CAPÍTULO 32. El hombre dentro del lobo
Cafetería
—Won, date prisa, maldita sea.
—Voy, ya voy.
Hina respiró hondo y levantó con todas sus fuerzas, ayudada de una compañera, el tablón que se había desmontado de la barra. Las chicas lograron apartarlo del camino y poder retornar a sus puestos. Los otros dos camareros varones estaban en una punta diferente del bar.
—Ese tipo cree que tenemos su misma fuerza.
—¿Verdad…? —concedió Hina, suspirando con una sonrisa y trotando hacia su lugar. Pudo retirar algunas comandas ya terminadas y llevar los platos. A mitad de trayecto, notó de nuevo un tenue calambre en el bajovientre. Fueron esos mismos calambres los que la hicieron visitar al médico y salir con la noticia de que contaba con siete semanas de embarazo. Ahora, cumplidos los dos meses de gestación, los calambres seguían igual. Eran dolores idénticos a los de la menstruación y molestaban; el ginecólogo le explicó que se debían a la expansión del útero para acomodar a futuro al bebé. Su cuerpo se estaba organizando lentamente. Le advirtió de las posibilidades de un aborto espontáneo: estaba en un momento crucial donde el cuerpo femenino decidía que aquello era una extensión más a la que nutrir, y no un parásito extraño al que atacar. Así fue como se lo había explicado.
“Muchas mujeres pierden a su bebé en el primer trimestre, por muy sanas que estén.”
—Café solo. Espero que esté bueno.
—Sí, señorita, le prometo que aq…
Al retirar la mirada de su ipad se puso blanca. Era la tal Sarah. Mirándola fijamente, con sus interminables piernas cruzadas y sus manos, de manicura perfecta, descansando sobre un bolso de marca. Hina hizo un amargo esfuerzo por atenderla sin que se notara su nerviosismo.
—En… enseguida se lo traigo. ¿Desea algo más?
—No. Cuando venga mi amiga, que pida ella.
Hina asintió y se escabulló hacia el interior, dejándose dos mesas por atender. El corazón le había dado un brinco al verla de nuevo. Era preciosa. Una mujer de las que salían en portadas de revista, con un pelo largo y ondulado.
—¿Podrías atender esa mesa por mí…?
—¿Uh…? —su encargado frunció el ceño y miró a la mesa a la que se refería—, ve y haz tu trabajo, por favor. Y te recuerdo que sigues en periodo de prueba y ya has llegado tarde dos veces.
—Está bien…
Dios, parezco una niña. ¿Cómo se me ocurre pedirle el relevo a mi encargado? Van a echarme… Necesito este maldito trabajo.
Hizo de tripas corazón y preparó ella el café lo mejor que pudo. Pese a que llevaba ya un mes allí, era mucho más lenta que sus compañeros y la única sin experiencia previa. Pero a pesar de sus torpezas, era agradable con los clientes y estaba dispuesta a mejorar. Si aguantaba un mes más, habría pasado el periodo de prueba.
—Aquí tiene… espero que sea de su agrado.
Sarah apartó la mirada del móvil y la llevó de nuevo a la chica.
—Oye. ¿Qué edad tienes? —bajó un poco el tono—, supongo que ahora los dos debéis de estar viviendo un romance único, ¿no?
—Se… se equivoca. No creo que éste sea un buen lugar para…
—Pero los aseos de un bar de mala muerte sí era un buen lugar para lo que tú hacías, ¿no?
Hina tragó saliva con dificultad, ruborizada. Comprimió los labios y miró a otro lado.
—No. No lo era.
—No sé si eres decente o sólo te gusta fingirlo. Dime cuánto tiempo lleváis haciendo esto.
Hina la miró de golpe, bajando la voz.
—No quiero tener problemas en el trabajo. Como le digo, no es un buen lugar. Así que si no desea nada más…
Sarah le dio un repaso de arriba abajo y apartó el rostro. Por más que lo intentaba y que tenía rabia, había algo en ella que le impedía enfadarse genuinamente. La culpa la tenía el imbécil de su ex. Había llamado a su padre para anular el compromiso, pero el viejo insistió en que hicieran las paces.
No quiero casarme con alguien que ni siquiera puede fingir un poquito que le intereso. Y a este viejo sólo le interesa tener más poder…
Sarah había tenido la dicha de ser atractiva, y la desdicha de atraer a los más indeseables. Kenneth era un peso pesado porque era un Belmont, y ahora, con los preparativos a medio hacer, le había dejado por teléfono. Él trató de hacerla razonar, pero no se lo permitió, y el chico no le volvió a insistir. Así que ahora era su padre quien insistía todos los días en que dejara de hacerse la ofendida y empezara a embarrarse por su familia.
Después de tomar el café con su amiga y debatir con ella los pros y los contras, se despidieron y Sarah se encendió un cigarrillo electrónico. Pasó los últimos tres meses graduando la nicotina, pero tras semejante hallazgo con su prometido había retomado los porros y había vuelto a hacer uso de la heroína, y sentía que el sabor de lo que fumaba era irrisorio. Era aspirar aire afrutado, nada más. Su organismo no respondía de ninguna manera. Cuando su amiga se marchó, se quedó mirando cómo trabajaba Hina Won. No había podido averiguar gran cosa de ella, no tenía tanta influencia para solicitar información como las familias de los clanes. Lo que sí pudo descubrir era que había dejado los estudios en preparatoria y había tratado de sacarse un dinero como artista. Tenía una red social semiabandonada donde en algún momento había subido sus creaciones a carboncillo, pero era una cuenta sin actividad desde hacía ocho meses. Era justo el tiempo que llevaba como alquilada en los barrios bajos donde Kenneth y parte de la mafia tenían sus ratoneras y viviendas. Así que la forma en la que se conocieron estaba clara. Sarah analizó después su cara. Era bajita, de pechos pequeños pero buen trasero, piel blanca y facciones lozanas. Tenía una melena corta de pelo negro, que junto a sus ojos tan claros y el flequillo le daban un aspecto infantil. Era objetivamente guapa.
Cuando pasaron dos horas y vació el tercer refresco, miró su reloj. Por fin, percibió voces en el interior del local que avisaban de un “cierre”. Dejó el dinero sujetado bajo la platina y se levantó, abrochándose bien su abrigo.
Diez minutos más tarde
Algo apurada por el trajín de ser camarera e ir con el tiempo pegado al trasero, Hina por fin terminó su turno. Salió con dolor de cervicales y de riñones y también le dolía la planta de los pies. Pero era lo que tocaba. Sabía perfectamente que aquella chica la estaba esperando fuera, así que no podía relajarse aún.
Sarah se unió a su caminar nada más salió. Hina miró atrás para cerciorarse de que nadie las oía y que ganaban distancia con el local.
—No hacía falta que esperara a que saliera —musitó.
—Tengo la tarde libre. Y ya he decidido malgastarla en esta charla —dijo fríamente la más alta. La miró de reojo mientras caminaba y trató de relajarse—. Mira, sé que no quieres hablar conmigo, yo tampoco vengo aquí ilusionada. Pero quiero saber. Necesito saber —remarcó.
Hina asintió ligeramente. Estaba incómoda.
—… puedo entenderlo.
—¿Qué edad tienes? Pareces muy joven.
—Diecinueve. No soy tan joven.
—Bueno, eres más joven que yo. ¿Cuándo conociste a Belmont?
Hina tomó aire profundo, sabía que las preguntas iban a rondar acerca de su “relación” con él. Y era lo que se temía. Contar aquello le daba vergüenza. Nadie lo sabía, y si alguien lo sabía, era porque Kenneth estaría fardando por ahí.
—Los barrios bajos… siempre tienen alguna vivienda disponible para alquilar. Necesitaba marcharme de la casa donde vivía, así que hice la entrada con mis ahorros. Él… él estaba presente en la firma del contrato.
—¿Y cómo te trató aquella vez?
—… ¿cómo? —la pregunta la pilló desprevenida. No había recordado ese momento muchas veces—. Nada importante… él… simplemente me dijo que leyera las cláusulas y que firmara si estaba de acuerdo. Firmé y… ya está.
—¿No te miró raro? ¿No te hizo algún comentario, o te dio a entender que le interesabas de alguna forma? Se firmó todo y ya.
—Sí… —asintió la otra.
—¿Y en qué momento decides follártelo?
—Yo… yo no… —Hina paró de andar lentamente, y Sarah se giró altiva. Cruzó los brazos.
—Respóndeme, por favor. No irás a decirme que lo hizo contra tu voluntad.
Percibió un destello de amargura en esos infinitos ojos azules. De repente, Hina la miró a la cara por fin.
—Las primeras veces fueron contra mi voluntad, pero eso él nunca lo dirá.
Sarah frunció el ceño, mirándola más alarmada.
Joder. Eso… eso no lo esperaba.
—No estás intentando mentirme, ¿verdad? No ganas nada dándome pena.
—Pena… —repitió sorprendida—, yo no he querido dar pena a nadie. Él se presentó casi echando la puerta abajo y me gritó, diciéndome que si no pagaba los retrasos, me echaba a la calle. Y… la segunda vez que vino…
—¿Sí…?
Volvió a apartar la mirada. Le dolía recordarlo.
—Pensé que vendría hecho una furia, pero se comportó con más calma. Me explicó que venía a echarme y que si quería evitarlo… tenía que…
Sarah se quedó callada, sufriendo en silencio. Endurecía la mirada a ratos, pero al final, hiciera lo que hiciera, sintiera lo que sintiera, sabía en el fondo que Kenneth era capaz. Hina no continuó, así que la tiró de la lengua.
—Dime. ¿Fue capaz de violarte?
—No sé qué decir —apuró.
—Necesito saber… —recalcó, mirándola más irritada—. Necesito saber, porque no quiero casarme con un monstruo.
Hina sintió que la garganta se le contraía. Tragó saliva y agachó un poco la cabeza.
—Esto es demasiado privado, y humillante para contarlo… yo… no la conozco de nada.
—No saldrá de aquí. Tutéame. No hago esto por él o por ti. Lo hago por mí, joder. ¿Crees que una mujer se merece ser una infeliz por una decisión tan evitable?
Hina se dejó llevar, un poco cayendo en el cepo verbal de Sarah. Suspiró derrotada y sintió que los ojos se le humedecían al parpadear.
—A ver, él… técnicamente no me obligó. Dijo que podíamos hacer un pacto en el que mi alquiler se podía pagar si mantenía relaciones sexuales con él. Le expliqué que no quería y que le conseguiría el dinero, pero me respondió que si lo de esa noche no era una afirmativa, dormía en la calle. Así que… ahí empezó todo.
Lo recordaba como si hubiese sido el día anterior. Entonces Hina tenía dieciocho años y sus cuadros no se vendían. Los ahorros se habían esfumado y Kenneth fue tajante: la primera visita fue el aviso de pagar el retraso, y a los cinco días de no obtener el dinero, le sugirió el convenio carnal. Hina se mortificó mucho y se culpabilizó aún más por no persistir en su negativa. Pero tenía miedo y estaba sola. Además, era virgen. Se lo hizo saber, pero lejos de compadecerse, le ofreció sustituir el sexo por una mamada.
Hina cumplió. Aún recordaba cómo la ahogaba, la humillaba y finalmente la hacía tragarse sus fluidos. Se sintió como lo que era, una mujer que prostituía su cuerpo.
Sin embargo, hubo un cambio con el paso del tiempo.
Kenneth era un pervertido, tosco y antipático.
Machista…
No.
Violento…
No.
Los adjetivos tajantes no bastaban para describirle. Kenneth era un auténtico cabronazo porque sabía su lugar. Pero nadie podía fingir durante meses.
Flashback
Debía dos semanas de alquiler, así que era hora del tercer encuentro. Pero notó enseguida que Kenneth venía ebrio, muy ebrio, y eso la asustó. La lanzó a la cama y la desvistió rápidamente, y mientras se bajaba los pantalones, le frenó. Kenneth la siguió incrédulo con la mirada. Hina tomó del cajón una caja de condones y se la mostró, a lo que él alzó una ceja.
—¿Has comprado unos putos condones?
—Me… me figuraba que en algún momento ibas a querer dar un paso más. Por favor, no lo hagas sin esto —susurró avergonzada, tendiéndole uno de los preservativos. Él lo tomó y se incorporó un poco. Perdía el equilibrio por momentos, estaba mareado. Hina respiraba muy nerviosa, sentía que no quería hacerlo y que no estaba preparada. Tampoco le apetecía hacerlo con ese hombre tan violento y borracho. Suspiró mirando a otro lado. Kenneth frunció las cejas al bajar la mirada e hizo un esfuerzo por poner nítida la visión en su propio pene. Lo veía doble. A tientas, se desenrolló aquello. Le apretaba demasiado y le era molesto, pero al volver la vista a ella, incluso con todo lo borracho que estaba, detectó su temor. Sonrió y se recostó sobre ella, hundiendo el glande endurecido entre sus piernas. Le estimuló sentir su primera contracción y cómo rehuía el cuerpo por inercia, incapaz de soportar la tensión. Pero Kenneth tuvo otro mareo, y luego otro más, y de repente, perdió el conocimiento, cayendo de bruces sobre ella. Hina recibió un cabezazo y dio un quejido al sentir cómo le oprimía los huesos con su peso. Apenas podía moverse.
—Me estás aplastando… hmg… —su pene había quedado medio adentro y le dolía. Cuando le miró de reojo, vio que estaba totalmente dormido y pálido. La chica le dio dos palmaditas en el hombro, pero no recibió respuesta. Con mucho esfuerzo, pudo empujarle hacia un lado, respirando entrecortadamente. Estaba cansadísima sólo de quitárselo de encima—. Be… ¿Belmont…?
Hizo un balbuceo, pero apenas se movió. De repente detectó que se ahogaba, pero no tenía fuerzas para despertar e incorporarse.
—Dios mío… —susurró asustada y pensó en llamar a urgencias. Tomó rápido su móvil mientras se colocó a su lado y tironeó con fuerza de su brazo para ponerle de lado. Eso facilitó las cosas. Belmont empezó a devolver todo lo que había bebido, tosiendo. Hina apartó la mirada, asquienta. Retiró el móvil de su oído lentamente. El chico frunció las cejas y se palpó el estómago, mirando el estropicio.
—Joder… Hina… haz el favor… quítame esa cosa que me está estrangulando la polla.
Hina miró insegura su pene. No estaba erecto y seguía siendo grande. Suspiró negando tímidamente y oyó sus risotadas débiles.
—Trae hielo. Rápido.
—Sí —musitó poniéndose en pie y corrió a la cocina. Kenneth se quitó el preservativo y se frotó la cara con las manos. La cocaína había hecho un mal efecto rebote con el alcohol. Se sentó en el borde de la cama cuando llegó su alquilada, dándole unos hielos envueltos con un paño. Kenneth se pasó los hielos por la nuca, destensándose. Estaba realmente descompuesto.
—Me has asustado… has vomitado mucho —dijo mirando la vomitona en el suelo. Suspiró y se puso en pie despacio. Alcanzó su camiseta y sus bragas y volvió a vestirse—. Voy a limpiarlo.
Kenneth no dijo nada, sólo la miró marchar. No tenía ningún tipo de confianza con ella. Pero sí que notó que fue la que lo volteó para girarlo cuando a él le fallaron las fuerzas.
Para cuando Hina terminó de fregar el suelo, ya se encontraba mejor. Se levantó pesadamente de la cama y caminó hasta la cocina, abriendo la nevera. Hina abrió los labios para decir algo, pero se quedó callada y le miró de lejos algo avergonzada.
—¿Qué mierda de nevera es esta? ¡No tienes nada! —rebuscó entre los envases y bolsas. Había dos botellas de agua, algunos zumos y dos envases de comida. En el congelador tampoco había nada. Cerró frunciendo las cejas y se giró hacia ella—. Eres pobre como una maldita rata. ¿Calculas cada bocado que comes, o qué?
—Es final de mes… cuando cobre el anticipo que pedí haré la compra. Tengo que racionar bien la comida.
—Eso de ahí es angustiante —señaló la nevera, y Hina apartó la mirada. Kenneth se le acercó con cara de cabreo—. ¿Tienes hambre?
—¡No! Estoy bien —dijo molesta.
—Te habrás acostumbrado a comer un plato al día. ¿Qué sueles comprar cuando tienes un anticipo?
Hina no entendía su interés. Pero ante todo, parecía cabreado.
—Lo más barato. Miro ofertas.
—¿Eres vegetariana o alguna de esas cosas extrañas?
—No.
—Bien. Voy a pedir algo de comer para asentar mi estómago. Follaremos después.
Hina suspiró.
Todo el tiempo que tardó aquel pedido en llegar, fue incómodo.
Pero su cuerpo también lo agradeció. Kenneth había hecho un pedido enorme de distintos platillos y la hizo sentarse a comer con él. La miraba de vez en cuando, pero de otro modo, y más furtivamente.
—Gra… gracias por invitarme.
—Nada de esto es gratis.
—… bien.
—Voy a ser considerado, porque eres virgen. Y porque no me has dejado morir ahí mismo. Pero me dejarás follarte sin preservativo cuatro veces.
Hina frunció las cejas y negó lentamente.
—Es… yo…
—Qué.
—Prefiero… —arrugó una servilleta, avergonzada y le evitó la mirada—. Prefiero hacerte sexo oral.
—Me harás todo lo que yo quiera.
—No voy a resistirte cuatro veces. Lo poco que has hecho antes… me dolió.
—Tres veces, entonces.
—Por favor…
—¿Tienes dinero para pagarme? —la cortó, mirándola con fijeza. Hina se entristeció y comprimió los labios, negando con la cabeza—. Entonces cállate. Y come.
Al cabo de media hora
Cuando Kenneth volvió a sentirse en forma, no perdió el tiempo. Seguía ebrio y algo cansado, pero vomitar y comer relajado le había avivado. Sabía los temores de Hina. Los de cualquier mujer que se quisiese un mínimo. Por eso tendría cuidado, a pesar de que era un morboso, un cabrón, y sabía que abusaba de ella al hacerlo sin preservativo.
—¡Ah…!
—Eh, he resbalado. ¿Mejor…?
Hina temblaba. La presión de ser abierta por ese miembro tan ancho la hacía temblar. Pensó que cuando se volvió a resbalar sobre ella haciéndole daño en la entrepierna era a propósito, pero frenó su avance y la tocó de la cara. Hina le miró con los ojos centelleando, asintió como pudo.
—Sí… no… no acabes dentro de mí, por favor.
—Relájate un poco, ¿de acuerdo? No haré eso. Y no te haré daño.
Hina respiró nerviosa, pero tuvo un contacto visual más prolongado con él cuando le dijo aquello. Parecía más atento. Kenneth se acomodó sobre ella y fue ganando ritmo lentamente, sosteniéndola de la cintura al apretarla contra la cama. Hina se removía a veces, adolorida, pero pudo resistirlo todo. Su piel se levantó con escalofríos al sentir que la mordisqueaba en el lóbulo.
Qué sensación más… chocante…
Tras varios minutos donde se controló bastante, salió de ella apretando los labios y le condujo la mano hacia su pene, incentivándola a masturbarle. Nada más lo hizo descargó sobre ella, gimiendo roncamente.
Kenneth tuvo dos sesiones de sexo con ella, pero se apiadó tras la segunda, la chica había sangrado y sus gemidos parecían avecinar una infantil llorera. No le gustaba oír llorar a las mujeres.
En eso quedó todo.
Fin de flashback
Pero nada de eso se lo dijo a Sarah.
—Madre mía, qué puto desgraciado. ¿Y entonces? ¿Sigues mal de dinero incluso trabajando? ¿Por eso sigues con esto? ¡Chica, no te entiendo! ¡Valórate! —Hina trató de contestar, pero fue interrumpida varias veces—. Y a todo esto, ¿¡eso significa que sí!? Que lleváis… meses acostándoos. Tenías que haber podido conseguir algo, no me creo que sigas haciendo lo que te propone por pobre.
—Debe de ser muy fácil para las chicas como tú. No he parado de intentar levantar cabeza, y ahora por fin encuentro algo que es legal y que puede proveerme una mejora. Si no sabes lo que significa vivir esto… por favor, no opines de mi vida.
—Preferiría cortarme las venas antes que prostituirme —dijo, dando un paso hacia ella.
En algún momento… él… pese a lo bruto que es… y lo hijo de puta que es…
Hina ya se había maltratado la cabeza muchas veces tratando de explicar por qué las últimas veces había disfrutado con él, cuando lo normal tendría que haber sido acumular más asco. Y no sólo eso. Saber que estaba comprometido le había dolido profundamente. Incluso sabiendo que para él no era más que un agujero más en el que descargarse.
Sarah seguía esperando una ofensiva después de haberla llamado prostituta a la cara. Pero Hina la miraba sin más, con esa expresión tierna, demacrada y triste que parecía tallada por naturaleza en su rostro. La chica no le respondió. Y con el paso de los segundos, se sintió incómoda por arremeter contra ella. Se relamió los labios y se puso recta.
—Doy por sentado que se folla a todas las que le parecen guapas. Paso de vivir con alguien que en cualquier momento pueda transmitirme una infección —dijo resoplando.
—…
—Te aconsejo que dejes de venderte. Cuando le deje de interesar tener sexo contigo, te echará igualmente a la calle.
—Me iré pronto de ahí de todos modos —musitó.
—Bien.
—Y… Sarah…
—¿Eh? —la miró ceñuda—, qué.
Hina se inclinó ligeramente, bajando la vista al suelo.
—Siento mucho todo esto. Nunca me dijo que tenía pareja… él… no me dio más opciones.
—Por favor… no me compadezcas. Hazte un favor y lárgate de su lado.
Se despidieron fríamente cuando llegaron al coche de Sarah. Una vez se montó, la siguió largo rato con la mirada. Caminaba cabizbaja, cada vez haciéndose más pequeñita en aquellas destartaladas casas de los barrios donde se adentraba.
No puedo ni siquiera sentir rabia por ella.