenía que impresionar por eso? —dijo ácidamente, aguantando la risa.

—Oye… ni tan mal para haber estado tantos años a la sombra —se defendió la de pelo verde, riendo. Por dentro, le latía con fuerza el corazón. Mira la había tocado de nuevo. Tomó aire y rezó porque no se le notara que los colores se le estaban subiendo a la cabeza. Mira se alejó para recoger sus pertenencias—. Ya… ¿ya no entrenas más? Aún te queda media hora…

—Estoy agotada. No he descansado bien —murmuró cerrando la bolsa. Se la cargó al hombro—. Voy a darme una ducha y a volver al hotel.

¿Al hotel? ¿Se ha quedado en un hotel? ¿Tendrán una entrevista o algo así? Maldita sea, el programa no las ha ido a grabar estos días desde que los rumores de vacaciones forzadas empezaron. No sé bien qué es lo que pasó.

—Espera… aa-ehm… ¡Mira! —Mira se detuvo y volteó medio rostro a verla—. ¿Te hago ese té? Hazme caso… te sentará bien. Tengo buen té aquí. ¿Qué me dices?

Malogró una sonrisa, porque por dentro estaba muerta de nervios. La adrenalina se disparaba sola en esos segundos de espera. Mira la observó… y al final sonrió un poco.

—Está bien.

Veinte minutos después

Mira abrió su taquilla para cambiarse una vez duchada. Cogió la sudadera hippie que solía tener allí y se la puso encima de la camiseta… y paró unos segundos. Bajó despacio lo que quedaba hasta cubrir su vientre. Al acercarse el puño de una de las mangas, sintió con claridad el aroma de Zoey. Se la había puesto y la volvió a dejar allí. A Mira ese olor le era ya inconfundible, porque había dormido con ella en la misma cama unas cuantas noches. Aunque lo que primero pensó era que su mente ya le jugaba malas pasadas. Suspiró. Se puso el chaleco negro encima y terminó de vestirse los vaqueros y las zapatillas. Por último, se secó el cabello y se lo dejó suelto. Iba a irse… porque ya no soportaba verse al espejo. Pero dedicó unos instantes a luchar contra eso y se contempló. Se acarició su propio pelo rosa, lentamente.

¿Por qué reaccioné así…? Estaba cachonda. Me lo estaba pasando bien.

Aunque odiaba hacerlo y nunca se lo permitía demasiado rato, viajó en el tiempo hasta resituarse. La puerta bloqueándose frente a ella, al mismo tiempo que Ronald tiraba de su pelo como si fueran unas riendas. Él lo hizo mucho más fuerte. Zoey sin embargo, lo había hecho jugando. Pero ya estaba incómoda, así que al final…

Se volvió a tapar la cara, dando un largo resoplido.

Tengo que darle yo la patada. Esto no va a funcionar y punto. Será mejor que la olvide… no. Que ella me olvide a mí. Encontraré otra banda… u… otro trabajo.

Comedor del centro

Mira entró al comedor y agarró un vasito de plástico.

—¡No, deja! Tu té ya está hecho…

—Espera, a mí me gusta el té sin…

Sin azúcar. Rojo. Ya lo sé, Mira. Lo has dicho en un par de programas.

—No le puse azúcar ni nada, eh… porque no sé cómo lo tomas.

—¿Había rojo? —dijo, aún sin acercarse a la mesa.

—Sí… es que es mi favorito. ¿Me equivoqué, quieres otro?

Mira se volteó a ver las tazas que puso sobre la mesa. Dos tés humeantes de color rojizo ya estaban puestos. El olor le gustó, estaban bien cargados.

—No, éste era justo el que buscaba —convino mientras se sentaba. Sarah no pasó por alto la sudadera que llevaba puesta. Pero ni se le ocurriría entrar al trapo. Con los rumores que había al respecto, no quería preguntarle nada de Zoey. Parte de ella aún se autoprotegía de querer saber la respuesta o no. Mira puso ambas manos en la taza. Sarah sopló suavemente la suya mientras le miraba las manos. Luego volvió a mirar esos ojos rasgados que tanto le gustaban. Mira parecía seguir algo dispersa.

—Te noto ausente.

—Jm —balbuceó la pelirrosa, mirándola a los ojos ahora—. ¿Cómo que ausente?

—Bueno, quiero decir… estás como en otra parte. Cuando entraste antes incluso pensé que estabas triste o algo… pero sé que no es asunto mío.

—Tranquila. Puedes hablar conmigo con toda naturalidad.

—Siento como que es irreal que esté aquí, hablando contigo… después de tantos años.

—Y sin embargo a mí se me han pasado en un suspiro —dijo sin quitar la mirada de la taza. La giró entre las manos.

—Ya nunca volverás a ser una persona corriente… de las que pueden salir a comprar el pan —rio levemente antes de dar un sorbo. Mira sólo sonrió un poco, sin ganas—. Lo siento, es que no sé si te apetece hablar o…

—No, perdona. Sí que estoy… ida. En mis cosas —hizo un esfuerzo por centrarse en la persona que tenía al lado. Estaba concentrada en sus problemas, pero al mirar a la que había sido su compañera años atrás, recordó que la vida avanzaba para todos. Sarah había pasado por su propia mierda también—. ¿Qué tal has estado tú? ¿Cómo están tus padres?

—Meh, sin novedades —se encogió de hombros—. Están más viejos e insoportables, así que ya tenía rato desde que quería mudarme. De no ser por tu ayuda, no me habrían enchufado aquí.

—La jefa quería ya delegar y se le fueron los dos relevos de baja. Se alinearon los astros —comentó riendo.

—Mira… ahora lo tienes todo —dijo más seria, haciendo que Mira la observara—. ¿Qué se supone que… pasará después? ¿Te dedicarás a esto toda la vida, piensas seguir en un proyecto grupal?

—Me estás haciendo las preguntas prohibidas —soltó una carcajada—, nuestro mánager nos tiene prohibido responderlas. ¿No tendrás un micro por ahí, verdad…? —las dos rieron. La pelirrosa se centró—. Hay días que quiero seguir hasta mi último aliento. Otros… en los que quiero dejarlo. Y últimamente…

—Quieres dejarlo.

Pues… sí. Hoy siento que lo quiero tirar todo a la mierda, dijo la versión más sincera de Mira en su propia cabeza.

—No suele ser común —comentó Mira, mirándola sólo un segundo antes de devolver la vista a la taza. Notó de pronto la mano de Sarah en su hombro otra vez. Aunque ahora no sintió la incomodidad de hacía un rato.

—Oye, Mira… es… normal. Yo también he querido dejarlo. Así, en general. Dejarlo todo —la frotó del hombro, cariñosamente—. La verdad es que me sentí muy sola mucho tiempo. Aunque supongo que… bueno, que te lo diga yo a ti es un poco hipócrita, ¿no?

Mira sonrió. Volvió a recordar lo que su contacto le dijo por teléfono de Sarah. Sarah se había intentado quitar la vida. Se había intentado suicidar de verdad. Pero el tema que sacaba a relucir era sobre el instituto.

—Deja de pensar en aquello —murmuró sin mirarla. Apenas movía los labios al hablar—. En su momento fue un poco duro, pero ya pasó bastante tiempo. Además… cada uno lleva su cruz.

Aquello detuvo la mano de Sarah unos instantes. Quizá porque «su cruz» era también pesada. Ignoraba que Mira podía estar al tanto de aquellas burradas que se hizo a sí misma en el pasado. La pelirrosa se dio cuenta de que paró la mano y habló más atolondrada.

—Pero no he venido aquí a hablar de cosas tristes, eh —rio nerviosa y se acercó la taza—, ¿podríamos… hablar de otra cosa?

—De hecho… ya que tengo a la gran e inigualable má-…

—Y no hagas eso —la cortó—, no hagas eso. Trátame con normalidad.

—No me has dejado acabar. ¿Qué creías, que iba a hablar de ti…?

—Ah, bueno, yo…

—Ajáaaa… así que creías que iba a hablar de ti, eh… ¡bua…! —fingió afligirse y se llevó la mano al pecho—, la fama te ha cambiado…

Mira se echó a reír, algo avergonzada. Sarah siguió picándola.

—¿No has visto las máquinas recreativas que hay ahí? Eso iba a decir, doña creída…

—Joder. Olvídalo…

—Te has vuelto a poner como un tomate… ¡mira mira mira! —carcajeó señalándola—, hay cosas que no cambian.

No hacía falta verse a un espejo para saberlo, porque ella misma sentía cómo le picaban los mofletes.

—Que te den —murmuró divertida, echándose más sobre el respaldo.

—Oye… ¿y no crees que te vendría bien despejarte un poco con el masaje? Así, para depurar un poco… y no pensar en nada.

Mira dio otro sorbo. Prefiero que nadie me toque ya la espalda.

—No me apetece. La verdad es que… creo que hoy no tengo nada más que hacer —puso morritos, cogiendo su móvil y deslizando algunas veces con el pulgar—, se siente raro.

—¿Te siguen gustando los coches de choques? En la feria… aniquilabas a todo el mundo. —Mira casi suspiró la risa, sin separar sus labios. Sarah reculó—. Ah, mierda, supongo que con esa cara tan reconocida ya no es tan fácil ir por ahí… y pilla lejos. Bueno. ¿Y si… damos una vuelta? O… al cine. He visto que no muy lejos de aquí tenéis como un parque…

Sarah veía algo desilusionada que Mira no la estaba observando. Seguía con la mirada gacha, y sus ideas no parecían atraerla.

Por su parte, Mira sentía con aquellas ideas que algo estaba fuera de lugar. No le cuadraba que aquella chica le invitara a salir. Como una ráfaga, la idea que peor sonaba le azotó la mente: ¿es porque ahora soy famosa? ¿o qué?, pero desechó la idea lo más rápido que pudo.

—…o tampoco tienes que hacer algo como tal. Si quieres te puedo acompañar al hotel. Así me aseguro de que nadie te molesta por el camino.

—Se suponía que mañana tenía entrenamiento.

—¿Sí? ¿Te refieres al entrenamiento vocal?

—No… de esos estamos en un break. Me refiero a entrenamiento normal. En un gimnasio a las afueras.

—Oh —Sarah se echó una mirada a sí misma—, andaba buscando uno… así me olvido ya de esta tonta fantasía de bailar.

—Cuidado, que esa es mi vida. No es una tonta fantasía —soltó una risa—, ¿tienes algún sueño?

—¿Con el baile? No. No realmente… bailo para que el tiempo pase más rápido. Aunque ya lo hago muy poco, desde… —No, no lo lleves por ahí. Hablas demasiado rápido, antes incluso de pensar. ¡Y tienes que pensar!—, desde… ehm… bueno, dejémoslo en que bailo poco. No tengo tanto tiempo ni motivación como cuando iba al instituto.

—De todos modos no es una bobada. Hazlo si te gusta.

—Pero… hablabas de entrenar normal y corriente. Y de eso también me hace falta —se apretó un brazo delgado y flojo con la mano—, la vida sedentaria te hace blanda…

—Al que yo voy es un poco distinto. Sólo enseñan artes marciales. Pero tiene pegada una sala pequeña con máquinas. Si quieres… podrías probar. Hay un monitor siempre por ahí.

—¿Cuánto cuesta al mes?

Mira terminó el té y se apoyó en su mano sana, mirándola con neutralidad.

