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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 9. Donde yo estoy

Gimnasios

Aquella mañana tuvieron que madrugar más que de costumbre. No eran entrenamientos de coreografía, sino lo que casi nadie conocía: artes marciales mixtas. Aquello para lo que en realidad habían nacido: la estabilización del honmoon.

—Vamos a probar un último asalto. Un cuerpo a cuerpo, sin cara, sin golpes. Sólo agarres. La primera que tire a la otra gana. ¡Ya!

Bernard se cruzó de brazos estudiándolas. No había que ser observador para darse cuenta de que Rumi esa mañana tenía un humor de perros. Normalmente las chicas estaban animadas. Pero por las noticias sabía también que siempre iban justas de tiempo y sobrecargadas de trabajo. Había rumores de que Rumi tenía la garganta afectada. Sin embargo, no se le notaba al hablar. El hombre desconocía la naturaleza de las cazadoras. Pensó que hacían aquello por hobbie, pero lo que sí captaba era la entrega total que ponían en los entrenamientos.

—Zoey, practica tú con Rumi. Se te da mejor la corta distancia.

—¡Vamos! ¡Jejejeje… ¿estás preparada, pequeña demonio? —Zoey se mordió el labio divertida. Pero Rumi sólo frunció el ceño, siguiendo su mirada con mucha cautela. Fue ella quien intentó atacar primero. Zoey no se mojó, sólo la esquivó y se mantuvo en su sitio. Rumi trató de echarse al suelo velozmente y atraparla de las corvas para desestabilizarla, pero a la mínima que las tocó, Zoey enganchó una pierna por encima de su nuca y retorció con rapidez la cadera, haciendo que el cuerpo de la pelimorada retumbara con fuerza en el suelo.

—¿Ves? Te lo dije. ¿Cuatro segundos? ¿Así estamos, Rumi? —rio el hombre, aproximándose—. Estás desconcentrada.

Zoey retiró la pierna de su cuello y se puso en pie de un brinco, tendiéndole la mano. Sonreía hasta que vio su expresión. Parecía adolorida, con la mano en el cuello.

—Oh, ¿estás bien?

—Sí… sí —masculló molesta, incorporándose. Zoey le tendió la mano, pero pasó de largo ignorándola y se levantó por su cuenta. Mira levantó una ceja al verlas, en la distancia.

—Se nos acaba el tiempo por hoy, deb-…

—Una más —pidió Rumi—. Otro cuerpo a cuerpo.

—Venga, pues rápido. Mira, te toca.

Mira dejó la botella de agua a un lado y se puso delante de Rumi. Le sonrió preparando su guardia. Nada más el entrenador avisó, Rumi trató de rodearle el cuerpo completo con los brazos, elevándola del suelo. Su velocidad pilló por sorpresa a la pelirrosa, pero logró estirar las piernas y anclar cada pie al tatami. Rumi no era ninguna despistada en el no-gi, sabía sus ventajas. Trató de elevarla de nuevo utilizando como soporte el hueso de la cadera, pero Mira esta vez sí la vio venir y bloqueó antes sus brazos. Coló las manos bajo éstos para separárselos del cuerpo y mermar la sujeción, y funcionó. Rumi sintió rabia al notar que se le escurría. Mira había mejorado mucho desde que la conocía. No sabía pelear, pero era la que más empeño le había puesto esos dos años. Zoey ya tenía entrenamiento previo, pues sus padres la apuntaron a defensa personal cuando recién empezaba a caminar. Mira entorpeció del todo su agarre al apretar la cabeza contra su hombro y fue ella ahora quien le rodeó el cuerpo, buscando elevarla de la misma manera que trató de hacer ella. Rumi trató de evitárselo al separar velozmente las piernas, para obligarla a que se agachara más y poder hacerla tropezar de un tobillo. Pero se sorprendió al sentirse ya cansada. Llevaba días sin descansar bien y lo que vio recientemente le afectó. Mira consiguió elevarla unos centímetros y ya iba a tirarla… entonces Rumi se cabreó todavía más. En un lapso de segundo, se le cruzaron pensamientos más oscuros por la mente y apretó contra sí sus codos, encerrándole una de las manos con la que Mira le rodeaba el torso. La agarró de los dedos y tiró en sentido opuesto. Cuando Mira se dio cuenta se alertó y trató de retirar la mano de su axila, pero Rumi giró con fuerza la cadera sin permitírselo y la agarró mejor de la mano, haciendo una palanca.

—¡Arg…!

Zoey miró alarmada que un destello morado recorría el gimnasio. Un destello… que las cazadoras conocían muy bien.

—Espera, para para para —el entrenador trotó hacia ellas. A Mira le había cambiado la cara. Rumi luchó por calmarse, pero el cuerpo le pedía continuar. Fue Bernard quien las separó. Mira se sujetaba la muñeca y tenía los ojos cerrados con fuerza, conteniendo un grito. Apretaba los dientes. El hombre le examinó la mano—. Ten cuidado, Rumi, es sólo un entrenamiento. Se la puedes partir.

Rumi se quedó de una pieza, respirando cansada.

¿Por qué he hecho eso?

Zoey prácticamente la empujó y se puso al lado de Mira, estudiándole la mano.

—¿Qué ha pasado?

—… ¡hmmg…! —la chica se quejó cuando Bernard la palpó.

—Esta muñeca siempre te da problemas. Pero esta vez creo que deberías ir al médico.

—Es igual… me pondré una venda compresiva.

—Pues esa venda llevas ya casi dos años llevándola y nunca te ha hecho gran cosa —replicó Rumi, sintiendo la necesidad de defenderse. Zoey la miró mal, pero se controló antes de soltar un comentario fruto de su enfado.

Bernard siguió manipulando con las yemas la muñeca. Notó un saliente que no estaba donde debía estar. Al apretar suavemente Mira protestó. La miró.

—La lesión que me dijiste, no la trataste bien en su día. ¿Recuerdas si el médico te ofreció la posibilidad de operar?

—Sí, pero no podía permitirme estar de baja. Me ofrecieron la alternativa de usar venda comprensiva y cambiar pasos de baile donde no me perjudicara.

—¿Y eso es todo?

—No lo sé. Lo último que recuerdo es que me dijo que tenía las articulaciones más laxas.

—Ahá. Claro. Si no recuperas bien, el soporte que ofrece el cartílago y las articulaciones siempre estarán débiles. Así es como las luxaciones se repiten en el mismo lugar.

Mira dio un suspiro y se cerró la muñeca con la otra mano.

—Es igual… estoy bien.

—Ponte la venda, pero te aconsejo que te la vean cuanto antes.

Rumi miraba pasivamente aquella escena. Siguió con la mirada las manos de Mira y resopló.

—Mira —dijo al final—, vamos ya al médico.

—Ya iré yo. Puedo moverla —murmuró, agachándose a por su toalla—. Quiero descansar.

La realidad era que el dolor le había transportado mentalmente a esa habitación de hotel de nuevo. Eso le generaba más rabia incluso que dolor.

Zoey caminó tras las dos, pero dejó la mirada puesta en Rumi. Estaba rara. Actuaba raro, de hecho, y era como si de ella emanara aura negativa. Y no quería ignorar el destello que vio durante la lucha.

Cafetería

Jinu sonrió divertido al ver entrar a Rumi. Tomó asiento en la última mesa, y ni siquiera se levantó para saludarla. Mientras la joven tomaba asiento, abrió la boca para saludarla, pero…

—Yo sé lo que tú eres. Te descuidaste, y vi tus marcas.

¡…!

—¿Disculpa…?

—Te diré lo que harás. Vas a enfrentarte a mí, tú y tus maravillosos amigos, en un descampado bien apartado de la población. Acabaré con todos y…

—Woooooooo, wo wo… frena el carro —soltó una carcajada, disfrutando al verla rabiar—, se te ve en la mirada que hoy te has levantado medio loca. ¿Discutiste con tus hermanitas del alma?

—Tú… eres…

—Y qué es lo que vas a hacer al respecto —murmuró con un deje oscuro, clavándole la mirada. La conversación fue más seria de golpe—. No puedes hacer nada, y menos tú sola. Te despedazaremos… luego te comeremos, y no dejaremos de ti ni una de esas ridículas horquillas que te pones en la trenza.

—¿Oh sí…? ¿Te ves tan seguro de ganarme?

—Dime, ¿por qué no les has dicho lo que sabes? Sois cazadoras. Las tres. Pero sólo tú te diste cuenta de lo que somos nosotros. ¿Por qué no hablaste?

—Porque…

—¿Crees que yo no sé tu secreto?

Entonces, le sonrió angelicalmente y aproximó una mano a su rostro. Rumi ladeó la cara para que no la alcanzara. Jinu curvó más sus viperinos labios y señaló una parte de su cuello.

—Han avanzado. Cada vez usas cuello más alto para que nadie lo note. Pero avanzan cada semana más rápido… y pronto, tendrás que taparte la propia cara. ¿Qué harás entonces? ¿Eh…?

Rumi le miró más angustiada. Se tapó el cuello con la palma de la mano.

—Esto sólo puede acabar matándoos a todos. Es…

—…una enfermedad. Tú eres la viva prueba de que de alguna manera, somos compatibles humanos con demonios. ¿No te dice eso algo más? ¿Acaso crees que nosotros queremos conformarnos con lo que tenemos o que lo haremos sin pelearlo?

—Tu situación… a mí no me importa —susurró. Iba a continuar, pero una joven camarera vino a tomarles nota y ella desconcentró la mirada.

—Traiga a mi novia un batido de fresa. Y a mí… un Soda Pop.

La muchacha apuntó los pedidos y les sonrió, aunque les reconoció de inmediato y se puso tensa. Los miró por más segundos.

—Por favor… no diga nada —pidió Rumi.

—N-n-n…no… tranquilos… jeje… ¡me voy! ¡Enseguida se lo traigo todo!

La chica se fue antes de que Rumi pudiera defender la otra parte.

—Me has llamado novia. Imbécil, vas a hacer que esto estalle por los aires —masculló malhumorada.

—Haberlo negado rápido —se encogió de hombros con más diversión. Sus dientes cambiaron frente a ella. Aparecieron colmillos, los cuales acarició con la lengua al mirarla—. ¿Qué tal si nos enfrentamos de otra manera antes de matarnos?

—Vete a la mierda, Jinu.

El chico sonrió; retiró los colmillos.

—¿Sabes por qué te desplazan a ti?

Rumi no quería continuar por ese lado. Pero ella tenía gran parte de culpa. Ese fue el mensaje que le escribió, fruto de su desamparo al descubrirlas en la cama.

—Te… te mandé eso porque me agobié. No puedo creerme que estén juntas…

—¿Están juntas? Dudo mucho que sea oficial.

—Claro que no es oficial… nos llovería encima.

—Deberías hacerlo tú oficial. ¿Saben ellas… que lo sabes? —Rumi negó con la cabeza gacha. Frunció su entrecejo—, eso es genial. Gran parte de la audiencia es conservadora, las van a mandar a la calle. O les parecerán raras. Échalas a los lobos y parte como solista. Es el sueño de toda artista que ya va para los treinta.

—Cierra la boca, Jinu… estás hablando de cosas muy graves.

—Escucha bien. El honmoon en teoría funciona con las tres. Pero ellas… ya no quieren depender de ti, seguramente estén por compromiso. ¿Te tienen en cuenta para algo, últimamente? ¿A que no? Eh… ¿y si no fuera así? ¿Y si descubrieran cosas raras, como… que con dos ya es suficiente para estabilizarlo?

—¿Vas a darme tú consejos de cómo mantener el honmoon? ¿Estás de guasa? —soltó una carcajada.

—Claro que no. Remolacha, escucha.

—¿Cómo me has llamado?

—Remolacha. Chitón. Atiende —comentó sin quitar la sonrisa de la cara. La señaló—. Yo te lo explico, para que una malhumorada como tú pueda comprenderlo —cogió tres servilletas de papel y las hizo bolitas. Las dejó sobre la mesa y acercó dos—. Ellas van a rechazarte de un modo u otro, ya te lo dije cuando supe que eras medio demonio. No quisiste hacer caso, ¿no? Pueeees… al final ha pasado algo mucho peor —juntó dos bolitas y pateó la otra con el dedo—. Esa eres tú. Pero eh —la miró serio y desplazó la mano hacia la bolita apartada. La tomó con cuidado y la elevó entre ellos—. No te hacen falta. Déjalas atrás. Creo que… tú… eres una clave importante. Eres única. No te hacen falta las chicas para mantener el honmoon, estoy convencido.

Rumi no le creía una palabra. Pero esa posibilidad formarse en su cabeza le generó curiosidad.

—Durante toda la historia de las cazadoras, son tres las que…

—Porque ninguna de ellas antes tenía tus características. Dime… ¿qué sentido puede tener que tú tengas el poder de una cazadora… siendo demonio?

—Yo… —apretó la voz— no soy un d…

—Bueno, claramente estás mezclada. Pero eso te hace mucho más fuerte. Los demonios básicos que habéis asesinado hasta ahora no tienen nada que ver con los chicos… o conmigo. Hay demonios más fuertes que otros. Hay seres nuevos… y mejorados. Yo creo que tu existencia significa esperanza para los dos lados. Sólo que… bueno…

—Un demonio tiende por naturaleza a… bueno… absorber las almas.

—Y el honmoon las une por resonancia. Todos los vivos están conectados por resonancia. Tu voz es la que los activa más. ¿Pero y si pudieras seguir haciéndolo? Tú sola.

Pateó las otras dos bolitas y dejó la suya en medio. Abrió las manos, como si acabara de finalizar un truco de magia. Sonrió mirándola parpadear, pensativa. Ascendió la mirada a él tras unos segundos.

—¿Cómo sabes lo de la resonancia?

—La estudié cuando era sólo un mito. Antes de obtener todas las riquezas que obtuve.

Rumi soltó un suspiro largo. La camarera regresó tratando de ocultar su emoción y les dejó el pedido en la mesa.

—Chicos… ¿podría pediros luego en privado una foto?

—¡Claro! —contestó él amigablemente. Sin esperar respuesta de Rumi, la chica se fue enrojecida. Rumi la siguió con la mirada.

—Es cierto que no les dije nada porque quería asegurarme de que… bueno, de que esto… —susurró y se descubrió más el antebrazo.

—Eso ellas no sabrán gestionarlo, así que mejor no se lo cuentes. Te matarían. No son tan listas.

—¿Matarme…? —chistó en una risa desganada—, cuando se enteren… en fin, esto… esto no tiene ningún sentido para mí.

—Para mí sólo eres algo increíble que existe. Puedes unir nuestros mundos. Quizá hasta purificarnos. A lo mejor la respuesta era esa. Que un demonio… se tire a una jodida cazadora. Deberían ponerse las dos en fila y a turnarse los embarazos de mis chicos.

—Eres asqueroso, joder…

—Espero que sepas… —se acercó la lata de soda—, que lo tuyo como cazadora tiene una parada final. Así como de bailarina. Dejarás de cazarnos. Sería casi canibalismo, ¿no lo ves? —alzó una ceja—. Cuando la gente de tu alrededor lo sepa… sepa lo que que eres, comenzarán tus verdaderos problemas. Y en ese momento tendrás que elegir.

—Si tengo que elegir entre ser demonio o cazadora… pr-…

—No —la cortó—, tendrás que elegir entre ser demonio o morir. El alma la perderás, al igual que estás perdiendo las habilidades de canto.

Rumi sintió que la sangre se le helaba. Desconocía cómo podía saber él que había estado teniendo problemas para afinar desde que los dibujos de la piel avanzaban hasta su cuello. Pero lo sabía. Jinu prosiguió.

—Y en ese momento, cuando tus amigas te den de lado por ser demonio, la industria te despida porque ya no sepas cantar y el honmoon se fracture… cuando pierdas tu alma… sabrás lo que se siente. Al estar aquí. Donde yo estoy.

—Tú… no me estás sugiriendo nada, sólo… estás jodiéndome… —murmuró, más apenada. Abandonó el batido y cogió su móvil.

—Lo que te digo es que aproveches el maldito tiempo que te queda —la agarró rápido de la mano en cuanto ella se puso en pie—. La realidad jode, pero es lo que te espera. Antes de que ellas te dejen, déjalas tú. Si no las quieres exponer para joderlas, ¡no lo hagas! Ya se expusieron ellas solas morreándose en una fiesta creyendo que nadie las vio. ¿En cuanto a ti? Luce un poco aquello para lo que has nacido sin su ayuda y luego… no sé, vete al campo. Por lo menos tú tienes algo que yo no tengo. Vida.

Le soltó la mano de mala gana. Rumi inspiró hondo y se largó sin mediar palabra.

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