CAPÍTULO 10. El inicio de la fractura
Tienda de videojuegos
—¡Menuda tarde de mierda me va a hacer pasar! Joder… —farfulló, mirando el móvil a cada instante que tenía un hueco.
—Evangeline Beauregard, casi te tiro cuatro consolas en el coco por estar con el puñetero móvil —chilló Aroa.
—¡Perdón! Dame… —dejó el móvil en el mostrador y alzó los brazos en su dirección. Juntas lograron bajar una enorme caja pesada y arrastrarla hasta la estantería que correspondía. Habían pasado gran parte de la tarde haciendo espacio en el almacén para las consolas de coleccionista que habían llegado, pero Eve había estado de mentalidad ausente desde que volvió del almuerzo.
—Y no le des más vueltas a eso. Tienes una novia celosa, ya lo imaginaba. Se la veía —dijo acariciándola del hombro cariñosamente.
—Qué pereza —musitó por lo bajo, casi como si temiera ser escuchada—. No me meto en las relaciones para esto. Con todas mis parejas siempre acaban pasando cosas similares.
—Es porque estás buena —comentó Shinji, que se dedicaba a limpiar con un producto las figuras a tamaño real—, cuando te echas una novia tan guapa, se te disparan las alarmas. Y lo mismo te digo de Gina. No te descuides mucho.
—¿¡También te gusta mi novia!?
—Eeeh… yo sólo digo la realidad. Es muy guapa. Las dos tenéis cientos de posibilidades de evitar la soltería. Sois… de ese reducido grupo de personas que si están solteras es porque quieren.
—Mejor cállate un rato, que no estás ayudando en el tema —gritó Aroa tirándole una bola de papel arrugado. Shinji sonrió—. ¿Por qué no le dejas claro que no quieres mantener una relación así?
—No sé, es la primera vez que se enfada dejándome con la palabra en la boca. Y que me ignora. Tampoco quiero ser una sargento.
—¿No trabajaba por la tarde?
Eve negó con la cabeza.
—Siempre tiene las tardes libres. No sé qué estará haciendo.
—Bueno. Como sea… es probable que se le pase.
—Eso espero.
Casa de Gina Hae-won
Gina había vuelto a su casa echando humo por las orejas. No tenía el control sobre su relación de la manera que quería. Evangeline le había escrito un par de veces a lo largo de la tarde y la había llamado al acabar la jornada, pero la ignoró en lo que restaba de día. Era raro. Incluso doloroso, teniendo en cuenta que ya estaban acostumbradas a mensajearse y llamarse a toda hora. No tenía claro si se había pasado de la raya o no, pero… no quería darle más vueltas. Al final, esa imbécil de Martha viajaría con ella. Y ella se quedaría trabajando. No volvería a sacar a Lillian el tema de los días libres.
Evangeline pasó mala noche. Al ver que no le respondía a los Whatsapp ni las llamadas, la había llamado al fijo. Al desviarse la llamada casi al segundo, supo que la estaba ignorando abiertamente. Decidió darle algo de cuartel para que asimilara lo del viaje y ya probaría mañana.
Al día siguiente
Después de una tarde inesperadamente caótica y varios grupos de estudiantes que habían optado por desordenarlo todo en las secciones, Evangeline, Aroa y Shinji habían salido por unas copas. La rubia tenía buen aguante al alcohol, pero perdió el control del número de jarras de cerveza. Cuando concluyó la cuarta y salió por tercera vez del aseo completamente ebria, el camarero las echó por estar armando jaleo. Varios chicos habían intentado entrarles, tratando de marginar a Shinji en el proceso al saber que era sólo el compañero de trabajo de las chicas, pero al final la salida se convirtió en una visita al karaoke donde siguieron bebiendo. No habían parado de chillar y reírse hasta que, cuando les dio por mirar el reloj, ya eran las once de la noche.
—Bueno, señoritas. Ya está ahí el taxi, yo voy para mi casa caminando. No seáis malas ni vomitéis en las alfombrillas. Eso va por ti, Aroa. Llevas récord de dos papeleras profanadas.
—Ah, cállate… cállense… veo dos Shinjis…
Una nueva carcajada débil salió de las dos, mientras saludaban al taxista y se metían abrazadas y tambaleantes en los asientos traseros.
A mitad de trayecto, el móvil de Eve comenzó a sonar. Tenía la esperanza de que fuera Gina en un arranque de misericordia, acordándose de hablar con ella para al menos despedirse.
—Ugh… señr taxit… hip… cambie de rumbo, mire, vaya a la Calle Blue Birdie… num… hip… número 8…
—Para eso tengo que dar toda la vuelta.
—Wueno, para eos le pago… a ella la está esperando el novio ahí delante, ya lo veoJOSHHHH…
Josh saludó algo avergonzado al taxista y a Eve, mientras abría la puerta y sacaba en brazos a una adormilada Aroa.
—Ah… gracias…
—¿Quién esh…? —finalmente Eve se pegó el móvil a la oreja.
—Mierda, ¿estás borracha? —era la voz de Martha—. ¡En pocas horas sale nuestro vuelo, más te vale descansar bien!
—Ogh… es verdad… iba a casa de Hae-won… creía que era quien llamaba…
—Esa te lleva ignorando dos días. ¿Estás cerca? Puedo ir a recogerte en coche, no tardo nada. Esa bruja no vive lejos de mí, por desgracia.
—Ohnonono, se enfadaría… voy a intentar despedirme al menos.
—Madre mía, se te nota que vas pedo… ¿crees que no lo agravarás?
—Tengo diez minutos para sosoegrme… no se va a dar tanta cuenta.
—Ya… —se oyó un suspiro a través del móvil—. En fin, no me dejas nada tranquila. Escribe cuando hayas hablado con ella, si no sale bien te paso a buscar.
—Eres un amor… —sonrió Eve separándose el móvil del oído y luchando por concentrar bien la mirada para colgar.
Domicilio de Gina
La rubia pagó una desproporcionada factura de taxi por el cambio de sentido y salió tambaleándose del vehículo, ante la mirada preocupada del hombre que la había traído. Puso un poco la oreja durante la conversación y supo que venía a despedirse de alguien, así que no le preguntó nada y arrancó cuando vio que pulsaba el botón del portal. Evangeline pitó a uno de los pisos. Sabía que tenía una camarita incorporada en las dos puertas que conformaban el bloque, era un buen barrio. Suspiró y cerró los ojos, encaramándose contra los barrotes fríos de la verja. Nadie contestaba y su cabeza empezó a girar como si tuviera por cerebro una lavadora. Tosió cansada y lo volvió a intentar. Sacó al mismo tiempo el móvil y la telefoneó, alejándose unos pasos del portal para levantar la cabeza y buscar la ventana. La luz del dormitorio no estaba encendida, pero sí se apreciaba algún haz amarillento. Probablemente se hubiera quedado dormida viendo la tele. Resopló al ver que le desviaba la llamada.
—Qué cabreada estás… —susurró algo apenada. Le envió un audio al Whatsapp—. Soy yo la que te está llamando al portero automático, ¿de verdad que no vas a dirigirme la palabra?
Levantó la cabeza al escuchar ruidos cerca de la puerta. Se subió la cremallera de la chaqueta para protegerse el cuello, empezaba a sentir frío. Dio dos grandes zancadas hacia la primera puerta justo cuando una mujer alta y rubia salía de allí; llevaba medias de rejilla. Trató de tomar la verja para pasar cuando ella se fuera, pero ésta se giró de mala gana y le levantó la voz.
—¿¡Quién demonios es usted!?
—Ah… perdón… soy… busco a una persona, vive aquí.
—Pues no se cuele. Si no le ha abierto, deberá esperar aquí —cerró con fuerza casi dándole en las narices. Eve la siguió con la mirada iracunda, y volvió a llamar a Gina.
Ésta vez descolgó.
—Estás abajo, ¿no?
—¡Sí! Abre, me muero de frío… y una chica muy borde casi me da con la reja en la cara.
—No sé si quiero que subas.
Eve cerró los ojos suspirando. Por muy borracha que estuviera, aquello no le parecía ya ninguna broma.
—Me voy a primera hora. Quiero abrazarte…
—Estoy enfadada y… no sé sí…
Gina dejó de hablar en cuanto oyó una tercera voz. Aumentó al máximo el volumen de la llamada para oírla bien, pero se le dificultó porque algo interfería. Supo discernir que era una voz femenina.
Eve tapó rápidamente la captura de audio con la mano cuando Martha la sobresaltó por la espalda.
—¿Qué haces aquí…?
—Sabía que seguirías en la maldita calle. ¿Esa loca no te abrió?
—Estoy hablando con ella, ¡prefiero que no te oiga!
—¡QUE ME OIGA BIEN, ESTOY AQUÍ ABAJO Y HE VENIDO A LLEVARTE A CASA!
Bueeeeeno. Pues por lo menos duré más de dos meses con Gina, dijo el cerebro de la rubia, buscando algún tono divertido al que aferrarse. Claramente, con aquel grito su novia la había escuchado. Al ponerse el móvil en la oreja ya le había colgado.
—¿Por qué has hecho eso…? —la cuestionó sin fuerzas, le dolía el estómago de sólo pensar en las repercusiones—. Había conseguido que tomara el teléfono.
—Sí, justo cuando esa chica tan mona salía. He estado espiando —dijo divertida, negando con la cabeza.
Evangeline giró la cabeza hacia la chica que se refería. Aún podía ver cómo se alejaba de la urbanización. Llevaba altas botas de aguja de cuero negras aparte de las medias de rejilla, y su andar irradiaba una seguridad contundente.
De pronto la conversación de ambas se detuvo cuando se oyó un giro de llaves. Eve sonrió al ver a Gina abriendo la puerta. Se le acercó de inmediato para abrazarla pero la otra estiró la mano y la frenó en seco, dirigiéndose directamente a Martha.
—¿Pero a ti qué te pasa, estás bien de la cabeza?
—¿¡Perdona…!? —preguntó cabreada. Por fin se dignaba a ser sincera en su cara. A hablarle lo mal que deseaba que le hablara para tener razones para seguir estando en su contra.
—Te he oído. Esa mujer que ha salido es amiga mía, para que lo sepas. No tengo nada que ocultar.
—Por eso no le cogías el móvil, ¿uhm? —dijo con una sonrisa burlona.
—Sí, por eso no le cogía el móvil.
Eve sacudió la cabeza restándole importancia y trató de sonreír.
—¿Podemos hablar un poquito?
—Que se largue. No puedo ni mirarla ya —dijo señalando con el mentón a Martha. Ésta soltó una risita.
—Tranquila, no te voy a dar el gusto de generar drama. Esperaré aquí hasta que ella me lo diga. No me fio de que la eches en la calle por otra de tus histerias.
La rubia tragó saliva y luchó por no entrometerse, porque sabía bien que iba a salir muy escaldada. Trataba de hacer oídos sordos hasta que los cuerpos de esas dos se distanciaran. Tras un intenso choque de miradas, Gina se giró a abrir la reja de nuevo y la invitó a pasar.
Casa de Hae-won
—No me puedo creer que haya venido hasta mi portal. Menuda loca.
—Que conste que le dije que no viniera…
—Dios mío, hueles a cerveza un montón… ¿se te ha caído encima o algo así?
—Puede que un poquito —musitó atontada con una risita, y la agarró fuerte de las nalgas para pegarla a su cuerpo. Enseguida trató de besarla, pero Gina le quitó las manos y se apartó.
—¿Pero qué haces? ¿Crees que me apetece esto ahora?
Eve suspiró adormecida, estaba entre cachonda, agotada y con el nivel de diversión a punto de desplomarse en cuanto pillara cama. Se puso todo lo seria que pudo.
—Sólo era un besito… ya sabes… así tengo más fuerzas mañana para madrugar.
—No quiero que me hables de ese maldito viaje.
—Woooooh… ¡relájate un poco! —se sentó en el sofá pesadamente, sintiendo una vez más cómo le bailaba la cabeza.
—Esa mujer que has visto salir abajo era Irina.
Eve parpadeó algo desorientada, pero de pronto, conectó el nombre a la historia. Se preocupó inmediatamente. Miró a Gina con más seriedad.
—¿Qué ha venido a hacer aquí?
—Ha venido llorando, a decirme que lamenta haberme rechazado en el pasado. Y me ha pedido una… oportunidad.
—¿Q… qué…? —sintió que el malestar de su estómago iba a peor de un segundo a otro. Se puso en pie rápido, acercándose a ella— ¿de qué estás hablando?
—Estoy igual de sorprendida que tú. Ahora quiere, después de tanto tiempo. No lo entiendo.
—Pero… ¿es que acaso…?
—¿Qué?
—¿Tú sigues queriendo regresar con ella?
—No, claro que no. Nunca fuimos nada… como ella misma me dijo un montóoooon de veces.
—Pero… ¿sigues queriendo o no?
—No, no quiero. Claro que no quiero.
Evangeline se relajó, suspirando fuerte.
—De acuerdo… am… —trató de pensar rápido— ¿es por ella que no me respondías a ningún mensaje ni llamada?
—¡Claro que no! Estoy enfadada contigo, ya te lo dije. Lo de que ella venga… ha sido sólo hace un rato, y ha coincidido con tu llegada.
La rubia asintió lentamente. No tenía por qué desconfiar, aunque lo que verdaderamente la preocupaba era el hecho de que Irina se hubiera presentado con esas intenciones. Así que ahora quería estar con su novia, después de tanto hincapié en rechazarla. La miró con fijeza.
—Vale, Gin, pero… me gustaría poner fin a esta tonta discusión.
—Ya, ya sé lo que te gustaría. A mí lo que me gustaría ahora es que te marcharas. Quiero dormir y tú también lo necesitas.
Eve frunció un segundo el ceño, pero tragó saliva y asintió pesadamente, sin discutir.
—Muy bien —ascendió una mano a su mejilla y se le acercó poco a poco, buscándole la boca. Gina volvió a frenarla.
—Vete ya —dijo, en un tono imperativo. Pasó por su lado pero la rubia la agarró con más fuerza, atrayéndola hacia ella de un tirón.
—Quiero un maldito beso.
—No me pongas la mano encima. Apártate —la empujó con una fuerza mayor, haciendo que la otra trastabillara por su ebriedad y se diera un golpe contra la pared. Abrió los ojos algo sorprendida y la siguió con la mirada. Gina la ignoró. Se metió en la cocina, poniendo a calentar el plato que se había estado preparando.
Al cabo de un incómodo minuto, oyó que la puerta de su casa se cerraba.
Horas después
Martha había llevado hacía escasas horas a su amiga a su casa. Esa misma mañana, con dos horas de antelación, la ayudó a levantarse y preparar lo que quedaba de la maleta. Eve tenía una resaca impresionante y las pastillas no habían hecho ningún efecto. Para cuando se subieron al avión, su amiga trató de entretenerla un poco, pero no la notó muy receptiva y al final abortó la misión para ponerse a leer.
En el fondo, sentía algo de felicidad al saber que la despedida no había acabado bien. Evangeline apenas había pronunciado palabra desde que se había levantado. Era tan buena, que había pedido disculpas de antemano por si no la veía sociable, cosa que Martha entendía, así que no insistió. Sabía perfectamente lo desolada que debía sentirse después de que Gina pasara de ella la noche anterior y ahora tuviera que estar privada de su contacto durante tres días enteros. Esa Barbie de pelo negro parecía lo suficientemente arpía y fría como para no dedicarle ni un solo mensaje también durante lo que durara el viaje.
Pero tú sigue así, Gina, lo estás haciendo muy bien. Sigue así… los despliegues tan estúpidos de orgullo no te servirán a largo plazo con ella, pensaba mientras observaba a su amiga. Ya tendrás tiempo de lamentar el ridículo que estás haciendo.
Después de tres horas de vuelo, la rubia se quedó por fin dormida y no fueron molestadas el resto del viaje.
Pueblo de Soourhan
Ambas fueron recibidas cálidamente por los padres de Evangeline. Comieron juntos y pasaron varias horas charlando alrededor de la mesa; el servicio acomodó las maletas de las chicas en la habitación de invitados.
—¿Dónde está Samuel…?
—Pronto lo traerán de la guardería…
—Qué vagos que sois, si los dos estáis en casa…
—¡Contigo fue más que suficiente! —rio la madre. Alice y Robert Bauregard se dedicaron una sonrisa cómplice.
—Bueno, Martha y cuéntanos… ¿cómo te va en el hospital?
—Oh, bastante bien. Poca novedad y muchas urgencias… pero estar entretenido hace que se pasen las horas rapidísimo.
—Supongo que cuando ya ves tantas urgencias hacen que ni te impresionen, ¿verdad?
—Bueno, más o menos. Siempre pasan cosas que te sorprenden… el mundo nunca deja de hacerlo.
—Cierto, cierto… —musitó él.
Tras carraspear un poco, Alice se dirigió a su hija, que había perdido ya un poco el hilo.
—Hija, a ti no sé si preguntarte… ¿hay muchas novedades en esa tienda de manga?
—Bastantes. Tampoco paramos. Y no es sólo de manga, mamá… te lo he explicado varias veces. Hay de todo.
—Es que aparte de los libros y los mangas yo no conozco mucho más…
—Pues también te lo repito… en cuanto os dé por asomar por allí, hago un tour.
—Es para perderse en ese lugar. Creo que es tan grande como el hospital de mi pueblo —soltó una risita, terminando su plato.
Al poco, la puerta de entrada se abrió. Una chica joven se limpió los zapatos y entró con un bebé grande en brazos. Eve dio una exclamación y se puso rápido en pie, acercándose al trote.
—¡Mírale, si está enorme…! Ay… Sonia, ¿cómo estás?
—¡Encantada de volver a verla, señorita! Sí, pesa ya montón… ¿lo quiere cargar?
—¡Sí!
Muerta de amor, se inclinó un poco a su altura para tomarlo entre sus brazos. El niño pareció mirarla con mucha curiosidad. Era difícil saber si la reconocía o no a su corta edad, pero lo que estaba claro era que le gustó su presencia, porque sonrió automáticamente cuando ella le sonrió.
—¡Mira qué dientecitos!
—Sí, y muerde que da gusto… es un pequeño vampiro —comentó Alice sin levantarse de la silla. Sonrió tiernamente al ver cómo Eve le abrazaba y volvía a la mesa con él en brazos. El niño ya había empezado a intentar alimentarse de su pelo.
—Hija, hay un tema importante que queríamos tratar contigo… y preferíamos que fuese aquí. En casa, como con cualquier tema importante.
—Sí, me lo imaginaba. ¿Ha pasado algo?
El matrimonio intercambió miradas. Eve dejó de jugar con su hermano para mirarles con más atención, preocupada. Y Martha frunció el ceño.
—No pensábamos decir nada, pero… tenemos que cerrar uno de nuestros locales. Hemos hecho un buen trato para aumentar la plantilla y el local en otra parte. Pero… hay una persona de la que tenemos que prescindir. Y no queríamos decírtelo por teléfono.
Eve los miró alternativamente, sin expresión. Sintió tanta tensión que soltó una risa floja, contenida.
—No podéis estar hablándome en serio.
—Gina Hae-won… es la chica de la que nos hablaste, ¿no? La hemos estado vigilando de cerca.
Eve empezó a sentir que le faltaba el aire, se puso nerviosa automáticamente. Miró desesperada a su amiga, quien le dio algo de apoyo al sentarse más cerca.
—Tranquila, ¿vale? Escuchemos lo que tienen que decir.
—Ella… —empezó Alice.
—Es mi novia, mamá —la interrumpió—, y ya sé cómo suena… pero de verdad que es una profesional. No puedes hacerle esto de la noche a la…
—No interrumpas a tu madre —bramó Robert, de repente muy serio. La chica negó con la cabeza empezando a sulfurarse. Nada de lo que le dijeran la haría cambiar de idea.
—Sabemos lo profesional que es en el ámbito culinario… pero una cosa no quita la otra —murmuró la mujer, mirándola fijamente—. Nos han llegado ya varios avisos de su comportamiento interno en cocina. Con los propios trabajadores. No podemos pasarlo por alto, por muy buena que sea en lo suyo.
—Lleva muchos años trabajando para tu empresa. ¿Y es justo ahora cuando te llegan esos avisos? Qué conveniente.
—No. No lo creas… el estudio de ese local empezó hace cinco meses.
—No podéis hacerle esto.
—Por favor… tiene veintiséis años. Ni que fuera una niña. Seguro que con las buenas referencias culinarias que tiene no le costará encontrar trabajo. Además… no creo que pudiera mudarse tan lejos igualmente. Interferiría en vuestra… relación, ¿no?
Evangeline apretó los dientes.
—Cuál era la otra opción. ¿Irse a cientos de kilómetros para que acabáramos cortando también?
—Esa relación no tuvo que haber empezado en primer lugar.
—Robert, querido, quedaríamos en que hablaría yo —regañó Alice, dedicándole sólo un segundo a su esposo. Éste quitó la mirada con un deje asquiento y se puso a recoger los platos. La rubia negaba lentamente con la cabeza, apretando los labios.
—No me lo puedo creer… menos mal que no vino aquí a conoceros.
Alice asintió, pero haciendo caso omiso.
—Hija… escucha, la vida no se acabará para esa joven, tú tienes que mantenerte al margen. Se le dará una muy buena indemnización. Tiene paro por años porque ha trabajado sin parar.
—Creerá que estoy involucrada… y lo estoy —dijo en un susurró pesado, volviendo a negar con la cabeza. El sólo hecho de imaginarse a Gina siendo despedida injustamente le daba dolor en el pecho.
—No, tú no tienes nada que ver.
—¿¡¡Cómo puedes ser tan mentirosa!!?
—Ni un grito más —dijo el hombre con fuerza, dando un golpe en la mesa que hizo tener un respingo a las dos jóvenes. Eve no aguantó más y le entregó al bebé a su amiga, que lo tomó en brazos mirándola preocupada. Agarró el abrigo y salió rápidamente de la mansión.
Martha se quedó mirándolos a los dos.
—Habéis hecho bien.
—¿Tú crees…? —musitó Alice, tragando saliva—. No es que acierte mucho con ella… desde hace mucho tiempo.
—Los informes que me pediste se adecuaban por completo a la realidad. He visto las grabaciones y también he sido testigo de otro par de situaciones desagradables con ella.
—¿Crees que esa muchacha armará escándalo con…?
—No nos importa ella, Alice, nos importa nuestra Eve —cortó el padre, y señaló con las cejas a Martha—. Y a esta chica le ha costado varios años sacarse unas oposiciones administrativas. Ha hecho un buen trabajo.
—Por favor, respecto a eso… —Martha bajó la mirada al niño, mordiéndose un instante los labios—. Como comprenderéis, prefiero mantenerlo en secreto un tiempo más. Para Eve sigo estando sólo en el hospital como enfermera. Quiero que pase algo de tiempo antes de que se entere de que he tenido mis prácticas de Inspección Laboral en esta cadena. Ella… en fin, si sabe que he hecho yo el informe definitivo junto a mi supervisor, no me lo perdonará. Quiere mucho a esa chica.
Pero yo la quiero más.
—Descuida. Seguirá así hasta que lo necesites —aseguró la madre—. Esa relación no iba de todos modos hacia ningún lado, Martha. Y ella tiene que entenderlo. Pero soy una madre preocupada, y aun así me he ofrecido a dar buenas referencias de Gina con el resto de cadenas.
—No te lo aconsejo, Alice… —negó rápido, fingiendo algo más de pena—. No te metas en ese berenjenal sin necesidad. Gina sabrá salir adelante y me contó Eve que tenía planeado a futuro abrir su propia pastelería. No te sientas mal por ella, porque no es ningún angelito fuera del ámbito laboral.
La mujer suspiró largamente.