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CAPÍTULO 41. Culpa pesada


Las pupilas se le achicaron a la mujer. Un estrépito seco surgió tras la puerta. Y no fue el único ruido que oyó, sólo que el resto fue con menos fuerza. Acelerada y sin importarle nada, bajó el picaporte e irrumpió en la habitación.

Cafetería

Mira esperó unos minutos. En principio sólo para que el vasito de cartón con el café no ardiera tanto, pero para sus adentros, era para calmarse. El ver a Sarah la puso tan histérica que hasta la pastilla se le cayó en la calle. Pero pudo relajarse. Ayudó bastante que Sarah no insistiera y se largara. Vio que se quedaba a las puertas del hospital. Odiaba tenerla a la vista porque sentía que era ella quien quería tenerla a la vista. No pensaba concederla una sola oportunidad más de liarla. Tenía que volver con Zoey. Colocó la tapa de cartón en el vaso y se levantó llevándolo en la mano.

Hospital

Cuando las puertas del ascensor de su planta se abrieron, vio una comitiva de emergencia en el pasillo que la dejó ojiplática. Mucha gente gritando y familiares que habían estado descansando con sus respectivos pacientes, observaban la intervención alterados. Cuando vio de dónde salían aquellos gritos entre los médicos, se le cayó el café.

Minutos antes…

Yuna se quedó en shock los primeros segundos. Al entrar, se encontró a Zoey convulsionando sobre el piso, entre cristales rotos y un líquido marrón derramado desde un vaso. La chica se trapicaba con su propia sangre y su cuerpo estaba teniendo tales espasmos que tintineaba contra el mueble auxiliar.

—¡¡Dios mío!! ¡AUXILIO! —tocó el botón de emergencia y empezó a gritar. Se agachó a su lado y la tomó del rostro, pero Zoey estaba presa de la desesperación, el dolor no la dejaba expresar nada, porque algo estaba claramente regurgitando desde su interior. No paraba de expulsar sangre oscura por la boca—. Tranquila. Tranquila. No pierdas la calma.

El cuerpo de Zoey convulsionó con más fuerza y Yuna sintió con horror cómo no era capaz de controlar aquellos bruscos espasmos. La muchacha trató de conectar una frase pero se le desgarró la voz, y expulsó más sangre. La vio situarse una mano en el vientre y de la desesperación, le comenzaron a lagrimear los ojos.

—¡¡SOCORRO!!

Los enfermeros y hasta el propio médico de guardia se asomaron y activaron el código de emergencia. Toda la planta se movilizó. Retiraron a Yuna y comenzaron a asistir a Zoey con premura.

Actualidad

Mira corrió como alma que lleva al diablo y se chocó con varios curiosos que estaban en medio. Los médicos y la seguridad del lugar la mantuvieron a raya, pero cuando la vio en ese estado, sintió que se volvió loca.

—¿¡QUÉ…!? ¡¡EH, QUÉ PASA!! ¡Déjame pasar, cabrón! —empujó al seguridad, que trató de agarrarla, pero Mira fue más veloz. Prácticamente arrolló a una de las enfermeras para situarse dentro de la habitación. De la impresión el cuerpo se le golpeó solo contra la pared, y entonces volvió a sentir cómo el susto y la agonía le paralizaban las extremidades. Zoey estaba convulsionando en un charco de sangre. Su cara, sus labios, su camisón… todo lleno de sangre. Y su rostro, deformado en una expresión de dolor que nunca le había visto, no paraba de escupir más y más.

—Ha dejado de convulsionar. Nos la llevamos a quirófano. ¡¡YA!! ¡Por allí, Leo! A la de tres… ¡uno, dos, tres…! —colocaron a la chica en peso en su camilla. Zoey pareció tener una pausa de aquellos horribles espasmos, y fue entonces por fin capaz de expresar todo el dolor al que hacía frente. Chilló alarmada mientras se abrazaba el vientre y encogía las piernas, presa del dolor. Mira se echó encima de la camilla, pero empezaron a agarrarla de los brazos para apartarla.

—Qué pasa… qué… ¡Zoey!

Zoey no pudo responder. Enseguida le pusieron oxígeno y se la llevaron de allí, luchando contra Mira. La pelirrosa se puso fuera de sí, y fue Yuna quien chocó con fuerza contra su cuerpo, encerrándola con los brazos.

—¡¡Para!! ¿¡No ves que estás interfiriendo!? ¡Deja que la salven!

—¿¡QUÉ LE HA PASADO…!? ¡¡EH… SÓLO ME HE IDO CINCO MINUTOS!! —empezó a forcejear con ella, pero la fuerza de su madre la sorprendió. Estaba más lúcida, y junto a su padre lograron reducirla contra la pared.

—PARA. QUIETA. NO VAS A ARREGLAR NADA —le gritó el hombre, volviéndola en sí. Mira rompió a llorar desesperada y agarró a Yuna, respirando con agitación.

—Qué pasa… si muere… juro que me moriré… JURO QUE…

—Eso no pasará. ¿Puedes hacer el favor de relajarte? Mira…

—Mamá… ¡¡agh…!!

Yuna se sobresaltó al ver que se apretaba la zona pectoral. La abrazó con fuerza y le siseó.

—Tranquilízate… te va a dar algo. Y lo sabes. Así que… haz el esfuerzo.

Más se sorprendió aún al ver que Mira tenía una especie de arrebato y la abrazaba con la fuerza de unos barrotes. Y se puso a llorar. Yuna suspiró, conmocionada. Miró a su marido, y éste dio un suave paso hacia tras, tan sorprendido como conmovido también. Sus expresiones duras fueron recuperando en él el poder, de a poco. Pero a Yuna poco le faltó para romperse al escuchar lo rota que estaba su hija. Mira se abrazaba a ella como jamás lo hizo. Así que la correspondió y la abrazó igual de fuerte. Notó que sus respiraciones no iban bien y le frotó la espalda.

—Para el carácter que tienes… no puedes venirte abajo ahora. Así que recomponte. Ella saldrá de ese quirófano.

—Ha sido culpa mía… la he dejado sola… yo…

—No digas sandeces. Una chica sana y fuerte no se pone así porque tú la dejes sola un momento. Mira, quiero que te relajes. ¿Acaso no sabes respirar?

—S… sí…

—Pues hazlo. Controla tu cuerpo —le dijo con cierta dominancia en la voz. Pero la animó también de otro modo. Acarició su cabeza con la mano, y entonces Mira abrió poco a poco sus ojos, mirando de reojo. Ese contacto la serenó mucho más de lo que creyó. Se sintió más fuerte… pero también más débil al contactar con su parte niña. Tragó saliva y volvió a cerrar los párpados, luchando por acompasar su respiración. Yuna inspiró hondo y respiró a su misma vez. Sus corazones se igualaron poco a poco. Mira acabó calmando y, aunque el miedo no se fue, pudo alejar el ataque de ansiedad a tiempo. Éste no llegó a domarla esa vez.

Sala de espera

Los enfermeros no podían dar muchas explicaciones a la familia aún, los médicos estaban operando a Zoey de urgencia y tocaba esperar con la nube pesada de la incertidumbre. Sarah apareció al poco, empujando a Dave con la silla de ruedas, que también fue alertado por la situación. Ambos miraron a Mira, con las manos sobre la frente y la vista en el piso. Estaba apoyada sobre sus rodillas y se meneaba inquieta en la silla.

—Eh, tú —Dave le puso la mano en el hombro—, ¿hay novedades?

Mira retiró despacio las manos de su frente y negó. Pese a sus nervios, logró estar más mansa. No dejaba de mirar la puerta por la que los médicos se marcharon hacía ya una hora de reloj. Pero cuando ellos dos aparecieron y Sarah se alejó, Mira clavó sus enrojecidos ojos en ella. La peliverde tiró un vasito blanco a la papelera junto a lo que le parecieron algunas servilletas.

—La gente buena sale para adelante. Ya lo verás —dijo la voz de Dave mientras la acariciaba del hombro. Pero la notó tensa y hierática. Su rostro estaba totalmente serio, ya sin expresión alguna. Al seguir su fría mirada, giró el rostro en esa dirección. Contemplaba a Sarah. Dave musitó—, ¿qué pasa, te has enfadado con ella?

Mira no le respondió. Yuna miró a su hija y siguió también los movimientos de Sarah… que ahora se dirigía a ellos.

—¿Hay alguna nove… dad? —la voz se le trabó un poco al ver cómo Mira la estaba observando. Incluso sin una expresión clara, taciturna y directa, era como si la pelirrosa la atravesara con su seriedad. Sentía como si le clavara lentamente una daga en el cuello. Y se hacía insoportable, porque aparte de no responderle… no dejaba de mirarla fijamente.

—Sarah, ¿estás bien? —preguntó Yuna—, pareces agitada.

Sarah parpadeó rápido y tomó asiento al lado de Yuna, sintiéndola como un escudo de protección. Pero la mirada de Mira no era por lo único que estaba nerviosa. Seung se dirigió a su mujer.

—¿Cómo fue que te diste cuenta?

—La energía que salía de su habitación era horrible. Sentía que pasaba algo malo en ese pasillo, y se concentraba allí.

—Este no es momento para tus alucinaciones —masculló el hombre, incluso malhumorado. Pero aquello despertó la curiosidad de Mira.

—Le has salvado la vida. Dime qué viste en la habitación. ¿Algo raro?

—No soy investigadora, sólo enfermera retirada —suspiró, ya algo cabreada ante la insensible respuesta de Seung—, pero creo que intentó pedir ayuda y se cayó de la camilla. No es normal esa respuesta fisiológica, a la chica ya le pasaba algo antes de caerse al suelo.

—Le salía mucha sangre por la boca… —suspiró Mira, frotándose la frente. No olvidaría jamás aquella imagen de Zoey.

—Sólo he visto eso una vez en mi carrera —comentó Yuna, pensativa—, de un hombre al que su mujer trató de matar metiéndole cristales molidos en la carne. Con matarratas.

—Cristales… —Mira frunció el ceño y cerró los ojos, en una agria expresión. No podía imaginarse cuánto dolor podía sentir una víctima ante aquello.

—El veneno lo rompe todo por dentro y la sangre sale por el conducto más cercano. Ha tenido que ser algo que ha tragado.

—Deja de hablar sin ser médico, doña vidente. Puede haber habido más fact-…

—Cierra la puta boca —cortó Mira, violentamente. Seung estuvo a punto de tener otro arranque de ira, pero al mirarla, irritado, vio sus ojos. Sus pestañas húmedas y sus labios temblando. Lo dejó estar y decidió callarse.

—Pero tienes razón —secundó Yuna, asintiendo con resignación—, veremos a ver qué dicen los que la operan.

Sarah se puso más blanca con aquel cruce. Tragó saliva y sintió que el estómago se le revolvía… que le daban las mismas ganas de vomitar que de cagarse encima por los nervios.

—Siempre eres un bocazas. Ni siquiera en este momento puedes dejar de ser un capullo.

Aquella voz lo ofendió incluso más. Seung miró lentamente a su hijo, quien lo devoraba con la mirada. Y no era otra que la misma mirada que Mira. Eran muy parecidos. Se parecían a alguien que odiaba. A él mismo. Y tras aquella frase, las puertas por fin se abrieron.

Mira saltó de la silla alertada. Los cirujanos esperaron pacientemente a que todos calmaran y guardaran silencio. Pero antes de empezar, uno de ellos, más serio y que parecía estar más implicado, pidió que sólo los más acérrimos a la chica se quedaran.

Mira y su madre fueron las que se quedaron con los médicos.

Sarah, Dave y Seung se quedaron apartados en la sala de espera. Miraban los rostros de las mujeres a lo lejos, la expresión de Mira, los gestos de los profesionales.

No sólo le estaban contando lo que Zoey acababa de enfrentar en el cuerpo. El cirujano jefe miró seriamente a las mujeres y en petite comité, les murmuró.

—…esto requiere una investigación policial. 

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