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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 33. Sesos

Años atrás…

Nave poligonal

Despacho

—¿Y entonces por qué no me cuadra? Ni siquiera las del último camión. Venían en el camión con doble fondo, ¿no?

—Creo… que sí.

Kenneth cerró de golpe la tapa del móvil y agarró al hombre por el pescuezo.

—Búscala. La has perdido.

—Bel… Belmont… la chica… escapó y… gg…

—Ya sé que se escapó. Búscal…

—¡¡Señor!! ¡Aquí está! ¡La encontramos!

Tanto Ryota como su hijo Kenneth y el subordinado torcieron la cabeza hacia la nueva presencia. Entre sollozos, una joven se resistía al agarre de otro de los matones. El tipo se reía forcejeando con ella. Kenneth abrió un poco los ojos y soltó a su mandado.

—Esa zorra va a enterarse de lo que es bueno —agarró a la chica del brazo y la llevó a empujones hasta una habitación contigua. No cerró la puerta. Ambos subordinados se miraron mientras la oían gritar. Ryota, cabeza de la organización, no prestaba mucha atención. Revisaba unos documentos mientras su teléfono vibraba sin parar. Akane le llamaba por decimoquinta vez.

—Tú —señaló con el dedo, sin separar la mirada de sus papeles.

—¿Sí, señor?

—Responde a mi mujer. Dile que estoy ocupado en una reunión.

—Sí, señor.

—Hazlo fuera de aquí, no quiero que escuche a esa loca —pronunció, lamiéndose el labio para pasar de página. El hombre se inclinó a tomar el móvil y salió trotando. Ryota lanzó un zafiro en forma de proyectil diminuto, lo suficientemente pesado para girar el bloqueador de la puerta.

Habitación contigua

—¡¡Déjame en paz!! —tronaba la muchacha, tratando de quitarse de encima a Kenneth. No era la primera vez que iba a ser violada, pero aún conservaba fuerza de voluntad para querer evitarlo. Notaba a leguas la juventud de aquel niño grande y vacilón. Intercaló la pierna en su pecho y aplicó fuerza bruta hasta que logró impedirle el alcance directo a su vagina. Kenneth entonces soltó una carcajada y la sostuvo del pelo, girándola bruscamente.

—Nunca entenderé por qué os resistís. Sólo hacéis que uno tenga más ganas —musitó en su oído, riendo. Un ruido de cajas vacías en el fondo de la sala le despistó la mirada: se elevaba polvo de ellas lentamente. Pero la mujer bajo sus manos seguía removiéndose, así que se centró en bajarle los pantalones e ignorar lo que acababa de ver. Estaba cachondo. Lamió su cuello y situó una mano en su miembro, dispuesto a darse un gusto rápido antes de continuar con el trabajo. La chica emitió un suspiro contenido al sentirle. Pero antes de comenzar a embestirla, aparecieron dos figuras a través del marco de la puerta.

—¡¡Eh, jefe!!

—¿¡Qué coño quieres…!? ¿No ves que estoy ocupado…? Hehe… —aproximó su rostro al de la chica jadeosa, lamiéndola de la mejilla.

Los hombres se miraron entre sí. Tras ellos, una figura aún más elevada se abrió camino, separándoles de los hombros. Kenneth cambió un poco la expresión al reconocer a su hermano mayor.

—Guárdate la polla y llévala rápido al destino. No quiero oír más reclamaciones por llegarles las chicas probadas.

—A esta se la han venido follando por el camino, así que ya no importa.

—Seguirá sangrando si es la segunda vez, pero no si la desgastas. Si no sangran, siempre se quejan. Así que déjala.

Kenneth emitió un bufido mientras se guardaba la polla y se subía la bragueta. Hecho su aviso, Eric se puso un cigarrillo empezado entre los labios y prendió una cerilla. Hizo un cabeceo a sus hombres y se dirigió al que la había traído consigo.

—Rápido, a la furgoneta. Y no quiero que le vuelvas a poner las manos encima.

—No te vengas arriba conmigo, cabroncete. Bien que no te quejaste cuando tu primito la degustaba de camino aquí.

Eric escupió el cigarrillo y se enzarzó sobre él a puño limpio. Kenneth empezó a carcajearse al verles pelear. El que acababa de gritarle aquello era un subordinado que llevaba años bajo el mandato de la familia y creía tener más confianza.

El desgraciado cree que por haber crecido junto a Eric puede hablarnos así. Le está bien empleada la golpiza.

Después de un brutal intercambio de puñetazos, Eric le durmió el rostro de un codazo que hizo retumbar al trajeado sobre la mesa. Cayó al suelo con estrépito, ante las risotadas de los hermanos Belmont.

—Idiota… —murmuró Kenneth, divertido—. Vamos, ya has oído al jefe. Muérdete un poco más la lengua la próxima vez.

—Gh… —el muchacho luchó por despertarse tras tal impacto y se puso en pie. Encolerizado por la humillación, se lanzó tras Eric en cuanto se giró, lo que puso alerta al resto de muchachos. El segundo chico presenció aquello con horror y dirigió una mirada furtiva a la mesa del despacho contiguo: por alguna razón, Ryota ya no estaba allí, había dejado los papeles encima de la mesa y salió de las salas. Temía por lo que pudiera ocurrir sin supervisión adulta. Kenneth tenía unos aires de grandeza insoportables. Ahora que acababa de cumplir los quince años y que su fuerza se volvía descomunal por la activación del sello familiar, no había persona que le hiciera frente. Contempló asustado que su compañero atentaba contra él y que Kenneth, sin tomarle demasiado en serio, le rompió la mandíbula de un derechazo. Esto hizo a su colega volver a derrumbarse al suelo, pero se levantó como un resorte y reanudó su intento de paliza. Kenneth estaba bien entrenado, igual que sus primos y su hermano Eric. Ryota había invertido dinero en que así fuera. Los puños del otro chico eran legibles y los contraataques escocían. En uno de los golpes, la mujer trató de huir aprovechando la pelea, pero Kenneth la agarró de la cintura y la empujó de vuelta al escritorio. El otro joven la apartó del medio de un empujón más violento. Un golpe seco salió de su nuca antes de impactarse contra el cemento. La chica quedó inmóvil. Kenneth recibió tras eso un golpe certero en la nariz. Dio dos pasos atrás y levantó el puño para responder, pero un gritó les sobresaltó.

—Kenneth. Coge a la maldita chica y llévala. Se nos hace tarde, tenemos otras naves que visitar. ¿Dónde está papá?

—¡Y YO QUÉ MIERDA SÉ! —entre suspiros y la cara llena de sangre, los dos jóvenes se aproximaron a la salida. El otro subordinado se arrodilló lentamente frente a la mujer y la palmeó del hombro.

—Muchacha —chistó, zarandeándola. No respondió. Eric puso los ojos en blanco al recibir otra llamada telefónica y salió a hablar fuera.

—Este gilipollas la ha dejado inconsciente —masculló Kenneth. Apartó de una patada a su subordinado y agarró a la chica de las axilas, levantándola de un simple tirón. Pero la notó lánguida. Al mirarla bien, su semblante cambió. Tenía el cuello partido y los ojos completamente abiertos. Se quedó mirándola impactado. Había apretado gatillos a su corta edad y también le había tocado acompañar y cometer el sicariato. Le gustaba sentirse superior al apropiarse de sus vidas. Pero tenía límites que respetar, y temía la ira de su padre por joder los negocios.

Coño. Está muerta.

Un escalofrío le recorrió cuando observó sus ojos vacíos. La soltó de golpe al suelo, igual que una rata a la que no quisiera ya tocar. Se giró hacia el subordinado y ciego de ira, empezó a ahuecarle el rostro a puñetazos. Embravecido y aún caliente por la pelea perdida, el otro respondió, pero perdió el resuello enseguida. Sacó el arma de repente y Kenneth se puso alerta. El otro subordinado sacó su arma también y disparó a su muñeca, lo que le hizo errar el disparo.

El disparo doble puso a los subordinados de la nave alerta, y un sonido de pasos y gritos comenzaron a llegar desde las salas contiguas. El subordinado que salvó a su superior abrió los ojos estupefacto. Tras las cajas del escritorio había movimiento. Había alguien.

Pero si es…

Kenneth agarró con una mano la cabeza del desobediente y cerró el otro puño, hundiéndole el rostro de un golpe. El chico gangueó y cayó de espaldas sobre el escritorio. Antes de deslizarse hacia el suelo, Kenneth se desquitó con él con más golpes.

—¡¡Cabrón!! —gritaba—, ¡vas a buscarme problemas! ¿¡Sabes que esa puta valía más que tú!? ¡¡GILIPOLLAS!! Te voy a matar…

En medio segundo abrió el cajón del escritorio y disparó tres balas en su rostro, que terminaron de desfigurarle la cara en una ráfaga de sangre y sesos. Kenneth soltó una risa sádica, que fue mermando en cuanto vio la figura que recibió parte del borbotón.

—¡¡Señor…!! ¿Se encuentra bien…?

Cuatro hombres entraron con armas en alto, pero bajaron la guardia en cuanto entendieron el escenario que tenían por delante. Eric se asomó de repente, jadeando y con los ojos abiertos como platos mirando el percal. Se lamentó de contemplar lo que vio.

—¿Es necesario que regrese? —oyó a través de la otra línea, surgir de su móvil. Ryota le hablaba por llamada. Eric tragó saliva.

—N-no… está todo bien.

—Bien —respondió antes de colgarle. Eric se apretó la boca con el móvil, estupefacto al observar a la mujer muerta, a uno de sus subordinados con el rostro roto, y a Ingrid de pie tras el escritorio donde había sucedido todo, mirando fijamente al hombre muerto.

—Desalojad de inmediato. No quiero ver ni un alma aquí. ¡YA! —ordenó. Con una agilidad entrenada, sus hombres recogieron los dos cadáveres de la habitación y los dejaron a solas. Eric quiso dar una merecida tunda a su hermano, pero antes de intervenir el móvil le volvió a vibrar: su madre. Chistó cabreado y salió de la habitación.

Kenneth e Ingrid se quedaron a solas, mirándose fijamente. Kenneth comprendió ahí parado, frente a su hermana de seis años, que acababa de regalarle una escena por la que tendría que pagar. El corazón le latió con fuerza al fijarse en su regordeta mejilla, brillando de sangre ajena. Ingrid soltó el busca ensangrentado de su mano. Él tragó saliva y se quitó las salpicaduras de sangre de sus labios.

—Enana —musitó, acuclillándose lentamente frente a ella—, ¿cuánto llevas ahí escondida?

Ingrid desvió la mirada de sus ojos y prestó atención a la sangre goteando del escritorio. Kenneth la siguió con la mirada y se rascó la nuca. Notó una creciente incomodidad y el ardor de la culpa.

¿Por qué coño esta mocosa estaba atrás? Lo… ¿lo habrá visto todo…?

Ingrid no era una niña que hablara demasiado. El busca que soltó vibró en el suelo. Kenneth lo recogió suspirando y leyó el prefijo.

—Es de mamá. ¿Por qué lo tienes tú?

—Se enfada mucho cuando lo pierde —sonrió.

Kenneth pulsó el botón para apagarlo y sacó su móvil del bolsillo. Marcó el número de Akane, pero antes de llamar resopló y la acarició del hombro.

—¿Por qué te has escondido aquí?

—¡Porque me aburría!

—No puedes esconderte aquí. Lo tienes prohibido. Sabes que mamá llora cuando te pierde de vista por las naves.

—Siempre llora —se jactó, acercándose a los sesos esparcidos del escritorio. Kenneth no pudo frenarla a tiempo, pero encerró su minúscula muñeca con la mano cuando ya tuvo los dedos ensangrentados.

—No toques eso.

—¿Qué es…? Salió disparado del hombre.

—Carne picada, y escúchame, mocosa entrometida —le apretó sin fuerza la muñeca para clamar su atención. Ingrid le devolvió una mirada vaga—. Vamos a lavarte la cara y a cambiarte de ropa. No le digas a papá que estabas aquí o te reñirá.

La niña asintió sin más. Echó una mirada al rastro de sangre que se acababa en la puerta.

—¿Qué querías de la chica? Dejó de llorar de repente.

—Nada que a ti te importe. Camina —se puso en pie y tiró de su brazo. Ingrid frunció el ceño y se resistió.

—¡No quiero ir con mamá!

—Te jodes. No tienes nada que hacer aquí, y no es un lugar para niñas.

—¡¡He visto a Roman aquí a sus anchas!!

—Porque él es un chico —tiró de ella con más fuerza. Sus delgadas piernas casi tropezaron, pero no le quedó más remedio que ceder. Ingrid refunfuñó más fuerte.

—¡Quiero eso! —señaló la pistola tirada sobre la alfombra. Kenneth frenó todo movimiento por un segundo.

—No es un juguete. Usa tus muñecas.

—Se rompen todo el rato y son aburridas… ¡suéltame! —movió enérgicamente sus brazos y se zafó de él. Le encaró—. Tú te estabas riendo, yo te vi.

—Ah, no. Me reía por otra cosa —contestó velozmente, girándose hacia ella. Frunció el ceño y la arrastró del brazo—. Vamos.

De una sacudida, Eric, Akane y Ryota irrumpieron en el despacho. Ryota frenó en seco al ver a Ingrid, y sus ojos dejaron de ser rojos para volver a su almendrado natural. Akane chilló en un llanto agonizante y corrió hacia la niña, abrazándola con fuerza. Ingrid mantuvo el ceño fruncido. Mantuvo los brazos bajos mientras su madre sollozaba en su hombro. Apurada, Akane la miró de cerca. Abrió los ojos al verla empapada de sangre. Kenneth sintió que su cuerpo palidecía. Sintió la mirada acusatoria de su madre recalar en su alma.

—Qué has hecho… ¿¡por qué está así!?

—No lo sé… —se defendió el muchacho, dando un paso atrás.

—¡¡No te creo, Kenneth!! —chilló dolida, rompiendo en un llanto. Enseguida envolvió a la niña en sus brazos. Ingrid miraba a sus hermanos sin mucha expresividad. Llorando, Akane se la llevó del recinto, empujando a Ryota por el camino.

Se hizo un silencio. Eric cerró los ojos, notando parcial alivio. Pero Kenneth se empezó a poner nervioso cuando su padre se acercó lentamente a él.

—Al parecer, Ingrid había desaparecido. Tu madre estaba desesperada llamándonos a todos.

—Estaba… acabando lo que ya sabes.

—Pensé que eras más observador —masculló—. Hasta una niña puede esconderse de ti… en tu propio lugar de trabajo. ¿Por qué estaba cubierta de sangre?

—No lo s…

Ryota no dejó que acabara la frase. Le rajó el rostro de un derechazo limpio, en el que sintetizó cristal. La barbilla de Kenneth empezó a regenerar lentamente, pero el chico sintió temor. Guardó silencio.

—Esa es la facilidad con la que un niño puede desaparecer. O que un testigo vea cosas que no debe. Eres nefasto hasta para proteger a tu hermana menor.

—…

Horas más tarde

Ryota conducía el todoterreno en sepulcral silencio. En los asientos traseros, Kenneth y Eric se mantenían con la mirada gacha. El patriarca no cruzó palabra con nadie. Pero a espaldas de sus hijos, el matrimonio mantuvo una fuerte discusión antes de subir al vehículo. Akane llevaba años sufriendo por el estilo de vida que significaba ser un Belmont. Su marido logró convencerla de que era lo necesario dada la significancia del sello que portaban, pero cuando Ingrid nació, algo en la mujer pareció intensificar el instinto maternal. Era su única niña, su pequeña, y sabía la fragilidad que las mujeres representaban en esos negocios.

Ryota pudo mantener los nervios a raya cuando su mujer le criticó y chilló exasperada tras encontrar a Ingrid en el despacho. Pero tuvo que reconocer, para sus adentros, que sintió auténtico terror en las carnes cuando Akane lloraba por teléfono diciéndole que la había perdido de vista. Las desapariciones de niños en clanes importantes solían ser críticas. Ryota notó el vacío de la agonía por unos minutos, asimilando la posibilidad de que hubiesen secuestrado a Ingrid y que jamás pudieran volver a verla. Pero cuando se encontraron con la cría llena de sangre por una imprudencia de Kenneth, el terror se convirtió sólo en frustración. Y eso podía gestionarlo mejor.

Kenneth, sin embargo, tenía en su interior sentimientos encontrados. Notaba acidez y la incómoda sensación de haber metido la pata y defraudado a sus dos padres. Pero aquella vez sintió algo más: culpabilidad. Regresó la mirada de soslayo a su madre: Akane cubría a Ingrid con sus brazos y la acariciaba del pelo. La niña estaba dormida, echada en su hombro. Dejó su mirada en ella unos segundos y se preguntó si podría haberle generado secuelas. Había visto en primer plano cómo mandaba a volar de varios tiros el rostro de un desdichado y se interesó por su pistola. Eso le molestaba. Le generaba ansiedad. De pronto, la imagen de su mano pequeña toqueteando la sangre de su subordinado y preguntando por sus sesos le hizo notar un escalofrío.

Siento como si quisiera vomitar.

Se frotó la frente y desvió la mirada a otro lado.

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