CAPÍTULO 1. La elegancia de ser… yo
Gina había pasado toda la jornada deseando llegar a casa para echar un ojo al nuevo folleto. Todos los días madrugaba mucho para entrar a trabajar a la pastelería y tenía la manía de mirar su buzón, pero claro… no todas las mañanas le llegaba el folleto en físico de las actualizaciones del club. Esa noche disfrutaría de ellas mientras se daba un buen homenaje.
Decidió ponerse cómoda y llenar la bañera de sales con su fragancia preferida. Preparó una copa de vino tinto y la dejó cuidadosamente en el borde mientras se deshacía de la ropa. Estaba pegajosa, había sido un día duro. Las fiestas navideñas estaban al caer y como no era de extrañar, su explotadora encargada había vuelto a joder a toda la plantilla elaborando un calendario abusivo con eventos de degustación y platillos menos convencionales para llamar la atención de otros sectores. Eran las mismas ideas que la propia Gina habría tenido. Pero sabía que contra más bonitos y característicos fueran esos platos en la pastelería -que ya tenía un renombre-, más jaleo, estrés y cansancio habría en cocina. Deseaba fervientemente que la enfermedad del marido de su jefa la tuviera lo más alejada posible de la pastelería. Había llegado la noticia de que enfermó de cáncer y que el pronóstico era malo y con ello, Gina sintió un camino abrirse. Con Lillian fuera de juego, el radar de la dueña de la pastelería estaría pendiente a la efectividad de la plantilla que quedaba. Gina era la empleada más antigua y tenía que destacar si pretendía ascender, barriendo a Lillian del medio. Así que era prioritario dar todo de sí para mostrar su valía.
“Debido a que Lillian estará intermitente en su horario laboral, será Hae-won la que la releve por Navidad. ¿Todos de acuerdo? Gina, ¿crees que será demasiado para ti?”
“Por supuesto que no, vejestorio. Llevo ya seis años aquí y todavía te crees con el derecho a hacerme esa estúpida pregunta.”
Eso fue lo que se le pasó por la cabeza cuando aquella vieja la cuestionó, mirándola a los ojos. Gina sonrió con su angelical rostro inmaculado, y le dio la más simpática intervención que pudo.
“Amo este lugar, estar ocupada me da la vida”, no mintió del todo al decirlo, “y más si es durante las fiestas. De verdad que lamento mucho la situación de Lillian, pero daré todo de mí.”
Y la señora le dio la mano.
—Bueno, Lillian —dijo comprobando el agua de la bañera—. Tienes que ser una buena esposa y dejar que tu marido de cincuenta y dos años te cuide, a lo mejor son tus últimas semanas.
Eso fue lo que dijo.
Dio un largo suspiro de placer al sentir el agua caliente quemar un poco sus piernas. Fue sentándose de a poco en la bañera, ya rebosante de espuma y con tenues colores rosados expandiéndose entre las burbujas. Qué placentero. Cerró los ojos y se tumbó poco a poco hasta apoyar la cabeza. Viró la mirada hacia el folleto. Esa vez era como una pequeña revista con más páginas de lo usual.
—Las fiestas llegan y todas las empresas quieren sacar tajada —curvó una pequeña sonrisa maliciosa, dando un sorbo a su copa de vino. La dejó a un lado y tomó la revista, era de muy pequeño tamaño. Se saltó la parte de los juguetes sexuales convencionales y fue directa a los disfraces y a la lencería femenina. Sus enormes ojos negros fueron a parar al mural de una mujer madura con un disfraz de cuero y medias de rejilla, finalizadas en desproporcionados tacones. Sostenía una correa metálica que estaba anclada al cuello de un varón notablemente más delgado y flaco que ella, postrado a sus pies. Cada artículo visible en la foto tenía su precio. Gina ladeó un poco la cabeza observando el outfit de la mujer y se fijó en sus detalles físicos. La máscara no le permitía escrutar su rostro. Una pena. Pero sí sus manos y la forma de sus piernas. A Gina le gustaba mucho el cuerpo femenino en general. Suspiró por lo bajo al ver en las páginas siguientes aquellos conjuntos de lencería tan bonitos. No era común ver encaje verde bosque, pero daba el pego por las fechas. Era todo tan delicado. Tenía ganas de acariciar un pecho abultado con aquel bellísimo encaje de flores. Cada delicada prenda era más cara que la anterior, pero lo valía. Le gustaban las altas calidades. Se relamió el labio inferior, desviando poco a poco la mirada de la revista para llevarla al móvil. Lo alcanzó y buscó por mensajería uno de sus contactos de confianza.
Llevaba mucho sin escribirle. Y realmente sabía que no le convenía hacerlo dada la última experiencia.
“Te lo dije antes de empezar, Gina. Esto es una relación profesional, nada más. No quiero que vuelvas a tomar mi teléfono.”
Gina carraspeó un poco incómoda al rememorarlo, incluso en la soledad de su casa. Parpadeó y decidió directamente llamarla.
—¿Irina…? —preguntó nerviosa. Le había descolgado rápido.
—Sí. ¿Necesitas algo, Gina?
—Ah… —separó la espalda de la bañera, jugando con la espuma en su otra mano—. Me preguntaba si estabas disponible esta noche…
—¿Estás segura? No quiero problemas. No quiero que pase lo de la última vez.
—Vamos, no seas tan dramática. Sólo me puse un poco celosa, ya se me ha pasado. Me gustaría que me azotes por ello, si tan mala he sido… o que me obligues a hacerte la cena —rio con suavidad—, ¿te apetece algo de cenar?
—¿Dramática? Respondiste un mensaje en mi nombre —le espetó, ignorando lo demás—. No rozaste el límite, lo cruzaste. Éste es mi trabajo.
—¿Y por qué narices me contestas entonces? —gritó de repente.
—La última vez me dejaste tan impresionada que no pude ser clara. Ahora te lo digo para que no queden dudas. Si vamos a vernos, será de manera estrictamente profesional, y se acabó lo de ir a tu casa. Vendrás a la mazmorra del local.
Gina no quería. No porque le diera vergüenza… le daba, pero no era el motivo realmente. Se había peleado con algunas muchachas de allí y no siempre era recibida con buenos ojos. El conflicto con Irina había hecho más tenso el ambiente.
—No quiero ir allí. Te pagaré más dinero si vienes a mi casa.
—Lo lamento, preciosa. Las condiciones no las pones tú.
Y le colgó.
—Tsk… —la pelinegra frunció las cejas cabreada, dejando caer su móvil a la alfombra del baño. Lejos de su propio alcance. Se apresuró a lavarse el pelo y el cuerpo, y cuando salió, vació la copa de tres buches largos.
Pasada una hora, un amigo la llamó. Gina estaba a punto de quedarse dormida sobre el sofá. Parpadeó y balbuceó adormilada, alzando una ceja al ver el nombre de Dutch en pantalla.
—¿Sí…?
—¡¡Gina!! ¡Gina…!
—¿Qué ocurre, va todo bien…?
—¡No…! Me ha dejado… ella me ha dejado… y… ahora estoy solito… otra vez. ¡¡No me lo merezco!!
Mierda. Qué pereza.
—Vamos, Dutch. ¿Quieres hablarlo mañana con un café…? Tengo el día libre.
—En realidad sí… por eso te llamaba. Porque tenía entradas para un evento de mierda al que ya no quiero ir. Íbamos a ir juntos, pero… ¡me las ha regalado y no quiero ir solo!
—¿Un evento de mierda? Pues no me lo estás vendiendo muy bien…
—BUAAAAAHHHH, GINA… ¡GINA…!
—Es que… los días de descanso me apetece descansar… podemos tomar un café tranquilamente y ya está, ¿no crees?
—Es que… estas entradas son caras. Y… sería un desperdicio tirarlas…
—¿Qué tipo de evento es?
Seguro que no es uno de BDSM, hehe… porque iría encantada.
—Es un evento que realiza una conocida tienda de videojuegos y electrónica. Se juntan distintos puestos de la misma cadena y hay un montón de ofertas, pero la tienda principal es enorme y quiero ver los precios que van a sacar por Navidades. En fin… hay libros de todos los géneros. Y juegos. Y disfraces…
—Entiendo. Eso estará a reventar de gente.
—Ya lo creo… y… bueno… ¿¡querrías venir conmigo, por favor!? No quiero ir solo…
La chica rodó los ojos.
—… ¿qué no haría yo por mi buen amigo Dutch…?
—¡¡Eres la mejor!! Mañana te contaré con más detalle todo lo que ha pasado. Ahora sé que es tarde. Gracias, gracias, gracias…
—Intenta descansar.
Colgaron. Gina ya empezaba a lamentarlo. Dio un largo suspiro hinchando las mejillas. No es que fueran eventos que no le llamaran la atención. Pero el bullicio la molestaba, y la franja de edad del público que solía frecuentarlos era demasiado amplia. Chasqueó la lengua y siguió mirando su folleto de BDSM. Consultó la página web y tecleó el código de descuento de clienta VIP que tenía. Se autorregaló tres conjuntos.
Festival de cómic y videojuegos
A la mañana siguiente
Después de una nada deseable charla de casi dos horas, Gina Hae-won entendió el motivo principal por el que la chica había dejado a Dutch: lo pesado que era. Pero debía ser buena amiga y consolarle. Porque aunque aquel tipo de conversaciones la aburrieran soberanamente, le tenía un respeto y un cariño especial. Siempre había estado a su lado y él también había estado en el lugar donde ahora estaba ella. Ignorado por un amor platónico.
—En fin… gracias por venir… siento taladrarte tanto rato la cabeza con esto. Deberíamos ir a la tienda principal. Prepárate.
No tardaron demasiado en presenciar a los fanáticos y cosplayers deambulando por la plaza. Todo estaba lleno de puestos con una alfombra verde y roja que desembocaba en la tienda principal. Tres interminables colas de clientes empezaban a agolparse entre ellos para entrar.
—¿¡Qué!? ¿¡Tenemos que esperar todo esto!?
—No, no… tranquila. Ven por aquí —la tomó de la muñeca y caminaron en otra dirección. Gina observó que otro pequeño grupo de personas entraba sin esperar demasiado a la tienda.
—¿Y toda esta gente, para qué está esperando?
—Porque quieren probar los videojuegos nuevos… ha salido recientemente La décima heredera y ha levantado muchas pasiones… es de ciencia ficción pero dicen que tiene muchas escenas subidas de tono. La tercera cola en cuestión es para probar la versión en realidad virtual. Y la otra cola es para el otro juego, Arma Pesada II.
—Sí, los conozco los dos. No son mi estilo.
—Nosotros entraremos sólo a mirar. Hay muchas más cosas por ver —le sonrió.
Finalmente pudieron pasar al interior. La decoración del establecimiento era realmente impresionante. Gina era muy sensitiva, no sólo al tacto y con los olores, sino también visualmente. Los encargados de la decoración sabían lo que se hacían allí y eso le agradó. Sorteó junto a Dutch la interminable fila de recreativos y las mesas de billar hasta llegar a un área de otro color. Estaba repleta de altas estanterías con plasmas y portadas de videojuegos. Era tan colorido y había tantos funkos distribuidos que era como meterse en otro mundo, aún más cromático que el anterior. Gina se desenrolló la bufanda del cuello y caminó con curiosidad por las hileras que tenían mangas, libros y cómics, perfectamente bien ordenados por sus géneros.
—Oh —tomó un libro más grueso que el resto, en cuya portada salían las piernas cruzadas de una mujer con ligas negras. Leyó la sinopsis, pero puso una mueca de desagrado—. Qué básico.
Dutch se rio al verla poner esa cara.
—Si te interesa algún género pídeselo a los trabajadores. Aunque hoy parece que tienen mucho jaleo…
—No hace falta. Ni siquiera los veo aquí, qué despreocupados —musitó con la mirada concentrada en el resto de portadas, avanzando de a poco. Pero los gritos del resto de clientes la hicieron suspirar algo agobiada.
—Bien, pues… yo iré a hablar con ellos. A ver si logro pescar alguno antes de que otro cliente se adelante. De lo contrario, no encontraré el juego en la vida.
—¡Pero no me dejes sola…! —se quejó riendo, viéndole correr hasta la muchedumbre. Los pocos trabajadores estresados con los que se había encontrado tenían esa mirada de saturación de un día que deseaban concluir, y todos ellos iban disfrazados de algún personaje de cómic o de los videojuegos estrella que vendían.
Al cabo de un buen rato, Gina ya había visto todas las portadas por encima. Resopló y miró su reloj de pulsera.
¿Dónde demonios se ha metido éste a buscar a los trabajadores?
Se ajustó mejor el bolso bajo el brazo y caminó hacia los grupos de clientes. No había ni llegado hasta ellos cuando ya varias personas empezaron a cruzarse por su camino, algunos incluso empujándola.
—¡Hey, tranquilidad! Dios… —bufó y avanzó más rápido. Por fin vio a Dutch. Estaba hablando con uno de los trabajadores vestido de Capitán América. Reían mientras señalaban tranquilamente el exterior del establecimiento, como si no tuvieran una pila de gente alrededor suyo gritándoles—. ¡¡DUTCH!! ¿¡EH, DUTCH!?
—¡¡Ah, mi amiga!! ¡¡Ella es!! —Dutch sonrió de oreja a oreja como si no llevase dos horas lloriqueando y atrajo al chico del brazo hasta ella. Pero mientras se acercaban, otra horda de jóvenes les combó, y tuvo que intervenir el servicio de vigilancia.
—¡Eh, quietos!
—Tranquilos… ven, muchacho, antes de que nos coman… —una mujer agarraba a un niño de la mano y lo llevaba hacia ella, salvándolo de la masa. Los vigilantes apartaron a los clientes chillones para cederles espacio.
Gina parpadeó. Al lado del Capitán América que Dutch traía consigo, se movía una mujer que también iba disfrazada. Llevaba el traje burdeo de la antagonista del videojuego. Tragó saliva al fijarse en ella esos fugaces segundos. Era altísima, como a ella le gustaba. Pechos grandes, como a ella le gustaba. Pero su cara la dejó atónita. Normalmente era muy crítica con los rostros femeninos en la primera impresión. No había una maldita tara que sacarle. Tenía el pelo rubio y largo, ondulado, y unos ojazos verdes y felinos que le daban el toque de elegancia que la hacía perfecta. Jamás había visto a una mujer tan hermosa. Tragó saliva. Para rematar, el traje… el traje que llevaba…
—¡¡Gina!! ¡¡Gina Hae-won, quién no me escucha ni me ve ahora!!
—¿Ah…? —Gina giró el rostro, volviendo la mirada a los chicos. Carraspeó rápido—. Sí, vamos.
¿Trabaja aquí…? Tengo que averiguarlo.
Siguió hasta el área de las estanterías a los dos. Después de que el trabajador le diera los cómics y videojuegos que buscaba, Gina se acercó tímidamente al muchacho y sonrió lo más dulce que pudo.
—Oiga… discúlpeme, una pregunta…
—Dígame. ¿También busca algo en esta zona?
—Ahm… ¿dónde han conseguido esos disfraces tan logrados?
—¿Uh…? ¿Esto…? —el chico la miró sorprendido y acto seguido miró su propio traje. Sonrió—. Esto… ¡no sé si podré ayudarla! No tengo ni idea, simplemente el jefe nos los dio… ni siquiera sé si los encargados sabrán algo.
Tú qué vas a saber, patán. Ya contaba con eso.
—Oh, qué pena… ¿tal vez tu compañera sepa algo? ¿Podrías preguntarle? —sonrió con inocencia—, si no le pregunto yo, no te quiero hacer perder el tiempo.
—Ah, puede que ella lo sepa. Le encanta todo el tema del cosplay y los disfraces.
Gina tuvo una breve pero intensa sensación estimulante en el cuerpo al oír aquello.
Así que le gustan los disfraces… claro. Por eso el que lleva ella tiene tan buen gusto.
El chico asintió, pero al dar un primer paso se detuvo, resoplando divertido. Gina le siguió la mirada. La mujer estaba rodeada por clientes y el de seguridad los mantenía a raya. Muchos querían hacerse fotos con ella. Y ella, con gestos tranquilos y serenos, sonreía sin negarse. La pelinegra tragó saliva volviendo a recorrerla con la mirada.
—Parece que ahora está un poco ocupada… siempre pasa. Aquí sólo vienen a hablar con ella y con la otra. Hoy que es un evento especial, esa situación se multiplicará por las horas que queden.
Gina le observó de reojo. Seguro que si eran compañeros de trabajo la conocería bien.
—Pues hace falta tener mucha paciencia para eso… ¡fuf! ¿Cómo lo aguanta, la pobre?
—Haha… ella siempre está de buen humor. Y bueno. Estos chicos de hoy en día, se creen que van a ligar con ella si le sacan un poco de conversación.
—Bueno… ¡hey! ¡Parece que se quedó libre! —dijo de repente, señalándola. El chico la volvió a mirar y asintió, acercándose a zancadas hacia ella. Se preguntó si sería también su oportunidad de acercarse.
—Bueno, Gina… ¿has visto algo que te guste? Será tu regalo de Navidad —la apretó Dutch del hombro, sonriente. Ella asintió pero se separó rápido, caminando de nuevo hacia el trabajador. Sabía muy bien que la primera impresión era la más importante cuando un completo desconocido se te acercaba, más cuando la otra persona veía caras nuevas constantemente. También sabía bien qué primera impresión quería darle. El chico era notablemente más alto que ella, pero no más alto que su compañera rubia. Y ni siquiera llevaba tacones. A medida que se acercaba más y más, se dio cuenta de lo alta que era. Gina caminó tímidamente tras él y asomó un poco tras su brazo cuando empezaron a charlar.
—¡Oh, mira! ¡Ella es la clienta que preguntaba!
—Ah, perdón… espero no ser una molestia…
La chica rubia fijó sus enormes ojos verdes en ella, y Gina sintió que se le inyectaban en el alma.
Madre… madre mía… es… es demasiado sexy…
Tuvo que luchar para no bajar la mirada de nuevo a su cuerpo. Sus mejillas se ruborizaron enseguida y sintió cómo le picaba la cara.
—El jefe me pidió opinión para los disfraces. ¿Te gusta? —murmuró, con la voz apacible. No la dejaba de mirar.
No me deja de mirar, no mueve las malditas pupilas. Dios mío. Me está poniendo nerviosa.
—¡Sí! ¡Os quedan muy bien! Pero es que el tuyo es idéntico al de la villana. Era… en la escena donde irrumpía en la nav…
—…en la nave de Gorggum. Así es.
Y le sonrió. Sólo con los labios. Gina seguía ruborizada. Antes de que pudiera proseguir aquella conversación con naturalidad, el griterío otra vez reclamó la atención de los dos disfrazados. La chica sintió en su mente un molesto contrarreloj por decir algo para extender aquella escena, tanto la chica como el chico estaban siendo demandados en esos segundos.
—Ah-eh… y… ¿y qué hay de las botas con tacón? Eso era demasiado, ¿verdad? —preguntó, aunque la pregunta era tan estúpida en sí misma, que se sintió idiota. Le dio un repaso rápido, enfocada en parecer delante de ellos más analítica con respecto al disfraz. El cuero era de buena calidad. Las medias eran de mala calidad. Las botas no eran las del traje original. Los guantes, acabados hasta convertirse en mangas aterciopeladas hasta el codo, no le permitían ver sus manos.
—Se lo pedí, pero me dijo que no. Así que le ayudé a decidir unas botas planas que no desentonaran. ¿Cómo las ves?
Se movió un poco, contoneando una de sus largas piernas en la pose de la villana en la portada. Gina tragó saliva de nuevo y ladeó la cabeza infantilmente.
—Te quedan muy bien.
Con esas piernas tan largas cualquier cosa le quedaría genial. Pero de verdad… sigo alucinando con lo bonito que es su rostro.
—¡Eres muy simpática! —dijo de pronto, devolviéndole la misma sonrisa afable que ella le estaba haciendo.
¿Le estaré resultando igual de pesada que todos esos muchachos…? ¿Es la sonrisa que pone en las fotos y quiere librarse de mí ya…? Ay, me estoy poniendo más nerviosa todavía.
—Chicos, no os molesto más. Me… me vuelvo con mi amigo —dijo, dejando caer sutilmente que no venía acompañada por una pareja sentimental. La rubia asintió manteniendo la sonrisa.
—Eve, ¿quieres ir a descansar un poco? —preguntó el chico, señalándole el área de los cómics—, su amigo creo que necesitará la escalera para tomar uno de los videojuegos que quiere. Quédate allí cinco minutos, yo me encargo de este torbellino.
—¿Seguro…?
Sí, está seguro, no se lo preguntes… rogó la pelinegra en su cabeza.
—Sí, tranquila. Llevas cuatro horas de pie.
—Bien, te veo en un rato.
Gina fue tras ella sin pensárselo siquiera, total, le había salido incluso mejor de lo que esperaba. La rubia caminó por delante suya y se volteó un poco, sonriéndole.
—Ven, acompáñame. No sé quién es tu amigo.
—S… sí. No me extraña… ¡esto parece un trabajo pesado!
—Ah, qué va… me encanta trabajar aquí por estas fechas. Sólo nos dejan disfrazarnos en ocasiones especiales.
—Oh, entiendo. ¿Te gusta el tema de los disfraces?
—¡Me encanta! —dijo con la voz cantarina, girándose hacia ella y caminando de espaldas.
Ahora de repente parece muy cercana. ¡Qué raro! No me había dado esa impresión… será que la pobre por fin puede respirar.
—Pues a mí también —reconoció con afabilidad—, ¿te gusta el cosplay y esas cosas?
—Me gusta todo lo relacionado con la interpretación. Tomo clases cuando no estoy trabajando aquí.
—D… ¿de veras? ¡Eso suena genial…!
—Llevo varios años, sí… pero ya acaba. Aparte de un par de anuncios no me han llamado para nada más. Y… empiezo a sentirme frustrada.
Frustrada o no, sabrá actuar, pensó la pelinegra. Disfrazada y con buen sentido de la interpretación… ¿ha salido de mis sueños? Ahora me da la impresión de que habla más.
—Oh, vaya, no digas eso. ¡No desistas! Si de verdad es lo que quieres hacer…
—Jajaja… bueno. Lo hice por gusto, pero el curso ya terminó —dijo, manteniendo una sonrisa corta.
Es muy elegante, pese a su cercanía. Era su aspecto físico, su presencia lo que la hacía pensar así. Se preguntó qué orientación sexual tendría. Cómo de brusca o de cariñosa sería en la cama. Tenía el porte perfecto para ser una buena dominante en el BDSM… se puso sedienta de sólo imaginarla con ese rostro serio y fulminante, golpeándola con una vara mientras…
—¡Ah! ¡¡Gina, estoy aquí!!
Dutch alzó el brazo y lo movió. La rubia también se acercó y comenzaron a hablar.
En lo que colocaba la escalera y ascendía los peldaños para agarrar el videojuego, tanto Gina como Dutch la miraban embelesados. Dutch acababa de darse cuenta del buen cuerpo y de lo guapa que era esa chica también. Y Gina, que había tenido más tiempo antes para estudiarla, observó a su colega por el rabillo del ojo.
—He venido más veces pero nunca te he visto por aquí, ¿llevas mucho?
—Bastante —contestó la chica, tendiéndole el videojuego al bajar de las escaleras.
—Debo de estar ciego. ¿Cómo no te presté atención antes?
Gina lo maldijo. Era un maldito descarado.
—Oh… jaj-… —su mirada pareció bajar y sonrió algo avergonzada.
¿¡Qué…!? ¿Qué es esa expresión?
—De hecho… ¿te gustaría ir a tomar algo conmigo algún día? Si no estás muy ocupada.
Qué cabrón. Dos horas llorando para que le pidas a la primera chica guapa que salga contigo… se puede ser tan…
—Ahm… —la chica pareció dudar, algo nerviosa.
—No la pongas en un compromiso. ¿Cómo le dices algo así cuando acabas de conocerla? —Gina le dio con un libro en la cabeza, haciendo que el chico se riera y se disculpara enseguida.
Eve presionó sus labios ligeramente, mirándolos a uno y a otro. De repente parecía muy seria, después de esos nervios. La pelinegra suspiró y se encorvó frente a ella, bajándole también la cabeza a Dutch en el proceso.
—Discúlpate en condiciones, vamos.
—Tranquilos, no hay necesidad —murmuró ella. Gina se puso recta con una sonrisa, pero cuando la miró no se esperaba que le estuviera devolviendo la mirada con tanta fijeza. Otra vez, como cuando se le acercó antes.
—Es que estoy un poco loco últimamente, muchas desgracias de golpe. En fin, ¡espero volver pronto! —el chico se fijó en su delantera y vio que en un lateral estaba la minúscula tarjetita imantada con el hombre de “Evangeline”—. Evangeline, ¡un placer! Dios, ahora me siento un poco ridículo… voy a pagar estoooo…
Dutch se giró rojo como un tomate y se dirigió al mostrador para pagar por sus videojuegos. Gina lo siguió con la mirada y puso una expresión lastimera, soltando una risilla.
—Perdónale… acaba de dejarlo con la novia y está desatado.
—No hay problema. Ahm… —entreabrió sus labios, algo dubitativa. La pelinegra la miró con curiosidad sin interrumpirla, parecía que quería decirle algo. Pero no arrancaba. Al final pareció cambiar de hilo—. El próximo evento es en una semana, con la llegada de las fiestas. Pero lo organizan los del área del manga. Si te gustan los disfraces, hay un concurso para clientes.
—Ah… —ladeó la cabeza, parpadeando. Sonrió ampliamente—. ¡Eso suena genial! ¿Cuánto cuesta la entrada?
—Con la compra de un artículo se te da directamente.
Gina sonrió, abrazándose el libro al pecho.
—Ah… ¡sí! Bueno, claro. Gracias por invitarme.
Dutch gritó a distancia para llamar a su amiga. Ambas le miraron y Gin emitió un suspiro.
—Ha sido un placer conocerte, Evangeline. Y gracias por no… matar a mi amigo. Es un descarado.
—No te preocupes. ¡Que disfrutéis el evento!
Madre mía… de repente tengo plan para la semana que viene. Y la veré disfrazada de nuevo. Más me vale causar buena impresión…
Pero eso no la descentró demasiado. Incluso con sus inseguridades, había algo para lo que Gina tenía una confianza en sí. Acababa de decidir que iba a ganarse a esa chica. Evangeline no le había gustado… le había encantado.
Y haría algo al respecto.