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CAPÍTULO 2. El carácter para ser la sádica

Una semana más tarde

Gina agradeció que la dependienta de la tienda de videojuegos fuera la que le hablara de ese evento. Hubiese sido embarazoso pedirle el número así como así. Le gustaba hacer con mucha cautela las cosas cuando no la veía clara. En toda su vida, nadie salvo Irina la había rechazado, y prefería no contarla al ser una dominatrix con algo de fama en el gremio. Fue un error abrir su corazón precisamente a ella. Pero al ver a Evangeline, tan alta y hermosa, Irina fue barrida de su cabeza como si jamás hubiera significado nada. Era mil veces más atractiva, más alta y con mejor cuerpo.

El problema es… bueno.

Los problemas podían ser muchos o ninguno. La chica era una incógnita. Ni siquiera sabía su apellido, ni su edad, ni sus gustos o preferencias. Pero físicamente era todo lo que le despertaba la libido. Y era incapaz de ignorarlo.

Tienda de videojuegos

En el evento de disfraces, afortunadamente, asistió una menor cantidad de clientes. Gina se moría de vergüenza por haber ido sola y trataba de autoconvencerse de que aquello debía ser algo rápido. En un principio consideró llamar a Dutch… pero Dutch había estado toda la semana hablando de Evangeline y pidiéndole consejo de cómo entrarle. Había ido nada menos que dos veces allí para intentar ligársela. Los hombres a veces firman su propio fracaso, pensó.

Caminó con decisión y una sonrisa en el rostro. Llevaba unas botas con tacones enormes, pero se manejaba perfectamente con ellos. Se había gastado un buen dinero en el disfraz de Wonder Woman. Sabía que los ojos de Eve notarían la calidad, y que los novatos de turno simplemente se quedarían mirándola y babearían a su paso. Y esto último fue su primera satisfacción de la tarde. Se dio cuenta de cómo la escrutaban los chicos entre los que pasaba. Estaba acostumbrada. Sabía el buen cuerpo que tenía y las bonitas facciones que denotaban su ascendencia mixta.

—Oye, guapa… ¿te puedo invitar a una copa?

—¡Claro! —sonrió, acercándose con él a la barra. Así por lo menos no daba la impresión de venir totalmente sola. Había dentro una cafetería-bar con una zona para enchufar los portátiles, pero en esa ocasión estaba repleta de clientes charlando.

—Eh, ¡Tod! ¿Adónde vas?

—Estoy acompañando a esta chica tan guapa a por algo de beber, ¡no molestes!

—Ah, no me seas capullo… píllame algo a mí también.

—Si quieres algo ve tú mismo.

—¡Holgazán! —el amigo trotó hasta ellos y los rodeó a ambos del cuello. Esto molestó enormemente a Gina. Frunció el ceño y cuando el chico volvió a gritar en medio de ellos, se dio cuenta de que iba con varias copas ya encima.

—Disculpa, pero… ¿podrías quitarme el brazo de encima? —preguntó lo más educadamente que pudo, manteniendo una forzada sonrisa.

—¡Me estás jodiendo el ligue! —dijo Tod.

¿Pero cómo hablan así a mi lado? ¿Es que acaban de cumplir los dieciocho años?

Rodó los ojos y se aguantó hasta llegar a la barra. Pero allí estaba el chico disfrazado la semana pasada como Capitán América. Ni rastro de Evangeline. Esta vez se fijó en la placa que había anclada a su blusa: el compañero de la rubia se llamaba Sven.

Y la discusión entre esos dos niñatos estaba comenzando a irritarla.

—¡¡Jodeeeeeer!! ¿¡Quién es esa!?

El chico más molesto que se les había unido pareció por fin movilizarse. Gina tomó su copa y se giró, pero la mirada se le fue por inercia adonde iba el muchacho.

Paró de moverse, justo antes de beber.

Evangeline llevaba el traje de Los Increíbles. Un mono rojo con el logo y las botas. Se sonrojó enseguida al verla. Dio un sorbo y tragó con dificultad.

—¿Qué aficiones tienes, sueles venir aquí con regularidad? —le preguntó su acompañante, interesándose por Gina. Ésta estaba más pendiente a la mujer, pero por no ser maleducada le contestó.

