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CAPÍTULO 8. Una práctica extrema

Dos meses después

El tiempo transcurrió.

Por fin se dio carpetazo al mes de las festividades. Todo volvía a la rutina de siempre con la clientela de siempre, a salvedad de un detalle crucial: Gina Hae-won y Evangeline Beauregard habían formalizado su relación frente a sus amigos y familiares. En el núcleo de Evangeline se había sentido aquello como una especie de perturbación de la normalidad. Era la primera pareja de la rubia tras seis meses de terapia intensiva tras la traumática muerte de su ex. La personalidad de Gina no tardó en hacerse notar con ella, habían sobrevivido a las primeras discusiones y tampoco pasó por alto alguna que otra contestación desagradable en público.

Por su parte, y a pesar de que la pelinegra tuviera la esperanza que de Lillian solicitara otro mes de baja, ésta regresó al poco de fallecer su marido. La situación iba a cambiar en el trabajo y temía que fuera a peor. Lillian era íntima amiga del matrimonio Beauregard, padres de Eve, y pensó que eso imposibilitaría por siempre su ascenso. Para colmo, los repartidores y otro de los novatos en cocina habían hablado mal de su mandato durante las fiestas. La muchacha novata, repostera como Gina, había renunciado a las dos semanas después de una ardua discusión que se dio entre Hyun y Hae-won, que llegó a molestar a los clientes y les hizo obtener malas reseñas.  Si hubo en algún momento posibilidad de que la chica ascendiera, aquello acabó por exterminarla. Además, la propia Lillian había tenido la desfachatez de llamarla para recriminárselo.

Lo que Gina sabía, aun y con todo, es que era innegable su propio talento para la repostería. Los dulces que tenían su firma en la carta eran de invención propia y eran los más solicitados todas las semanas, sin excepción. Regularmente volvía a hacer creaciones y tenían el visto bueno casi siempre. Pero tras la discusión con Lillian no quería hacer aportación ninguna y prefería guardarse sus recetas. Para no echar más leña, evitaba en lo posible charlar de trabajo con su novia desde que supo que sus padres movían los hilos de la cadena entera. No quería que la tacharan de aprovechada por estar con su hija, y sabía por la propia Eve que eran malpensados para todo. Otra idea de negocios estaba pululando últimamente por su cabeza, así que se focalizaría en sus objetivos y en cuanto pudiera, dejaría la pastelería que tanto tiempo e ideas le había sustraído. Hae-won deseaba estrechar todavía más la relación con la rubia, cada día estaba más y más enamorada, y como era usual en ella, le prestaba más y más atención. Jamás había quedado tantos días seguidos con alguien, se había convertido en parte de su rutina… la que deseaba tener. La intensidad con ella no había decrecido en ningún momento y la había metido más en el mundo del BDSM. Eve adoraba interpretar en la cama y sus humillaciones habían subido drásticamente el nivel. Era la mejor despedida del día, incluso si había sido un día malo: contra más rabia sentía dentro, cuatro fustazos en las piernas y en el trasero le aniquilaban esos sentimientos para convertirlos en otros de bajeza, dolor y sumisión que la hacían adorar más a Eve. Además, había logrado hacerla sentir mucho más cómoda y desvergonzada para todo lo que le supuso problemas en un inicio.

Era, tal y como esperaba y a la vez detestaba, una dominante sádica ideal. Y eso la aterraba, porque la hacía perder la cabeza. Eve la correspondía y en el periodo que llevaban, no había detectado signos de ningún engaño. Parecían la pareja ideal.

Ático de Evangeline

Gina tenía las muñecas atadas a los extremos del cabecero. Ya suspiraba inquieta, llena de incertidumbre, porque tenía los ojos tapados por un antifaz que no le permitía ver nada y escuchaba los pasos de Eve cerca. Estaban en plena sesión, y con el paso de las semanas, los peldaños dentro del mundo de la sumisión se habían incrementado. Evangeline adoraba interpretar la parte villana. Había adquirido comodidad en esos papeles, y empezado a disfrutar del sexo violento y brusco siendo la figura dominante.

—Rojo sigue siendo nuestra palabra hoy, maldita inútil.

—Sí, ama —respondió sin tardar. Tragó saliva. Tuvo un respingo al notar las plumas de alguna fusta en la cara interna del muslo. No la disfrutó mucho tiempo. De pronto, Eve descargó un latigazo allí y la chica se arqueó en un grito inesperado—, ¡agh…!

—Sh… sh —dio un toquecito con la fusta en sus labios, instándola a callar. Gina obedeció. El escozor pasó a formar parte de ella. Estaba ovulando. Y la rubia vio asombrada, que tras esa tensión corporal de su vagina se desprendió una mucosa blanquecina—, eres como esos gusanos que no saben controlar su corrida. ¿Cómo demonios puedes soltar esta barbaridad? —gritó antes de usurparla con dos de sus largos dedos adentro. Gina gimoteó de placer de inmediato en cuanto empezó a metérselos y sacárselos tan brutamente. Deseó que siguiera. Estaba ya demasiado caliente. Pero no lo hizo. Se los quitó de pronto, cortándole la corriente placentera. Eso la hizo soltar un fuerte suspiro. Y de pronto sintió que la sujetaba de una de las piernas. La estiraba hacia arriba y atrás, despacio, pero con firmeza. Cuando se dio cuenta de dónde pretendía atarle el tobillo izquierdo (en el mismo lugar que en la muñeca izquierda), su mente le mandó señales de advertencia. Esa postura requería una flexibilidad que no sabía si tenía. Pronto notó la tirantez en los isquios y volvió a protestar.

—Cállate, por favor. Sólo estoy terminando de atarte.

—Hay demasiada tensión…

Eve anudó con fuerza su tobillo junto a la muñeca. Y caminó al otro lado de la cama. Extendió la pierna opuesta, la derecha, para juntarla también al soporte del cabecero derecho. Gina jamás se había sentido tan expuesta, con la espalda casi enroscada y de piernas y brazos totalmente abiertos. Era incómodo. Mucho. Pero la incomodidad siempre en su caso acababa mezclándose con la sensación de sentirse domada en la cama. Confiaba plenamente en Eve. La había educado bien. Cuando notó sus yemas ahora por el muslo irritado, supo que las había embebido en lubricante, resbalaban de forma antinatural. Pararon en su cavidad anal y aquello le aceleró de golpe las respiraciones.

—Dios… —murmuró, contrayéndolo ante su tacto. Eve situó la otra mano en su clítoris y comenzó a masturbarla en círculos con el pulgar, elevando su estado de placer.  Todo aquello mientras el dedo corazón de la otra mano se le adentró en su apretada cavidad anal, arrancándole a su novia el primer gemido lastimero—. Agh… sí… sí…

—Te gusta, ¿verdad? Eres una guarra. Te da igual qué agujero toque —dijo antes de escupirle sobre la vagina, volviendo a hacer que la pelinegra tuviera un respingo. Empezó a succionar su clítoris con la boca y a meter el segundo dedo en el ano, dilatándolo de inmediato. Gina tenía aquella cavidad bien limpia y entrenada. Casi siempre se preparaba cuando sabía que iba a tener una sesión de aquel tipo. Pero la postura sí era nueva, la presión se multiplicaba, y Eve lo sabía. Para cuando hundió un tercer dedo Gina tuvo un respingo más fuerte, una de sus muñecas de retorció un poco. Eve elevó la mirada a su puño apretado. Estaba atenta siempre por si pedía parar. Pero nunca, jamás… lo había hecho desde que la conocía. Por eso había un permanente pensamiento en su mente siempre de que alguien más, ajeno a ella, ya la había llevado a un límite superior. Se moría de ganas por explorarlo. Siguió chupando su coño, y sintió que ella misma empezaba a lubricar al hacerlo por varios minutos. El vaivén de los tres dedos en  su ano era dócil, entraban bien, así que acabó metiendo el meñique también y juntó el pulgar, haciendo con la mano un pico de ave. Gina cambió el tono.

—Ten cuidado…

—Cierra la boca —le ordenó, tirándole con la otra mano de un labio menor de la vagina. Eso hizo que Gina volviera a ponerse nerviosa. Eve lo retorció y la hizo gritar adolorida.

—¡AH, AH! ¡VALE, YO SÓLO…!

—Tú sólo… guarda silencio. ¿Estamos?

—Sí. Sí, ama… por favor…

—Bien —Eve le dio descanso al soltarla de esa sensible piel. Para entonces, ya tenía casi todas sus falanges en el ano de Gina. Eve aprovechó que la otra no podía verla para echar un vistazo analítico a su cuerpo. Aquella práctica era difícil. Extrema. Dura para quien no estaba familiarizado. Y no tenía las manos pequeñas, la estaba abriendo demasiado. Tragó saliva. Por supuesto, quería hacerlo bien y no provocarle una fisura. Lentamente según apretaba la mano en su interior, fue cerrando con decisión el puño. Despacio, pero sin pausa. Gina gimió y se puso muy colorada, pronto empezó a gritar con fuerza. Y chilló tan agudo en el último empujón, que Eve la miró alarmada pensando que le había roto algo. Detectó sus sorbidas nasales. Había lagrimeado incluso bajo el antifaz.

Le duele… debo parar… ¿o no…?

—Gina…

—Está bien —gimió, sus piernas temblaban—, mételo un poco más, no lo saques. Me gusta, pero duele.

—¿Seguro q…?

—No… no… yo es-estoy bien…

Eve la miro de pronto llena de lujuría. Le dio una lamida sobre el clítoris y hundió más el puño, manteniéndolo bien cerrado en el interior del ano. Aquella era una práctica curiosa también. La presión del cuerpo de Gina, previamente pasado por enema antes de follar, constreñía muchísimo su puño, como si quisiera expulsarlo. Eve empezó a removerlo. Pronto dejó de estimularla oralmente y sólo disfrutó viendo aquella dilatación enorme provocada por su puño, cómo aquellas nalgas tan delgadas y prietas de Gina absorbían su muñeca en un vaivén sin pausa, al igual que sin pausa eran sus jadeos. Eve se irguió un poco sobre la cama para apoyarse mejor sobre sus rodillas y con la mano libre la apretó del cuello. Fuerte. Entonces el movimiento del puño fue también más drástico. Gina temblaba, sollozaba, jadeaba; la rubia se puso muy cachonda al ver que de una de sus comisuras se escapaba algo de baba. Estaba completamente enrojecida, incluso muerta de la incomodidad. Pero de pronto captó algo en su forma de gemir más desesperada y apretó el ritmo. Se le estaba cansando a ella también el hombro desde el que nacía la fuerza para sodomizarla así. Gina lloriqueó más lastimera, y eso le acrecentó las pupilas del gusto, porque significaba que su novia iba a llegar al orgasmo. Ni siquiera terminó de materializar ese pensamiento cuando un brusco chorro surgió de su coño,  fuerte pero corto, un squirt. Eve siguió practicándole fisting, maravillada al contemplar las contracciones bruscas de su vagina desde la distancia. Después de ese squirt más líquido mucoso y blanco salió de ella, sus flujos debido a la ovulación y el placer. Ahí, con extremo cuidado, la rubia le quitó la mano del cuello y regresó toda la atención al trasero contraído de la chica. Despacio, retiró hacia atrás la muñeca y comenzó a sacar los dedos, redujendo la anchura del orificio. Se había quedado ella misma impresionada. Gina sudaba igual que si le acabaran de echar un balde de agua encima, recuperaba el aliento. Y Eve, con la otra mano estimulándose a sí misma después de atestiguar semejante escena, dio un suspiro retenido y se concentró.

Me ha puesto a mil. Pero voy a desatarla ya. Está agotada.

Horas más tarde

Cuando se cercioró de que la rubia se había quedado dormida, separó lentamente y sin hacer el menor ruido su brazo de su cadera. Pasó la mano por encima de ella sin rozarla hasta tomar su teléfono. Eve la había pillado alguna vez cotilleándole la pantalla, a distancia, cuando el móvil notificaba algo. Pero nunca la había pillado con las manos en la masa de verdad. La primera vez que Gina sucumbió a aquel delito se sintió fatal y muy estúpida, pero con el paso de las noches, el hábito hizo que su cerebro lo tomara con más normalidad. Y ya no podía acostarse sin registrárselo. La había visto hacer el patrón de desbloqueo varias veces. Siempre lo desbloqueaba, le quitaba el sonido a todas las notificaciones y tenía muchísimo cuidado con qué mensajes cotilleaba. Nunca la había descubierto mintiendo. Ni siquiera mentiras piadosas. Pero… ¿cuánto podía durar la fórmula de la felicidad? La conocía desde hacía apenas tres meses y llevaban los dos últimos con una intensidad que la sorprendía hasta a ella. Ella misma se consideraba una chica bonita, sensual e inteligente, pero… Evangeline se lo parecía más. En cualquier momento alguien que le aportara otras cosas podía aparecer y joder lo que tenían. Era el típico miedo de alguien que ya había pasado por algo similar. Con Irina intentó llevarlo a lo personal pero no hubo manera. También tuvo otras parejas… que nunca nombraba. Aunque nunca llegaran a tener nada ella e Irina, aquello también le maltrató la cabeza. No sabía gestionar bien el rechazo. Siempre había controlado por completo todas sus relaciones, las sociales y las amorosas, y aquel año en el terreno laboral las riendas se le habían soltado más de lo que le gustaba sentir. A Eve no quería perderla. La quería enteramente para ella. Pensaba en todo eso mientras dejaba sin abrir los grupos de Whatsapp de la tienda de videojuegos y los pedidos. Ya había cometido la estupidez de mirárselos una vez y haberle generado despistes en el trabajo con el ordenador al no revisar correos concretos. Lo último que quería era perjudicarla en ese sentido y para colmo, exponerse. La chica balbuceó un poco y meneó la cabeza, acomodándose, y Gina sintió que iba a escupir el corazón del susto. Por suerte, no despertó. Su respiración volvió a regularizarse. Se dio media vuelta con cuidado y volvió a desbloquearlo. En el correo electrónico tenía un sinfín de proyectos laborales, algunos mensajes del extranjero que la reclamaban para sesiones de fotografía de rostro y manos y tickets de compras online; Eve se dejaba gran parte del sueldo en comprar ropa y accesorios por aplicaciones extranjeras. Hae-won repasó despacio la lengua por sus labios y tocó un mensaje que no le sonaba tanto y que ya estaba leído. Era la confirmación de compra de un billete de avión.

“Mis padres me han dicho de ir pronto, quieren comentarme algo y no les da la gana de decírmelo por teléfono. Estoy un poco asustada”, algo así le había dicho hacía una semana. Aunque el precio le parecía desorbitado, incluso teniendo la vuelta cubierta. Cuando deslizó un poco la pantalla hacia abajo, se dio cuenta del motivo. No era un solo billete, sino dos. El segundo iba a nombre de Martha Bennet.

Aquello la descolocó. En la conversación que tuvieron del viaje, Gina le había dicho que no podría acompañarla por su horario. Eve había tenido que pedir tres días libres para viajar. Pero jamás le dijo nada de que Martha iría con ella. Se fijó en las fechas y en las horas para recordarlas bien y exploró el resto de aplicaciones. Abrió Whatsapp de nuevo. Tenía muchas conversaciones sin abrir, pero aunque sólo pudiera leer por encima los últimos mensajes, nada parecía sospechoso. Buscó a Martha y, dedicándole un vistazo a Eve por encima del hombro, la abrió. Empezó a buscar en el historial por palabra clave a la velocidad del rayo, pero no había mucha información, a salvedad de tener la confirmación de que irían juntas para el pueblo donde vivía el matrimonio. Por lo demás, seguramente habría sido un tema tratado en persona. Suspiró por lo bajo y cerró todo, volviendo a dejarlo en modo vibración y colocándolo tal y como estaba en la mesita de noche.

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