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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 24. Indomable


—Quiero esperar fuera. Déjame salir.

—Espera, ¿fuera por qué? ¿Ha pasado algo?

Zoey le miró con fijeza. Frunció un poco sus cejas. Y él detectó, divertido, que volvía a brotar en ella esa valentía insensata.

—Porque quiero ver a mi padre —dijo, pensando en las palabras de Dae-ho. Igual que Mira en el pasado, no quería quedar mal por si todo aquello fuera cierto. Tristemente, todos los detalles a su alrededor parecían gritarle que estaba en lo cierto. Que él tenía una intención sincera. No tenía por qué desconfiar.

—El único motivo por el que desconfías sigue siendo Mira y lo que te dijo —apuró él, sirviéndose una copa de Brandy—. Es triste, porque al final… en algún momento tendrás que librarte de su recuerdo. Parece que te retiene y no te deja avanzar, ¿no?

Porque algo me sigue diciendo que no era mentira, pese a todo… pero ahora, con todo lo que la gente esperaba de ella en aquel momento, no le salía mostrar tanto su desconfianza.

—Bueno —se sentó en el sofá rápido, aún de brazos cruzados—, pues esperemos. ¿Puedo poner la tele?

—Por supuesto. Ahí tienes el mando —él cogió el vaso y dio el primer sorbo, tomando asiento en el sofá que había frente a ella. Zoey prendió el plasma y buscó canales para distraerse.

Él se dedicó a mirarla. Con fijeza, ahora que ella no le observaba. Le gustaba el cuerpo que veía. Las mujeres pequeñas a las que forzó tenían la problemática de ser escurridizas. Por lo que había oído de su propio padre, Zoey tenía entrenamiento en artes marciales desde que dejó de gatear. Sabía defenderse y siendo niña había tenido sus pinitos participativos en eventos de ese sector. Se preguntó cómo de frescos seguía teniendo esos entrenamientos. Las veces que abusó de chicas pequeñas, no sabían pelear ni defenderse. Pero Zoey sí sabía. Y él era grande y largo, por lo que agarrarla de sus cortas extremidades podía ser un reto inesperado. Como fuera… aquello no hacía sino ponerlo más y más cachondo por segundos… hasta que se maldijo al sentir que su entrepierna empezó a activarse. Ya no podía aguantarse. Tenía que hacerlo.

—Y dime, Zoey, hablemos un poco para hacer tiempo —cambió de sofá. Se sentó a su lado de golpe, con un deje divertido y colocando el brazo en el respaldo. Cerca de ella. Zoey sintió su fuerte perfume masculino. Se olvidó de la tele y lo miró con fijeza.

—¿De qué?

—De ti. De tus novietes. ¿Has tenido muchos?

—No, ninguno.

Buf… esa respuesta también se trasladó a su entrepierna. Otra virgen de una buena polla. Me encantan la cara que ponen cuando se las restriego por la cara. ¡Ni saben qué cara poner, en verdad!

—Ajá, está bien. Cuando vengan tus jefes y los míos… que sepas que preguntarán si me pediste perdón. Es algo que quieren saber.

—Ya —se encogió de hombros, pasando de él y regresando la atención a la tele—, me da igual.

—Pues haciendo memoria… no recuerdo que me lo hayas pedido, ¿no? Ese «siento lo que pasó» no sonó tampoco muy convincente.

Zoey sintió un deje amargo. Sentía como si ahora la estuviera vacilando. Le miró con fijeza, manteniendo un tono relajado.

—Ya —sonrió escuetamente—, no sonó convincente porque no sé mentir.

Aquello lo enfadó y lo excitó a partes iguales. Por un momento, no supo cómo reaccionar. Pero prefirió alargar aquella tensión.

—No vas a pedirme disculpas, ¿verdad? Disculpas sinceras.

Zoey soltó una breve risilla, suave. Bajó el tono de voz y volvió a mirarle con fijeza.

Antes me corto la puta yugular.

¿Por qué se viene arriba de repente?, pensó incrédulo. Estaba vacilándole ella a él.

Zoey entendió, al ver su lenguaje corporal, que acababa de errar. De la misma y tonta manera que erró Mira. Que erraron todas las chicas con él. Se le arrimó al sentarse al sofá y su actitud cambiaba. Su tono de voz. De un instante a otro, cuando su perfume se coló en sus fosas nasales, supo lo que trataba de hacer.

—Dime… ¿por qué le dijiste al bueno de Dae-ho que estabas de acuerdo con pedirme disculpas?

—Presionaste junto a ellos. Y él involucró a mi padre —distanció su cuerpo, llevando una mano a una parte de su chaqueta. Ese detalle no pasó por alto para él.

¿Tiene más de esas cosas arrojadizas? Sólo sirven en la distancia media o larga…

Lo que más le inquietó, dentro de su sorpresa, era la fijeza con la que Zoey le estaba mirando. Tenía los ojos tan grandes que se sintió algo desnudo.

Lo que pasaba era que Zoey le empezó a mirar como su rival de batalla. Porque el ambiente cambió tan drásticamente, que sólo aguardaba cualquier detalle para atacar. Cualquier movimiento extraño que diera el pistoletazo de salida a la lucha. Estaba notando en ese momento la tensión. La liberación de adrenalina.

—¿Qué es lo que llevas ahí? ¿Has aceptado a venir aquí para hacerme daño?

Zoey no le contestó de inmediato. Seguía comiéndoselo con la mirada. Estaba demasiado cerca. Su mano se ocultó bajo el abrigo, a la altura de la lumbar. Ronald supo que estaba rebuscando algo. Para colmo, la chica mostró una pequeña sonrisa desafiante.

—Qué pasa… ¿tienes miedo?

Se dio cuenta, empezando a malhumorarse, que no se sentía del todo en su salsa. A pesar de tener a una víctima a su merced, y que se acababa de meter en la boca del lobo, era como si ella pudiera ver a través. Le desconcertaba su tranquilidad. Y parte de él se sentía a expensas de ella. Ronald se sorprendió a sí mismo teniendo aquellos pensamientos.

¿Me he convertido de repente en un maldito maricón? Da igual lo que esconda. Sin ropa, ya no tendrá nada que esconder. Sólo tengo que tener cuidado por si se pone brava ahora. Y en realidad…

…ni siquiera sé por qué estoy nervioso.

Ya lo he hecho decenas y decenas de veces.

Parpadeó, echándole un vistazo fugaz de arriba abajo. Deseaba verle los pechos, saber cómo era su coño. Y hacerle sangrar las encías cuando sus nudillos le rompieran la boca por todo lo que estaba diciendo.

Sí. Me las pagará. Como cualquier otra.

—Ya veo por qué clase de persona me tomas —sonrió y se palmeó las rodillas antes de incorporarse. Zoey entonces parpadeó y tuvo un pequeño respingo, completamente preparada para una reacción. Él lo notó. Trató de cambiar el chip. Ella no podía ganarle en una contienda física. Le gustaba verla como un gato con la cola puntiaguda, a la espera del ataque. No se fiaba de él lo más mínimo. Pero lo que Ronald pretendía era buscar un atisbo, mínimo, de duda. Abrió un cajón y elevó la pieza de sin-kal entre sus dedos, mostrándosela a distancia. Zoey abrió los ojos.

—Cuando rompiste la fuente de aquella forma tan rara, se te perdió esto.

—Sí, puede ser. Tíramela.

En lugar de eso, Ronald se aproximó a ella y se la tendió. Zoey la fue a agarrar pero él se la apartó en el último instante, haciéndola volver a tener una reacción.

—Entonces es tuya, ¿no? La verdad… me la he jugado un poco al decir que se te perdió. No sabíamos de quién era.

—Es mía.

—¿Vas con armas así de afiladas al set? —Ronald depositó la hoja en la mesita y Zoey la agarró. Era de su colección, la reconocía—. Llegados a este punto te reconoceré algo más. Te repito que… no sabíamos que fuese tuya. En fin. Es algo desagradable que haya acabado toda esta situación así. La tenía guardada aquí en el cuarto y también quería que vinieras para mostrártela.

Zoey sonrió lentamente, mirándolo de otra forma.

—Hasta mi primo de tres años habría inventado una excusa mejor.

Eso le pinchó un poco más en el ego. Además, le acababa de entregar un arma. Quiso retomar la conversación, pero Zoey tomó la iniciativa ahora.

—Vas a llamar a Dae-ho, a decirle que te pedí disculpas, que todo está bien y que aceptarás volver a trabajar con ellos en futuros proyectos… aunque este haya salido mal. Lo vas a hacer porque están desesperados por tener tu trato. En lo que respecta a Huntrix, las colaboraciones terminaron. No nos interesa trabajar contigo y no lo haremos. Pero… —chistó soltando una risilla— no voy a pedirte disculpas. Porque ahora veo con claridad que eres un cerdo, y me iré diciéndotelo a la cara. Cerdo.

Ggrgh…

Quería gruñir y lanzársele encima. Sintió un súbito repiqueteo de ira llegarle a sus fuertes falanges. Y el cuerpo lo traicionó. No logró quedarse quieto. Cuando oyó cómo le insultaba con aquella palabra, tomó impulso y trató de abofetearla. Zoey movió velozmente la cabeza en diagonal, dando una vuelta veloz en el piso nada más esquivar y se incorporó, con los ojos abiertos. Mirándole atenta.

Lo ha hecho. Se ha dejado ver.

Ahora que había cedido a la provocación, supo que su teatro ya no tenía sentido. Ronald se rio con el rostro cambiado.

—Me cuesta creer que una niña tan bien educada, con padres tan serios… haya llegado a donde está llamando a otro mánager estas cosas… sin absolutamente ninguna prueba.

—Es que yo no necesito pruebas. Necesito… que la gente como tú… simplemente muera. Además… ¿yo qué te dije? —empezó a llevar las manos atrás, buscando el resto de sin-kal. De un instante a otro las sacó—. Que te iba a matar, ¿no?

De pronto la puerta tronó con fuerza.

—¡¡¡Zoey!!! ¿¡Estás ahí dentro!?

Zoey palideció.

Esa voz…

—Hágase a un lado, echaremos la puerta abajo —dijo otro.

BAM, ¡¡BAM!!

Zoey se giró abruptamente, algo traspuesta y con los ojos bien abiertos. Dos agentes de seguridad uniformados entraron a la habitación. Pero entre ambos había otra figura.

—Debe de ser un error. Ella no haría daño a una mosca.

Era nada más y nada menos que su padre. Allí parado, con la mirada de sorpresa.

—¿Papá…?

—Señorita, póngase contra la pared, por favor.

—¿Que yo qué…?

—Contra la pared —dijo el otro menos amigablemente, y la agarró él mismo para voltearla y encaramarla a la pared—, y levante las manos.

Zoey se resistió. Un fétido olor sacudía la sala de repente, y la sospecha de que le estaban tendiendo una trampa se confirmó apenas al segundo. Al estar de espaldas no pudo ver bien la mano del otro agente, que la volvió a pegar al muro.

—¡¡Eh!! ¡No tienen derecho a hacer esto!

—Alguien ha dado la alarma, dicen que la vieron con armas. Estese quieta, por favor.

—Ella no tiene arma alguna —dijo George, con el ceño fruncido.

Mierda… él quería hacer que yo tuviera el sin-kal… y encima yo he venido con más encima.

Pero lo inmediatamente preocupante en aquel instante no era eso, sino la obviedad de su tonto delito. El policía no tardó ni tres segundos en sentir los objetos punzantes ocultos tanto en su bolsillo, como en un doble fondo del abrigo. Entonces desenfundó el arma y el otro hombre la comenzó a esposar. Zoey se puso nerviosa.

—Eh… ¡es un error! Traigo eso por seguridad, pero no lo he sacado en ningún momento —mintió.

—La seguridad de los demás es la que se ve comprometida. Estese quieta. ¡Eh! ¡Compañero, cuidado!

—¡Él es el peligro! —dijo la chica revolviéndose. Estuvo a punto de aplicar una llave a aquel sujeto, porque detectaba que ni siquiera la estaba bloqueando bien. Pero su padre estaba en un segundo plano, viendo el percal. Ronald se acercó con precaución.

—Zoey, ¿tenías armas aquí? ¿Qué pretendías?

Hijo de… te odio…

Zoey no contestó ya más nada verbalmente. Parte de ella empezó a tener demasiado agobio encima, porque su padre estaba… alucinando. Y se lo notaba. No atinaba a dar ninguna explicación lógica. Uno de los hombres apretó demasiado las esposas.

—¡Au…! Eso está demasiado ajustado.

—Guarde silencio, haga el favor —farfulló agarrándola del antebrazo. La hizo andar. El otro hombre guardaba en una bolsa las armas sustraídas. Zoey, al cruzarse con su padre, se aterró al ver que no la estaba mirando, sino que miraba la bolsa. Estaba impresionado.

Según caminaba a tropezones, apretó los dientes. Ronald caminaba al lado de los agentes, susurrando preguntas estúpidas.

—Esto es inaudito. Es la segunda vez que esta señorita atenta contra mí. ¿Creen que podré declarar en comisaría?

—Claro que sí, caballero. Acompáñenos, pero haga el favor de ir en otro patrulla.

Ronald asintió, con la buena cara de estúpido que ponía. Al chocar las miradas con Zoey, se sorprendió internamente. Zoey… de repente…

…le sonreía.

Y le sonrió de aquella manera que odiaba y repudiaba tanto.

Tú has ganado este tanto, pensó ella. Iré por ti cuando no te lo esperes la próxima vez.

Pero lo que Zoey no sabía, es que sería altanera con él por última vez.

Torcieron el caminar. El padre de Zoey caminaba atrás del todo, y ya no le permitían voltear la cabeza ni hablar con él. Sin tener apenas idea de lo que ocurría, la introdujeron en un patrulla después de acomodarle las esposas por delante de la cintura. Ronald se subió a otro. Y aunque su padre intentó subir en el patrulla con ella, los agentes le aconsejaron que pidiera un taxi.

Zoey no estaba familiarizada con los protocolos policiales. Se sentía tremendamente incómoda esposada porque habían vuelto a ajustarle demasiado las esposas a las muñecas. Uno de los policías le retiró el móvil también.

Aquellos hombres despedían un aura mala. Lo supo nada más fijarse un instante en ellos. Cuando bloquearon las puertas y empezaron a conducir el patrulla, alejándolo del hotel, notó la brusca aceleración. El cinturón la frenó de golpe tras la propulsión cuando tuvo que frenar para no atropellar un peatón. Aquel capullo estaba pisando hasta el fondo. Suspiró largamente y agachó la cabeza, materializando la expresión de sorpresa de su padre otra vez. No podía evitar sentir cada mirada, cada gesto de sus padres como algo muy propio. Temía defraudarles. Temía que lo pasaran peor a causa de ella, cuando ya de por sí estaban quemados con sus vidas. Tragó saliva y un pensamiento intrusivo de su padre echándole la bronca de su vida se materializó. Y ni siquiera podía imaginarse qué tipo de opinión tendría de ella tras verla con cuchillas… en una habitación de hotel. Creció ese torbellino negro de pensamientos en su cabeza por largo rato. Miraba a través de la ventanilla sin mirar nada realmente.

Pero…

Cuando quiso ser consciente de qué calles transcurría, cuando dejó atrás a sus padres y a sus jefes en su mente y se centró en el presente, se alertó más todavía.

No conocía la calle.

Ni siquiera le sonaba.

Se pegó más a la ventanilla y trató de mirar la carretera.

En el otro patrulla iba Ronald, eso lo sabía porque lo vio subir.

—¿A qué comisaría vamos?

Los hombres se quedaron callados. No respondieron inmediatamente. Uno de ellos se aventuró tras largos segundos.

—Esa de la que salimos estaba en obras, ¿no la vio? Hay que llevarla a la del pueblo más cercano.

—No conozco estas calles. Ha cogido usted un desvío raro.

El compañero no pudo contenerse demasiado más, se le escapó la risa floja. Hubo otro silencio.

Entonces Zoey sintió otra cosa, que ya nada tenía que ver con un atolladero en la cabeza. Era su estómago. Un profundo malestar, nacido del temor. Porque no sabía dónde coño estaba parada, esposada de manos y tras la rejilla de un patrulla… si es que era un patrulla realmente. Se puso nerviosa inmediatamente. Bajó el seguro de su portezuela, pero no respondía. La puerta no abría.

—No lo intente —comentó el otro—. Vamos a demasiada velocidad. No sea imprudente.

—Tengo derecho a saber a qué comisaría voy. Y a hablar con mi abogado —dijo, sin saber siquiera si estaba en lo correcto. Quería ver sus reacciones.

—Poco importan sus derechos —dijo el conductor, fríamente—. Allá donde vamos, va a perder los pocos que le quedan.

Zoey se aterró al ver que le mostraba su móvil, moviéndolo un poco antes de lanzarlo a través de la ventanilla. Aquel era el teléfono que le sustrajeron después de despojarla de las armas.

—Mi padre…

—Ese idiota. Se ha empeñado tanto en seguirnos, que le pegaremos un tiro al llegar.

¡…!

Era extraño sentir miedo. Ahora que estaba en una situación de peligro donde no tenía el control, se percató de que no era como luchar contra un demonio. Aniquilarlo y seguir adelante como si nada. Podría con ellos… pero sus condiciones no eran buenas. Estaba esposada. Y detrás de una rejilla de metal. Sin armas. Ningún conocimiento en artes marciales podía aventajarla en una pelea contra cuatro hombres armados. Y menos si ponían en juego la vida de su padre. Y sin móvil…

—Dejadle fuera de esto —resolvió, más seria.

—No estás en condiciones de pedir nada. Era por aquí, ¿no? —preguntó a su compañero, que contestó con un cabeceo. El coche viró hacia un amplio callejón donde el asfalto acababa, para comenzar planicie de tierra, con cultivos abandonados. Zoey se impacientó al ver, en un momento breve, que el otro patrulla iba detrás.

¿Y qué quiere hacerme ahora? ¿Torturarme? ¿Matarme? ¿Hacerme… lo mismo que…?

—Como indicó —murmuró otro, señalando un bloque a lo lejos—, porque era abajo. Entonces hay que seguir porque era… largo.

Zoey prestaba atención a sus susurros, pero igualmente estaba desorientada. El hombre volvió a pisar el acelerador.

Al cabo de otro trayecto largo ya desprovisto de asfalto, Zoey entendió lo lejos que se hallaba de la civilización. Se había partido la cabeza pensando en algún método para librarse. Pero las posibilidades y las ideas más locas se evaporaban tan pronto como brotaban… no veía ni un alma por aquel paraje. Se hubiese partido la frente con el cristal para pedir auxilio… si hubiera visto a alguien. Pero nadie estaba a kilómetros. Y la noche seguía cayendo. Tragó saliva, algo mortificada.

Y al fin, de manera horrible, su cuerpo supo que llegaron a algún lugar. Estaban yendo más despacio. El otro patrulla estacionó bajo un techado oxidado. Zoey se preparó para la inminente lucha. Ni siquiera iba a pensárselo dos veces. Estaba en una salvaje desventaja, así que sólo podía confiar un poco en el factor sorpresa.

Cuando los dos hombres, falsos agentes, abrieron la puerta para agarrarla, Zoey ni siquiera esperó a que estuviera más de un centímetro abierta para patearla con toda la fuerza que le permitieron sus pies. La portezuela golpeó de un estruendo el rostro de los dos al mismo tiempo. Uno de ellos sintió crujir su mandíbula. El otro, aún en el suelo, contempló cabreado que Zoey ya estaba corriendo como una posesa en dirección al bosque.

—¡Pero qué coño…! ¡Cogedla! ¡Que se va, coño! ¡SOIS DOS! —chilló Ronald, casi sufriendo mientras se bajaba del otro coche. Sus dos amigos corrieron como locos. Las piernas de Zoey se movían a la velocidad del rayo. Era muy veloz, pero su vista no estaba tan acostumbrada a la oscuridad, y tras esquivar algunos arbustos densos, se golpeó contra un tronco de bruces. Pudo evitar la caída a duras penas, sacudió la cabeza y cambió de dirección para desorientarlos. Uno de ellos prendió la linterna del teléfono y ese fue su fin. La vieron.

—¡Allí! Corre… —los dos se lanzaron a por ella. Zoey trató de desviar varias veces la orientación, hasta que gimió acobardada al vérselas con una pendiente… que no acababa en nada. Sólo era un despeñadero. Le costó frenar, pero justo cuando iba a ir hacia otra dirección, notó una mano enorme agarrarla de la nuca y hacerle la zancadilla hacia atrás. Zoey cayó de golpe a la tierra.

—Te tengo —dijo Ronald, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Eres un cobarde… ¿me tienes tanto miedo que así es como tienes que arreglártelas? ¡¡Suéltame las esposas y te voy a enseñar lo que es comer mierda!!

—Reserva un poco de energía, pequeña —sonrió, manteniéndola retenida en el suelo—. ¿Te das cuenta de lo lejos que estás de casa? Y… de tus amiguitas.

—¡¡QUE TE JODAN!! ¡MUÉRETE! ¿¡CREES QUE SALDRÁS BIEN PARADO DE ESTO…!?

—Cállate un poco. Por más que grites, nadie va a oírte.

Zoey se las ingenió para revolver medio cuerpo. Para sorpresa del rubio, lo estaba logrando. Logró incluso sacar las manos esposadas de debajo al lograr voltearse y comenzó un forcejeo con él. A Ronald le costó unos cuantos segundos, pero logró encerrarle las dos muñecas esposadas con una mano y las situó por encima de su cabeza. Al tener su cara encima, Zoey le lanzó un cargado escupitajo.

Aquello le hirvió demasiado la sangre a su captor. No pudo aguantarlo. Se limpió su saliva y le respondió con un puñetazo con todas las fuerzas que su enorme masa corporal podía cargar. Zoey se calló al recibir el impacto. No le había roto la nariz de milagro, pero ya la tenía delicada de antes. Con el paso de los segundos, sintió el dolor del pómulo henchido y medio rostro dormido. Vio que Ronald volvía a recargar el puño en alto, pero se detuvo. Conteniéndose, lo bajó despacio y volvió a sonreír.

—Tampoco pedía mucho, ¿no? Sólo un poco de silencio.

Zoey regresó la vista a él lentamente. Ni siquiera se había jactado, ni cambiado la expresión del rostro. Simplemente se acababa de dar cuenta de cuánta razón llevaba Mira. Recargó otro gargajo y se lo volvió a escupir en la cara.

Los hombres se quedaron perplejos. En realidad, no tenían orden directa de atacarla si no era necesario. Pero uno de ellos se encabritó al ver ese gesto y tomó la iniciativa de recargar un pie y patearla en la cara. Ronald parpadeó, tardando en reaccionar. No se podía creer que habiéndole dado semejante puño, la chica respondiera con otra vacilada. Si le pegaba más fuerte la dejaría inconsciente. Y eso no era algo que se permitiera ya con ninguna. Nunca sabía cuánto debía esperar para que volvieran a despertar, le amargaba los juegos. Y no le gustaba follarse a mujeres inconscientes. Nervioso, apretó los dientes aún con la cara ensalivada y se movió sólo un poco, agarrándola del tobillo. Zoey vio su oportunidad y meneó en un giro las manos para zafarse del agarre. Logró introducir su cabeza en el aro que formaban sus brazos, pero no pudo conectar ninguna llave: los dos hombres que estaban al lado de pronto la agarraron y volvieron a retener sus brazos por encima de su cabeza. Ronald la abofeteó en la cara e inmediatamente después la agarró del cuello. Zoey meneó la cara en todas las direcciones que pudo, con fuerza, y cuando más fuerte apretó su cuello con aquella manaza, dio un brusco giro con la cintura, ayudándose de las piernas libres. Al tener la cintura de lado su hueso incidió en la entrepierna del hombre. Ronald frunció el ceño más cabreado.

¿Pero cómo coño lo consigue? Tiene… los malditos huesos de la cintura afilados ahí.

Levantó ligeramente las piernas para librarse. Era demasiado molesto retenerla así. Pero al mover sólo un poco las piernas, no supo cómo ni con qué velocidad, la criaja liberó una de ellas y le sacudió tal patadón contra la mandíbula, que Ronald sintió que vio las estrellas. Se acababa de morder la lengua. Y se acababa de convertir en el peor momento de su vida. Le había hecho un daño atroz. Sin poder hablar, muerto del dolor, se puso en pie tambaleante y se apartó de ella. Uno de sus amigos lo siguió con la mirada y vio salir sangre de su boca. Volvió la vista a ella impresionado. Los cuatro tuvieron entonces que retenerla a la vez. Estaba desatada. Claramente no podían descuidarla, y aunque no fuera una persona grande, Zoey sabía lo que se hacía. Mientras ellos se encargaban, Ronald luchó contra las ganas auténticas de ahorcarla de verdad, de romperle el cuello. El dolor no se marchaba. Conservaba la lengua, pero parte de ella estaba herida y sangraba. Escupió sangre al suelo y dejó que los segundos pasaran. La oía forcejear a ella y a ellos.

Son unos inútiles.

Zoey no se cansaba de pelear. No se rendía.

No es como Mira, pensó, retirándose con el brazo el sudor y la sangre de su boca. Quería comerle el coño, dudo que disfrute ahora de eso, con la lengua dormida. Puta zorra.

—Atadla en el sótano. Y no le hagáis daño.

Los hombres no tardaron en obedecer. Zoey repartió algunos puños y cabezazos mientras era trasladada hacia la oscura vivienda abandonada.

Antes de entrar él en la casa, suspiró y echó la vista al horizonte. Empezaba a anochecer… allí no pasaría ni un alma. Tendría libre albedrío para hacer lo que se le viniese en gana con la muchacha. Se preguntó si algún día pagaría las consecuencias. Si su padre le generaría problemas. En aquel momento, su taxi ya estaría perdido. Ya habría llamado a Dae-ho, y Dae-ho, junto a Higgins, accedieron a facilitarle las cosas a él. A Ronald.

Esos dos… quién iba a decir que estuvieran de acuerdo con casi todo. Al menos, con que se quedara a hablar conmigo en el hotel.

Dae-ho le reveló que estaba harto de la cría. Higgins también. Veía en ellos la misma mirada oscura que él mismo cada vez que se observaba al espejo. Algo era chocante y regocijante al mismo tiempo al saberlo; al sentirse en una manada, acompañado por sus fetiches.

Quizá ellos han hecho lo mismo con sus chicas. Ese tal Higgins es más gay, seguro que se la ha metido a alguno de los Saja. Por eso está tan despegado de las Huntrix. Pero Dae-ho sí que lo tenía oculto.

Un hombre… no puede dejar de ser un hombre.

Entró a la casa.

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