CAPÍTULO 25. El dolor más horrible
Sótano
Zoey dejó de forcejear cuando notó que bajaron peldaños. El hedor a encierro, cargado de polvo, les dio a todos como un golpe en el rostro. La chica empezó a toser y los ojos se le irritaron al recibir el polvo de la puerta al abrirse de golpe. Bajó a tientas, sostenida a la barandilla, pero enseguida la dirigieron con menos amiguismos y la echaron sobre un colchón. El colchón parecía estar más limpio. No notó levantamiento de polvo al aterrizar. Removió la boca al vérselas allí. Al ser consciente de dónde estaba tirada. Una maldita cama. Era obvio lo que pretendía hacerle. Por un segundo, la invadió otro tipo de miedo. Estaba aislada del resto del mundo y unos cabrones iban a violarla. Era realista con sus probabilidades. Iban a hacerlo… iban a salirse con la suya.
Va a ser el polvo más doloroso de su vida.
Eso se prometió. Pero tuvo que asimilar lo que iba a ocurrirle y tratar de pensar más a largo plazo. Los falsos policías ataron una cuerda más fina en la cadenita que unía las esposas entre sí y la sujetaron a un barrote del cabecero. Era larga así que tenía un buen rango de movimiento. Podía incluso ponerse en pie y separarse metro y medio de la cama. Miró a su alrededor rápidamente. Los hombres se marcharon, despistándola.
Se van…
Y la dejaron sola sólo por un instante. Esos segundos Zoey se puso a trastear como una loca los nudos de la cuerda que acababan de hacerle. Si le dedicaba un rato podría deshacerlos. Pero dedicó unos segundos más a mirar la estancia. Había una trampilla y estaba rodeada por viejas estanterías infestadas de polvo y libros con telarañas. De hecho, la totalidad de las paredes estaba adornada por esas estanterías gigantes. A Zoey no se le ocurrió nada que pudiera hacer con libros. Y no tuvo más tiempo para pensar. Ronald cerró de un portazo y bajó las escaleras, mirándola. Se excito nada más poner su mirada en ella. Tal y como deseaba verla. Con una expresión de rabia, de odio. Dispuesta a morderle y atacarle. Le volvía a mirar con esa inquina y esa provocación. Pero según se acercaba, chistó con la lengua algo descontento.
—Lo siento, no buscaba marcarte la cara aún más… —pasó el pulgar por su pómulo. Cerca de su hematoma en la nariz, otro más rojizo marcaba el pómulo donde recibió el puñetazo de él. Zoey apartó el rostro rápido, pero entonces la agarró con más fuerza del cuello, inclinándose a su oído. Apretó con contundencia… Zoey cerró un instante los ojos al notarlo. Tragó saliva para no sucumbir al miedo.
Qué nuez tan diminuta… pensó él. Podría romperla con una sola mano.
—Voy a encargarme de que nunca te olvides de quién soy… —le susurró al oído— y antes de que tu calvario acabe, estarás suplicándome que sea bueno.
Zoey se mantuvo en silencio. Le daba tanto asco aquel sujeto que sólo pensaba en las ganas que tenía de morderle los labios y arrancárselos. Ronald le dirigió el mentón con los dedos hacia él y trató de besarla. Zoey se esperaba esa jugada y le rehuyó a tiempo la boca. Él sonrió y soltó una risita.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó de pronto. Eso sólo alargó un poco más la risa del hombre.
—En lo que piensas… en fin.
Se distanció y la agarró de un tobillo, tirando rápido de él para extenderle la pierna. Empezó a abrirle el vaquero. Zoey se agitó y volvió a patalear y a removerse. Él la trató de retener, pero se dio cuenta de que tenía demasiada libertad de movimiento a pesar de estar esposada. Asestó un rodillazo en su entrepierna y rechinó los dientes. La agarró con más fuerza y empezó a usar de verdad la fuerza bruta para retener su cintura contra la cama. Zoey le dio un codazo calculado en la mandíbula, que volvió a vibrarle de dolor, y de repente cruzó sus cortas piernas alrededor de su cuello.
—¡BAJAD! —acertó a gritar, antes de sentir la presión desmedida de sus piernas en su cuello, cual constrictora. Se volvió loco al ver la fuerza que nacía de aquellos muslos. Zoey sonrió con malicia al verle tratando de apartar con las manos sus piernas para librarse de esa gargantilla infernal que le impedía la respiración. No tenía ni idea de lucha avanzada. Como ya no la sostenía de la cintura, la rotó con fuerza y alcanzó su propio tobillo con las manos esposadas, logrando encerrar y apretarle el cuello del todo. Tenía las piernas relativamente cortas, y el cuello de Ronald era ancho y robusto, por lo que sintió atemorizado que la presión sanguínea se acumulaba y el dolor agónico de quedarse sin oxígeno. Zoey aplicaba toda la fuerza que podía. La golpeó en las costillas, haciéndola soltar el aire de golpe. Pero no movió nada más. Siguió apretando.
Me está ahogando… me… está…
¡BAM!
La puerta se abrió de una patada. Dos hombres se asomaron con curiosidad, cambiando de golpe la expresión del rostro al ver lo que ocurría.
—Te dije que nos había gritado, coño —le regañó uno al otro, bajando a pasos agigantados. Abofetearon a Zoey, que ni por esas dejó de apretar las piernas. Lograron tras bastante esfuerzo quitarle las manos de su pie y tuvo que bajar un tercero a separarle las piernas, justo cuando Ronald estaba perdiendo el poco resuello que le quedaba. Acongojados y con gran esfuerzo, espaciarle lo suficiente las piernas a la chica, que jadeaba triunfante viendo el rostro enrojecido de Ronald. Se arrastraba a lo largo de la cama tocándose el cuello con la lengua afuera. Le costó recuperar el habla… porque tenía primero que creerse lo que esa niñata le acababa de hacer.
Joder con la cantante de k-pop… mi puta madre. Mira cómo lo ha dejado, pensó uno de ellos, algo impactado al ver a su jefe tosiendo sin pausa y arrodillado ahora en el suelo. Trataba de recuperar atropelladamente el aliento.
—Le ha hecho el triángulo con las piernas —comentó uno, mirándola de soslayo. Zoey volvió a revolverse, tratando de librarse del agarre de todos ellos.
Ronald acababa de pasar por otra humillación… y ya llevaba unas cuantas delante de sus propios amigos. Cuando recuperó el oxígeno perdido y ya no sintió que se iba para el otro barrio, retomó el sentimiento de ira. De rabia pura, de asco. De odio. La miró despacio, cabreado con su actitud al creer que tenía la oportunidad de resistirse ante el agarre de tres tipos. Se fijó en los detalles. Rotaba las muñecas cada vez que uno las intentaba sujetar, y ¡lo lograba! Pero porque estaba pensando con la mente de alguien que había pasado sus dos cortas décadas entrenando aquello. Otro trataba de retenerle una pierna del tobillo, y ya era como la tercera patada que la chica le asestaba.
—Aguantadle una pierna contra la cama. Ya —se puso en pie despacio, relamiéndose. Sus chicos obedecieron como pudieron. Todos ellos se estaban dando cuenta de que cuando se trataba de un forcejeo real, cuando alguien peleaba por su vida, no importaba tanto su tamaño. Alguien que peleaba por su propia vida iba con todo. Y era realmente difícil retener a una mujer desesperada.
—Apriétale la rodilla contra la cama, te estoy diciendo —repitió más cabreado. Zoey seguía agitándose. Ronald se puso nervioso del todo al ver que algo tan simple no lograban hacerlo con eficacia, la chica se resistía sin cansarse.
Ronald tomó aire y una decisión, nacida de la ira pura. En silencio, volvió hasta ella apartando a uno de sus amigos. Se arrodilló frente a sus piernas, presionando hacia abajo él mismo una de sus rodillas con la mano.
—Apriétale la rodilla así, rápido. Contra la cama.
Zoey movió enérgicamente ambas piernas y logró zafarse hasta tres veces, dificultándole algo tan sencillo. Hasta que por fin a uno se le ocurrió una mejor idea y le ayudó a mantener con ambas manos su muslo y rodilla contra la cama. Ronald la agarró del tobillo y sonriendo como un maníaco, torció con una fuerza animal la pierna en el otro sentido, hasta oír lo que quería.
«Clack».
Zoey dio un suspiro breve, al sentir de pronto el que acababa de convertirse en el dolor más horrible de toda su vida. Gimió aullando, cerrando los ojos con fuerza, y entonces por fin, afortunadamente para el austríaco, dejó de pelear. Zoey no gritó más. Contenía en la garganta el grito que quería dar. Acababa de romperle la rodilla haciéndole una palanca. La veía con el hueso deformado, porque estaba roto. Trató de no manifestar lo adolorida que estaba, pero Ronald estaba pletórico… y la chica comenzó a derramar lágrimas; el rostro se rindió al dolor. Enseguida los labios comenzaron a temblarle.
—Ohhh… qué carita más dulce… parece que sí que había algo de humanidad ahí… —comentó risueño, acercándole un dedo a la mejilla. Zoey sorbió por la nariz y al parpadear derramó más y más lágrimas, todas ellas nacidas de soportar el dolor en silencio. Y le miró con odio—. Ahora ya no podrás correr. No te preocupes, tienes a los mejores cirujanos… te la arreglarán. ¿Vas a estar más quietecita ahora?
La pelinegra no respondió. Tras una seña, sus hombres dejaron de sujetarla. Zoey ya no se movía en contra de nadie así que no les hacía falta. Les pidió que se fueran…
…que él se encargaba. Sin cuestionar nada, los jóvenes se marcharon.
Ronald pasó los brazos por debajo de Zoey y la alzó en peso, disfrutando mucho al oír su jadeo arrastrado de dolor. Llevó las manos esposadas a la rodilla afectada. Al mínimo movimiento era un auténtico calvario.
—Ya ni siquiera quiero que estés cómoda. Hija de perra.
La lanzó de repente contra la estantería, disfrutando con el estruendo del impacto. Zoey rodó en el piso y se ovilló, sólo pendiente a su rodilla. Ronald tomó impulso y la pateó con fuerza en la espalda y en la cabeza. Pero le encabritaba que la chica no reaccionara apenas a su violencia. Mira estaba mucho más asustada, hiperventilando del susto. Zoey le chuleó hasta el final, lo humilló… se merecía sufrir más. Llevó la atención a la estantería que tenía justo al lado. Alternó la mirada con Zoey… eso podría terminar de joderle los huesos del cuerpo. Era pequeña y delgada. Y esas estanterías tenían más tiempo que su abuelo, eran robustas. Así que decidió aplazar el placer carnal para primero destrozarla. Sonrió como el sádico que era y agarró con fuerza el mueble por los salientes, gruñendo al tratar de balancearlo. La estantería crujió varias veces, y del balanceo algunos libros se deslizaron. Uno pesado cayó, y él lo siguió con la mirada, expectante. Pero su puta presa, irritante hasta el final, vio el libro y lo esquivó. Empezó a arrastrarse. Así que él tomó un último impulso, más animal, y se ayudó al empujar con el pie la pared, eliminando del todo la estabilidad de la estantería. Vio extasiado que se precipitaba lentamente al inicio, para ganar fuerza en la caída después. Se apartó en el último instante y observó muerto de excitación que de un fuerte estruendo le caía encima, aplastándola. Lo último que la vio fue caer de bruces contra el suelo antes de que la estantería la tapara de su visión.
La caída de la estantería hizo un ruido horrible y levantó una humareda de suciedad. Él mismo tosió, tapándose la nariz con el codo doblado. Se alejó unos pasos y ladeó un poco la cabeza, con curiosidad. Su erección, ya más acusada, terminó de endurecerse al oírla gemir por lo bajo. Un sollozo débil sonó, antes de apagarse.
Y un segundo estruendo sonó en la planta de arriba. Ronald se giró, suspicaz. Se quedó mirando la parte de arriba donde estaba la puerta. Sonó un golpe lejano, otra caída. Volvió despacio la vista a la estantería. El mueble hizo un movimiento ascendente muy breve, para volver a caer abajo. Zoey intentaba levantarla pero no podía. Afinó el oído y sonrió. La chica volvió a sollozar, impotente.
Tiene que estar muriéndose del dolor. No creo que le quede una sola costilla entera.
—¡Nogg…!
Aquello fue un grito distinto y masculino, nuevamente en la planta de arriba. A Ronald se le achicó la única pupila que le quedaba viva. Agarró un puño americano y se lo colocó en los nudillos. Subió las escaleras preparado para lo que se podía encontrar.