• nyylor@gmail.com
  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 43. Una respuesta

Siete semanas más tarde

Zoey salió de la consulta médica sintiéndose feliz. Después de semanas llenas de preocupación e incertidumbre, por fin recibió la primera buena noticia: recuperaría bien su voz. A pesar de que las cuerdas salieron afectadas, las variaciones en su tono iban por buen camino. El laringólogo que la trató le anunció que tendría que «volver a nacer» en las clases de canto, pero que no veía motivo por el que su voz no pudiera madurar bien y seguir dedicándose a ello profesionalmente. Una recuperación tranquila y con mucha dedicación, incluyendo comidas ligeras y líquidas, hicieron que las heridas cicatrizaran a la perfección. La rodilla necesitaba algo más de tiempo para asentarse, pero Zoey ya podía caminar despacio sin necesidad obligada de muletas, y siempre trayectos inferiores a las dos horas. Leah abrazó a su hija y la besó en la mejilla.

—Nos ha dicho que podemos celebrarlo con comidas más sólidas… ¿qué te parece? —preguntó cariñosamente, acariciándola del pelo.

—Lo que quieras, lo que sea menos crema de verduras —rieron. Su hija había recuperado también el brillo. De su piel, de sus ojos, de la propia sonrisa. Y eso también la hacía feliz.

—¿Qué peli veremos esta tarde? —preguntó la señora.

—Mamá… sabes que he quedado con ellas. Es mucho tiempo ya sin ver a ninguna. Y lo lo necesito —sonrió, algo temerosa. Había temido en parte aquel momento porque aquellas semanas con su madre fueron idílicas, incluso frente a lo que esperaba. Leah había estado tan preocupada cuando se enteró de lo que le ocurrió, que olvidó sus diferencias con George y se unieron para cuidarla ese tiempo, por turnos cuando el otro no podía. No discutieron ni una sola vez, al menos delante de ella. Y ahora que estaba recuperándose, Zoey necesitaba tomar aire externo y ver a sus amigas del alma. Ya había quedado con otros amigos que estaban cerca del vecindario, pero nunca salía más allá del jardín de la casa o de negocios locales muy cercanos. Las indicaciones médicas fueron muy severas al principio: no podía enfermar por virus o bacteria o las cosas en su garganta empeorarían muchísimo. Con lo hipocondríaca que Leah era, no dejó que su niña saliera de las inmediaciones. Pero aquello sí tuvo un efecto positivo. Y es que efectivamente, la recuperación fue efectiva.

Cuatro horas más tarde

Rumi aparcó justo en frente del complejo donde vivían. Llevaba a Zoey en el asiento copiloto.

—Bueno bueno bueno… qué te parece… tú convenciendo a tu madre durante semanas para que te deje dar una vuelta por la calle, y nosotras metiéndote de nuevo en casa… ¡jajajajajajajaja! —Rumi se desternillaba de risa, y Zoey la seguía mirando mal.

—Ya te vale, Rumi, yo quería dar una vuelta por ahí…

—Y yo… pero… bueno, Mira me ha convencido, ¿vale? No queremos arriesgarnos, chiquitina. Entiéndelo. Hemos estado muy preocupadas.

—Offf… que ya estoy bieeeeen… —puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. Aunque al mirar el fantástico complejo residencial en el que llevaban viviendo esos años la animó. Lo echaba de menos. No le disgustó del todo la idea de pasar allí la tarde—. ¿Dices que Mira no podía venir en el coche contigo?

Rumi suspiró escuetamente y echó el freno de mano.

—Sabe que tu mami está… bueno. Un poco reticente aún con ella por todo lo que ocurrió.

—Ya te dije que logré hacerla abrir los ojos. Mira no tuvo la culpa de nada.

—Pero ella no quiere incomodar. No me preguntes tanto, Zoey, ya sabes cómo es de cabezona.

Zoey asintió y aquella última palabra también la hizo sonreír. Sabía que iba a encontrarse con una Mira preocupada y pesada, igual o peor que su madre. Pero en el fondo, su preocupación… era justo lo que quería, en el buen sentido. Le hacía sentir que seguía siendo importante para ella.

Me muero de ganas. Necesito verla, ni siquiera sé cómo he aguantado toda la recuperación sin saber casi de ella. Ha estado muy alejada… 

Apartamento Huntrix

Cuando Zoey caminó, soltó una risilla al verlo todo tan limpio y recogido.

—Aquí falta mi desorden… —giró tras el pasillo y en el salón la vio. Pararon de hacer lo que hacían. Rumi sonrió al verlas calladas y pasó de largo, llevando una pequeña maletita que trajo Zoey a su habitación. Pero a los pocos segundos, Zoey se extrañó un poco al mirarla bien. La recorrió de arriba abajo, con más preocupación.

—¿Mira…? Estás muy delgada…

—Ah, cállate… —suspiró sonriendo y acortó rápido distancias con ella. Se inclinó a abrazarla y la rodeó con sus brazos suavemente. Zoey la abrazó y cerró los ojos.

Claro que has adelgazado. Mucho…

Le notaba los huesos en la espalda. Pero trató de evitar los pensamientos negativos. Mira se trastornó del gusto al sentir su olor. Después de varios segundos, sus cabezas se distanciaron un poco y Zoey se dirigió a sus labios. Estuvo a punto de besarla, cuando Mira se apartó y le dio el beso en la mejilla. Zoey hizo un segundo intento, pero la frenó del hombro. Miró su mano y luego la miró fijamente. Mira tragó saliva y se humedeció los labios. La pelinegra trató de espantar el sentimiento de tristeza que la invadió con aquello. Había estado pasando por una buena recuperación. No quería ponerse triste. Se centró en lo que le pareció verdaderamente importante.

—¿Has comido mal…? —preguntó, mirándola con fijeza. Mira negó frunciendo las cejas.

—Claro que no. Estoy como siempre.

—Eres ya de por sí muy delgada. Si bajas un solo kilo se te nota… —replicó en voz baja. Mira siguió negando con la cabeza.

—La única convaleciente aquí… eres tú —le frotó la mejilla y sonrió más—, a que no sabes qué. He intentado hacer yo misma el helado. Ven a probarlo antes de que se derrita.

—Wow… ¿helado casero? Eso es difícil…

—Sí, mañana la asistenta me mandará a la mierda… con todo lo que he ensuciado. No pienso lavar un solo plato —rio por lo bajo. Rumi llegó a la mesa y se sentó con las dos.

Dos horas más tarde, la película que se pusieron terminó. La madre de Zoey no había parado de telefonearla, ya se acercaba la hora en la que supuestamente Rumi debía llevarla a casa. Tras descolgar y hablar un poco con ella, Mira se levantó del sofá. Esperó pacientemente a que la llamada terminara.

—Bueno, pequeña. ¿Te llevamos ya a casa?

—Hmmmm… antes quería hablar contigo. Un momentito —dijo infantilmente, mirándole la boca. Mira no sonrió, ni pareció surtir efecto en ella su mirada juguetona. Rumi interrumpió.

—Voy a recoger tus cosas, Zoey, ya nos hemos comido todas las malditas galletas de gorda que has traído… te traeré la maleta.

—Ah-eh… está bien… —siguió con la mirada a la pelimorada hasta que se fue a su cuarto. Cuando se quedaron a solas, se apoyó en el sofá y volvió a tratar de buscarla en los labios. Mira se puso algo nerviosa pero esa vez no le dio tiempo a retirarse. Zoey la probó de los labios, y al parecer no quería detenerse. Mira sintió plena debilidad al sentir su beso. No había parado de soñar con otra cosa desde todo lo ocurrido, pero ya no podía hacerlo. Al cabo de pocos segundos, se obligó a separar la cara. Zoey abrió los ojos y trató de buscarla otra vez. Mira la detuvo al mirar a otro lado.

—Déjalo, Zoey.

—Que deje… ¿el qué…? —la miró, más preocupada—, ¿ya no me quieres…?

—No digas tonterías… —se humedeció los labios, sin mirarla—. Por favor… no lo hagas más difícil. Esto es lo mejor para ti. No… no era sano.

Zoey se quedó de una pieza, mirándola a los ojos a pesar de que ella no lo hiciera.

—Sé que has estado mal y que te sientes culpable… pero lo superaremos.

—Gente de mi alrededor es la que te ha hecho daño.

—Y tú le partiste la cara… já… se lo tuvo bien merecido.

Agh… para qué habré soltado esa… ¿me ve como una inmadura?, Zoey suavizó la expresión y la acarició del hombro.

—Tengo muchas disculpas pendientes contigo… por cómo te hice sentir en el hospital. Estaba muy nerviosa, pensando que yo no era suficiente para ti.

—No puedo permitirme ser tan ciega… —se frotó media cara y la miró, después de un buen rato—, de no ser por mi madre, estarías muerta. Porque una loca trató de asesinarte… de la misma forma que lo había intentado con mi hermano. ¿Y yo qué hacía? Qué se suponía que hacía… tomar aire por estar alterada —miró al frente, presionando los labios—, no aguanto ni una. Tiemblo por todo. O soy violenta. No hay punto medio.

Zoey largó un profundo suspiro y apoyó la espalda en el respaldo. Miró al frente también.

—Necesitamos vacaciones… de esas de verdad, donde no hay que pensar en nada. Hemos pasado de estar hasta arriba, a ser sancionadas y estar en hospitales… ¿quién iba a relajarse así? Y tú… con lo de tu hermano.

—Ya.

Zoey rodó y la acarició del muslo. Se quedó de lado en el sofá.

—¿Puedo quedarme a dormir aquí?

—Es tu casa también, qué me preguntas…

—Si me quedo aquí… supervisaré lo que comes —empezó a dar toquecitos en su pierna con el dedo. Mira la miró de reojo y giró un poco la cabeza hacia ella.

—No suelo comer en casa ya, prefiero hacerlo fuera.

—Madre mía, ¿Rumi se cree eso? Qué mentira más patética… —explotó a carcajadas.

—… —Mira chasqueó la lengua y apartó la mirada de ella. Pero Zoey subió los toquecitos con el dedo por su brazo.

—Si me quedo a dormir aquí… quiero que vengas a arroparme. Como cuando estaba malita y no podía moverme.

Mira sonrió. Pero seguía sin mirarla y Zoey se enfadó. De un balbuceo disconforme se sentó en el sofá y le agarró el mentón con la mano, obligando a mirarla.

—Mírame a la cara cuando te hablo, ¡eh!

Mira obedeció y sonrió un poco.

—Perdona.

—Estás pensando en tus cosas negativas… estoy aquí —le encerró la mano—, se me ha hecho muy largo estar sin verte. Y en una maldita cama.

—Ya lo sé.

—Pues… ¡que parezca que lo sabes mejor! —Mira rio un poco. Giró a ella y Zoey fue la primera en rodearla con los brazos, más fuerte. Ambas dieron un suspiro, unidas en un abrazo fuerte. Zoey le acariciaba sin cesar la espalda—. Además, mira lo delgada que estás… ya te vale.

—Es lo de menos.

—No…. porque tú ya eres delgada de por sí. ¿Qué voy a hacer cuando tenga que mirarte con microscopio?

—Aprender a usarlo. Como yo cada vez que te miro a ti.

—¡Idiota! —la empujó riendo.

Rumi las escuchó riendo en el salón y cuando se asomó, estaban jugando. No quería interrumpir una escena así. Ella era principal testigo del estado de Mira; perdió peso por no comer, ni más ni menos, y estar todo el día a base de té y dejadez. A Rumi no le gustaba el camino que había empezado a tomar. Y sabía que el remedio lo tenía justo a su lado.

Lo que empiezo a preguntarme es… si les estoy sobrando yo. Pueden tener una vida preciosa juntas. Y ahora que todo va al son de la recuperación de Zoey, el futuro de Huntrix está raro. Si no siguiésemos adelante, ¿qué les impide independizarse?

Soltó los hombros en un suspiro, intentando relajarse. Salió y les interrumpió.

—A ver, chicas. Necesito saber si Zoey va a quedarse o no. ¿Qué hago con esta maleta?

—¡Eh, que no estoy inválida! Déjala por ahí, ya puedo hacer vida normal —rio Zoey, volviendo a acomodarse en el respaldo. Agarró su móvil y empezó a teclearle un mensaje a su madre—. Le diré que me quedaré aquí. No… no teníais ningún plan, ¿no?

—Claro que no —contestó Rumi. Le guiñó el ojo a Mira, tratando de ser discreta, aunque Mira no la secundó de ninguna manera. Sólo dio un imperceptible suspiro.

No fue fácil convencerla. Al cabo de una extensa llamada de media hora que costó algún grito de parte de Zoey, Leah pareció ceder… por fin. Aquello no fue gratis. Mira se tensaba cuando las oía discutir. Sabía lo difícil que podía ser esa mujer y la sentía como una sombra poderosa, a fin de cuentas era la madre de su novia y un referente en muchos sentidos. Zoey tenía su palabra en alta estima, al igual que ocurría con la palabra de su padre.

Al cabo de un rato, algunos mensajes de Yuna llegaron a su teléfono.

Zoey regresó a la extensa cocina y vio que Mira tecleaba en el móvil. Se asomó sin pudor a cotillear, y vio que Mira se sonrojaba un poco y bloqueaba la pantalla. Al mirarse, la pelinegra sonrió infantilmente.

—¿Era tu mami?

—Sí… ahora nos escribimos.

—¿Qué…? —abrió la boca realmente sorprendida—, Mira, ¡eso es genial! ¿Habláis mucho?

—Un poco.

—¿Y tu hermano? ¿¡Y tu padre!?

—Con Dave también. Con mi padre la cosa irá más despacio. Yo no tengo esperanzas puestas con él.

—¡¡Pero con tu mami sí!! ¡Wah! ¡Me alegro muchísimo! Hehe, qué guay… —señaló con la cabeza su móvil—, desbloquéalo y dile que el finde que viene vayamos de compras.

—No, Zoey… —empezó a reírse al ver que la más baja trataba de agarrarle el móvil a traición. Levantó en alto el brazo impidiéndoselo, pero al ver que Zoey daba un salto para tratar de quitárselo casi le da un microinfarto, bajando la mano rápido—. ¡No saltes, inconsciente!

—Ya puedo saltar… un poquito —juntó dos deditos, mirándola divertida. Mira sonrió nerviosa y escondió el móvil entre sus brazos al cruzarlos.

—La relación con mi familia va despacio y así quiero que continúe.

—Pero… ¿a que te sientes mejor ahora que hablas con ella? Y tu padre… bueno, ya caerá. Seguro que también te quiere y se muere de ganas por contactarte. Pero es un orgulloso.

—Supongo —comentó sin más. Se sentó en el taburete de la isla de la cocina y apoyó los brazos allí—. ¿Sigues tomando pastillas?

—No… ya terminaron los tratamientos. Aunque al salir de rehabilitación algunas veces salgo muy adolorida y necesito algo para el dolor.

—¿Te dan corriente?

—¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

—Me estuve informando un poco… de tu tipo de lesión. Y de lo que ibas a necesitar —alargó la mano libre hasta ella mientras se levantaba de golpe—, me has hecho recordar algo, ven.

Zoey la tomó de la mano y caminó tras ella; se dio cuenta en breve que se dirigían a la mismísima habitación de Zoey.

—¿Por qué vamos hacia mi cuarto?

—Bueno… he… he dormido alguna noche aquí —murmuró por lo bajo, casi entre dientes. Zoey sonrió.

Habitación de Zoey

Al entrar, estaba todo tal cual lo dejó, a excepción de un objeto que al principio no reconoció. Al acercarse, vio que era un cojín de agua caliente, sólo que sin contenido en el interior. Era un osito blanco con un lacito en una de las orejas.

—Eh, ¡¡qué monada!! ¿Es para mí?

—Ah, sí. Sé que es una tontería, pero…

—¡A mí me gusta! Va a juego con tu pijama…

—Sí. ¡Sí, eso mismo! —se echó a reír y agarró el cojín para dárselo. Zoey lo abrazó feliz y eso la hizo sonreír más—. Eres feliz con poco, eh…

—Me lo has dado tú. Para mí ya es especial —convino con una sonrisa dulce. Se separó del cojín sólo para acariciar el suave y rollizo pelo sintético que simulaba el peluche de oso. Mientras lo acariciaba, cayó en algo importante y siguió con la mirada su propio armario. Tragó saliva—. Oye, y… Rumi… ¿te dijo algo más?

—¿Algo como qué?

—Algo… algo como un regalo. O algo así.

—No estoy segura, ¿a qué te refieres?

Zoey comprimió un poco el labio inferior hacia dentro, mordiéndolo con sus dientes. Se lamentó por haber hablado antes de tiempo. Mira estaba un poco gris, se le notaba. No quería siquiera besarla porque todo la hacía sentir culpable. Entregarle ahora el anillo podía hacerla sentir incómoda. Había pasado mucho tiempo desde que lo compró.

Pero ella estaba segura. Tan segura, que echó por tierra la razón.

—Tengo un regalo para ti desde hace bastante tiempo. Y… creo que ya es hora de mostrártelo.

—Un regalo —repitió en voz baja, mirándola a los ojos. Llevó la mirada furtivamente al cojín—; si es por lo que acabo de darte, no te…

—N-no… es… es un regalo que lleva un montón de tiempo en esta habitación. Y… el tiempo ha ido pasando junto a los contratiempos, hasta que se hizo imposible para mí el dártelo.

—Bueno, está bien. ¿Puedo verlo ahora?

Zoey se lo volvió a pensar. No tenía por qué estar errando. A Mira le iba a gustar. Tragó saliva y asintió, empezando a notar los nervios. Las mejillas empezaron a picarle según caminaba hasta cierto punto del armario superior. Se subió a su banqueta y elevó los brazos hasta las bolsas que estaban arremolinadas. Parecían tiradas al azar, pero le calmó ver que seguían así. Porque fue una estratagema para evitar que nadie rebuscara nada allí. Mira se le acercó y la agarró de la cintura para sostenerla, mirando hacia arriba.

—¿Qué buscas ahí? Ten cuidado.

—Hay algunos cojines aquí… y… mi regalommmjj… —hizo un esfuerzo para estirarse, hasta que sus dedos notaron el tacto de la bolsa de terciopelo. Se mordió el labio inferior y logró atraer con los dedos el asa. Pudo agarrar la bolsa, aunque ahora respiraba cansada—. Uf… fiuf. Me cansé.

Está sudando y sólo se ha puesto un poco de puntillas. Pobre. Mira trató de sonreír, mirando de reojo sus piernas. Su musculatura había bajado un tanto, a pesar de los años dedicados al esfuerzo físico. Eso provocaban las lesiones. Mira se obligaba a rescatar rápido su propia mente de aquellos pensamientos, porque no tenían fondo. Siempre que pensaba en la lesión de Zoey recordaba a Ronald, y la culpa aparecía para martillearla antes de volverse a ir corriendo. La dejaba un poco aturdida.

—Venga… baja con cuidado —susurró la pelirrosa, acompañándola a la cama. Zoey se sentó en la cama y le entregó la bolsa con una bonita sonrisa.

—Ábrelo… es para ti.

Mira agarró la bolsa y después de curiosearla un rato la abrió. Sacó de dentro el baúl y tragó saliva. Al abrirlo, vio la carta dorada y el anillo de plata. Se perturbó más de lo que pensaba. Miró a Zoey. Ésta soltó una risa cantarina.

—No te estoy pidiendo matrimonio ni nada… aunque sé que lo parece.

—Un anillo, ¿eh…?

—Es… un anillo que me gustó. Me pareció muy elegante, y tú… lo sabrás llevar, bueno, quiero decir… tu mano es muy bonita también y creo que le quedaría bien así. Ese. Ay, no sé hablar —se tapó la cara con las manos, agitando las piernas. Mira seguía mirándola con fijeza, pero al cabo de unos segundos volvió la atención al anillo. Lentamente. Era precioso. Lo agarró y se lo probó con sumo cuidado, extendiendo los dedos de su mano derecha para observarlo en su esplendor. Tenía una piedra ámbar engarzada. Zoey estaba más colorada, pero fue capaz de retirarse las manos del rostro.

—Es precioso. Me gusta mucho —susurró Mira, sin dejar de observarse la mano.

Zoey suspiró.

—Te queda genial. Todo siempre… te queda muy bien.

Mira entreabrió un poco los labios. Estaba más impactada de lo que su rostro proyectaba. Zoey la miró atentamente, alternando entre ella y su mano.

—Ha pasado ya algún tiempo… no sé si se puede cambiar. Pero, si no te gusta llevarlo… para mí es suficiente con que lo guardes y lo lleves encima.

—Me gusta llevarlo —se apresuró a decir, parpadeando rápido. Sonrió mirándola—. Perdona, yo… no sé muy bien qué decir. Creo que eres increíble.

Zoey se coloreó aún más. Se sintió bien al escucharla, aunque le dio timidez.

—¿Podrías venir a arroparme y darme esta noche un buen beso? —elevó dos veces seguidas las cejas, retándola divertida. Mira la miró con la misma expresión, entre sorprendida y confusa. Zoey se le volvió a acercar a la boca. Y la detuvo—. ¿Estás bien…?

—Sólo quiero que tú estés bien —dijo rápido, en un murmullo. La miró de cerca y negó con la cabeza—. A riesgo de que pienses que no me gustas… o que algo ha cambiado. Mis sentimientos son los mismos. Pero no puedo dejar que lo pases mal por cosas que tienen que ver conmigo.

—¿Y no es más positivo pensar que lo vamos a superar y que nos queremos? Abrázame —sonrió y abrió los brazos, pero Mira pareció turbarse y la apartó.

—No lo entiendes. Gracias por el regalo. Pero quizá deberías volver a tu casa.

Se puso en pie rápido. Zoey sintió que el corazón le latía más rápido, y cabreada y triste se dirigió hacia ella.

—¡Es… e-esta también es mi casa! —replicó. Pero enseguida agachó la cabeza. No quería gritar. Ni volver a sentir esas cosas angustiantes en la garganta ni en el pecho. Había echado mucho en falta a Mira, y no contó con que le negara los besos…

No. Sí que lo contemplé. Sólo que no quise creérmelo. Este tiempo ha estado rara por móvil también.

—Ya lo sé —contestó Mira, en el umbral de la puerta—, te traeré tu pijama. Estaba en esa maleta, ¿no?

Zoey no le respondió. Por unos segundos, tuvo que hacer frente a una oleada nueva de tristeza. Ella tampoco comprendía por qué Mira tenía tanta influencia en su estado de ánimo. Pero era un efecto inmediato que no se hacía tardar. Y llevaba desde que puso los pies allí viéndola algo triste.

—No te preocupes —dijo cuando ya pudo conectar palabras. Soportó la primera oleada de rabia y de tristeza—, iré yo misma.

Mira la siguió con la mirada. Cuando le dio la espalda y se alejó por el pasillo, suspiró y se miró la mano. El anillo era precioso. No se lo esperó. Pero seguía pensando que ella era el mal.

Se quedó cabizbaja hasta que el ruido de los ruedines por la maleta llegó hasta sus oídos. Entonces se despegó de la pared y pasó de largo. Zoey paró un instante al verla caminar por su lado sin mirarla. Pero trató de ignorarlo rápido.

Tampoco quiero volver a comportarme como en el hospital. Debí de parecerle la chica más boba y llorona con la que ha estado. Quizá por eso es que ya teme hasta tocarme.

Al cabo de una hora, Rumi se quedó casi una hora hablando con Zoey, ambas metidas en la cama. Le explicaba también sus propias novedades… y hablaron de Mira. La pelimorada trataba de evitar de más el tema, pero Zoey no paraba de sacarlo, una y otra vez, aprovechando precisamente que no estaba presente.

—Está rara y lo sabes… no es capaz ni de besarme.

—Se ha maltratado mucho la cabeza, Zoey. Día a día. Yo… lo siento… creo que también es culpa mía. No he podido manejar mejor la situación.

—Está hundida, ¿verdad…?

—Ah… eh, Zoey, yo…

—¿Pero qué os pasa? ¿Por qué me ocultáis cosas?

—Verás, ella… le dio una paliza de muerte a Sarah y tuvo que hacer declaraciones en comisaría. Tiene una buena multa porque prácticamente la pillaron infraganti… en fin. Tra-traté de ayudarla pero la pillaron igual. Este «mánager provisional» que tenemos hasta que nos pongan el definitivo no hace mucho… pero bueno, por lo menos sí ha conseguido que todo esto no se haya filtrado a las redes.

—Qué quieres que te diga… la muy víbora quería borrarme del mapa.

—Sí —la acarició de su corto pelo negro—, pero tú estabas debatiéndote entre la vida y la muerte ese día. Zoey. Ella vio cómo te morías… y su madre.

—Me acuerdo.

Y me acuerdo del dolor… nunca había tenido tan claro que estaba pasando al otro barrio.

—Bueno, eso es muy traumático —contempló Rumi, afectada—. Verte no fue fácil. Claro que no quiere verte en esas de nuevo. Y esa hija de…

—Ya será el juicio por eso. Sigo sin entender por qué no come.

Rumi suspiró. No iba a dejar el tema.

—Te quiere demasiado, el hecho de que te pase a ti algo ya es un límite que no puede soportar… y me incluyo —la abrazó tiernamente y pegó su mejilla a la suya. Zoey suspiró correspondiendo el abrazo—. Ahora es tu deber volver a conquistarla.

—Le he dado el anillo… y creo que ni lo ha mirado.

—Que no es eso, Zoey… tiene la cabeza en la culpa. Hay que sacarla de esos pensamientos y ya está.

Zoey y ella permanecieron abrazadas por largo rato. La pelinegra se quedó pensativa.

—A lo mejor le estoy exigiendo demasiado… tengo que dejar de ser tan caprichosa. Voy a ser muy madura a partir de ahora.

—¿Ah sí…? ¿Es una decisión recién tomada así por las buenas o qué…?

—¡Así es! ¡Y nadie me bajará de este burro! —se puso en pie y fue trotando hacia la habitación de Mira.

Habitación de Mira

Mira se había dejado la puerta entreabierta. Al abrir un poco más la rendija, Zoey sonrió con malicia. La tenía en el punto de mira, estaba con los cascos puestos y bocabajo en la cama, y sabía que cuando estaba así se ponía la música a todo trapo. Tomó impulso y se lanzó de golpe a la cama junto a ella, aterrizando justo a su lado. Mira dio un gritito y se quitó de golpe los cascos, mirándola asustada.

—¡Joder…! Tú… en tu maldita línea…

Zoey se rio y se tumbó a su lado, metiendo la cabeza justo en su visual. Ya no podía ver el teléfono. Mira pausó la lista de reproducción y la miró con las cejas alzadas.

—¿He pedido una loca a domicilio…? —preguntó. Zoey volvió a reírse infantilmente y le quitó con suavidad los cascos que ahora rodeaban su cuello, echándolos a un lado. Tumbó ahí mismo la cabeza y llevó la mano a su nuca.

—Te quiero decir algo importante.

—¿Sí…? —Mira sonrió, recorriéndole el rostro con la mirada. Zoey asintió e irguió la cabeza para acercarse a su oído. Susurró, tensando a la pelirrosa.

—Mira… te amo.

—…

Mira no supo reaccionar, sólo estaba hechizada. Como siempre que algo involucraba aquella voz y aquella carita de la que estaba enamorada. Antes de que pudiera hacer o decir nada, Zoey se le acercó más al oído.

—Esta noche me quedaré a dormir en mi cama. No voy a molestarte si no quieres. Porque entiendo que necesitas tu tiempo también. Pero… quiero que te acerques un momento por la noche, me arropes y me digas todo lo que sientes por mí —Mira ajustó una mano a su costado, acariciando esa zona que tan jodida había estado un tiempo atrás. Iba a hablar, pero la pelinegra se le adelantó de nuevo—. Cada vez que me tocas… quiero dártelo todo. Pero… no quiero que hagas cosas obligada… y quiero ser igual de madura que tú. Yo esperaré por ti lo que haga falta.

Mira luchó un poco para calmar su propio cuerpo. Zoey le crispaba los nervios en el mejor de los sentidos.

—Men…

Zoey le tapó la boca con la mano y volvió a tumbar la cabeza, mirándola fijamente.

—Lo que quieras decirme, por la noche. Quiero que lo pienses. Si de verdad no quieres estar conmigo… lo aceptaré. Pero necesito que pienses antes de darme una respuesta final.

Mira recaló en sus ojos con la misma fijeza. Se humedeció los labios y tras unos segundos, asintió sin más. La menor la acarició una última vez en la mejilla y después de sonreírle, se levantó de la cama y se marchó. Mira volteó medio cuerpo y se quedó mirando la puerta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *