CAPÍTULO 34. Conocerlo
Hospital privado
Sarah regresó temprano junto a Yuna. Seung fue el que hizo guardia aquella vez y estaba realmente agotado. Tuvo que soportar toda la visita de familiares allí, todos temerosos y prácticamente dándole el pésame debido al estado del joven. Dave seguía debatiéndose entre la vida y la muerte, inconsciente y vinculado a máquinas.
Cuando entraron, Seung dormitaba en la cama asignada a las visitas. Tenían servicio de desayuno, así que cuando las mujeres entraron, también se toparon con la enfermera trayendo el pedido. Seung sacudió la cabeza para espabilarse y miró a su hijo. La enfermera, después de servir los desayunos, estudió por encima las constantes del muchacho y se marchó.
—Hola, querido —musitó Yuna, mirando pasar a la trabajadora—, ¿alguna novedad?
—Me preguntaste hace dos horas —respondió molesto, tomando el café—, no habrá novedades por largas horas todavía.
—¿Ha llegado más gente? —preguntó Sarah, dejando su abrigo en el respaldo.
—Sí, como once familiares… que tuve que aguantar yo solo. Menudo espectáculo. Menos mal que se han ido ya —dio un sorbo. Yuna observó a su marido. Estaba cansado y malhumorado.
—Pide un taxi y ve a casa, haz el favor. Aquí nunca se duerme bien.
—Me niego.
La mujer suspiró. Sarah se aproximó a Dave y frunció los labios, en pena.
—Saldrá de ésta, seguro. Siempre ha sido fuerte.
—Las garras de la muerte quieren arrastrarlo a su lado. Lo noto —comentó Yuna, haciendo que el ambiente se volviera más frío. Seung no tenía aprecio a ese lado «místico» de su mujer. Siempre decía que notaba presencias, energías… todo eso daba igual cuando la vida te daba el golpe. Sarah salvó un poco la situación.
—Y siempre ha sido un contestón. Allá donde le quieran arrastrar, seguro que se está quejando —comentó frotándola del hombro—, no pensemos en negativo.
Continuaron hablando. La habitación hospitalaria que les correspondía no era como una corriente de un hospital público. Allí los familiares tenían espacio, unos sillones y una cama pequeña. Contaban con un baño espaciado, por no hablar del servicio de comidas. Pero a pesar de ello y las distancias entre una habitación y otra, seguían estando en un hospital. Nadie quería estar ni pasar la noche, y ningún amante del café querría aceptar esos cafés que daban gratuitos. Otros familiares cruzaban los pasillos, aunque con menos frecuencia que en uno público. Sarah, más cercana al pasillo, oía el ir y venir de las personas. Pero era aún muy temprano y había instaurada cierta calma matutina. Pronto, unos pasos solitarios se hicieron cada vez más cercanos.
Yuna se fue girando al notar también los pasos más lentos cerca de la puerta.
«Toc, toc.»
Sarah dio un paso a un lado mientras la puerta se abría, y casi se le cae la mandíbula al suelo. Tan llena de júbilo, como de nervios. Mira estaba entrando por la puerta, y el primer par de ojos con el que se chocó, fue con el suyo.
—M… ¿Mira…?
Mira vio a todos, quedándose aún con la mano en el picaporte.
—B-buenas. Papá, mamá.
Ambos padres tuvieron una sensación indescriptible en el cuerpo. Llevaban literalmente años sin verla, al menos en persona. Tantos años, que aquello se sintió fuera de lugar. Yuna lo sintió como un dardo doloroso aún más allá. Verla era la confirmación más lógica y abrumadora que podía concebir: sí, había tenido una hija alguna vez. Una hija que se fue. Ahí estaba, de vuelta por una emergencia. Fue tan desgarrador el sentimiento, que no supo cómo actuar… ni qué decir. Era muy distinto hablar con ella por teléfono a tenerla cara a cara después de tantos años. Pero su marido se le adelantó. Salió antes del trance y dio un paso cerca de ella.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó sombrío.
Sarah tragó saliva mirándola. Tenía un aura de cabreo enorme, compactada en sus facciones. Pero iba preciosa ante sus ojos. Se había recogido el cabello en una alta coleta, y vestía jeans ajustados y una cazadora de cuero negra.
Mira soltó el picaporte y cerró la puerta tras de sí… aunque lo que verdaderamente le pedía el cuerpo era volver a salir corriendo. Le costaba estar en un lugar donde las personas que la acompañaban le habían causado algún estrago. Además, avivaba sus instintos más naturales y primarios: el instinto salvaje. Era fácil convertirse en la adolescente que ellos no soportaban cuando ellos volvían a ser unos cretinos.
—Tú qué crees. Se trata de Dave —dijo, ignorándole al pasar por su lado. En circunstancias añejas, Seung la habría agarrado del brazo y empujado fuera de la habitación. Pero él fue el primer sorprendido… al notar que no podía. No era capaz de comportarse como entonces, porque le costaba asimilar que esa chica tan alta, con la voz tan segura y a la que tanto había echado de menos en secreto estuviera ahí mismo. Sólo se giró. Yuna también la siguió con la mirada. Mira se inclinó a su hermano. Estaba muy pálido. Había varias máquinas indicando valores que no entendía.
—Qué es lo que le ha pasado. ¿Y por qué ninguno me llamó?
—Yo te llamé —murmuró la peliverde, haciendo que Mira volviera a ponerse recta lentamente y se volteara. Sus ojos se la comieron. Sarah sintió que la apuñalaba sin mediar palabra, con toda esa distancia entre ellas.
—No te estaba preguntando a ti.
Yuna chasqueó la lengua y trató de dominar la situación.
—Bien, creo que no es una sorpresa ni para ti ni para nadie que ya no eres bien recibida en esta familia. Vives aparte, al margen. Y como tal… —Mira la interrumpió salvajemente.
—No me puedo creer que hayas podido ocultarme que mi hermano estaba en este estado. ¿Qué clase de madre eres?
Otro silencio. Los tres se achantaron. Mira hablaba con fuerza y estaba enfadada. Sus padres sentían que debían domarla, pero en ese instante, estaban demasiado shockeados.
—La clase de madre que se preocupa por los hijos… que la quieren —dijo tras un rato, haciendo que la pelirrosa parpadeara. Abrió la boca dispuesta a lanzársele a la yugular, pero calmó su fuego.
—Sólo… dime qué es lo que le ha pasado.
Yuna se cruzó de brazos tratando de serenarse. Se acercó a la camilla, pero no se acercó a su hija. Mantuvo una prudente distancia.
—No saben decirnos bien. Parece que tomó algo en mal estado cuando se fue a estudiar a la biblioteca, tenemos la sospecha que pueda haber sido algo de una máquina expendedora de allí.
Sarah siempre sentía unos nervios atroces recorrerla cuando escuchaba esa declaración. El terror de la culpabilidad, y la angustia de que en cualquier instante, el grupo de investigación tumbara esa opción para ofrecer otra que la inculpara.
—¿Algo en mal estado? Una cosa es tener diarrea, y otra estar tumbado en una camilla —volvió a girarse a Dave, suspirando.
—Porque tenía sustancias cáusticas… ha debido de envenenarlo alguien. Habiendo ocurrido en un lugar público e ir sin acompañante, no sabemos de dónde agarró el café que pidió, ni nada.
—¿Era un café?
—No se sabe bien… cogió varias cosas de una máquina expendedora, también pasó por una cafetería… aún se está investigando. No sabemos más.
Mira tocó con extremo cuidado la piel de su hermano. Estaba tibio, pero ella lo sentía frío. Era como si pudiera abarcar su energía. Y su energía… no le transmitía nada bueno en absoluto. Como si un rayo la partiera en su mente, la sobrecogió la idea de que lo iba a perder.
—¿Qué daños tiene? —preguntó al cabo.
—Ya has hecho demasiadas preguntitas. Vete ya a tu lujosa casa, que tan contenta estás de haber conseguido.
Era la voz de su padre. Mira sólo movió un poco la cabeza hacia él, pero se dirigió a su madre.
—¿No vas a contestarme? ¿Así vas a ser?
—No creo que estés en posición de exigir nada, Mira. Haz el favor y márchate.
—¿En posición…? —se giró rápido y la encaró, volviendo a elevar la voz—. ¿Pero qué te pasa? ¡Soy su hermana!
—Tú ya no eres hija nuestra. Te lo dije cuando pusiste un pie fuera de la mansión —apretó él, poniéndose por delante de su mujer. La estaba viendo flaquear y no quería darle ese gusto a Mira—. Ya no formas parte de nuestra casa, ni de lo que pase en ella. Y él estaba de acuerdo antes de que ocurriera todo esto.
—Vete al infierno —dijo, rabiosa—, él no estaba de acuerdo, tú le has intoxicado la cabeza. Seguro que le has apretado tanto la soga al cuello con los estudios, que le has reventado todo por dentro.
—¿¡Cómo te atreves!? —gritó él. Ambos se acercaron peligrosamente. Su hija ya no era una adolescente. Medía lo mismo que él, y su mirada era… claro que sí. Una fotocopia de la suya propia. Yuna gritó y se puso en medio, frenándolos.
—¡¡Basta!! Esto sí que no lo permitiré. Mira —la señaló, nerviosa—, si no vas a comportarte, será mejor que te vayas. No quiero ni un solo quebradero de cabeza. Tu hermano puede notar todo este horror, respetemos su estado.
—Bien —dijo, controlándose. Pero no le quitaba la mirada de superioridad a su padre—. Entonces me comportaré. Pero me quedaré aquí, porque es mi hermano. Y estoy preocupada.
Seung gritó entonces a su mujer.
—Yo soy el hombre de esta sala, y el centro de esta familia. ¡Y digo que no se queda!
—¿Ah, sí? Échame.
—¿¡Podéis parar!? —gritó Yuna.
—Es él. Como siempre… no acepta todo lo que se escapa a su control. Él es mi hermano. Acéptalo, o muere rabiando.
Seung se abalanzó sobre ella, por sorpresa de la propia Mira, pero pudo actuar rápido. Le bajó bruscamente el brazo y de un movimiento eficaz lo estampó contra la pared, conteniéndole de ambas manos.
—Dios mío, ¡¡Mira!!
Mira le soltó de inmediato, sin alargar su vergüenza. Pero cuando se giraron, una enfermera había entrado en la habitación y les miraba muy seria.
—Un grito más y tendré que pedirles que se marchen los dos. Pero si encima hay violencia, tendré que llamar a seguridad.
—Vete a casa, por dios. Vete, yo me quedaré —murmuró Yuna a su marido. Seung se arregló las gafas, enrojecido del cabreo, y arreglándose de malas formas la blusa se marchó sin siquiera despedirse. Ya se había sentido demasiado humillado. Sarah le siguió por el pasillo y volvió la mirada a las mujeres. La enfermera resopló poniendo los ojos en blanco y también se marchó, llevándose los restos del desayuno.
Otro silencio.
Mira cerró los ojos y tomó aire, tratando de relajarse. No era la primera vez que su padre trataba de darle una bofetada para encarrilarla, reformar sus respuestas cuando le encaraba, pero jamás pudo. Jamás Mira se doblegó, ni siquiera con catorce años. Pero acababa de volver a transportarla a esa época, como una herida mal cicatrizada.
Es distinto verlo desde esta nueva perspectiva. Él ya no me grita desde arriba, ni logra pegar. Sólo está más gruñón y anciano.
Seung se marchó. Sin preguntar ni interactuar con ninguna, Mira se tomó un instante para acercarse la butaca a la camilla y mirar bien las facciones de su hermano. Las pocas veces que lograron hablar, fue porque sus padres aún no le habían intervenido el móvil. Y en el fondo, tampoco le importaba que Dave no sintiera lo mismo por ella que ella por él, que era un amor fraternal de verdad. Acarició su cabello oscuro y resopló. Al calmar un poco los nervios, descubrió cuan triste estaba en realidad. Le preocupaba. Era muy joven para terminar así.
—Viene el médico… —dijo Sarah. Aquello las tensó a las tres. Mira tenía pululando esa mala sensación en el cuerpo, en la mente. Algo malo que se le iba a echar encima.
Cuando el hombre interactuó con ellas, no recibieron la mejor de las noticias.
—Acabamos de revisar las últimas pruebas. La hemorragia interna ha disminuido un poco y eso es una buena señal, pero la infección y el daño en el estómago siguen siendo muy graves. Sus órganos están trabajando al límite. Depende… bueno, como ya ven, por completo del soporte vital. No puedo asegurar que salga adelante, pero estos pequeños cambios nos permiten mantener un poco de esperanza. Vamos a seguir vigilándolo minuto a minuto.
«No puedo asegurar que salga adelante».
Qué… ¿clase de frase de mierda es esa?, Mira sintió más desazón. Pero no pensaba caer más veces en la trampa de la desesperación. Ronald había completado ese cupo en muy poco tiempo. Tomó aire y sacó el teléfono. Tecleó un mensaje a Zoey.
«¿Está todo bien por ahí? ¿Te dormiste ya?»
«Claro que no», recibió en respuesta en seguida. «Ven cuando puedas. Quiero saber que está todo bien.»
Mira se guardó el móvil enseguida y valoró la posibilidad de quedarse a dormir junto a su madre, aunque no le hiciera gracia. Pero al volver a mirarla y notar su rencor, abandonó la idea. Relamió los labios y se dirigió a ella con la voz más tenue.
—Mañana volveré, mamá. Te guste o no. Responde a mis mensajes.
—¿Qué mensajes?
—Desbloquéame para que puedas recibirlos. Me tienes bloqueada. Igual que hiciste que Dave me bloqueara.
—¿Por qué crees que yo hice eso?
Mira tomó aire lentamente antes de perder la paciencia.
—Sólo… por favor… hazlo. Al menos hasta que él esté recuperado. Quiero saber su estado en todo momento —dio un paso más cerca de ella, mirándola con fijeza—. Sabes que me importa.
Yuna tenía rabia encima, pero no la misma que su marido. No pudo negarle aquello. Frente a la propia Mira, sacó su teléfono y le quitó el bloqueo.
—Cuando él esté bien —repuso—, volverás a tu vida y nos dejarás tranquilos.
—Sí. No esperaba más de este viaje.
Sarah no quería que Mira se marchara, apenas había podido entablar conversación. Y ahora sentía raro el hacerlo, debido a que se había puesto todo tenso en segundos. Pero no le gustaba lo más mínimo que esas dos volvieran a tener comunicación por móvil. Eso la hacía a ella prescindible. Entonces, sus esfuerzos por mandar a Dave al hospital serían completamente en balde. Se puso recta cuando Mira se subió la cremallera de la cazadora y se dirigió hacia la puerta. Sarah se adelantó a sus movimientos y salió también al pasillo.
Pasillo hospitalario
Cuando la pelirrosa avanzó unos cuantos pasos en el pasillo, Sarah la agarró con cautela de una mano, frenándola. Mira paró de andar y la miró.
—Qué quieres.
—Mira… por favor… ¿sigues guardándome rencor por aquello? ¿Podemos hablarlo?
—No es el momento.
—Sé que me has bloqueado. ¿Acaso nunca va a ser el momento?
Mira chasqueó la lengua algo irritada. Nunca se va a acabar este maldito día de mierda o qué. Al voltearse del todo hacia ella, se metió las manos en los bolsillos de la cazadora y bajó la voz.
—Si depende de mí, no.
—Por qué eres tan dura… —se mostró afligida, luchando por no separar su mirada de los ojos que Mira le inyectaba. Parecía estar casi matándola con ellos—. Yo… yo también estaba muy asustada, sabes…
—Tus circunstancias no me importan ya una mierda —masculló—. Quítate del medio.
La empujó al pasar.
Dios…
Sarah sintió que el corazón le bombeaba más rápido en aquel momento. Ahora sí, sentía que era capaz de volver a abrirse las venas esa noche. Se puso a sollozar tan de inmediato, que incluso Mira la oyó. Paró de andar de nuevo, golpeada por la culpa. Pero aquella vez no se dejó arrastrar. Hizo de tripas corazón y sin alargar el encuentro, se marchó del hospital.
Habitación de hotel
—¿Y bien? ¿Cuándo recibiréis actualizaciones? ¿Mañana?
—Es difícil contestar con exactitud. Mañana nos dirán el estado de su sistema gástrico. Y ya nos han adelantado que no tengamos mucha fe… en que salga adelante.
Que un médico dijera aquello nunca albergaba un buen pronóstico. Un médico preparaba siempre a los familiares para lo peor, pero solían saber qué palabras escoger. Los licenciados no podían hablar sin objetividad. Por eso, Mira sentía con agobio que la vida de su hermano estaba en la cuerda floja. Los ojos se le comenzaron a humedecer, pero notó el calor de la mano de Zoey en su mejilla.
—Sólo hay una cosa segura en este momento, y es que todavía no sabes qué va a pasar. Deja que la medicina haga lo suyo. Y hablaremos por la mañana.
Mira se calmó, introduciendo una gran bocanada de aire en el cuerpo. Asintió débilmente.
—Necesito que despierte… y que me vea.
—¿Y el encuentro con tus padres?
—Horrible. No me ha sorprendido. Y… Sarah estaba ahí.
—¿Sarah…? —frunció el ceño.
—Sí, con ellos. Por lo que me comentó mi amiga, lleva con ellos muchos años. Casi parece su hija.
—¿Y es tu fan? Dios mío. Eso… eso es extraño.
Mira no había recalado más de la cuenta en su «amiga» de pelo verde. No quería contacto con ella, porque cada vez que la veía, recordaba cómo se marchaba de la casa dejando a Zoey a su suerte. No casaba con ese tipo de cobardía, le hervía la sangre. Nuevamente, las caricias de Zoey parecieron acudir a su alivio. Su suavidad la calmó un poco, hasta que se volvió a sentir capaz de hablar.
—En fin… mañana si quieres me puedes acompañar, si te ves preparada. No sé cómo puede reaccionar mi padre. Pero diga lo que diga, por favor, si estás incóm…
—Ya te dije que no me desanimaras antes de tiempo —la interrumpió, sin detener las caricias sobre su mejilla. Comenzó a acariciarle el pelo. Mira asintió.
—Está bien —pasó la mano por su cintura y se recargó un poco sobre ella, dándole un beso—, siento haberte dejado aquí. ¿Te duele algo? Te tocaba la medicina, ¿verdad?
—Ya me la tomé. Sólo… necesito descansar un poco la pierna. Estando tumbada en una cama es mejor.
—¿Te duele, cariño?
—¿Qué me llamaste…? —dijo Zoey con una sonrisa bobalicona. Mira sonrió.
—Nada.
—Sí, sí… a ver, repite…
—Voy a darme una ducha —musitó avergonzada, saliendo de la cama.
(Autor: Me imaginé el «honey» dicho con la voz de Mira y grawwwr.)
Media hora después
La ducha sirvió para asearla, pero no para eliminar la preocupación de su mente. Demasiadas sensaciones negativas había absorbido de aquel encuentro, y estando sola se multiplicaban. La presencia de Sarah, además, le transmitía cosas tan negativas como tristes. Su mirada lacrimógena fue, por un instante, una invitación a quedarse.
Ya bastante tengo con lo mío. Pero estaría bien dejar de martirizarme.
Dave. Dave regresó a su mente de golpe. Como una flecha impactándole en el cerebro. Alarmada, se vistió el albornoz y agarró el teléfono. Llamó a Yuna.
—¡Mira! ¿¡Qué!?
—Es él. ¿Está bien?
—Acabamos de tener un susto —oyó desde la otra línea. Su madre estaba agitada—, pero… ya está bien.
—¿¡Qué pasa!? ¡Voy ahora mismo!
El grito alertó a Zoey, desde la cama. La oyó gritar desde el baño.
—La sonda nasogástrica se ha empezado a llenar de sangre y los monitores pitaron, iba a entrar en shock. Pero han conseguido hacerle la transfusión y estabilizarle a tiempo.
Zoey abrió a tientas la puerta del baño. Mira le echó un vistazo pero siguió enfrascada en la conversación.
—Creo que voy a ir de nuevo.
—Ya te dije que está bien por el momento. No vengas más, ¡o harás que tenga yo un maldito ataque! —le colgó.
Mira miró estupefacta el móvil, sin saber qué hacer. Zoey se acercó a ella y la agarró de ambas mejillas, obligándola a mirarla.
—¿Se arregló…?
—No estoy tranquila. Parece que sí, pero… —la miró de repente—, sabía que estaba en peligro. Si regreso, mi madre no me dejará pasar.
—Ella tiene que contarte lo que ocurra…
—No me fio de que me lo cuente. Es tan fría… que es capaz de contarme que ya ha muerto mañana por la mañana.
—¡No digas cosas tan horribles! —suspiró y la abrazó. Mira la correspondió, pero se quedó mirando la pantalla.
—Voy a desbloquear a Sarah. Necesito que alguien me cuente qué está ocurriendo.
—… —Zoey despegó un poco la cabeza, virando el rostro hacia la pantalla. A Mira le temblaban un poco los dedos según trasteaba con el móvil. Observó ella misma cómo desbloqueaba a Sarah y le redactaba un mensaje. En él se sentían los nervios.
«Soy Mira. Dime por favor cómo está mi hermano en todo momento.»
Recibió una respuesta inmediata.
«Sí, no te preocupes.»
Justo cuando Zoey trató de leer las intervenciones previas, se dio cuenta de que no aparecía nada en el chat, al menos el de Mira. Debía haber borrado todo. No hizo ningún comentario. Sólo ascendió la cabeza y le dio un suave beso en el cuello.
—Mira… necesitas dormir. ¿Tienes ideas de cuántas horas llevas despierta? Has conducido toda la madrugada… con el sueño ya interrumpido de antes.
—No creo ni que pueda dormir. Estoy…
Alterada. Rabiosa. Asustada.
—Ya sé cómo estás —completó ella, volviendo a envolverle las mejillas con las manos. La hizo mover el rostro en su dirección. Se miraron con fijeza, unos segundos en silencio—. Vamos a ir a dormir ahora mismo.
Mira asintió con pesadumbre.
Cuando marcharon a la cama, Zoey siguió disimuladamente el recorrido que llevaba también el teléfono ajeno. Mira lo dejó en modo vibración, cosa que bajo su pensar era peor aún que con sonido, pero no dijo nada. Se recostó e hizo una mueca de dolor al estirar la pierna. Aún tenía pinchacitos debido al trauma de las siete horas de viaje en mala posición. Pero la medicina ahuyentó los dolores más fuertes. Mira se tomó un tiempo de mirar algunas notificaciones más y, aún con las manos temblorosas, dejó el móvil en la mesita. Zoey se movió con cuidado a su lado y apoyó una mano en su hombro, acariciándola. La besó. Mira reaccionó desviando su cara, por primera vez. Agarró a Zoey de un hombro, haciéndola mirar estupefacta.
—¿No quieres besarme?
—Estoy muy nerviosa —dijo sin mirarla. Al dejar el móvil se contemplaba la mano. Temblaba sin pausa. Zoey la miró también y la agarró con cuidado, llevándola entre ambas. Guareciéndola justo entre el pecho de una y otra, y le sonrió.
—Te quiero. Estaré contigo hasta que te calmes.
Mira pasó la mano libre a su cabello. La fuerza de sus palabras caló en su pecho, como un abrazo embriagador. Ni siquiera pudo volver a resistirse. La atrajo de la parte de atrás de la cabeza y la besó con ganas. Zoey sonrió mientras la correspondía. En realidad, sólo quería besarla. Pero se dio cuenta de cuánto le hacía falta también, de las sensaciones adultas que se le despertaban cuando estaban así. Sólo pensaba en lo mal que estaba. Y en lo bien que ella podía hacerla sentir. Al desconectar sus labios Mira se le volvió a aproximar para reclamarla, pero la frenó al tocarla del pecho.
—Túmbate… quiero relajarte yo.
—¿Hm…?
—Que te tumbes… ca-ri-ño.
—Ts… —le quitó enseguida la mirada, conteniendo una sonrisa. Se moría de la vergüenza. No le hacía especial gracia que destacaran lo cariñosa que podía llegar a ser. Sólo se abría con quien ella estimaba que verdaderamente lo merecía. Aunque, escuchándola a Zoey, sabía que con ella todo estaba bien. Porque era encantadora. Pensó que pese a su juventud, acababa de encontrar a la mujer de su vida. Saber eso para sus propios adentros daba algo de vértigo. Incluso aunque no se llevaran mucha edad, veía a Zoey más niña, porque era inexperta. Tendría más dudas a la larga, querría conocer a más personas. El hecho de que le gustasen también los hombres le producía una cierta inseguridad. Además…
¿Quién no iba a enamorarse de ella? Con esa cara…
Zoey estaba concentrada plenamente en su cuerpo y disfrute. Cuando le abrió el pijama y sacó la lengua, lamiendo hacia arriba uno de sus pezones, Mira abrió la boca y exhaló un suspiro mudo, tensándose de pies a cabeza. Volcó la cabeza sobre la almohada, empezando a ponerse nerviosa. Y caliente. Esa boca que tanto adoraba la degustaba por el vientre. Lamiendo cerca de su ilion, dio un mordisco suave antes de bajar. Aquello, por descontado, no calmaba a la pelirrosa. En absoluto. Sólo le avivaba más el instinto primario, temía ser brusca con ella. Pero por otro lado…
Huf… Recordaba cómo la penetraba con el juguete a esa velocidad, cómo gritaba y se corría dos veces seguidas, muerta de placer.
En eso pensaba cuando los pensamientos se le descarriaron del todo al sentirla en su clítoris. Zoey se ajustó con cuidado entre medias y empezó a dar lamidas cortas, humedeciéndolo. En una de esas metió de golpe la lengua en su abertura, aunque se le trabó a medio camino. No entraba. No la podía hacer avanzar como se imaginaba, así que la acabó sacando para volver a lamerla por entero. No le disgustó. Mira estaba recién duchada, olía bien. Aunque era el primer genital que se llevaba a la boca y se sentía rara.
—¿Te está gustando? —preguntó de repente, mirándola con los ojos abiertos. Mira asintió con la cabeza, sonriendo un poco.
—Sí… ¿y a ti?
—No sé. Me gusta oírte —sonrió.
Mira le hubiera dado más charla… si hubiera podido. Después de sentir su lengua, sólo quería que siguiera. La había desconectado de los problemas por unos minutos, quería continuar. Movió los dedos en su cabello, dirigiendo discretamente su cabeza para invitarla a seguir. Zoey acariciaba sus labios externos con los dedos, pero abandonó eso para volver a lamerla.
—Pega… toda la boca. Los labios tambiéhmmg… sí… —Zoey obedecía según la escuchaba. Mira gimió al sentir su lengua por dentro, agitándose arriba y abajo con algo más de velocidad. Su boca caliente la estaba poniendo tan cachonda, que tuvo que verla para creérselo. Irguió unos centímetros el rostro para darle imagen a esas sensaciones.
Soy una puta enferma.
Ver a Zoey con la boca enteramente pegada a su coño, con lo bonita y sexy que era, la hizo bufar de placer; se frotó el rostro con las manos. Era como si le pusiese más cachonda su cara inocente… mientras le comía el coño. Con esas pequitas y la cara de concentración. Volvió a mirar, abriendo un poco los dedos. Zoey separó la boca y se relamió sus propios labios, mirando en todo momento su coño con toda la atención. La lamió de nuevo, y esta vez Mira contempló también aquello, su lengua fuera arrastrando hacia arriba su clítoris.
—Ogh… —suspiró por lo bajo, nerviosa. No la dejó ni continuar. De manera fortuita la agarró de un brazo, casi sin pensar, y la colocó encima de su propia cara, no sin antes prácticamente despojarla de toda ropa inferior. Zoey tuvo más cuidado y fue rápida en agarrarse al cabecero ates de estamparse con él, mirando hacia abajo. Comprendía lo excitada que iba su compañera, casi ciega. Mira sólo le miraba ya el cuerpo, y centró sus ansias en lo que quería ponerse enfrente en ese momento: el coño de Zoey. Pegó la boca y comenzó a chupetearlo ferozmente. Zoey gimió al pillarla por sorpresa el pico de placer y tensó las piernas. Pero no lograba estar relajada del todo. Era una postura donde su peso incidía en la rodilla. No tardó en sentir dolor, y la miró apenada.
—Así me… —empezó, quebrada ante el placer que notó por las succiones nuevas. Mira parecía una experta en sexo oral. Combinaba bien las lamidas con la succión, sabía cuándo chupar, cuándo y cómo estimularle el clítoris… tragó saliva. Mira abrió los ojos y la observó desde abajo. Lamió unas cuantas veces más antes de separar la boca.
—Túmbate.
Zoey asintió, estimulada ya en cuerpo y alma. Mira la dirigió hacia la cama con cuidado, aunque notaba sus agarres. Le gustaba sentir su fuerza. La puso tumbada de lado y se recostó justo detrás, retirando el pelo corto que se había quedado sobre su cuello. Mientras la degustaba entre besos y succiones cariñosas, Zoey sonrió, feliz. Bajó una mano a su clítoris para continuar con la estimulación ella misma, pero Mira le detuvo la mano.
—Separa un poco esos muslos… preciosa mía. Ya me has puesto a tono —enterró en su oído como un susurro, con el que Zoey también se excitó. Nada más obedecerla sintió encantada que su mano se sobaba por todo el largo de su sexo, haciéndola suspirar. Mira no tardó. La notó mojada y le introdujo dos de sus dedos hasta el fondo, quebrándola enseguida en un gemido. Zoey cerró los ojos más fuerte al mismo tiempo que su puño se cerraba en la almohada. Mira la mordió y se volcó un poco sobre ella sin poder evitarlo, al empezar a penetrarla. Adoptó la curvatura que quería con los dedos y la menor abrió débilmente los ojos, acalorada.
—Es…pera… así…
—Así que… no me quites la mano o te lo haré pagar —dijo divertida, acelerando el ritmo. A veces le sorprendía lo mojada que estaba. Pero eso sólo la ponía más cachonda.
Zoey sintió, excitada pero muerta de la vergüenza, que incidía en ese punto donde la hacía querer mearse encima. Tenía los dedos largos y lo notaba como una flecha directa, justo ahí. Y era constante. Notó un súbito deseo de mearse y se contrajo, bajando la mano a la muñeca de Mira para frenarla. Mira rio con malicia.
—¿Qué te acabo de decir? —la mordió en la oreja, tensándola más. Y se puso más cachonda aún: una finísima y brillante capa de sudor adornaba su frente. Estaba respirando rápido.
—Es… voy a mearme… déjame ir al baño primero.
—No vas a mearte como crees. Vas a mearte… como yo quiero. No lo contengas.
—¿Qué…? ¿Qué guarrada es esa…? —replicó entre suspiros.
—No te asustes, pequeña. Cree en mí. No es pis…. Bueno, más o menos.
—¿Por qué quieres que me mee encima…? Qué poco glamour…
Mira no le contestó. Adelantó mejor la mano sobre su pubis y curvó más los dedos, haciendo que Zoey la agarrara del antebrazo.
—Es… es en serio… vas a hacer que…
Mira sólo le respondía riéndose. Zoey se puso más roja y apretó el puño en la almohada. Sólo tuvo que dejar un par de segundos de contraer el cuerpo para sentir de inmediato cómo volvía a acercarse rápidamente al orgasmo. Entonces los ojos se le fueron por un segundo y frunció las cejas más fuerte, apretando los dientes. Mira sonrió mirándola y continuó con el mismo ritmo. La hizo tener un breve squirt, pero enseguida sintió sus picudos jadeos y cómo las paredes vaginales le estrangulaban los dedos con fuerza.
Dios… qué cachonda me pone cuando se corre.
Mira abrió los labios, disfrutando de verla temblar mientras jadeaba. La puso a mil sentir su squirt tan pobre, seguramente el primero que tenía. Apenas fueron unas pocas gotas, aunque para ella ya fue suficiente. Después de aquello, su cavidad seguía contrayéndose con fuerza.
—Ah… —Zoey jadeaba, ahora por el cansancio. Su abdomen se movía agitado, y soltó poco a poco la almohada para voltearse y ver a su pareja. Mira la besó en el hombro y ladeó la sonrisa.
—¿Qué, cómo ha sido?
—R… raro…
Mira retiró con mimo los dedos de su interior, cargados de humedad. Zoey balbuceó. Parecía cansada de toda la excitación que acababa de entrar y expulsar del cuerpo. Tuvo una contracción leve al sentir que Mira seguía acariciando el área clitoriana con la mano. Después de tomar algo de aire y serenarse, tragó saliva y se giró más hacia ella. La miró con fijeza y le puso una mano en la mejilla.
—Te quiero, Mira.
Mira sonrió sin mirarla… pero Zoey insistió para moverle el mentón en su dirección. Cuando sus ojos se devolvieron la mirada, volvió a susurrar.
—He dicho que te quiero. ¿Tú…?
—No seas pesada. No pienso repetirlo… —curvó más la sonrisa y se puso bocarriba. Zoey continuó acariciándola aunque se hubiese girado.
—Entonces sólo dime si tú también.
—Por supuesto… pero no me lo preguntes más.
—La gran Mira… tiene vergüenza…
—Mucha —murmuró entre dientes, ampliando su sonrisa. Miraba al techo—. Me sé de una que no tiene ni una pizca de vergüenza.
—Tú… tú me enseñaste a no tenerla —soltó una risita. Se arrastró hasta quedar por encima de ella; cayó de bruces a su lado. Mira levantó la cabeza mirándola más alarmada.
—Ten cuidado con tu pierna… haz el favor.
—Bueno, tengo que ir moviéndola ya un poquito, ¿no dijo eso el médico?
—Ay, ¡¡claro que no!!
—¿Ah? Pensé que sí lo dijo, ¡HAHAHA!
—No, claro que no lo dijo… no me la intentes colar —volteó despacio hacia ella. Le puso la mano en la espalda y se arrimó encima con cuidado. Su mirada se tranquilizó al tenerla cerca otra vez.
—Estás asustada. Te lo siento.
—¿Uh…?
—Sí… te entiendo. No… no pretendía recordarlo, pero te lo noto. Quiero conocer ya a tu hermano.
Mira inspiró hondo. Necesitaba calma para enfrentar una situación como aquella con sus padres y Sarah al lado, invadiéndolas. Tardó un poco en responder.
—A mí me gustaría que fueran otras las circunstancias.
—No habrá otras… porque creo que de otro modo, si lo piensas, jamás llegaré a conocerle. No hablas con ellos.
—No hablo con ellos porque no tienen nada bueno que aportar.
—Ya me has prevenido con… todo eso.
—Sí, pero oye, la verdad es q-…
—Y yo quiero saber qué cara tiene porque las fotos que tienes son muy viej-…
—No quiero que te hagan sufrir, ¿¡vale!? —dijo más impaciente. Volvieron a conectar una mirada fija. Zoey asintió despacio, sin rechistar.
—Sí… está bien.
Mira parpadeó, frunciendo un instante sus cejas. No le gustaba levantarle el tono. Ni perder la paciencia con ella. Enseguida tuvo la necesidad de escapar otra vez. De ella y de la misma cama. Y lo hizo. Como si un interruptor molesto volviera a encenderse dentro de ella, la apartó con cuidado y se levantó enseguida. Zoey no dijo nada.
Pero no le gustaba quedarse sola. Ya le costaba gestionar bien aquel sentimiento, especialmente en el dormitorio. Llevaba demasiado durmiendo con Mira desde que retomaron la relación, y el poco tiempo que no estuvieron bien, sintió cómo todas sus pesadillas empeoraron. Tampoco deseaba volver a despertarse muerta de miedo y sola.
—Hice mal en traerte, lo siento —murmuró, terminando de vestirse.
No digas eso, porque eso… me duele más. Zoey no le respondió, sólo se quedó tumbada y fingiendo que se toqueteaba el flequillo. Que se entretenía con eso mientras miraba el techo. Mira prosiguió.
—De… de todas formas, voy a hablar con Rumi. Si ella puede arreglar un viaje en avión, creo que podrías…
—No te molestes.
Ah, maldita sea…
Zoey le había contestado algo más seria ya. Mira asintió, más para ella misma que por otro motivo: ya le estaba haciendo daño, o como poco, molestándola. Y Zoey dio un pequeño suspiro antes de confirmárselo.
—Me haces sentir muy bien a veces. Pero luego, cuando sale un tema que te duele, no sé muy bien qué hacer. Al final tampoco puedo acompañarte cuando lo necesitas.
Está escarbando demasiado… no tiene la culpa de que me moleste. Pero me molesta. Me molesta de cualquiera.
Mira suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Sé lo que dije antes. Pero será mejor que no. Que no vengas. Mañana… iré a verle yo y si está todo bien, te prometo que iremos a…
—¿A…? —Zoey la observó más animada.
—¿…tomar un helado?
—Ah. Bueno. Está bien.