CAPÍTULO 29. Deja que me estampe
Mira despertó sobresaltada. Había tenido una pesadilla de su propio pasado. Ronald paseándose entre los pupitres hasta llegar al que ella compartía en la secundaria con Sarah. Entonces Sarah no tenía el pelo teñido, era una adolescente como ella misma, y se hablaba con él como si se conocieran de algo. Pero cuando se dirigía a Mira, sentía sus nervios. Comenzó a respirar ansiosa, y luego a sollozar, y cuando toda la clase la señalaba y se burlaba, Ronald también empezó a desternillarse de risa. Mira despertó de golpe y miró a su alrededor. Era su enorme habitación vacía y a oscuras. Agarró el teléfono.
«Mira… ¿estás despierta?»
—Coño —masculló en un susurro. Era un mensaje de Zoey.
«Perdona, me quedé dormida… ¿pudiste dormir algo?»
Zoey ya no contestó. Le envió el anterior mensaje hacía ya cuatro horas. Mira la intentó entretener vía mensajes, pero el sueño la acabó venciendo. Y se maldijo por ello, porque al despertar, supo que ya le debía quedar poco para someterse a la operación. Por más que trató de personarse y estar a su lado en aquellos momentos, fue la propia Zoey la que exigió que tanto Rumi como ella se fueran a descansar a casa.
Mira se obligó a desperezarse del todo y se metió en la ducha.
Una hora más tarde, ya estaba vestida con un chándal negro y sus zapatillas blancas. Se puso una gorra y metió en una bolsa otra sudadera limpia y ropa interior por si esta vez Zoey le permitía pasar la noche en el hospital. Sabía que no aguantaría a sus padres… y a lo mejor cabía la posibilidad de relevarlos, porque también estaban agotados. Según Zoey, le dieron la noche y no pararon de discutir… aunque en voz más baja.
Al asomarse a la habitación de Rumi, ésta roncaba. Era lógico. Nadie había dormido mucho y los últimos acontecimientos las tenían en vilo. Pero con o sin Rumi, Mira iba a salir.
Cuatro horas más tarde
Hospital
Después de mucho esperar, la familia de Zoey y Mira tuvieron por fin noticias.
«Ha sido un éxito. Pero los riesgos post-operación están ahí. Hay que tener mucho cuidado.»
Aquello llenó a los presentes de alivio. Y después de estar con su hija otro buen rato, permitieron el paso a Mira.
Habitación hospitalaria
Mira se cruzó con los padres de Zoey en el pasillo, justo antes de adentrarse. Por cómo le devolvieron la mirada, parecían cabreados. Supuso que tras el grito que les había pegado el día antes, era esperable. Pero no pensaba retractarse. Cuando entró a la habitación, cerró la puerta. Trató de relajarse y abandonar los malos pensamientos. Y se volteó.
Oh…
Zoey parecía dormida. Tuvo que acercarse para verificar que no lo estaba. Pero por su expresión y su rostro, estaba agotada. Mira suspiró y le acarició la cabeza, inclinada hacia ella. Susurró.
—¿Estás bien…? No me han contado mucho.
Zoey asintió pesadamente. Tenía un fuerte dolor de cabeza, aunque lo que realmente le preocupaba eran los dolores que no podía sentir en la pierna aún, al menos no en su máximo esplendor. Estaban embebidos en la balsa de las drogas. Mira bajó la mano a su mejilla y mientras la acariciaba, miró su pierna. Tenía un voluminoso aparato que la obligaba a dejarla quieta al milímetro, por encima de las propias vendas.
La tienen bien drogada. Eso tiene pinta de doler.
—M… —intentó hablar.
—Dime —la miró atenta. Zoey tanteó con sus dedos hasta lograr tocar la mano. Mira la sujetó con más fuerza, y la pelinegra sonrió un poco. Mira la recorrió nuevamente con la mirada, entreabriendo los labios. Estaba empezando a sentir la debilidad de siempre, toda la adoración que sentía por ella brillaba desde su corazón. Juntó los labios y tragó saliva—. Siento haberme dormido…
Zoey no pareció ya reaccionar. Estaba más dormida que despierta. El efecto de la anestesia pululaba por sus sentidos todavía. Mira agachó un poco la cabeza y miró alrededor. Se distanció un instante para aproximar la butaca destinada a las visitas a la camilla y fue sentándose poco a poco. La miró mucho más de cerca, estudiando su rostro. Y volvió a acariciarla de la mejilla, cariñosamente. Frotaba con su pulgar sin descanso, y hundió el rostro cerca de la almohada.
—Siento mucho todo esto… sé que podría haberlo evitado.
Te he fallado.
¿Alguna vez…
…no he fallado a alguien?
Zoey pareció parpadear un par de veces. Mira la observó atentamente. Pero no hizo más nada. Enseguida perdió la poca fuerza que había aunado y volvió a dejar caer a un lado el rostro. Su respiración se volvió continuada.
Se ha dormido…
Mira se relamió los labios y se fijó en la puerta. Allí estaban solas. Nadie lo sabría… salvo ella misma. Pero no podía contenerse más. Lentamente se pegó más a ella y acarició su boca con los labios, antes de besarla. Presionó con sus labios varios segundos, disfrutando de aquello como si fuera la primera vez. Allí no había nadie para molestarlas… al menos en ese momento. Así que ese momento era suyo. Pero cuando se separó se sintió peor. Todavía más culpable. Le entró la pena y sus labios comenzaron a temblar. Zoey balbuceó.
—Sabía que estabas aquí…
Mira se recompuso aprisa, recuperando algo de felicidad al verla reaccionar. Suspiró y sonrió.
—Hola… ¿cómo te encuentras?
—Ugh… como si me hubiera pisoteado un rinoceronte…
—¿Te duele la pierna?
—Un poco… pero creo que está dormida. No puedo moverla…
—Ni lo intentes —continuó las caricias en su pelo—, tienes muchos calmantes en vena… trata de seguir descansando. Tienes la pierna metida… en una especie de molde. No la puedes sacar.
Zoey parpadeó cansada. No quería volver a dormirse. Le costó, pero pudo centrar la mirada en su amiga.
—Oye… la chica… esta, Sarah…
—No hablemos de nadie más ahora mismo —murmuró.
—Mira… —tomó aire—, ella…
—¿Qué ocurre…?
—¿Has… has venido sola…? ¿O juntas?
Mira frenó despacio las caricias, sonriendo con ternura.
—¿Por qué me preguntas? ¿Crees que vine con ella?
—Escuché… los gritos de las dos ayer…
Mira recordó que las dos gritaron en el pasillo hospitalario. Zoey parecía haberse quedado con eso en la cabeza. Comprimió entre sí los labios antes de arrancarse.
—En el gimnasio… te dije un montón de cosas de las que me arrepiento. Cometí un error y… —soltó una risa desganada, llena de mortificación—, no, cometí varios…
A pesar de haber transcurrido un tiempo, Zoey sentía aquel recuerdo demasiado reciente. Cómo la miró y lo que le dijo. Hizo un esfuerzo por incorporar el cuerpo, pero Mira le chistó y le situó las manos en los hombros.
—Dios, ni se te ocurra… tienes la pierna inmovilizada. Cualquier cosa que necesites tienes que llamar a un doctor.
Zoey elevó lo que pudo el cuerpo para acomodarse una almohada, pero en cuanto movió los brazos, sintió como mil agujas clavársele en todo el tórax. Protestó lastimera, dejándose caer en la camilla. Mira la observó apenada y posó una mano en su costado.
—Tienes… tienes que reposar, ¿de acuerdo? No lo hagas más difícil.
—No puedo estar siempre aquí tendida, ¡me voy a volver loca!
—Zoey… —musitó. La cogió de las manos—, pídeme lo que necesites, pero vamos a hacer las cosas bien. Tu rodilla debe recuperarse, ¿vale? Y tienes costillas rotas.
—Y qué más da… ya no voy a seguir bailando.
—Eso no lo sabemos. Te queda toda una recuperación por delante y…
—No quiero seguir bailando, ni cantando. Ya no quiero esta vida, ni la banda.
—… —mirándola a los ojos, supo que nacía de un sentimiento oscuro. Era lógico que no quisiera dadas las circunstancias. Para Mira también estaba roto desde hacía tiempo. Pero cuando se abrazaron las tres creyó haber superado el bache. Zoey, sin embargo, seguía enteramente lesionada y tenía que pasar por aquel calvario.
¿Por qué nosotras nos hemos curado y ella sigue con los huesos rotos? Joder…
—¿Sa-sabes algo guay…? Cuando la luz del sol da en nuestras cicatrices…
—Auch… auch… —Zoey cerró los ojos al notar otro dolor en el costado. Mira prefirió contarle aquello en otro momento.
Pero no quería que fuera otro momento para lamentaciones. Zoey apartó la mirada de ella. Ya estaba más espabilada, y con eso, también menos amistosa. Mira se mordió el labio inferior, con la mirada gacha. Estaba pensando cómo verbalizarlo todo.
