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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 38. Charlas de almacén

Tras una noche tan devastadora, Hina se despertó con el sonido de niños chillando y correteando entre risas en la planta de abajo. Se giró en la cama, pero estaba sola. Kenneth no había pasado la noche allí ni había intercambiado muchas palabras con ella. Seguía sin móvil, así que descubrió que eran más de las once y dio un suspiro largo, llevándose las manos a la cara.

Sin alarma se me han pegado las sábanas…

Cocina

Hina se sintió muy avergonzada de pisar en esa casa. Dos niños que jugaban al pilla-pilla en la planta inferior se chocaron con sus piernas y siguieron corriendo, ignorándola. Hina sonrió al seguirlos con la mirada.

—Won, ¿amaneció bien? —se giró de repente. Ingrid Belmont le sonreía, desde su estatura superior. La miraba con ternura—. Estaba esperando que bajara para acompañarla. Ya me siento mucho mejor.

—Buenos días, Belmont… mire, no entiendo por qué nadie me despertó… qué vergüenza, aquí ya está todo el mundo despierto y vestido —se acarició la nuca mirando a su alrededor. Hasta los pequeños de la casa habían madrugado. Ingrid rio suavemente.

—¡Para nada! Mis hermanos se pasaron la noche en vela y siguen durmiendo. Parece que todo está en orden. Por eso he decidido acompañarla yo. ¿Dónde trabajaba?

—En…

—Señorita Won. Espérenos en la cocina. No estábamos durmiendo, sino organizando el día. Desayune lo que quiera y tome un baño si lo necesita.

Era la voz de Eric, del que Hina desconocía aún el nombre. Pero pese a que tenía el pelo claro, su parecido con Kenneth y con el otro chico de pelo castaño era innegable. Debía de ser el hermano mayor. Asintió aún avergonzada y sonrió a Ingrid. Ésta giró despacio sobre sus talones.

—Disculpa. De verdad creí que estabas dormido —comentó Ingrid, sonriendo. Eric terminó de ajustarse la chaqueta. Acomodó la pistola en el bolsillo interno.

—Kenneth ha dado órdenes claras contigo. Has corrido mucho peligro, así que te quedarás descansando.

—Ya no me duele. Sólo fue un disparo… cada día soy más fuerte —dijo sonriendo con más narcisismo. Al destapar su hombro, Eric observó que la cicatriz se estaba borrando. Tenía haces azules en la piel. Asintió despacio.

—Haz eso para lo que tanto vales… estudia y estate callada en el cuarto. No molestes.

Ingrid perdió la sonrisa.

—Si tuviera algo que estudiar, ya lo habría hecho. Lo llevo todo al día.

—Limítate a no molestar entonces. Kenneth me ha pedido que te vigile —la agarró del brazo para llevarla al otro extremo de la cocina, donde la morena no oyera—. No hables con la alquilada.

—¿Por qué no?

—Porque… —Eric sabía que su hermano le dijo una mentira con aquello, pero se la soltó igualmente—, porque no sabemos quién de dentro podía estar pasando información para facilitar los bombardeos. Ella ha salido ilesa, no deja de ser sospechosa.

Ingrid tuvo que reconocer para sus adentros que no supo si aquello era verdad o no, y optó por dejarlo estar… por el momento.

Cafetería Fertie

Hina y Kenneth salieron del vehículo. Había conducido él, pero estaban rodeados estratégicamente por otros vehículos, alejados del suyo, por seguridad. Hina se sorprendió mucho de saberse rodeada también por veinte personas paisanas -aparentemente- sin parecerlo en absoluto. Pero también le asustaba el hecho de necesitarlo por la presencia de un Belmont. No deseaba sentir peligrar su vida, ni le gustaba su entorno.

—Me tomaré algo por aquí. Ve a decirle lo que tenías que decirle y luego iremos a comprarte otro móvil —murmuró el chico, sentándose en una silla alejada de la terraza y encendiéndose un cigarrillo. Hina se alejó y entró en la cafetería.

—¿Jefe…? ¿Está por aquí?

Uno de sus compañeros de trabajo, apurado, se detuvo al verla. La miró de arriba abajo y le señaló con la cabeza una puerta. Hina tocó antes.

—¡Adelante!

Almacén

—Jefe, ¿podría hablar con usted?

El hombre se encontraba con un fichero en las manos y un bolígrafo, parecía tachar pedidos.

—Entras ahora, ¿no? En veinticinco minutos.

—Sí… bueno… venía a pedirle unos días de baja.

El hombre cerró los ojos malhumorado y se giró hacia ella.

—Estás en periodo de prueba. ¿Cómo que baja?

Hina no soportaba que la miraran acusatoriamente. Se limitó a acercarle los papeles oficiales del departamento policial que explicaba los sucesos acaecidos. Debido al conflicto en el que se había quedado sin techo, el servicio social ofrecía una baja que Hina había aceptado.

—Serían sólo cinco días… para buscar otro sitio donde vivir. También teng…

—¿Vas a dejarnos tirados en campaña navideña? ¿Sabes el trabajo que hay ahí fuera?

Hina sabía que no lo entendería.

Quizá… si le pido a Kenneth otra casa… no tengo que buscarle problemas a este hombre.

Otra sesión de sexo con él por dinero o por favores. Su cuerpo podía hacerlo. Pero su espíritu ya no. Porque cada vez le era más asquienta la carga de saber que se vendía por algo tan miserable.

—El domicilio de la casa que me otorga el ayuntamiento… está a horas de aquí. El programa de protección de testig… —empezó, pero el hombre le devolvió los papeles.

—Santo cielo. Da igual, quédatelos. No ibas a pasar el periodo de todos modos. Lo siento Hina, necesitamos a gente con más ritmo.

—Por favor, no lo haga —suplicó, y el hombre se sorprendió. Esperaba cualquier reacción menos esa, y menos tan veloz. Era como si ya se esperara que la echara—. Hagamos un trato, déjeme sólo un mes… que pueda asentarme en el piso que tenía ya concertado. Después podrá echarme si quiere, sólo le pido un mes. Un mes más.

—¡Niña, no me cuentes tus problemas! Haz el favor y vete. Tu periodo acaba el martes, ¿no? Más te vale venir hasta el martes. No aceptaré eso que traes.

Hina no sabía qué decir, porque no entendía de leyes ni tenía claro que lo que estuviera haciendo él fuera legal. Pero se sentía sobrepasada por las emociones igualmente.

De pronto, un golpe atronador abrió la puerta y el jefe tuvo que levantar la cabeza para encontrarse con aquel enorme muchacho.

—¿Quién coño es usted? ¿¡Y qué hace aquí en el almacén!?

—El nuevo becario. Anda, sal de ahí —tomó a Hina del brazo con brusquedad y prácticamente la sacó a rastras del almacén, cerrando después la puerta. Kenneth se giró y se retiró las gafas de sol, sonriendo al viejo—. Quiero tener unas palabritas a solas con usted.

Se quitó el pinganillo.

Una insoportable hora más tarde, Hina vio que Kenneth salía del almacén tranquilamente. Tenía su corta melena lacia y negra bien sujeta en un moño y bostezaba al ponerse de nuevo las gafas de sol. Dos hombres salieron a su lado y se montaron en sus respectivos vehículos después. Belmont entró y arrancó el suyo.

—¡No me estoy enterando de nada! ¿Qué has hecho? ¿Dijo algo?

—Ah, nada. Oye, Hina… me das mucha pena. En serio. Vaya vida de mierda que tienes, joder —soltó una risotada, negando con la cabeza. Maniobró para salir del aparcamiento y tomó la carretera.

—No le habrás pegado o algo así, ¿verdad?

—No ha hecho falta. Sólo le pedí que repitiera lo que te había dicho a ti. No fue capaz. De todos modos, estás en la calle y sin trabajo. ¿Tienes el dinero que te di?

—Lo pagué como entrada, pero el piso no estará listo hasta la semana que viene. Hay otra familia ahora mismo.

—Además tienes que ir a otra región para la vivienda de protección que te han dado, lo que no te permitiría trabajar aquí de todos modos —Kenneth empezó a soltar risotadas más fuertes, con malicia— ¡SÍ QUE ESTÁS JODIDA! Joder, qué mala suerte tienes…

Hina dejó de mirarle.

—Cuando tenga más ánimo le denunciaré. Él no ha debido echarme… estoy segura de que eso no se puede hacer.

—Bueno, es sólo una semana. Olvídate. No es tan grave… BUAJAJAJAJAJA…

—Debe de estar muy bien vivir sin la preocupación económica, ¿verdad?

Kenneth se aguantó por no seguir desternillándose.

—Ah… bueno… si quieres… —musitó divertido—, olvida el viaje hacia la vivienda… te doy más dinero y te quedas aquí en lo que tienes tu nuevo piso y buscas otro trabajo.

Hina negó rápidamente.

—No, no te molestes.

—No es molestia… sabes que no pido nada del otro mundo.

—No quiero seguir acostándome contigo, ¿vale…?

—Hmmmya. Lo dijiste también la última vez antes de correrte con ese chorro interminable…

Hina se tapó la cara muerta de la vergüenza, y volvió a dejar de mirarle.

—No… no le cuentes eso a nadie…

—Bueno, dime cuánto dinero necesitas. Venga, pide. Total, el móvil también lo voy a pagar yo, ¿no?

—El dinero por las pérdidas me lo dará el Estado —dijo cabreada, empezando a perder la paciencia.

—Ah… es verdad. Claro. Entonces si yo no te doy dinero hoy, seguro que el Estado te hace el pago hoy mismo, ¿no? Siempre van con tanta premura, en la burocracia…

Hina suspiró más devastada.

—Oye… detén el coche. Quiero seguir andando.

—¿Ah…? —frunció el ceño—, estás loca. Voy a pagarte yo el móvil. Así que más te vale que sea uno caro.

Lo que le ha hecho ese gilipollas de la cafetería es ilegal. Pero más ilegal ha sido el ojo morado que le he puesto, así que será mejor que intente sortear para siempre este tema.

—Le pediré el dinero a alguna amiga. Pero deja que me baje, no me siento bien.

—Pues aguanta, que aún quedan veinte mi… minutos.

La miró unos instantes, parecía haber recibido un golpe. Se apretaba el vientre con los brazos. Imaginó que estaba con náuseas tras la noticia del despido. Aceleró un poco, fijándose en los caminos boscosos que había a cada lado de la carretera. A la mínima que pudo, señalizó y avisó a sus acompañantes que siguieran de largo y que no le esperaran hasta una hora. Se adentró con cuidado, pues ya había visto una señal de coto de caza.

Campo de coto

Cuando Hina sintió que el coche no se movía, abrió la puerta y se bajó a tientas. Se acuclilló y comenzó a devolver.

—Te dejas llevar demasiado por las emociones, ¿verdad? —se encendió el cigarrillo que había dejado a medias y se apoyó contra el coche. La oía vomitar a su lado, pero ni siquiera la auxilió.

Hina no había tenido las náuseas típicas del embarazo, y le sorprendió que le comenzaran en ese momento. Pero una parte de su cerebro le advirtió que algo no iba bien. Las leves contracciones que había tenido quince días atrás se manifestaron de nuevo con más fuerza, y aunque el dolor era soportable… era muy constante. Se asustó. Vomitó una vez más, sintiéndose muy mareada, y escaló con las manos hasta poder ponerse en pie.

—¿Has terminado?

La muchacha no tenía el móvil para consultar su ciclo, pero sabía que en esos días le tocaba la siguiente revisión gestacional… miró a Kenneth y se limpió las comisuras intentando afrontar quién era la persona que había provocado aquello, y que se quitaría del medio si lo supiese.

Estamos pasando demasiado tiempo juntos… tengo que alejarme nada más pueda.

—Estás amarilla —dijo ceñudo al girarse; guardó el móvil y la tocó del cuello. Sudaba. Al estudiarla de arriba abajo, apretó un poco la mano en su vientre, y ella retiró su mano casi con violencia.

—¡No me toques!

—Tranquila, leoncita. ¿Te duele el estómago?

—Me duele todo. Coge el coche y vete, te dije que me volvía sola.

—¿Ah sí? ¿Y sola adónde?

—Con cualquiera… menos contigo. ¡Déjame en paz!

Kenneth toleró el primer grito pero no el segundo. Cuando Hina sobrepuso su voz se puso recto y la encaró de cerca, gritándole con más fuerza.

—Vuelve a gritarme así, Y DE VERDAD QUE TE DEJO AQUÍ TIRADA. ¿¡QUIÉN COÑO TE CREES, EH!?

Hina pegó la espalda al coche, la conmoción volvió a sus manos repentinamente.

—… no me creo nad-…

—Eso es. Porque NADA ERES. Y si quiero, puedo agarrarte —la agarró de las manos, la giró y le metió la cabeza en el siento copiloto, apretándola allí con fuerza. Le habló al oído—, y te puedo bajar los pantalones y meter la palanca de cambios hasta los intestinos si quiero. PORQUE SI QUIERO, YO PUEDO HACERLO. ¿¡ENTIENDES!?

Hina rompió a llorar atemorizada. Kenneth la miró al principio muy cabreado, con un destello de su propio sello en la frente, estaba activado. Pero el llanto ajeno lo desactivó a los pocos segundos, y sólo la miró con una inquina dosificada. Hina temblaba y respiraba muy deprisa. El chico bufó por lo bajo y retiró la mano de su cabeza, dejándola libre. Hina se limpió rápido las pestañas y se alejó del coche lentamente, mirándolo asustada.

—En algunos momentos he llegado a pensar que… algo te importa. Algo, lo que fuera. No yo, porque ya sé que no eres capaz de verme como algo más que tu puta. Pero… yo sí que veía algo más en ti. Obviamente me equivocaba.

—Te equivocaste, así es. Ahora métete en el coche y haz lo que tienes que hacer.

—No voy a estar cerca de ti…

—Temerás por tu vida más aquí, cuando cualquier yonki te intente robar hasta la ropa para ahorcarse con ella. Estamos cerca de un coto, estúpida. ¡¡VUELVE AQUÍ!!

—¡¡Déjame en paz!! —corrió en otra dirección, adentrándose entre los árboles. Kenneth temió perderla de vista, así que también aumentó las zancadas. Hina empezó a respirar con serias dificultades para darle esquinazo, era veloz, y ella estaba muy cansada tras devolver.

¡¡ZASSS!!

Un golpe en seco, metálico, la hizo frenar. Miró detrás suya pero la figura imponente de Belmont ya no estaba. Oyó un alarido masculino y tuvo pánico.

¿Le ha pasado algo?

Volvió recelosamente sobre sus pasos. Y no tuvo que buscar mucho. Cuando se movió para sortear del campo visual dos troncos, vio que Kenneth había caído al bosque. Las pupilas se le achicharon cuando vio por qué se había caído. Un cepo acababa de cerrarse en su tibia izquierda. Belmont encendió el sello de su frente y empezó a ejercer una fuerza sobrehumana para abrirlo, enrojecido por la potencia que empleaba. Hina sintió que su corazón se iba a detener. Temblando, regresó donde él estaba. Kenneth abandonó el primer intento de abrirlo, frustrado. La señaló con las manos ensangrentadas.

—Quítate la chaqueta y cuélala por donde no hay colmillos de hierro. Rápido, esto duele como el demonio.

Hina asintió entre lágrimas y se quitó la chaquetilla de punto que llevaba. La colocó con cuidado donde él indicó. Kenneth también colocó con cuidado los dedos en la zona donde no había pinchos, y contó hasta tres para tirar los dos a la vez. Pero él tenía mucha más fuerza, y las zapatillas de Hina se arrastraban ante su tirón.

—¡¡MALDITA ENCLENQUE DE MIERDA!! Trae el coche aquí, apárcalo cerca.

—¡Voy!

Corrió hacia el coche, vigilando bien esta vez dónde pisaba. Una vez dentro, arrancó y agradeció que fuera un coche sin marchas. No sabía llevarlos. Miró por el retrovisor con extremo cuidado, pero las manos le temblaban como si tuviera sonajeros en la sangre, y se sentía tensa.

—¡Bien, ahora baja! Coge la cuerda que hay en el maletero.

Hina corrió atrás y pulsó el botón del Cadillac. Al abrirse el maletero, vio que había un sinfín de bolsas gigantescas negras, cinta aislante, cadenas y armamento. Tragó saliva. Removió los objetos con cuidado hasta dar con una cuerda.

—Ata un nudo fuerte donde veas que resista y vuelve aquí. ¡¡Rápido!!

Hina sorbía por la nariz todo el rato, controlando su llorera. Al correr en su dirección, se arrodilló a su lado y rodeó bien con la cuerda el cepo. Ayudó a envolverla también en las palmas de Belmont.

—Eso es. Y ahora acelera. Acelera de a poco o me amputarás la pierna, enclenque.

—Kenneth… yo…

—Haz lo que te digo de una maldita vez.

Asintió y se subió rápido al asiento conductor. Trató de pisar con mucha suavidad, y el Cadillac avanzó hasta trabarse por la fuerza que Belmont ejercía en sentido contrario. El hombre gritó lleno de dolor y ella lloró desde el interior del coche, pero al final, ambos escucharon de nuevo el sonido metálico de la libertad. El cepo se abrió bruscamente. Hina echó el freno de mano y bajó, asomándose. Corrió hacia él al ver que conservaba la pierna y que el cepo había ido a parar a otro lado. Su vaquero estaba empapado de sangre.

—¡¡Lo siento!! ¡Lo siento…! ¡Perdóname, ha sido culpa mía…! —Hina no aguantó la presión y rompió a llorar con fuerza, rodeándole el cuello con los brazos. Kenneth se quedó algo sorprendido. El cepo no tenía veneno, por suerte, y eso aceleró la actuación del zafiro mejorado. Seguía doliendo como el demonio, pero por lo menos no le había partido la tibia. Sería una recuperación de horas. Suspiró largamente y oyó cómo Hina lloraba como una magdalena en su cuello, le abrazaba con mucha fuerza.

¿Culpa tuya?

No tienes ni idea…

—Ha sido culpa mía —murmuró con sinceridad. Hina temblaba al llorar, pero igualmente la separó y la miró fijamente—. Y no debí hacer eso.

¿Qué estoy haciendo…? Kenneth comprendió lo que le pasaba enseguida. Le gustaba Hina y ya no podía negarlo. Podía seguir fingiendo que no le importaba una mierda, o maltratarla, pero verla sufrir empezaba a provocarle algo más negativo que la lástima. Era recordar el asco que sentía de sí mismo muchas veces. Hina bajó la mirada a su rostro, y le acunó las mejillas con las manos. Sus labios se enfrentaron a pocos centímetros.

Tiene que estar ciega para no salir espantada.

—¡Dios! ¿Va todo… bien…?

Kenneth y Hina se separaron casi de un respingo, uno de los hombres de Belmont venía sudando, agotado. Se agachó ante la pierna malherida.

—He pisado un maldito cepo. Ten cuidado si tienes a más hombres pululando por aquí. El cazador no debe estar lejos.

—¿A quién se le ocurre parar en mitad de una autopista? Estos cotos son peligrosos. Vienen los cuatro moribundos de la zona, como mucho.

Hina los escuchó avergonzada, culpabilizándose. Su único consuelo era la regeneración que proporcionaba el zafiro en los Belmont. Sabía realmente poco de aquel mundo. Tan poco, que ni siquiera sabía cuántos clanes comandaban la región donde vivía.

—Deberías ir a un hospital… —atinó a decir, limpiándose los ojos llorosos con lo que quedaba de su roída chaqueta. Kenneth restó importancia.

—No me he roto nada, así que no hará falta.

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