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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 1. Monty sabe de fiestas

Ciudad ficticia de Ambeth

Despacho del director Tybbmon

—No se ofenda, ha desempeñado un buen trabajo. Pero las necesidades de la empresa hacen imposible la continuación del contrato. Se la indemnizará en los siguientes días. ¿Tiene alguna pregunta?

No había modo, para Miren, que aquello fuera cierto. Aquel cabrón la estaba despidiendo porque había obtenido de ella todo lo que pudo, y no todo precisamente en el ámbito laboral. Sintió rabia. Pero, como siempre, fue incapaz de exteriorizarla. De pronto ya no le veía tan embriagador, ni tan atractivo. Toda esa maravillosa capa superficial se derretía frente a ella para mostrar al ser sin escrúpulos que en realidad estuvo desde el principio.

—¿Me está diciendo que la empresa va mal…? —preguntó, releyendo las líneas de su despido en el papel. Negó tímidamente con la cabeza—. No lo entiendo. No es posible.

—No nos va tan bien como aparenta todo desde fuera. Estamos de capa caída, Miren. Espero que sepas entenderlo.

Ahora me tuteas…

La chica arrugó el papel en su mano al ponerse en pie. No había nada que hacer y no rogaría por continuar. Desde el punto de vista de Rolen, sólo era una operaria más. Cuando la vio levantar, la secundó y le tendió amistosamente la mano.

—Está bien. Me marcharé —dijo trémula. Ya no era capaz de mirarlo a los ojos. Le parecían veneno, tan azules y enfermizos. Aquel pelo lleno de rulos rubios, tan llamativo cuando lo conoció… por primera vez le daba asco. Deseaba escupirle. Entonces, él le devolvió una sonrisa macabra.

—Que te vaya bien. Has sido… muy buena en lo tuyo.

Aquello casi la asustó. La hizo sentir poco menos que patética. Ni siquiera resistió su mirada. Se giró rápido y abandonó el despacho para no alargar la situación.

Rolen se quedó de pie, observándola marchar desde su sobrio despacho. Sus ojos, más fríos tras la falsa preocupación, fueron a parar a las dos secretarias tecleando justo en la habitación contigua. Judith, la de pelo negro, dio un respingo ante el portazo de la chica.

—¿Era necesario el portazo? Me ha desconcentrado.

Rolen salió de su despacho personal para reunirse con ellas. Esas dos mujeres eran las que dirigían, bajo su tutela y mando principal, la empresa de Beyond Better Global, una distribuidora de materiales mejorados a partir de la tecnología mineral de los usuarios de magia. No era una empresa grande, pero los últimos años había dado un repico de ganancias y aumento de clientes. BBG se centraba en clientes locales con algún que otro envío internacional, y tenía el almacén incorporado en la propia sede. El equipo estudiaba con mimo las características de cada proveedor y cliente antes de aceptar los pedidos, por lo que los dos últimos años se habían hecho conocer por su categoría.

—Llegó otro pedido internacional —comentó Lyanka, su segunda mano derecha y comercial. Tenía el pelo completamente blanco, teñido para disimular sus canas. Pero su piel, sus facciones y su apariencia en general eran las resultantes de años intensivos de cuidados.

—Somételo a tus filtros, como siempre —contestó Rolen. BBG era una empresa reacia a satisfacer pedidos del extranjero, por motivos inconclusos hasta para sus propias trabajadoras. Pero dado el éxito del último tiempo, Rolen acabó haciendo caso a sus consejeras y comenzó los primeros tratos. Necesitaba filtración por parte de aquellas dos mujeres porque los pedidos se habían triplicado y la producción del almacén necesitaba ampliaciones para cumplir con la demanda. Así pues, tanto Judith como Lyanka sabían perfectamente que el despido de Miren no fue por necesidad de la empresa, sino por quitarse un bulto molesto. Era lo que su jefe hacía una y otra vez. Contratar y abusar de sus trabajadoras más manipulables para luego echarlas o someterlas a humillaciones en el ámbito personal hasta que ellas mismas solicitaban la baja. A ninguna de las dos les afectaba esta realidad. Una realidad con la que llevaban cuatro años conviviendo.

Horas más tarde

Bar de alterne

—Mira eso. Dos gatitas a las tres.

Rolen miró a la derecha de la barra. Eran dos chicas jóvenes que claramente cuchicheaban de ellos. Ambas se ruborizaron cuando los chicos devolvieron la atención y sonrieron también.

—¿Cuál te gusta más? —insistió John, acabándose de un buche su vaso de ron. Rolen volvió a mirarlas escuetamente y llamó al camarero de la barra para hacer un pedido. Después habló en tono neutro.

—La castaña. Para ti la rubia.

—¿Está todo preparado?

—Son muy jóvenes. No creo que quieran ir solas hasta allí.

—Para eso estoy yo, para convencerlas.

Rolen meneó los hielos en su bebida y se encogió de hombros. Había posibilidades de éxito estando solo, pero eran dos, y las chicas también. Sabía que su amigo John Berof era el indicado para el primer acercamiento porque fingía mejor. A él, fingir el interés le costaba cuando la mujer en cuestión no le encendía. Y no se sentía especialmente cachondo.

Supongo que no me apetecía hoy seguir usando a sus prostitutas. ¿Habré hecho bien despidiendo a Miren tan rápido?

Recordó su cara de desconsuelo cuando le dijo que estaba despedida, cuando esperaba justamente un ascenso. Eso le dio un poco de felicidad. Le gustó verla sufrir y luego con las manos temblorosas, leyendo línea a línea que la empresa prescindía de sus servicios.

—Señoritas… mi amigo y yo no hemos podido evitar fijarnos en las dos mujeres más guapas de toda la maldita ciudad.

Una de las chicas iba más bebida y rio con fuerza. A John le gustó, le gustaban las rubias bobas. Bajo su percepción, las mujeres ebrias se la chupaban mejor. Se puso la mano en la boca sintiéndose tonta al instante. La otra, risueña pero más desconfiada, se limitó a mirar a John a los ojos.

—Mi amiga está algo borracha… en realidad, estábamos pensando en irnos ya a casa.

—¿Cómo? Tan pronto… —John miró su reloj y alzó las cejas—, ¡pero si es medianoche!

—Eso, tonta, ¿por qué tan pronto? Yo pensaba pedirme una más… —la rubia llamó al camarero, pero en ese momento el hombre estaba llenando la copa al amigo del desconocido—, eh, ¿y él es tu amigo?

—Sí. A veces venimos por aquí a tomarnos unas cervezas, pero hoy está algo malhumorado…

—No les cuentes mentiras de mí, te estoy escuchando —dijo el rubio, curvando una pequeña sonrisa. Agradeció y pagó al camarero. John rio.

—Y el cabrón tiene un oído fino…

La castaña miró mejor al rubio de pelo rizado. Parecía un ángel trajeado, a pesar de su prominente mandíbula.  Lo vio mirando al techo y las paredes como si buscara alguna cosa, o recordara algo.

—¿Cómo os llamáis? —preguntó.

—No, no… nada de eso. ¿Cómo os llamáis vosotras? —John se tomó la libertad de tocar a ambas en el hombro, como si las abrazara—. ¿Qué os parece si seguimos toda esta charla en un lugar más tranquilo? La música de aquí es un asco…

—¿Qué lugar tranquilo es ese? —preguntó, quitando la mano masculina de su hombro con disimulo.

Esta va a ser la que nos lo complique, pensaba John. Pero no cambió la expresión amistosa de su rostro.

—Hay una tetería justo aquí al lado, con cachimba y música más tranquila. Se puede hablar. Eso sí, hay que entrar descalzo. Las alfombras no se pueden pisar con calzado.

—¡Sé qué lugar es! Nena, lo conocimos el otro día —exclamó la rubia, zarandeando a su amiga— Monique, dijimos que queríamos probar el té de allí. Parecía caro. ¿Por qué no vamos? Estos dos nos van a invitar, ¿a que sí?

—Eso no lo dudes —convino él, maravillado.

—¿Ese sitio abierto tan tarde…? ¿De madrugada? —siguió inquiriendo la castaña.

—Depende del día —dijo una voz más grave, justo a su lado. Aquello la hizo dar un respingo—. Hoy se queda abierto dos horas más.

El chico de bucles rubios y ojos cristalinos estaba de repente a su lado. Entonces se dio cuenta de lo alto y robusto que era. Tenía los hombros y el cuello anchos, y una mandíbula notoria pero bonita. Y la expresión más dulce y calmada que pudo imaginar nunca en un hombre.

Aunque, ahora que lo veo de cerca, tiene una cicatriz. Casi no se ve…

Una sutil y fina cicatriz adornaba la mejilla masculina. Apenas era perceptible hasta que uno se fijaba bien.

John asintió a las palabras de su amigo. Sacó su móvil y fingió responder mensajes, pero en realidad, estaba activando la segunda parte del plan.

—Bueno… no se me ocurre entonces por qué no. Está aquí al lado —convino ella, pensándoselo mejor. La belleza del chico, confirmada ahora de cerca, la hizo replantearse.

Un rato después

Tetería

—Esto está riquísimo… ¡bua! Aunque creo que me está haciendo efecto raro encima de todo lo que bebí… —murmuró la rubia, acariciándose el estómago.

La charla fue amena y los chicos eran simpáticos. Ambos jóvenes, atractivos y lo que más atrajo a Sabrina: se notaba cierto poder adquisitivo. Monique, menos impresiva con aquello, se centró en la actitud. John tenía algo que le indicaba peligro, su instinto femenino reaccionaba cada vez que sus miradas se cruzaban. Pero no quiso hacer caso a aquello, porque sabía que en cuanto amaneciera y Sabrina ya no tuviera aquella cogorza, lo vería con sus mismos ojos.

—Sí, pero está un poco apagado todo, ¿no? —comentó Monique.

—Es por la música —alegó el rubio, acomodando su fornida espalda en los respaldos de la pared.

—Ah, sí… está muy lenta. ¡¡MONTY!!

El mismo hombre gordo de tez morena, y con cara de pocos amigos que les recibió, se encaminó a la mesa.

—¿Necesitan los caballeros algo más?

—¡Las chicas se están quejando de que la música es un muermo! Y claro que lo es… anima la fiesta.

Fiesta.

Fiesta.

Era la palabra acordada de la semana. El hombre asintió sin estímulo facial alguno y sacó un mando pequeño del bolsillo de delantal. Monique pensó que iba a dirigir el brazo hacia el equipo de música que tenían en el rincón, pero en lugar de eso, el hombre pulsó un botón en dirección a otro dispositivo de la pared. Y entonces, los estores de las ventanas se plegaron. La luz de las farolas externas dejó de colarse hacia adentro. Monique sintió sus alarmas encenderse. La música no cambiaba. La puerta empezó a chirriar cuando de pronto, surgió una cortina rígida y de aspecto metálico desde el marco superior, tapiando cada recoveco que conectaba la sala con el exterior.

—Eh, eh… ¿¡qué es esto!? —Monique no aguantó sentada ni dos segundos. Aquellos dispositivos funcionaban en cada pared, privándolas de luz exterior. La luz cálida y leve que alumbró las mesas hasta ese instante comenzó a apagarse también, y entonces dio una patada asustada a su amiga—. ¡¡Levántate!! ¡Esto no es normal!

John se reía, relajado y de tobillos cruzados sin inmutar su postura. Sabrina se agarró al propio hombro de éste para levantarse, algo tambaleante. Sus reflejos estaban mermados.

—Venga, si es broma dejadnos salir. Ya no tiene gracia.

Monique se tiró contra la puerta, o lo que creía que era la puerta. La lona que vio endurecerse ahí mismo era sólida y fría. Metal.

¿Qué metal se endurece así de la nada? A menos… que sea de síntesis… o tecnología cara.

En Ambeth eran pocos los usuarios portadores del poder sintetizador de minerales. Sin embargo, los estores que se plegaron y se unieron entre sí como si de repente se transformaran en una lona rígida, denotaban una tecnología más avanzada. Una tetería de barrio no podía permitirse algo así. No estaban en un lugar seguro. Monique fue consciente. Al tratar de tirar de la lona, la sintió igual de fija que cualquier roca al suelo. Y la luz se hacía más tenue todavía. Se giró respirando ya agitada y contempló al muchacho rubio, presentado como Rolen. Le sonreía con cierta altivez ladina.

—Qué… q-¿¡qué miras, capullo!?

El habitáculo ennegreció por completo, y aquellos ojos celestes se perdieron. Monique entonces escuchó ruidos y los gritos de su amiga.

—Estos cabrones se creen que van a poder… espera… —Sabrina buscó su bolso a tientas. Allí por lo menos tenía el teléfono y podría iluminar la estancia. Aunque se sorprendió al caminar por donde se suponía, debía estar John: John desapareció de ese lugar. Su risa desapareció también.

Monique dio un grito de desesperación, recorriendo con las manos todas las paredes, pero sólo lograba tropezar una y otra vez con algún bártulo. Se dio un golpe en la espinilla al caminar cerca de la mesa baja.

—¡¡Joder!!

—Que alguien hable, ¡estoy poniéndome nerviosa! Moni, ¡no encuentro mi bolso! ¿Dónde estás?

—Sigue hablando. ¡Sigue hablando!

—Me quedé aquí, a la derecha… ¿pued-…?

Un sonido seco y leve ahogó la frase. Monique paró de andar en aquella dirección y tragó saliva.

—Sa… ¿Sabrina?

Nada. Ni un sonido. Sintió un fuerte escalofrío. No veía absolutamente nada. Pero ellos parecían saber dónde estaban perfectamente… Sabrina no respondió más. Trató de calmar su respiración y descaminó los pasos, esperándose algún golpe de vuelta para ella también. Ahora no podía buscar el móvil. Tampoco podía hacer ruido. El cuerpo se abrumó de un miedo aterrador desconocido para ella. Porque no escuchaba ni sentía nada más que la fría alfombra, y paniqueaba de dar algún paso en falso y encontrarse con alguno de ellos. Su respiración sonó menos, y menos, hasta que el temblor sólo pudo notarlo ella sola.

En algún momento tendré que moverme…

—He tenido que callarla —sonó de repente en algún punto de la sala, haciéndola dar un salto—, porque su voz era demasiado irritable. Y mira que me gustaba su risa estúpida.

—La has matado demasiado pronto, ¿no?

La frase la hizo entumecer. Se llevó las dos manos a la boca para no gritar, sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas. El corazón iba a salírsele del cuerpo del puro miedo, y a aquellas alturas temía orinarse encima. Para colmo, volvieron a callarse. A no emitir nada. Si la habían matado, el cuerpo de Sabrina debía estar en el mismo lugar donde la oyó por última vez, así que no osó aproximarse. Caminó hacia atrás tanteando suavemente los objetos que la rodeaban. Reconoció algún mueble duro con las yemas de los dedos, pero ningún objeto que le pudiera ser de ayuda. Sólo pensaba en abollarles la cabeza y tratar de buscar otra salida en aquella madriguera.

Silencio.

Silencio.

Silencio… y negrura que no se retiraba. No había ningún foco de luz, siquiera mínimo, para tener idea de dónde estaba realmente parada. Aquello podía ser el propio espacio exterior. Sólo reconocible por su vacío. La tensión creció tanto, que cuando un tintineo metálico resonó cerca de ella explotó a llorar. Tuvo un susto fuerte con un sonido tan minúsculo, que la risa de John volvió a resonar.

—Te gustaba esta, ¿no? La tal Moni. Quédatela.

—… —Monique se volvió a contener de seguir llorando, tapándose la boca otra vez.

—Ven, Monique. No voy a hacerte nada —surgió la voz que tétricamente estaba esperando.

—N-no… no te acerques… por favor, sólo deja que me vaya… y no haré nada…

—¿Nada? ¿Cómo que nada? Irías a la policía, Monique. A contar un montón de cosas que no han pasado. ¿Acaso… has visto algo?

—Yo… no he visto nada… nada…

Temblaba al hablar. La estridente risilla de John, que ya le parecía enfermiza, volvió a surgir, pero fue Rolen el que siguió hablando.

—Tranquila. Estás por aquí, ¿verdad? —de repente su voz sonó mucho más cerca, y la chica sollozó dando pasos atrás. Rolen sonrió en la negrura y la alcanzó. Entonces Monique se le agitó desesperada entre los brazos, luchando por zafarse. El hombre la rodeó con fuerza, reteniéndole las manos—. Deja de moverte. Deja de moverte así o te harás daño, Monique.

Monique no lo hacía. No paraba de revolverse, desesperada.

—¡¡Suéltam…agh…!!

Vio cumplida la advertencia. Los enormes brazos de aquel indeseable se apretaron tantísimo, que su cerebro le dio un aviso de que obedeciera. Sus costillas dolían, comprometiéndole la respiración. Dejó de ofrecer resistencia. Sólo dos segundos después, él aflojó. Y su voz cálida sonó en su cuello.

—¿Ves? Soy bueno si me obedeces. Y no te haré daño si te portas como yo quiero —dio un beso en su cuello, húmedo por las lágrimas derramadas y el sudor del terror.

Monique no respondió, sólo hacía sonidos involuntarios. Pero tampoco podía contener su sollozo.

—Quiero que camines conmigo —las manos se adhirieron a sus hombros; Monique obedeció sin rechistar, pero caminaba entorpecida. No entendía cómo ellos pudiesen saber siquiera por dónde estaban pisando.

John y Rolen sabían hacia dónde se dirigían porque llevaban ahora unas gafas especiales. Lo único vinculado con el azar en todo aquel encuentro, eran las presas. El lugar y su tecnología, junto a la intervención de personajes como el camarero de la tetería, no eran más que componentes de la red a la que estaban suscritos desde hacía años. Monique temblaba en sus manos, y eso gustó a Rolen, que llevaba los últimos minutos caminando con una creciente erección tras los pantalones.

Sala subterránea

Monique supo con horror que estaba adentrándose del todo en la boca del lobo cuando le tocó bajar peldaños. Le parecieron eternos, y supo que descendía en espiral. Detectó escaleras de caracol, un túnel al abismo. Le entraron unas enormes ganas de vomitar, haciéndose a la idea de que jamás volvería a ver la luz del sol. Empezó a envidiar a su amiga recién fallecida. Durante su descenso paró dos veces, quejumbrosa. John sugirió darle una bofetada, pero Rolen, tranquilo y con la voz taimada, lo ignoró y se dirigía a ella entre susurros. No le soltó los hombros en ningún momento.

—Tranquila. Te dije que no te haría daño. Sigue bajando, Monique.

Estaba tan alejada de algo seguro, que no le quedó más remedio que fiarse de él. Incluso dadas las circunstancias. Después de un tramo más caminando por alguna especie de pasillo, la acústica al oírles cuchichear en otro idioma le despertó más alarmas.

Hablan… idioma de Yepal.

Yepal era el país donde el gobierno luchaba a diario por contrarrestar las catástrofes que las grandes familias con sello de poder provocaban. La mente de Monique empezaba a hablar sola para atormentarla, recordando lo que alguna vez leyó, lo que alguna vez oyó por televisión. Red de tráfico ilegal. Esclavitud humana. Asesinatos macabramente creativos para disfrute de clientes desalmados.

Claro. Estoy caminando hacia mi propia guillotina.

Tres focos gigantescos se encendieron bruscamente, haciéndola temblar y cerrar los ojos con fuerza. Quedó ciega varios segundos, las pupilas picaron. Entonces escuchó más voces y risas calmadas no muy lejos, y el sonido de una voz cubierta por algún modulador que hacía al que hablaba parecer ridículo.

—¿¡Cuánto he tardado!? ¡¡Uh, no tardé nada!!

—Pero has perdido la apuesta, dijiste que sería menos de hora y media.

—¡¡Eso si fuera con tu método, que es pagando a las bailarinas y a las putitas!!

Otro nuevo coro con eco de risas. Sentir que había público la descentró del todo. Una capa de desconcierto extra que no la hizo sentir mejor… pero sí despertó su curiosidad. ¿Quiénes eran? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no la habían violado o asesinado todavía? ¿Ese era el plato final para aquellos mirones? Otras preguntas secundarias se agolparon en su cabeza. Pero cuando sus ojos fueron acostumbrándose a la dolorosa luz, entendió que hubiera preferido ser cualquier cucaracha antes que seguir adelante.

—¡¡Essssssssss MO-NI-QUE!! ¡Un aplauso para ella! ¡Es la invitada número 32 de esta ratonera! El número treinta y uno era espantoso, sí, pero le ha tocado a su amiga parlanchina serlo, así que… ¿qué dices, Monique? El número treinta y dos es más redondo. Más compacto. ¿¡No!?

