CAPÍTULO 26. Demonios con cara de amigos
Unos momentos antes…
—Mira… ¿podríamos hablar?
—Hay algo que me escama —murmuró, pasándose las uñas por la boca. Miraba aún la pantalla en la cual acababa de tener la llamada con Zoey. Alargó una mano y llamó a Rumi, pero la llamada se quedó sonando hasta que se desvió por el tiempo de espera. Volvió a intentarlo. Esta vez, Rumi atendió.
—¿¡Mira!? ¿Dónde…?
—¿Sigues teniéndola a la vista?
—Sí, no podía contestarte… se me había caído el móvil y el bluetooth del coche no lo detectaba bien.
—¡Rumi! ¿La ves o no?
—Sí… pero… pronto será difícil. Se alejan en dos patrullas y se están desviando demasiado.
—Patrullas… ¿cómo que patrullas? ¡Síguelos y mándame ubicación en tiempo real!
—Es que esos patrullas son raros… no sé. No sé si lo son o…
—Me da igual, ¡síguelos! ¡Síguelos! —le gritó, abriendo lo que Rumi acababa de mandarle a través de la pantalla GPS.
—¿Pero tú qué te piensas, que me pagan de una empresa de espionaje? ¡¡Te digo que se darán cuenta de que una idiota les está siguiendo!! Están… tomando desvíos raros.
—¿Qué quieres decir?
—Están yendo al campo. Joder, creo que es la primera vez que veo un maizal…
—Espera. Espera, ¿qué…?
—No me hace falta ser espía para saber lo que estoy viendo. No están yendo a una comisaría. Hace ya rato que se alejaron de la ciudad.
Mira sintió que le reverberaba todo el cuerpo de pura angustia. Miró a Sarah y murmuró.
—Llama a la policía… —accionó la primera marcha y pegó otro brusco acelerón.
Actualidad
Salón de la casa rural
Ronald ni siquiera llegó a dar dos pasos fuera. Alucinó al descubrir a sus cuatro hombres despedazados… con las camisetas rotas por tajos mortales y sangrando. Agonizaban los cuatro, boqueando asustados. Uno de ellos miraba a su jefe dando sus últimas respiraciones, y temblando, levantó un dedo acusatorio en una dirección. Cuando Ronald viró el rostro, una hoja en forma de media luna le raspó la perilla. Dio un salto hacia atrás y su adrenalina se disparó de golpe, acobardado. Mira le señalaba con su alabarda y tenía fuego en la mirada.
—Dónde está.
¿¡QUÉ COÑO ES ESA ESPADA!? ¿ESTÁN TODAS ENFERMAS O QUÉ?
Ronald dio otro salto hacia atrás, cuando el siguiente movimiento de la pelirrosa fue directo a abrirle el estómago en dos. Esta vez esquivó por los pelos… casi literalmente. Su blusa se rajó y notó en la piel un leve raspón. Y de pronto, dos brazos le rodearon el cuello desde atrás. Ronald llevó las manos a esos brazos. Otra gargantilla infernal. Otro mataleón realizado por alguien que sabía hacerlo. Vio por el rabillo del ojo una larga trenza morada y piernas de mujer. Era lo suficientemente alto como para saber que la persona que tenía a las espaldas se acababa de subir a una silla. Rumi estaba muy tentada que acabar con su vida ahí mismo, de partirle el cuello con sus brazos. Y Mira deseaba matarlo como la que más. Pero su mirada se fue a la puerta recién abierta, oculta tras unas cortinas. Desde las que él salió. Fue armada a bajar las escaleras y dejó que Rumi se encargara.
Cuando bajó, aún precavida por si había más captores, se asustó al ver la escena. Un camastro removido, una estantería gigantesca tirada y una mano agarrando el borde. El corazón le dio un vuelco al comprender que Zoey estaba debajo. Soltó la alabarda y corrió hacia allí, colando las manos por debajo de la madera y comenzó a hacer fuerza, pero tuvo el segundo susto: pesaba demasiado. Entrenaba con peso muerto, pero aun así no podía con aquel mueble tan grande. Las piernas le temblaban al tratar de elevarlo. Cuando logró subirlo unos centímetros, oyó que Zoey casi aullaba. Aquello sólo le estaba haciendo más daño, porque tenía las lejas removiéndose entre sus costillas ya astilladas. Mira perdía la paciencia y los nervios no la dejaban pensar bien. Tomó un impulso mucho más fuerte, alimentada por la rabia que sentía, y el mueble cedió algo más a su fuerza. Se levantó unos centímetros. Pero de pronto, se movió con más facilidad. El mueble se levantaba, por fin. Mira miró esperanzada que, a su lado, Rumi se sumaba a ella y la secundaba en el esfuerzo hasta que juntas pudieron levantarlo. Empujaron la estantería hacia la pared y Mira se agachó rápido hacia la pelinegra, apartando todos aquellos libros de su cabeza y de su cuerpo. Zoey balbuceó muerta de dolor. A pesar de eso, al ver a Mira alzó los brazos hacia ella. La pelirrosa se agachó y la rodeó con los brazos, aferrándose a ella. Zoey temblaba entre sollozos.
