• nyylor@gmail.com
  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 45. Independencia moral


George se tomó la mañana libre para pasarla con su hija después de un mes sin verla. Pero llegó al apartamento antes de que las chicas terminaran de desayunar, y entonces, al verlas a todas en pijama, se sintió fuera de sitio. Rumi le desplazó la silla para que se uniera, pero el hombre rehusó con un semblante serio. Mira intentó no mirarle demasiado, por razones obvias. Sabía que no era santo de su devoción y no quería forzar la máquina.

—Zoey, ¿te queda mucho? Puedo esperar abajo en el coche.

—Ay, papá, ya estás viendo que sí. ¡Estoy comiendo! Siéntate en el sofá y espera que me vista.

—¿A ti te parece normal quedar con tu padre y cuando falta media hora estar en éstas? Vístete ya, haz el favor.

Zoey masticó más rápido para acabarse la tostada. Se palmeó las manos y se levantó apurada, aún con la comida en la boca. Rumi y Mira se echaron una breve miradita sin intervenir. Siguieron con el desayuno.

Para más inri, George permaneció allí de pie, con su chaqueta en la mano… sin intervenir más. Era un hombre entrado ya en años, y su semblante era como el de un cuervo impávido. Mira, incapaz de aguantar el silencio tan prolongado, atrajo el móvil con los dedos y se puso a ver reels. Entonces George la miró. Mira no le suscitaba buenos sentimientos. En realidad, su aura de superioridad y chulería le daba asco. Era justamente el tipo de personalidad en el que no quería ver convertida a su niña.

Niña… por llamarla de algún modo. Esta lesbiana ya le habrá robado la poca inocencia que le quedaba. Ts, mírala.

Mira cruzó miradas con él un solo instante. Aunque sus ojos no tenían la misma fuerza que los de Leah, sintió en ellos el mismo tipo de recriminación no verbal.

Este es otro completo gilipollas, pensó ella.

Hizo una bolita con la servilleta y la lanzó, terminando su tostada. Soltó un pequeño suspiro y se puso en pie recogiendo los platos.

No me gusta nada de ella. Ni sus formas, ni su estilo, ni su forma de mirarme. En fin… ya se dará cuenta del tiempo que está perdiendo. En cuanto a esta fresca, me es indiferente.

George la recorrió de arriba abajo cuando se dirigió a la cocina. Rumi se fijaba en él en ese momento, incómoda. Casi devoraba a Mira con la mirada, y no precisamente en el mejor de los sentidos. Sentía su ira.

Lo que hace la ignorancia… madre mía. ¿Este tipo también les hará la vida imposible?, pensó Rumi.

—Ya estoy. Ya estoooooy —se escuchó la voz de Zoey a lo largo del amplio pasillo. Pero Mira la agarró del brazo a mitad de camino y la frenó, encerrándole la cintura. Eso sumió a Zoey en una pequeña encrucijada. George las miraba atento, desde su lejanía.

—Que te vaya muy bien… cariño —murmuró, dándole un beso en los labios. Zoey se sintió traicionada por su propia mente, pues pensó en quitarle la cara en el último segundo… pero no lo hizo. Sabía que era el hechizo maldito que sus padres ejercían sobre ella muchas veces. La confundían. Esa vez le devolvió el beso y, aunque algo nerviosa, le sonrió. Al distanciarse, Mira miró a George y le sonrió. Sabía la rabia que le estaba provocando al ver aquello…

—Vámonos, papá… no te quiero hacer esperar más.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe, Zoey? —preguntó Mira, con algo de diversión. Zoey se puso más nerviosa y negó.

—Anda… ya otro día, que tenemos que salir ya.

—Yo no tardo nada, ¿eh? —murmuró cruzándose de brazos. Rumi se puso en pie y al pasar por el pasillo le dio un codazo a Mira, con disimulo. Le susurró.

—No tenses tanto la cuerda, haz el favor. Vas a hacer que ella lo pase mal.

Zoey, ya más alejada con George, bajó también el tono.

—Papá, si quieres vamos los tres. Si es que no te molesta, claro.

—¿A ti te parece que ya es poco lo que estoy aguantando en este momento? Ya sabes perfectamente lo que pienso.

Zoey tomó aire profundamente y asintió, agachando la cabeza.

—Está bien, vámonos.

—Sí, vámonos antes de que se me quiten las ganas. Date prisa y baja al coche.

Zoey se ajustó mejor la mochila y se cerró el abrigo. George negó varias veces con la cabeza y trató de situarse, pero no pudo. Cuando se fijó mejor en Zoey, recaló en su cuello. Y sin siquiera preguntarle, llevó la mano al cuello de tela con el que lo cubría. Zoey se alertó con una rapidez gatuna, digna de una luchadora, pero eso no hizo sino alertar más al hombre.

—Tranquila. Me pareció verte una herida.

—No… anda, vámonos ya.

—Enséñame qué tienes ahí —trató de volver a descubrirle la piel, pero Zoey rehusaba. Las chicas se giraron a ver aquello al escucharlos. Mira sintió una punzada de nervios abrupta al entender enseguida lo que quería ver y descruzó los brazos. Pero ninguna llegó a hacer nada más que frenarse. Cuando George reconoció el tipo de marca que tenía, sin siquiera esperarlo él mismo, levantó la mano y la abofeteó con fuerza, haciendo que Zoey diera un gemido de impresión. La fue a agarrar por segunda vez para colocarla y volver a golpearla, pero cuando levantó esta vez la mano, otra mano le frenó de golpe la trayectoria. Mira ahora le devoraba con otra expresión.

—No.

George se zafó de ella y la encaró fríamente.

—¿¡Pero tú qué clase de enfermedad tienes en la cabeza!? ¿No tenías ya bastante con aprovecharte de ella, que tienes también que humillarla de esta forma? ¿¡Eh!?

—… —Zoey intentó intervenir, pero estaba en shock. Le ardía la mejilla de la fuerza con la que acababa de pegarle. Llevaba años, muchos años sin recibir una bofetada de él, y entonces era poco más que una niña. Pero jamás le vio perder los papeles hasta aquello. Enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas. En cambio Mira le contestó.

—Entonces pégame a mí —murmuró, toscamente. Se coló entre medias de ambos. Era más alta que él. Inclinó intimidantemente su rostro y se le acercó para provocarle—. Yo no tengo ninguna marca. ¿Me la quieres dejar tú?

George estuvo a punto de hacerlo. La miró y movió el brazo hacia ella, pero esta vez Zoey sí pudo reaccionar a tiempo. Les empujó a los dos para distanciarlos.

—¡Basta! Ya… ya basta. Papá… vamos… vamos antes de que me cabree yo.

—No, Zoey —replicó Mira—, no puede maltratarte así.

—Pero tú sí puedes maltratarla así, ¿no? Porque sarna con gusto…

—Oye, puto imbécil…

—Mira. BASTA YA.

Aquello sí frenó a Mira. El grito de Zoey. Iba dirigido a ella. Pero no se rindió. La pelirrosa la agarró de repente de los dos brazos y los frotó, inclinándose a ella. Susurró apartándola a otra esquina.

—Por favor, no aguantes esto. No quiero que te pegue y que se lo permitas, es tu padre… no tu dueño. Y si te tienes que distanciar de él…

—No quiero que mi relación sea como la que tienes tú con tus padres, ¿vale? Así que… respétalo.

Rumi escuchó aquello último y lo lamentó profundamente. Mira tragó saliva.

—Ya… ya lo sé… pero… Zoey, él…

—Ya lo sé. ¿Crees que tengo ganas de salir después de esto? Claro que no. Pero… ojalá fuera todo salir huyendo y ya está. Yo no puedo hacer eso. Respétalo… no hace falta que te lleves bien con él.

Mira se entristeció enseguida. Le dolía escucharla, y también que se fuera a la calle con ese idiota dadas las circunstancias. No pudo evitar volver a retenerla del brazo, atrayéndola hacia ella.

—No quiero que te pegue, hablo en serio. Sé que es por mi culpa… pero es un poco desmedido, ¿no crees? No eres una niña.

—Hablaremos después. Deja que lo saque ya de aquí.

—¿Pero de verdad quieres seguir saliendo a la calle con él?

—Sí.

Claro que no. Menudo hostión me ha dado, quiero irme a llorar a mi cuarto.

Mira chasqueó la lengua, ignorante de esos pensamientos. Suspiró mirándole la mejilla enrojecida.

—De acuerdo. Lo siento.

—Tenía que haber escogido un cuello más alto.

—ZOEY —se oyó desde el salón, más molesto—, ¿vas a salir o no? Sabes que tengo el tiempo contado.

—Voy —alzó la voz.

Centro comercial

El viaje en coche estuvo, como temía, tan silencioso que terminó de crear la tensión.

Bajaron y luego cruzaron un par de frases antes de empezar caminar rumbo a alguna cafetería que no estuviera atestada. Y luego, más silencio. Zoey sentía cómo su padre dejaba sobre sus hombros el peso de llevar la conversación. E iba a hacerlo, tal y como esperaba de ella, charlando de cualquier tema para llevar el foco a otra cuestión, la que fuera, que no implicara una discusión. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, se frenó. Mira se instauró en su cabeza con ese halo de preocupación. Y también Leah. Su madre no era el mejor ejemplo en aquellos casos. Pero se estaba dando cuenta, por primera vez, de que sí que tenía algo de razón en algo. Había discusiones y enfrentamientos que no se podían posponer o maquillar. Zoey cerró los ojos un instante, para coger fuerzas.

—Papá.

—Qué.

Qué seco…

Zoey carraspeó y tomó asiento en la primera cafetería que se les cruzó. Sin mirar cuál era. Él frenó también, mirando curioso su elección.

—Aquí mismo, me da igual. Siéntate.

—No creo que aquí preparen buen café. ¿Por qué no vamos al d…?

—¡Aquí mismo! —le gritó, pero trató de calmarse enseguida. Se apretó las manos con nerviosismo y le miró. El hombre la miró con una seriedad renovada, pero se sentó.

—Bien. ¿Por qué te exaltas?

—Bueno. Ve-verás… yo…

—¿Qué quieren de tomar? —un camarero les arrasó de golpe, Zoey iba tan nerviosa que dio un respingo. Pidió una infusión, y su padre un americano. Cuando el camarero se alejó lo suficiente, Zoey se apoyó despacio sobre la mesa y bajó la mirada.

—¿Por qué… por qué me has pegado antes?

—¿Cómo que por qué? —el hombre, pese a su enfado, ahora parecía más en sus cabales. Tomó una voz serena—, Zoey, sabes perfectamente que eso no es normal. Ni si te lo hace un chico. No puedes ir por ahí luciéndote como una vaca marcada. Es indecente.

—No iba a hacerlo, trataba de ocultarlo. Pero es algo que pasó.

—¿Cómo no frenas eso cuando te lo están haciendo? ¿Has perdido el norte ya del todo?

—Porque… —tuvo que mentalizarse para decir aquello delante de aquel hombre tan mayor—, me gustó. Y ella no quería hacérmelo tampoco.

—Sí, seguro que eso te dice… que fue sin querer, «ay, fue sin querer…», esa chica te va a llevar por muy mal camino, Zoey. Vives con ella. Sabes qué formas tiene.

—¿Qué formas, papá…? Ya te intenté hablar de ella. No me crees.

—No es, ni de lejos, la vida que tú soñaste. Hemos hablado de estos temas antes.

—Los sueños cambian.

—¿Ah sí? ¿Intentas hacer que me crea que este sueño tuyo de un marido guapo y muchas hijas en casa ha cambiado porque… apareció una tipa?

—Simplemente… cambian. Ya sea por ella o por otras circunstancias.

—Ya —asintió y guardó silencio. El camarero les traía el pedido y eso les llevó una pausa. Les puso además unas pastas para acompañar, y el hombre respiró hondo cuando por fin se marchó—, qué irónico que sólo haya cambiado ese sueño, ¿no?

—No. No es el único que ha cambiado —se mantuvo firme, pero esta vez le miró a la cara—, estuve muchos años rezando para que tú y mamá volvierais, créetelo o no. Ese fue mi sueño mucho tiempo. Me faltaba aún un poco de sentido común y madurez para entender que eso nunca iba a pasar.

George guardó silencio, un poco más herido. Tragó saliva.

—Es cierto. Las cosas a veces no salen como uno quiere.

—Entonces me centré en mi carrera exclusivamente —siguió, volcando cuidadosamente la tetera en su tacita—. Y sí. Mira me gustó. Tampoco fue algo… inmediato. Pero una vez que me fijé en ella, fue a más. No sé. Pasé por un periodo de obsesión o algo. Lo llevé en secreto hasta que reventé.

—Eso ah-…

—Así que no digas que es ella la que me lleva por mal camino. Siempre fui yo. Siempre yo. La que se declaró, la que se imaginaba cosas, incluso la que hizo mal mintiéndole y luego diciéndole que no me interesaba… o fingiendo en cámara que aquella foto era falsa… he tenido mucho tiempo para pensar estando con mamá y tirada en la cama. Creo que si a mí me hubiese pasado todo eso me hubiera puesto muy triste y no querría saber nada de ella.

—Per-…

—Déjame, estoy hablando yo —interrumpió rápidamente. Apretó la taza—. Papá, es mi novia… yo se lo pedí. Más de una vez. Y si sale mal, estoy segura de que las dos lo pasaremos fatal, y necesitaré el cariño de mis padres. Porque si no… se sentirá mucho peor.

—No apruebo esta relación. Ni la aprobaré jamás.

—Uh… —Zoey sintió un auténtico golpe bajo. Sintió ganas de desvanecerse de repente, un mareo que nacía de la ansiedad. Pero se obligó a mantenerse recta. Y le miró con más fijeza—. Yo… no te estoy pidiendo permiso. Ni tu aprobación.

Entonces George se mostró más sorprendido. Pero al verla buscar la billetera entre sus cosas, se alertó del todo.

—¿Qué haces, hija?

—Irme. Me tomaré un taxi.

—Si acabamos de llegar… —el hombre bajó la mirada a sus manos. Estaba nerviosa, y su cara lo decía todo. Puso su mano encima y frenó los movimientos—. Zoey.

—Es que… si no me quieres apoyar… ¿qué puedo esperar? —murmuró, poniéndose mal.

—Venga, tampoco hay que llorar. Eres muy quebradiza, hija.

—Porque ya es mucho tiempo luchando. No han dejado de pasarme mierdas; Mira me quiere… de verdad que me quiere. Ni siquiera eso podéis respetar. Ni tú ni mi madre. Lo único que quiero es saber que vais a apoyarme, y que cuando esté mal pueda tener algún respaldo. No quiero estar en la misma situación de ella, donde sus padres son como el hielo, la dejarían caer a un precipicio sin importarles una mierda, todo porque… ¿por qué? ¿Por qué le gustan las mujeres? En su caso es mucho peor. Ni siquiera respetan que quiera hacer música y bailar. Nunca pude imaginarme el dolor que tiene que ser que te abandonen hasta en tu propia casa, donde te has criado. Pero ahora estoy empezando a saberlo.

—Zoey, para de hablar.

Zoey paró de hablar. En realidad, ya no tenía nada más que decir. Se había vaciado y se sentía de alguna manera liberada… pero por otro lado, estaba taquicárdica. Jamás se había puesto en pie de guerra así, siempre agachó la cabeza. Eso se lo había contagiado Mira… y también las últimas experiencias. Sí que le quedaba algo más por decir.

—Esto mismo que te he dicho se lo diré a mamá. Si no me queréis respaldar… no… no lo hagáis. Yo… no voy a suplicarlo. Este es un buen momento para decirme si puedo contar contigo o no. Papá.

El hombre tragó saliva. Se dio cuenta, un poco asustado, de que su hija tenía una expresión que jamás le vio. Había crecido sin duda. Y tenía autonomía. Pero cuando pensaba en Mira…

¿Por qué tiene que ser con esa chica…? Es una prepotente. Odio su actitud.

—¿No puede ser con otra chica…?

—¿Qué? —soltó una risa. George negó.

—Esa chica es problemática. Lo sé con sólo mirarla.

—¡Que no es así! Es lo que parece. No te quedes con lo que parece… ya te lo dije. Es muy cariñosa.

—Y me estás diciendo que si no apruebo la relación, vas a… ¿vas a qué?

Zoey tragó saliva.

—Yo no «voy a» nada. Simplemente… simplemente esto no es una conversación para pedirte aprobación. Voy a estar con ella. Te… te guste… os guste o no. Ya soy mayor y puedo decidir. Al igual que vosotros… si no me queréis apoyar en algo así, se convertirá en tema tabú y ya. Pero no voy a renunciar a quien amo.

—Me queda claro.

Zoey asintió débilmente. Se prolongó otro silencio, que ya no fue cortado por nada.

Apartamento Huntrix

—Pues sí que parece que se los haya tragado la tierra… ya no hay noticia alguna de sus paraderos.

Mira jugaba aburrida con la consola. Al escuchar a la pelimorada, habló con el mismo aburrimiento.

—Nadie los ha secuestrado. Se fueron porque sus trapicheos con el gilipollas de Ronald seguramente se fueran al traste.

—¿Crees que los tenían?

—Ahá —se estiró—, aunque eran sólo figurantes. Porque conmigo nunca llegó a hablar ninguno. Pero con Zoey y contigo, sí.

—Se ve que les dabas miedo.

—O que me vieron más difícil de manipular. Menudos bobos… ni que alguna de nosotras fuera a caer —soltó una risita desganada. Rumi también se rio, aunque se sintió más falsa.

—Sí… claro.

—¿Qué te parece eso de que no nos repliquen bien?

—Mi tía Céline no sabe mucho al respecto. Ha visto y sabe que hay demonios que lo han intentado, pero normalmente… fallan y se volatilizan. Mueren antes de que la réplica sea estable.

—¿Por qué pasará eso…?

—Porque estamos hechas de otra pasta, está claro.

—Pero replicaron muy bien a Dae-ho —musitó la pelirrosa, más pensativa—, engañó a Zoey, que era la que más tiempo pasaba con él.

—Nos engañó en el físico. Pero sabíamos que algo no iba bien.

—¿Y has sabido algo de la hermana?

—Dimitió —murmuró Rumi, haciendo una mueca con los labios—, de hecho, dejó la industria del todo. No quiere trabajar en nada relacionado con este mundo.

—Esa zorra… me miraba mal siempre.

—Mira —bajó su revista riendo—, muchos te miran así después de ver cómo tú los miras.

—Mentira. Soy adorable… con quien tengo que serlo.

—Bueeeeno, bueeeeno… tus fans te quieren así.

Se hizo un silencio. Hasta que a Rumi la despeinó con un cojín directo a la cabeza.

—¿¡Cómo que «así»!? ¿Qué quieres decir? —empezaron a reírse. De pronto sonó el móvil de Rumi. Descolgó la llamada entre risas.

—¿Sí…? Ahm… ¿cómo te llamabas…? Ah, sí —bajó el móvil y susurró a Mira— es el mánager ese provisional que tenemos… siempre se me olvida el nombre.

—Yo tampoco me acuerdo.

Rumi regresó la atención a la llamada y cruzó unas cuantas frases con él. Después, colgó y se puso en pie.

—El tipo dice que la semana que viene retomamos las nuevas coreografías y los horarios de estudio. Ha dejado en el aire lo de retomar el programa grabado… porque es algo de lo que se encargará el nuevo representante y mánager.

—¿Éste tira la toalla, o qué?

—Creo que se irá con otro grupo de idols —hizo otra mueca y dejó el móvil en la mesita—, ¿crees que Zoey está preparada para bailar?

—Claro que no. Aún no puede dar saltos fuertes. Sigue en rehabilitación.

—Genial, se avecinan las primeras disputas con alguien que no conocemos —Rumi se lanzó de espaldas al otro sofá, dando un sonoro resoplido.

—Ya me encargaré yo de dejarle claro todo al nuevo.

—Relaja un poco. No lo asustes, a lo mejor es… bueno. Una mejor persona.

—Yo no entiendo por qué siempre tienen que ser hombres los que nos representen. ¿Conoces a alguna mánager?

—Mánager mujer. En Corea —soltó una carcajada—, olvídate, baby.

—Hombres ineptos por todos lados, eso es lo que veo…

—No puedes decir que Dae-ho era mal tipo…

Mira reculó un poco y miró al techo, suspirando.

—Lo sé. Pero ese maldito demonio ha logrado corromper la buena visión que tenía de él. Hacia el final, ya me parecía un demente.

—Eso no fue su culpa.

Ambas se quedaron pensativas. Mira tomó aire más largamente y dejó la consola, abandonando del todo la partida. Cuando desbloqueó el móvil, se humedeció lentamente los labios.

—Rumi.

—¿Hm?

—¿Crees que Zoey lo aguantará?

—¿A qué te refieres?

—A la presión de sus padres. Ellos no aprueban nada relacionado conmigo. Antes había buena relación, y ahora que saben que soy lesbiana y estoy con su hija… bueno.

—Si no lo hacen a largo plazo, son unos estúpidos. Pero… si me preguntas por lo que creo que pasará… pienso que a futuro van a aceptarte. A aceptar la relación por completo. Porque la quieren.

—Ya. Esperemos que sea sin condicionantes.

Rumi sonrió un poco y se abrazó las piernas; mirar a su amiga con aquella carita de inseguridad era relativamente nuevo.

—Para mí fue un shock, y más de la forma en la que me enteré. Pero… ahora que ha pasado un tiempo y he visto todo lo que habéis pasado… bueno. Me queda claro que es una relación fuerte. Se nota cuánto os queréis.

—Ya… jaja… —Mira desvió la mirada. Rumi soltó una carcajada.

—Siempre te pones colorada, eh. Con estos temas… y eso lo descubrí este año. ¿Nunca te habías enamorado antes?

—No de esta manera. He tenido mis líos, pero… ella…

—¿Fue desde siempre? —se tumbó bocabajo, para estar más cerca suya. Mira la miró un instante y se concentró.

—No, la verdad. Al principio sólo me pareció una chica mona. Ah, ni siquiera tenía veinte años… y después de donde yo venía, me parecía sólo un microbio feliz que no se enteraba de nada.

—Wow… duras declaraciones —rio Rumi.

—Es que ella… no tenía la misma madurez que tú. O al menos yo no lo percibí así. Tú eras como su madre, la dirigías, la aconsejabas… en fin. Y ella necesitaba esa figura materna de algún lado. ¿No te has dado cuenta?

—Un poco, aunque no lo he analizado tanto. ¿Crees que me veía como su madre?

—Pero si te pedía permiso para todo… Dae-ho también me contaba algunas cosas. Zoey te imitaba mucho porque te idolatraba —Mira sonrió con cierta ternura—, quería hacer las cosas bien. Tú debutaste antes y tu experiencia ella no la tenía.

—Ya, ya… a ver… sí que me seguía un poco al principio… pero siempre ha tenido ese toque suyo.

—Sí. Pero siempre ha necesitado alguien que le diga un poco qué hacer. Cuando ya entendió el negocio, desplegó las alas. Fue así.

—¿Qué pensabas de ella? Dime la verdad… profundiza en ese… «me pareció mona».

Mira puso morritos, resituándose a dos años atrás. Se conocieron de una forma bonita, porque a Higgins le interesaba el rango de voz que Mira proporcionaba al trío. Las armonías de cada canción ya estaban pensadas, pero sólo Mira podía cumplirlas. Cuando la pelirrosa entonces tenía veintidós, igual que Rumi, y Zoey era conocida por su rápida lengua en el rap americano. No hubo pensamiento lascivo alguno al conocerla. Le pareció tierna, y pese a los dos años de diferencia, notaba un abismo entre su mente y la suya. Como estar en distintos lados de una infinita brecha.

—La vi en otra onda. Me pareció una chica muy feliz, y yo estaba… en ese momento muy deprimida. Sólo pensaba en que ninguna me lo notara hasta que pudiera levantar cabeza.

Se puso a trabajar justo después de que Ronald intentara aquello… dios.

—No sé cómo lo lograste… pero lo lograste. Nunca me pareciste deprimida. Ahora que reflexiono, puede que porque no te conocíamos en profundidad.

—Porque quería trabajar en todo momento. Tú eras una mente organizadora, nunca se te olvidaba un solo horario de la agenda. Y Zoey era muy activa, estaba siempre haciendo las cosas con tantas ganas… fue más fácil gracias a las dos. La verdad —curvó sin darse cuenta una pequeña sonrisa—. Y… un poco más adelante, cuando ya empecé por fin a sacar la cabeza del hoyo, sí que empecé a fijarme en ella. Pero porque es muy cariñosa. Me abrazaba mucho y siempre estaba contenta, parecía tener la mente muy sana… le cogí mucho cariño. Me pareció mona, sí, me pareció guapa. Pero no fue hasta que ella me dijo sus sentimientos en la fiesta que pude permitirme sentir lo mismo. Antes… era como si…

—¿Como si…?

—Como si lo tuviera prohibido. No sé. Era demasiado bonito para ser real. ¿Por qué iba a fijarse en mí? Quiero decir…

—¿Bromeas? ¡Ah, venga…!

—Me sacó de la realidad cuando me lo dijo. No sé. No me lo podía creer. Ella estaba borracha. Dios —cerró los ojos y soltó una boba sonrisa—, encima me besó de aquella forma… creo que me enamoré hasta el fondo en dos segundos.

Rumi sonrió y le dio una patadita, moviéndole las piernas.

—Es raro verte tan pillada. Tú también estás muy mona…

—Buhg… cállate mejor —rio frotándose la cara con las manos—. Yo no he vivido antes esto con nadie. No con esta intensidad.

—Oye, y… ¿en algún momento no os querréis ir a vivir juntas?

Mira se retiró las manos y negó con determinación.

—Creo que la situación cambiaría más de lo que crees… sin ti. Esta relación es nueva. Y aunque la quiero mucho… —frunció los labios, negando con la cabeza—, no es el momento.

Había ya pensado en aquello multitud de veces. Ahora que se habían reunido, hablaron de la banda. Las tres coincidían en alargar su contrato con BRETT otros tres años. Tres años en los que debían vivir juntas… las tres. No podían separarse, porque dificultaba toda la agenda del grupo. Mira lo vio mejor así.

—Hay algo que me asusta un poco —prosiguió la pelirrosa.

—¿De Zoey?

—De su comportamiento. No sabe gestionar los celos. Le acobarda que… no sé. Que la sustituya.

—Y ya sabes por qué.

—Ah, joder… —puso los ojos en blanco, meneando la cabeza—. ¡Me miró el móvil! ¿Eso te lo contó?

—Ajam. Me lo contó —asintió, divertida—, tú lo hiciste en su día. Yo me acuerdo.

—Eso te lo cuenta para excusarse. Yo no le miré ninguna conversación —suspiró, medio riendo—, tendrías que haber visto la cara de perro degollado que me puso cuando la pillé registrando mis conversaciones. ¿Qué se supone que tengo que hacer con eso?

—Lo único que te dije que hicieras con ella, lo hiciste bien. Ponle límites.

—Sí, bueno…

Le puse los límites cuando pude. Es muy difícil decirle que no cuando me ruega por sexo, pensó con algo de culpa.

—¿Sí, bueno?

—Lo hice. Pero es lo que te digo, ahí se nota la falta de experiencia. No tiene ni idea de cómo reaccionar cuando pasan ciertas cosas. Y pues así mismo es como actúa, como una niña. Ha tenido alguna pataleta que, bueno… para mí se queda.

—Ella ya sabe que lo haces por su bien.

Mira suspiró.

—Bueno. ¿Y tú? ¿qué me dices de ti?

—A mí… me gustaba un poco Jinu.

Mira abrió los ojos.

—Me lo figuraba, joder.

—Era imposible —se encogió de hombros—, no he vuelto a saber más nada de él… imagino que se ha retirado a su… submundo. Quizá le vuelva a ver el careto algún día.

—Estoy segura de que volverá. Los tíos siempre saben volver para tocar los cojones.

La puerta sonó atropelladamente, haciéndolas dar un respingo. Mira levantó primero.

—¿¡Quién mierda es!?

—¡Mira…! —susurró Rumi, regañándola por lo bajo.

—Aquí nunca toca nadie la puerta —murmuró la pelirrosa, levantándose de mal humor. Al mirar por la mirilla, vio a Zoey quitándose las lágrimas y se asustó.

Hall

Zoey saltó abrazando a Mira de golpe, y escondió la cara en su hombro. Mira la abrazó de vuelta algo asustada. Asimiló un poco su estado, inspiró hondo… y la acarició de la cabeza. Susurró.

—¿Es por tu padre, va todo bien?

Zoey asintió varias veces sin responder. La otra giró el cuerpo sin dejar de abrazarla, encontrándose con la mirada preocupada de Rumi también, que las miró con algo de distancia.

—Qué pasa, cuéntamelo —insistió Mira.

Zoey se separó unos centímetros y se retiró las nuevas lágrimas. Habló con la voz gangosa.

—Nada, sólo le he dicho… que yo no le estoy pidiendo permiso a nadie. Que voy a estar contigo y que si quiere apoyarme, bien, y si no… también.

Mira apretó sus brazos alrededor de su cintura, conmovida. La besó en su mejilla húmeda.

—Tranquila. Ya verás que lo aceptan. Dales… dales un poco de tiempo.

—Exacto —dijo Rumi, acercándose a las dos—. Está muy reciente todo aún… paciencia.

Cuando las miradas de Mira y Zoey se encontraron, la pelirrosa le quitó con cariño la humedad de las mejillas.

—¿Has comido?

—¿Eh…? —preguntó Zoey, descolocada y triste. Mira sonrió.

—Vamos a comer algo. ¿Quieres?

—Sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *