• nyylor@gmail.com
  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 28. Cicatrices nuevas


Cuando perdió a Mira de su campo de visión, Zoey supo que tenía que ser rápida. Los golpes que le propinó no eran mortales, pero sabía que corría total peligro haciendo aquello. Arrastrando un gemido de dolor, pudo agacharse a su lado. Ahora sólo tenía un solo ojo, y lo tenía en blanco. Su párpado aún temblaba, porque quedó en shock justo al poco de reírse como un loco, estampado contra el mueble. Imaginó que el golpe en la cabeza fue más fuerte de lo que quería mostrar. Zoey lo miró fríamente, recorriendo sus magulladuras. Todas por puñetazos de Mira. Inspiró hondo. Ronald no tardó en volver en sí, poco a poco.

—Esa maldita puta… —dijo somnoliento, saliendo del trance. Sintió el dolor en la coronilla y se revolvió igual que un resacoso con jaqueca.

—Será mejor que estés muy quieto ahora —musitó Zoey. Ronald parpadeó más rápido al saberse acompañado, aterrizando de golpe en la realidad. Tuvo un movimiento rápido, justo cuando Zoey apretó la hoja del cuchillo en su yugular. Eso le hizo pensárselo dos veces.

—Que te den por el culo, zorra —dijo burlón antes de golpearla en el antebrazo para apartarle el cuchillo. Zoey reaccionó rápidamente y recogió el cuchillo con la otra mano. Hubo un efímero agarrón entre ambos, que Zoey terminó cuando cerró el puño y lo impactó de canto contra su mandíbula, rompiéndosela. El segundo siguiente que tuvo para asimilarlo, lo empleó en hundirle la hoja en la yugular. Entonces vio los auténticos espasmos de un humano de dos metros, agitado por la aparición súbita de la muerte. Sus interminables piernas temblaron mientras Zoey retorcía la empuñadura, chistándole cerca del oído mientras lo oía ganguear y desangrarse como un animal. Ronald boqueó nervioso, totalmente acojonado al notarse el puñal insertado en el cuello. Emitió balbuceos, inconexos, y Zoey agarró el mango con las dos manos, rotándolo con toda la fuerza que aún le quedaba en el cuerpo mientras sostenía quieto el resto de su cuerpos. Se le había sentado encima y Ronald tuvo espasmos todavía más fuertes.

—¡Gggh…! ¡Agh…! —la boca se le comenzó a llenar de cientos de burbujitas sanguinolentas. Zoey apretó los dientes y continuó girando el mango, hasta que notó por fin el chasquido final que hizo la hoja al romper hueso. Sus muñecas terminaron de girar de golpe, al mismo instante en que despedazó su tráquea desde dentro. Entonces las piernas, igual que si estuvieran activadas por corriente, dejaron de temblar y de patalear. Las extremidades de Ronald se apagaron de golpe.

—Te dije que te iba a matar —susurró, alejándose despacio. Tenía nuevas «pecas»… las gotas de sangre ajena en el rostro. Le dejó el cuchillo completamente encajado en el cuello mientras se ponía en pie como podía. Ronald la siguió con el único ojo que le quedaba. Ya no podía hablar, sólo balbucear mientras su sangre y su cuello despedían oleadas de sangre caliente. Sumido en un dolor inenarrable. Y tetrapléjico, por supuesto. Zoey lo devoraba con la mirada mientras terminaba de ponerse en pie. No hizo más nada. Ignorando su mirada y su cuerpo, cojeó hasta la escalera, y la subió muy despacio. Cuando logró llegar al piso de arriba, se giró mansamente y echó la llave. Apoyó la frente en la puerta, cerrando los ojos. Dio un suspiro cargado de cansancio. Acababa de matar a un ser humano. Se sentía infantil y tremendamente estúpida, pues estaba convencida de que cuando le atravesara el cuello o sencillamente lo amenazara, el demonio cobardica que habitaba en su cuerpo mostraría su auténtico rostro y se volatilizaría. Pero ese demonio no era un demonio. Sólo era un humano, vil y real como la vida misma, como el aire que respiraba. Higgins y Dae-ho sí habían muerto hacía tiempo, y las señales fueron negligentemente ignoradas por parte de las tres. Probablemente Ronald estuviera familiarizado con sus maléficas presencias. Las personas con poder en aquel mundo tenían más contactos. Podían conocer el mundo demoníaco y utilizarlo en pos de sus intereses, eso no le extrañaría tanto. Porque lo que estaba claro, es que había demonios y civiles contratados para matarlas aquella tarde. Pero incluso por esas, esperaba que él también lo fuera. Así que se dedicó unos segundos a asimilar que acababa de matar a otra persona. Y que probablemente tuviera que pagar consecuencias legales por ello, dadas las extrañísimas circunstancias en las que las chicas estaban metidas. Por ello el honmoon debía ser realzado de forma discreta. Por eso debían actuar con discreción. Por su culpa, las tres acababan de ser arrastradas al desastre. Zoey ya no tenía claro el futuro de nadie.

Momentos más tarde

—¡¡Zoey!! ¡ZOEY! —George comenzó a empujar a los policías sin importarle nada un bledo. Alcanzó a su hija en la camilla y la rodeó con los brazos. Zoey emitió un quejidito al sentir que la rozaba en el vientre.

—Tranquilo… papá…

—Qué tranquilo ni que nada… por dios… ¡¡TRÁTENLA AHORA MISMO!!

—Caballero, cálmese… —respondió uno de los agentes—, deje a los efectivos hacer su trabajo.

El hombre besó las manos de su hija sin parar, tenía lágrimas en los ojos.

—Lo siento, cariño. Lo siento. Ese hijo de puta va a pagar por…

—Está todo bien, papá… cálmate. Ha… ha acabado. Te lo prometo.

Volvieron a abrazarse. Su padre acababa de ser informado de todo lo ocurrido, y estaba enterado de las primeras declaraciones que las chicas hicieron a la policía. A la auténtica policía. Al final, todo quedaría en un secuestro e intento de homicidio, salvo que los cargos… no se podían aplicar a nadie. Dado que el único hallado en la escena fue Ronald. Eso arrojó un halo oscuro a la investigación. Por fortuna, el abogado de las Huntrix acudió como un rayo y explicó en privado a las chicas que dadas las circunstancias y el estado físico de las tres, era muy fácil liberarlas de cualquier acto. Ellas se habían defendido y las cámaras de seguridad grabaron a los falsos patrullas marchándose del hotel con Zoey.

Al cabo, las chicas fueron metidas en una ambulancia. Las tres precisaban atención inmediata, pero la única que cedió a ir en camilla por insistencia de los médicos, fue Zoey. A su lado, con vendas compresivas que frenarían la hemorragia hasta llegar al hospital, iban Rumi y Mira sentadas. Pasado el trago más duro, las tres exhalaron un suspiro. Mira se puso cerca de la camilla y acarició la cabeza a la pelinegra, quien pareció reaccionar con algo más de timidez. Cuando sus miradas se cruzaron, Zoey habló en un hilo de voz. No quería ser escuchada por el médico que andaba preparando gasas a un escaso metro, en aquel vehículo.

—Lo siento.

—No hables más… hablaremos allí —comentó la pelirrosa, acariciándole el pelo. Rumi se acercó a ellas. Toda ella era un pergamino de líneas blanquecinas. Su piel estaba decorada por las marcas demoníacas, unas marcas que ellas podían ver. No estaban moradas. Como si el organismo de Rumi en aquel instante estuviera fuera de peligro.

—Yo, lo siento —repitió cabizbaja. Se acercó a la camilla con cuidado—. Esto nos marcará. Y tampoco quiero que sigáis en una lucha irónica con… conmigo al lado, claro está. Esto no tiene sentido.

—No sabemos cómo funciona —la cortó Mira, mirándola con atención—, aún hay muchas cosas que no sabemos. Mira cómo hemos acabado por obrar cada una por su lado. Enmarronadas hasta el jodido cuello.

—¿Qué opciones te imaginabas que tenía? Jinu… es otro demonio, y…

—Te lo dije, desprendían ese olor… —musitó Zoey, palpándose adolorida un costado.

—Lo camuflaban con algo. Ellos podían ocultar mejor las marcas —comentó Mira.

—Según el estado de ánimo, es más fácil o difícil hacerlas pasar desapercibidas —alegó Rumi.

—Pero… a ti se te notan igual.

Sus dos amigas la observaron. Rumi ya no podía ocultarlas ni disimularlas. El maquillaje no taparía aquello, porque las células epiteliales habían cambiado de conformación. No era piel humana corriente. Esas marcas tenían profundidad. Eran cicatrices.

—¿Me odiáis? —murmuró, agachando más la cabeza.

—No —dijeron casi al mismo tiempo. Zoey hizo un esfuerzo por levantar las manos en su dirección—. Ven, quiero abrazarte.

Rumi se echó a llorar y se posó con cuidado sobre ella, abrazándola. Mira observó cómo se emocionaban las dos y se quedaban pegadas por varios segundos. Zoey la miró y la agarró del brazo para que se acercara.

—Abrazo grupal, abrazo grupal… —la animó. Mira sonrió un poco y se unió al abrazo. Se pegó bien a las dos, pero el único olor al que su cuerpo parecía responder de forma más intensa… era al de Zoey. No podía evitarlo, el corazón le iba más deprisa. Sentía ganas de llorar sólo de ver cómo aquel simio la había dejado… de la determinación que la había hecho hacer al obligarla a irse de la casa. Cerró los ojos y frunció más el ceño, hundiéndose en el abrazo. Zoey acarició por encima de la ropa la herida de Mira. Un calor tenue y agradable pareció nacer de aquella unión. Tan agradable como cuando el honmoon ganaba fuerza. Rumi, por su parte, sentía aquello inhumanamente reparador. Su cuerpo sí estaba respondiendo. Se sintió mejor. Se sintió curada.

Pero no sabía cuánto, hasta que se separaron. Al hacerlo, las tres sintieron un fulgor distinto en sus cuerpos. Cada una en una medida.

—¿Podría dejarme ver el estado de sus cortes? —murmuró la médica, que no quiso interrumpir el momento íntimo. Pero las ropas de algunas de ellas sangraban tanto, que el suelo de la ambulancia estaba manchándose.

Rumi sabía que ya no había nada tras sus ropas manchadas. Eso la hizo ponerse algo nerviosa y taparse. Porque cuando la mujer aproximó las manos al foco de la herida, iba a darse cuenta.

—Creo… —se apresuró a decir, al ver la cara de incredulidad de la mujer— …que era sangre de otra persona. Había gente herida que se escapó después de atacarnos.

No había herida, sólo sangre sobre la piel cicatrizada. Las cicatrices que ellas podían ver, ahora adornaban como un parche longitudinal lo que minutos atrás fue una herida mortal. La mujer no insistió con ella, tan sólo le ofreció una gasa mojada para que se limpiara.

Mira parpadeó extrañada. Bajo su ropa cortada, tampoco estaba el enorme tajo abierto. Pero… su piel había cambiado. Al tacto era como una cicatriz. Y dolía. Pero no fue tan veloz reaccionando con una excusa como Rumi. La mujer en cuestión se dedicó a limpiarla y a examinar con curiosidad aquella marca.

—Nng…

—¿Duele? Tienes un buen golpe, hay hematoma —murmuró retirando los restos de sangre. Aunque la trabajadora tenía un halo de intriga.

Hay demasiada sangre… es como si realmente hubiese habido un foco de herida aquí…

Pero la limpió en silencio. Debía estar imaginándolo. Al acabar y mirar de soslayo su ropa, supo que quedaron inservibles. Ningún cazo con agua oxigenada podría retirar una sangre tan infiltrada en el textil. Aún goteaba. Mira escurrió con sus propias manos ese pico de la camiseta, al ver que la mujer la estaba observando. Y luego, más apartadamente, observó la cicatriz. Porque eso era lo que tenía, de la nada. Una cicatriz. Al presionarla con los dedos, molestaba un poco. Igual que un moretón.

