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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 22. La zarpa debajo de la puerta

Oficina de Dae-ho

Dae-ho estaba al teléfono. Higgins estaba a su lado, fumándose tranquilamente un pitillo. Su socio estaba hablando con Ronald.

—Así… como lo oyes. Ha sido una reunión de urgencia, Rumi no cree que esto aguante hasta la final. Están pasando todas estas cosas… en fin. Se ve que el barco se hunde.

—Gracias por hacérmelo saber. Es un placer siempre confiar en ti —decía Ronald desde la otra línea—, ¿y has visto a Zoey?

—Sí. Se iba a quedar en principio una noche con su padre, pero lleva ya tres y cada vez le contesta menos al teléfono.

—¿Y Mira?

—Parece que se hospeda en un hotel cercano al centro de danza. En algún momento tendrá que volver a casa… Rumi me comenta que le falta ropa.

—Jm. ¿Cuándo crees que podrías concertarme una cita con Zoey?

—El único que me atendió el teléfono fue su padre, se llama George.

—Es un viejales, ¿eh? Vi las fotos que mandó tu detective. Tiene más años que la cera.

—Sí… tuvieron a Zoey siendo ya mayores. Su lucerito. Su última tirada de dados.

Ambos explotaron a carcajadas, con malicia.

—Consígueme quedar con ella convenciendo al padre, yo lo veo fácil y más si está viejo. O a la madre. Me dijiste que miraba mucho por el dinero, la tal Leah.

—Sí… siempre le anda pidiendo dinero a la hija. Lo intentaré —comentó llevándose el móvil al oído—, le estoy llamando. ¡Ah! Y hay otra cosa que… a lo mejor te interesa saber.

—La información es poder.

Al colgar, Higgins le pedía explicaciones con la expresión de la cara. El coreano trató de serenar la sádica sonrisa que había llevado durante la llamada con Ronald.

—¿Qué es eso que a lo mejor le interesa saber…? Espero al menos saberlo yo.

—De hecho no —Dae-ho soltó en un suspiro el teléfono a un lado del escritorio—. Las chicas pelearon la otra noche. No sé qué dio pie a tanto alboroto… pero Mira le dobló a Zoey la nariz de un puñetazo. Rumi me lo ha confesado. Duda que el grupo llegue al mínimo de los tres años que mi hermana quería.

—¿Cómo…? —Higgins se puso recto en la silla. Aquello lo desconocía, pero estaba claro que su socio Dae-ho siempre había tenido facilidad para llevarse bien con los artistas a los que servía. Aquello a veces le sacaba de quicio porque él no tenía esa facilidad para llevarse bien con sus estrellas a ese nivel.

—Mira y Zoey… pues bueno, como ya sospechábamos, tenían una relación afectiva. Y por algún motivo ha explotado por los aires.

—No, amigo. Pero me estás diciendo que Mira le dio un puñetazo.

—¿Tanto te extraña? ¡HAHAHA…! Tiene el carácter de un perro chihuahua.

—Pensé que era todo fachada. Llevo dos años trabajando con esas chicas.

—Las has visto menos que yo —plantó Dae-ho— porque al final también tienes otros artistas a los que representar. No eres exclusivo con Huntrix. Entonces… ese papel lo he tenido yo, ¿verdad? Tengo… cada recuerdo… de lo que han vivido conmigo… cada día. Cada hora.

—Ya, ya, calla un poco —murmuró molesto, con un aspaviento con la mano—, ya que tanto sabes, ¿no te has enterado de los detalles?

—Lo que te he dicho es lo que Rumi me contó, no sé más. Cree que el grupo está roto y es un camino de no retorno. Así que… bue, si ni siquiera están dispuestas a trabajar para la final… ¿qué te queda a ti? Vas a perder muchos millones.

Dae-ho está raro de cojones desde hace tiempo. Es como si disfrutara de todo esto. Higgins le recorrió de arriba abajo con la mirada, pero no verbalizó sus pensamientos. Se hizo un silencio breve. Dae-ho se reía de repente mientras escribía algo en su móvil.

—¿De qué te ríes?

—Nah, nada, simplemente le estaba contando esto mismo a Ronald. Quiere saber todo lo que pasa con Zoey y Mira, se ve.

Casa de George

—Tú no lo entiendes, papá… ese hombre es un cabrón. Lo que me están pidiendo no tiene ni pies ni cabeza.

—Pero por lo que me estás diciendo, es importante en la industria.

—¿¡Y ya qué más da!? —perdió los papeles, poniéndose en pie de un brinco—. ¡Te estoy diciendo que ya no quiero seguir en la banda! Así que por mí… los mandaré al diablo y que se pudra todo.

—¿Oyes bien lo que estás diciendo? —la agarró de los hombros—, usa el sentido común… y ten respeto a tu propia carrera. ¿Cómo vas a tirarlo ahora todo por la borda?

—Yo no he sido la única que ha tirado la toalla, ¿sabes? Mira empezó…

—Ah, sí. La que te hizo esto en la cara, ¿no…?

—M… eh… papá…

—Dae-ho me lo ha contado todo. Me ha dicho que discutisteis y te dio un puñetazo. Te prevení de que esa relación no tenía futuro, Zoey.

—Él no tiene ni idea de lo que pasó… eso… eso fue…

—Sólo dime una cosa. ¿Es mentira? ¿No te pegó ella?

Zoey agachó la cabeza con un sentimiento de derrota. Suspiró, encajando la mandíbula despacio.

—No es mentira.

—No me lo repitas más veces —negó hastiado—, no se le volverán a abrir las puertas de esta casa.

—Es más profundo de lo que crees.

—No puedes perdonar un primer golpe —frotó su hombro. Disgustado, vio que a Zoey se le volvía a aguar la mirada.

—Ya sé —murmuró—, y sé que parece que la estoy excusando. Pe-pero si lo que te preocupa es que vuelva a tener algo sentimental con ella… tranquilo. Eso no ocurrirá.

Eso tranquilizó al hombre.

—Bien. Me alegra que hayas entrado en razón.

Se abrazaron. Zoey se calmó un poco. Hasta que volvió a sacar el otro tema.

—Por eso… y ahora que conoces su auténtica cara cuando las cosas se escapan a su control… creo que deberías mirar por ti y por nadie más. Me acaban de decir que ese hombre tiene una propuesta para ti, hija.

—Ay por favor —se separó resoplando—, ¿qué propuesta iba a tener para mí, papá? Después de lo que hice.

—Eso deberías hablarlo con él. Privadamente y sin la prensa cerca para evitar cuchicheos.

No parecen sus palabras. Parecen más bien las de Higgins… como si las estuviera repitiendo. Zoey volvió a sentarse poco a poco en el sofá. Se frotó el rostro con las manos.

—Mira me dijo que…

—¿Otra vez Mira? ¿Qué pasa con ella, qué tiene que ver con él?

—Lo tiene todo que ver. Ella me previno de cómo es realmente.

—¿Y no has pensado… que a lo mejor lo que quiere prevenir es que tú asciendas sin ella?

—No —contestó sin pensar, casi de forma automática—, no, no.

—A pesar de ello, vas a quedar con él y a pedirle disculpas por lo que hiciste.

—¿¡Qué…!?

—No quiero que rezongues. ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¿No te das cuenta de la mala imagen que diste?

—Papá, no me obligues a quedar con ese tipo.

—Me quedo alucinado contigo. Me hace echar la vista atrás y dudar de la educación que te dimos. —Zoey frunció las cejas, con ganas de protestar. Pero él siguió—. Ni siquiera tienes la forma de saber cuánta verdad hay en lo que tu compañera te ha contado, y le tiraste una fuente de chocolate encima. ¿Y lo que te pide es unas disculpas? Poco te está pidiendo… según lo que me dice tu jefe, se han evaporado las futuras colaboraciones por…

—Sé lo que ha implicado. Y que no seremos apoyadas comercialmente por ESTOID nunca más… ni por las cadenas donde tiene influencia. Pero…

—Por eso mismo, y por respeto a todo lo que has conseguido hasta ahora, vas a quedar con él y pedirle disculpas. Si te sientes insegura o algo, me pondré cerca. En un lugar público.

Zoey odiaba sentirse cuestionada por cualquiera de sus padres. Era algo que le hacía una mella inmediata y hacerla girarse y valorar sus decisiones. Gracias a las decisiones de sus padres era que estaba donde estaba, con una cuenta bancaria suficiente para vivir como una reina tres vidas.

—Es que… la verdad… ta-tampoco sé qué decirle. Ya a estas alturas está todo perdido…

—Eso me lo dijiste antes ya. Y no lo está. A lo mejor te ofrecen algo mejor, hija. Uno nunca tiene que perder su abanico de posibilidades ni sus contactos.

—Ya. Supongo —miró con recelo su móvil—, yo… no quiero quedar aún.

—Vas a quedar con ellos, Zoey. Te cubriste muy bien con el maquillaje antes, ¿no? ¿Crees que puedes volver a hacerlo?

Zoey resopló. Terminó asintiendo con la cabeza.

—Pero tú decidirás ciertas condiciones si de verdad te sientes así de incómoda.

—No creo que esté decidiendo nada… desde hace tiempo —farfulló.

—Zoey, ¿no hay alguna cafetería que te guste? ¿Algún lugar en el que te sientas tranquila para poder hablar? No te preocupes porque yo iré también.

—Sinceramente… prefiero que ni me acompañes. Voy a grabar a ese hombre, por si dijera algo fuera de lugar. Pero no quiero que te conozca la cara porque no termino de fiarme.

—¿Y qué ha pasado con Dae-ho? Siempre has confiado en él y en su criterio. Y es el primer interesado en tu bien.

—¡Él está muy raro!

—Bueno… Zoey. Voy a llamarle yo mismo. Y necesito un local que sea de tu agrado.

—Está bien. Conozco una cafetería. Pero voy a avisar a Rumi. Quiero que sepa que quedaré con él y su opinión.

—No, no hace falta que la lla-…

—Es la única amiga que me queda en esa casa. Y esto es importante. Tengo que decírselo. No pienso hacer nada a sus espaldas.

George puso los ojos en blanco. No entendía por qué su hija seguía rindiendo cuentas a nadie más que no fuera su progenitor.

La conversación que surgió de aquella charla entre las dos por móvil no le agradó. Detectó enseguida que estaba gritándole, evadiéndola de quedar con el otro mánager. Zoey se entrecortaba y ya no le salía el discutir. Después de unos cuantos cruces en un tono más disgustado, Zoey le comentó el nombre de la cafetería donde pensaban ir. Entonces George negó rápido con la cabeza y luchó por quitarle el móvil. Zoey se quedó pasmada viendo cómo su padre colgaba la llamada.

—Papá, ¿pero qué haces?

—Estás arruinándolo, ¿para qué le dices el sitio? ¿No ves que ella también quiere su tajada?

—¿Qué tajada? Me ha pedido saber el sitio donde vamos porque tampoco se fía de él.

—¿Dónde estaba toda esa preocupación y madurez cuando le tiraste la fuente encima? Porque si mal no estoy… ella también participó después.

—Oye… estoy muy cansada… me voy a la cama —musitó, pasando de largo. George también suspiró y la siguió con la mirada. Le apenaba verla mal. Tampoco le hacía especial ilusión darle a entender que su gente podía traicionarla. Estaba agotada. Pero verle el rostro así de señalado por un golpe terminó de ponerle iracundo del todo. Esa chica, Mira, era problemática. Lo único que pensaba, como todo buen padre, era en que un rayo la partiera y le sucediera lo mismo. Porque no era capaz de imaginarse que una amiga que quería a otra podía llegar a ese extremo.

Cafetería

A Ronald le excitó saber que, después de tanto remoloneo y negativas, Zoey aceptó quedar finalmente con él. En un lugar público, pero sin mucho paso de gente. No puso objeción. Entró al lugar y se quitó las gafas de sol cuando tomó asiento. Zoey había escogido la mesa más apartada posible, en el rincón del local, y daba la espalda a los pocos clientes que estaban en ese momento. Al abordarla por un lateral, evitó tocarla. Ya sabía la idea que ella tenía en la cabeza de él, y ahora debía ser estratégico para cambiarla.

—Hola, Zoey. ¿Has pedido ya?

Zoey tuvo un respingo. Cuando se la encontró sentada, descubrió que tenía auriculares puestos, los cuales se quitó abruptamente. Entreabrió los labios para hablar, aunque se quedó callada varios segundos… le siguió con la mirada al sentarse.

—Buenas. Siento lo que pasó.

Me quiere despachar rápido. Tiene cara de haber sido regañada por su padre, jajajajajaja…

Zoey jugó con su móvil en las manos, rascando la carcasa con la uña. Tenía cierto nerviosismo encima. Ese ojo negro que Ronald portaba no ayudaba. Y en cuanto al austríaco, hubo otro detalle que aumentó más su excitación. Su aureola morada estaba detrás de varias capas de maquillaje. Se veía, no había podido ocultarla bien. Y veía su preciosa naricita algo más hinchada.

Qué pena no haber sido yo. O mejor… qué pena haberme perdido verlo.

—¿Te encuentras bien?

—He venido porque habéis llamado a mi padre… por cosas que son mentira. No me interesa la oferta que dicen que tienes para mí. Sólo quiero que digas que te pedí disculpas y que cada uno vaya por su lado.

—¿Has pedido ya?

Zoey frunció un poco el ceño. La había ignorado olímpicamente. Al primer paso de un camarero, el rubio solicitó dos cafés. Zoey no comentó ni pío acerca de lo que quería, dejó que pidiera y que el camarero se marchara. El tiempo empezó a correr y nadie hablaba. Zoey suspiró, empezando a sentirse otra vez desubicada allí. El camarero vino y sirvió los cafés delante de ambos.

—Mira, Zoey —retomó él, mientras giraba el café con la cucharilla. Hablaba despacio—, por algún motivo que todavía no comprendo, me tienes enfilado. Me gustaría saber si alguien te ha contado información incierta de mí.

—Sabes que no es incierta —susurró ella, sin tocar su café. Ni siquiera le miraba. Ronald asintió y retiró la cuchara a un lado.

—Bueno, vayamos a lo importante. Y por si tan raro te resultaba… no soy yo el dirigente de esta idea. En ESTOID hay hueco para ti. Se rumorea que la relación entre vosotras tres no es la mejor, y cuando algo así se rumorea… siempre hay una base. ¿Es cierto que hay problemas?

—Los superaremos —dijo, sin siquiera pararse a pensarlo. No quería que la viera dudar o que pensara que tenía oportunidad de manipularla.

—Sin duda, pero lo que yo vengo a proponerte es de parte del director de ESTOID. Te ofrece… cantar como solista a partir del año que viene. Y lanzar tu primer single.

—¿Así por las buenas…? —dijo con el ceño fruncido.

—No, por las buenas no. Él… está contrariado, porque pensaba que eras una muchacha tranquila. Pero al saberse lo de la fuente de chocolate, está dudando. Por eso insistió tanto en que… en fin, que quedáramos. Toda esta información iba a dártela en privado el día que estábamos con la grabación. Pero se torció todo tanto… en fin. No pudo ser.

—¿Me estás diciendo que el director de ESTOID está dispuesto a ofrecerme eso si yo te pido perdón?

—Así es. Y no es que lo anduviera buscando. Es él quien quiere ver que vas con buena actitud, porque si no… una vez dentro, te puedes despendolar. Y nadie quiere representar a un artista violento, ¿entiendes? Esto… sólo sería un acto de buena fe para que él te mande la solicitud.

No muy lejos de la cafetería, Rumi sacó una fotografía. No había logrado contactar con Mira, ésta no le cogía ya ninguna llamada… pero se la mandó igualmente.

Hotel

—¿Crees que este me queda peor, en serio?

—A ti te queda muy bien la ropa negra… o gris. Eres muy blanca —comentaba Mira, estudiando a Sarah de arriba abajo—. ¿No se suponía que sólo íbamos a tomar algo? Estás tardando demasiado.

—Es que no me gusta cómo me queda ninguna de mis sudaderas… eh. ¿¡Y esa!? —señaló una sudadera blanca que Mira tenía echada sobre la silla—, ¿qué me dices de esa? ¡Me gusta!

—… —Mira la siguió con la mirada. No es que le hiciera especial ilusión que otra persona cogiera su ropa. Sarah, sintiéndose libre por algún motivo para tomar esa decisión, agarró la sudadera blanca y se la puso. No le quedaba mal. Era una talla superior a la que ella usaba y eso le sentaba bien. Pero no terminaba de convencerle que se la pusiera sin preguntar. Iba a decírselo, justo cuando el móvil le vibró. Miró la pantalla y vio que Rumi le mandaba una foto. Inspiró hondo y lo desbloqueó para verla.

Se le engarrotó el corazón de un segundo a otro.

¿Pero qué coño hace… con él?

La incertidumbre la atravesó. De punta a punta. No pudo evitarlo. Y buscó el icono de llamadas.

Cafetería

—Entonces, si no te sientes lo suficientemente incómoda para hablar conmigo, podemos charlar sobre lo que trataría tu contrato nuevo.

—¿Y qué pasa con BRETT? Yo tengo un contrato firmado por cinco años más.

—Pero por suerte, las condiciones han cambiado. Una de las cláusulas permite la revocación en caso de que el grupo Huntrix se… bueno, se desmembrara. Aparte, tengo buen trato con Higgins…

El móvil de Zoey empezó a sonar. Ambos desviaron la atención a la pantalla. A Zoey se le abrieron solos los ojos. Era…

Mira…

Tomó el móvil entre las manos, dudando.

¿Por qué me llama ahora?

—Adelante, cógelo. No tengo problema —dijo Ronald, tomando un sorbo de su café. Zoey le miró un segundo y bajó la mirada a la pantalla de nuevo. No sabía si hacerlo.

Le colgó.

Pero antes siquiera de volver a depositarlo, la volvía a llamar. Zoey colgó por segunda vez. Y le llamó una tercera. Aquello la inquietó un poco. Probablemente Rumi se lo hubiera contado. O probablemente fuera una emergencia. Pero se obligó a pensar en sí misma y le desvió la llamada por tercera vez.

—Ya he visto quién es…

—Pues no mires tanto —le regañó Zoey, volcando el móvil bocabajo esta vez. Le quitó el sonido. Ronald se regocijó internamente al ver que seguía peleona y respondona con él. Le gustaba.

—Bien, bien…

Hotel

—Sarah, tengo que irme.

La peliverde la miró con los ojos bien abiertos, sorprendida al ver la velocidad con la que se ponía las zapatillas.

—Pero bueno, ¿qué ha pasado?

Mierda, esa cafetería está lejos, pensó Mira. Ya le puedo pisar al acelerador para encontrarles.

Marta insistió.

—Espera, ¿es grave? Deja que te acompañe, por favor —se terminó de poner su sudadera.

—Tengo mucha prisa. No te voy a esperar.

—… —Sarah la ignoró. Se calzó las zapatillas con la misma velocidad. Mientras se ataba una, levantó la mirada con resignación al ver que Mira agarraba las llaves de su coche y salía corriendo por el rellano del hotel. No le importaba ni siquiera dejar sus cosas allí expuestas a la vista de otros inquilinos—. ¡Mira! ¡No arranques sin mí!

Cogió su bolso y cerró la puerta de la habitación, secundando el sprint que Mira se hacía por las escaleras. Al parecer, consideró también que llamar al ascensor era perder tiempo.

¿¡Pero qué le han dicho!? ¡Va como loca!

Mira pegaba las últimas zancadas ya en el último rincón del parking donde tenía el BMW aparcado. Sarah se cabreó internamente al darse cuenta de que estaba incluso dispuesta a irse sin ella. Pegó un brusco acelerón cuando ya tenía el coche encabezado en el pasillo central, casi arrollándola. Sarah se puso recta como un palo, pero agarró con decisión el picaporte y se metió adentro, haciendo que la pelirrosa tuviera que volver a frenar.

¿¡No quiere llevarme!?

Mira no comentó nada. Nada más su amiga cerró ya dentro del coche, aceleró y salieron al exterior.

Cafetería

—Todas esas cláusulas necesitaría verlas con un abogado… no me quiero meter en líos por cambiar de industria de la noche a la mañana.

—Claro, no habrá problemas. Nuestros técnicos lo tienen ya todo bien estudiado, porque estos casos pasan de vez en cuando… lo que más priorizamos es el bienestar del artista, y que no tenga que pasar por discusiones incómodas con el actual mánager.

—Y supongo que Higgins sabrá ya todo esto.

—Sí que lo sabe… por la buena relación que nos une. Pero la que tiene al final la última palabra eres tú. ¿No te hace ilusión ser cabeza de cartel, como hasta ahora ha sido Rumi?

—No es mi gran sueño. Me gusta trabajar en grupo —murmuró, mermando un poco la paciencia del rubio—. Estando sola… creo que será más difícil trabajar también en mi salud mental.

Otra con la chorrada de la salud mental… los tiempos han cambiado y estas mujeres se piensan que eso es importante. Cuánto veneno metemos los occidentales.

—No te preocupes. Los últimos años tenemos a los mejores terapeutas. Por supuesto que nuestro psicólogo está acostumbrado a estos temas.

—… —Zoey le miró, un poco más abierta a tratar el tema. Ronald le sonrió con confianza. Pero sus siguientes palabras volvieron a generarle una molestia—. ¿Por qué le hiciste eso a Mira?

Ronald dejó de sonreír y se mostró más altivo.

—Yo no hice nada a esa señorita. Para mí las mujeres son sagradas, y más las compañeras de trabajo. Nuestra función es vuestro bienestar y ser una guía… ni siquiera sé cómo ha podido ser capaz de largar eso de mí.

—Pero también me dijiste…

—Hubo una excepción con Mira para algunas cosas. Pero por mi parte aquello nunca se salió de lo laboral. Yo… con respecto a lo que pasó…

—Qué pasó —Zoey abandonó la taza de café, casi sin probarlo.

—Pasó que ella se enfadó. Le dije que no podíamos pasar la raya. Pero ella insistió… porque dijo que yo era su excepción.

¿Su… excepción?

Zoey pareció desorientada por un segundo. Antes de permitirle crear teorías en su contra, Ronald continuó.

—Bueno, yo estaba tranquilo, porque sabía sus preferencias. Ella misma me las contó. Entiéndeme… para mí es un alivio, en gran medida porque las malas lenguas ya han contado alguna basura de mí y con ella por lo menos no iba a ocurrir. ¿Qué peligro podía haber si yo jamás iba a atraerle? Pero… se ve que eso cambió en algún momento. Y cuando le dije que no, se puso como un auténtico energúmeno.

—No te creo nada… —musitó, curvando una media sonrisa. Negaba con la cabeza.

—A mí a veces también me cuesta creerlo. Casi que prefiero no reparar en ello, porque… joder. Perdí un ojo intentando pararla. No sabes la que me soltó. No sé, parecía ser solo una discusión, pero de repente…

Ahí pareció tocar una tecla. Pequeña. Al menos, aunque no quisiese manifestarlo, sí que logró hacerla cambiar su postura en la silla. Parpadeaba y miraba a otra parte, pensativa.

—Ella te hizo eso. La veo perfectamente capaz.

Silencio. Ronald apretó.

—De todas formas, ¿crees que es fácil tomar una decisión estando en mis zapatos? Un tío grande, con cierta mala fama… todo el mundo ha querido destruirme desde que empecé a lograr cosas —soltó una risita—, ¿quién coño iba a creerme? ¿Quién iba a creerme si decía que una criaja de veintidós años, como tú, me acababa de dejar tuerto de un golpe? A propósito, estuve hablando con los médicos. ¿Sabes lo difícil que es dejar a alguien completamente ciego de un ojo por un puñetazo? ¿Sabes la propulsión que tiene que tener para destruirte el ojo? Por completo —se señaló el ojo con su largo índice—, esto que me hizo… me cambió la vida. Ella salió corriendo como alma que lleva el diablo y nunca más volví a verla hasta lo del anuncio. Pero tuvo la… jeta de ir a exponerme con mentiras en la directiva.

Zoey estaba cabizbaja. Sólo alzó la mirada para observar su ojo, negro. Un ojo falso que le daba un aspecto lovecraftniano. Sintió su garganta seca. Además, acababa de trastocar los recuerdos. Zoey, no acostumbrada a ningún tipo de maltrato físico, había vivido aquello con una intensidad rara. Casi fantasiosa, como una creación de su imaginación en el momento que ocurrió. Pero pocos segundos después, el dolor vino como un rayo a partirla en dos.

—No sabes lo que dolía aquello… dolía como el diablo. Perdí el conocimiento —dijo él.

—… —Zoey tragó saliva.

—Te lo ha hecho ella —repitió y agachó la cabeza—. Dae-ho me lo reveló. Porque Rumi se lo dijo. Siento haberme entrometido… pero no puedo evitar ver la coincidencia. En ti y en mí. Y cuando dos personas salen afectadas de la misma manera… ¿no la ves capaz de repetirlo ante una situación de estrés?

—…Y dices que la situación de estrés fue… que no quisiera hacer algo contigo.

—¿Eso dije? No no, tal vez me expresé mal —suspiró bajando los hombros—. Me refería a que… no quería tener nada que no fuera laboral. Y ella sí quería.

—La conozco de hace años…

—La conoces de hace dos años. Y yo la conocía desde que cumplió los dieciocho. No tienes ni idea… de lo difícil que es redirigir un carácter conflictivo hacia el de una estrella responsable. Lo que implica. Creí haberlo conseguido. Sus padres creo que ni siquiera se preocupaban por ella, así que… tuve que hacer un poco de padre.

Zoey no era consciente de la altísima cantidad de mentiras que estaba oyendo. Al estar mezcladas con las verdades que sí sabía, como la de sus padres, era complicado discernir hasta dónde decía la verdad. Pero recordaba la primera vez que se acostó con Mira. No quería hacer nada que ella no quisiera. Y luego recordó… su reacción animal.

—Cuando la gente sufre tanto luego se hacen más viscerales. Eso es cierto. Nos costó mucho reeducarla. Pero tenía un gran potencial… y cuando fue capaz de verlo como lo veíamos los demás, se dedicó a trabajar. ¿Pero qué crees que había antes? Era una berrinchuda de dieciocho, se quejaba por todo… y una chulita de cuidado. No era fácil decirle las cosas sin que te saltara encima.

—No… no quiero seguir hablando ya de este tema.

Zoey soltó un suspiro y se puso recta en la silla. Ya no le miraba. Se mantenía con la vista cansada en la mesa.

—Pero… ¿puedo saber por qué fue lo de…?

—No, no es asunto tuyo.

Yo… ya no creo que sea capaz de explicarlo. Sin sonar imbécil. Pensó la chica.

«Tú y yo no vamos a ser nada. Tu regalo no me importa, ni tus disculpas. Voy a dejar la banda porque no te soporto, y ni siquiera me gustas en la cama. Coge tu estúpido sobre y vete. Ahora.»

El guiño de ojo. La sonrisa chulesca. La mirada de altivez, justo antes de ignorarla por completo e irse con otra chica en su cara. Zoey lo sintió como un puñal, completamente inexperta ante situaciones de ese calibre.

—Perdona, lo entiendo. Pero… me sabe mal que tengas tan mala opinión de mí por una sarta de mentiras. —Zoey no contestó—. En fin. Me gustaría que, si estás de acuerdo, lo habláramos con Dae-ho y Higgins en el hotel en el que me hospedo.

Ahí mismo le tiró la primera ficha. Con cautela. Proponerle algo así con más compañía pareció darle un sentido profesional a la frase, dado que ellos dos eran hombres con los que Zoey había crecido en la industria. Se fiaba de ellos.

—¿Cuándo, ahora?

—Claro, ahora. Ellos irán también, porque luego vamos a ver un partido por la tele.

Siempre hacía lo mismo. Le daba mucho regocijo que la excusa del partido siempre funcionara. Sólo era cuestión de saber cómo y cuándo tirarle el anzuelo. Zoey tanteó ese anzuelo… pero lo miró con algo de recelo repentinamente.

—¿Están allí ya?

—No, no, pero van en una hora. ¿Quieres que llamemos a Dae-ho y le preguntemos? Allí es donde tengo mi oficina ya instalada…

—… —Zoey vaciló. Parecía convencerle a medias la propuesta.

Sigue dudando de mí. Supongo que es normal. Pero el simple hecho de que se lo esté planteando, es que esa otra zorrita le habrá hecho daño. Un perrito herido rehúye y se acerca a otro humano con la misma probabilidad, ¿no? Desconfía, pero… lo necesita. Necesita amparo. Eso significa que tampoco se fía al cien por cien de su amiguita.

Tengo que tirar más por este camino, seguía pensando él. Es más fácil así que darles a entender que deseo quedar con ellas a solas. Mira desconfió en su día y me costó arrastrarla a la habitación. Igualmente… esta vez será diferente en muchas maneras.

Porque Zoey… tú has recalado en mí de una manera mucho más violenta de lo que piensas. Y lo vas a pagar. Después de complacerme, claro.

—Si no lo deseas… te aviso de que Higgins está replanteándose la disolución del grupo por motivos de… bueno. Incompatibilidad entre vosotras. En esos casos las compañías no son benevolentes con la sanción.

—Ya lo sé —dijo más cortante—, está bien. Pero llama a Dae-ho, quiero saber a qué hora estará allí.

—Claro —sonrió y sacó el móvil—, hay un largo camino. ¿Quieres ir en taxi, o en el coche de tu padre? Como tú prefieras, de verdad.

Si va mi padre mejor. Así no creo que este imbécil intente nada.

De hecho, está muy relajado.

¿Será verdad que no hizo aquello que me contó Mira? No, no puedo… desconfiar. Supongo que quizá… pasó algo intermedio de la versión de ambos.

Zoey recogió su abrigo y se levantó junto a él. Se dejó prácticamente todo el café. Ronald tecleaba algo a la velocidad del rayo en su teléfono, y enseguida también cogió su abrigo y se guardó el teléfono. No hacía otra cosa que ultimar detalles de lo que sería probablemente el plan más ruin de su vida. Una caza que, si no estaba bien ejecutada, sería su última parada. Pero lo planeó todo como para que la última parada… fuera la de Zoey. Porque esta vez dudaba de su propia benevolencia y misericordia. No quería dejarla con vida.

Y entonces volvería a por Mira. ¿Por qué no? La terminaría de destrozar hasta que sólo desease lanzarse por un puente.

Su plan se activó en el instante que cada uno se subió a su respectivo coche.

Y marcharon al hotel. Prácticamente una hora de trayecto. 

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