• nyylor@gmail.com
  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 18. Carnada

Sarah estaba consumida por la espera. Lloró de felicidad cuando Mira le envió una solicitud para poder ver su perfil. La aceptó de inmediato, colapsada, y le dio mucha vergüenza entrar para ver un chat en el que, a lo largo de los años, sólo le había hablado ella. Mira vio los mensajes con años de retraso. Y no los respondió. Ni le mandó nada. Pasaron los días. Y las semanas. Sarah se dejó de hacer la «difícil» y optó por pensar con realismo doloroso: la pelirrosa no le escribía porque ni siquiera tenía tiempo para usar el móvil con fines ociosos. Sabía, por el programa diario que emitían, que tenían los minutos contabilizados para dedicar a las redes sociales, debido a la salud mental que uno empleaba cuando se ponía a leer las cosas. Sarah le escribió igualmente un mensaje.

«Oye, Mira, vi tu solicitud y casi se me escapa el corazón jajaja, espero que te vaya todo genial»

Sin respuesta.

Pasó otra semana. Y esta vez, amargada y triste, vio que ni siquiera lo leyó.

Fueron doce días exactos más tarde cuando Mira vio el mensaje. Y si lo había visto, teniendo en cuenta la mansalva de notificaciones y mensajes que recibía a cada minuto, era porque había abierto intencionalmente su perfil. Eso le devolvió algo de ánimo a la de pelo verde.

«Hola, Sarah. Me gustó verte. Fue toda una sorpresa», escribió.

«Hola! Ya, lo imaginé… perdona, no quiero molestarte, sé que estás ocupada»

Trece minutos más tarde, Mira volvió a abrir el mensaje.

«No te preocupes. Cómo te va la vida?»

Joder, no me creo estar hablando con ella… coño, siento presión por no cagarla.

«Pues… tenía un trabajo a medio tiempo… pero ya nada. Oye, te puedo hacer una pregunta un poco personal? No tienes que contestar si no quieres»

Sarah no perdió el tiempo. Sabía que la atención de Mira sería reducida y tenía que aprovechar cada intervención para lanzarle alguna carnada. Si no, volvería a olvidarse de ella. Mira tardó otros diez minutos en leerla.

«Qué cosa?»

«Mantienes relación con tus padres? Es que tu padre sufrió un accidente grave, estuvo mucho tiempo en hospital»

Esta vez vio lo que quería. Mira vio el mensaje, y tardó más en escribir. Tardó tanto, que pensó que iba a dejarla en visto. Pero no fue así.

«No tengo contacto con ellos», se limitó a responderle.

«Oh, perdona entonces»

«Tengo un teléfono secundario donde podemos hablar. Quiero preguntarte algo»

¡SÍ, SÍ SÍ! ¡SÍ, COÑO SÍ! ¡¡GENIAL!! ¡YA ES MÍA!

«Claro, no hay problema. Te puedo llamar?»

«Dame el tuyo y yo te llamo»

Sarah no tardó ni cinco segundos en responderle con su teléfono móvil.

Y de pronto, la maravilla. Su pantalla cambió porque la estaban llamando. Se le subió el estómago. Su corazón se aceleró. Trató de regular sus respiraciones y ahogar varios gritos. Suspiró temblando y respondió lo más serena que pudo.

—Hola… eh… ¿Mira…?

—Hola, Sarah. Soy yo.

¡ES ELLA! ¡DIOS… DIOS…!

—Ah, con los mensajes… no era mi intención preocuparte, eh.

—Sólo quería saber… ¿has visto por casualidad a mi hermano?

Su hermano. Ah, ese imbécil la odia. Pobrecita.

—Sí, claro. Tengo contacto con ellos de continuado. Tu hermano… está altísimo, se choca con las lámparas de la casa y todo, ¡jajaja!

—Vaya. ¿Has estado en casa de mis padres?

—S… sí.

Dios, espero no estarla cagando con esto… me emocioné demasiado pronto.

—Él… ¿está bien?

Pero qué buena eres. No te mereces esa mierda de familia que te ha tocado, Mira. Ninguno respeta lo que eres.

—Está bien. Bueno, un poco agobiado, está de exámenes constantemente en la facultad.

—Ya.

Mira llevaba tiempo teniendo sensaciones extrañas en el cuerpo. No pensaba en su familia en el día a día. Pero su hermano había acudido a su cabeza cerniendo en ella la preocupación. Un hermano con el que tampoco tenía ya contacto. No sabía por qué tenía esas sensaciones. Tampoco era la primera vez. Era una persona de por sí, sensorial.

—Estudia Medicina —comentó la peliverde.

—Cómo no… Medicina —escuchó una risita—, gracias por responderme. Creo que necesitaba saber que él al menos está feliz.

Dios mío, ¡él te odia!, gritó para sus adentros.

—Yo… verás… siento mucho si lo que dije te incomodó cuando me fui. Sé que acabamos mal…

—Éramos crías —le repitió Mira, muy rápidamente—. Sé lo que hace el bullying en gente tan joven. En fin… pero te agradezco las disculpas.

—Ya… yo… supe que hacía mal. ¿Y… crees que sería muy difícil retomar una amistad?

—…

Mira no le respondió. Sarah sintió nervios.

—Quiero decir, sólo quiero verte.

—Ni siquiera vivimos ya en la misma región… —rio Mira.

—Pero ahora mismo da la casualidad de que yo estoy buscando trabajo por esa zona.

Otro silencio por parte de Mira. Se prolongó demasiado, hasta el punto de que Sarah miró la pantalla para asegurarse de que seguían en llamada. Mira siseó.

—No tengo mucho tiempo libre, si te soy sincera.

—Ah… ya… está bien, Mira. Lo entiendo. Lo siento.

Si los análisis de Sarah estaban en lo cierto, Mira era un buen sujeto para ejercer la pena. Por un instante pensó que no serviría, pero…

—Sé que buscan gente en una cafetería que nos gusta mucho. Y en un centro de danza. Te puedo enviar la dirección, pero… yo no te he dicho nada.

—¿Hablas en serio?

Ahora sólo tengo que ver cómo cojones saco dinero de algún lado para pagarme unas noches más por allí, como en lo de las firmas. Se me va de presupuesto. Pero no te preocupes, Mira. Yo te haré feliz.

—Sí, te puedo pasar la ubicación, aunque no sé si te vendrá bien. El centro de danza está más retirado. Hay mucho paso de idols conocidos.

—Eso… estaría genial —musitó—, oye, y Mira… hay algo que he querido decirte desde hace mucho tiempo.

—Ah… ¿qué…?

—Me alegro mucho de todo lo que has conseguido. De verdad. Bueno, ¡eres una triunfadora! Y contra viento y marea, eh… nada mal.

Mira se sonrojó un poco al otro lado del teléfono.

—Gracias, gracias…

Después de intercambiar un par de frases más, Mira le dijo que tenía que marcharse y colgó el teléfono.

Sarah se contuvo todo aquel tiempo. Más que nada, porque las noticias de las que se iba enterando eran poco alentadoras en su plan amoroso. Si al principio creyó que Zoey no era una rival, ahora sí que la veía como tal. En la entrevista televisada donde decían que la foto era una IA, Mira estuvo cabizbaja y aquel gesto fue comentado. Sarah no necesitaba nada más para sospechar que las dos estaban juntas… o que como mínimo, tuvieron algo. Y eso la desquiciaba, porque la ventaja que Zoey tenía era la de estar todo el día a su lado. Vivían juntas. Pero no quería abandonarse a la depresión, no ahora que tenía un objetivo.

Su obsesión se triplicó. Tuvo que volver a retomar el carterismo para dejar de pedir dinero a sus padres. Pero sólo así logró reunir un poco para el monto que le permitiría un nuevo vuelo y una estancia cutre en la zona por las que las Huntrix y muchos otros famosos se desplazaban. Porque hasta cutre, sólo por la zona y aunque estuviera retirado, era demasiado.

Apartamento Huntrix

Mira telefoneó a otra persona. Una vieja amiga.

—Eh, ¿Mira? ¿Me traiciona la mente?

—Sí… soy yo.

—¡Dios mío! ¿Tú llamándome? ¿Has bebido? —se escuchó una risa—, pensé que odiabas las llamadas. Ya te iba a echar en cara que llevas tres días dejándome la conversación tirada.

—Lo siento. No hemos parado. Pero… te llamo porque necesitaba hacerte una consulta. ¿Sigues viviendo donde siempre?

—Pues sí, trabajando en la ferretería de mi padre. Aquí nunca cambia nada, ya ves. ¿Qué ocurre?

Anne era una amiga de la secundaria que conoció a un paso de dejar la escuela. Era mayor que ella, y la conoció porque compartían entonces el baile como hobbie. Al ser más mayor, Anne la respetaba y le dio buenos consejos. Pero para ella, las responsabilidades de casa fueron determinantes. Seguía viviendo en el barrio adinerado que Mira dejó atrás.

—Es… sólo una duda. Verás, he hablado con… bueno. ¿Recuerdas a alguien de la secundaria?

—Tsk —soltó una risotada—, que tú te hayas olvidado de tu antigua vida no implica nada, zorrón. Aquí todos tenemos las mismas redes sociales, así que más o menos nos tenemos ubicados. ¿Qué pasa?

—Ya… —rio levemente—, ¿te acuerdas de Sarah Neil?

—Ah, claro que sí. Sigue viviendo aquí con su familia.

—¿Sí…? Me encontré con ella en una firma de autógrafos.

—¿Qué cojones? ¡Jajajaja!, ¿es en serio? Por lo que sé, se volvió medio emo.

—Eh, imbécil, qué tienes contra los emos… —ambas se echaron a reír.

—Bueno, tuvo… tuvo su temporada baja. Sé que tuvo movidas serias de depresión. Fue un poco polémico todo porque aquí ya sabes que nunca pasa nada, y cuando pasa…

—¿Cómo sabes eso?

—Se la encontraron tirada en la calle. Toda rajada… en fin. La policía la interrogó pensando que le hicieron daño, pero por lo visto fue ella misma. Se le fue la mano drogándose y la pillaron llena de vómito. Se rajó ella los brazos.

—…

—Así como lo oyes… es fuerte, eh.

—Estás de coña, ¿no?

—No, no. De verdad. Encima la multaron por estar traficando. Se ve que le sacaron de dónde obtenía la droga y bue… fue un percal interesante. Tus padres la ayudaron a salir adelante. Creo que le pagaron la clínica.

—¿Mis padres?

—Algo escuché. Aquí todos hablan por cachos. Uno se entera de las cosas a medias. Pero lo que es seguro, es que la encontraron así. Yo intenté contactarle una vez, pero me dijo que estaba bien y ya está.

—Joder. No puedo creerlo. No tenía ni idea de que había ocurrido todo eso. ¿Por qué no me lo contaste?

—¿Cuándo, Mira? —dijo, cambiando el tono—, aquí la gente se acuerda de ti por dónde estás ahora. Pero… tú no tienes contacto casi con nadie.

Mira sintió aquello como un reproche.

—No me he olvidado de nadie —se defendió—, pero te aseguro que este tipo de vida…

—Lo sé. Lo sé porque te veo en tu programita. Sonia es tu fan.

—¿¡Tu hermanita!?

—La cabrona no calla. Está todo el día dando tumbos con la… Barbie esa de pelo rosa que han sacado que se supone que eres tú. Te tengo hasta en la jodida sopa.

—¡HAHAHAHAHAHA!

—Si sí, tú ríete…

—Uf… —Mira se concedió un tanto. La última vez que vio a Sonia sólo tenía dos años. Imaginarla canturreando sus canciones y sosteniendo su muñeca se le hizo tierno.

Cómo pasan los años…

—Mira, tengo clientes. Pienso llamarte después. Cógemelo, zorra.

—Ah, eh… ¡vale!

Anne colgó.

Mira frunció un poco el ceño, repasando lo que acababa de oír.

Así que Sarah había tratado de suicidarse.

Por alguna razón que me da miedo, no puedo ponerlo en duda. Su tranquilidad…

Su tranquilidad cuando se cruzaron en la firma ahora le resultó tétrica. Como asimilar que uno estaba jodido y ya está, marchándose cabizbajo. Mira resopló. Se preguntó si podía ayudarla. O si necesitaba ayuda. O si debía ayudarla.

¿Se supone que tenga que sentir lástima por ella?

Pero… sí que la siento.

Además, puedo ayudarla. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *