CAPÍTULO 5. Sólo una pesadilla
—¡Y estas son Huntrix, damas y caballeros! ¡Eso fue todo el día de hoy! Manden mucho amor a estas chicas, se lo juegan todo en la final, ¡VAMOS!
El sinfín de aplausos dio el cierre, por fin, a un día que a Zoey se le hizo larguísimo. Sólo deseaba comer tranquila con su madre. Por fin la entrevista se terminó.
Una vez entraron en el coche que las llevaba de vuelta al apartamento, las tres suspiraron largamente y se echaron en el respaldo. Era agotador. Cada día más agotador que el anterior y sin espacio para pausas. Rumi miraba con los ojos adormecidos la pantalla del móvil, el calendario le indicaba los quehaceres del día siguiente. Y así, un día tras otro.
Cada vez me duele más la garganta… y me cuesta más afinar. Estoy preocupada.
Mira trató de levantar el ánimo.
—Eh, eh. ¿Os parece ver una película más tarde? Mañana hay cosas que hacer, pero no hay que madrugar. ¿Qué tal una de terror?
—Trataré de aguantar despierta —Rumi bloqueó el móvil—, ¿tú qué dices, Zoey?
—Puede que llegue tarde de la cena, no creo que pueda. Pero se intentará.
Restaurante
Una hora más tarde, ya iban por el postre. Madre e hija habían logrado mejorar el ambiente. Los reels que Zoey compartía de gatos eran siempre la mejor medicina, ya que ambas eran amantes de los felinos.
—¡Mira ese…! ¡Jajajaja, se le cayó encima y le echa la culpa al perro con la patita!
—Ay, me recuerda a Manchitas…
Se desternillaban de risa. Pero de pronto, en la misma pantalla donde los reels se reproducían, «Papá♥» estaba iniciando una videollamada. Zoey sintió aquello como una pequeña punzada. Rechazó la videollamada, pero en su lugar le hizo una llamada normal. Leah dejó de sonreír y miró a su hija en todo lo que duró la charla. Sólo podía escucharla a ella. Comió su helado totalmente seria.
—Sí, mira… es que ahora estoy cenando. Con mamá. ¿Podríamos hablar lue…? Ah, ya. Sí, ya lo sé. No hay nada de lo que preocuparse. No sé, a los periodistas les gusta inventarse titulares… ya, jajajaja, pero papá, eso… ajá. Sí. Sí, ¡te lo dije! ¿Ves? Deberían hacerme médium. ¿Esos son los que conocían el futuro, o no se llamaban así? Aaaaah, porq-…
—Si quieres me voy —dijo Leah. Zoey la miró y cambió a una mueca de seriedad.
—Papá. Ya… ya lo sé, pero te tengo que llamar después. Gracias. Te quiero.
Leah siguió los movimientos de su hija con la mirada. Pero no pudo morderse la lengua.
—¿Qué quería?
—¡Nada! Sólo hablar. Hablamos mucho por teléfono ahora que ha vuelto a Estados Unidos. Me ha visto ahora por la tele.
—Pero ahora estás cenando conmigo. ¿Podrías no cogerle el teléfono al menos? ¿Delante de mí?
—Es que estaba un poco mala por la mañana. Sólo quería saber cómo estaba.
—No, lo que quería era joderme, porque sabía que estaba aquí a tu lado. Es un maldito maltratador psicológico… dios, ¡me tiene harta…!
—No hablemos más de él —murmuró, luchando por desviar el tema—, sabes, el otro día estuvimos promocionando una nueva marca de collares, y también están para gatitos. Fuimos a ayudar a una protectora haciéndoles publicidad con los collares también, allí había un gato igual que Ma…
—Lo peor… es que él… se ha salido con la suya, lo mires por donde lo mires —sus achinados ojos parecían ahora reprenderla. La señaló con la cucharilla—. Te tiene de su parte en muchas cosas… porque para él, el hecho de que sigas hablándole con todo lo que ha ocurrido, es una victoria.
Zoey se relamió los labios. Era especialmente sensible con ver a su madre de aquella guisa, y con sus palabras. Tragó saliva y dejó el postre, poniendo las manos sobre la mesa. Entonces su tono cambió.
—No quiero hablar más de vuestros problemas —subió lentamente la mirada a ella—. Creo que ya es hora de que vayas a un psicólogo, como estoy haciendo yo.
Leah acababa de enterarse de dos cosas.
—¿Psi… psicólogo…? ¿A qué viene eso ahora? ¿Y, por qué crees que yo…?
—Papá fue a uno al poco de iniciarse el procedimiento legal de la separación. Le ha ayudado mucho a gestionar… toda su rabia. Para algunas cosas sigue siendo un retrógrado. Y… a mí… bueno, no llevo mucho. Pero me está ayudando también. Es útil.
—No, no lo es. Zoey, tu padre ni siquiera tiene derecho a hacerse ver como la víctima. Fue él quien rompió esta familia. Por su culpa fue… que este divorcio…
—… —Zoey hizo frente a la primera reacción de su cuerpo en la que le pedía llorar. Pudo abstenerse—. ¿Crees que nada de esto me afecta?
Leah la miró.
—Por supuesto que lo sé. He intentado que no te salpique, pero… no he podido… porque hija, tu padre lo era todo para mí… ¿entiendes? Vosotros lo érais todo. Él ha destruido mi mundo.
—Así me sentí yo también —murmuró con la voz temblando—, pero… él… ya ha saldado su deuda.
—¿Su deuda? ¡Le has perdonado! Eso ya lo sabía yo, por supuesto… porque te quiere colmar de todas las atenciones después de mandar a la mierda la familia.
—Sentí mucha rabia por lo que nos hizo. Por lo que te hizo —susurró, tragando saliva—. Pero esa relación ha continuado, ¿d-de acuerdo…? Sigue con ella. Y… tengo que aceptarlo. Él siempre ha estado a mi lado y me ha querido. Y aunque haya cometido ese error… bueno, unos cuantos… yo… no puedo martirizarlo de por vida. Es mi padre y me quiere. Y no ha parado de demostrarlo.
Leah se carcomía por dentro. Su hija era su tesoro. Verla tan diplomática con aquel tema que ya tanto daño había hecho, le generaba poco menos que urticaria.
—Tú…
—Yo… —parpadeó, dejando caer una lágrima—, claro que estoy cabreada. No puedo hacer que volváis juntos, ya… está todo roto. Pero… ¿podríais dejar esto ya? Porque… —sonrió irónica, temblando— me va a dar algo. Me siento muy presionada cada vez que tenemos estas conversaciones. Estás mal, mamá. Tienes que sanar.
—Tú no tienes ni idea de lo que es pasar por esto, Zoey. Lo que me pides es egoísta. Y muy inesperado de ti.
—¿De verdad así lo crees? —la siguió con la mirada. Su madre se estaba poniendo en pie.
—Siento haber hecho este viaje y… ocupar tu tiempo tan valioso. Gracias por compartir un poco de él con tu madre.
—No pienso dejar que te vayas sintiéndote mal —se levantó también, con el ceño fruncido—. Mamá, vamos fuera y hablemos.
—No quiero hablar más. Sólo me harías más daño —masculló, poniéndose de malas formas el abrigo. Dio media vuelta y tras soltar unos billetes en la mesa se marchó. Sus tacones resonaron con fuerza a medida que se alejaba. Zoey se apuró a ponerse su abrigo y corrió tras ella saliendo del restaurante.
Exterior
—¡Mamá! ¡Espérame!
Vio azorada que su madre logró parar enseguida a un taxi y que ya estaba tomando asiento en la parte de atrás. Corrió hasta ella y agarró la puerta antes de que cerrara.
—Zoey, hablaremos en otro momento, ¿de acuerdo…? Estoy cansada —murmuró frotándose los párpados. También estaba con los ojos húmedos. Aquello devastó más a la joven.
—No te vayas así. Quédate hoy en el apartamento, por favor.
—¡¡Ni hablar!! Ya no puedo… ni reconocerte. Se ha apropiado de ti —rezongó. Dio un sutil empujón para apartarla de la puerta y cerró de un portazo. El taxista las miró un instante, pero enseguida aceleró. Leah observó una última vez por la luna trasera a su hija. Zoey se hacía pequeñita según el coche se alejaba, pero no dejaba de mirarla.
Apartamento del grupo
El chófer había contemplado a través del retrovisor que Zoey temblaba. Además, apenas le saludó, no le dirigió más la palabra, siendo la más afable y niña de las tres.
Zoey sintió que la mano le temblaba al girar la llave en la cerradura. Tenía el cuerpo tenso y el cuello adolorido de aguantar el llanto en el trayecto. Había tratado de contactar seis veces con Leah por móvil y le desvió las llamadas. No podía ver a su madre así de triste. Sentía la obligación de acompañarla y hacerla sentirse querida, pues había sido testigo de un intento de suicidio a poco de que ella se independizara. Desde entonces, Zoey comprendió que su madre necesitaba terapia. La psicóloga le había explicado que sintió un nido vacío. Pero, en lo referente a ella misma, debía frenar esas conversaciones que tanto la herían. A pesar de los años, Zoey sólo había sentido esa herida más y más profunda.
«Cuando tu madre o tu padre te ponen en esa situación de nuevo, tu mente no sabe gestionarlo. Es difícil elegir entre mamá y papá cuando ambos te evocan cosas positivas antes del incidente.»
«Intento mantener la respiración cuando les oigo despotricar, pero sólo siento que me puede y que voy a explotar. Entonces me empieza a doler el cuerpo.»
«Hay que trabajar en esto. Por partes y despacio, Zoey.»
Zoey llegó tarde a la película, eso ya lo esperaba. Paró de caminar cuando las vio roncando en el sofá del salón, con la película aún reproduciéndose. Tenían las luces apagadas y el cuenco de palomitas que sostenían se había volcado cuando Rumi cayó desfallecida hacia un costado, babeando en el hombro de Mira. Era entrañable verlas, pero Zoey seguía sintiendo un nudo en la garganta. La película estaba en una escena de tensión y silencio. Se agachó sin hacer ruido a recoger el bol volcado y lo dejó en la mesa. Tocó a las chicas.
—Despertad, eh…
—Mmgh… —Rumi balbuceó molesta, cambiando de postura para seguir durmiendo. Mira seguía roncando. Zoey suspiró y se quitó sin hacer ruido la chaqueta. Se quedó pensativa, sin hacer ni decir nada, hasta que la película dio un jumpscare repentino que la hizo golpearse contra la pared. El sonido fue fuerte, tanto que Rumi se levantó de un salto, dio una voltereta y agarró su espada. El filo emitió un rayo.
—¿¡Qué narices…!? Ogh, DIOS… —desactivó el haz de luz y soltó el arma, entendiendo que la película era la causante. Se frotó la cara y dio una patadita a Mira.
—¿Hmgh…? —Mira parpadeó adormilada.
—… —Zoey pudo fingir que la escena no le acababa de provocar un nuevo vuelco al corazón. Un monstruo salía gateando, gritando y lloriqueando pidiendo auxilio, pero nadie lo socorría—. Voy… a dormir…
—Sí, vamos todas. ¿Fue bien la cena?
—Sí…
Mira estaba más dormida que despierta. Rumi casi igual. Cada una se fue a su dormitorio y, tras un largo rato, se hizo el silencio.
Pero Zoey no podía dormir. Daba vueltas una y otra vez con la mente hecha un nubarrón de malos pensamientos. Un ruido tintineante la molestaba cerca de la ventana. Tres horas después, y ya harta, salió de un salto y se acercó a la ventana, molesta. Si era algún pájaro atrapado o insecto volador, tenía que quitarlo. Pero se quedó de una pieza cuando vio, ni más ni menos, que a su propia progenitora a la intemperie. Su madre, con todo el maquillaje corrido desde las pestañas, sollozaba y daba pequeños golpecitos con el índice en el cristal. Zoey abrió los ojos impactada y subió la ventana para dejarla entrar. La mujer entró de golpe y le abrazó las piernas, arrodillada.
—¿¡No me quieres!? ¡¡Te llevé en mi vientre, Zoey…!! TE AMO, Y MIRA CÓMO ME TRATAS… ¿¡CÓMO PUEDES SER TAN MALA HIJA…!? ¡¡YO… TE AMO!! ¡Y TÚ ME TRATAS COMO SI FUERA BASURA!
Zoey rompió a llorar.
«¡No es verdad! ¡No es verdad!», quería gritar pero no le salía nada de la boca.
—YO TE QUERÍA. TE QUERÍA. TE QUERÍA. ¡¡ERES… HORRIBLE…!! ¡Y VOY A MATARM…!
—¡Ah….! ¡Ah! Jjj… —Zoey despertó en un balbuceó de horror, sentándose en la cama abruptamente. Muerta de miedo, recorrió la habitación y fijó los ojos en el enorme ventanal. Ni siquiera correspondía con el tipo de ventana que tuvo en la pesadilla. Pero aquello fue absurdamente real. Tanto, que el miedo la atravesó y empezó a llorar, buscando su teléfono. Sorbió por la nariz y se obligó a bajar de decibelios sus sollozos. Sus compañeras estaban durmiendo.
Trató de llamar a su madre, siendo las tres de la mañana como eran. Le temblaban los dedos y ni siquiera podía marcar bien. Su madre no respondía. Tiró el móvil en la cama y encendió la lámpara de la mesita, acongojada. Tuvo que cerrar los ojos con fuerza y tragar saliva para resistir las punzadas de dolor que tenía su cuerpo. Había tratado de gritar y moverse con tanta insistencia durante la pesadilla, que quién sabe la tensión muscular que acababa de hacer su cuerpo real, mientras la padecía.
Me siento muy mal… joder, debo tranquilizarme.
Salió del dormitorio. La pesadilla había sido demasiado horrible y seguía con el miedo introducido en el cuerpo. Se limpió las lágrimas con las manos y sus pies se encaminaron solos hacia una puerta. Estaba entreabierta. Zoey reguló un poco las respiraciones, seguían siendo sonoras ya que su cuerpo aún no estaba restablecido del susto. No quería regresar a ese dormitorio suyo tan enorme y vacío. Se coló muy despacio en el cuarto de su compañera y caminó hasta su cama. Mira dormía en sueño profundo. Estaba bocarriba, pero tenía el rostro hacia la pared y sus finos labios entreabiertos.
—M-Mira…
Al cabo, Mira dio un respingo y abrió los ojos. Todas las cazadoras tenían un instinto veloz de supervivencia y el suyo la despertó de golpe cuando notó algo moverse a su lado. Pero se quedó de una pieza. En su mente aún medio dormida, observó sorprendida que Zoey estaba colándose bajo el edredón y tumbándose a su lado. Habló con la voz gangosa.
—A ver a ver a ver… Zoey, ¿hay chinches en tu cama…? ¿qué haces…? —un sollozo le respondió. Mira parpadeó despertando del todo y la contempló mejor. Estaba llorando—. Eh… —susurró preocupada. Se deslizó más cerca para verle el rostro—, ¿qué ha pasado…?
—¿Puedo dormir contigo? Por favor…
—…
Está temblando.
—Es… una pesadilla, sólo… no quiero dormir allí… yo… ¿p-puedo…? —murmuró. La pelirrosa pudo discernir incluso con la oscuridad que nuevas lágrimas atravesaban sus mejillas.
—Sí.
Zoey soltó otro sollozo y se le pegó del todo, abrazándola con mucha fuerza. Al principio Mira no supo cómo actuar, pero se preocupó viéndola tan entristecida. Dio un suspiro y la envolvió con sus brazos, igual de fuerte. No hablaron durante un rato largo. Pero Zoey fue paulatinamente dejando de temblar. Sus temblores claramente no venían del frío. Mira reparaba en eso mientras frotaba su espalda con la mano.
—No quiero ir mañana a entrenar… —dijo con la voz quebrada. Mira cerró los ojos y suspiró.
—Hablaremos con Rumi por la mañana. ¿Podrías decirme qué ocurre…? —sin romper el abrazo, distanció un poco su cara para verla, pero Zoey se volvió a ocultar en su hombro para que no la viera tan compungida. Se limitó a negar allí y Mira entendió el mensaje—. Está bien.
Otro silencio. Mira estaba francamente sorprendida. Parte de la angustia de Zoey la absorbió, quería saber qué la tenía así. De pronto, todos los pensamientos se le evaporaron de la mente cuando sintió que se movía. Estaban tan pegadas que notaba hasta cualquier cambio en su respiración, pero ahora se sintió nerviosa. Zoey la estaba besando. En el cuello.