La chica jadeó asustada al ver a todos aquellos sujetos enmascarados. Todos, incluyendo al propio John y a Rolen, portaban la misma máscara roja. Y supo que era él porque portaba los mismos motivos en su corbata. Un micrófono que ponía voz de pito había hecho que al principio no reconociera tampoco al chico que la entrevistaba. Pero por su traje, supo que se trataba de John ocultando su identidad. Estaba en un espectáculo con gradas de cemento por delante. En sótano grande. Cuando giró sobre sus calcetines se percató de que las grandes manos de Rolen ya no estaban sobre ella. Se giró enloquecida a la escalera en forma de caracol, pero entonces el robusto cuerpo del enmascarado rubio la agarró.

—Parece que Monique todavía no se ha hecho a la idea de que va a ser famosa. ¿Alguien del público quiere explicarle qué toca ahora?

Risas y comentarios de fondo. El trajeado que la sujetaba la soltó de golpe en el suelo, esta vez sin ningún gesto empático.

—¡¡Por favor…!! —rogó la chica, arrodillándose adolorida. Se dirigía a él—, por favor, he obedecido…

Las risas entonces sonaron más fuertes. Ella no los miraba. Y la máscara roja no tenía expresión alguna. Las hendiduras apenas dejaban paso a los ojos. Pero pudo discernir, tras fijarse un poco, que ahí seguían esos ojos azules.

—¡¡Usted!! —señaló el otro a uno del pequeño público—, venga conmigo. Usted girará hoy la ruleta.

Monique siguió con la mirada aterrada al nuevo participante, que formaba parte de aquella especie de secta. Había una ruleta compuesta por casillas triangulares con números, que ya parecía preparada en uno de los extremos del sótano. La masa corporal de aquel participante indicaba que rozaba la obesidad mórbida. Al girarla, la ruleta comenzó a emitir el tétrico sonido de las solapas chocándose con la varilla selectora. Varias ovaciones se dieron entonces, y el corazón de Monique comenzaba a acelerarse. Porque sospechaba que aquello iba a ser su final.

—¡¡BAUUUUUM!! ¿¡QUÉ ES LO QUE TOCÓ!? —chilló John tras su máscara y con la voz distorsionada. Cuando la varilla indicó el número tres, retiró el sticker. El público reaccionó con comentarios a todo volumen.

“Migrañas”. Eso decía el triángulo.

La chica temblaba y volvió la mirada a Rolen. Tocó una de sus piernas tratando de ignorar el gentío alterado a sus espaldas.

—Por favor, prometo que no diré nada… déjame salir de aquí.

Rolen se acuclilló lentamente a ella, mirándola con fijeza a través de las rendijas oculares de la máscara. La acarició del rostro, disfrutando al sentir sus nuevas lágrimas derramarse por el miedo. La movió para que se sentara en el suelo y él tomó asiento justo detrás de ella, abriendo las piernas. Monique respiró entrecortadamente, asustada. No entendía qué hacía. Rolen era extraño. Para lo único que se puso allí, fue para retenerla más fácilmente.

Ella sería la víctima. Pero no del modo en que creía.

Rolen miró con intensidad el espectáculo. Sabía que Monique gritaría en cuanto volviera a ver a su amiga y debía controlarla para que no estropeara el show. Cuando John apareció en el escenario junto con el camarero -también enmascarado- arrastrando a Sabrina, Monique se quedó de una pieza. Sabrina estaba viva, despierta. Consciente. Pero parecía haber sido drogada. La veía parpadear, así que le gritó. Trató de ponerse en pie y ahí fue cuando sintió cómo Rolen la devolvía a sus piernas, sentándola sobre su regazo a la fuerza. Volvió a comprimirle el cuerpo con la misma fuerza de antes, hasta que la chica perdió la respiración, agobiada.

—¿¡Qué van a hacerle!? ¡¡Qué!!

John expuso a la drogada mujer rubia, que aún se resistía muy somnolienta. John simuló una danza de pareja con ella, provocando risotadas más fuertes cuando la chica doblaba violentamente el cuello ante sus vaivenes. Al final la dejó caer al suelo de un estruendo. Sabrina se movía. Entonces comenzó el auténtico terror. Dos hombres enmascarados más aparecieron en escena y se pusieron al lado de la rubia, esperando órdenes.

—¡¡YA!!

Ante la orden, entre los dos tomaron impulso y empezaron a patearla. Llevaban zapatos reforzados, unas botas de almacén que Monique reconoció. Trabajaba con ellas.

—Si te mueves… lo pagarás muy caro —susurró Rolen en su oído, mientras le acariciaba el pelo. Monique no osó apenas moverse. No estaba en su psique la idea de desobedecerle. Pero estaba mucho más que aterrada y triste al ver lo que le hacían a su amiga. Uno de ellos se ensañó más con las patadas en descendente y comenzó a hacerlo repetidas veces en la cabeza. Más fuerte y más fuerte, hasta que Sabrina empezó a sollozar. Incluso ebria y drogada, podía sentir el dolor de aquellos impactos. John abandonó el micrófono y caminó, rodeando el área de la paliza. Murmuró algo en un tono más bajo a sus matones, que frenaron. Al dejar de apalearla el llanto se escuchó mejor. Pero el público se quejaba. Les parecía un espectáculo suave. Sin gracia.

—No es un público exigente —comentó Rolen en su oído, con calma—, simplemente son ignorantes. El dolor de huesos partidos es excepcional. John ha debido de darse cuenta de que estamos ante aficionados. Espero que por lo menos se lleve un buen pellizco.

Monique se tapó la cara con las manos, oyendo a su amiga llorar. No podía aguantarlo, iba a colapsar. Rolen le apartó las manos, envolviéndolas con las suyas. Sonrió al sentir cómo le temblaban. Sabrina emitió un grito cuando sintió que John la desnudaba desde atrás. El joven hizo un gesto con las manos, y dos haces de mineral se proyectaron desde sus manos. El público ahora sí hizo una ovación al no esperarse el uso de poder. Las personas con poderes solían pertenecer -o estar emparentados de algún modo- con familias elitistas, dependiendo de la fuerza del mineral. Así que o era un truco visual, o aquel joven acababa de emplear sus propios poderes. En cualquier caso, fue un paso previo para asustarla. La chica gimoteaba, pero los minerales sólo se habían disparado con suavidad sobre su espalda desnuda, para mortificarla. John entonces se puso recto y movió las manos con un esfuerzo mayor. De un gesto más notorio, sintetizó una lanza que se alargó en su mano alzada, y con toda la fuerza que pudo aunar la bajó de golpe, atravesándola en la espalda. Sabrina comenzó a gritar desesperada. Sus piernas se agitaron. John sintetizó otra lanza ante los aplausos y vítores del público, y se la clavó en la otra escápula. Entonces los gritos de la chica enloquecieron. Monique sintió otras súbitas ganas de vomitar al atestiguarlo. Entonces los dos verdugos tomaron cada uno las lanzas y tiraron hasta arrancárselas, en una vorágine de berridos de dolor. Monique no podía casi ni parpadear. La sangre brillante de aquellas lanzas blancas… era la de Sabrina. Acababan de partirle los huesos a golpes para luego hacerle aquello. Los hombres dieron un paso atrás y tomaron impulso al mismo tiempo para bajar violentamente las lanzas. Volvieron a apuñalarla, y sosteniéndola al suelo con las botas, desencajaban las puntas para volver a repetirlo. Una y otra vez, agarrando velocidad. Ritmo. Ya habían calentado, así que los movimientos eran más firmes y precisos. La sangre salpicaba cada vez que desencajaban la punta. En cierto punto, el estómago de Monique no lo resistió más y empezó a devolver, echada hacia el suelo. Rolen la miró vomitar el té y los refrescos que bebió horas antes. Apartó su pierna para que los fluidos no le aterrizaran en el pantalón, aunque en realidad, ya poco le importaba. Tenía los ojos más atentos al cuadro de carne despedazada que se creaba en la espalda de Sabrina. No parecía ser suficiente aún para asesinarla, porque seguía viva y seguía jactándose. Pero ahora lo hacía más débilmente. Monique tuvo una pausa, pero su diafragma respondía aún con contracciones al ver la terrorífica escena. John sintetizó ahora un martillo. Hizo una cábala con él en la mano derecha, y se inclinó para comenzar a impactarle con golpes secos y contundentes en la cabeza. Sabrina hizo un amago de resistencia. La agarró entonces del pelo, descubriéndole el rostro, y comenzó a aplastarle toda curva de sus facciones a martillazos.

BAM, BAM, BAM.

—¡¡DIOS MÍO, PARA…!! —suplicó Monique—, ¡POR FAVOR, POR FAVOR… POR F… POR…!

John no se detenía. En su locura y sadismo, aquello era puro éxtasis. La gente ahora sí le estaba aplaudiendo. Silbaba, grababa, gritaba animadamente. Sabrina gangueó con su propia sangre un par de veces, pero fue ejecutada en el quinto impacto, más cerca de la frente. No fue suficiente para detener a su verdugo. Salpicado con su sangre, continuó más fuerte, convirtiendo su rostro en una malformación. Le rompió los dientes de un último mazazo en la boca, que le desencajó del sitio también la mandíbula.

Monique temblaba y sentía que perdía el aire. Sus respiraciones estaban tan agitadas que sentía que iba a padecer un ataque de ansiedad. La imagen de un rostro desencajado que conocía, que hacía un rato había sido el de su amiga, se le quedó grabado. Sobre todas las cosas, se le quedó grabado debido a la rapidez con la que sucedían todas aquellas torturas. La gente allí seguía y pasaba a otra como si nada. La actuación era rápida, el maltrato panificado y preciso, y una vez ejecutado, igual que una receta de cocina, se iban al siguiente paso.

Una vez muerta, el chico lanzó el martillo ensangrentado y se bajó la bragueta. Entonces sí hizo lo que Monique temió desde que vio los estores de la tetería cerrarse. Pero ahora, con todo aquel dantesco y sangriento escenario bajo sus pies, verlo abrirle las piernas al cadáver de su amiga desfigurada fue lo último que necesitó para volver a descomponerse. Rolen la miró vomitar más impasible. Era una reacción humana y lógica. Había presenciado tanto dolor y tantas escenas de aquel estilo antes, que su umbral del asco y el horripile hacía años que se habían difuminado. Era consumidor de aquel contenido. Fabricante también del sistema de seguridad donde ese contenido era creado. Los gemidos de excitación de John sí le dieron más asco. Lo había visto eyacular sobre otras chicas antes, pero no sentía especial gusto por verlo sacudirse la polla. A John le encantaba follarse a los cadáveres recientes, por destrozados que estuvieran. El único requisito que necesitaba para ser feliz, es que acabaran de morir, que sus cuerpos siguieran calientes, pero que el cuerpo tuviera el bamboleo de un saco. Inerte. Monique vio cómo ascendía su rostro enmascarado y su cuello sudaba mientras seguía embistiendo el cuerpo. Chillaba como un loco y se reía cuando se corría.

—¡¡Joder, síiiiii!! ¡Y esta puta no se ha cagado encima al morir! ¡¡Qué limpieza!! La última… sí… la última se jiñó entera. Costó horas sacar el olor a mierda. Eh, no es que me esté quejando.

Se acarició el miembro erecto tras eyacular y se lo guardó en los pantalones. Después de eso, sólo reaccionó a los aplausos y vítores con una jovial reverencia.

Tras aquello, música de rock duro sonó incansablemente. Los trabajadores trajeron un cubo para fregar aquel estropicio de carne, sangre y dientes esparcidos por el escenario.

Y pasó el tiempo.

Después de un rato más largo, los enmascarados abandonaron la zona guiados por John, entre comentarios de todo lo visto. En lo que ascendían las escaleras de caracol, los verdugos permanecieron un rato más y se auxiliaron para recoger el cadáver de la chica, la ruleta portátil y los utensilios de limpieza. También dedicaron un rato a eliminar las manchas de sangre salpicada del mobiliario. Todo mientras Monique y Rolen continuaban allí sentados en el propio suelo. Monique no había sido capaz de emitir una sola sílaba tras presenciar aquello. Tenía miedo hasta de respirar demasiado fuerte. Seguía sintiendo una especie de protección ridícula con el captor que le había tocado, que no había formado parte del espectáculo. Al final, los verdugos concluyeron la limpieza con el vómito de Monique y se marcharon sin decir nada.

Quedándose a solas y en silencio.

Monique miraba de reojo, sin moverse. Pero temblaba. Temblaba tanto, que le dolía el cuerpo por las contracciones involuntarias durante todo aquel tiempo. No podía parar de tiritar igual que si estuviera helada. Rolen se apartó un poco y se retiró la máscara roja. La miró fijamente. La chica había tenido, horas atrás, un maquillaje ahumado sutil, pero su llanto había terminado por correrlo por sus mejillas. Tenía, objetivamente, un rostro bonito. Era de piel algo dorada, ojos marrones y pelo castaño y lacio. No era muy alta, pero sí delgada. Le gustó la forma de sus labios. Rolen llevó la mano a su mejilla, retirándole una lágrima furtiva.

—Te lo dije, ¿no? Nadie se ha fijado siquiera en ti.

Temblando, la chica dijo que sí con la cabeza.

Se hizo otro silencio, prolongado y amargo. Hasta que al final hizo un esfuerzo por murmurar.

—N-no… diré… n-no… no diré…

—Ya sé que no dirás nada —musitó él, acortando distancias con su rostro. Monique tuvo una fuerte impresión cuando sintió que la besaba. Parte de su mermada seguridad volvió a desmoronarse, pero no se le ocurrió resistírsele. No movió ni un músculo si no entendía que él así lo quería. Rolen le desabotonó la falda larga que llevaba y de un tirón le descubrió las piernas. Le gustó. Un tanga negro de encaje y piernas delgadas, temblorosas. Le bajó el tanga rápido y le abrió los muslos con las manos, estudiando el aspecto de su coño. Monique le miraba allí tumbada, temblando y nerviosa. Su boca se movía sin parar por el frío. Rolen se mordió el labio inferior. No estaba completamente depilada, tenía algo de vello. No le desagradó en absoluto. Aquello le puso más cachondo. Se abrió el cinturón y se bajó de inmediato los pantalones y los calzoncillos, situándose mejor entre sus piernas. Se retiró la blusa y la corbata, pero a ella sólo la mantuvo desnuda de cintura para abajo. A Monique le costó maltratar a su cerebro para convencerlo de no cerrar las piernas, porque temía que eso le molestara o que su destino fuera peor. Aunque no pudo engañarlo por demasiado tiempo: Rolen estaba dotado y cuando trató de hundirse en ella, la fuerza la hizo gritar y apretar las piernas en su cintura, llena de dolor. Aquel hombre tenía un cuerpo grande y totalmente ejercitado. Sus brazos y su espalda eran enormes, pesaba, y al recargarse con más ahínco dentro sintió casi como si la apuñalaran.

—¡Aggh…!

Rolen apretó con dureza las nalgas hasta lograr penetrar en ella hasta el final. La chica pataleó y gimió de dolor, pero cuando sus cuerpos estuvieron unidos, sólo la sintió temblar y respirar agitada bajo sus pectorales, agotada y tensa, y eso era algo que adoraba. La embistió con fuerza, aplastándola contra el suelo. Monique lloraba y gemía cada vez que tenía que resistirle, pero eso sólo lo animaba más. Incorporó un poco la espalda y la mantuvo agarrada del cuello, chocándose violentamente contra ella en todas las embestidas. La chica no podía hacer nada para frenarle, era demasiado fuerte, demasiado grande. Sostenía su robusto antebrazo con sus pequeñas manos, sollozando entre suspiros cada vez que sentía su enorme polla atravesarla. Deseó que el monstruo acabase rápido y fuera de su cuerpo. Tuvo suerte y así fue. Pese a las apariencias, Rolen llevaba conteniendo la excitación demasiado rato, y su cuerpo aumentó la rapidez de sus choques enseguida, mostrándolo más excitado cada vez. Dio un gemido ronco y paró de golpe, para masturbarse sobre ella hasta finalizar sobre su vientre. Monique cerró los ojos, dando un suspiro. Le dolía profundamente la entrepierna, pero hasta en un momento de estrés como aquel con un desconocido sádico, tenía que agradecer seguir con vida y prácticamente ilesa. Cuando el rubio terminó de derramarle su esperma, dio un suspiro también y se quedó mirándola desde arriba.

—Ha sido un placer conocerte, Monique.

Monique no fue capaz de responderle nada. Se había dado cuenta de que no podía aguantar su mirada. Le veía sonreír, pero no quiso fijarse en aquella sonrisa, porque tendría ya suficientes pesadillas con ella. Al cabo, el chico se incorporó y se puso su ropa. Monique hizo lo mismo inmediatamente. El cuerpo estaba aún dándole señales de peligro ahora que su captor ya se había saciado con ella. Seguía estando en un lugar subterráneo, fabricado para ejercer el vacío hacia quienes estaban adentro. Tenía que salir al exterior.

Cuando terminaron de vestirse y en completo silencio, subieron todos los peldaños, esta vez con iluminación. Una vez arriba, Rolen bajó una palanca que había escondida tras una piedra y pudo desbloquear la puerta insonorizada. Dejó a la chica salir primero.

Tetería

Monique salió temblando, esperando encontrarse a aquellos siniestros seres. Pero al único que se encontró fue al camarero que les había atendido desde un inicio, aburrido con su teléfono móvil. Miraba reels de carpintería. John salía del aseo subiéndose la bragueta y se le animó el rostro al verlos.

—¡Monique! Qué gusto verte. Pareces preocupada.

¿Qué les pasa? ¿DE DÓNDE SALE ESTE MALDITO LOCO?, Monique no sabía qué responder, ni cómo, temía la represalia y más de él… estaba frente al asesino de su amiga. Jamás olvidaría su rostro. El chico era joven, incluso más joven que Rolen.

—Que la lleven al bar donde la conocimos —murmuró Rolen, ya tomando asiento en otro rincón. También pareció ahora entretenerse con su móvil. John le echó un repaso de arriba abajo, en silencio. Entonces Rolen apretó el tono—. Y hazlo ya. Tú y yo tenemos otros temas que tratar.

—Sí. ¡Vamos, Monique! Eh, Monty. Despídete. Sé educado.

El camarero gordo, indemne a todo aquello como si la cosa no fuera con él, se despidió con voz parca.

—Hasta luego, Monique. Vuelve pronto.

Monique se despidió en un hilo de voz y John la arrastró al exterior.

Un rato después

Viajar con él en el mismo coche fue aún más aterrador. Iban acompañados de otro hombre que era el que conducía.

Por algún motivo… no he muerto. Monique se repetía aquello con pavor y alucinación. No comprendía bien en qué estado estaba, pero el instinto de supervivencia la hizo guardar el tipo como si aquello fuera algo normal, una situación igual de cotidiana de lo que le parecía al propio John. Entendió que, debido a la naturaleza de aquello y teniendo en cuenta sus poderes, John y Rolen eran gente con dinero o algún tipo de influencia.

—Toma tu bolso y tus zapatos —dijo el chico cuando el coche frenó en la parte trasera del bar. Monique se calzó y tomó el bolso con las manos temblando—. Te apagué el móvil. Pero no hemos cogido nada.

—Gr… gracias.

La chica asintió sin más y se apresuró a abrir la portezuela. Ya en el exterior y pisando suelo firme, sus sensaciones eran distintas. Parecía que sí. Iba a salir viva de aquel trauma y de una pieza. Ahora tocaba reflexionar en qué le convenía hacer. Aún podía ir a alguna comisaría y solicitar que recogieran las pruebas del delito en su propio cuerpo. Se había limpiado el semen de Rolen con su propia falda. La chica comenzó a caminar despacio y algo tambaleante hacia el bar.

—Ah, y Monique.

Frenó de golpe, paralizada.

—S… ¿sí…?

—A veces, cuando son un par, una sufre físicamente. La otra sufre psicológicamente. De ti depende no sufrir para siempre —sonrió, con la misma dentadura perfecta y falsa amistad en la que Sabrina se fijó anteriormente—. No hagas ninguna tontería.

—No lo haré.

—No lo hagas, en serio. Vas a pasarlo muy mal. Sabemos cuando alguien habla en comisaría.

Monique se vio sobrepasada y tuvo un puchero, apretando el bolso con los brazos. Pero negaba con la cabeza. John soltó una risotada e invitó a su chófer a continuar.

Y lentamente, el coche acabó doblando en una de las esquinas. Desapareciendo. Monique se echó a llorar.

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