—Ya está, ya está, ya está… ya está… —susurró en su oído, apretándola contra ella. Notaba ligeras grietas en sus vértebras. Al palparla de la espalda Zoey vio las estrellas y rompió en otro llanto. Mira ni siquiera apretaba—. Nena, voy a sacarte de aquí. Estás a salvo.
—Ese hijo de puta… agh… ¿dónde…?
—Atado. Y los otros… heh —Rumi hablaba mientras explorada asqueada la sala. Se acercó a sus amigas y logró levantar a Zoey.
—La policía no tardará en venir… la de verdad. Zoey, camina con cuidad-…
—No puedo —farfulló llorando. Mira la recorrió con la mirada. Se mantenía con un solo pie. Se fijó en la otra pierna. No tenía una orientación natural en la zona de la rodilla.
No…
—Quédate con ella, yo me aseguro de limpiar lo que sea que haya arriba… pero esos eran todos. Estoy segura. No vi salir a nadie más.
Mira puso a su alcance su alabarda y condujo a Zoey a la pared más cercana. La pelinegra no paraba de sollozar y gruñir a cada movimiento ínfimo que hacía.
Lo tiene todo roto…
Pasó un rato. Rumi las llamó para indicarles que todo iba bien por el momento y que se alejaría desde el exterior para tener mejor visual. Había atado a un árbol a Ronald y allí seguía dormitando. Pero mientras tanto, el tiempo corría allá abajo en silencio para las otras dos. Zoey se limpiaba las lágrimas al principio… pero según pasaban los minutos, dejó de llorar. Al menos, no tenía lesiones en los brazos. No se sentía capaz de nada en aquel momento. Viendo la situación… ni siquiera podía construir algo lógico donde acababan bien. Ninguna de ellas, después de aquello.
—Zoey… va a venir la policía y una ambulancia, Sarah llamó a la policía y creo que Rumi hará lo mismo con los servicios de emergencias —se giró de repente hacia ella, gateando para mirarla de cerca—. ¿Qué más te ha hecho? ¿Tienes bien los oídos, notas algún dolor interno?
—Déjame en paz… que me trate el médico cuando venga.
—Sé que estás enfadada… —susurró, a punto de acariciarla. Pero detuvo la mano antes, y lentamente cerró los dedos, alejando el puño—. Pero es por tu bien. Así que… por favor contéstame.
—No, no me duele nada de eso.
Mira sentó el culo y comprimió hacia dentro el labio inferior, lentamente. Miró a Zoey de arriba abajo y dio un resoplido.
—Sé que no es el momento. Pero… entiéndeme… después de…
—… —Zoey no dijo nada. Tampoco la miró. Y Mira se sorprendió en primer lugar, al no saber encabezar el resto de la frase. Hubo un silencio incómodo… que se rompió al escuchar ruidos extraños en la planta superior. Tanto Mira como Zoey levantaron la cabeza alarmadas.
Exterior
Rumi lo dejó en un árbol, cerca del porche de la casa. Era el único lugar donde podía hacerlo, no encontró más soportes fijos y con lo desquiciado que estaba, lo veía capaz de romper esas viejas barandillas. Así que sabía de antemano que no era bueno dejarlo solo. Pero tenía que ayudar a sus amigas… Zoey estaba bajo una estantería enorme.
Paró en seco al salir. El peor presentimiento se confirmó al ver las cuerdas rotas. Alerta, Rumi alzó la Saingeom y escudriñó la parcela. Había demasiados árboles y la oscuridad del atardecer jugaba en contra. Pero su fino oído captó pisadas cercanas. Se giró vertiginosamente. Nadie. Volvió a estudiar a distancia la cuerda rota. Quienquiera que lo liberara, incluso si fue él mismo, utilizó algo cortante. Eso también fue un descuido por parte de la cazadora: no cachearle antes de dejarle allí.
De pronto, el inconfundible ruido del aire cortado la agitó y rodó una vuelta hacia atrás, poniéndose en pie de un salto. Un demonio trató de cercenarle el cuello. En su lugar, trasquiló parte de su trenza. Rumi dio dos zancadas a su lateral y comenzó la lucha contra él. Pero no iba solo. Pronto se unieron dos, tres, cinco… ocho. En distintas direcciones. Rumi abrió los ojos y cerró mejor las manos sobre la espada.
¿Por qué? ¿De dónde salen tantos…?
—Por fin… te lo dije… la tonta vendría… —masculló uno. Rumi giró la cabeza al sentir esa voz. Y se puso mucho más alerta todavía. Era Dae-ho. O lo que quedaba de él, mientras su piel, su cabello y su cuerpo se deformaban en otra cosa. En lo que verdaderamente era. Rumi le tomó como su adversario principal y llena de determinación, abalanzó la hoja sobre su pecho. El demonio saltó hacia tras en una risotada, mientras los iris de sus ojos y sus dientes se transformaban también. Mirándola fijamente, se fue poniendo recto—. Puedo leerte con la facilidad de un padre… el que no tienes.
Su voz terminó de cambiar, acompasada a la nueva conformación distorsionada de sus cuerdas vocales. Rumi entendió aquellos olores raros, el cambio de personalidad y la falta de sentimientos hacia ellas las últimas semanas.
—Tú no eres Dae-ho. ¿Qué has hecho con él? —farfulló, amenazándole con la espada. El demonio soltó otra risotada.
—Hace ya bastante que nos lo comimos… pero sí que adquirimos bien su forma —se miró las gangosas manos rojizas, deformadas por costras—, era suave, sí, le echaré de menos. Normalmente, las réplicas no salen tan bien. Con él… salió muy bien. Casi logramos imitar hasta el olor de sus pedos.
Varias risotadas más se oyeron a su alrededor; Rumi entendió su desventaja. Estaba rodeada por demonios que cada vez la encerraban más en un círculo. La miraban hambrientos.
—Nunca he robado el alma de una cazadora —se relamió una, con cara de loca y las manos hacia Rumi—, ¿se imagina alguien que pudiera replicarla también?
—Las cazadoras no se pueden replicar. Sólo quedará… matarlas.
—Eh, una tiene como dos costillas rotas y una rodilla dislocada. Me lo dijo el grandullón —comentó otro demonio, con una sonrisa—. Vosotros, id por esa. Está débil.
Dos demonios marcharon a la casa, ante la mirada de cabreo de Rumi. Trató de cerrarles el paso, pero los únicos que pudieron cerrarle verdaderamente el paso fueron aquellos monstruos a ella, frenándola con una especie de hoz. Rumi echó la cabeza hacia atrás bruscamente y adquirió una postura de lucha. Volvieron a rodearla en corral… y ahora parecían haberse multiplicado.
No es como aquel día en el avión… estos… son demasiados… ¿cómo han podido sincronizarse así? Sabían que estábamos aquí…
Uno se le acercó demasiado. Para colmo, algunos iban armados con objetos punzantes. No tuvo otra que luchar por su vida.
Casa rural
«Te he dicho que te quedes, no me lleves la contraria.»
Con esa frase, Mira cortó una nueva discusión, levantó y salió del sótano. Dejó a Zoey allí mientras ella salía a explorar la zona. Giró la alabarda en una cábala, preparándose. Su instinto le decía que iba a haber sangre. Los ruidos externos indicaban que la lucha empezó. Al asomarse, vio el auténtico caos. Un corro de demonios, como un pequeño pelotón, iba contra Rumi. Alertada, saltó del porche de dos grandes zancadas y acortó distancias con ellos. Pero de pronto, llamada por un aviso de su propia mente, frenó en seco. Giró lentamente la cabeza hacia la casa.
Son demasiados. Está planeado. Y si está planeado… no hago bien dejándola sola.
Un grito de Rumi le heló la sangre. Fijó la mirada pero con tanto demonio no lograba verla bien. Lo que sí vio, fue un arma punzante en alto en forma de hoz, caer en picado hacia abajo. Chistó cabreada y corrió hacia ellos.
Sótano
Zoey olía el peligro y la lucha encarnizada. Le preocupó escuchar choque de hojas, porque significaba que quienquiera que les estuviera haciendo daño, iba armado. Haciendo de tripas corazón, pudo levantarse recargando su peso en un solo pie. Era frustrante tener tantos conocimientos en el cuerpo a cuerpo y no poder hacer nada. Aquel salvaje la había destrozado y ahora tocaba una temporada de recuperación. Eso lo sabía. Pero no por ello pensaba abandonar a sus amigas. Tenía claro que si iba a estar postrada en una cama por meses, sería con las dos al lado, vivas y respirando, haciendo bromas como siempre mientras comían ramen.
Al menos, lo tenía claro hasta que probó a caminar con la pierna dislocada.
—¡¡Ahh…!! ¡Gggh…! —apretó los dientes y se inclinó a tocarse la rodilla. Ni modo. Cabreada y tremendamente dolorida, tuvo un bajón anímico.
No puedo caminar…
Zoey acababa de descubrir lo que era, por primera vez en su vida, sufrir una lesión grave. Eso le dio una oleada de tristeza. Seguía oyendo las armas y los berridos de guerra ahí fuera. Se dio otro chance, pero al pisar por segunda vez la rodilla le terminó de fallar y cayó al suelo de bruces.
Exterior
Mira y Rumi aunaron sus conocimientos para destripar a las bestias. Por lo general, los entrenamientos las ayudaba a sincronizarse y leerse la mente con ciertos movimientos. Pero en aquella lucha descompensada, Mira estaba teniendo varias torpezas. Descuidó sin querer la espalda de Rumi en un ataque cooperativo de los demonios, y la chica recibió la primera puñalada en el costado. Rumi abrió los ojos impactada. El demonio soltó un grito triunfal y desgarró su carne al retirarle la hoja. Rumi trastabilló y tuvo que hincar una rodilla para evitar comerse el suelo. Enseguida sintió la sangre discurrirle por el muslo. Mira la miró preocupada al voltearse, justo antes de recibir un cabezazo por parte de otro demonio. No podían parar. Ninguna, o estaban muertas. No podían desconcentrarse. Pero habían perdido práctica aquella última temporada, debido principalmente a los problemas dentro de la banda. Se habían alejado y los entrenamientos ya no los hacían juntas.
—Rumi… ya voy…
—No tenías que haber venido, ¿y Zoey…? —masculló, reteniendo el dolor. Mira golpeó a otro con el mango de la alabarda y lo noqueó, momento que aprovechó para acuclillarse a su lado y levantarla. Rumi emitió un quejido. Sus marcas avanzaron en la piel. Rosadas y blancas, invadiendo su mentón. Mira se quedó mirándola atónita—. N…no… no mires… oye… esto…
—Ya lo sabía. ¿Estás bien para seguir peleando, te hizo algo?
—… ¿ya lo…?
—Zoey me lo contó. Hace mucho tiempo —musitó, pero dejó de mirarla. Se acercaban más y Mira adoptó una postura defensiva, a la espera.
—Cuánto… cuánto tiempo… —se apretó la herida con la mano, tratando de ocultarla. Empuñó de nuevo su espada.
—Cuando te abrazó en el skatepark.
Mira recordó la mirada con los ojos abiertos como platos que la pelinegra entonces le puso tras abrazarla. Su mutismo. Pero en aquel momento nada importaba más que el hecho que tenía por delante: el choque de las armas frente a ella. Mira frenó un ataque mortal directo hacia el rostro de la pelimorada. Pateó en el pecho al demonio y le rajó la cara con la alabarda, abriéndosela en dos. Al caer al piso, el demonio se convirtió en humareda roja. Rumi cerró los ojos y tomó aire, saltando de golpe. Tomó una postura algo más alejada de su amiga para abarcar más perímetro.
Por eso son mis amigas. Porque lo sabían y lo asumieron.
Lanzó una patada voladora que ejecutó a otro demonio, éste con el cuello partido. Mira defendía su posición magistralmente, era la única que no estaba herida. Pero Rumi trató de sugestionarse y fingir que tampoco lo estaba tanto; consiguió aumentar el número de bajas. Otro golpe las hizo girar la cabeza: otro grupo de demonios.
—Ah, ¡vamos! ¿De dónde salen? —se quejó Rumi, tratando de mirar más al horizonte. La planificación de esos estúpidos seres estaba viéndose mermada, pero si seguían multiplicándose se acabarían cansando. Atravesó el pecho de otro más y le pateó en la misma zona para desencajarle la hoja.
—¿Qué demonios significa esto? ¿¡Qué hacéis…!?
Mira y Rumi se pusieron rectas y se dieron la vuelta, armas en mano. Rumi se comió con la mirada a los dos hombres que acortaban distancias. Un nuevo grupo pequeño de policías -al menos, así parecía por el uniforme-, se aproximaba acompañándolos. Rumi parpadeó preocupada.
—Higgins… detente —empezó, levantando suavemente la punta de su espada. Higgins caminó algo más aletargado. Miró a su colega, con la ceja elevada. Parecían entenderse con la mirada. Mira sintió su propia agresividad nublándole el juicio. No podía sostener la mirada a aquel otro tipo. Porque era el ser a quien más asco tenía en el mundo. Apretó la boca. Fue a coger una posición de ataque, cuando Ronald frenó sus pisadas y se metió las manos en los bolsillos. Sonreía con una incómoda tranquilidad a las muchachas.
—Eh, basta ya. Hemos venido con la policía. Porque… los habíais llamado, ¿no es cierto?
Mira miró a su alrededor, con la nuca tensa. Sarah no estaba lejos, o no debía estarlo. Le pidió llamar a la policía y quedarse a resguardo donde el coche no fuera visto, claro que, viendo las circunstancias y la preparación de aquella gente, entendió que debía temer por la vida de ella también. Probablemente Ronald y sus hombres la tuvieran vigilada en el momento en que aparcó cerca. Como fuera, las dos se tensaron cuando los hombres dieron otro paso más hacia ellas.
—Te he dicho que te detengas —apretó la pelimorada la voz, dirigiéndose a Higgins. Éste sonrió y agachó la cabeza, con sorna.
—Ni siquiera has dudado. ¿Dónde crees que metí al verdadero Higgins?
—Tú lo has matado… igual que mataste a Dae-ho —respondió alterada, acercándose con la espada amenazante—, todo este tiempo habéis estado jugando con nosotras.
—¿Ah sí? —Higgins se señaló sorprendido y giró sobre sus talones, mirando a Ronald. Éste elevó los hombros—. No, no. El tal Higgins… el dueño de este cuerpo… murió hace poco. Tuve que absorber su alma porque mi colega, el imbécil que llevaba el cuerpo de Dae-ho… —puso los ojos en blanco—, ah, es un idiota, empezó a llamar la atención demasiado rápido. Entonces hic…
—¡¡No quiero oírte!! —interrumpió la chica, girando sobre sí misma antes de dar el primer golpe con la hoja. Higgins esquivó con una velocidad antinatural el giro que hizo en la trayectoria. Sonrió.
—En realidad… viendo hasta dónde hemos llegado… —musitó divertido, viendo el cansancio de Rumi—, nos podemos dar con un canto. Pero no es eso lo que nos han pedido hacer. Ronald, haz lo tuyo. Lárgate.
Mira parpadeó encolerizada, viendo cómo Ronald de repente pegaba un brusco giro y salía corriendo como loco hacia la casa rural. Directo a Zoey. Rumi y Mira corrieron tras él, ignorando al demonio. Pero éste elevó la mano e hizo aparecer un cayado con el que golpeó en seco el rostro de Rumi para detenerla. Rumi gritó y cayó a la tierra, adolorida. Sus labios sangraron. Mira frenó su carrera, angustiada.
Y tuvo que decidir.
Ronald estaba yendo a por Zoey. Pero al volver la mirada a Rumi, enfrascada con otros demonios que regresaban a golpearla ante la impávida mirada de Higgins, vio la sangre discurriendo bajo su camisa. Empapada. Tenía una hemorragia. Una herida mortal.
Sólo somos dos… no podemos con todos.
—¡AGH…! —Rumi jadeó presa del dolor al sentir que otro de los demonios le arrancaba la carne al engancharla con sus garras. En la misma herida, convirtiéndola automáticamente en una herida mortal. Rumi se acobardó al ver la magnitud de la nueva brecha. Le faltaba parte del cuerpo, había sido como un mordisco, y la sangre brotaba de ella como una cascada… a borbotones.
—… —cuando se quiso dar cuenta, a Mira le dolía la mandíbula de lo fuerte que apretaba los dientes, lo fuerte que tenía cerrados los ojos para evitar enmierdar más su sentimiento de culpa. Tenía que ayudar a la persona más desvalida. A tientas, sacó el móvil y mandó un mensaje. Y en menos de tres segundos, regresó con Rumi y la defendió.