—Pues… no mucho. En realidad, descubrí esta empresa hace bastante poc…

—¿¡Qué te pasa!? ¿Cómo que no me vas a dar tu número, uh…? Vamos, no seas estrecha… —el otro chico hablaba tan fuerte que interrumpía todas las conversaciones que tenía a su alrededor. Evangeline seguía andando con rapidez, cargaba una pesada cesta llena de libros. El chico borracho la agarró con más fuerza del brazo para voltearla, y la hizo dar un traspié.

—Eh, ¡EH! ¡Seguridad! —gritó Sven con un tono notablemente cabreado. Enseguida, un vigilante se personó allí corriendo y redujo al muchacho de un derribo. Otro de los vigilantes le tendió la mano a Eve, que se había dado un buen culazo.

—No es nada, estoy bien —murmuró la chica, levantándose de a poco.

—Perdona que te corte el rollo… pero si esos son los amigos que tienes, me das un poco de inseguridad. Gracias por la copa —comentó Gina al ver la oportunidad perfecta para alejarse del tal «Tod».

—¿Uh…? —el chico frunció el entrecejo, cabreado. Masculló algo por lo bajo y se aproximó a su amigo, ayudándole a alejarse de allí.

—Tu amigo acaba de entrar en la lista negra —alertó el vigilante, señalándolos.

—Evangeline, ¿de verdad estás bien?

—Hey… ¡eres tú! —dijo la otra, sonriendo amigablemente. Pareció cambiar su expresión. Gina la ayudó a colocar los libros dentro de la cesta—. Tranquila, no ha sido nada. Es que no le estaba respondiendo y se ve que llevaba ya unas copas de más.

—Aun así… detesto a los hombres así. Te caíste de mala manera.

—Ah, soy dura para el dolor. Nunca siento nada, ¡jaja! —empezó a reír con su cantarina voz. Gina parpadeó sonriéndole. Aunque era incapaz de escuchar comentarios como aquel sin imaginárselos con un doble sentido.

—¡Eres muy risueña! —comentó divertida mientras se ponía en pie junto a ella. Miró su cesta y señaló hacia el área de cómics—. Van allí, ¿no? Si quieres te ayudo a colocarlos.

—No te preocupes. Lo haré yo, es mi trabajo. Eres una clienta y has venido al evento, diviértete.

—¡Pero…! —se puso recta, y bajó los hombros controlándose. Evangeline arqueó una ceja, observándola con más fijeza.

—¿Todo bien?

—Sí… sí. Es que… creo que he hecho mal viniendo sola, ¿sabes? A lo mejor tenía que habérselo dicho a Dutch.

La rubia siguió mirándola exactamente como antes. Siempre que hacía aquello, Gina sentía que algo se le clavaba lentamente en el pecho. Tenía mucha fuerza en la mirada. Y no estaba acostumbrada a ver ojos tan verdes… en unas pestañas tan rubias. Era preciosa. Trató de que los pensamientos no se le fueran por las ramas. Carraspeó un poco y se apoyó en la barra, sonriendo tímidamente.

—Perdona —prosiguió la pelinegra—, ve a trabajar tranquila. Yo me lo pasaré bien.

—Bueno… sí que había algo que quería comentarte. Me lo has recordado al mencionar a tu amigo —su voz bajó varios decibelios y se acercó a ella, pasando un mechón ondulado tras su oreja. Gina se ruborizó inmediatamente. Notaba su fragancia, tanto la del perfume como la de su cuerpo… pero sólo vagamente.

—Sí… me dijo que vino un par de veces. ¿Pasó algo?

—N… no —musitó despacio.

Puede que le cueste un poco hablar, pero tiene la mirada de una gata dominante. No la aparta ni un poquito.

—Dutch es muy suyo, pero es buena persona… te lo digo de verdad.

—Ya —asintió muy poco, comprimiendo sus finos labios—, am… ¿podrías decirle que deje de pedirme el número? La… la última vez fue un poco insistente.

Perfecto. Tú sólo me lo facilitas, Dutch. La has espantado.

—Ah… ¡¡tranquila!! Se lo diré. No te sientas culpable de decírselo tú misma si vuelve a molestarte. Pero cuenta con que se lo diré.

—Se le ve muy buen chico. Pero no es mi tipo, y no quiero lastimarlo.

—¿Muy bajito para ti? —arqueó las cejas con diversión, riendo, pero se sintió morir cuando Evangeline ni siquiera sonrió. Sólo la miraba fijamente y fruncía un poco sus rubias cejas—. Perdona, perd-…

—No es eso. No me importa su estatura.

—Entiendo… sí… bueno, yo entiendo que cuando un chico se pone insistente pierde todo el sex-appeal…

Evangeline se quedó callada, pero la pelinegra detectó que tragaba saliva en ese instante. De repente pareció reaccionar y tomó rápido la cesta.

—Bueno, voy a dejar esto.

—Es… espera… —se giró a su mismo tiempo, separándose un poco de la barra. La otra la observó—. ¿Te… te gustaría tomar algo conmigo cuando salgas…? Ah… sólo si quieres, claro.

La rubia la observó unos segundos… que a la otra se le empezaron a hacer eternos.

—Me falta aún una hora. No quiero hacerte esperar tanto.

—¡Esperaré! Vamos, una hora no es nada.

La otra abrió un poco los ojos, parpadeando, y dibujó una pequeña sonrisa. Asintió.

Al cabo de media hora, Gina se había enganchado a una de las máquinas recreativas y llevaba allí perdido la mitad del dinero que había metido en la billetera, antes de salir. El corset rojo de Wonder Woman le quedaba fantástico, pero estrenarlo aquel día había sido un error: le apretaba por todos lados. Quería quitárselo. Pensó en comprar ropa del propio establecimiento y por lo menos sentirse cómoda. Así que para hacer tiempo, lo hizo.

Una hora más tarde

Evangeline salió de un portazo del vestuario y corrió bajando las escaleras, hasta que se encontró con Gina. El evento no había decaído ni por un segundo, y dos grupos de clientes la habían entretenido muchísimo sin parar de sacarle tema de conversación. Realmente no le molestaba, pero sabía que había quedado con Gina y que ya iba treinta minutos tarde. Así que en cuanto la dejaron tranquila y pudo quitarse el disfraz, fue a toda pastilla hasta la barra. Gina no estaba allí. Shinji, otro de sus compañeros de trabajo, le señaló la máquina de recreativos.

—Era la chica que iba vestida de la Mujer Maravilla —inquirió Eve.

—Sí, es ella. Se ve que le apretaba el corset y se ha comprado ropa aquí para quitárselo.

—Oh. De acuerdo… ¡gracias!

Shinji miró con curiosidad cómo su compañera se acercaba a la clienta y se saludaban dándose la mano. Frunció el ceño mirándolas. Había algo en Gina que se le hacía incómodo. Parecía linda y tímida, pero sentía que era una especie de carcasa. Como si guardase un secreto. Tenía su carácter, eso le quedó claro cuando la vio aparecer con Dutch. Pero como fuera, no era asunto suyo. Levantó la mano para despedirlas a distancia y las chicas salieron de la enorme tienda.

Cafetería

Gina se había pasado todo el camino hacia la cafetería maldiciendo su falta de previsión. A pesar de que las prendas que llevaran no eran de gala, las llevaba con muchísima elegancia. Era su porte, su figura y su propio destello al caminar. Su mirada. Hasta su sedoso y largo pelo ondulado. Todo formaba parte de una combinación exquisita. A Gina le encantaban las mujeres que irradiaban eso. Al llegar a las sillas de exterior, miró disimuladamente cómo sus manos desenganchaban el botón de la capa con la que cubría sus hombros, y la colocaba en el respaldo.

—¿Qué desean tomar? —preguntó la camarera.

—Una jarra.

Wow. No le pega nada. ¿Acaso puede con una jarra de cerveza ella sola?

—Ah… una copa de vino. Lo dejo a tu elección —murmuró con suavidad.

Evangeline sonrió a la camarera y luego se cruzó de brazos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia delante.

—Gina, ¿te puedo decir algo? No quiero que pienses mal…

—Claro, cuéntame.

—Ah… estabas… muy guapa… me hubiera gustado ver mejor el traje.

No me lo puedo creer. Le cuesta decírmelo. ¿Está avergonzada…? Con esa cara de dominancia… no le pega nada… ¡jejeje! Qué cute…

La rubia frunció ligeramente las cejas mirándola, claramente le costaba decir más. Abrió de nuevo la boca pero llegó la camarera con la comanda. Gina le echó una mala mirada y forzó la sonrisa cuando las interrumpió. Tomó su copa y dio un largo trago. Eve se puso más recta y toqueteó con las uñas la enorme jarra de cerveza que le habían puesto por delante. En ese instante, la pelinegra desvió la atención hacia sus manos. Eran más grandes que las suyas, totalmente femeninas, pero lo mejor era esa forma natural tan alargada al final de las uñas que tenía. No las tenía exageradamente largas en absoluto. Llevaban un brillo blanquecino.

—Quería decirte dónde lo había comprado y todo eso… pero es que, ¡me estaba muy ajustado! —sonrió divertida, pasándose un par de dedos por el pecho—. Me quedaba sin respiración.

—Te hacía un cuerpo muy bonito. De verdad.

—A ti también te quedaba muy bien el de Los Increíbles. Estabas increíble —sonrió dulcemente, ladeando la cabeza—. Me suelo fijar mucho en la ropa.

—En… entiendo.

—No puedo ocultarlo, la moda me gusta mucho. Soy de esas frikis que se hace alguna foto delante del espejo antes de salir…

Eve sonrió.

—Yo ya no lo hago. Saldría toda la leonera atrás, con la cantidad de ropa que saco antes de decidir.

—¿Sí? ¿Muy indecisa…? —sonrió gentilmente. La rubia elevó las cejas y acabó asintiendo en una expresión de culpabilidad.

—Ya sólo para escoger bragas tardo, imagínate.

—No te preocupes. A mí me pasa igual. Pero sobre todo es porque me gusta llevar conjuntos.

Pareció que Eve, tras esa declaración, se quedó pensando. Preguntó con la boca pequeña antes de beber otro sorbo.

—¿Te… te refieres a la lencería?

—Sí. Reconozco que soy fan. Me gusta que cada sostén tenga su prenda, no sé. ¿Tú qué opinas?

—Ah… yo también —murmuró. Le dio otro trago largo a la cerveza.

Gina sonrió. Vale. Esta chica puede ser perfecta para mí. Es guapísima, le gustan los disfraces y… si le gusta la lencería puedo hacer un buen nexo. ¿Estoy yendo muy rápido?

Para ese rumbo de la conversación, casi siempre propiciado por ella, Gina tenía siempre algún as bajo la manga. Abrió la boca, pero la rubia se le adelantó y habló más fuerte.

—¿Y la fotografía te gusta? —dijo, casi como un arranque de sinceridad.

—Si tú eres mi fotógrafa sí.

Eve abrió los ojos más nerviosa. Gina ya empezaba a relamerse en su propia cabeza.

Ahí está. Eres más nerviosa que yo. Qué guapa.

—Bu… bueno…

—Hey, ¡no me tomes como algo raro! —se defendió Gina enseguida—, sólo es que… prefiero que lo haga una mujer. Que me saque fotos en lencería. Me siento más cómoda.

—¿Lo necesitas para un álbum o algo así?

—Sí. Y no es necesario que sea fotografía profesional, de hecho… es justo lo que no quiero.

Eve ladeó una sonrisa y apretó poco a poco los labios. Volvió a centrar sus ojos felinos en los de ella. Otra vez, con esa especie de seriedad dominante que cautivaba a la otra. Pero Gina suspiró.

Quizá… debería decirle que me gustan las mujeres. A lo mejor estoy interpretando mal su nerviosismo y sólo quiere una amiga, pensó.

¿Por qué habrá dicho lo de ser yo su fotógrafa…? Le gusto, ¿no?, pensaba la rubia.

—Pues… si quieres, también puedo mostrarte la lencería nueva que me acaba de llegar. Me fio de tu ojo crítico, vistes muy bien —Gina no se tardó en poner una miguita de pan.

—Claro. ¿Puedo ver?

—Oh… ¡no está aquí! —rio dulcemente, negando al ver que trataba de asomarse a la pantalla de su móvil. Eve parpadeó con curiosidad, observándola—, está en casa. Si quieres y no estás muy cansada…

La rubia se puso más seria.

Es una chica muy guapa. Debe de tener pareja, pensó mirándola. Gina se ruborizó pensando que quizá estaba dando muchas cosas por sentado.

—Hey, di algo… —insistió—, te quedas muchas veces mirando con esos ojos de gata.

—Ah… ¡jajajaja! ¡Discúlpame! Pensaba con mucha fuerza —dijo sobándose la cabeza, con lástima.

—Si te parece una mala idea lo entendería perfectamente. Entiendo que puede chocar que una completa desconocida te diga de ir a su casa para… enseñarte la lencería. Lo siento, ¿de acuerdo?

—No hay ningún problema… am… dios… qué vergüenza, ¿cómo era tu nombre?

—¡Gina! Puedes llamarme Gina Hae-won —sonrió tranquila.

—Evangeline Beauregard… con Eve estará bien —se volvió a presentar la otra.

—¿Qué edad tienes?

—Veintitrés años. ¿Por qué?

¿¡Qué!? ¡¡Es menor que yo!! No me lo puedo creer.

—¡Ah! Curiosidad… sólo curiosidad.

—Tú pareces más joven —sonrió.

—Pues… yo tengo veintiséis.

—¿De veras? —abrió los ojos impresionada— pensé que estabas en primer año de universidad o algo así…

—¡Oh, no! Yo trabajo y… sí, soy una especie de adulta independiente, sí.

Eve sonrió. De pronto. Gina pestañeó al darse cuenta de que la rubia acababa de jalarse la jarra entera y ella aún no había acabado su copa de vino.

—Si me disculpas, voy al aseo —murmuró la rubia, levantándose de la silla.

—Sí, descuida. Aquí te espero.

Evangeline pagó la cuenta y al volver, encontró que Gina estaba teniendo una charla agradable con la camarera. Se sintió un poco extraña y esperó algo apartada, haciendo tiempo mientras cerraba la billetera y la guardaba en el bolso. Pero seguían hablando, así que al final, se aproximó un poco indecisa a la silla donde estaba la pelinegra sentada.

—¡Oh! Estás aquí. Te invito —sonrió levantándose. La camarera intervino.

—La señorita ya ha pagado. Y dejado una buena propina —Eve le sonrió escuetamente, pero volvió la mirada a Gina con más atención.

—Gracias, Evangelina —la miró con una sonrisa.

Apartamento de Gina Hae-won

Una vez iban en el ascensor, tanto Gina como Evangeline se pusieron nerviosas. Por motivos algo diferentes. Pero Gina estaba entrenada en ese tipo de nervios. Era simplemente pura adrenalina, y de la que le gustaba. Al mirarla le sonrió.

—¿Te apetece ahora tomar algo caliente? Tengo chocolate.

—Sí, es buena idea.

Ambas se sonrieron y volvieron la vista al frente.

Una vez dentro, Gina le hizo un breve tour por la casa. Eve asomó la mirada por encima del hombro de la pelinegra en cuanto empezó a abrir sus cajones.

—¡Hey…! ¡Eso es muy bonito! ¡¡Tienes un gusto genial!! —dijo con la voz más fuerte, metió de repente las manos en el cajón y tomó rápido un conjunto de encaje rojo, de cuerpo completo. Lo alzó en alto con los índices, sonriendo levemente.

Gina se puso roja como un tomate al ver su movimiento. No había descubierto uno de sus vibradores por muy poquito, porque dos conjuntos más abajo tenía una buena colección. La chica metió las manos allí sin preguntar.

—Ah… ¿ese te gusta? Bueno, aunque de ese tengo alguna foto…

—Me gusta éste.

—Pensándolo bien, ¡la foto tiene mucho tiempo! ¿Quieres ver el resto?

—¡Ahá! —asintió con un haz de felicidad tan palpable, que la de pelo negro curvó más ampliamente su sonrisa, ahora de oreja a oreja.

—Vale. Voy a por las bolsas. Necesito tu opinión.

Al cabo de unos diez minutos, Gina observaba ruborizada cómo la rubia caminaba despacio alrededor de la cama, observando con la mano en el mentón toda la lencería con ojo analítico.

—Me gustaría… que decidieras qué puedo ponerme ahora —dijo, y comenzó a morderse el labio ahora que la rubia no la miraba directamente. La estaba testeando. Quería ver si podía sacar el lado dominante en situaciones como aquella. El rostro y el cuerpo de Evangeline le gustaban mucho. Suspiró de manera imperceptible.

—Me gusta éste —musitó inclinándose y tomando de la cama uno de los conjuntos negros. Lo apartó y dejó caer encima de él unas medias de lunares negras también, con sus respectivos ligueros—. ¿Te parece bien?

—Lo que tú me digas. ¿A ti te parece bien? —caminó a su lado, observando la elección.

—Le faltarían unos tacones para ser perfecto —soltó una risita— ¡esto es divertido! —ladeó la cabeza hacia Gina, aunque se sorprendió al ver su rostro tan cerca. Fue dejando de sonreír poco a poco.

—Me lo pondré, ¿vale? Ponte cómoda. También tengo una cámara, aunque…

—Y yo tengo un iphone. De los que se ve muuuuy bien.

—Oh. Pero entonces la tendrás en tu galería…

La sonrisa de Eve volvió a perderse al escucharla, como si hubiera dado en una especie de tecla.

—No haré nada malo con ella. Te la pasaré y la borraré.

—Y… ¿no te gustaría quedártela?

Eve frunció débilmente el ceño, parpadeando y fijándose mejor en su rostro. Quiso responder algo, pero Gina habló deprisa.

—¡Te tomo el pelo! No pasa nada. Seguro que luego no me gusta ninguna, soy muy caprichosa eligiendo.

Se giró rápido y tomó las prendas. Y se ausentó en el baño interno que había.

Eve se quedó mirando la puerta varios segundos y cuando bajó la mirada se dio cuenta de lo fuerte que apretaba su teléfono. Carraspeó despacio y lo dejó encima de la cama. Le entró calor repentinamente, así que se movió su larga cabellera hacia atrás y se abanicó con las dos manos.

Pero ¡joderrrrrrrr! Está ligando conmigo, vale. Ya lo noto. De otro modo no estaría aquí parada. Pero estoy demasiado nerviosa.

Cuando Gina salió se la encontró aún dando vueltas alrededor de la cama y el resto de modelitos. Eve se giró hacia ella mordisqueándose el pulgar en un gesto de nervios, aunque retiró la mano en cuanto la observó por entero.

—Bueno… ¿qué tal estoy? ¿Crees que saldrá bien? —sonrió angelicalmente, aunque su outfit era totalmente provocativo. Aquel conjunto le quedaba de infarto. Era una chica de estatura media, y aunque fuera delgada y tuviera los pechos pequeños, sabía cómo sacarse partido.

—¡¡Estás guapísima!! Vamos, túmbate aquí.

No es exactamente la reacción que esperaba… pero me gusta que le salga natural eso de decirme qué hacer.

Asintió sin decir nada y gateó sobre la cama. Pegó la cabeza en el colchón y, con las nalgas levantadas, se agarró con ambas manos la aguja de sus tacones. Eve entonces volvió a tener una mirada crítica y directa. Le tomó varias fotos, en esa y en otras posiciones. Con su propio móvil.

—Bien, son unas cuantas… ¿me das tu número?

—Por supuesto —salió de la cama y se puso en pie, tomando su teléfono de sus manos lenta y sensualmente, sin dejar ahora de observarla a los ojos. Eve no pareció más nerviosa. O si lo estaba, lo ocultaba bien. Su rostro seguía siendo el de esa gata imperturbable, y de la nada, fue ladeando poco a poco la cabeza, inclinándose hacia su boca.

¡Mierda!, pensó Gina. ¡Se… se está lanzando, no lo esperaba! Genial… genial… pero…

Gina apartó sutilmente su cara hacia abajo, ruborizada. Eve se mordió despacio el labio inferior y bajó la mirada al móvil, sin apartarse de ella.

Me he adelantado demasiado. A lo mejor la estoy incomodando, pensó la rubia.

Lo tomó. Tenía en la pantalla el número escrito. Eve la agregó y le pasó una a una las fotografías.

—Tengo que decir… que te han quedado muy bien —Gina volvió a romper el silencio. Subió las cejas y asintió, dando su aprobación—, pero te quiero enseñar otro tipo de fotos que me gustaría que me hicieras.

Evangeline seguía forzándose a mirar la pantalla. Al contrario que Gina, no había dado un pie en ese apartamento con las intenciones carnales que sí tenía la más bajita. Su mente no había divagado más allá de una caricia, un intercambio de números, un morreo con lengua. Pero Gina, sin embargo, y a pesar de haberle evadido el beso, se había propuesto tantearla hasta el final.

—Mira, ¿qué te parece? —susurró después de un rato, volteando hacia ella el teléfono. Eve abrió más los ojos y las pupilas se le agrandaron ligeramente. Era Hae-won completamente desnuda, con un shibari rojo inmovilizándola sobre una alfombra.

—E… eso…

—¿Te gusta la idea? —dijo, sonriéndole angelicalmente.

—¡Ya lo veo! Tú… trabajas… para un catálogo o algo así, ¿verdad? De BDSM.

No seas tan inocente… con esa cara que tienes… no te pega nada.

—No… no, aunque… ahora que lo dices, la idea es excitante. No hace falta trabajar de manera profesional en un catálogo así para hacer uno propio, ¿verdad?

—Lo desconozco.

Gina tomó aire lentamente y puso la mano en el móvil de la otra, quitándoselo poco a poco. Lo soltó sobre el diván y puso despacio las manos en el dobladillo de su blusa, acariciando despacio sus hombros.

—Eres muy alta… mira qué tacones llevo, y sigues siendo más alta que yo —balbuceó melosa. Le miró fijamente, y Eve hizo lo mismo—, me gusta mucho eso de ti…

La rubia se inclinó ladeando de nuevo la cabeza y logró pegar su boca a la de Gina. Como si ni siquiera le hubiera importado el primer rechazo. Casi llamada por una orden interna, volvió a intentarlo. Nada más sus bocas se juntaron, la pelinegra sintió la fuerza de una de sus manos, adherida a su espalda para atraerla.

—Hmm… espera… —Gina se moría de ganas por continuar, pero ahora que sabía que había algo recíproco y que había comenzado ella el contacto físico, la tenía en la mano. Era una incógnita para ella, aun así. Se había dado cuenta de que Eve era terriblemente mala captando indirectas… tenía que ser directa. Darse un beso y acariciarse estaba bien. Pero quería ver si podía sacarle el mismo lado depravado que tenía ella. Rio divertida al sentirla ahora por su cuello, no dejaba de presionar su espalda—. Espera… —repitió dulcemente, apartándola. Eve despegó los labios de su piel y los dejó semiabiertos. Ahora sí que la miraba con fijeza. Parecía casi querer matarla, como si sus iris verdes fueran a apuñalarla en cualquier segundo. —Me das miedo… ¿tan mala he sido…?

—N-no… —parpadeó y bajó un poco el rostro, respirando con dificultad—. Perdóname, no sé cómo actuar.

—Pues… me gustaría tener una charla contigo de ese tema en algún momento—murmuró, rozando sus labios con los de ella para seguir provocándola. Eve no lo resistió. Al sentirla cerca se comió sus labios, volviendo a inclinarse sobre ella aprovechando su altura. Gina sintió una fuerte corriente ardiente en su cuerpo cuando notó que la sostenía del pelo, desde atrás. Empezó a seguirle el beso de manera más pasional, pero de pronto, y de forma muy injusta, le quitó del alcance sus labios y distanció el cuerpo. Se sorprendió al sentir un brusco tirón en su antebrazo, con la mano de la rubia fuertemente anclada para acercarla de un tirón hacia ella. Apretaba con contundencia. La volvió a besar.

Tiene el carácter para ser la sádica… me gusta…

—Espera —dijo en un tono repentino, distanciándola al presionar sus labios con un par de dedos. Eve la observaba a la boca con fijeza—. Quiero que me ates. Y… que me hagas lo que quieras una vez esté atada.

—¿Atarte… las muñecas?

—¿Sabes anudar como viste en la foto?

La rubia soltó una risilla avergonzada, poniéndose recta lentamente. Apartó las manos de ella.

—Ah, lo siento… creo que estás buscando a alguien demasiado experta. Yo nunca he atado a nadie.

—Pero… ¿no te gustaría atarme? ¿No te gusta saber que estoy inmovilizada y lista para hacerme lo que se te ocurra? Tengo experiencia… —le sostuvo la mejilla, y notó sus nervios. Sonrió—. ¿Probamos?

—Pero… soy un poco brusca… no quiero hacerte daño. Soy brusca para todo. De verdad… ¡siempre salpico agua cuando abro un tapón de botella!

—¿De veras…? Pobre de mí… —pasó la misma mano a su propia mejilla, lamentándose. Pero finalizó su expresión con una mueca de picardía pura. Aquello hizo que las mejillas de la rubia se colorearan.

Dios mío, ¡es masoquista! No sé si estaré a la altura… ¿y si… y si me paso de la raya?

—No te pediré que me ates igual que en la foto… porque eso lo hizo una dom que se dedica profesionalmente a la materia. Pero… podemos empezar con algo sencillo. Lo único que te pido… —se acercó a ella tirando el móvil a la cama y le sonrió, mirándole los labios—, es que no tengas piedad.

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