CAPÍTULO 36. Una nueva sublevación
La cena de Navidad había sido un festín en toda regla. Pero pasado el tiempo de repartir regalos por parte del falso Papá Noel, los niños se habían acostado, los adolescentes habían salido con sus amigos y los adultos conversaban al pie de la barbacoa mientras seguían emborrachándose y contando batallitas. Ingrid había aprovechado el bullicio para desaparecer y vestirse con ropa cómoda y oscura. Cerró su mochila y tras ajustarse una bandana a la altura del cuello, también de color negro, salió de las inmediaciones de la mansión. Los vigilantes la vieron salir, pero no le dijeron nada. Tomo un taxi.
Estoy cansada de tener que depender de un conductor. En cuanto pueda, haré las prácticas y me sacaré el carnet de conducir.
—¿Adónde coño vas? —gritó Kenneth.
Ingrid no le respondió.
—Niñata de mierda, contést… ¡eh!
El taxi salió disparado de repente.
Kenneth y Eric fumaban a la entrada de su propiedad. El rubio soltó una larga calada mientras observaba a su hermano.
—Relájate, habrá quedado con sus amigas.
—No estoy relajado. Esa descerebrada va a hacer algo raro, hazme caso.
—¿Y por qué no la has seguido?
—Tengo fichado a ese taxista y me he quedado con la matrícula. Ya estoy pidiendo que le echen un ojo.
Eric alzó una ceja al ver la pantalla del móvil de su hermano. Parecía estar siguiendo una ubicación a tiempo real.
—Estáis todos como una regadera.
—Y tú estás ciego.
El móvil de Eric sonó. Fue sacándolo del bolsillo trasero y contestó.
—Qué pasa.
Kenneth seguía atento al seguimiento que sus compañeros le hacían del taxi. Recibió un Watup de su hermana en la barra de notificaciones.
“Dile a tus perros callejeros que dejen de seguirme, el taxista se está poniendo nervioso.”
Kenneth sonrió y tecleó rápido.
“Jódete. Salir en Nochevieja… eres como un imán para nuestros enemigos.”
“¿A los primos no les dices nada? También salieron. Me estás haciendo llamar la atención más de lo necesario. Tus coches se reconocen.”
“Vuelve aquí, niñata de mierda. Eso es lo que tienes que hacer, obedecer.”
Vio que Ingrid escribía, pero así fue cómo se quedó. En “escribiendo…” por largo rato. Cuando cambió de aplicación, vio que la ubicación de sus colegas tampoco cambiaba. Escupió el chicle que mascaba y telefoneó a uno de ellos. Pero no respondió nadie.
Eric se giró hacia él, pálido.
—¿Tienes localizados a los Ellington?
Kenneth le miró frunciendo el entrecejo.
—Sí. Están tirando petardos en el cementerio… hay otro cerca de algunas casas nuestras.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—¿Lo de nuestros territorios? Más de un mes. Quizá dos.
—Mira, será mejor que nos movilicemos con armas. Me han comentado que han visto movimientos sospechosos en los tejados.
Kenneth soltó un suspiro de rabia, era cierto que podía ser peligroso. Esos techos a los que se refería estaban cerca de los pisos donde alquilaba. Hina Won vivía en uno de ellos.
Hina Won…
Su nombre y recuerdo se instauraron unos segundos más.
—Está bien. Avisaré a papá.
Eric asintió y agarró su cazadora.
Un minuto antes…
Barrios bajos
Paulina Ellington observaba en uno de los callejones, secundada por su mano derecha. Sus hombres estaban estratégicamente repartidos por el territorio controlado por los Belmont. Esa noche, sabiendo que la mayoría de familiares estaban celebrando en su mansión, había elaborado un golpe. Cambió de comisura la paleta de fresa que comía.
—¿Quién coño es ese que hay ahí parado? —preguntó el guardaespaldas. Paulina dirigió la atención al taxi y a los dos encapuchados que miraban a una distancia.
—No sé —activó el manos libres del minúsculo pinganillo que llevaba—. Quién va dentro del taxi. Necesito un nombre o una descripción.
—Es Belmont. La hermana menor.
Paulina parpadeó algo trastocada y palpó el pinganillo.
—¿Es Ingrid?
—Sí, señorita. ¿Abrimos fuego?
Paulina realmente se lo pensó. Sería una buena noticia para su familia, pero entrañaba más riesgos que ventajas. La manifestación del sello de Ingrid en el internado donde estaba había llegado a oídos del resto de clanes. Era fuerte y aún estaba en crecimiento, igual que ella misma. Quitársela del medio sin siquiera una manifestación de guerra previa, sería apoteósico. Pero…
—…no. Vamos a hacerlo de otra manera. Embestidla. Que choque con el edificio que vamos a reventar.
Carmella apretó la mandíbula al oír, desde su posición lejana, ese mandato. Habló también en la comunicación.
—Hermanita, ¿estás segura…?
—Bueno, si nos vamos deprisa, no podrán demostrar quién reventó el edificio.
Carmella quiso decir algo pero guardó silencio.
Es una zorra desalmada, igual que su padre en el pasado. Y que su asqueroso hermano Kenneth. En fin, que se jodan todos y que dios nos ayude… nos lo merecemos.
Paulina estaba convencida, pero al oír cómo el coche con el parachoques que tenían preparado sonaba, no pudo evitar sentir nervios. Se jugaban mucho. Aquello… era la guerra.
Ingrid se encontraba escribiendo un mensaje cuando de pronto, un haz de luz y un ruido de llantas la sobrecogió. Alzó la mirada al mismo tiempo que el conductor, cuando un inhumano golpe les alcanzó desde atrás.
El tumulto generó el caos enseguida. Un segundo más tarde, todos dieron un respingo ante la segunda colisión: la del impacto contra el propio edificio. El taxi se aplanó y chocó contra el muro del edificio, llenando las paredes de humo al instante.
—¡Fuego! ¡Disparad también los polvorines!
Los transeúntes que nada tenían que ver con aquello, y los desgraciados que se asomaron en ese momento desde el edificio atacado, vieron el infierno acercarse. Los tiros comenzaron a sonar y venían de armas automáticas.
Ingrid sintió que el cerebro iba a reventarle, sus oídos pitaban tanto que creyó perder la audición. Las pestañas temblaban al aletear, recuperando de a poco la consciencia. Sabía que estaba en peligro, pero el doble impacto la había dejado fuera de juego.
Paulina no se quedó atrás y se sumó a su equipo. Carmella, subida a un tejado, apuntó a los polvorines que le correspondían y voló una de las vigas que sostenían el porche de uno de los bloques, tirándolo abajo como si fuera un castillo de naipes. Tenía buena puntería, pero carecía de experiencia real de lo que significaba aquello, era poco más que una cría. Y se asustó al detectar que sus tiros empezaban a ser respondidos. Cuando se asomó, vio a una docena de cuerpos ya inertes en el suelo. Bufó cabreada y acongojada.
—Son rápidos. Están contestando.
—Ya los preveíamos. Sigue con el plan y no mires ahora los daños colaterales —oyó de Paulina. Carmella asintió y se bajó la visera del casco, bajando por las escaleras de emergencia que bordeaban el bloque. Otro polvorín reventó y provocó una explosión que tumbó del todo el primer bloque. Los gritos de las personas inocentes que pasaban por allí se mezclaba con la de los ladrillos desmoronándose. Cuando giró en una de las esquinas, fue alcanzada en seco por un puño de metal que la tiró de golpe sobre la escalera. Alguien empezó a golpearla y la dejó atontada, pero el agresor recibió un disparo por la espalda y cayó al vacío.
—Cuidado. Carmella. Quieren rodear el edificio, ya te han visto.
—¡¡Escucho malditos coches!!
—¡VIENEN OCHO!
Paulina disparó limpiamente a uno de los conductores que acababan de aparcar. Pero no iba solo, al igual que no iba solo ninguno de los vehículos que les rodeaban, así que aquello se convirtió en un fuego cruzado enseguida. Alguien había sido previsor y estaba contactando con los refuerzos en nómina de los Belmont.
Kenneth, Eric y sus hombres se repartieron y se cubrieron bien. Paulina Ellington mordió la anilla de una granada y la lanzó al vehículo de Ingrid. Eric siguió la trayectoria analíticamente y arañó el aire, haciendo aparecer dos hojas azules que chocaron contra la granada. Ésta reventó de bruces con el muro del bloque, y la estructura tuvo un temblor al reventar. Aquel gesto sirvió para crear una espesa capa de humo. Su gente les cubrió y pudo facilitarse el paso del personal al vehículo dañado. Uno de los hombres de Belmont trataba desesperadamente de sacar a la niña del vehículo; la abofeteó de la cara para despertarla, pero no reaccionaba. Los impactos la habían vuelto a hacer perder el conocimiento. En cuanto logró destrozar el tirador y quitarle el cinturón, recibió un disparo de bala en la cabeza.
Ingrid oyó el disparo en su trance y al abrir los ojos estaba tirada en los asientos traseros, sin cinturón, con un dolor de cuello horrible. Y un hombre con la cabeza atravesada por un tiro a un escaso metro de ella. Paulina fue cubierta por su guardaespaldas cuando se asomó a disparar, y una lluvia de balas repiqueteó sobre los asientos. Ingrid se cubrió lánguidamente la cabeza. Paulina tomó cobertura desde su nueva posición y observó la trayectoria posible, cuando de pronto todos dieron un brinco al explotar otro sector del bloque. Algunos residentes lloraban y gritaban mientras trataban de salir del edificio, pero casi todos eran alcanzados por una bala.
Ingrid se arrastró despacio en sentido descendente para salir por la otra portezuela, cuando una nueva lluvia de tiros asoló el vehículo. Paulina arriesgó su integridad y fue veloz al disparar asomando más el brazo, pero aún con esas, no vio que acertara. La imprudencia le costó recibir un disparo justo cuando ella misma disparaba. Sin embargo, sí que había dado en el blanco. Ingrid tuvo un respingo doloroso al sentir que una bala le perforó el hombro. Kenneth había desviado un poco la trayectoria y ahora sabía que había herido también a Paulina Ellington.
—¡Señorita! ¡No sea tan descuidada, maldita sea!
—¡HMMMMG…! —la rubia cerró los ojos con fuerza, apretándose el brazo y cayó de rodillas—. ¡¡DIOS…!! ¡AGH!
El hombre se arrodilló a su lado y examinó la herida. Abrió los ojos.
—Debemos irnos… tienen balas de camisa dura.
—¿Las… las huecas?
—Son expansivas. Se aplastan o rompen al entrar en la carne. Hay que atenderla de urgencia, señorita.
—Ese edificio… quiero que caiga, como el otro —dijo adolorida, señalando el edificio en el que se había estrellado el taxi.
Los tiros empezaron a decrecer. Carmella oyó la “retirada” en el pinganillo, pero los golpes la dejaron débil y sólo notó que uno de los suyos la transportaba como podía. Los tiros continuaron un poco más, y después de unos minutos, ya sólo los oía en la lejanía. Dos disparos alcanzaron la chapa blindada del coche en el que la transportaban. Se sentía algo mareada.
Eric agradeció a los cielos que el disparo de Paulina no alcanzara el depósito de gasolina del taxi. Cuando abrió la portezuela donde se guarecía su hermana y la sacó, estaba cubierta de sangre. Ingrid parecía parpadear, pero el humo y las colisiones la mantuvieron en un estado inanimado. La agarró junto a su mochila y huyó rápidamente a guarecerse a un callejón, acompañado de dos tiradores de su confianza.
Kenneth no se marchó del área donde estaba hasta que tuvo controladas a todas las personas que bordeaban el recinto. Los Ellington habían hecho una jugada arriesgada y les había salido bien. Llamó a su hermano a voz en grito por teléfono.
—¿¡Dónde estás!?
—En el coche. ¡¡Me llevo a Ingrid!! Este edificio se va a la mierda —chilló el rubio colgándole de inmediato.
Kenneth recibió información del grupo este y enseguida le prepararon también su vehículo. Estuvo a punto de entrar, pero dirigió una mirada al bloque en llamas. Los polvorines eran buenos. Buscó con la mirada la ventana que daba al apartamento que le interesaba, y respiró hondo.
Se alejó en su dirección.
—¡¡Señor!! ¡Aléjese, es peligroso…! ¿Señor…? —el conductor lo miró preocupado. Belmont no le respondió.
Apartamento de Hina
Echó la puerta debajo de una patada. Afortunadamente, no era todo tan fatídico como en las películas de acción. El fuego no había llegado a ese lado todavía. Pero lo que realmente le preocupaba era que el temor de los inquilinos a ser agujereados por balas les había hecho permanecer en sus casas, a pesar de que las vigas y pilares que sostenían el edificio ya estaban en las últimas. Buscó a Hina en su dormitorio pero allí no había nadie.
Se habrá ido a comer con su familia, pensó. A lo mejor no está. Es Navidad.
Pero al regresar y asomar la cabeza en la sala de estar, la descubrió. Debajo de la mesa y pegada a la ventana, había una chiquilla con el rostro cubierto por sus brazos que se ovillaba contra sus rodillas.
—¡Hina, ven aquí! ¡Corre!
No respondió. Kenneth chasqueó la lengua con impaciencia y atravesó el salón. Pesaba cien kilos de musculatura y temía pisar en falso y que aquello se derrumbara. Alargó una mano por debajo de la mesa y la agarró con fuerza del antebrazo, tirando de ella. Hina se descubrió la cara nerviosa y llena de lágrimas, pero incluso con lo muerta de miedo que estaba, se sorprendió al verle de la nada. El ruido no la dejaba escuchar, ya no tenía audición. Él le gritaba algo, pero sólo oía un tumulto difuso salir de sus labios. Como no le respondía, vio en su cara una expresión de cabreo y tiró más fuerte de ella, haciéndola andar hacia afuera.
Exterior
El conductor respiró aliviado al ver salir a Kenneth ileso. Pero se extrañó cuando lo vio acompañado. La chica que iba con él no paraba de toser y se agarraba el pecho. De pronto, tropezó. Kenneth frenó su caída sobre los escombros al agarrarla en sus brazos y logró llegar hasta el coche con ella.
—Menuda enclenque de mierda —venía mascullando, y la empujó en los asientos traseros.
—¿Quién es…?
—Una alquilada. Conduce y no hagas preguntas. Rápido.
Cuando llevaban rato alejándose y Kenneth dio los preavisos al resto de la familia, miró a Hina. Le chasqueó los dedos cerca de una oreja, pero no le oyó. Miraba por la ventanilla y temblaba como una hoja.
Mansión Belmont
Desde la perspectiva de Hina, aquello era ilógico. Ni siquiera sabía cómo seguía con vida. Sólo hacía minutos atrás que dormía cuando una explosión reverberó en todo el edificio y la onda expansiva hizo tirar casi todos los muebles de su casa como si se tratara de un terremoto. La segunda explosión vino acompañada de otro temblor que la tiró de la cama… y la hizo confirmar que no era una pesadilla. Como el resto de vecinos, se vistió y trató de salir por las escaleras exteriores, lejos del fuego y del foco de la reyerta, pero lanzaron otro explosivo justo allí. La única vía para salir era la más expuesta al tiroteo, y vio frente a ella cómo una familia era tiroteada por tratar de huir a la desesperada. Con pánico, volvió a su apartamento y tuvo una crisis. Los edificios que colindaban con el suyo también estaban siendo atacados con explosivos. El ruido era ensordecedor, pero tras otra explosión más, simplemente dejó de escuchar para sentir un fuerte dolor de cabeza. Atinó a esconderse ovillada bajo una mesa y se apretó la cabeza con las manos, lloriqueando con los ojos cerrados.
Había sido real. Y seguía viva. También seguía temblando sin control cuando llegó a la enorme casa donde vivían aquellos mafiosos. Agradeció no escuchar nada de lo que decían. Nada iba hacia ella y prefería no enterarse de sus dimes y diretes. Lo que pensaba era qué iba a hacer con su vida ahora que se había quedado sin hogar antes de la mudanza.
Estoy sola, quiero llorar… nunca me había sentido tan sola… esto es deprimente…
El pitido en sus oídos menguó a los cuarenta y tantos minutos, cuando por fin empezó a diferenciar voces. Pese a que era una extraña en una mansión sofisticada, nadie parecía prestarle atención. Los tumultos de voces más graves eran gritos que se superponían a otros en la habitación de al lado, voces masculinas que discutían sin parar. Al mirar a través de la ventana siguió sintiendo el miedo. Estaba abarrotado de seguridad a la mínima que fijaba la mirada en algún punto, y los patrullas policiales también estaban rodeando el vecindario.
—…mejor…?
Hina dio un respingo al sentir una voz tan cerca. Era la mujer con la que la dejaron. Una señora con la mirada nerviosa. Le contestó señalándose el oído y negando con el dedo. En respuesta, la mujer simplemente le pasó otra compresa fría para que se cambiara la anterior. Hina lo agradeció. Le temblaban aún las manos.
Salón
—¿Lo tenían pensado desde hace tiempo?
—Dije de extremar la precaución en ciertos sectores en cuanto su hija asesinó a Yara Hansen. ¿Alguien me hizo caso, ah…? No, ¿verdad? Éstas son las consecuencias.
—Lo hicimos, pero no como tú querías —atajó Ryota.
La discusión era muy acalorada.
—Lo que se dice es que en la última llegada de mujeres habían metido a una amiga del clan Ellington. Y se la encontraron muerta a los dos días en uno de nuestros callejones.
—¡Cielo santo, Eric!—su mujer le regañó y se llevó de la mano a sus dos hijas. Eric masculló cabreado. Dos de los muchachos que habían estado atentos a la discusión intervinieron.
—Deberíamos ir esta misma noche a matar a sus hijas.
—Eso sería esperable —cortó el otro—, ellos también estarán asistidos por policías. No, hay que ser más pícaro. Yo sé que la mediana, Elina Ellington, va al conservatorio regional todos los días a las seis. Y los fines de semana practica con un profesor particular en su casa.
—Ningún sicario querrá arriesgarse a balacearla en el conservatorio regional, imbécil —cortó Roman—, y de todos modos, conozco a esa chica. Nunca se mete en nada, dejadla en paz.
—Por eso es justo que pague ella. Así las otras dos que han estado hoy disparando entienden la magnitud de las consecuencias —rezongó Claude. La madre de Claude, de nombre Triana -hermana de Ryota Belmont-, le acarició la melena oscura con orgullo ante esa respuesta. Roman chistó sin rebatir. Era como hablar con sus hermanos. Claude tenía catorce años y hablaba como cualquiera de ellos.
—Puede que el detonante de su osadía esta noche haya sido una llamada de atención por la confusión que hubo en la trata de blancas —murmuró Ryota, consiguiendo el silencio de todo el mundo—, pero el motivo inicial se viene arrastrando desde hace generaciones. Acabarán consiguiendo que les exiliemos.
—Eso no finalizará las revueltas —intervino Eric.
—Mandaremos a las bandas a secuestrar a Elina. Que se organicen como puedan. Necesito al equipo de investigación pendiente de los movimientos de esa chica las veinticuatro horas para poder elaborar un plan mejor. Iré preparando un documento con el bufete de abogados para que esta guerra estúpida se termine antes de que sigan causando altercados.
—Y mientras tanto, ¿qué hago yo con los daños? Esos pisos eran nuestros y los han tirado abajo —preguntó Roman.
—¿Con los habitantes? —Ryota se encogió de hombros—, que pidan amparo al gobierno. En estos casos hay subvenciones y pisos de protección para ellos.
—Uy, sí. De protección —canturreó Roman con ironía—, muchos saben que allí la seguridad escasea. Nadie querrá meter a sus hijos en esos pisos.
—La prioridad no es el pueblo —zanjó Ryota, caminando cerca de su hijo—. ¿Hay neuronas bajo ese peinado de maricón que llevas siempre? No me interesa que los muertos de hambre se mueran de hambre. Primero aseguraré mi clan. Y QUIERO A LOS MILITARES DONDE SIEMPRE TUVIERON QUE ESTAR. En cada esquina de nuestro territorio, informando las veinticuatro horas. Las casas de alquiler de los otros sectores las seguirá protegiendo Kenneth. Y vosotros —señaló a sus cuatro hermanos, que abrieron los ojos al sentir su dedo acusador—. Hablaréis con la inmobiliaria para tener control sobre cada centavo que entra a sus bolsillos. No quiero a nadie cuya documentación no pueda tener bajo mi radar. Si viene una cara nueva a un barrio, mandaréis rastrearle. Moveréis el culo a partir de la semana que viene. ¿Queda claro?
—¿Y qué pasa con los negocios que dirigimos en el extranjero? ¡Yo tengo que volver! —se jactó su hermano más joven, Yeray, el único sin hijos. Él y su esposa Fabiana parecían molestos.
—Vuelve, atas todo y regresas. Y que no sea en más de dos días, porque mandaré a gente a buscarte. Y tú —señaló a su esposa—, no quiero que hables más de la cuenta si viene la prensa. Ya todo el mundo conoce tu cara. No quiero exponer más ni a mis sobrinos ni a mis hijos.
—Booooh, con lo bien que iba el día —se jactó Eric—. Voy a abrirle al médico, ya está aquí. ¿Cómo está Ingrid?
—Herida —masculló Akane, con el enfado en la mirada—, voy a ver cómo sigue, dile al médico que suba.
—Explícale que la herida tiene agujero de salida —dijo Kenneth, ya atento a la pantalla de su móvil nuevamente. En los grupos de chat privados anónimos que tenían las organizaciones se había desatado el caos. Había vídeos de las explosiones circulando por todos lados, tratando de humillar el apellido Belmont. De igual forma, los comentarios abogaban por ellos.
“Se han metido donde nadie les llamó.”
“La han cagado, la venganza siempre se sirve fría.”
“Esos polvorines son robados de los Tucker, siempre desprenden un haz rosa para distinguirse.”
“Esos idiotas siguen pensando que tienen oportunidad y se van a echar a los lobos encima.”
Kenneth había tenido sus dudas, pero ahora estaba convencido de que la esmeralda Ellington había mejorado su cristalografía, y el cuerpo a cuerpo con armas más rápidas y letales había terminado con la vida de la única hija de los Hansen. Era de esperar que, si creían tener auténticas posibilidades, estuvieran tratando de llamar la atención y provocarles así. Pero el ataque de las hermanas tuvo un intento de homicidio directo sobre Ingrid, y eso era una solicitud de guerra que estaban obligados a aceptar y encarar. Las dos últimas guerras así, los Ellington habían perdido y agacharon la cabeza ante los Belmont. Era la tercera vez que trataban de sublevarse a lo largo de la historia.
Y esta vez ya saben que son igual o más fuertes que los Hansen, que siempre han sido nuestros aliados más fuertes. Es un problema, pensó.