CAPÍTULO 32. Algo que solo yo puedo hacer
Ya era un hecho, Mira pasaba de ella. Sin posibilidad alguna de redención. Nunca pensó que la iba a cagar tanto marchándose de la casa abandonada, estaba convencida de que Ronald podría terminar con Zoey. Se equivocó. Y no sólo eso… Mira la vio marcharse.
No tengo mucho más que hacer aquí. Estos barrios… están llenos de famosos estúpidos. Ninguno me interesa ya.
Bajó los hombros en un largo resoplido. Y rememoró la escena de Zoey con Ronald. Desde aquello, su mente divagaba mucho en terrenos oscuros y sádicos. No parecía difícil acabar con la vida de una persona, si se miraba desde la perspectiva adecuada. Pero él quiso la adrenalina propia de una mujer que se resistía, que gritaba… que estaba consciente y que empleaba sus fuerzas contra él a pesar de no poder quitarle. Si él hubiera programado aquello de otra forma, ni Zoey ni ninguna de las Huntrix era rival para él. Al final, las ganas de sentirse un macho le habían pasado factura mortal.
¿De qué forma podía recuperar a su amiga? Trató de olvidarla, de ignorar que un beso ocurrió entre ellas. Pero no podía. Entonces, reparó en su familia. Quizá sus padres no le importaban… pero su hermano sí. Su hermano menor era un lazo que Mira perdió porque sus padres bloquearon todo contacto, al menos esa era a teoría. Y al final, hermetizado en el día a día con ellos, también desarrolló un odio hacia su hermana por haberles abandonado y cambiado por la fama. Mira sentía debilidad aún por él. Entonces… quizá una visita al hospital de sus padres no le importaría. Pero una visita de su hermano, sí. Y la manera de no mancharse las manos era arreglárselas para envenenarlo. Si le provocaba tal daño gástrico que tuviera que estar ingresado y luchando por su vida, Mira dejaría todo y viajaría. Zoey aún portaba muletas, era posible que no viajara con ella. Y si lo hacía, igualmente era vulnerable. Mira incluso quizá le convencía para que se quedara dado su estado. Ese sería el escenario ideal. Porque la pelirrosa no podía hacer nada por evitar que ella, Sarah, una especie de hija adorada por sus propios padres, estuviera presente. Entonces habría un encuentro sí o sí.
No estoy exagerando… ¿verdad…? Si la encuentro sola y le hablo de otra manera, creo que puedo recuperar su amistad por lo menos. En su casa no tiene amigos. Sus padres la tienen más que repudiada.
Ahora sólo tenía que pensar con estrategia y frialdad para que su inocencia fuera tan fuerte como su efectividad, porque evidentemente, un té envenenado o cualquier símil iniciaría un proceso de investigación.
Centro comercial
—Ya llevamos mucho caminando… ¿seguro que estás bien? —se preocupó Rumi.
—¿Cómo que mucho? ¡Salimos hace una hora!
—Ay, ya sé, pero vas en muletas, Zoey… Mira nos va a reñir y lo sabes.
—Bueno, ella no se enterará. Hehe… —dejó una de las muletas a un lado, para mover las prendas del lineal—, quiero darle algo bonito. Pero tiene tanta ropa…
—Y al final se la compras para usarla tú toda —se carcajeó, girada hacia otro lado—, ¿no has pensado en algún juego? Al final la enganchaste a la consola esa…
—También pensé en zapatillas. Unas parecidas a las blancas esas que le encantan.
—Buena idea —se agachó frente al lineal del calzado. Había un sinfín de estilos que Mira usaba.
—Oh… —el brillo de unos pendientes tras la vitrina, junto a anillos dorados y plateados, le llamó la atención. Recuperó las muletas y se movió hasta allí, encandilada. Rumi la siguió con la mirada. Aunque estando agachada se fijó en la cicatriz que bordeaba su rodilla. Le dio el sol, y un destello de la piel cicatrizada le llamó la atención.
También le pasa… como la cicatriz de Mira… y la mía. Se palpó con la mano el costado. Pero Zoey se alejaba demasiado ya, así que se puso en pie y posicionó a su lado.
—Wow… así que… un anillo y pendientes, ¿eh? Acabamos de pasar de dar un regalo normal a una pedida de mano.
—¿Crees que es exagerado? Mira ese… —señaló un anillo plateado. Tenía un ámbar engarzado. El diseño le gustó—. Me gusta para ella.
Rumi asintió.
—Es precioso. Va a alucinar.
Zoey amplió su sonrisa. Juntas se movilizaron a la zona de joyería, dejando atrás el resto de ropa y complementos. Pidió al empleado que sacara el anillo.
—¿Quiere probárselo antes? —preguntó el hombre, exponiéndolo sobre su mano enguantada. Zoey miró su propia mano y negó. Le hizo un gesto a Rumi.
—A ver, creo que tu mano se parece más. Extiéndela.
Rumi estiró los dedos. Zoey puso una mirada analítica. Le había mirado varias veces el cuerpo y las manos. La mano de Rumi era más similar a la de Mira. Algo más alargada.
—Hm… deje que me lo pruebe —el hombre se lo cedió. Como anillo al dedo, y nunca mejor dicho. Zoey puso morritos pensativa.
—Sí, ese estará bien. Creo que tenéis los dedos parecidos. Ella un poco más largos, pero de grosor… ay, qué complicado. ¡Ahora no estoy segura!
—Se puede modificar en caso de que le esté pequeño, no habrá ningún problema señorita.
—¿De veras? ¡Está bien! ¡Póngamelo para llevar!
—Sí… espere un momento. Este tipo de compra va con una tarjeta especial. ¿No quiere acompañarlo con algún mensaje?
Zoey se mordió el labio pensativa. Pero se ruborizó.
—Bueno… pero… ¡pero no la lea! Sí que tenía pensado ponerle una carta —dijo con la boca pequeña. Sacó de su mochila un papel doblado y se la entregó—. No la lea…
—Hay que pasarla al formato de las tarjetas… van en letra dorada, son un grabado en nuestro papel especial.
—Entonces… entonces no…
—Zoey, no seas tonta —rio la pelimorada, abrazándola con un brazo. Susurró con complicidad al hombre—. Se muere de la vergüenza. Hágalo.
—Tranquila. Seremos rápidos —dijo él con una sonrisa modesta. Agarró la carta y se llevó el anillo en una cajita especial—. Pueden sentarse allí, tenemos una salita de espera.
Las chicas asintieron y se movilizaron; Zoey siguió su carta con la mirada. Las mejillas se le habían encendido un poco, imaginando al desconocido transcribiendo su mensaje. Rumi la ayudó a tomar asiento y puso las muletas apoyadas contra la pared.
—Parece que vayas a pedirle matrimonio y todo…
—¿Crees que es muy exagerado? —preguntó Zoey, ya nerviosa.
—¿Pedirle matrimonio? ¿O el regalo…?
—¡El regalo! No voy con esa intención.
—Ah, no, claro que no. Sólo que la conozco —comentó con una media sonrisa—, la tienes bien loquita por ti. Le vas a derretir el corazón.
—Genial. Eso quiero —dijo sonriendo de oreja a oreja. Después, tomó aire y lo soltó despacio, dirigiendo las manos a su propia rodilla. Ya tenía mejor aspecto general, pese a que no tenía fuerza muscular—. Ella se está portando muy bien conmigo… soy pesada, ¿sabes?
—Estoy segura de que lo hace con gusto.
—Ya… —agachó un poco la cabeza. Dio otro suspiro—. Tengo miedo de que acabe dejándome de lado, por aburrirse. Siempre estoy despertándola con mis pesadillas.
—Estuvimos hablando de eso —comentó Rumi, apoyándose sobre las rodillas—, pero no tienes que preocuparte tanto.
—¿Y qué dijo? —la miró atenta—, ¿qué te dijo, Rumi?
—Que no sabía todo lo que aguantabas tú sola, estos años. Ya que… bueno. Nunca nos comentaste nada antes. Y no sabíamos que te daban con tanta frecuencia.
Zoey frunció los labios.
—Son pesadillas muy desagradables. Alguna vez he tenido parálisis del sueño. Siempre creo que voy a poder aguantarlas, pero cuando despierto… ah, siempre me siento igual de mal. Son todas demasiado reales cuando las estoy viviendo.
—Claro que sí —Rumi se relamió los labios, pensativa—, igual… no es algo que le genere a ella una molestia. Sólo se preocupa por tu bienestar.
—Pero algún día podría aburrirse. A nadie le gusta… bueno. A nadie le gusta que le despierten de un brinco mientras duermen. Y yo ya no puedo evitarlo.
—Uh, sí… se me ocurre alguna otra noche que sí que le gusta que la despiertes así.
—¿Uh…?
Rumi puso una sonrisa más maliciosa, haciéndole ojitos.
—Qué creías, ¿que nunca os escucho? Cielos, la casa es grande, pero a veces se oye igual.
—¿C… cómo…? —Zoey se puso roja de inmediato, acalorada.
Qué vergüenza…
Rumi se carcajeó.
—No sufras. Ya me acostumbré. Me quedo dormida enseguida.
—¿Tanto ruido hago? —susurró preocupada, acercándose a su rostro. Pero Rumi sólo volvió a reír.
—No, no… sólo de vez en cuando. Cuando mejor te lo pasas.
—Ay, dios… —se tapó la cara con una mano—. No pienso hacerlo más. Qué corte… ¿y qué pasa, ¡que sólo me oyes a mí!?
—Hmmm… cuando oigo algo, sí —se echó a reír sin poder evitarlo—, ay, Zoey Zoey… cuánto nos has crecido… si tenías dieciséis añitos cuando empezamos a cantar juntas. Y ahora ya, haciendo esas cochinadas en la cama.
—Ugh… ¡¡para!! —se tapó con las dos manos, más colorada todavía. Rumi se partía de risa sin poder evitarlo. Le daba hasta ternura. Se habían visto crecer mutuamente. La Zoey de dieciséis años era tan cute, que sintió todo más entrañable.
El hombre llegó a cabo de un rato y las invitó a acompañarles a la mesa.
Allí mostró cómo colocaba el anillo en una cajita aterciopelada y metía la carta en una hendidura acolchada de otra caja más grande. Se trataba de un pequeño baúl dorado. Zoey leyó la carta rápido, era muy corta, pero eso no quitó que lo hiciera llena de vergüenza. Dio la aprobación antes de devolverla a su lugar. Cerraron el baúl. Todo detalle a excepción del anillo era en dorado y eso le gustó. Finalmente lo colocó en una bolsa y Rumi lo tomó, para que Zoey se moviera cómodamente con las muletas.
Fuera el chófer las esperaba. La pelimorada la ayudó a subir con cuidado junto a él. Cuando la miró, volvió a sonreír. Zoey estaba contenta y se le notaba. Tenía los nervios del primer amor transcritos en su cara, mientras examinaba su propio regalo.
Qué mona es…
Casa Huntrix
Escondieron el regalo en la habitación de Zoey, en uno de los armaritos más elevados a los que la pelinegra no llegaba. Rumi se subió a un rodapiés para llegar y dejó la bolsa aterciopelada en la leja. Después sonrió dando un suspiro.
—No creo que lo encuentre ahí. Por cierto, ¿dónde andaba…?
—Se fue a entrenar, aunque se suponía que ya debía estar aquí… —murmuró mirando la terraza—, en el balcón no está.
La conversación se les terminó pronto. Porque enseguida oyeron girarse la cerradura. Se pusieron rectas y salieron a la sala de estar.
—Ya… sí, imagino. Está bien. Cuéntame lo que sea. Ellos no me llamarán —comentaba sobriamente. Tenía un tono un tanto austero, que Zoey detectó al momento. Aun así se acercó con una sonrisa.
—Pst, pst. ¿Dónde andabas? ¿Entrenaste cuatro horas?
Mira devolvió la mirada a sus amigas y sonrió. Negó despacio y se descruzó la bandolera deportiva del hombro.
—No, qué va. Recibí una llamada de Anne. Una amiga de la secundaria.
—Ah, sí. La de la ferretería —convino la pelinegra—, ¿va todo bien?
—Parece que se enteró de que mis padres estuvieron en el hospital con mi hermano. Quién sabe lo que le haya pasado… pero estaba bien.
—Oh. ¿Todo bien entonces? —preguntó Rumi.
—Anne no sabía mucho más. Supongo que… está todo bien. Si no esos cretinos me habrían llamado.
Se hizo una pausa. Zoey calibró el momento de darle el regalo, y no le pareció el adecuado. Podía esperar. Dejó las muletas y caminó cojeando hasta ella, tocándola del hombro. Mira se giró.
—¿Por qué vas sin muletas?
—Ah, venga, en casa no pasa nada.
—Sí pasa —murmuró, acariciándola del rostro. Miró de soslayo a la pelimorada—. No la dejes, porque esta se te escapa.
—Ya sabía yo que me comía la riña… —rio Rumi, acercando en ambas manos cada muleta. Las dejó cerca de Zoey, pero su atención seguía en la pelirrosa—. ¿Entonces… ya está? ¿Anne no te dice nada más?
—Por el momento parece que no —agarró las muletas y se las entregó a Zoey—, igualmente, parece que me he enterado tarde, cuando ya pasó todo.
—Ya podían haber llamado… —Zoey se apoyó con las muletas y señaló con una el cuarto—. ¿Ya te bañaste?
—No, pensaba hacerlo aquí.
—Genial, no te bañaste… —sonrió divertida—, y yo tampoco. ¿Vamos? —levantó las cejas un par de veces.
—Jesús, cada vez os cortáis menos, ¡dejad que me vaya antes! —Rumi se fue con las manos alzadas por el pasillo. Ambas rieron.
Baño de la habitación de Zoey
Zoey estuvo acuclillada todo el rato que la enorme bañera se llenaba con los chorros calientes.
—No me hace gracia que estés así. Te va a doler mañana —Mira la levantó para ponerla de pie, agarrándola de la cintura. Zoey se puso belicosa, siguiéndola con la mirada.
—No me duele. Puedo estar un rato con la rodilla flexionada.
—¿Estás loca? Es demasiada tensión. No lo hagas o me cabrearé —musitó quitándose la ropa. Zoey volvió a sentarse, pero esta vez en el bordillo de la amplia bañera, ya que Mira no le dejó acuclillarse. Era la primera vez que trataba de hacer algo así, y la rodilla hasta el momento le había respondido bien. Pero era cierto que no podía tentar tanto a la suerte. Mira se quedó en ropa interior y la hizo olvidar su pierna. Sonrió traviesa, mirándola de arriba abajo justo cuando la más alta se volteó hacia ella.
—Menuda cara… ¿en qué trastada estás pensando?
—En que te quiero bañar yo. Tú… lo has hecho muchas veces por mí. Métete —le señaló la bañera con el dedo. Mira chistó con diversión y se terminó de desnudar delante de ella. Zoey se puso algo roja, hasta el punto de centrar las pupilas en la bañera.
Ella a veces no sabe ni lo que es el pudor.
Esta vez miró un poco, pero de refilón. Mira mantenía aquella pícara sonrisa, sabedora de que tenía un poco siempre la sartén por el mango en los encuentros sexuales. Ver que a Zoey todavía le quedaba cierta timidez le gustaba. Al meter los pies en el agua, sopló un poco. Estaba bastante caliente, pero el cuerpo lo iba a agradecer. Poco a poco fue hundiéndose, y al sentarse estiró las piernas por completo. El agua le llegaba a la altura de las axilas. Zoey activó la manguera y la encarriló a media altura, para tener las manos libres mientras Mira recibía el agua en la cabeza. Se llenó las manos con champú y las llevó allí, pero su amiga pareció agitarse y se separó un poco. Cogió el bote de champú.
—Deja que yo me lave el pelo.
—¿Por qué? ¿Crees que no lo haré bien?
—Prefiero hacerlo yo —vertió el champú sobre una de sus palmas, pero la mano de Zoey se puso encima. Suavemente le retiró el bote y se dirigió a su oreja, susurrando.
—Ya sé que prefieres hacerlo tú. ¿Podrías dejarme intentarlo?
—… —Mira tragó saliva y la miró de reojo varios segundos en silencio—. Pre-prefiero…
—Que ya lo sé. Pero… sabes que yo lo haré con mucho amor, ¿verdad? Para que tengas el pelito limpio…
Mira bajó la mirada. Trató de relajarse y dejó las manos hundidas bajo el agua. Zoey lo tomó como una autorización. La besó en la mejilla y comenzó a frotar con cuidado su cabello, impregnándolo del champú. Cada una de las chicas usaba un champú diferente, y acondicionadores diferentes. Tenían el pelo distinto. Al ser Zoey la única que no llevaba tinte, era la que tenía los productos más sencillos. Pero había mangado la mascarilla del baño de Mira.
Nunca quiere que nadie le toque el pelo. Debo hacerlo con cuidado.
Lo más mimosa que pudo, hundió más los dedos entre sus interminables hebras. Mira no sólo tenía el cabello largo, sino también frondoso. No tardó en sentir cansados sus brazos al masajearle el cuero cabelludo. Pero lo hizo con gusto, hasta que el champú quedó bien esparcido. Le salió una sonrisa de felicidad cuando le miró la expresión, con los ojos cerrados y relajada. Eso quería, relajarla. Después de terminar con la cabeza, llenó de champú el resto de su cabellera, que fue otro rato de trabajo. Cuando volvió a accionar el agua usó su propia mano como una barrera para que el agua no le llegara a los ojos. El agua se llevó toda la espuma, convirtiendo su pelo largo y lacio en una preciosa cascada rosa oscuro. Zoey admiró en silencio su figura desde atrás, con su espalda tonificada y sus brazos delgados y fibrados. Cortó el agua y llenó todo el largo de su pelo de mascarilla. Mientras ésta hacia efecto llenó la esponja de gel y comenzó a frotarle el cuerpo. Mira continuaba con los ojos cerrados. Y al verla, Zoey sonrió más. Lo siguiente que Mira notó fue su susurro de nuevo en el oído, tensándola.
—¿Te gustó…?
Mira abrió los ojos y la miró a los ojos.
—Sí, me gustó mucho.
Zoey la miró sonriendo más pilla y bajó la esponja a sus pechos, frotando despacio. Mira le aguantó la mirada, sonriendo de medio lado. Mientras Zoey se mordía el labio inferior.
—¿Te encuentras bien…? —preguntó la pecosa.
—Sí.
—Bueno… yo… eh… ¿eres mi novia?
—¿Eh…? —Mira se echó a reír suavemente.
Qué bonita sonrisa que tiene… pensó Zoey, ampliando la suya.
—¿Lo somos…? ¿Somos pareja…?
—Sí, Zoey. En realidad… me preocupaba que tus padres no lo aprobaran y tú no…
—¿Yo no qué?
—No quisieras. Sé que les respetas mucho.
—Ya… pero… me he dado cuenta de que no me entienden. Ninguno de los dos.
—Voy a ser sincera contigo —se movió en la bañera, apoyándose en el borde. Junto a las piernas de Zoey—. Me gustas mucho. Y me preocupa que me dejes de lado en cuanto ellos te pongan las cosas difíciles.
—¿Y por qué iba a hacer algo así?
—Me dio la sensación de que ya lo hiciste un poco… cuando Dae-ho te convenció de que lo mejor era que nadie lo supiera. Si damos este paso, quiero que estés segura.
—Pensaba en la carrera de las dos —se excusó.
—¿Seguro? ¿No pensabas en ellos?
—Bue… bueno…
—Si tú estás segura de que vas a poder con todo eso… yo… me muero de ganas de ser tu novia.
—Estoy segura —dijo con firmeza, mirándola a los ojos. Sonrió de nuevo—. Mira… eres preciosa. Así con el pelo mojado, estás…
—¿Ajá…?
—Muy guapa. Pareces una princesa.
Se sonrieron. Zoey retomó el lavado con la esponja por el resto de su cuerpo.
Entonces… somos novias. Es mi novia. Tengo novia. ¡Ah, qué idiota! Tendría que habérselo pedido con el anillo. ¿O hubiese sido aún más exagerado…?
Una hora más tarde
Habitación de Zoey
—¡Pero yo quería ver la de la princesa helada! La tengo pendiente desde hace como quince años.
—Tampoco es tan vieja la película, exagerada —rio Mira, acercándose a la tele. Le quitó el mando y fue mirando las novedades que se estrenaban en la aplicación—. Oye, ¿dónde has puesto esa almohada con forma de muffin…?
—Está arriba, en el armario de…
—Ah, voy por él. Toma.
—¡¡No!! Espera, voy yo. Voy yo.
—Te he dicho que no te pongas a cojear con la pierna mala.
Mira le dio un toque en el hombro para que no la desobedeciera. Pero Zoey se puso nerviosa, porque veía, ya desde la distancia, la bolsa roja con el nombre de la tienda justo al lado de ese cojín.
¡Soy estúpida! Ah, es igual. Me da tiempo a cogerlo en cuanto vaya a por la banqueta.
—Uy, ¿y esto…? ¿Es tuyo? —comentó Mira al ver la bolsa. Zoey abrió los ojos desmesuradamente al ver que al estirar el brazo, sus dedos alcanzaban la base de la bolsa. Al moverlos, la estaba deslizando.
¿¡Qué narices!? ¡¡Llega a la maldita bolsa!!
—¡Au! ¡Ay, au…! —fingió agarrarse de repente la pierna. Mira dejó lo que hacía y llegó a ella de un par de zancadas, agarrándola rápido.
—¿Qué pasa? ¿Te hiciste daño…? —la miró preocupada. Zoey le sonrió divertida y la abrazó.
—No… es que… no me estás haciendo caso.
—¿Cómo que no? —elevó las cejas.
—Sabes perfectamente… el caso que quiero que me hagas —sonrió pícaramente, bajando las manos a su cintura. La fue girando hacia ella. Mira sonrió y se inclinó a su boca, sin llegar a besarla.
—Espera… deja que vaya a por las palomitas. Quiero ponerme cómoda —tocó su nariz con la punta de la propia, poniéndose recta de nuevo. Se giró rumbo a la cocina—. Y no me pegues esos sustos, eres una cabrona…
Zoey soltó una risita malévola.
Ju, por los pelos… tengo que quitarla de su vista.
Cuando Mira regresó a la habitación y vio lo que hacía la inconsciente de su novia, casi pierde la paciencia. Zoey estaba subida a una banqueta y tenía las manos alzadas a la leja más alta del armario. Gritó tan fuerte que la hizo dar un respingo.
—¿¡Pero qué haces!? —dejó aprisa los cuencos de las palomitas sobre la cama y volvió hasta ella. Zoey estaba colorada por el esfuerzo. No le fue fácil subirse—. Bájate ya. Me estás haciendo enfadar.
—Era… e-era… por tu cojín…
Mira no aguardó ni un segundo a que cogiera aquella cosa. La agarró de la cintura y la dejó con cuidado en el suelo. Zoey se reía en medio de su cansancio, pero Mira la destruyó con la mirada.
—Qué te pasa. ¿Qué no entiendes? Te he dicho que quiero que tengas una buena recuperación, ¿me estás vacilando?
—Ay… no me hables así, sólo quería hacerte un fav-…
—No me haces un favor, me molesta que no te cuides. Me cabrea de verdad.
—Bueeeeno, bueeeeno… vamos a olvidarnos del cojín, yo seré tu cojín, ¿hm? Vamos —sonrió agarrándola de la mano. La instó a caminar en la otra dirección pero Mira se zafó. Estaba ya algo enfadada.
—Voy a quitar esto del medio, y ya agarro yo el cojín —se agachó y tomó la banqueta.
¡¡Y dale con el puto cojín!!
—¡Deja eso! —agarró la banqueta por el otro extremo, pero Mira se la comió de nuevo con la mirada.
—Suelta.
—… —soltó poco a poco. No podía competir con aquella mirada de dóberman a punto de pegarle un bocado. Mira retiró la banqueta a un lado donde no interrumpiera el paso, y volvió a mirar la leja superior. Zoey suspiró. Sí llegaba, a veces se le olvidaba que era más alta que Rumi. Pero el cojín estaba más atrás, así que le costó más alcanzarlo. Se puso de puntillas y metió más la mano para atraerlo, y con ello, se deslizó también más afuera la bolsa. Zoey tuvo una idea mejor para darle aquel regalo, así que no pensaba todavía darse por vencida. La abrazó de nuevo, tambaleándola. Mira bajó la mirada dispuesta a volver a regañarla, cuando de pronto notó su mordida en el cuello. Eso le puso la piel de gallina. Zoey metió una mano bajo su pijama y la alcanzó de un pecho, agarrándolo con fuerza para distraerla del todo. Mira casi trastabilló.
—Así que vas a seguir sin hacerme caso… pues… tenía algo en mente que te iba a gustar mucho…
—¿Q-qué…? —la pilló desprevenida su actitud. Zoey se puso de puntillas y prácticamente la agarró a la fuerza de la cara para besarla. Mira se quedó perpleja, sin reaccionar. Cuando Zoey separó los labios regresó a su cuello, donde la mordió y succionó una porción de piel, con más fuerza. Mira suspiró cerrando los ojos y bajó la mano del estante, acariciando a Zoey de la lumbar. Ésta la lamió antes de volver a insistir en un chupetón. A Mira aquella práctica le gustaba, pero no quería llevar marcas visibles. Claro que… una cosa era su pensamiento a priori. Y otra, decirle que parara cuando ya la estaba besando de aquel modo. Se puso nerviosa. Zoey sonrió más conforme, al notar satisfecha que sus provocaciones ganaron. Mira le devolvió toda la atención. Cuando se le separó del cuello, la tenía totalmente entregada. Se le pegó más y agachó el rostro para besarla de nuevo, pero entonces la otra frenó sus labios con un par de dedos.
—Vamos a ver primero la película.