—La verdad es que… ya no me acuerdo. Tengo esos pagos… con pago automático en el banco. Pero puedo preguntar.

—Sí, cl-claro…

Coño. No voy a poder permitírmelo, lo sé.

—Si vas apurada, te puedo ayudar —añadió.

¿Q-qué…? Sarah volvió la mirada a ella, ahora siendo la tímida. Negó rápido.

—Qué va, de verdad. Depende de cuánto… creo que me las puedo arreglar.

—¿Segura?

—¡Deja que lo vea primero! —se puso en pie rápido y se acercó las tazas. Mira levantó las cejas.

—Eeeeh… me quedaba el último sorbo.

—Pues… es que lo bebías muy lento —se acercó la taza de Mira y le pegó un sorbo, ante la atenta mirada de la otra. Le enseñó la taza vacía—, y ya estaba frío.

Mira hizo una mueca y se estiró en la silla antes de incorporarse.

Por un momento, cada una con su labor, hubo otro silencio. Mira se puso la gorra con la que entró y se subió la cremallera del chaleco. Cuando se ajustó la bolsa deportiva, Sarah intentó aproximarse con la máxima naturalidad que pudo.

—Pero… entonces mañana, ¿vas a alguna hora?

—Ah, no. Creo que paso. Te iba a dejar la dirección por si quieres preguntar.

—¿Pero tú no vas a ir? Es que, ir sola…

Mira estaba escribiendo en un pedazo de papel la dirección y el número, junto al nombre del recepcionista.

—Bueno, qué más da. No te hago falta para preguntar en cuánto te lo dejan. Pero ve y diles que vas de mi parte.

—Es que tendría que hablar con él de más cosas. Mi cuerpo… bueno. Es un poco… está ya en la basura. Va a ser difícil coger rutina.

Mira dobló el papel y se lo tendió, mirándola de arriba abajo.

—No sé qué quieres decir con eso. Yo te veo bien.

¿Me ves bien…?

—Estoy delgada… pero es como… una delgadez… —Estoy chupada y flácida al mismo tiempo. Tengo marcas antiguas, de rascarme y cortarme. Ni siquiera creo que pueda ir en top—, bueno… está bien. No importa.

Mira se quedó mirándola. Se relamió despacio los labios.

—Oye, lo que quieras decírmelo… dímelo sin tapujos. ¿Te da corte que te vean allí? Están acostumbrados a todo tipo de cuerpos.

—Sólo… quería no ir sola allí. Eso es todo.

—…

—Me las arreglaré —dijo finalmente con una sonrisa. Se guardó el papel en el bolsillo del pantalón y puso bien la silla en la mesa. Mira dio algunos pasos en su dirección.

—He tenido algunos problemas en casa… con las chicas. Y no sé si me encontraré con alguna allí en el gimnasio.

Sarah se alegró un poquito más al ver que se abría con ella.

Bueno, imagino… imagino que Zoey no irá a entrenar con la cara así. Rumi la acompañará al médico. Es lo suyo. Pensó la pelirrosa.

Se vio muy tentada de llamar a Zoey al móvil al caer en aquello. Pero se contuvo.

—No te preocupes, Mira. No quiero insistir, sé que eres una mujer ocupada —le sonrió de vuelta.

—Espera —desbloqueó su móvil. Sarah no podía verle la pantalla, pero estaba escribiéndole a alguien—. Iré contigo. Pero en algún momento te acostumbrarás a ir sola… no es común que tenga días libres.

—¿Me acompañas? ¿En serio…? —le brillaron los ojos. Sonrió, pero ahora sintiéndose feliz de verdad—, genial… —el timbre de recepción comenzó a sonar, alertando a ambas. Sarah trotó hacia la otra estancia—. ¡Tengo que atender, estoy trabajando…! ¡Nos vemos mañana!

Mira la siguió con los ojos un rato largo. Era extraño. Pero no podía decir que se sintiera mal al hacerle aquel favor. Aunque era extraño reencontrarse con su compañera. Y era extraño reparar en su crecimiento. Se daba un aire a Zoey, pero con un deje más turbio y menos aniñado. El pelo era negro, pero decolorado y con un verde oscuro que le llegaba hasta los hombros, ondulado. No le quedaba mal. Siempre le había gustado su marca de vitíligo en la nariz, y ahora que volvía a verla tras una década… se había agrandado. Sacudió la cabeza y se obligó a centrarse en lo importante. Rumi no le contestaba los mensajes, a pesar del sinfín de llamadas que le había dejado. Acababa de preguntarle si tenía pensado ir al gimnasio a la mañana siguiente. Decidió llamarla, pero la pelimorada se la desvió. Recibió contestación por texto.

«Estoy aún acompañando a Zoey, nos están explicando los resultados de la radiografía»

Mira tecleó a la velocidad del rayo.

«Cómo está?»

«Pues le has partido la nariz, Mira… hay que hablar de esto, no puedes huir así como si nada»

Se le cayó el ánimo enseguida al leerla. Tanto, que era como si el poco rato que logró distraerse hubiera sido en balde. Se dejó caer en la silla de nuevo, apretando los labios. Escribió despacio.

«No tengo el valor»

«Ya, pues… qué quieres que te diga? Has hecho mal»

«No quería hacerle daño. Ella… me odia ahora, verdad?»

«No. Quiere verte. Así que ya puedes estar moviendo el culo aquí»

«No iré en unos días. Necesito pensar»

«Y yo necesito hablar todo esto. Se nos está yendo de madre!»

«Rumi, quiero dejar la banda»

En ese mismo instante…

Consulta médica

Rumi no podía creer lo que leía. Esa era la única fractura que no podía soportar. Que el grupo se fuera a la mierda. No fue capaz de responderle de forma inmediata. Parpadeó tratando de relajarse primero, bloqueó el móvil y dirigió la mirada a Zoey. Estaba siendo atendida en una camilla con un foco enorme, desde donde la doctora terminaba de limpiarla. Había sangrado dos veces más. Cuando terminó, se dirigió con ella al escritorio. Zoey tomó asiento al lado de su compañera.

—La nariz no se toca, ¿de acuerdo? —comentó la licenciada, tecleando los medicamentos a ordenador. Ya se conocía con las chicas—, sólo necesitas reposo, mínimo unas dos semanas. Te recetaré una pomada para los hematomas, porque se van a poner feos. Ten cuidado al toser y con los estornudos, si vuelve a sangrar sin pausa, hay que volver a llamar al médico.

Zoey no había emitido casi una palabra. Estaba tremendamente adolorida, pero el calvario iba más por dentro que por fuera. Asintió sin más recogiendo todos los papeles y se puso su abrigo.

Exterior

Afuera las esperaba el chófer. Las chicas se subieron juntas a la parte de atrás y entonces Zoey sacó su móvil. No tenía ningún mensaje ni llamada. Rumi la miró de reojo y la rodeó con un brazo.

—Volverá a casa y hablaremos de esto. Dale unos días, ¿de acuerdo?

—¿Crees que irá mañana al gimnasio, como siempre? Ni siquiera sé si se llevó ropa…

—No importa si va o no. Tú no puedes salir así de la casa, ni ponerte mascarillas… ¿no has escuchado a la doctora?

Zoey suspiró y puso los ojos en blanco. En respuesta sólo se quedó con la cara en dirección a la ventanilla. Rumi también dio un suspiro.

No voy a dejar que se acabe así. Mira no está en sus cabales, pero no puede mandarlo todo a la mierda.

Centro de danza

Cuando despachó por fin a los tres grupos de artistas, Sarah dio un largo resoplido. Se había cansado. Y la ausencia que en principio iba a ser de quince minutos, se convirtió en media hora. Así que daba por sentado que Mira ya no estaría en el comedor. Que se habría ido al hotel. Cuando cerró la caja y dejó anotados los horarios del día siguiente, cerró con llave la recepción y salió al pasillo. Tenía que dejar cerradas todas las puertas de todas las estancias y salas. Así que fue una por una hasta la última. Por norma, debía dar unos golpes en las puertas cuando le tocaba explorar los aseos… la dueña ya había tenido algún desafortunado incidente por no hacerlo. Al tocar en uno de ellos, casi le da un infarto. Una voz femenina y grave le respondió.

—¡Ya salgo!

—Mierda, Mira, qué susto… no te esperaba. ¿Qué haces aún aquí?

—Me he manchado… joder.

—Oh…

—¿Podrías traerme algo?

—Ah… creo que tengo algo. Espérame.

Salió del baño rápida como una flecha para asistirla. Le hacía sentir bien serle de ayuda. Por suerte, siempre traía un tampón y una compresa en su mochila. Volvió al trote.

—¡Mira! ¡Aquí tienes! —le pasó por debajo de la puerta un tampón—, ¿o prefieres compresa? También tengo…

—Esto mismo está bien, gracias.

Mira cogió el tampón rápido. Sarah dio unos pasos atrás, mirando la puerta.

Decidió aguardarla en la puerta que daba al exterior.

Al sacar su teléfono, tenía varias llamadas perdidas de sus padres… y un par de Yuna, la madre de Mira. De momento no atendería a ninguno. Lo cierto era que tras haber encontrado un trabajo medianamente estable allí, muchos recuerdos negativos volvían a asolarla. No sabía gestionar bien su tiempo, le costaba estar despegada del móvil personal… donde, en circunstancias normales, podía cotillear las redes sociales y los movimientos de las Huntrix a placer. Dio una calada a su cigarro y apoyó la espalda en el cristal.

—Ya estoy. Perdona, Sarah.

Sarah se puso recta nada más escucharla, pensó que le daría tiempo a fumar sin ser vista. Mira salió al exterior y se quedó mirándole el pitillo.

—Me has vuelto a asustar… tranquila, no tenía prisa por cerrar —murmuró dejándose el cigarrillo entre los labios. Con las manos ocupadas se dio el trabajo de unir la puerta doble y bloquearla con llave. Mira alternó la mirada entre el suelo y su amiga.

—No sabía que fumabas —comentó con su voz grave, en un susurro. Aunque pronto notó el otro hedor que aquello desprendía. Era inconfundible—. ¿Estás fumando marihuana?

—Es… tiene una pizca solo.

—Una pizca —repitió, mirándola con un semblante severo. Se lo quitó de la mano, ante la mirada atónita de Sarah. Lo olisqueó y echó hacia atrás la cabeza—. Está cargado hasta arriba.

Sarah sintió una punzadita de dolor al verla tirarlo a la acera y pisarlo. Pero ni la mitad de la que notó cuando Mira la encaró.

—Me da igual lo que hagas con tu vida, es tu vida. Pero intenta no hacerlo aquí.

—N-no se lo digas a la jefa, por favor… no lo haré más. Sólo quería apurarlo —musitó llena de culpa.

—No le diré nada.

Sarah cerró los ojos, lamentándose. Parecía innato en ella cagarla, como si no pudiese evitarlo. Sintió de repente que alguien la tocaba del hombro y los abrió rápido. Tuvo que elevar la cabeza para mirarla, y enseguida se empezó a poner nerviosa.

—¿Estás bien? —preguntó la pelirrosa, seria.

—Sí… simplemente creo que llevaba mucho sin trabajar tantas horas seguidas. Andaba acostumbrada a los trabajos de medio tiempo.

—Y ahora has decidido hacerla más sencilla con un porrito para cerrar las jornadas.

—¡No, no…! Bue-bueno… —comprimió los labios entre sí y soltó una risita irónica—. ¿Y qué pasa? Ahora… ¿te crees mejor que yo? Tú tienes bien organizado todo tu día… y yo soy un desastre en un puesto de recepción. ¿Es eso?

—No dije tantas cosas.

Se quedaron un instante calladas, antes de que Sarah riera.

—Perdona, no quería decir nada de eso… no quiero que me malentiendas.

—Sí que querías decirlo —se cruzó de brazos, alzando una ceja—, no te retractes. Ten personalidad.

—Pues a veces la cago hablando de más. Tú… pareces perfecta.

—Disto mucho de ser perfecta.

Otro silencio. Mira estaba totalmente parca. Parecía mosqueada. Sarah tragó saliva y apretó las manos en el asa de su bolso.

—Vale, creo que la estoy cagando más. No… no quiero volver a cagarla contigo.

A Mira se le suavizaron un poco las facciones de la cara. Descruzó los brazos.

—Ya te dije que olvidaras aquello.

—Ya. Pues no puedo. Me gustaría ser tu amiga, pero eso es algo que siempre noto presente. ¿Sabes? Que está ahí… dando vueltas. Y ahora… cuando te tengo al lado, pensé que sólo pensaría en cómo estás ahora, pero aquello también me persigue.

—Te sientes mal, eh… porque fuiste una pequeña hija de puta —murmuró lentamente, aunque con una sonrisa. Sarah se contagió, pero su mirada, y su voz tan grave… la ponían nerviosa.

—¿…Crees que podremos volver a ser amigas?

Mira se encogió un poco de hombros. Otra vez aquella pregunta.

—No veo por qué no.

—Bien, entonces… —trató de relajarse—, ¿crees que… podemos ir a dar una vuelta?

—Una… vuelta.

—Sí. Eso hacen las amigas, ¿no? Tomar algo, dar una vuelta… —Sarah dio un paso adelante, mirándola más fijamente—, lo que tú me dejes hacer.

Mira la estudió algunos segundos. Pero entonces Sarah dio otro paso más, y entonces Mira lo dio hacia atrás. Entreabrió los labios. Necesitaba tomar aire antes de decirlo.

—Oye… tú… —elevó un poco las manos, sonriendo.

—¡Ay, no te asustes! ¿En qué andas pensando ahora… creída?

Mira se quedó con los labios entreabiertos, aquella pregunta la frenó. Quizá se precipitaba. Le había dado la sensación de que quería algo más. Y no estaba preparada.

—N-no, no. No pienso en nada.

—Ya ya ya… —ladeó la cabeza divertida—, y… recapitulando… ¿vamos al gimnasio? Te lo pido por favor. Me hace falta. Te prometo que luego iré por mi cuenta y no te molestaré más.

Supongo que… las chicas no irán. Puedo ir tranquila, ¿no…?, se quedó pensando en ello.

—Te acompaño.

¡Sí!, chilló la peliverde por dentro. Sonrió de oreja a oreja y se le lanzó encima, rodeándole el cuello con los brazos.

¡…!

Mira se puso nerviosa. Le siguió el abrazo, aunque se sentía rara.

Tengo que dejar de estar tan gilipollas. No tiene a nadie aquí.

Cuando se separaron, se le olvidó recordarse esas palabras a su propia cara -que tenía una expresión seria ya de naturaleza-, por lo que Sarah se agitó.

—Perdona, me excedí. Es que… me estás ayudando mucho. Y te lo agradezco —sonrió.

—Está bien.

—¡Pero qué seria estás!

Mira se obligó a sonreír un poco. Se acomodó la gorra.

—Me vuelvo al hotel.

—¿Puedo llevarte? Tengo el coche justo aquí.

—No, descuida. Voy caminando.

—Vale… —Mira la despidió con la mano y se puso la mascarilla. Igual de tapada que cuando entró. Sarah se dirigió al coche.

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