Horas más tarde

Rumi y Mira pudieron ducharse y declarar en comisaría mientras Zoey era examinada de sus lesiones con más profundidad. Después, cuando los resultados ya estuvieron, Zoey les pidió compañía. No quería conocer los resultados sin ellas al lado.

Habitación hospitalaria

Un médico explicaba en presencia de Huntrix y los padres de la chica, con tacto, que no tenían claro que pudiera seguir ejerciendo la profesión tras la operación que se le venía encima. Zoey acudió allí con una pierna dislocada y rota; los huesos implicados y el tipo de intervención requería manos diestras y una larga recuperación después.

—No es fácil —señaló el hombre, en dirección a sus padres. Indicaba con el dedo la colocación actual de los huesos de su hija, con respecto a la pierna contraria. Las descompensaciones óseas conllevaban descompensación en las propias articulaciones también. Los hundió en un pozo de tecnicismos mientras trataba de enseñarles un «prototipo» de cómo podría quedar en el mejor de los casos.

Pero después de su larga explicación, sólo hubo un silencio.

Aquel matrimonio estaba marcado por el dolor y la enemistad desde hacía años. Ambos tenían un motor de vida, lo tenían al lado. Postrado en una camilla y esperando un «todo saldrá bien» que ni siquiera sabían pronunciar. Su padre sólo preguntó un «¿qué probabilidades hay de que pueda seguir sus coreografías?», y el hombre en bata puso cara de circunstancias. Mira adelantó un paso, cruzada de brazos.

—La operación saldrá bien. La resonancia no es mala, usted lo dijo.

—Y no lo es. Para seguir andando. Pero las lesiones en la rodilla nunca son fáciles. La recuperación es muy importante. No puede hacer ningún sobreesfuerzo.

Entonces, otro silencio. El médico también comenzó a sentirse algo incómodo, a fin de cuentas, en su profesión enfrentaba muchas veces momentos como aquél. Nunca resultaba fácil.

—Tengamos fe en que saldrá bien —comentó al final, y sonrió a Zoey para infundirle tranquilidad. La chica asintió, devolviéndole una sonrisa también.

—Está bien, gracias.

Nada más la puerta se cerró, Leah encaró a su ex.

—Pero todo esto es culpa tuya. Claramente ese hombre no era trigo limpio, y tú la empujaste a quedar con él. ¿¡Estás contento ahora!?

—¿Insinúas que no me preocupo por mi hija? ¡¡Precisamente pensando en su futuro es que le dije que fuera!! ¿¡Cómo iba a imaginarme que gente que ha estado educándola y guiándola en su carrera iban a ser…!?

—¡¡Pues ya ves que sí, imbécil!! ¿Y ahora…? ¿Qué pasa con su futuro ahora? ¡MIRA LO QUE HAS CONSEGUIDO!

Zoey cerró los ojos, bajando la mirada. Cada nueva intervención, cada nuevo grito, era una puñalada a su paciencia. Mira se sintió alterada por dentro. Ardiente, con una rabia que no dejaba de crecer. Rumi trató de sosegarles.

—¿Podrían… dejar de gritarse en este momento? Yo creo que no está todo perdido como para actuar así todavía, ¿no? Zoey recuperará la total movilidad. Eso es un hecho, porque la cuidaremos bien. A partir de ahí, será que hablemos de bailes y de ejercicio, y no antes.

—No has parado hasta convertir su vida en un maldito infierno —dijo la mujer, en llamas por dentro. Ni siquiera paró a mirar a Rumi ni escuchó su frase, porque su ira estaba mucho más arriba.

—¿Y tú? ¿Acaso crees que no me entero de que le vas mintiendo para pedirle dinero? ¿No te da vergüenza, Leah, con tu propia hij-…?

Sois los dos los que le estáis jodiendo la vida con estas escenitas, pensó Mira.

—¿¡A TI QUIÉN COÑO TE DIJO ESA MENTIRA!? PARA MÍ QUE SE LAS INVENTA ESA GUARRA A LA QUE TE ESTÁS…

—¿¡POR QUÉ NO CERRÁIS LA BOCA LOS DOS!? —gritó de un estruendo la pelirrosa, haciendo que los cuatro en el cuarto tuvieran un sobresalto. Mira frunció el ceño y caminó hacia ambos, con los puños apretados—. Ya está bien, ¿no? ¿Queréis que colapse? Por una vez podríais… no sé… ¿¡CERRAR EL PICO!? —gritó.

—Mira… —Rumi alzó las manos hacia ella para apaciguarla, pero su amiga le quitó las manos y salió de un portazo de la habitación, haciendo que todos dieran el segundo salto. De la vibración, Zoey observó que el agua de su vaso temblaba. Suspiró y miró hacia otro lado. Al menos, sus padres habían hecho caso. Estaban callados. George tenía toda la cara roja, Zoey imaginó que de la vergüenza y el dolor. Aquello era una desgracia, y estaba todavía reuniendo fuerzas de donde no las tenía para no echarse a llorar delante de ninguno de ellos. A coste de eso, era mejor no decir una sola palabra. No quería volver a romperse. Ya la habían visto llorar demasiado cuando trataban de colocar su pierna en el aparato que facilitaba la resonancia.

Pasillo hospitalario

Sarah se sintió más animada al ver a Mira saliendo de la habitación. Sabía que allí estaba Zoey porque mintió en la mesa de recepción. No le costó dar con la planta ni tampoco con el pasillo. Se puso en pie como un resorte y trotó hacia ella. Mira parecía ir con la mente en otro mundo, ni se había dado cuenta de que estaba cerca y caminaba con la vista elevada.

—¡Mira…! —levantó una mano con las llaves del BMW—, lo he dejado en el parking del hospital, me dijo un poli que habíais venido a ver a Zo…

Tú.

Mira congeló la mirada en ella. Como si acabara de dar con una presa aniquilable. Sarah dejó de sonreír y sintió que un rayo la partía al toparse con esa expresión fría. Mira le arrancó la llave de la mano, y antes de que la otra pudiera reaccionar, la agarró del cuerpo y la elevó, chocándola contra la pared. Los empleados y familiares que circulaban por allí tuvieron un susto al oír el golpe. Sarah gimió.

—Mi-Mira… ¡eh… qué…!

—No me puedo creer que lo hicieras. Así que pretendías irte.

—¿De qué me hablas…? Oye… deja… déjame en el suelo, por f…

—Creías que no iba a enterarme —farfulló, y Sarah observó asustada cómo sus pupilas se le hincaban en el alma—. Que no iba a enterarme de que la dejaste sola. ¡¡SOLA!! —chilló.

—Por dios, señorita… déjela en el suelo ahora mismo.

Mira oyó esa voz de un tercero a kilómetros. Sarah empezó a hiperventilar, atrapada en su propia espiral de nervios.

—Sólo… tuv-tuv… tuve miedo… y…

—¡¡QUE TE JODAN!! —gritó con rabia, soltándola. Sarah tuvo un cortocircuito cuando la vio marcharse con el rostro tan afectado. La agarró de la mano, y entonces Mira se volvió contra ella, dándole un empujón más fuerte. Sarah se dio otro golpe en la cabeza y se la encerró con las manos, dejando de tocarla. Empezó a sollozar.

Me odia… joder… me odia… no volverá… la gente… me está mirando…

Cuando bajó poco a poco las manos, descubrió horrorizada que Mira seguía ahí. Con las pupilas empequeñecidas, respirando profundo. Como si luchara contra sus propias ganas de matarla.

—Si vuelves a acercarte a mí, o a cualquiera de mis amigas… no seré tan benevolente —dio un paso rápido hacia ella, señalándola con el dedo. Sarah se asustó y se pegó a la pared, derramando lágrimas. Le susurró con la voz arrastrada y mirándola fijamente—. No quiero verte nunca más. Desaparece. O te desaparezco yo.

—Eh… vamos… tranquilízate, por favor… —suplicó, tratando de aguantarle la mirada. Mira parecía querer estrangularla—. Por favor, tienes que creerme. Dame la oportunidad de explicártelo.

Mira la recorrió de arriba abajo. No tenía paciencia. Y, deseó abofetearla. Tuvo que hacer un magnífico ejercicio interno para no hacerle daño.

—No quiero tener más trato contigo —murmuró separándose. Empezó a caminar en otra dirección. Pero Sarah no podía dejarla. Se alejaba demasiado rápido y sabía que sería la última vez que la viera si se lo permitía. La siguió, frente a la atónita mirada de los testigos.

Parking

—¿¡Puedes escucharme!? ¡¡Por favor!! —gritó y empezó a correr tras ella, Mira se había alejado increíblemente rápido. Estaba yendo hacia las últimas filas donde Sarah aparcó el vehículo. Pero allí por lo menos no había tanta gente husmeando—. ¡¡Por favor!! ¡Espera!

Que deje de seguirme, o haré algo de lo que me arrepentiré. Estoy muy cabreada.

—Sé que la cagué —siguió, parando el trote cuando llegó hasta su coche. Mira abrió la puerta sin mirarla y se quitaba el abrigo—, pero… de verdad… fue por terror. Ese hombre era muy alto y estaba… como poseído…

—Si hay algo con lo que no puedo es con la mentira —lanzó la chaqueta al interior y cerró bruscamente la portezuela. Caminó hasta quedar frente a ella de nuevo—. Saliste de la casa y te montaste en el coche… y no llamaste a la policía. Tú… de verdad pensabas que ella se podía salvar de algo así… ¿eso es lo que esperas que me crea?

—Ni siquiera estaba pensando en ella, ¿¡vale!? ¡Es la verdad!

Mira asintió, mirándola con más altivez desde su estatura prominente.

—Seh —susurró asquienta—, ya sé que es la verdad. Y debí haber sospechado lo perra que eras.

—Eh… oye… —frunció el ceño, dolida—, no te pases.

—Sal de aquí y no me sigas más. No quiero hacerte daño.

Volteó al vehículo. Sarah se la jugó por segunda vez y la agarró del brazo, impidiéndole entrar.

—Me gustas mucho. Sé q-… ¡…!

Mira se soltó de mala gana y se le pegó mucho más.

—Cállate. Tú y yo… no tendremos nada.

—Ya… pero me besaste. ¿Eso vas a explicárselo? —añadió, más mordaz. Estaba perdiendo los nervios—, ¿o es que no surgió nada en ti cuando lo hiciste? ¿Eh? ¿Crees que no noté las ganas que me tenías en ese momento?

—Estuviste ahí, es cierto. Estaba mal y estuviste ahí —contestó más serena—. Pero no te confundas. Tú no eres ella. Ni lo vas a ser.

—Mira, ¡ella no te quiere!

—Ella sí me…

¿Por qué tengo que explicarme? Joder… parece que me estoy convenciendo a mí misma. Mira sintió otro repiqueteo de rabia y se autoregañó.

—No lo hace —insistió la chica—, ella se ha liado con Mystery, ¿eso… eso lo sabías?

En realidad, se jugó mucho con aquella mentira. Se la acababa de inventar, pero fue contundente. Y aunque Mira no estaba por la labor de seguirle ningún diálogo, saber aquello la frustró. Y la confundió.

—De qué estás hablando.

—Deberías preguntarlo. A los Saja. Ellos lo comentaron…

Mira no deseaba creerla. Pero ante todo, sabía que la justicia divina podía estar detrás de todo aquello. Ella había sido la principal detractora de la relación. Sarah se tragó la sonrisa para sus propios adentros. Ya la empezaba a conocer un poco más. Había algo de la niña salvaje que fue, en esos ojos dolidos. Así que trató de seguir aquella trola con algo de cabeza.

—Pero por favor, fue durante mi horario laboral que lo escuché… no digas nada o me echarán.

—Tsk —forzó una sonrisa, chistando. Sin decir más nada, se giró y entró en el coche. Cuando Sarah trató de acercarse a la ventanilla, Mira dio un acelerón veloz y desapareció de un volantazo por la rampa ascendente. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *