CAPÍTULO 32. Cazador cazado
—¡¡Eda!! La rubia balbuceó girándose en la cama, más dormida que despierta. —Dios mío, Eda, ¡me he quedado dormido! —la tocó del muslo, moviéndola—. Vamos, ¡despierta! Lo siento pero vas a tener que llevarme al aeropuerto… Eda soltó una risita acomodándose en la cama sin abrir los ojos. —Llama a un taxista. —¡No me puedo permitir ni 5 minutos! Este piso no es un hotel, Eda, tardará en llegar… joder —se maldijo por su torpeza mientras terminaba de atarse las zapatillas. —Pues me parece que vas a llegar tarde. ¿Tarde? El siguiente avión no es una opción. Serán más de […]