CAPÍTULO 42. Traidora desde la adolescencia
Era muy diferente sufrir un envenenamiento en una biblioteca, lejos de manos cirujanas, que en pleno hospital privado donde los profesionales eran poco menos que magistrados en su campo.
Zoey reposaba en una camilla especial en el ala de cuidados intensivos, con mejor pronóstico que hacía cuatro horas atrás, y ahora sí, con el hospital atestado de familiares suyos. Sus padres fueron informados de lo ocurrido y llevados a una sala apartada con la policía para que se les explicara que la chica fue envenenada.
Sarah sintió la necesidad de marcharse velozmente a su tierra. Lejos de casa de Yuna y Seung, volviendo a su hogar con sus envejecidos padres y dejar que el tiempo pasara. Aunque el plan pareció exitoso, no lo sentía así en absoluto, y lo último que quería era tener la sombra de la policía investigando sus pasos.
Cuando nadie la miraba y Dave estaba en una nueva resonancia, la chica recogió sus pertenencias en una bolsa y salió del hospital. Se aseguraba, mientras caminaba al parking subterráneo, que las llaves del coche de renting estaban en el bolso. Le temblaban un poco las manos porque sentía en todo momento que la policía le iba a caer encima y entonces no sabría qué hacer. Trataba de elaborar alguna excusa. Y se decía a sí misma una y otra vez que aún era demasiado pronto para que la rastrearan. ¿Y la paranoia de que se pusieran a ver las grabaciones del hospital? Eso lo harían más tarde, los departamentos policiales no trabajaban con rapidez. Tardarían mucho en encontrarla.
O eso creyó.
La policía intervino a espaldas de la principal sospechosa. Se aseguraron primero de que la relación con la familia de la superestrella no era una interferencia.
En realidad siempre contaron con ayuda de la principal fuente de información en un hospital privado. La misma que había en común con los locales colindantes, como era la propia cafetería de la planta baja. Cámaras. La investigación tenía prioridad sobre otras por varios motivos. Así que la incógnita no duró.
Parking subterráneo
Desbloqueó las puertas del coche y se metió adentro. Cuando introdujo las llaves, retiró el freno de mano y aceleró, pero notó que el coche no se movía bien. Le costaba avanzar demasiado y hacía un ruido extraño. Frunció el ceño y miró el interior. Se percató de que no estaba nivelado. Volvió a echar el freno de mano y salió a verificar las ruedas. Paró en seco al descubrir que la trasera izquierda estaba deshinchada por completo.
—… no me jodas. Puto coche de mierda —susurró frustrada, y se acuclilló. Acarició el neumático y se sorprendió al ver que tenía una raja—, ¿qué…? —movió los ojos a la otra rueda del mismo eje, la derecha. También estaba en el mismo estado. Se quedó traspuesta. Alguien se las pinchó. Un ruido tenue a su lado casi le saca el corazón de sitio. Entonces vio, horrorizada, unas largas botas negras… en unas piernas estilizadas que conocía muy bien. Siguió subiendo la mirada hasta encontrar los ojos de Mira. La observaba con la misma fijeza que el día anterior en la sala de espera. No hablaba—. M-Mi… Mira… ¿has… has visto qué mala suerte tengo? Jej…
Mira la siguió con la mirada cuando Sarah se incorporó, lentamente. Se quedaron ambas en silencio un buen rato, y Sarah sintió que el miedo no la dejaba pensar bien. Tartamudeaba.
—P-p-podemos… ¿puedes… ayudarme a…?
—Sí. Claro. Dime lo que necesites —musitó lúgubre. Estaba apoyada contra el paredón, de brazos cruzados. Los tobillos también cruzados. Parecía tranquila. Pero algo en su expresión no iba bien.
—Es que… bueno, lo que te acabo de decir… —tragó saliva y trató de no parecer más estúpida. Señaló con un dedo tembloroso las ruedas—. Te… te-tengo una rueda de repuesto, pero la otra…
—…
—…
No lo aguanto. Sigue mirándome así, sin hacer ni decir nada. Me está acojonando.
