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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 7. La luz roja

Dos años atrás

Tal y como se temía, la cena con Ronald fue incómoda. Cada vez que Mira trataba de sacar el tema que les atañía, el hombre volvía a hablar de cosas que no le interesaban. Comprendió que, sencillamente, la engañó para tratar de tener un acercamiento. No estaba dispuesta a tolerar que se riera de ella. La cena había sido exquisita, lo esperable de un hotel de cinco estrellas. Mira no se dejaba impresionar por el dinero, ella también tenía su colchón económico desde que estaba en ESTOID. Pero estaba en ese punto de inflexión donde no podía permitirse tonterías.

Ese punto donde la fama era fuerte, pero no duradera. Ese punto donde el dinero subía mucho, pero se perdía aún más rápido. Donde sus decisiones podían balancearla entre el triunfo o el fracaso más absolutoEra ahí donde las decisiones importaban y describían el futuro. Mira no podía volver bajo ningún concepto a casa de sus padres. No se sentía querida allí y acatar sus normas era morir en vida. Le había costado sudor y muchos sacrificios estar donde estaba como para permitirse un paso en falso. Ronald le prometió mejorar su contrato si accedía a hablarlo en la cena, pero al final…

—Por eso creo que el pelo recogido también te favorecería mucho. Por cierto, ¿qué perfume era el que usabas?

—No me he puesto ninguno.

—Oh, así que es tu aroma natural…

Cada vez que abría la boca le daba más asco que en la intervención anterior. Al final, dio un imperceptible suspiro y se limpió con la servilleta.

—Estaba todo muy bueno. Pero… he de regresar a casa.

—¿Qué dices? Todavía no hemos hablado de tu nuevo contrato. Lo tengo en mi habitación, ¿subimos y lo lees tranquilamente?

Mira le miró con gravedad. Aquella propuesta la sacó del sitio mentalmente. Por alguna razón, se sintió débil. Había llegado hasta ahí con la esperanza de ver cumplido su sueño, de mejorar. Y por qué no, de cobrar más. Pero él…

—Tráelo y lo leo aquí. Creo que no es adecuado que suba a tu habitación… ¿no te parece?

Lo intentaba, pero él sonreía más sardónico todavía. No lograba ni siquiera hacerle sentir mal.

—Joder, Mira, no te das un respiro, ¿eh? ¿Por qué no esperas en la puerta? Vamos al menos hasta esa planta, yo entro, saco los documentos y… pues no sé, los lees apoyándolos contra la pared. Parece que es lo que prefieres.

—No —zanjó—, Ronald, quiero que bajes el contrato aquí. No voy a subir.

El austríaco sonrió con calma. Asintió un poco. Una parte de él se excitaba al sentir su fuerte carácter. Iba a domar a esa yegua de las maneras más dolorosas que se le ocurrieran. Iba a transformar su cara de prepotencia en una mueca de dolor puro y miedo cuando la estrangulara, o cuando le retorciera un pezón. Adoraba hacerse daño él mismo en el glande cuando las atravesaba de golpe, infringiéndoles a las chicas un dolor terrible al ser forzadas. Mira apretó sus tuercas.

—Bueno, ¿a qué esperas?

—Te he tratado con respeto durante toda la velada, Mira —respondió, tan consternado como calmado—, sé que piensas que soy un maleducado o un ligón, o imagino que piensas todo eso, pero como te dije, esta reunión es profesional y trataba de hacerla más amena. No es en absoluto necesario que te dirijas a mí con esa prepotencia. ¿Has olvidado que eres una aspirante?

—… —Mira volvió a sentirse vulnerable. A lo mejor estaba propasándose ella. Si estaba errando en sus convicciones, por pequeña que fuera esa posibilidad de errar, estaba cagándola profundamente en ese futuro que quería. No supo cómo responderle, y él notó de inmediato sus nervios en la mirada.

—Trataré de ser rápido. Sube al menos y esperas en el rellano —habló más cortante. Mira respiró hondo, más agobiada.

Está bien. Saldrá con los papeles en la mano y me los llevaré a casa para leerlos con calma. Ya está. Tengo que dejar de responderle con chulería o me despedirá de la industria.

El poder de Ronald en la directiva era pesado. Mira no podía perder eso de vista. En silencio, se levantó y caminó tras él, algo cabizbaja. Subieron al ascensor.

Una vez delante de la puerta, él marcó un código con el que la luz cambió a verde y la cerradura se desbloqueó. Ronald dejó la puerta abierta y entró sin echarle más cuenta, y Mira, tragando saliva, se lo pensó. Escuchó su voz a lo lejos.

—Como querías terminar rápido, no hemos tomado ni café ni postre ni nada. Sírvete un Brandy si quieres.

Mira observó el estante con el minibar incorporado. Entró tímidamente a la habitación, con la curiosidad por saciar de cómo era la habitación de hotel de un magnate. Su actual apartamento era lujoso, pero no a aquel nivel. Casi parecía la estancia de un rey. Mira no aspiraba a lujos porque sí realmente. Pero le gustaba saber que podía llegar a algo así por su propia cuenta, para darles en la boca a sus padres y a su hermano.

Ronald regresó con unos folios grapados color beige. Mira logró identificar el sello de ESTOID en una de las esquinas ya desde lejos, así que eso la calmó. El contrato existía, no se lo inventó. Bajó los hombros dando un suspiro.

—Siento si he estado… oye, Ronald, yo…

Ronald sonrió de medio lado y dejó el documento sobre el minibar. A continuación, acortó distancias con ella. Era altísimo. Como esos jugadores de baloncesto con los que uno rara vez se encuentra por la calle. Mira guardó silencio cuando sintió que se le acercaba al rostro. Ronald le acarició el mentón con un par de dedos, haciéndola elevar el rostro hacia el suyo.

—A ti te lo perdono todo, Mira. Dime, ¿quieres…?

La frase continuó de alguna forma. Mira, con los años, ya no atinaría a recordar el final de la pregunta. Porque nunca fue relevante. Lo que sí recordaría era cómo su mente se alteró de un segundo a otro cuando se le pegó de golpe y comenzó a besarla. Entonces todas las disculpas, la sensación de haber metido la pata se fueron por el desagüe. Recuperó la certeza de saber que estaba tratando con un aprovechado hijo de perra.

Pero ahora había un segundo problema.

La mano enorme de Ronald terminó de cerrar la puerta. Y ese ruido implantó en Mira el terror.

En la actualidad…

Rumi despertó de golpe, con angustia. Creyó haber salido de varias pesadillas seguidas. Notaba el entorno cargado. Después de desperezarse, suspiró largamente y se estiró a por el móvil. Eran nada menos que las once del mediodía. Después de comer debían ir a entrenar. Puso el móvil a cargar y se levantó de la cama.

Pasillo

Después de dejar la cafetera preparando café, se encaminó adormilada hasta la habitación de Zoey. Tocó suavemente y abrió, pero la cama estaba revuelta y vacía. Parpadeó contrariada.

¿Se habrá levantado pronto? Anoche estaba tan dormida, que apenas recuerdo si fue ella quien entró a la casa o un fantasma.

Se dirigió entonces al cuarto de Mira. Tocó despacio, pero nadie dijo nada al otro lado. Al girar el pomo y abrir poco a poco, la cara le cambió por completo. Hasta abrió la boca de la impresión. Zoey estaba recostada sobre Mira, se había quedado dormida respirando en su cuello. Estaban desnudas, al menos de cintura para arriba, que era lo que las sábanas le dejaban ver. Rumi dio varios pasos atrás, asimilando lo que sus ojos seguían viendo.

Pero… qué… ¿cómo…?

Y así se quedó varios segundos más. De pie en el pasillo, frente a una imagen que no entendía.

Dios mío…

Suspiró y se puso recta. Con cuidado, volvió a cerrar la puerta.

Horas después

«Tenías razón. Ellas van a desplazarme, esto va a acabarse. Ya ni siquiera merece la pena luchar por esa final.»

Jinu leía satisfecho aquel mensaje una y otra vez. A su lado estaba el resto del grupo. Baby le había dejado un taco de folios impresos con la fotografía en buena calidad que habían tomado… mientras Mira y Zoey se besaban. Se reconocía en esa foto fácilmente a las chicas.

—¿Qué crees que les habrá pasado? Esta estúpida… ¿habrá discutido con las otras dos?

—Las que se pasan el día discutiendo son precisamente esas dos —dijo aburrido Baby, tirando unos baloncitos de juguete sobre una cesta que había anclada a la puerta. Encestaba una tras otra—. Al menos es lo que yo he visto.

—Ella siempre ha estado en medio para mediar. Parece que se ha cansado.

—¿Y tú? ¿No piensas follártela nunca? —intervino ahora Mystery.

—¿Y tú? —preguntó él de vuelta—, ¿no tenías a Zoey entre ceja y ceja?

Mystery dejó de tirar bolas.

—Esa idiota es lesbiana.

Los chicos empezaron a carcajearse.

—¿Qué dices? NAAAAAH, ¿en serio? No me lo había imaginado tras ver la foto.

—Gilipollas —arremetió—, y para qué preguntas.

—Por dar por culo. Estaba bien buena, te vas a quedar con las ganas.

—No me gusta ninguna —se defendió.

—A mí tampoco —dijo Baby.

—Tú calla, niño —dijo Jinu—. Todos aquí saben que te gustaba esa jirafita.

—Para un rato —le tiró una bolita de papel a la cara—. ¿Qué pasó con tu gran plan? Al final ni siquiera has podido hacer nada de nada con ella. Bien chulito que ibas, pero… ¡ella sola te hizo todo el trabajo!

—Me da igual ya el método. Mientras se hundan. He visto una víctima perfecta para hacerlo, se me ha ocurrido q-…

El móvil de Jinu comenzó a sonar. Era Rumi. Él se levantó y salió al balcón a hablar.

Balcón

—Eh, ¿Rumi? Qué raro que me llames… pensé que me odiabas.

—Tenemos que hablar.

—¿De qué? Nunca quisiste quedar conmigo, ahora estoy ofendido —bromeó.

—Es importante. Escápate cuando puedas de los entrenamientos. Ese mensaje que te mandé… es importante.

Jinu arqueó una ceja. Dudó un poco. Pero al final, aceptó. Si ella confiaba en él, le interesaba.

Hace dos años

El móvil del hombre sonó. Dejó de besarla.

—Ahí va… ¿hablas en serio? Pero si ya estaba listo, cabrón —dijo poniendo una mueca al hablar por teléfono.

A la pelirrosa le latía el corazón como loco. Se sentía rara y en peligro. Acababa de besarla… y ella no fue capaz de apartarle. Era como si parte de su cerebro la regañara por ser estúpida, porque lo aguardaba, sabía que no debía confiar en él pero ahí estaba. El móvil le otorgó unos segundos para pensar. Y se dio cuenta, para su horror, que los nervios ganaban la partida. No podía apenas hablar, estaba en shock y asustada. Pensó que tenía que buscar una excusa para salir de allí inmediatamente. Sus piernas aun así no respondían. Ronald colgó la llamada y se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón.

—Pues ya ves… me he quedado sin plan. Pero bueno, el partido lo podemos ver igual. ¿Te apetece? —señaló el plasma con un cabeceo.

—No, yo me marcho ya. También he hecho planes y mis amigas me están esperando.

—¿En serio?

—Sí. Así que…

—Vale, quédate sólo la primera parte. El arranque del partido, de verdad, verlo solo es un asco. ¿Qué te cuesta?

Mira dio un resoplido y dejó de mostrarse caritativa. Una llamarada de furia interna por fin salió a relucir.

—Mira, capullo, sé perfectamente lo que llevas dos horas intentando, y a menos que quieras que te rompa la nariz, vas a abrir esa puerta y vas a dejar que me vaya, AHORA —le gritó.

Wow… él volvió a sonreír. Y esa sonrisa la hizo parpadear, más asustada.

Se ha quedado quieta mientras la besaba. Creo que aún está asimilando dónde está parada.

—… —se prolongó el silencio. Mira sintió sudores fríos en las manos, le temblaban. Pero le mantuvo la mirada fija. Pensó en empujarle y abrirse ella misma la puerta, pero Ronald se le adelantó. En completo silencio, sólo se limitó a sonreír y a desbloquear la cerradura. La luz cambió a verde y la puerta se abrió, entonces Mira sintió que por fin el oxígeno volvía a circular mejor por su nariz. Pero en cuanto pasó por el umbral y sus tacones ya sonaban en la moqueta del rellano, sintió un brusco tirón que la regresó de golpe al interior. Entonces, ante sus ojos vio cómo la puerta volvía a cerrarse.

Ese era un recuerdo que no olvidaría. El tirón hacia atrás, brusco, mientras la puerta se cerraba. Y la luz de la cerradura volvía a ponerse roja.

—¿¡Qué coño estás haciendo…!? ¡ERES UN IMBÉCIL! —se zafó de su agarre y se abalanzó a la puerta, pero esta vez el tirón fue mucho más doloroso: Ronald empuñó mejor su cabello y tiró con tanta fuerza que Mira sintió como si el cerebro le retumbara. Cayó de bruces al piso.

—Ay, Mira… Mira, Mira, Mira… intenté hacerlo por las buenas. Pero me encanta que haya sido de este modo —comentó divertido, girándose hacia ella—. No esperaba menos de una leoncita como tú.

Ambos comprendieron que si querían salirse con la suya en los próximos segundos, tendrían que emplear la fuerza. Desgraciadamente para la chica, Ronald no sólo era fuerte, sino que estaba adiestrado para todos los intentos de escape. Llevaba más de una década maltratando a las chicas a las que violaba, y generalmente las escogía bien. Mira gritó y empezó a luchar contra él a puño limpio. Él esquivó varios, pero sí que recibió uno que por poco le descoloca la mandíbula. Entonces balbuceó molesto y la giró de golpe, estampándola con fuerza contra la primera columna que encontró. Mira sintió temblar todos sus huesos y jadeó.

—Más te vale acabar conmigo… porque… pienso denunciarte… —cuando vio que su mano se acercaba, le mordió con fuerza. Ronald apretó los labios y volvió a tirar de su pelo. Mira tuvo que dejar de clavarle los dientes. El dolor era inhumano, jamás le habían tirado del cabello hasta sentir ese rango de dolor. Pero no tuvo tiempo de pensar. Su cuerpo luchaba por escaparse a cada segundo, y para la supervivencia el dolor no era suficiente. El hombre sonreía al forcejear con ella. Se divertía.

Siempre hacen todas los mismos movimientos cuando están nerviosas.

Agarró a Mira del codo y volvió a girarla y a estamparla, golpeándole la cabeza con más contundencia esa segunda vez. Mira suspiró cabreada y siguió forcejeando, pero comenzó a agobiarse. No podía crear la distancia que buscaba. Toda la lucha, todos los desesperados intentos por salir de su agarre acababan en él agarrándola de alguna extremidad y volviendo a colocarla de espaldas. De pronto, le encerró una muñeca y se la dislocó de un movimiento veloz. Mira gritó y se revolvió, más desesperada.

—Siempre quise saber si llevabas extensiones. Con el pelo tan bonito que tienes… —murmuró pegando el rostro a su cara desde atrás. La chica le empujaba continuamente, entre suspiros agobiados. Volvió a tirar bruscamente del cabello, haciéndola erguir la cabeza—. Pero no. Es natural. Y perfecto para montarte como a una yegua.

La chica empezó a buscar objetos con la mirada. Era matarlo o dejarse violar. Porque ya no tenía ninguna duda: iba a hacerlo. Iba a violarla. Y el destino parecía querer hacerla tomar una decisión muy rápido. Cuando notó que le subía el vestido, supo que estaba bien jodida. Se la jugó y dio un violento cabezazo para atrás, asestándole de nuevo en la mandíbula. Ronald no tuvo más amiguismos ni contestaciones irónicas: palpándose la cara, le soltó tal revés que Mira cayó de nuevo al suelo. Cuando trató de erguirse su muñeca se resintió. Entonces él le cayó encima y volvió a iniciarse otra lucha. El rubio empezó a reírse cual sádico al atestiguar que Mira seguía peleando y golpeándole. Tenía fuerza, pero no la suficiente. Ninguna chica tenía nunca la suficiente fuerza contra él. Por sorpresa, la abofeteó y aunó ambas manos en su fino cuello. Apretó de inicio con una fuerza desmedida.

—¡Ggh…!

Sonrió. Mira se atragantó y abrió los ojos, su expresión cambió a miedo repentinamente. Eso se la puso dura enseguida. Ya no le golpeaba, sólo trataba de quitarle las manos. La estaba asfixiando con tanta fuerza, que Mira sintió un súbito acercamiento a la inconsciencia. Los ojos se le pusieron en blanco un segundo.

No. Coño. Otra vez no. Dormida no me divierte.

Aflojó. En el último lapso, Mira pudo sentir cómo su vista volvía a distinguir los colores y el riego sanguíneo la frenaba de caer dormida, por poco. Pero con aquello se acababa de dar cuenta de que era una guerra perdida. Tenía la fuerza suficiente para dormirla en segundos. Ronald la golpeó en el rostro, y entonces, por fin, comenzó a sollozar.

¡¡Sí!! ¡Eso quería! ¡Ver cómo esa cara de puta chulita se deformaba! Cagada de miedo… cómo más me gusta.

—¿¡No crees que así es más fácil, Mira!? No te muevas o te haré un daño terrible —la amenazó con el dedo cerca de sus ojos. La chica no dijo nada. Así que Ronald lo dio como una victoria. Tomó algo de distancia y la agarró de la cintura, volcándola bocabajo—. Ponte como una perra. —Le alzó las caderas, pero al notarla falta de obediencia, volvió a tirarla con fuerza del pelo para que pusiera los brazos rectos. Sonrió al oírla gemir del dolor. La chica situó las palmas en el suelo y bajó la mirada, respirando con fuerza. De pronto una sensación de incomodidad acudió a su garganta. Sus labios temblaban y el corazón aceleró. Iba a darle un ataque de ansiedad. Sintió que le empezaba a faltar el aire. Creyó que tendría que vivir con aquello. Pero cuando sintió una de sus manos ahincarse entre sus piernas…

…se dio cuenta de que no. Tenía que irse. Como fuera.

—¡AH! —Ronald disfrutó al oírla gritar cuando le forzó dos dedos en la vagina, de golpe y en seco. Se le terminó de levantar la polla del gusto, apretada bajo los pantalones, pero entonces perdió sujeción. Mira estaba dificultándole el acceso porque no paraba de removerse tras haberla lastimado.

Mira tuvo una especia de cortocircuito salvaje.

Su cuerpo actuó solo. Aventó un codo con fuerza hacia él, y le asestó un golpe en un ojo. Ronald sintió tanto dolor, que no emitió ni una sílaba. Cayó redondo hacia un lado, impactado, cuando se percató de que había perdido la visión.

—… —se palpó el párpado, asustado. Devolvió la vista a Mira, quien con el rostro bañado en lágrimas, le asestó una patada en el otro ojo y terminó de cegarlo—. ¡PUTA! ¡VEN… VEN AQUÍ! —llevó las manos hacia adelante, pero Mira se escurrió como un rayo del lugar. Gateó hacia el otro extremo de la habitación y echó una mirada a su captor, anonadada. Ronald respiraba intranquilo y nervioso, con las manos en el aire.

No ve… no ve de verdad… tengo que largarme.

Ronald estaba atento a los sonidos. Pero ahora estaba también acojonado, porque veía gris. Sombras tan grandes manchando su visión, que temió que esa zorra le hubiera cegado para siempre los dos ojos. Mira emitió un sollozo breve al escapar en una dirección y se lanzó contra ella, pero sólo rozó su ropa.

—¿¡Va todo bien ahí dentro!? ¿Hola…?

—¡No, abra! ¡Ábrame… —lloró desde el otro lado—, por favor, ABRA!

—¡Enseguida, señorita, un momento!

Ronald se maldijo.

Esta perra… gritó cuando la aventé hacia dentro y ha llamado la atención.

—Eh, Mira… tranquila… —dijo, dirigiéndose hacia donde oía el llanto. Levantó las manos—, perdona, no pasa nada.

Mira estaba enrabietada, pero sobre todo, adolorida y asustada. Le temblaban las piernas. Cuando le vio acercarse se movió.

—Aléjate de mí…

—Sí, sí, tranquila… ¿de verdad pensabas que iba a hacerte daño? Ah, ¡estaba jugando! Mujer… oye… creo que me has dejado medio ciego. Te has pasado un poco, ¿no crees?

Mira apretó los dientes, acomodándose el vestido y las bragas, a pesar de que no hubiera llegado a más, se sentía muy ultrajada. Ronald era un tipo enorme. De no haber sido oída, su destino hubiera sido otro.

El recepcionista abrió con una especie de llave maestra, no con código. La puerta se puso verde y al abrir, una chica alta de pelo rosa casi se estampa con él. Corrió sollozando muy nerviosa hacia el ascensor sin mirar atrás.

—¡Señorita…! ¡Eh, oiga…!

Mira tecleó nerviosa varias veces la planta baja, temblando. Lo peor había pasado, acababa de pasar. Antes de que las puertas se cerraran, vio la cara de susto del recepcionista que acababa de ayudarla… y a su lado, del maltratador con los ojos cerrados que sonreía, mientras le colaba alguna mentira al trabajador.

Mira exigió la baja voluntaria de ESTOID a las dos horas. Acusó a Ronald de todo lo vivido, pero aquellos ricachones sólo se miraron entre sí, pidieron pruebas, y Mira les mandó al diablo. Amenazó con circularlo todo por las redes sociales a pesar de que la denunciaran en respuesta. La empresa, queriendo evitarse más miradas tras las fechorías de Ronald, se ofreció a pagar una indemnización por las molestias y le deseó lo mejor.

El eco de la información distorsionada llegó hasta la pequeña pantalla. Los rumores de discusión pulularon en el aire, pero Mira nunca dijo nada en público… y tampoco en privado. Prefirió pasar página en cuanto BRETT la acogió. Prefería que pensaran eso. Estaba en boca de todas las cadenas televisivas y las redes sociales, por lo que salían ganando el doble contratándola justo en aquel momento. Le ofrecieron un contrato mejorado y formar parte del grupo Huntrix, que estaba falto de una tercera voz de rango grave. Como era la suya.

Mira comenzó a trabajar arduamente a sólo dos semanas de aquel horrible suceso.

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