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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 35. Editar contacto

Un fuerte llanto infantil llamó la atención de Ingrid. Cuando entró por la puerta de donde provenía, vio a Lynne sollozando a moco tendido.

—¡Pero Lynne…! ¿Qué andas haciendo, eh…? —se arrodilló frente a ella, tomándola de sus muñecas. La niña señaló con su dedito el pajarito de su jaula. Ingrid se quedó mirándolo unos segundos: parecía algo tieso. Devolvió la mirada a su sobrina y le sonrió comprensiva—. Se habrá puesto enfermo…

—No se mueve… está muerto…

—No lo sabemos. Tranquila, ¿vale?

Lynne asintió compungida, limpiándose las lágrimas y siguió a su prima mayor con la mirada. Ambas se acercaron al pajarillo. Ingrid se fijó en su pecho colorido de azul. Aún se movía, pero una de sus patitas se agitaba espasmódicamente.

—¡Oh…! —dijo la niña inocentemente—, espera… ¡está vivo!

—Se está muriendo. Estará mayor —miró un segundo a la puerta y luego volvió a arrodillarse frente al animal. Lo miró más de cerca—. No va a durar mucho.

—¿Qué hacemos?

Ingrid tomó al bicho de una pata y se puso en pie, manteniéndolo lejos de su cuerpo. El pájaro aleteó y pio tenuemente. Su sobrina se abrazó a la pierna de Ingrid, algo asustada. Se acercaron al baño y la mayor levantó la tapa. Lanzó al pájaro al inodoro y acercó la mano al botón de la cisterna.

—¡No…! ¡Prima, no…!

Ingrid se aguantó la risa. Pulsó el botón y observó que el pájaro trataba de luchar contra el movimiento envolvente. El inodoro no pudo tragárselo. Pero aquello bastó para hacer que el animal se aferrara a la vida.

—Va a morir de todos modos, no lo hagamos sufrir.

—Está sufriendo ahora también… —dijo Lynne, poniéndose a llorar más fuerte. Ingrid volvió a pulsar el botón y el inodoro tampoco pudo tragárselo. Pero la diferencia es que el pájaro ya no se movía. Al ver aquello, Lynne lloró más fuerte.

Ingrid ignoró su llanto. Siseó una canción mientras agarraba la escobilla del váter y empujaba al pájaro hasta el fondo, mientras activaba por tercera vez la cisterna. El nivel del agua ascendió, y tras un ruido de desagüe más fuerte, bajó de golpe y ya no mostró indicios de animal alguno. Al poner la escobilla en su sitio, su prima empezó a golpearla con sus diminutos puños en el muslo, llena de rabia.

—¡Eres mala…! ¡Mala, mala, tú lo has matado!

Ingrid la agarró del hombro violentamente y la empujó a la pared, agachando su cara a dos palmos de la suya.

—Y tú eres una niña llorona y estúpida, fea y gorda, y si dices algo de lo que ha ocurrido te haré lo mismo que a tu maldito pájaro.

Lynne se impactó mucho viendo los ojos de su prima, pero asimiladas las palabras, lloró de nuevo. Eric dio un grito llamando a su hija, y entonces Ingrid la soltó del hombro y la tomó en brazos rápidamente. El hombre, al asomarse y ver a su hermana con su hija en brazos, arqueó las cejas.

—¿Pero qué pasa?

—El pajarito que habéis traído… Lynne abrió la puerta y se ha escapado. No lo encontramos.

Eric resopló.

—¿En serio?

—Sí… vamos, Lynne, ya eres grande… deja de llorar —animó Ingrid, limpiándole las lágrimas de las mejillas. Lynne no desmintió a su prima, pero elevó los brazos a su padre lloriqueando.

—Papi, quiero irme a casa.

Eric tomó a Lynne en brazos.

—Llevamos sólo un par de semanas… acordamos las navidades, ¿recuerdas?

Lynne miró a Ingrid con miedo y sólo le salió girarse a su padre y abrazarle el cuello, hundiéndose en su hombro sin decir una palabra.

—Vamos a practicar tiro con arco. ¿Quieres venir…? —preguntó Eric a su hermana. Pese a la tensa situación en casa, no quería apartarla. Tanto Ryota como Akane no se encontraban en la mansión.

—Vamos, hace tiempo que no voy.


Sarah Long había recibido la primera mala noticia tras la ruptura con Belmont: su cuenta bancaria no soportaría el precio de sus cuidados faciales, tratamientos corporales de spa ni las compras de ropa semanales al paso que iba. Habían cerrado la cuenta en común que Kenneth abrió de cara a la boda, y en su lugar, la había dejado de vuelta con su dinero propio. Sarah sintió rabia, aquel gilipollas siempre había sido un desconsiderado y un egocéntrico. Pero que no le insistiera para arreglar las cosas le generaba un cabreo considerable. Se enteró, al poco de conocer a Hina, que había mantenido relaciones sexuales con muchas mujeres desde el inicio de su noviazgo formal. Era un mujeriego preocupante y gastaba dinero en prostitutas de manera asidua. Lamentó no haberse percatado antes. Decidió retirar el polvo a su currículum y aprovechar su belleza y juventud en algunos castings de modelos para recuperar el tiempo perdido.

Por su parte, Kenneth no tenía interés alguno en recuperar a Sarah. En su mansión, muy lejos de la de sus padres, podía hacer lo que le diera la gana ahora que Sarah se había largado, y recordó cuánto lo echaba de menos. Pero había empezado a experimentar algo molesto. Fantaseaba mucho con su inquilina desde que la folló en el baño. En ese mismo instante, mientras le abría el culo a una puta con el pelo rojo y observaba su cara de placer, se daba cuenta de que era puro placer carnal. No había más conexión, y no estaba mal. Hasta aquel momento y desde que tenía trece años, eso le había bastado. Pero lo cierto era que Hina Won había sido desde un inicio una mujer que llegó a su vida de forma un poco diferente. Había accedido a prostituirse por pagarse el alquiler, algo tan bajo como eso era patético para él. Y las primeras veces que la ahogó con su polla disfrutó humillándola. Pero con el paso de los meses y de apropiarse de su inocencia, sumado a que sabía que sólo él le hacía pasar por aquello, le generaba un placer más intenso y muy distinto. Verla gemir de placer y dolor al mismo tiempo en aquel baño sucio… había sido el mejor polvo que había echado, incluso pese a la sencillez. Un polvo de lo más estándar, pero jugoso y apetecible. Apenas tardó pocos minutos en correrse. Hina gritó de placer en sus recuerdos, y el joven miró por inercia el largo de su polla húmeda y caliente, salpicándose de los fluidos femeninos cuando se la metía hasta el fondo. Hina solía decir que no, se resistía un poco, pero su cuerpo era honesto después. La recordó temblando de placer con las manos agarrando la tapa de la cisterna, y cómo se ruborizó a sabiendas que le estaba dejando el miembro empapado.

“Pides más despacio, pero luego bien que te corres de lo lindo en mi polla mientras te follo.”

Recordar sus gemidos suaves mientras la empalaba le hicieron volver a la realidad y empezó a correrse en la cavidad anal de aquella otra desconocida. La pelirroja gritó acompañándole de forma tan exagerada que a Belmont le desagradó. La apartó de un empujón suave hacia un lado y se echó sobre la cama, sudando.

—Coge el dinero y márchate.

La prostituta suspiró, recuperando el aliento, y alargó como pudo una mano a la mesita.

—Eres un toro… tenías pinta de serlo.

Kenneth no le prestó la más mínima atención, así que la mujer le hizo una mueca de asco y se vistió rápido. La oyó dar un portazo a los escasos tres minutos.

Cuando pasó un rato más, miró alrededor de su extenso dormitorio, aburrido. Tomó el móvil y abrió el calendario: quedaban doce días para que Hina pagara, de lo contrario, se personaría directamente en el piso como había hecho siempre. Pero doce días se le hicieron demasiados. Por primera vez, estaba a la espera de aquello. Pensó en llamar a otra prostituta con características más similares a las suyas. Le dio pereza. Buscó su única red social, pero la chica no subía fotos suyas, sino de creaciones artísticas propias.

—Será posible… no tengo ni una puta foto suya para masturbarme.

Abrió la agenda de contactos y bajó hasta “la alquilada chupapollas”. Miró aquel nombre unos segundos, y pulsó al poco el botón de Editar contacto. “Hina”, escribió.

Si en doce días no pagaba, iría. Pero Hina le había pedido dinero para afianzar otro alquiler. Iba a irse, y con ello, también se iba de su yugo y de su control.

La llamó.

Hina, impactada al ver el nombre de Kenneth, tardó bastante en descolgar. Se puso despacio el móvil sobre la oreja.

—¿Sí…?

—¿Está contenta con su aspirador?

—Belmont… —Hina frunció el ceño—, ¿ocurre algo?

—Pues sí. ¿Has dejado abierto algún grifo? El que vive debajo de ti se me ha quejado de humedades.

—¿En serio? —Kenneth detectó que se movía de lugar—. ¿En qué parte?

—La zona cercana a la terraza. Vendría a ser el desagüe que está al lado de tu lavadero.

Después de unos segundos de exploración, la chica contestó.

—Es cierto que está el desagüe… pero no sé qué ha podido pasar. Creí que iba directo a la tubería exterior.

—A lo mejor ese es el problema. Se habrá roto.

—No veo nada… si quieres mandar a algún fontanero, puedo estar en casa después de las seis.

—Te daré noticias. A todo esto… ¿adónde vas a mudarte?

Hina se quedó callada. Titubeó tras varios segundos.

—¿Por qué quieres saberlo…?

—Para ver si es un buen barrio y te merece la pena el cambio.

—El cambio merecerá la pena. No te preocupes.

—Bien. Oye. Estoy aburrido y solo, no tengo nada que hacer. Me preguntaba si querrías follar.

Otro silencio. Esta vez no dijo nada, así que Kenneth insistió.

—Puedo ir a recogerte y presentarte mi casa, aquí estaremos más cómodos. Y te pagaré bien.

La oyó suspirar. Se tomó su tiempo.

—Deja de tratarme como si…

—Como si… ¿qué? ¿No fueras mi puta? Busca en un diccionario y hablamos de acepciones, si es lo que quieres.

—Espero que hayas disfrutado de la última vez. Porque eso es lo que fue. La última vez —masculló, colgándole.

—¿Q…?

Kenneth miró incrédulo el móvil. Le había colgado. Ella a él. Eso le cabreó.

“Mañana iré a ver esa puta gotera y a supervisar el desagüe. Más te vale que esté todo en condiciones.”

Al recibir el mensaje escrito por Watup, Hina tembló. No era la primera vez que la amenazaba, pero esta vez le sentía mucho más maligno.

Al día siguiente

La puerta sonó bruscamente. Hina tenía sólo cuarenta minutos para llegar al trabajo, estaba bastante lejos. No gastaba ni siquiera dinero para el transporte; desde que le robaron la bici tenía que hacerlo a pie.

—Abre.

—Voy —Kenneth oyó su hilo de voz y sonrió algo más satisfecho. Ya no parecía tan agrandada como por teléfono. Cuando la chica abrió la puerta, se puso serio y casi la arrolla al pasar, empujándola con sus pectorales. Una fragancia tenue se metió en su nariz, femenina y muy, muy llamativa. Se arrodilló frente al desagüe y acarició uno de los tornillos con el dedo.

—Trae destornillador.

Hina miró impaciente su reloj y se movilizó hacia el cuarto del lavadero donde él estaba. Abrió un cajón con un montón de aparatejos mezclados y cogió un destornillador pequeño. Se lo tendió. Kenneth lo tomó bruscamente sin mirarla y levantó la tapadera.

—¿Adónde ibas? —la cuestionó.

—Al trabajo… y… debería ir saliendo pronto. Si quieres quédate aquí.

—Dónde trabajas —musitó, encendiendo la linterna del móvil para observar el interior del suelo. Hina le miró algo acobardada.

—En la cafetería Fertie… está al lado del metro de la plaza central.

—Pues esa no es una mala cafetería. Van muchos conocidos míos ahí. Aunque me hace gracia que le llames plaza central a la placita de esos barrios de mierda.

Hina no dijo nada. Se limitó a observar lo que él observaba. Tras un par de minutos, volvió a cerrar la tapa. Había hecho algo de teatro en el procedimiento y cambió una abrazadera de la tubería, pero no hizo nada más.

—¿Tú sabes quién soy yo, Hina? —preguntó, rotando el mango del destornillador entre sus dedos. Hina tragó saliva—. ¿Sabes a quién contestaste tan sobradita ayer?

Se movió para incorporarse despacio, extendiendo lentamente sus grandes piernas, hasta que su estatura se sobrepuso los cuarenta centímetros que le sacaba. Se le arrimó hasta que la hizo andar hacia atrás y Hina dejó de mirarle, nerviosa.

—Te estás aprovechando de mí… siento haber contestado así, p-pero…

—Es más fácil hacerlo por móvil, ¿verdad? —sonrió con malicia, llevando un par de dedos bajo su mentón para que le mirara. Hina subió a duras penas la mirada hacia los ojos castaños de Kenneth. El hombre se inclinó sin dejar de arrinconarla—. Tu lengua ha sido muy útil estos últimos meses, y tú una buena gatita en celo. Pero en cuanto uses la boca para otra cosa que no sea complacerme, sólo tengo que mandar a que te corten la lengua. Y te aseguro que no volverás a portarte así con quien te da techo.

—El techo que tú me das… lo he conseguido por mis medios.

—Es cierto —dijo, disfrutando al sentir su voz trémula. Le hacía frente, y era gracioso de ver. Pero perdió la fuerza en la mirada cuando se le pegó más—. Ahora que tienes trabajo y que ves algo más de luz crees que puedes dejarlo todo atrás, ¿no? Yo también lo creo. Pero aún vives aquí. Y aún estás en periodo de prueba.

Hina abrió los ojos. Kenneth se había enterado de aquello, a saber cómo.

¿Fingió no saber dónde trabajaba? ¿Me ha estado espiando…?

—No voy a presionarte eternamente —moduló su tono, para no asustarla. Ya la notaba lo suficientemente nerviosa, y si continuaba, la situación perdería diversión para él—. Deja sólo que disfrute una vez más de ti y te dejaré en paz.

¿Una vez más…? ¿Eso quiere?

Hina trató de hacer trabajar a su cerebro. Le proponía sexo al uso. De repente recordó sus hirientes palabras y le apretó el pectoral con las manos, evitando su cercanía.

—No quiero que me pagues —musitó, mirándole a los ojos. Kenneth sintió por un instante que se perdía en aquellos ojos celestes—. Ni tampoco voy a hacerlo más contigo. Para ti es un juego… a mí… lleva tiempo doliéndome.

—¿Doliéndote? ¿Te hago daño, acaso?

La chica suspiró y cabeceó una negativa.

—Quiero acabar con esto, ¿vale? Por favor, deja de tratarme como a una prostituta. Lo hice por necesidad, y es una necesidad que pronto dejaré de tener. Así que… búscate a otra —hizo presión para empujarle, pero no lo movió ni un centímetro. Kenneth la miró fijamente y se inclinó más, encorvándose hasta alcanzarla de la boca. Hina trató de salir de su beso nada más comenzó, pero la sujetó de las muñecas. La chica frunció las cejas, respirando más agitada, y removió el cuerpo sin éxito. Él era muy grande, y la comenzó a besar con territorialidad. Hina protestó más fuerte y no cedió, pero entonces él cortó el beso y la miró fijamente.

—Dejaré de tratarte así. Sé que no eres ninguna puta y por qué te has visto en esta situación, de la que me he aprovechado. Eres lo bastante inteligente como para saberlo. Ahora, deja que siga disfrutando de lo que me das y no rechistes.

Hina se sintió confundida, pero los labios de Kenneth volvieron a desgastarla con vehemencia. El beso cambió, paulatinamente. Su lengua, lasciva y rápida, comenzó a enlazarse con la ajena más despacio, mientras sus fuertes manos recorrían con saña su cuerpo esbelto. Hina empezó a sentir el fulgor. Esa sensación térmica que tanto odiaba, y que tantas veces la había traicionado con él. Temía continuar con aquello y poner patas arriba del todo sus sentimientos. Era un chico egoísta, y se saldría con la suya otra vez. Tuvo un pequeño cortocircuito al sentir que la desnudaba de cintura para abajo. Se separó de su boca entre suspiros y le tomó de las manos.

—Para… debo ir al trabajo o me despedirán…

—Es cierto, tienes prisa —dijo él, hablándole bien pegado a su nariz. La mordió del labio inferior suavemente—. Haz que me corra rápido, entonces.

—… —Hina tragó saliva. Si continuaba en su lucha por conservar una dignidad claramente ya perdida con él, podía ponerse violento. Su cuerpo reaccionó cuando la mordió otra vez en la boca.

—Ponte de rodillas, vamos.

Hana tenía las cejas fruncidas, pero a él no le gustó verla pensativa, así que la recluyó en el rincón del lavadero y la bajó del brazo, forcejeando con ella hasta que logró hacerla aterrizar de rodillas en el suelo. Kenneth sonrió motivado y se soltó el cinturón, bajándose los pantalones. Le condujo la cara al cerrar el puño en su flequillo y le metió la polla en la boca a empujones, bufando de placer al sentir su humedad. La chica se quejó ahogada, pero los caderazos y el control sobre su pelo acabaron por someterla.

—Ogh… hm, eso es…

Los suspiros masculinos la empezaron a encender. Era como si todo aquello fuera una trampa hacia sí misma. Trató de pararle las manos cuando por fin la soltó del pelo para llevarlas a su top. Kenneth se relamía al sentir que no llevaba sujetador. Le levantó el top y amasó con fuerza sus senos, haciendo que parara de mamársela para jadear levemente. Eso se la puso dura mucho más rápido. Le gustaba su voz.

—Eso es. Sigue chupando.

Conozco su cuerpo. Esto le gusta.

Era deleitante verla chuparle la polla. Había tenido esa visión muchísimas veces, había perdido la cuenta de cuántas mujeres habían encerrado su miembro con los labios. Pero Hina era demasiado guapa, y gemía sutilmente. Sus pecas sobre la nariz, su succión aún inexperta. Todo le gustaba. Y le veía las tetas desde arriba, cosa que era un plus. Cuando la agarró del pelo de la nuca para follarle la boca más rápido, Hina cerró los ojos fuerte y tosió atragantada, soltando saliva de golpe, que aterrizó al suelo en un colgajo más espeso. Le sujetó los muslos con sus pequeñas manos, pero Kenneth empleó más fuerza y se la metió más, alcanzando su garganta. La chica cerró las manos sobre sus piernas para empujarle, suplicando que se detuviera con pequeños golpecitos sobre su cuádriceps. Kenneth obedeció echando hacia atrás las caderas, y sonrió excitado al verla toser con fuerza frente a su polla, con la boca conectada a su glande por múltiples hilos salivales.

Coló las manos bajo sus axilas y la elevó en peso repentinamente, tan rápido que Hina sintió flotar sus zapatillas en el aire. La sentó de bruces sobre la lavadora y le abrió el top del todo, rompiéndolo en dos pedazos.

—¿¡Qué haces!? ¡¡No me rompas la ropa…!! —forcejeó con sus manos, pero Kenneth no hacía más que reírse suavemente al verla.

—Sh… —le puso la palma en la boca, mirando sus ojos enfurruñados—. Era un top horrible.

—¡Me da igual…! —dijo tras su mano, con el tono empañado. El chico la soltó y le bajó los pantalones y las braguitas con facilidad. Hina ya tenía la mirada puesta en su miembro erecto y húmedo, preparado. La mano masculina dirigió la punta hacia su vagina y acarició en vertical la línea de la misma, antes de apretar ligeramente en la abertura. Sintió que la abría poco a poco, con presión, pero sin trabas. Así que sonrió maliciosamente y la empujó de golpe, chocando la cintura contra ella mientras la sujetaba de los muslos. Hina abrió los ojos y soltó un chillido, contrayéndose entera. Enseguida empezó a empujarla con fuerza y se excitó con sus angelicales gritos de dolor contenido. La empezó a besar en el cuello y siguió hundiendo sus manazas en las nalgas femeninas, atrayendo su cuerpo hacia él para empalarla. Lo estaba haciendo con más violencia que otras veces y no estaba acostumbrada; al final, emocionado, la levantó de la lavadora y pegó contra la pared, agarrando sus piernas en el aire. La controlaba por completo, y los cuerpos pegados sumado al ejercicio físico brutal que hacía al sujetarla los sumió a los dos en el sudor.

Después la llevó al dormitorio así y cayó de golpe con ella sobre el colchón barato, que hizo un desagradable crujido al recibir el cuerpo masculino. Le juntó los tobillos en una sola mano y mantuvo sus piernas rectas, azotando con la otra mano una de sus nalgas. Su fuerza le provocó a la muchacha otra contracción.

—¡¡Hmmmg…!! —Hina soltó un suspiro al sentirse atravesada de nuevo por su enorme miembro, esta vez con las piernas pegadas y rectas. Era demasiada la presión, y no tardó en recuperar la desangelada cadencia de sus embestidas—. Dios mío… para, me haces daño…

—¿Hm, daño…? ¿Segura…? —le dio más fuerte, sintiéndola temblar. Aguantó unos segundos, botando con fuerza ante sus impactos corporales, pero giró el cuerpo para apretar los puños en las sábanas y se arrastró fuera de su alcance. Kenneth tiró con fuerza de sus tobillos hacia abajo, atrayéndola de nuevo al borde de la cama y retomando las penetraciones bruscas. La miró. Hina tenía los ojos cerrados con fuerza al resistirle. Le ponía muy cachondo hacerlo así, pero fue deteniendo poco a poco las caderas. Hina soltó un suspiro de alivio, su pecho subía y bajaba rápido. Sus miradas conectaron. Sin salir de ella, abrió sus tobillos y se recostó sobre su cuerpo con cuidado. Volvió a besarla en el cuello. Hina notó cómo colaba uno de sus anchos antebrazos bajo su lumbar y la arqueaba pegándola a él por la zona del abdomen. Al moverse ahora, en un misionero bien apretado, sintió que la penetración era diferente. Llegaba mucho más profundo. Se le pusieron los pezones duros al rozarse con el pecho masculino. Los besos en el cuello la excitaban, su olor también. Cerró los ojos, conteniendo sus gemidos tras la boca cerrada mientras disfrutaba de esa sensación tan envolvente. Kenneth succionó su piel con más fuerza haciéndole un chupetón, y bajó una mano a su clítoris. Empezó a dibujar líneas fuertes en vertical sobre éste.

Ah… sabe que voy a correrme con eso.

Hina pasó sus pequeñas manos a la espalda fuerte y enorme del moreno y hundió las uñas, excitada. La estimulación no la aguantó ni siquiera un minuto. Kenneth dejó de chupetearla y sonrió divertido al sentirla temblar continuamente de repente, y soltar un gemido largo y agudo. Separó un instante su abdomen para ver con claridad cómo su squirt salía sin parar. Estaba tan tensa que los dedos de sus pequeños pies se encogieron, pegados a sus hombros. Kenneth levantó la cadera y la penetró de una estocada seca, provocándole un alarido jadeante. Su squirt se expulsó de golpe por segunda vez, imparable. Kenneth soltó una risotada y la miró a los ojos, pero ella no le miraba, estaba ruborizada y casi parecía querer llorar.

—No me mires… ¡deja… deja de toc…ggh…!

—No, no voy a dejar de tocar. Mírate… —cuando aquella parábola terminó, dio palmaditas sobre su clítoris y dejó de penetrarla. Había mojado tantísimo las sábanas, que casi parecía que alguien había tirado un cubo de agua—. Me has encantado. Pero aún no has hecho que me corra.

Kenneth no podía dejar de mirarle la cara, ella se la evadía. Era preciosa. Y estaba muy cachondo. Se quedó mirándola en silencio varios segundos, y al final la acarició del pelo.

—Dime qué quieres hacer.

Hina le miró de a poco, avergonzada.

—¿Qué…?

—Di, rápido. Quiero correrme, me da igual dónde. ¿Qué es lo que más te pone? —murmuró, mirándola serio. Comenzó a masturbarse mientras se subía de rodillas a la cama, a su lado. Le alcanzó un pecho con la otra mano, acariciándolo.

—N… no lo sé…

—Mentira. Di algo. Lo que sea.

Hina aún respiraba agotada. Le recorrió tímidamente con la mirada, pero no se atrevía a hablar. Kenneth acabó tumbándose en el lugar que quedó libre y la agarró de la muñeca con suavidad, instándola a subirse.

—Tardas demasiado en decidir. Ponte encima —le dijo.

Hina había imaginado aquella postura, pero le daba vergüenza porque sentía que tenía el doble de protagonismo y que el placer dependía de ella. Obedeció y se sentó a horcajadas. Para su mayor desgracia, él la miró sonriendo y se puso las manos tras la cabeza.

—Eh… ¿te gusta así…? —preguntó ella, mirándole colorada.

—Sí. No pienso hacer nada. Muévete. Métetela tú misma y muévete. Y mírame.

Hina agachó la cabeza y dócilmente sujetó su miembro con una mano, conduciéndolo a su entrada. Se fue sentando lentamente sobre él, abriendo más y más sus muslos según dejaba caer su peso. Kenneth tuvo un escalofrío al verla acomodar las manos sobre su pecho y moverse tan lentamente.

—He dicho que me mires.

—… —lo hizo, mientras agitaba despacio su cuerpo sobre el suyo. En una de las bajadas apretó a traición sus nalgas hacia arriba, llenando por completo su conducto con el largo de su polla, y la chica gimió. Pero enseguida se volcó de nuevo sobre él y se movió con más ritmo, suspirando. En una de las embestidas, Kenneth se puso nervioso y no la avisó. Apretó la mandíbula y jadeó roncamente, disfrutando de ver aquella cinturita botándole encima sin saber que ya la estaba llenando de semen.

Cuando se separó de él miró unos segundos su propio sexo. Poco importaba ya que se le siguiera corriendo dentro. Miró la hora en su móvil y casi le da un infarto.

—B… Belmont… ¿podrías…?

—¿Uhm?

—Voy a llegar tarde. Se nos ha ido la hora.

—Es tu problema —dijo poniéndose cómodo en la cama. Hina se le quedó mirando, al principio atónita, pero en cuanto él le devolvió la mirada, se giró rápido y tomó una camiseta limpia de la cajonera. Se agachó a por el pantalón y también cogió bragas limpias, y terminó de asearse en el baño. Kenneth se puso su ropa interior, pero bostezó al levantarse. Deambuló por la pequeña propiedad hasta dar con el bolso de la chica. Miró de reojo la puerta del baño y lo tomó. Revisó cada compartimento hasta sacar la cartera. No dejó solapa sin examinar. Apenas llegaba a los siete dólares. Aquello no daba ni para el tren ida y vuelta. Dejó la cartera donde la encontró y rebuscó en el resto de bolsillos internos. Halló un sobre blanco y lo miró con curiosidad. Reconoció la insignia de una clínica. De repente oyó abrirse la puerta. Hina, al ver lo que sostenía en la mano, se puso nerviosa y corrió a quitarle el bolso y el sobre.

—Chst, tranquila.

—¡Eh! ¿Pero qué haces?

—Registrarte el bolso —murmuró tranquilo—. El dinero que te di, ¿lo tienes en el banco? ¿no llevas efectivo?

—Eso no es asunto tuyo.

—Me da la sensación de que eres un pozo sin fondo en cuanto al dinero. Pero no creo que te lo gastes en droga. ¿Cuándo dijiste que te mudabas?

Hina le terminó de quitar el bolso de un tirón más fuerte y cerró la cremallera.

—Oye… te prometo que me iré antes de que llegue el siguiente pago. En… unas dos semanas. Pero no me controles así.

—Bueno, al fin y al cabo es mi dinero. Me gusta controlar adónde va a parar.

Hina apretó los labios.

—Tengo que irme. Ya voy a llegar tarde… por ti.

Kenneth la miró con fijeza. Se le acercó y, a pesar de que la chica dio un paso atrás, volvió a besarla. Hina le golpeó de los hombros en señal de protesta y la sujetó rápido, encerrándole los puños. Siguió besándola y la pegó a la pared. Hizo el beso más pausado, relajándola. El cuerpo de Hina volvió a reaccionar. Sus lenguas se acariciaron despacio, y Kenneth sintió en cierto momento que las manos femeninas ya no estaban dentro de las suyas, sino acariciándole la cara.

Lejos, en un edificio paralelo, otro par de ojos visualizaba a través de las sucias ventanas. Se acercó un diminuto walkie a la altura de la boca.

—Está el segundo de los Belmont dentro. Solicito confirmación para abrir fuego.

—¿Se encuentra cerca de la mujer? —oyó por el pinganillo.

—Afirmativo.

—No lo hagas.

—Señor. Puedo eliminar a los dos, por mucho que ella corra.

—No quiero gritos, testigos innecesarios ni la mínima posibilidad de fallo. Aborta la misión.

Carmella Ellington era la receptora de las órdenes. Pero perdió los nervios.

—Papá —dijo más seria—, puedo hacerlo. Déjame intentarlo.

—Ni se te ocurra desobedecerme, Carmella. Nos jugamos mucho si fallamos.

—No tienen manera de inculparnos. ¡Déjame hacerlo! Y… si algo sale mal… cargaré con las consecuencias.

—Hazlo… y es lo último que haces como hija mía. Porque renegaré de ti.

Carmella frunció las cejas y trató de controlarse. Era muy impulsiva, y quería asesinar a todos los componentes Belmont que tenían más influencia. Apretó los puños y miró ceñuda por sus binoculares. Llevaba tiempo estudiando a los hermanos de zafiro, pero con diferencia, el que más repulsión le daba era Kenneth. Observó cómo sonreía, entre beso y beso, con aquella muchacha. Y recordó que esa misma sonrisa la había visto en circunstancias mucho más crueles. Él potenciaba la trata de mujeres y niñas en los barrios bajos, y había arrastrado al negocio personas conocidas para los Ellington… lo había hecho queriendo.

Ese hijo de puta debe fallecer. En algún momento.

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