—Sé que esto ha sido un mazazo, pero piensa…
—En lo único que pienso —la interrumpió—, es en las ganas que tengo de irme… y no regresar… —se pronto agachó el rostro y se empezó a retirar las lágrimas que le brotaban. Mira palideció al verla sollozar. Estaba demasiado frágil, ni siquiera la veía capaz de sostener una conversación en aquel estado.
—Nada de lo que te dije aquel día fue sincero. Siento haberte despreciado. Pero es que… Zoey, tú no lo entiendes… no podré perdonarme jamás por hacerte el daño que te hice.
—Lo entendía todo perfectamente, pero me confundiste. La vi… la vi con tu ropa, ¿sabes? —dijo sorbiendo por la nariz. La miró fijamente—. En el sótano, con tu sudadera. Creo que aquello fue lo peor… ya ni siquiera podía pensar en Ronald.
—Cogió mi ropa sin preguntar, y yo… sólo pensaba en que estabas en peligro.
Zoey tenía las emociones a flor de piel, la sensibilidad por los aires. Al lagrimear, Mira agachó la cabeza. La agarró de las manos y se inclinó más a ella, susurrando.
—Por favor, no llores.
Zoey miró hacia otro lado.
—Entonces… mentiste. En el gimnasio, me miraste a la cara y me mentiste.
—No del todo. Creo que a mi lado sólo sufrirías. Yo ya estoy muy quemada por el pasado. Llevaba bien dos años… pero este individuo llegó y lo trastocó todo.
—No había nadie que nos impidiera hacer nada.
—No lo entiendes. Ronald ya no era el problema. O no debía serlo. Sin embargo estuvo ahí. Me acordé de lo que me hizo y fui capaz de darte un… —suspiró—, en fin. No quiero acordarme.
—Lo entendí —murmuró. Bajó la mirada hacia sus manos unidas y desplazó los dedos, acariciándola en el antebrazo. Mira tenía sus cejas fruncidas, pero sonrió un poco.
—No quiero que vuelva a pasar algo así. Y no sé cómo controlarlo.
—Hubo señales, pero no las vi. Mira… —echó un vistazo inseguro a la puerta y bajó el tono de voz—, quiero contarte un secreto.
La pelirrosa se inclinó poniendo la oreja, y entonces Zoey sonrió un poco y la mordió en el lóbulo, provocándole una pequeña contracción. Cuando lo soltó de entre los dientes, lamió lentamente antes de volver a presionarlo con los labios. Se llenó de pacer y de satisfacción al oír el suspiro débil de Mira, que la sujetó del cuello con mimo.
—Para…
—No me frenes… —musitó débilmente, antes de besarla pausadamente en el cuello. Mira tuvo que tragar saliva. Ni siquiera en un momento de tristeza como aquel podía comprender su propia libido, que se disparaba más a cada segundo. Zoey la mordisqueó esta vez en el cuello y tuvo que cerrar los ojos. Suspiró por lo bajo y se recargó por inercia sobre la cama, pero al sostenerse en la camilla pasó a rozarla de un costado. La pelinegra balbuceó adolorida, y Mira entonces abrió los ojos.
—Estás lesionada. Por favor, no quiero hacerte daño.
—Entonces… trátame muy bien… —susurró, mirándole drogada la boca. La sujetó de la nuca y casi golpeó la boca con la ajena, al robarle un beso más encaramado. Mira suspiró excitada, sintiendo cómo de golpe y porrazo aumentaban sus latidos.
No sé ni siquiera cómo puede perdonarme…
Pero ya no le quedaba más fuerza de voluntad para detenerla. Correspondía el beso con las mismas ganas, incluso más. Se fue olvidando del dolor. El suyo y el propio, para sustituirlos lascivamente. Cada vez estaba más encima de Zoey, su instinto actuaba por sí solo. Zoey emitió un quejido sin despegar la boca de la de Mira, al notar cómo la agarraba de un seno. Puso su mano encima y la acarició, invitándola a seguir, mientras su lengua jugaba sin parar con la de ella.
De repente la puerta se abrió, haciendo que la pelirrosa se separara enseguida. Casi asustadas, vieron el rostro de consternación de Leah. La coreana camufló como buenamente pudo su expresión, por su hija. Dio dos pasos adelante y clavó la mirada en Mira. Ésta se limpiaba la comisura con el pulgar y se ponía rápido en pie.
—Zoey… el médico dice que necesitas reposo absoluto. ¿Qué… qué es lo que hacéis?
Mira agachó la cabeza. Se moría de la vergüenza, aunque no era el único sentimiento gris que tenía en el cuerpo. Sabía que obraba mal dejándose llevar en un momento así. Zoey también se limpió la boca y suspiró.
—Yo la besé —dijo—, mamá, ¿podrías… salir un m…?
—Claro que no —murmuró más candente. Ahora no se quitaba de la cabeza a su dulce niña, con la lengua prácticamente fuera mientras la retozaba con la de aquella otra lesbiana. No podía aguantar el asco y la rabia que centelleaba en ella cuando cruzaba miradas con Mira. Ya no podía verla sin odiarla.
Hija de perra. Estabas agarrándole un pecho. Te cortaría las manos.
Mira notó su mirada acusatoria y dio un paso atrás, bajando el tono de voz.
—Zoey… quédate con tu madre. Necesitas descansar.
—No quiero quedarme con ninguno de mis padres —sentenció, con la vista clavada en Leah—. Mamá, os agradezco a los dos haber estado aquí. Pero quiero recuperarme tranquila… en la casa que tenemos. Mira me cuidará.
Mira no pudo evitar curvar un poco la sonrisa, tiernamente.
—¿Mi… Mira… que Mira te cuidará…? Jajaja, já, já…
Zoey la miró con toda la fuerza que podía. Pero se daba cuenta, tristemente, de que su madre ejercía un poder fatal en ella. Era el poder de una madre. La mujer que la había traído al mundo, la que la acompañó durante toda la infancia y le dio todo el amor posible, pese a los últimos años de tensión. Y Leah jamás había tenido esa expresión de desagrado al mirarla. Zoey parpadeó conmovida y trató de mantener el tono fuerte.
—No quiero ir a casa contigo. Quiero… quedarme aquí. Estoy cansada de los gritos.
—¿Cómo piensas que puedo estar tranquila cuando acabo de pillarla metiéndote la lengua hasta la garganta? Agarrándote así, como si no estuvieras con las costillas dañadas.
Mira suspiró colapsada y agarró su riñonera antes de salir sin mediar palabra. Porque por primera vez, sintió ganas de golpear a la mujer. Y no era un pensamiento que pensara hacer realidad.
Al salir atropelladamente, chocó con una enferma y después de disculparse buscó la salida.
Zoey miró entristecida la puerta abierta. Leah la cerró lentamente, y se giró calmando sus respiraciones.
—¿Ves? Esa es la clase de persona prepotente e impulsiva que puede acabar con tu vida.
—Déjame cagarla, entonces. Déjame comprobar si es verdad lo que dices… —la miró fijamente—, porque te juro que si ocurre, volveré a ti para no separarme jamás. Yo tampoco busco que me hagan daño.
—Hija… ¿crees de verdad que puedes pedirle eso a una madre? —se acercó a ella, sentándose con cuidado en un lateral de la camilla. Zoey agachó la cabeza. No quería dejarla hablar demasiado, porque entonces aquello se convertiría en la conversación que tuvo con su padre en el coche.
—No la conoces lo suficiente. He vivido con ella estos dos años… con contacto diario. Sé que parece dura, hasta un poco canalla —sonrió sin ganas, jugando con sus dedos nerviosos—, pero sé que es buena. Sólo que ha sufrido mucho también.
—Zoey —bramó con fuerza en la voz. La arrancó de su ensoñación—. En esta vida todos sufrimos, querida. Todos. Sé ver claras ciertas señales, esa chica te hará daño. Y a ti te gustan los chicos.
—Y las chicas —defendió, arrastrando las palabras—, creo. Al menos… sé que ella me gusta.
—¿Cómo lo sabes?
—Ay, mamá… lo sé, ¿vale?
—No. Estás desorientada. Te ha tenido que llenar la cabeza de pajaritos. Lo que ocurre aquí —le peinó el flequillo hacia un lado con los dedos—, es que una mujer siempre entenderá mejor las necesidades de otra mujer. Eso es todo. Y claro que te puede confundir. Pero algo así no te hace lesbiana.
—Dios… —suspiró retirando de su alcance la cara. Leah insistió.
—Dime, ¿por qué crees que esto ha pasado ahora y no antes? ¿qué lo ha desencadenado?
—Me empecé a fijar en ella hará… un año. De esa manera.
—¿De esa manera…?
Zoey sintió que el calor le subía a las mejillas. Se relamió los labios.
—Yo… nunca había sexualizado a nadie. Pe-pero… ella… no sé. Fue un día cuando íbamos a salir a tomar algo las tres. Se estaba poniendo sus pulseras y arreglaba el maquillaje. No sé qué fue, o por qué, ya no lo recuerdo tan nítido. Pero sé que se arregló por fuera el sostén porque le molestaba, o algo así, y me sorprendí a mí misma imaginándomela —negó con la cabeza—, a partir de ahí empezó a ser diario. Me fijaba todo el rato en todo lo que hacía. Me daba sed. Y cuando entrenábamos juntas algunos movimientos de lucha y me tocaba… me ponía nerviosa.
—Eso no significa nada, Zoey.
—¿Cómo así…? Entonces… ¿qué sentiste tú por papá cuando aún le querías? —la miró, sorprendida—, ¿cómo puede no ser nada esto que te estoy diciendo?
Pues sí que tengo una hija bisexual, sí. Aquel pensamiento, frío y pesado como el acero, se le sobreescribió en el cerebro. Tomó aire. En cualquier caso, ella no me gusta. Es una chica problemática. Y será una mujer problemática, que se cargará la carrera y la vida de mi hija. No pienso dejar que le ponga la mano encima. Ni pienso dejar que tu vida, hija, se convierta en la mía.
—Está bien —dijo de pronto, tomando otra actitud—. Te dije en la cena que lo aceptaría y lo haré, pero… —Zoey se relajó enseguida, mirándola más esperanzada—, tienes que prometerme… que a la primera manipulación, o al primer grito… o a la primera traición… por favor, debes ser fuerte y dejarla.
—No vas a dirigir mi relación —la frenó, sorprendiéndola todavía más. Zoey la miró con el ceño fruncido—, ya soy bastante mayor para saber ver cuándo alguien es malo conmigo, ¿no te parece? ¿Te parezco la clase de persona que toleraría a alguien así?
—La veo violenta —musitó, negando con la cabeza—, no quiero que te haga ningún daño, Zoey.
Aquello sí perturbó un poco los ojos oscuros de la menor. Ella también recordaba con una horrible precisión el dolor cuando le soltó el puñetazo animal. Y cómo seguidamente sufría un ataque. Mira era una persona marcada por el pasado, de alguna forma. Y ese pasado no era hermético. Las grietas tenían filtraciones de rabia y tristeza en el presente.
Yo tampoco quiero que vuelva a pegarme…
Tragó saliva.
Ella estaba peor que yo en ese momento.
—Eres tan buena… —la acarició su madre del rostro—, siento decirlo, pero incluso la clase de chica de la que pueden aprovecharse. Zoey… eres mi única hija, ¿qué crees que haría si te pierdo? ¿Crees que tengo algo más en este mundo?
—Estás exagerando.
—Lo que no quiero es que te lleve por un mal camino. O que luego andes justificando sus problemas.
—¡¡Bueno, vale ya!! —gritó de pronto. Se saturó, y Leah dio un brinco. La miró con los ojos bien abiertos.
—Sí, tranquila… ¿estás bien…?
Zoey se palpó adolorida un costado. El grito le costó un pinchazo. Pasaron los segundos, con Zoey calmando sus respiraciones. Lentamente, el dolor se marchaba. Retiró la mano de su cuerpo y suspiró. Pero entonces, su madre volvió a inquietarla.
—Y ahora… ¿podrías decirme cómo fuiste capaz de matar a ese hombre?
—E-eso… n-no fui yo…
—No intentes ocultármelo —la cortó, más enfadada—, la policía habló con nosotros. ¿Crees que son tontos, hija? ¿Que no saben reconstruir una escena criminal? Tu versión de los hechos no se sostenía por ningún lado y te sonsacaron lo que hiciste. No… no es un regaño, sólo… quiero saber cómo fuiste capaz.
—Él…
…hizo daño a Mira, me lo hizo a mí… pero si le digo lo primero, entonces estaría confirmando su temor.
Leah la miró expectante. Al final, Zoey negó con la cabeza.
—Intentó violarme.
—Lo sé. Lo que intento saber, ya por curiosidad… ¿tus entrenamientos en lucha consiguieron hacer que le clavaras el cuchillo? ¿A un hombre tan alto? ¿Podrías contarme la escena?
—No. No quiero recordarla nunca más.
—Está bien, cariño.
Leah maldijo ser su marido el que estuviera pendiente de ella aquel día. Claramente fue un inepto, y aquellas eran ahora las consecuencias.
—Necesito estar un rato a solas… no quiero que entre nadie en la habitación. Mamá, por favor.
—¿Quieres… que le diga a Mira que vuelva? —dijo, un poco a regañadientes. Zoey asintió.
Cuando la mujer estaba a punto de salir por la puerta, Zoey volvió a hablar.
—Mamá.
—¿Sí…?
—Si me tengo que estampar… deja que me estampe. No interfieras… quiero estar con ella.
—No lo haré —aseguró la coreana. Y se sonrieron.