CAPÍTULO 6. «Ese tema…»
Pastelería «Sweet Clouds»
—Aaaaaaahhhh… —Evangeline abría la boca, pidiendo ser alimentada. Gina le dio un pedacito de la tarta sonriendo. Se habían pasado desayunando cerca de una hora, era el día libre de la repostera. Sin embargo, era incapaz de delegar ahora que cualquier mínima cagada sería revisada con lupa en ausencia de Lillian—. ¡¡Qué rico!!
—¿Verdad? La hice yo.
—Hasta el día que no te toca trabajar vienes aquí. Qué aplicada, eh…
—Había previsto que se quedarían sin tarta de zanahoria. Y quería que la probaras, así que… gracias por acompañarme.
—Bueno, me cayeron bien tus compañeros.
—Um. Hyun te tiene entre ceja y ceja… me di cuenta los días siguientes. No paraban de hablar de ti, ¿sabes?
—¿Es el chico que nos tomó nota?
Gina asintió y llevó la vista al plato sin borrar una pérfida sonrisa de sus labios.
—Es un cabronazo con toda mujer que pasa por sus manos. Aquí ha provocado ya varias escenitas de celos. Está en la punta de mira de la jefa.
La rubia la miró con atención, y al analizar su frase, movió las pupilas por la mesa algo pensativa.
—¿Y… sabes algo del repartidor que estaba con la moto dañada ese día?
—No lo sé, pero él y el otro me contestaron fatal y he avisado a la dueña.
—Entiendo —asintió, presionando un poco los labios. Gina la miró unos segundos, alzando una ceja.
—Me hablaron fatal. No lo digo por decir, créeme. Y ya son varias actitudes chulescas la de los últimos nuevos que están mandando aquí. No sé qué tan bien se habrán defendido en sus entrevistas de trabajo… pero son inútiles.
—Quizá tuvieron un mal día —rasqueteó con la uña la carcasa de su propio móvil, que estaba bocabajo. La pelinegra volvió a posar en ella la atención algunos segundos de más. Algo no le terminaba de gustar.
—¿Crees que me pasé?
—No, no creo. En realidad ni siquiera conozco bien al chico. Los de la tienda de videojuegos le conocen mejor, lo cual no deja de ser cómic…
—Espera, ¿por eso me echan últimamente esas miraditas cada vez que voy a buscarte? —la interrumpió, ladeando la cabeza—. Así que me odian, eh.
—Eh… ah, hehehe… yo no diría tanto así… —dijo algo apenada, al comprender que la estaba errando. Negó gesticulando con las manos.
—¿Y entonces? ¿Qué es lo que se supone que debo interpretar? —sonrió levemente.
—No es nada de eso… ellos tienen una opinión seguramente infundada, porque no te conocen y a él sí. Pero yo te conozco y sé que no eres ninguna bruja —le levantó el dedo pulgar, con una lograda sonrisa de oreja a oreja. Gina frunció el ceño más molesta.
—¿¡Me estás diciendo que entonces sí que piensan que soy una bruja!? ¿Pero de qué van…? ¡¡Si no me conocen!!
Mierda, la he cagado. Ahora se odiarán todos.
—Ah… ¡tranquila! ¡Yo siempre estoy hablando bien de ti!
—Pero no es bueno que tengan mala opinión de mí por… ¡por un mentiroso!
—No le eches cuenta.
—Que está mintiendo, Eve… te lo digo de verdad. Tengo mucha más paciencia de lo que está pareciendo ahora mismo. Mira… mira, ¡Sophie!
—¡KYAAAA! ¿S-sí…? —la chica novata se giró rápidamente, después de llevarse un susto por el grito de su encargada. Caminó con la bandeja abrazada.
—Sinceramente, ¿qué opinión te merezco? ¿Hm?
—Eh… no te entiendo, Gina…
—Que qué opinión tienes de mí. ¿Soy una tirana? ¿Intransigente, acaso? ¿Te presiono demasiado?
—Ah… —sus ojos miraron acobardados sólo medio segundo a la otra chica, que le era desconocida, y volvió a su encargada, negando rápidamente con la sien—. ¡No, claro que no!
—Gracias. Ya puedes volver.
Sophie marchó como alma que llevaba a diablo, empujando las puertas oscilantes de entrada a la cocina. Evangeline bebía café con unos ojitos curiosos, y lentamente posó la taza de nuevo en la mesa.
—Bueno, Hae-won… no hacía falta demostrarme nada, ¿estamos?
—Espero que por lo menos tú me creas… lo único que acepto que ese par de niñatos puedan decir de mí es que en momentos de estrés voy volando y hablo rápido. ¡Es el único defecto que se ajusta a la realidad!
Eve se balanceaba de pronto en la silla, meneando los tobillos para columpiarse con las patas de ésta. Observaba a otro de los chicos que acababa de salir de la cocina. Era justamente uno de los repartidores novatos que tanto había discutido con Gina. La mirada del muchacho se cruzó con ambas, pero pasó rápido de largo. En el exterior, colocaba con cuidado las bolsas del pedido en el paquete del ciclomotor.
—¿Lo ves? Mira qué pasividad. No se puede ir con esa lentitud a trabajar en la hostelería, Eve. Es como… vivir todas las mañanas como tu evento del otro día. Vives colapsado —suspiró y se acabó su taza, aunque la rubia seguía inmersa en algún punto del exterior. Dio un golpe seco en la mesa para asustarla, pero lo logró tan bien, que por poco Eve pierde el equilibrio. Se aferró bruscamente a la mesa, moviendo platos y cubiertos al sostenerse. Gina soltó una risilla malvada.
—Eso por ignorarme. ¿Ves? Eso también lo tengo que aguantar aquí.
—Jo, disculpa… me he quedado en mi mundo…
—¿Mi modelo rubia ya se está aburriendo de mí…? —murmuró divertida, llevando una mano a su mejilla. Eve ladeó una sonrisa infantil, poniéndole ojitos y parpadeando muy seguido.
—¿Me perdonas…?
—Sí —se mordió el labio con suavidad y descendió los dedos a su cuello, cosquilleando con el filo de las uñas. La chica encogió el cuello riendo y se apartó rápido.
Un punto débil, pensó divertida la pelinegra. Se estiró más para alcanzarle, provocándole un arranque más fuerte de carcajadas.
—¡Para…! —dijo como pudo, atrapándole las manos a tientas. Empezaron a forcejear riendo hasta que la pelinegra se levantó a traición de su silla y la mordió en el mentón—. Eh, vamos… me va a dar algo…
—Me pone muy feliz verte reír —susurró en su oído. Evangeline suavizó su sonrisa y la atrajo de la cintura para que se le sentara sobre las piernas. La miraba de repente mucho más seria.
—¿De verdad…?
—Sí, de verdad —musitó susurrándole en los labios; retomó las caricias lentas sobre su mejilla—. ¿Sabes? No estoy nada cómoda así… y la gente mirará.
Eve pareció caer en eso también y desvió la mirada hacia el resto de clientes. Había tanto barullo y movimiento que no parecían echarle cuenta. La liberó de sus brazos y dejó que se cambiara de silla. Pero recuperó una expresión pensativa, y volvió a mirar furtivamente hacia la ventana. El repartidor terminó de escribir unos cuantos mensajes por el móvil y cerró finalmente el paquete, arrancando la moto y marchándose. Eve se mordisqueó un lateral del pulgar.
—Vas a preocuparme, ¿eh? ¿Por qué miras tanto al trabajador?
—No le miro a él… quiero decir… me daba cuenta de que es cierto. Se entretiene.
—Claro, yo no me invento nada. Pero cambiemos de tema.
—S… sí… mejor.
Gina suspiró, comprimiendo los labios.
—No, espera. ¿Le conoces o algo…?
—¡¡¡EVANGELINE BEAUREGARD!!!
Ambas brincaron de sus asientos y se voltearon a la nueva voz. La rubia se puso de un salto en pie y abrió la boca alucinada, golpeándose contra la otra chica en un fuerte abrazo. Gina se sintió de alguna manera invitada a ponerse también en pie, parecía alguien importante.
—¿¡Pero… cuándo has vuelto!? ¿Por qué no me has llamado?
—Quería darte una sorpresa… —explicó la desconocida—, tus compis me han dicho que estabas en esta pastelería con una bruja… ¿y bien? ¿Esta monada de aquí es la bruja?
—Sí —forzó como pudo una sonrisa, tendiéndole la mano. Cuando la muchacha se volteó para darle la mano, Gina captó en ella una observación penetrante que no le agradó ni un poquito. Era una chica de estatura media-alta como ella, no tan delgada, y tenía el pelo teñido de un naranja tan llamativo que le pareció vulgar.
—Encantada de conocerte… no me odies a la primera de cambio, ¿vale? —dijo la desconocida riendo, seguía dándole la mano con energía.
—Ya vas un poquito mal —soltó una risa a su misma vez, forzándola a más no poder. Eve lo detectó enseguida y carraspeó algo nerviosa.
—Es mi amiga de la facultad.
—Sí… porque sabrás que carrera ha estudiado esta loca, ¿hum…? —preguntó con un tono jocoso, sin apartar la mirada de Gina.
¿Qué…? Ni siquiera sabía que había acabado una carrera…
La miró con el ceño algo fruncido.
—No seas mala, ¿vale? Que ya espantabas en la facultad a todo el que se me acercaba…
—Hmmm… bueno, si me lo pides tú… a esa carita no se le puede decir que no, ¿verdad? —comentó divertida, dándole un toquecito en la nariz. Eve sonrió, aunque al bajar la mirada a Gina notó su incomodidad a kilómetros.
—Bueno, Martha. Nosotras teníamos que…
—Sí, sí sí… que estoy molestando ahora mismo, ¿no? Qué poca consideración… menos mal que tengo a tu primo para llevar las maletas al hotel. ¿Dónde anda?
—Se acaba de ir a repartir en moto.
—¿Qué? ¡Me dijo que a esta hora ya estaría libre!
Gina estaba alucinando. Así que uno de los repartidores, concretamente el más joven… era primo de Evangeline. La miró recriminatoriamente. ¿Por qué no le había dicho nada todos esos días? ¿Sería que se había sentido mal después de ver la acalorada discusión que tenían el otro día?
—Si es un muchacho rubio, está cubriendo la media hora de más por haber llegado tarde.
Martha giró sobre sus talones para observar de hito en hito a la pelinegra.
—Sabes que eso legalmente no lo puedes hacer, ¿no?
—Lo ha querido hacer él —atajó rápido Eve, contestando por ella. Cuando su amiga la miró, la rubia le echó una breve miradita de reproche. Así que carraspeó y suspiró.
—Pues entonces me quedaré a esperarlo aquí mismo. Ya le cantaré las cuarenta cuando vuelva.
Ahora Gina se sentía en una encrucijada. Quería hablar con la rubia a solas, y ya empezó a proferir maldiciones internamente cuando vio que la tal Martha retiraba una silla de otra mesa para unirla a la suya. Justo una camarera pasaba por detrás con la intención de tomarle nota, así que no se cortó un pelo y pidió el desayuno.
No sabía que ese niñato era familia suya. Pero con esta estúpida aquí creo que prefiero no decir nada. Ya he tenido que quedar mal al no saber qué carrera estudió.
—¿Qué estudiaste en la facultad? —se lanzó al final, tratando de desviar el tema.
—Enfermería —sonrió—. Es verdad que nunca ha salido el tema. ¿Y tú…?
—¡Vaya! —jamás lo habría imaginado, pensó—, yo empecé Artes Culinarias, pero… bueno, al final me di cuenta de que aprendía más por mi cuenta y discutía con los profesionales, así que…
—Parece que te gusta discutir con todo el que no te dé la razón —comentó la pelinaranja, hojeando la carta sin mirarla. Gina la escudriñó.
—¡No, te equivocas! No sabes la pedantería y narcisismo con la que teníamos que lidiar, esos profesores además eran unos machistas… —Gina sentía la agónica necesidad de defenderse.
—Bueno, que lo dejaste, ¿no?
Ha vuelto a interrumpirme. ¿Qué mierda le pasa en la cabeza a esta imbécil?
—Yo creo que tarde o temprano tendrás tu propio local. Cuántas boquitas vas a callar… —dijo la rubia con retintín, haciendo sonreír a Hae-won. Pero no era suficiente. Notaba que estaba enojada.
—Si me disculpáis… voy al aseo —recogió su móvil y se levantó. Se hizo un incómodo silencio en lo que desaparecía del campo visual de las otras dos. Evangeline se giró rápido hacia Martha.
—¡Frena un poco…! Conseguirás que se enfade conmigo.
—¿Por qué? ¿Acaso tienen todos razón, tiene un carácter de mierda?
—Ay, por favor. Ellos la vieron un instante. Y eso da igual. A mí me trata bien.
—Claro que te trata bien. Desde hace cuánto os conocéis, ¿hm? ¿Dos semanas?
—Más o menos. ¿Y qué?
—Por la cara que ha puesto ni siquiera sabía que Joel era primo tuyo.
—Por favor, Joel… —se dejó caer en el respaldo, conteniendo una risita— tanto tú como yo sabemos que es un contestón y que siempre le echan de los trabajos al poco de pisarlos. Además, ni siquiera es mi primo… es… un primo segundo o algo así.
—Porque lo tienes por parte de tu abuela. A propósito… ¿le has contado quiénes son tus padres?
—No hace falta.
—Ya… —soltó otra risita, suspirando—, bueno, en fin, es tu vida. Tú sabrás lo que le quieres contar o no.
—Cuando la conocí no sabía que trabajaba aquí.
—La primera sorprendida en que estés visitando este local soy yo.
—Hmmmbbbbf… —se dejó caer más hacia atrás, frotándose los ojos y conteniendo una sonrisa—, no me dejarás en paz, ¿verdad?
—Si quieres se lo digo yo. Aunque… no sé… a lo mejor tiene un plan super elaborado para barrer del medio a todos sus superiores… ya sabes —soltó una risa maléfica.
—Es buena chica, de verdad.
—Sí… eso dijiste también de la última.
A Eve se le quitó la sonrisa abruptamente, mirándola ahora de otra manera. Martha se encogió de hombros.
—¿Crees que lo digo por criticarte? —negó con la cabeza—. Te quiero mucho, Eve. Y sabes que tengo un ojo para captar loquitas que me funciona muy bien. Te lo advertí por activa y por pasiva, y mira cómo acab-… eh…
—No sé cómo has podido sacarme ese tema —murmuró sin mirarla, ya de pie y buscando la billetera en el bolso. Extrajo un par de billetes que sostuvo bajo el servilletero.
—Sé que te duele, pero… —suspiró, mirándola más apenada—, no quiero que te hagan daño otra vez. Y no sé, esta chica…
—Madre mía —escuchó a sus espaldas. Martha dejó de hablar al escuchar a Gina y fingió una sonrisa.
—¡Pero bueno! ¡Mira qué rápido has vuelto!
Eve no pareció dispuesta a meterse en la conversación otra vez. Después de dejar el dinero se ajustó el bolso rápido, cogió su gabardina y caminó rápido hacia el exterior. Gina la siguió con los ojos abiertos.
—Pero… ¿Eve…? —volvió la cabeza a Martha, ceñuda— ¿qué ha ocurrido?
—Voy a por ella —rodó los ojos, pero justo la camarera se aproximó a la mesa y fue dejando el pedido.
—Déjalo, disfruta del desayuno… ya voy yo.
Tú quédate ahí, pensó Gina, avanzando rápidamente a través del local. ¿Por qué demonios se va así? Ni siquiera me ha mirado. ¿Acaso Martha le había llenado también la cabeza de cucarachas? No había nada peor que los amigos tóxicos y mentirosos… bajo la fachada de querer preocuparse por los suyos. Pero Gina había callado mucho, especialmente teniendo el carácter que ella tenía.