Mira se separó de pronto de la pared; con movimientos lentos se aproximó a ella. Sarah tuvo que luchar contra la aceleración de sus latidos. Estaba tan nerviosa, que pensaba hasta que se escuchaba cómo sudaba. Decidió romper el hielo.
—Sé… que todo esto con Zoey te tiene preocupada. Pero… de verdad, yo… si puedo ayudar en algo…
—En realidad venía a darte las gracias —comentó, poniendo una expresión más risueña.
—Eh… ¿uh…? ¿C-cómo…?
Mira suspiró y descruzó los brazos. La señaló con la mano, sonriendo más.
—Oye, Zoey me tenía muy ahogada. En serio, he pasado semanas buscando la forma más amigable de romper con ella. Me ha llevado a muchos límites y me he dado cuenta de que no somos compatibles.
Se siente raro que me lo diga. Estaba muy afectada, y ahora… parece muy seria.
Sin embargo, se giró más hacia ella.
—Quizá cuando se recupere y esté más saludable se lo puedas decir. Aunque… eso le afectará.
—¿Qué más da? ¿Crees que yo no he sufrido en esta relación? —dejó caer los hombros en un renovado suspiro—, mira, toda esta situación… me ha hecho ver que me tenía siempre con el corazón en un puño. Creo que necesitamos estar alejadas. Así sentiré que puedo respirar un poco mejor.
Lo dijo tan serena, que fue lo que Sarah necesitaba para arrancarse.
—Si es lo que piensas, deberías hacerlo, sin duda. Si necesitas ayuda con algo…
—¿Ayuda? ¿A qué te refieres?
—Pues… me refiero a que la pobre lo va a pasar mal y a lo mejor te intenta convencer con la pena…
—Sí. Lo sé —Mira volvió a cruzarse de brazos y caminó despacio a su alrededor, poniéndola algo más alerta. Mira le sonrió enseñando sus perfectos dientes blancos—. Es que… siento que me he aprovechado un poco de su inocencia. Ya sabes. Era una virgen guapa, y yo un alma salvaje.
Sarah sintió que las garras del miedo, punzantes, se le empezaban a clavar en la nuca. Estaba repitiendo lo que le dijo a Zoey.
—Mira…
—Ella no es más que una niña asustada, porque sabe que cuando me aburra de ella, voy a dejarla —murmuró manteniendo una pérfida sonrisa—. Ahora sólo disfruto follándomela, hasta cansarla… y aburrirme yo. ¿No es así?
—… —Sarah agachó la mirada y cerró los ojos—. Sé lo que estás haciendo.
—Me contó entre lágrimas todo lo que le dijiste —murmuró, perdiendo la sonrisa—, toda la mierda con la que le llenaste la cabeza.
—Yo… yo… no dije ni la mitad de cosas que estás…
Una bofetada le cruzó la cara, tan fuerte, que resonó en la acústica del parking. Sarah sintió que las lágrimas salían solas, del dolor y del estrés. La respiración se le agitó un poco. Se tapó despacio la mejilla.
—Sólo quiero saber una cosa —dijo, dando un paso más cerca de ella. La chica se agitó y lo dio atrás, pero Mira se le volvió a acercar mucho, susurrándole en la boca—. ¿De verdad pensabas que tenías una oportunidad? ¿Conmigo? ¿Sabes el asco… el odio… y la lástima que me das? —sus ojos se la comían. Sarah gritó más.
—¿¡Crees que quería hacerlo!? ¡¡Claro que no, yo no soy así!! ¡Pero…! ¡Tú…! Eres mi luz, Mira, y ahora…
—Tú jamás estarás a su altura —musitó poniéndose recta. La miró desde arriba, fríamente—. Jamás tuviste una maldita oportunidad, porque nunca dejaste de ser lo que siempre has demostrado ser. Una puta traidora de mierda.
Sarah se tapó los ojos, empezando a llorar. Sollozó con fuerza, pero Mira de repente la agarró del pescuezo y la volteó en dirección el vehículo. Tomó un impulso y la hizo estamparse de frente contra la luna trasera. La rompió con su rostro y la soltó de culo contra el suelo. Sarah gritó, cambiando el llanto rápidamente por gritos de dolor. Gateó rápido en otra dirección y trató de ponerse en pie y correr, pero Mira la agarró del tobillo y la lanzó estrepitosamente al suelo con fuerza. La chica empezó a chillar azorada ahora por perder algo más que la dignidad. Mira se le sentó encima y comenzó a darle unos puñetazos que le descentraron el cerebro y la visión. Empezó a llorar más fuerte, tratando de pararle los puños. Mira le durmió medio rostro al aventarle un codazo en uno de los pómulos, y la sostuvo del pelo con fuerza cuando se agachó a su oído.
—A propósito… sé lo que tiraste en la papelera. Un vaso con restos de chocolate. ¿Creías que la policía no iba a hacer las investigaciones rápido, tratándose de nosotras? ¿Sabes lo que encontraron dentro de su esófago? De su esófago reventado, claro —se volvió a separar y volvió a apalizarla. No se midió en ninguno de los golpes. Sarah intentó revolcarse, patalear y tratar de sacársela de encima sin ningún éxito. Uno de los golpes fue mucho más fuerte que los otros y sintió que por poco perdía el contacto con la realidad. Pensó que la pena la haría parar, que sus puños llenándose de sangre la acabarían deteniendo. Pero Mira estaba desquiciada y no lo hizo. Siguió golpeándola y Sarah se desesperó angustiada al sentir que otro puño arremetía contra su mandíbula. Sintió perfectamente cómo se la descolocaba y uno de los dientes crujió dentro de la boca. La vista se le nublaba, pero Mira seguía desatada golpeándola. En su salsa, subida sobre ella.
—¡¡DIOS MÍO, MIRA!! ¡PARA YA! —una voz a lo lejos, surgió como una mujer salvadora. No supo a priori quién era. Pero Mira no se detenía. Siguió golpeándola, aturdiéndola cada vez más. Tenía la cara completamente magullada y llena de sangre—. ¡¡APÁRTATE DE ELLA, MIRA, DIOS…!!
Rumi la atrapó de los puños sangrantes, frenándola, y logró apartar a Mira de Sarah. Mira lanzó su gorra al piso y tomó nuevos impulsos a patadas. Empezó a clavarle la puntera de las botas en toda parte que pudo, incluyendo su ya maltratado rostro. Rumi le rodeó la cintura y logró apartarla con mucho esfuerzo de ella, pero se sorprendió al ver cómo Mira ahora la tomaba con ella y la estampaba en el coche. Rumi se dio un buen batacazo al estrellarse con el maletero.
—He dicho… que pares… ¡¡PARA!! —su grito se deformó, y sus marcas blancas se volvieron moradas, revolviendo de una vibración todo el parking. Las ventanillas del vehículo terminaron de reventar y Mira detuvo el puño en alto, al sentir el honmoon temblando. La reverberación se trasladó directa a sus propios oídos haciéndole daño… y se tapó con las palmas de las manos. Rumi se tocó la lumbar al separarse del coche, pero ignoró sus propios dolores y caminó hasta la chica herida. Se asustó al principio, al ver el estado en el que había quedado. Mira apretó los dientes mirándolas.
—La envenenó… esa puta zorra… ¡ENVENENÓ A…!
—Ya lo sé. Mira, ya lo sé. Ya han dicho que lo causó el chocolate. ¿Crees que no me cabrea? ¿Crees que no me estoy conteniendo? ¿¡Te crees que a pesar de ello voy a dejar que mates a alguien!?
Mira tembló un poco, consumida por la pena y su propia rabia. Miró iracunda a Sarah, ya inconsciente. En algún punto se había quedado inconsciente, sí, era cierto. Porque ni siquiera reaccionó ni gritó a sus últimos patadones. Rumi cerró los ojos y se arrodilló frente a la chica.
—Pagará por lo que ha hecho… porque ya he avisado a la policía. Vendrán. Y… —apretó los labios y señaló una salida con el dedo—, quiero que te vayas de aquí. No quiero que te vean esas manos. Sólo vas a complicarlo más. Zoey… está bien.
Mira parpadeó más esperanzada. Zoey.
Zoey…
—Vete —repitió Rumi, apretando la voz. Mira miró a su alrededor y chistó, saliendo de allí casi al trote.
Rumi bajó las manos a la cabeza sangrante de Sarah. Parecía mentira, viéndola en aquel estado, que aquella muchacha fuera capaz de hacer todo lo que había hecho. La única pena que podía sentir por ella, era por las posibles deformaciones o cicatrices que Mira acabara de marcarle en la cara. Por lo demás… era un hecho para las dos que acababa de atentar, y seguramente más de una vez, contra vida de alguien.
El resto de investigaciones sumó cargos más pronto que tarde en la peliverde. Sarah fue arrestada nada más salió del médico, debido a que la misma sustancia que fabricó para matar a Zoey, era la que se halló en el sistema gástrico de Dave. Y aquello sí fue un palo duro para todos. El abogado de Zoey y de Dave interpusieron una demanda con exigencia de daños y perjuicios.
Sarah no podría pagar la millonada que le supondría la fianza. Por lo que hasta que el juicio se celebrara, estaría entre rejas.
Tres semanas más tarde
Zoey tardó cinco días en salir de la Unidad de Cuidados Intensivos, y más de dos semanas en recibir el alta médica. Debido a las circunstancias y la cercanía de la perpetradora a la familia de Mira, los padres de Zoey la llevaron a casa y prácticamente le impidieron usar el teléfono para contactar con sus amigas de la banda.
Rumi pudo mediar entre ambas partes y sosegar a Leah. Debido a la extensión del veneno sobre sus tejidos, Zoey tardó más tiempo en recuperar la voz.
Leah pulsó en verde una videollamada. Era la cuarta que Rumi intentaba. Y por fin, después de mucho diálogo con aquella sobreprotectora mujer, Leah descolgó. En el recuadro de la aplicación apareció el rostro preocupado de la pelimorada.
Zoey miró a un lado, su móvil estaba en las manos de su madre. Oyó la voz de Rumi y eso la alegró.
—¿Puedo… puedo verla? Hace mucho que no la veo…
—Está dormida ahora mismo, Rumi. Sabes que tiene que descansar.
—Mamá… por favor… —Zoey seguía afónica. Pero tenía muchas ganas de hablar con sus amigas, las únicas visitas que había tenido durante casi un mes era sólo la de parientes. Levantó la mano en dirección al teléfono y Leah puso los ojos en blanco. Pausó el vídeo y susurró a su hija.
—Aún es muy pronto. El médico dijo que tenías que curar bien las cuerdas vocales.
—Ya lo sé… hablaré poco…
Rumi oía expectante. La madre de Zoey sabía bloquear la imagen, pero no el sonido, y las estaba escuchando hablar. Era la primera vez que oía la voz de Zoey en prácticamente un mes. Los médicos habían sido muy sinceros: Zoey recuperaría la voz, pero no sería exactamente igual, habría ligeras variaciones en su tonalidad de canto. Para siempre.
«Hay quemaduras químicas, ha vomitado mucha sangre y aparte de la sustancia corrosiva había ácido gástrico. Ha tenido mucha suerte, pero no será una recuperación fácil. Su voz no será exactamente igual.»
Esas palabras hirieron a las tres. En realidad, a las tres familias. Pero el descanso fue reparador. Leah no dejó que su hija moviera un solo dedo… y la recuperación de la rodilla junto a la de la garganta fue viento en popa. Zoey recuperó el habla relativamente rápido teniendo en cuenta la gravedad de lo que vivió. Cuando estuviera en forma y ya pudiera enfrentar la otra situación legal que se les venía encima habría un juicio contra Sarah. Pero para aquello faltaba seguramente otro año por delante, y Zoey ya no quería saber nada de ella.
Todo aquel tiempo… no supo más de Mira. Rumi logró comunicarse con ella después de todas esas semanas. Cuando hablaron un poco, notó el dolor de la garganta. Tragaba saliva todo el rato, pero empezó a doler demasiado pronto. Miró a su madre de reojo.
—Mamá, déjame algo de privacidad… ¿vas a estar ahí en toda la videollamada?
Rumi sonrió forzadamente, como una idiota, en el vídeo. Leah discutió un poco con Zoey antes de que ésta la echara de su habitación. Entonces la pelinegra aguardó unos segundos y bajó el tono de voz, mirando a Rumi.
—Rumi… ¿y Mira…?
—Ah… bueno… —también bajó el tono—, está aquí a mi lado. Mirándote. Y oyéndote. Pero sabíamos que tu madre estaba encima de tu móvil… no hemos podido comunicarnos contigo.
—Ya lo sé. Hola, Mira.
Rumi movió un poco el móvil y Zoey vio ilusionada que estaban las dos. Mira no sabía ni cómo mirarla, pero le alegró ver que su rostro aniñado y bello seguía igual que siempre. Zoey curvó más una sonrisa sana.
—¿Estás bien…?
Se hizo un silencio. Mira asintió sin más, mirándola a través de la pantalla. Rumi soltó una risita.
—Echándote de menos. Pero ella también se ha quedado sin voz de repente… —le dio un codazo a Mira. Zoey vio un poco más apenada que la pelirrosa se levantaba del sofá y ya no apareció más en pantalla. Rumi puso los ojos en blanco.
—Bueno… si se ha ido… dile… que la echo de menos…
—Claro que se lo diré, si está aquí al lado. Se quiere escapar, pero no la dejaré —Rumi se levantó del sofá y persiguió a su compañera por toda la casa. Zoey empezó a reírse al verlas, pero otro pinchacito se le clavaba en la garganta cuando lo hacía. Al final, después de mucho insistir y después de cuatro malas caras que le puso, Rumi discutió en voz baja con Mira. Y Mira acabó finalmente poniéndose en pantalla.
—Lo siento, me ha surgido algo. Hablamos por texto —murmuró sin más.
—Te echo de menos —se apresuró a pronunciar, en voz baja. Mira entreabrió los labios pero no le salían las palabras. Aquello la sobrepasaba. Al final, Zoey continuó—, será mejor que me recupere lejos de vosotras. Pero cuando esté mejor… volveré allí, ¿vale…?
Mira apretó los labios fuerte y se limitó a asentir. Se sintió muy mal. Y volvió a apartar el móvil sin despedirse. Zoey se sintió igual de mal al comprender que dejó el móvil apoyado en algún sitio, abandonado, hasta que después de otro lejano cruce de frases, Rumi lo agarró suspirando. Le sonrió.
—Perdónala… está… —suspiró bajando la cabeza y buscando las palabras. Asintió lamentándose—, no te voy a engañar, ha estado sintiéndose una mierda todo este tiempo. No es capaz de enfrentar ni tu mirada. Se siente culpable.
—Lo imaginaba… pero… dile que… —se acarició el cuello, tragando saliva con dificultad. Le dolía—, dile que no es su culpa…
—Zoey, no fuerces más la voz. Es mejor que te cuide tu madre.
—Intenté conven… convencerla de ir allí pe-pero… después de lo último…
—Lo sabemos.
—Y… oye… ¿no está un poco delgada?
Rumi trató de evitar aquel tema. Redirigió la atención de Zoey hacia el otro tema.
—Mira cree que ha sido mala cuidadora, así que… —suspiró—, aquí también tengo trabajo que hacer con ella. Cree que no vas a perdonarla.
—Qué tonta es…
—Ya que no nos dejan ir a verte… por favor. Cuídate bien. Por favor —suplicó Rumi—. Las dos te queremos de vuelta.
Zoey sonrió algo emocionada. Asintió sin más.