CAPÍTULO 23. Dentro
Zoey se sentía extraña y nerviosa en el trayecto. Iba su padre al volante, contento al contarle el devenir de la conversación con Ronald. Pero era la primera vez que estar siguiendo los consejos laborales de sus padres no la estaba convenciendo. Sentía que estaba haciendo mal. Completamente desorientada, como si una fuerza que no era la suya la empujara. Podía sentir las miradas de Rumi y Mira, acusatorias en un futuro incierto, donde la juzgaban por darles esquinazo y abandonar la industria sin siquiera avisarlas. Respiró hondo y soltó el aire despacio. Y por fin, se aventuró a recuperar el móvil que había estado ignorando durante la conversación en la cafetería.
Tenía diecisiete llamadas perdidas de Mira, y cuatro de Rumi.
En sus chats tenía bloqueada a Mira, así que no había nada suyo. Pero se le había olvidado bloquearle también las llamadas. Tras su último encuentro prefería no interactuar con ella, a fin de cuentas la había mandado a la mierda.
«¿¡Qué estás haciendo con él!? Zoey, te estoy viendo joder!!! Estoy fuera…», eran algunos de los mensajes de Rumi.
«Me está ofreciendo trabajo en su industria… ¿acaso me seguiste? Sólo voy a consultar los pormenores», le devolvió.
Pero Rumi hacía diez minutos que no entraba a la aplicación.
Después observó el listado de llamadas perdidas de Mira. Eso la puso triste. Estaba segura de que Rumi la había avisado si de verdad la vio en la cafetería con Ronald. Pero no pudo resistirse. Le devolvió la llamada.
En otro punto de la localidad
Dentro del coche de Mira sonó fuerte la melodía de llamada, la tenía vinculada al manos libres del BMW. Sarah miró la pantalla del cuadro GPS, ya algo asustada por la velocidad a la que iban por carretera. Mira pulsó el botón táctil, a tientas.
—Zoey, ¿¡dónde estás!?
—…
—¿Me escuchas? ¿Estás bien? ¡Di algo!
—No grites. Estoy bien, voy con mi padre en coche.
—Oh… —Mira relajó de pronto los hombros, como si liberara kilos de tensión en un suspiro. Sarah la miraba atónita. La veía parpadear y cómo sus ojos acumulaban lágrimas… pero no se le notaba en la voz. Y no derramó ninguna—. Vale, está bien. Me dijo Rumi…
—Sí. Que estaba con Ronald en la cafetería. Me lo imagino, por sus mensajes. ¿Dónde está ella ahora?
—Lo último que me dijo fue que te seguía con el coche. ¿Cómo se te ocurre quedar con él?
—No creo que tenga que darte ya explicaciones de nada.
—…
—…
—…sí. Tienes razón.
—¿Ya te has quedado tranquila?
—Yo… —tenía a Sarah al lado. Eso la frenó. Sarah apartó la mirada, fingiendo que iba más atenta al paisaje de la ventanilla—. ¿Puedo saber qué te dijo?
—¿Te importa acaso?
—Sí. Sí que me importa.
—Después de todo lo que me dijiste… eres una falsa.
—G-… —le colgó. Mira tragó saliva, mirando de reojo la pantalla.
—¡¡Cuidado!!
Mira volvió rápido la vista a la carretera y esquivó un turismo, acababa de invadir sin querer el carril contrario. Escuchó el bocinazo alejarse tras ellas, del susto que se llevó el otro conductor. Sarah hiperventiló unos segundos y se tapó la cara, soltando un suspiro. Mira aminoró la velocidad y puso las luces de emergencia para salirse de la carretera.
—¿Estás bien?
—No —pegó un grito, quitándose las manos—, coño, Mira… me has asustado. Vas como loca.
—No era buena idea que vinieras.
—Claro, ¿y si no qué? ¿Me entero de ti a través de las noticias? Sea lo que sea que esté pasando… relájate o no conseguirás nada bueno. Ya te lo digo yo.
Mira asintió sin responder. Decidió tomarse un respiro.
Va con su padre… supongo… que volverá con él a casa.
En otro punto de la localidad
De tanto usar el teléfono mientras conducía, Rumi cogió una mala curva y éste le salió despedido de la mano. Ahora conducía teniendo el móvil cerca de los pedales y no veía la forma de salirse de la autopista de forma segura. Seguía con los ojos avizores el vehículo en el que se movía tanto Zoey… como Ronald. Iban en vehículos separados, sí. Pero el coche en el que iba su compañera iba tras el otro. Le seguía. Y a una distancia prudente fue que ella les secundó. Aunque había visto al padre de Zoey al volante, no le importaba. Algo le tintineaba tan fuerte sus alarmas, que sabía que tenía que ir detrás. Confirmar que su amiga no correría el peligro que corrió Mira en el pasado. Si ahora paraba para coger el móvil y los perdía de vista, no se lo perdonaría.
Una hora después
Un buen rato más tarde, Higgins llamó al padre de Zoey. Le dijo que le invitaba al bar del hotel para amenizar la espera de Dae-ho, mientras Zoey hablaba con el que probablemente sería su nuevo mánager y con los otros directivos en la oficina de Ronald. George accedió y dejó que su hija fuera allí.
El hecho de ver a Higgins relajó a Zoey. Parecía que todos allí ya estaban al tanto de lo que se estaba cociendo y de la propuesta laboral. Eso hizo que sus nervios con respecto a la veracidad de todo aquello se eliminaran. En contraparte aparecieron otros nuevos: volvía a sentir la culpa por abandonar Huntrix.
De todas maneras ya está todo roto. No quiero volver a actuar con Mira. Y Rumi… bueno. Triunfará de solista, como siempre ha querido en el fondo. Se nota que siempre es lo que quiso. Nosotras sólo estábamos de pegatina, ¿verdad? Pero me hubiera gustado que no se terminara así. Ya… no creo que continuemos siendo amigas. Creceremos… y sólo seremos recuerdos de la juventud.
Eso la entristecía. Y también lo estaba por haber hablado con Mira por teléfono. Aquel cruce corto la convenció del todo de que tenía que marcharse de su lado. Había sufrido dolor por estar presente en discusiones paternas. Pero ese dolor que sentía ahora era completamente nuevo, y dolía diferente. Con una intensidad que la hacía sentir patética, tonta.
Habitación de hotel de Ronald
Zoey volvió a sentir una ráfaga de inseguridad cuando vio que no había nadie más que él allí. Al principio pensó que, con lo grande que era, estarían charlando en la estancia que él tenía dedicada para asuntos de oficina. Pero al dar pasos adentro, no fue así. Estaban a solas.
—¿Dae-ho? —asomó la cabeza por la oficina. Vacía.
—Está de camino todavía —gritó él desde la puerta—. Habrá pillado atasco —aprovechó que no se tenían a la vista y cerró con una pasada de la tarjeta la puerta, y la escondió bajo un jarrón.
Zoey se dirigió rápido al salón y cogió su móvil, haciendo una llamada. Ronald miró con cierta ternura diabólica que era a Dae-ho a quien llamaba.
—Tranquila, Zoey, hemos pillado un atasco. No tardaremos más de veinte minutos. ¡No seas impaciente! —susurró de repente—. Voy con uno de los directores de ESTOID, así que compórtate…
—Va-vale… —él le colgó. Dejó el móvil despacio en la mesa y se quedó de pie. Se cruzó de brazos. Ronald se acercó a ella, señalando el minibar.
—¿Quieres probar algo de aquí? Adoro los minibares, porque ponen todo un surtido —se puso la mano cerca de la boca, como si le contara un secreto—, hagámoslo antes de que nos vean los jefes.
—No. No quiero. Quiero esperar fuera.
Ah, mierda. Esa no la esperaba. Ya no te puedo dejar salir de aquí.
Y es que la parte difícil del plan…
…ya la había conseguido.
Zoey no había metido la pata. Había metido el cuerpo entero en la trampa.