CAPÍTULO 48. El paso previo a la libertad absoluta
Paulina sabía que algo malo pasaría. Las aguas no estaban calmadas por mucho que lo parecieran; el hecho de que los Belmont no hubieran tomado represalias todavía era una buena explicación. Pero los días pasaban, las semanas… y la tensión del clan se hacía más intragable.
Su tío, Suto Ellington, había pretendido asesinar a balazos a Eric y Kenneth Belmont pillándoles de improviso. Sospechaba de ellos como los asesinos y mandatarios de lo que había quedado de la prostituta que más dinero generó los últimos meses. Ahora temblaba, porque sospechaba que sólo era cuestión de tiempo que también dieran con la otra puta a la que atesoraba. Trató de fulminar esa posibilidad de su cabeza y centrarse sólo en los hechos. La prostituta fallecida fue reducida a piel y sesos desintegrados. Cuando la encontraron, vieron una expresión en su cara que jamás olvidarían ni ellos ni los funcionarios implicados en inmortalizar la escena del crimen. Definitivamente había sufrido. La familia lo tomó como una sosegada provocación hacia sus negocios.
Pero Paulina estaba reacia al respecto. Los Belmont no ganaban nada con aquella muerte más que tocar los cojones. Una divertida provocación más, que acabó con los lamentos de su tío Suto.
—De los dos, Kenneth es más fuerte. Eric no entrena sus habilidades, está casado y entra a Yepal sólo si le llaman. El menor de los chicos, Roman, tampoco es fuerte. Podría ser un buen ataque ir a por el eslabón más débil.
Paulina escuchaba sin decir nada la conversación de sus superiores -y parientes-. Maurice discutía con su hermano Suto los pormenores, pero se palpaba el dolor de la pérdida monetaria en éste último.
—Estaba muy bien entrenada. Era la más cotizada entre los fetichistas —murmuró Suto, molesto.
—No va a ser su único movimiento. Deben de estar preparando algo y hay que ir con cuidado. Ésta quizá sólo era una estúpida llamada de atención —comentó Paulina.
—¿Y qué me dices de su hija? —preguntó, ignorando a su sobrina. Le dedicó una mirada enfermiza a Maurice—. Es la que tiene más protegida. La menor. ¿Qué te parece responder a su bromita de mal gusto con la sangre? Sabrían que vamos en serio.
Paulina trasladó la mirada a su padre, sin hablar pero atenta.
—¿Es el ojito derecho de Ryota?
—Al menos, sé que es el de la madre. También podríamos centrarnos en la madre.
—A las madres no —zanjó Paulina, molesta. Maurice y Suto la observaron pensativos—. Las madres no se tocan, ni los bebés.
—No iremos a ninguna parte con sentimentalismos —masculló Maurice. Suspiró y miró a su hermano—. La hija irá este año a la universidad, es lo último que supe. Entrará un año adelantada. Se especula que ha habido traspaso de acciones hacia los Rockwell, pero no tengo noticias de por qué.
—No lo sé, hermano. Céntrate en lo importante. La venganza.
—Son acciones importantes —apreció Paulina, uniéndose a su padre—. Si les ceden más, me parecería hasta impropio de ellos. A lo mejor obtienen la droga de un nuevo conducto. Porque lo que está claro, es que el negocio de los vehículos será de los Belm…
—Deja hablar a los hombres, niña. ¡Cierra la boca de una vez!
—Cálmate, Suto… cabreándote no arreglarás nada —le dijo Maurice.
—Si hubieses visto cómo la dejó… no tengo palabras para describirlo. Y no puedo estar calmado. También puede hacer daño a tus hijas, ¿sabes?
—Lo sé. Intento velar por ello a cada minuto. Pero te noto demasiado implicado. Tienes miedo de que den con la otra chica, ¿no? La otra puta que te gusta.
Carmella puso los ojos en blanco al ser partícipe del cariz de la conversación. Miró a su introvertida hermana mediana. Elina, que nunca hablaba ni se metía en berenjenales de ningún tipo, tenía un halo de preocupación mientras oía descargar a su tío.
—Tenemos un buen arsenal. ¿Po qué no intentamos lo mismo de Navidad pero con su mansión?
—¿¡Te has vuelto loco…!? —Paulina frunció las cejas, casi cabreada—. ¿No viste la que nos cayó encima en los propios barrios marginales? ¿Cómo crees que se defenderían de un ataque en su propia casa?
—¡CIERRA LA BOCA! —chilló Suto, enfrentándola. Paulina se puso de pie a su altura y le devolvió el grito.
—Por eso nunca serás líder de esta casta, ¡tienes el cerebro de adorno!
Suto descargó una bofetada en su sobrina que la hizo caer de golpe en el sofá. Roja de ira, la chica trató de echársele encima hasta que Carmella intercedió con un seco movimiento de la mano. Las manos de ambos contrincantes dieron a parar de bruces con una placa ondulada y verde que apareció frente a ellos, y que ralentizó sus movimientos.
—No arreglaréis nada así —dijo sin mirarles. Cuando notó que bajaban las manos, chasqueó sus dedos y las ondas desaparecieron, regresando como arenilla a los poros de su piel.
—Además, no tienes ningún poder… no deberías tener voto en esta familia —apretó Paulina.
—Soy el que controla todos los negocios que tu padre echó a perder cuando falleció vuestra madre. Porque desde entonces, ¡es un inútil!
Maurice cerró los puños, contenido. Y Paulina sintió una punzada en el pecho. No podía soportar, ni siquiera pensar, el recuerdo de su madre. Era demasiado doloroso. Demasiado reciente.
—Vámonos, Elina. Vamos a dar una vuelta —dijo sin más, cruzando el salón. Elina suspiró y sin rechistar fue tras su hermana.
Exterior
—Van a pillarnos. No sé cómo… ni sé cuándo… pero…
—Paulina, tranquilízate… —Elina la tomó de la mano—. Sé que estás tensa desde hace mucho tiempo.
—¿Cómo quieres que esté? Echo de menos a mamá… ella sabía manejar mucho mejor todo esto. Y en el fondo, tío tiene razón. Papá tiene la cabeza en las nubes desde que ella murió.
—Y quién no —dijo en un hilo de voz, bajando la cabeza—. No podemos vivir siempre así.
—No tuve que dejarme llevar por la rabia… ni por Carmella… ni por papá —se frotó la sien—, todo por echar unos muros debajo de esos cretinos. Tengo la corazonada de que nos va a salir caro. Elina, tú… por lo menos tú… me vas a escuchar, ¿verdad?
Su hermana le sonrió con dulzura.
—Sí. Me fio de tu criterio, te pareces a mamá más de lo que crees.
A Paulina se le iluminó la mirada. Abrazó a su hermana con fuerza.
—Bien… deberíamos mirar las fechas señaladas donde hay compromisos de familia. Y maximizar la precaución. Creo… que será en uno de esos compromisos donde puedan hacernos algún daño.
—Está bien. Ya contábamos con ello de todos modos.
Paulina suspiro, saliendo un poco del abrazo.
—Me gustaría investigarles más… incluso retarme a un duelo contra alguno de ellos. Me siento fuerte, Elina —la miró fijamente—, mi sello ha madurado mucho. Es posible que porte una mutación que nos haga ganarles… y que se tengan que arrodillar ellos. Por una vez.
—Esas pretensiones son peligrosas, Paulina…
—No quiero que el día de mañana nuestros hijos vivan a su sombra.
—Yo… no creo que tenga hijos.
Paulina la miró algo asombrada.
—¿Ni uno?
Elina negó con la cabeza. Pero de pronto, Paulina la miró con una expresión más maliciosa y sonrió pícaramente. Le pellizcó la mejilla.
—¿Segura, hmmm…? Yo juraría que te he visto tonteando con un chico hace ya tiempo…
—¡Shh…! Calla, no lo sabe nadie… ¿cómo te has dado cuenta?
—Porque me lo han dicho. Os han visto mandándoos muchas notitas en clase —se encogió de hombros—, no diré nada, tranquila. Pero si esa relación se pone seria…
—No —volvió a negar—, llegado el momento se lo explicaré. No quiero traer hijos a este mundo… y someterlo a una presión injustificada por su apellido.
Paulina podía entenderla a la perfección. No la rebatiría. Pasó una mano por su cabello corto, sonriente.
Por lo menos hay alguien decente en esta casa.
Finca rústica
A Ingrid no le costó enterarse de que uno de los cortijos familiares a las afueras estaría vacío. Logró convencer a su madre, con ayuda de una compañera de Brimar, de pasar una noche de pijamada con sus amigas fuera y lejos de la mansión. Y por la parte que tocaba a su amiga, le hizo creer que lo que en realidad iba a hacer era tener una cita con un chico. Su amiga le cubrió las espaldas, Akane confió en ambas, y con esos simples ingredientes Ingrid ya tuvo una hacienda familiar desproporcionadamente grande y vacía para ella sola todo el sábado. Las vacaciones de Navidad iban a finalizar y era el único día que no tenía obligaciones familiares.
—Me dijo Mia que eran veinticinco minutos en coche, no cuarenta. ¿Y cuándo piensa venir esa idiota?
—Se suponía que ya tendría que estar aquí. ¿Le dijiste a tu madre que veníamos a su casa?
—¿Eh? Sí, claro. ¿Por qué? Esta es su casa, ¿no?
Ingrid normalmente dedicaba un rato a charlar con sus víctimas. Incluso, a elaborar un plan para no levantar sospechas y que le fuera entretenido el engaño. Pero aquella ocasión fue simple. Tonya creía estar en una propiedad de los Thompson, así como su madre. Ni siquiera tenía idea de dónde estaba parada, pues la dirección que le aportó era falsa.
Siempre es mayor el descuido cuando el que te engaña es de tu circulo de conocidos, supongo. El taxista ya sabía la ubicación con mucho tiempo de antelación. Y ella ha estado con el móvil durante todo el camino.
—Porque tienen que salpicarle las sospechas cuando estén investigando tu cadáver.
Tonya Pevensie era superficial y estúpida. El poco atractivo que pudiera apreciársele provenía de la alta calidad cosmética del maquillaje, distribuido por sus padres a nivel internacional. La chica se cruzó de brazos y observó a Ingrid incrédula.
—¿¡Te crees que te voy a reír las gracias, Belmont!? Se suponía que veníamos aquí a estudiar tranquilas. Llamaré a esa estúpida y que nos dé una explicación.
Sacó el móvil de su chaqueta.
Oh, no no… de eso nada.
Movió la mano en una dirección concreta y trazó una ráfaga de poder, que se concentró hasta solidificarse en dirección al dispositivo. Una lanza irregular y de color azul atravesó el teléfono en el centro y lo ensartó en la pared. Tonya abrió los ojos asustada.
Ha… ¿hecho uso de su poder…? Se giró impresionada. Ingrid la encaró, cruzada de brazos.
—Quítate toda la ropa.
—Eh… oye… ¿qué cojones te crees que haces? ¿Has perdido el norte?
Ingrid sintetizó otra lanza, concentrándose mejor en su pulidez. Movió velozmente la muñeca y el cristal se despidió de sus falanges con fuerza, creciendo en longitud según atravesaba la habitación. Pevensie dio un chillido cuando la punta se clavó en el muro, a sólo un palmo de su nariz. El corazón se le puso como loco y emprendió huida. Ingrid fue tras ella sin perderla de vista. Se apuró al ver que consiguió deslizar la puerta de cristal antes de sintetizar su siguiente arma. Al visualizarla, volcó sus pensamientos en la forma tridimensional del proyectil. Éste consumió más energía de la prevista, y tener la atención dividida en eso y su presa hizo que la forma cónica del mineral temblase antes de romperse en añicos por varios tramos. No obstante Ingrid ejecutó la trayectoria y una nueva lanza se disparó. La chica trató de dar una zancada más rápida al girar, cambiando bruscamente de dirección, pero sintió cómo el mineral desollaba parte de su pantorrilla y tropezó. Ingrid se emocionó al verla caer. Juntó las manos y las separó despacio, formando con prisas una hoja más corta y ancha. Fijó las pupilas en el cuerpo de Pevensie y trató de ser precisa con el lanzamiento.
Cuando sintetizo más de tres, empiezo a tener errores de cálculo.
Al lanzarle la hoja, ésta dio varias vueltas sobre sí misma y logró alcanzarla del muslo por uno de los laterales, dañándola de manera superficial. La castaña masculló un improperio en voz baja, porque no fue suficiente. Pevensie se cubrió la herida abierta con la mano y aceleró su carrera entre sollozos que ya comenzaban a ser más desesperados. Movía tan rápido las piernas que su cuerpo empezaba a perderse entre los altos árboles que colindaban al cortijo. Ingrid abandonó el siguiente intento de sintetizar cristal y reanudó la persecución. Conocía mejor el bosque que ella, y la adrenalina no la hacía siquiera pestañear.
—¡SOCORRO! ¡¡QUE ALGUIEN ME AYUDE…!!
Ingrid se guio por sus jadeos y gritos. Ante la creciente densidad de árboles, la distancia entre ellas se eliminaba.
La estúpida empezará a ir en círculos muy pronto.
Supo que estaba esquivando árboles por los sonidos que le llegaban. De unas pocas zancadas tomó impulso y saltó tras su cuerpo abalanzando la mano, pero la camisa se le escurrió de los dedos y Pevensie soltó un grito aterrorizada, volviendo a correr sin rumbo. Ingrid soltó varias hojas de zafiro, cuyas puntas acabaron incrustadas en los troncos. Se le empezó a salir de control cuántas había sintetizado, pero era consciente de que empezaban a ser muchas pruebas esparcidas, y ni la mitad de ellas se estaban evaporando. Toda síntesis requería de una energía y una concentración que empezaba a ser compleja. Más encolerizada, fijó la vista en su cuerpo y desplegó una ráfaga mucho más veloz. Las hojas se formaron rápida pero débilmente, muchas de ellas se desintegraron con la propulsión de la orden, y otras perdían su forma aerodinámica para acabar chocando torpemente con cualquier obstáculo natural. Ingrid paró de correr cuando un sonido diferente le llegó al canal auditivo.
—Argh…
Movimiento de hojas. Se arrastra.
Caminó en dirección a los sonidos.
Tonya trataba de controlar las respiraciones y su propio dolor. Debido a la contención, la presión de no gritar se materializó en sus ojos reteniendo más lágrimas. Uno de los zafiros rotos había logrado herirla de gravedad en el costado. La forma irregular de la hoja propició un anclaje en su carne que la hizo caerse en redondo. Pero corría tan rápido al ser alcanzada, que su propia velocidad la hizo abrirse la piel cual cremallera.
No puedo parar… no puedo parar… jamás imaginé que alguien como Belmont…
Apretó los puños y lentamente arrastró las rodillas para darse fuerza y elevar la mitad superior del cuerpo. El mero hecho de hacerlo hizo que de entre sus costillas asomadas saliera un borbotón de sangre. Una parte masoquista de Tonya deseaba dar explicación gráfica a tan inhumano dolor, pero la otra le advertía que en cuanto mirara la herida y fuera consciente del daño, no podría emprender otra huida.
Entonces el ruido de los pasos ajenos le hizo dar fe a la segunda opción. Apretó las hojas en sus puños y contrajo el abdomen para levantarse. Cuando Ingrid vio la lentitud con la que se incorporaba y retomaba la huida, no lo pudo evitar y soltó una fuerte risotada.
—¡¡Eh, Pevensie!! ¡Eres una buena presa para practicar los lanzamientos!
La chica sollozó y trató de bordear todos los troncos que interrumpían su trayectoria, creyendo que así la perdería mejor de vista. El dolor en el costado le dio un pinchazo más profundo. Algo colgaba de ella en la herida, pero no quería bajar la mirada a comprobar el qué. Se agarró a las cortezas de otro tronco aún más grueso y corrió torpemente hacia el siguiente. Ingrid la recibió por el otro lado, provocándole un vuelco al corazón.
—BU.
—¡AH…! —giró rápido en la otra dirección. A sus espaldas Ingrid volvía a carcajearse como una auténtica enferma.
Eh, ¡esto es muy divertido! ¿Por qué no lo hice antes?
La castaña sacó su propio móvil del bolsillo del jean y se puso a grabar. Escuchaba perfectamente la dirección de los pasos ajenos. Como fuera, no era lo único que la delataba: espesas gotas de sangre teñían el césped. La frecuencia del sangrado era alta y era fácil darle seguimiento. Ingrid iba grabando mientras repetía su ruta a pocos metros de distancia. Cuando hizo el último giro y la pilló de espaldas, Pevensie estaba fatigada y lloriqueaba al tiempo que tomaba aire. Su captora elevó la mano sonriendo de oreja a oreja, y explotó a risotadas al presenciar cómo el nuevo zafiro desprendido le atravesaba limpiamente el hombro y la arrojaba al suelo. Pevensie lloró amargamente, temblando entre las hojas. Según Ingrid se aproximaba, fue ovillándose con el rostro oculto en la tierra.
—Por qué… ¿por qué lo haces…? —preguntó tiritando. Ingrid se relamió los labios sin abandonar la expresión de júbilo. Su propia piel estaba de gallina viendo sus heridas a través del móvil. No se acercó más. Dio unos pasos hacia atrás y la grabó desde otro ángulo. Tonya frunció las cejas al verla despistarse con el escenario. Estaba más interesada en sacar buenos planos de lo que había provocado. En un momento dado, incluso la vio pelear con las ramificaciones de uno de los arbustos, ya que intercedían en la imagen que quería. Tonya vio su oportunidad y echó un vistazo al horizonte. Aún estaba lejana, pero veía la carretera.
¿Se arriesgará a hacerme daño allí? No pasa nadie, pero… puede aparecer… supongo… que es más arriesgado que hacerlo aquí.
Aquí nadie me oye…
…ni me ve…
Tonya tuvo un mareo y parpadeó aprisa.
Estoy perdiendo demasiada sangre. Si no lo intento, nadie me encontrará. Ese es el único hecho.
Cada mínimo músculo que se movía era un dolor nuevo y lacerante. El hombro estaba atravesado y no podría correr bien. Pero era el único dolor que podía notar. Ni siquiera notaba ya los anteriores. Se animó y dio un jadeo al impulsarse y dejar atrás el primer árbol. Ingrid volteó la cabeza en su dirección y abandonó la idea de adecentar el escenario en su película. Agarró el teléfono en una mano y siguió grabando, mientras en la otra comenzó a sintetizar nuevas hojas de cristal. Se hizo un daño desconocido en las uñas al producirlas. Generalmente, las proyecciones rápidas se sintetizaban desde la quitina y cambiaban bruscamente de conformación por la generación de moléculas JK. El metabolismo de la portadora había demandado demasiadas veces en poco tiempo la síntesis. Ingrid notó en cada una de sus cutículas un ardor que se le hundió en la carne y agitó la mano para ventilarla. Al mirar la piel bajo las uñas, estaba enrojecida y le dolía. Subió la mirada para encontrar a Pevensie. La vio metiéndose entre arbustos y matorrales chillando como una cerda cada vez que el zafiro quedaba atrapado en alguna rama y tiraba de sus huesos del hombro. Pero la apertura del sendero y la carretera ya era visible y eso la alertó también. Más impaciente, lanzó una nueva hoja con la trayectoria más precisa que pudo, y cuando la arrojó, utilizó la potencia generada por la otra mano para que fuera secundada por varias hojas más. Todas ellas llegaron al cuerpo de la chica, que volvió a gemir. Ingrid iba a sonreír, pero sus pupilas se achicaron de golpe. Incluso con todas aquellas cuchillas clavadas en su espalda, no cayó. Observó que algunas de ellas se desintegraban por su escasa resistencia interna. Lanzó otra más que le atravesó el muslo izquierdo, y Tonya cayó de golpe a la tierra. Tenía una voluntad de hierro. Juntó las palmas de las manos en la hojarasca y pudo levantar medio cuerpo, a duras penas.
—¿¡PERO ERES TONTA O QUÉ…!? ¡¡JAJAJAJAJAJA…!! —le lanzó otra más que le trasquiló un buen mechón. Tonya respiraba con fuerza mientras observaba la calle a unos veinte metros de distancia.
Puedo vivir. Sé que puedo vivir.
Ingrid abrió la boca impresionada y subió las cejas, partiéndose a reír al ver que volvía a situar las zapatillas en voluntad de levantarse. Tenía el muslo izquierdo atravesado, claramente no podía correr, pero intentaba avanzar todavía por su propio pie. Riendo, arañó el aire en diagonal, formando cuatro cuchillas finas y cortantes, que le rajaron el otro hombro. Y volvió a preparar otro ataque más. Notaba que el dolor de las uñas se había trasladado hasta sus nudillos, como si los tuviera agarrotados. Estaba cansada también. Pero aquello acrecentaba tanto el placer de su cuerpo que no podía dejarlo estar. Quería continuar cortándola a distancia, apuñalándola y ver cómo seguía aferrándose a la vida cual animal desvalido. Los tatuajes de su costado izquierdo empezaron a adquirir más pigmentación a cada estímulo visual que su víctima le ofrecía. Ingrid la miraba atentamente y estudió sus movimientos torpes.
Irá hacia la derecha, pensó al verla agarrarse al tronco del flanco derecho. Empleó un gran esfuerzo en sintetizar una hoja más pesada. Cuando la elevó con las manos y dirigió la punta, recargó con todas sus fuerzas. Tonya miró de soslayo el zafiro y, a sabiendas de lo que la había hecho creer, torneó con toda la velocidad que pudo el cuerpo a la izquierda. El zafiro atravesó el tronco que acababa de dejar atrás y logró partirlo transversalmente. La caída del árbol provocó un estruendo y una vibración que casi le saca el corazón de sitio. Su pierna no resistió la reverberación y cayó de rodillas, volviéndose a hacer daño. Más hojas pequeñas atravesaron la neblina y se le incrustaron en la cabeza. Apenas tenían profundidad y no dañaron demasiado. En aquel punto, ya sólo suponían un sufrimiento mucho menor. Recibió otra más como una sacudida violenta, y ésta la sorprendió, pues se curvó y engarzó ya metida en la carne. Ingrid se estimuló al oír sus gritos, a pesar de que no podía verla bien, y lanzó otro ataque más.
Pevensie sintió un caliente borbotón bañarle el esternón, lentamente.
Ingrid escuchó la tos femenina cada vez más cerca.
Por su parte, a su compañera la asustó la fuerza con la que sus zapatillas pisaron el tronco, justo a su lado. Ya no contaba con fuerza para enfrentarla. El mareo aumentó súbitamente. Pero la vio. Finalmente, aquella hija de puta había logrado ganar la partida. Ingrid se acercó con una sonrisa nerviosa y llena de excitación a verificar los daños. Pero su expresión cambió de pronto a un respingo. Pestañeó al ver el tajo en su cuello y la cantidad de sangre que emanaba de él.
—No, no… —se puso a su lado vertiginosamente y le apretó la herida con la mano. Pevensie agonizaba con la boca abierta—. No puedes morir todavía… tenía varias torturas preparadas…
Su rostro ahora se mostraba consternado. La humareda levantada tras la caída del tronco le nubló lo suficiente para errar en muchas trayectorias. Pevensie no dejaba de sangrar, y un charco de sangre comenzaba a crecer bajo sus rodillas. Ingrid la recorrió de arriba abajo y suspiró conmovida al ver su intestino expuesto por el costado izquierdo.
—Nunca he tocado uno… —musitó extasiada. Estranguló el que veía asomado, maravillándose por la viscosidad. Ciñó con tanta fuerza los dedos que lo reventó, y unos fluidos semitransparentes gotearon sobre el suelo. Sintió el hedor de su quimo ascender en el ambiente. La chica emitió un gemido de angustia y tuvo un shock al ver sus entrañas reventadas entre los largos dedos de aquella psicópata. A Ingrid le costó, pero pudo dejar de mirar su tubo digestivo para mirarla a la cara. Apretó los labios con inquina y comenzó a tirar rápida y violentamente de él, hasta desenrollarlo por completo en el exterior. Cuando la vació, tiró de sus cabellos para echarla sobre el suelo y le enrolló la garganta con su propio intestino.
—Argh…
Ni siquiera tiene fuerza en la voz. Qué pena. Ha sido todo demasiado breve.
La abandonó unos segundos. Dejó el móvil grabando en un lateral y lo más rápido que pudo regresó. Volcó su peso en su espalda y trenzó el intestino tras su nuca justo antes de tirar con fuerza hacia atrás. Empleó toda la que pudo en estrangularla, deseosa de ver el resultado después en su vídeo. Estaba llena de heridas y contusiones, pero a Ingrid le gratificó ver su rostro enrojecido por la presión. De pronto, algo pareció estallar dentro de ella y soltó un chorro de sangre generoso por los orificios de la nariz y la boca. La cereza sobre el pastel hubiera sido poder disfrutar más tiempo de la tortura. Cuando sus expresiones faciales ya no cambiaron más, la soltó y se levantó de su espalda. Sacó varias fotos a su cadáver, desde distintos ángulos. Y por fin, igual que ocurría cuando tenía un orgasmo, su espíritu comenzó a calmarse.
Los pasos siguientes eran más sencillos. Tendría que eliminar todas las pruebas que había dejado repartidas por el bosque y deshacerse del cuerpo. Para eso, afortunadamente, tenía un “punto limpio”, como lo llamaba su padre. Eran puntos donde las personas como ellos podían deshacerse de otras, eliminando toda partícula de su ser. Cocinas enormes que tragaban cuerpos y devolvían cenizas que se perdían en el viento. Pero su cristalografía -y por tanto, su ADN- estaba repartido por todos lados.
Antes de alejarse, se quedó observándola. La pateó para girarla bocarriba y se acuclilló a su lado. Estando muerta con los ojos idos, la lengua fuera y tan hinchada, era todavía más fea que antes. Al contemplarla, ya no era capaz de vincularla a la orgullosa compañera de clase capaz de abofetear a una mascota por no poder comprarse ropa cara. Aun así, había algo que no logró satisfacer, que era saber cómo era su cuerpo. Le arrancó una de las cuchillas que tenía insertadas en el cráneo y rasgó la camiseta y el sostén que llevaba. Bajo éste, no halló gran cosa. Pechos pequeños de pezón pequeño y oscuro, le recordó a los de Mia. Suspiró decepcionada y le clavó la cuchilla en un ojo. Retorció la hoja y trató de extraerlo. Había leído que era fácil de sacar entero con cierta maña, pero no fue su caso. Ya lo había roto, y la manera de mover la cuchilla sólo logró cortar las fibrosas capas de la esclerótica.
No tiene tanta gracia hacer esto si nadie sufre ni llora, pensó.
Al cabo de cuatro horas, con la caída del sol, Ingrid pudo dar por concluida la eliminación de todo ADN. Conocía bastante bien aquel sector del bosque y repasó la huida varias veces para ir árbol a árbol, y metro por metro, recogiendo hojas mojadas y fibras de zafiro. No usó la «cocina» finalmente. El cuerpo estaba ya bajo tierra, sepultado.
No volveré a pisar Yepal en mucho tiempo. Pronto empezaré la universidad. Y luego saltaré al mundo laboral…
Mientras se preparaba la cena en la solitaria finca, se preguntaba si alguna vez la pillarían. Sus pocos conocimientos de la ley podían jugársela, pero, ¿y si adquiría esos conocimientos?
No estoy dispuesta a dejarlo. No hay otra cosa que me provoque esta sensación. Si me hubiera gustado ella, me la habría follado mientras le extirpaba los ojos. Eso hubiese estado… muy bien…
Se perdió en sus propios pensamientos, sonriente. Pero volvió la atención a sus filetes y los sacó de la sartén.