CAPÍTULO 5. Llevarte al extremo
Se irguió y alargó la mano hacia un trapo que tenía sobre la mesa, pero para cuando lo tomó abrió de nuevo los ojos, alucinando. Gina se había postrado con las rodillas en el mármol y retiraba la saliva con la lengua. Aquello la tensó. La hizo tragar saliva. Ella pensaba darle el trapo. ¿Había parecido que insinuaba que lo lamiera con la boca?
—Está bien, ya… ya está limpio, señora… lo siento mucho…
Evangeline se enfocó rápido de nuevo en su papel. No quería parecer todo lo sorprendida que en realidad, estaba.
—No es suficiente. Sabes lo que me molesta tener toda la ropa desordenada y tirada por el salón, ¿cómo se te ocurre irte a comprar sin ordenarlo primero?
Gina echó la atención alrededor. Sí que tenía la casa manga por hombro… se ve que la había pillado por sorpresa.
—Señora… ¿dónde quiere que la guarde exactamente?
—¿¡Me estás haciendo esa puta pregunta, maldita criada!? ¿Aparte de sucia y vaga, aún no te conoces la casa?
Gina sintió que se excitaba. Tuvo que contener una sonrisa.
—¡Ve y dóblalo todo! De rodillas —le volvió a gritar, acortando distancias con ella—. Dobla el montón de la izquierda primero y lo dejas sobre la cama.
La pelinegra gateó hasta el primer montón de ropa que vio en su amplio dormitorio. Despegó una mano del suelo para tomar la primera camiseta, cuando sintió una patada brusca que la tiró por completo al suelo. Gritó algo sorprendida. Eve apretó su trasero con el pie descalzo, reteniéndola fuerte contra el suelo.
—Se… señora…
—El de la izquierda. ¿Tampoco distingues izquierda de derecha?
—Dis… discúlpeme… —Eve le quitó el pie de la espalda y la observó recuperar la postura. Tenía el culo erguido bajo ese vestido… se preguntó hasta dónde podría llegar. No sólo Gina… sino ella misma.
Evangeline avanzó lentamente por un lateral sin dejar de mirarla. La chica se apoyaba sobre sus rodillas mientras cogía una prenda y la doblaba con cuidado. A lo tonto… sí que le estaba haciendo la casa. Esperó varios minutos, pero no salió ni una sola queja de ella. Estaba doblando la ropa de verdad, y lo hacía mejor que ella misma. Así que Eve tuvo tiempo mientras tanto de observar bien su cuerpo en aquel disfraz. Era estimulante. Sin decir nada, clavó una rodilla en el piso y le levantó de golpe la falda por encima de la lumbar, quería saber qué tipo de ropa interior llevaba. Abrió los labios en una muy breve sonrisa. Gina la miró algo temerosa desde su posición.
—Señora…
—Vienes con una ropa interior muy atrevida para querer sólo limpiar aquí —susurró, y apoyó una mano en el suelo para bajar más a su altura. Se le pegó al oído—. Y tienes las bragas sucias. Maldita pervertida. ¿Cuándo fue la última vez que tomaste un baño?
—No me mire… —apartó la mirada, avergonzada— por favor, no mire… —trató de deslizarse hacia atrás el vestido, pero Eve le dio un agarrón en el antebrazo y la tironeó hacia abajo, obligándola de un simple movimiento a quedarse de nuevo a gatas en el piso. Cerró la mano en el borde de la falda y volvió a levantársela sobre la espalda.
Tiene las nalgas amoratadas… no creo que sea buena idea volver a azotarla.
Con la otra mano fue aproximando un par de dedos, rozando de forma pausada las yemas por allí. La chica se estremeció, bajando ruborizada la cara al suelo. Eve se detuvo y le echó una mirada crítica.
—¿Te he dicho que pares de trabajar? Sigue doblando.
—Sí —murmuró apenada. Tuvo que erguir un poco la espalda para continuar sin caerse, al tener las manos ocupadas. Pero Eve enredó esos dos dedos en sus braguitas y las bajó de golpe. Uno de los ligueros que llevaba pinzados a la ropa interior se soltó por la brusquedad que empleó—. Pe-pero… oiga, eso…
—¿Qué pasa, te da asco? Estabas totalmente empapada. Esas bragas están asquerosas. ¿Te las habías puesto para tu novio, hm…?
Gina abrió los labios sin poder evitarlo y volvió a caer con las manos al suelo cuando la rubia la penetró tan fortuitamente. Gimió y apretó con saña las manos en el montón de ropa.
—Si te vuelves a parar, te castigaré. ¿Entendido?
Gina emitió un suspiro entre los dientes, tragó saliva recomponiéndose y atrajo una sudadera. La comenzó a doblar, pero se estremeció al sentir su brusco vaivén.
—Me haces daño… por… por favor…
Eve la atrapó del cabello con la otra mano y la encorvó hacia atrás. Se le pegó al oído por un lado.
—Si de verdad te hago daño y no puedes soportarlo, di… ¿rojo? ¿Te hago daño?
Gina negó rápido, sonriéndole con dulzura. Pero entonces la rubia la agarró más fuerte del pelo y le retiró los dedos del coño para empujarla con fuerza hacia un costado. La chica tropezó y cayó bocarriba, recibiéndola sobre su cuerpo. Le habló con un tono iracundo.
—¿¡Quién te dijo que TÚ podías tutearme!?
—¡¡Lo siento!! ¡¡Perdóneme… perdóneme… por favor!!
—No… ya son muchos excesos de confianza. Ven aquí. Vas a aprender por las malas.
Se excitó sólo de escucharla. Era por el miedo que Eve desprendía. ¡Sabe hacerlo de puta madre! Era perfecta. Ahora sí que la quería para ella… enteramente. Estaba tan metida en su papel, pero aun así preocupándose por su bienestar… quería que fuera suya. Cuando intentó erguirse en sus dos pies Evangeline ni siquiera le permitió apoyarse en el segundo; la empujó y rebotó contra el borde de la cama.
—Tu principal fallo es que no sabes hablar con alguien que está por encima de ti.
—Tiene razón, yo…
—Cállat…
—¡Tiene que domesticarm…!
Recibió una bofetada.
Fue leve, aunque sorpresiva. Aquello era un pequeño paso más.
Gina suspiró adolorida. Para alguien tan entrenada como ella no era suficiente. No lo era. Eve la agarró del mentón y se agachó contra su cara otra vez, gritándole.
—¡Por lo visto te cuesta entender mi idioma, maldita criada! ¡Supongo que no puedo tratarte como una persona, sino como un animal! Eres una maldita PERRA. ¿Verdad? Ladra.
—N… nngh…
Le levantó la mano amenazándola, con las cejas arqueadas y un tono autoritario.
—Ladra.
—G…Woaf…
—¿Qué? ¿Acaso tú has oído algo? ¡¡Ladra!!
—¡Wof, wof…! —lo hizo y bajó rápido la mirada, colorada— esto es humillante…
Eve le soltó un bofetón en una dirección y otra, haciéndola gritar. Le dio un tercero que fue mucho más sonoro y duro, y logró tirarla al suelo a cuatro patas de nuevo. Gina sintió tal picazón en el rostro que apretó fuerte los párpados, pero no pudo evitar sentir cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Sollozó una sola vez, suspirando cansada contra la alfombra.
Eve se quedó quieta. Tres tortazos. Y la chica estaba lagrimeando. Pensó que había cruzado la línea. Que no había medido su fuerza. Permaneció tapándose la boca con las dos manos, a punto de pedirle disculpas… pero Gina, aún como estaba de dolorida y sorprendida, negó con la cabeza. “Sigue”, dijo sin voz. Y enseguida volvió a meterse en su papel de criada afligida.
—Señora… por favor, deje de…
—¿¡Vas a seguir!? —se le acercó de nuevo. Tomó impulso con una pierna y descargó la planta del pie sobre su nuca, bajándola al suelo de un golpe seco. Gina sintió de inmediato el golpe y emitió un quejido sordo, al notar durante un par de segundos la falta de oxígeno. Tosió un par de veces, pero Eve no retiró el pie—. ¿De qué manera puedo hacer para que una perra como tú entienda algo tan sencillo?
Gina se removió un poco, respirando agitada. La otra volvió a subirle el vestido para descubrir sus nalgas, sin apartar la presión de su nuca, y la abofeteó en el culo, haciéndola gritar.
—¿Vas a volver a hablar, perrita?
La chica negó rápidamente con la cabeza, entre gemidos. Entonces sonrió satisfecha y quitó el pie. Volvió a oírla sollozar… tragó saliva y la observó por el rabillo del ojo. Su corazón bombeaba con fuerza. Parte de ella se sentía cachonda, pero la otra estaba sintiéndose mal al verla llorar. No había dicho la palabra de seguridad. Ella debía conocerla de sobra, y ni siquiera la usó para que mermara tampoco la fuerza, o para indicar que llegaba a su límite. Inspiró disimuladamente y se sentó en el borde de la cama. Sin quitarle la vista de encima, llevó las manos al nudo de su albornoz y se lo quitó, dejando expuesto por completo su increíble cuerpo. La pelinegra la observó desde su postura de perro y sintió un ardiente estímulo al verla por primera vez desnuda.
—Ven. Te voy a enseñar el único idioma que tú puedes hablar con esa asquerosa lengua. Gatea y ven.
La coreana ardía por dentro. Le dolía todo. El cuello, el trasero sin curar, los bofetones en el rostro. Y lo que más le encendía era saber que esa chica aún podía dar más. Gateó hasta sus largas piernas y esta las abrió… aunque la expresión de mujer autoritaria que tenía por defecto se evaporaba por segundos. Eve retiró una lágrima de su rostro con el pulgar, en un gesto lento y cariñoso, y le condujo un poco la cara hacia su intimidad. Gina la miró una última vez a los ojos. Supo que estaba nerviosa y muy excitada.
—… —ascendió una mano lentamente por su pierna y pegó la boca a su coño, acariciando despacio con la lengua. Lentamente fue uniendo más aquellos suaves labios vaginales con la boca, lamiéndolos y amoldándolos contra los suyos como si fuera otra boca a la que besar, y chupaba a un ritmo bien marcado, presionando también el clítoris. No tardó ni un minuto en oírla cambiar su frecuencia de respiraciones. No la ordenaba, ni le decía nada, sencillamente el curso de sus suspiros cambiaba. La notó tener pequeños temblores en cierto momento. Cuando Gina la volvió a observar, la vio fruncir sus rubias cejas, totalmente ruborizada. Ella tampoco había parado de mirarla. De pronto se encendió cuando observó cómo se apretaba uno de sus enormes pechos, concentrada en mirarla y sentirla. Introdujo dos dedos en su cavidad y la oyó gritar con un gemido tembloroso. Soltó su pecho para agarrarla con suavidad del pelo. Pareció tierna después de todo.
—¿Puedo… en tu boca…?
Gina asintió veloz sin siquiera abrir los ojos, encaramada y con los labios bien pegados a su clítoris, mientras su mano la penetraba de pronto con los dedos curvados y cierta rapidez. Oyó los chapoteos inmediatamente al cambiar el ritmo, y Eve soltó un suspiro más ronco, gimiendo después lastimera. Después de ese primer gemido tan agudo, apretó la mandíbula y la agarró de nuevo con fiereza del pelo, controlándole la cara. Abrió la boca muerta de placer al suspirar, al observar que entre tanto movimiento de su boca un breve y débil squirt asomaba justo antes de que Gina lo tapara con sus labios.
—Hmmmpf… —abrió la mano despacio, totalmente drogada después de aquel clímax. Se había corrido en su boca. Ésta aún tragaba y se relamía los dedos mientras tomaba algo de distancia. Gateó hasta su bolso con lentitud, metiendo las manos para buscar alguna cosa. Eve no reaccionó a su marcha, sólo se quedó semiacostada, apoyada en sus codos y respirando hondo.
—Utilízalo conmigo… ama —lanzó algo en el aire, que aterrizó sobre la cama.
Era un consolador de buen tamaño, al menos para su delgado cuerpo. Entre suspiros, la otra lo tomó y examinó de cerca. Era de color fucsia y estaba anclado a unas bragas negras ajustadas. Sujetó el artilugio por los elásticos de la prenda y lo miró de lado a lado. De repente explotó a carcajadas.
—Sabía que estas cosas existían, pero nunca las había utilizado… —musitó divertida, poniéndose en pie. Parecía un clásico en el mundo del BDSM, por lo que había estado informándose aquellos días. Metió las piernas y se subió las bragas. Aquel pene de plástico se le hacía divertido. Empezó a menear un poco la cintura vagamente, riéndose frente al espejo al ver el aparato levantado. Cuando se volteó hacia Gina para comentarle alguna gracieta, se dio cuenta de que la chica estaba a gatas cerca de sus pies, y que lentamente acariciaba uno de sus empeines con los labios, dando besos suaves. Era una posición increíblemente sumisa. “Sumisión y entrega”, leyó en un blog de dos lesbianas, cuando cada una hablaba de su rol.
—Está bien. Escúchame —ascendió ligeramente el pie para tornarle la barbilla en su dirección—. ¿Por qué coño llevabas esto en tu bolso, eh? ¿Vas a explicármelo?
—Uh… yo… —parpadeó ascendiendo la mirada. De repente, Eve situó las manos vertiginosamente en uno solo de sus brazos y la tironeó hacia arriba, poniéndola en pie como si de una muñeca se tratara. La zarandeó una vez, encarándola.
—Eso quieres, ¿verdad? Que te recuerde quién es tu dueña…
—Sí… sí…
El corazón de la pelinegra palpitaba desbocado al mirarla a los ojos con aquella actitud. Era erógeno sólo mirarla, con su fingida expresión de desprecio. La giró sin ningún cuidado y a trompicones la llevó a la cama, donde bruscamente la empujó y la hizo apoyarse de manos.
—Separa las piernas y enséñame ese trasero, vamos.
—¿Qué? Es… espere…
Eve paseó por el borde de la cama y se inclinó sobre su mesita de noche. Sacó de allí un pequeño bote de lubricante y volvió a acercarse donde su sirvienta. Cuando vio que todavía estaba con las manos apoyadas en la cama sin moverse, arqueó una ceja.
—¿¡Acaso no me has oído!? ¿También tienes sucios los oídos?
—Es que… tengo que trabajar… me da vergüenza mostr…
—¿Te da vergüenza desnudarte y no dejar mi casa manga por hombro? —dijo, conteniendo la risa en su interior como podía.
—Pero… yo la dejé bien cuando…
—¿Me estás llevando la contraria? ¿Pero qué te has creído? —la agarró por la nuca para ponerla recta y la volteó bruscamente hacia ella, desanudándole el delantal y deslizando la cremallera del vestido por completo,
—Por… ¡por favor, no! —se abrazó a sí misma para evitar que le bajara el torso del vestido.
—Quieres que me adueñe de ti sin siquiera querer desvestirte… —bajó mucho el tono de voz de repente, pegando despacio su frente con la ajena. Gina respiraba hondo, su rostro estaba cálido— …eres una criada pervertida y sucia… y si quieres seguir manteniendo el trabajo aquí, lo haremos como a mí se me plazca. ¿Tienes algo que decir…?
La pelinegra negó poco a poco, tan expectante como excitada, y una total cara de angelito roto en sus facciones. Evangeline despegó con un semblante serio su rostro y le retiró el vestido bruscamente con secos movimientos de las manos.
—Ah… ya entiendo. Llevabas ligas y braguitas, pero arriba no llevabas nada… cómo no —musitó con media sonrisa altanera, tirando a un lado el vestido. Se apropió de sus dos tetas con las manos, cubriéndolas por completo con ellas. Notó la tirantez de sus diminutos pezones, y cómo la carne se le ponía de gallina al tironear de uno de ellos.
—¡Agh…! ¡Duele…!
—¿Duele?
—¡AH…! —Gina tuvo un fuerte amago de moverse cuando le retorció con total brusquedad el pezón, lejos de ser un movimiento controlado. Le temblaron las piernas por un segundo, estuvo a punto de pronunciar Amarillo. En su lugar suspiró muy rápido, varias veces, controlando su respiración y apretó los puños. Eve permanecía con las pupilas atenta a sus pechos, y acabó soltándole el pezón. La tomó del brazo y la volteó enérgicamente para que le ofreciera la espalda y el culo, y la empujó de nuevo. Volvió a situarla con las manos sobre la cama.
—Separa más las piernas.
Su cuerpo ardía. Ardía muchísimo. Siempre que un dolor superior al de su umbral la atravesaba pero luego desaparecía, su cuerpo demandaba más inmediatamente. Jamás había sabido por qué. Necesitaba sentirse así para sentir también el placer. La explosión de sensaciones. Necesitaba sentirse amada, pero también golpeada e inmediatamente después acariciada en el terreno sexual. Irina había sido una de sus “amas” y fue determinante para enseñarle del todo aquel mundo. Exclamó un gemido al notar de pronto el súbito cambio de temperatura del lubricante, helado, embadurnándose en su cavidad con la estimulación de la mano ajena. Bajó la mirada suspirando. Al observar de reojo, Eve también aplicaba lubricante sobre el largo del miembro de silicona, pero sin dejar de observar la vagina que estaba acariciando. Lentamente se le acercó e inclinó un poco sobre su espalda, y se relajó al sentir cómo besaba uno de sus hombros, aproximándose al cuello.
—Gina… —susurró entre beso y beso, mordiéndola sin fuerza en el lóbulo de la oreja. La pelinegra se estremeció inmediatamente— voy a entrar, ¿vale?
Sonrió un poco y sólo asintió, devolviéndole la mirada. Eve estaba mezclando el juego con su propia relación. No parecía a priori una mujer violenta. Como fuera, le ponía mucho el hecho de que la follara con el strapon. Ya tendría tiempo de seguir reeducándola a su antojo. La rubia era muy guapa y atenta, cariñosa y elegante como para dejarla escapar. Ahora que la tenía donde quería, tenía que seguir. Dejó de mirarla a los ojos y bajó instantáneamente la cabeza al sentir que apretaba poco a poco el consolador contra su estrecha abertura. Había elegido un tamaño que para Eve fuera mediano y manejable; ésta lo empuñaba con la mano mientras seguía empujando despacio con sus caderas. Cuando el instrumento no avanzó más centró las manos en su cintura y practicó un vaivén lento, buscando dilatarla poco a poco. Gina estaba cachonda, mucho, así que su cuerpo no tardó en ceder a la demanda. Se golpeó con algo más de fuerza hacia atrás, gimiendo lastimosa, y Eve enrolló su melena negra en una mano, golpeándose con más ritmo tras ella. Sintió placer al verla dilatada, pero también en su propio cuerpo al estar la otra tan apretada, pues ejercía presión en su clítoris. Se preguntaba si habrían otros strapon que ofrecieran aún más placer que el simple roce. Acomodó los pies en la alfombra y se movió con más fuerza tras ella, buscando embestirla hasta el fondo. Gina gimió algo más, pero le pareció a poco, así que le clavó las uñas en una de sus maltratadas nalgas.
—¡¡Ah… cuidado…!! Eso duele…
—¿Qué dices…?
—Que… due-duele…
Eve desclavó las uñas y la golpeó con fuerza, arrancándole otro grito. Se lamió la palma de la mano y volvió a azotarla en la misma nalga. El choque sonó bastante más alto, y Gina pataleó con la pierna, gimiendo adolorida. Pero el grito de Eve se le sobrepuso.
—¡¡Cállate!! ¡Estás aquí para servirme!
PAF, PAF, PAF. ¡¡PAF!!
—¡¡AHH… PARA… por favor…!! —tensó la espalda, pero Eve no la soltó. Se volvió más violenta en su vagina, la cual embestía con rudeza. Tomó un fuerte impulso y la azotó violentamente, gimiendo ella también. Gina tembló ante el impacto y cayó sobre las sábanas, lloriqueando sin lágrimas— Para… detente… de…
—Usa la palabra, o no oiré nada —la revoleó del cabello con fuerza, buscando posicionarla donde estaba. Gina sollozó excitada y completamente exhausta, aferrándose a la cama con las manos apretadas mientras su cuerpo seguía siendo embestido. Eve la atraía hacia atrás con brusquedad, penetrándola por completo. Cuando la golpeó de nuevo profirió un balbuceo roto, sin fuerza, y jadeó cansada. El chapoteo se escuchó con más claridad. Eve pensó en azotarla de nuevo, pero paró la mano en el aire mientras se chocaba bruscamente contra su cuerpo, al observar y sentir con claridad cómo los fluidos de la pelinegra comenzaban a salpicarla a ella cada vez que la dilataba. Se estaba corriendo.
—Esto querías, ¿verdad?
—¡Hmmpf…! —balbuceó agotada, respirando sin parar. Su cuerpo temblaba.
Dio un último empujón dentro de ella y suspiró, cansada también.
Al retirar poco a poco las manos de sus glúteos se preocupó. Ya ni siquiera sabía si preguntárselo o no. Tenía la piel completamente enrojecida, roja igual que si la hubieran quemado, y múltiples marcas de los dedos. Rodeó aquel pene de silicona con la mano y lo quitó despacio, contemplando lo impregnado que estaba de sus fluidos. Cuando fue a bajarse las bragas que venían con él, se dio cuenta de que ella también estaba llena de fluidos. Respiró despacio, dejando a un lado el strapon y acercándose a Gina. Se alertó al verla sobarse el culo con una expresión lastimera.
—¡¡Hey!! ¿Estás bien?
—S… sí… tranquila. Yo quería esto —musitó temblorosa, y trató de relajarla con una risita— ¿Tienes algo de alcohol?
—Sí… —murmuró, algo apenada.
Alcohol… qué salvaje. Es bastante desobediente en su papel como criada, pensó la rubia con excitación, ¿es su manera de solicitar más fuerza por mi parte? Pero… le estoy haciendo mucho daño físico. Jamás he pegado así a nadie.
Al cabo de un instante volvió y se puso de rodillas, mojando el algodón en un poco de alcohol. Puso la cara cerca de su glúteo más mortificado.
—Fuf… tranquila, tú sigue… gracias.
Evangeline le dedicó una mirada de inseguridad al oírla bufar de dolor cuando aplicó el algodón en las zonas más enrojecidas. Había heridas de minúsculo tamaño, seguramente le habría cuarteado la piel por incidir tanto en la misma zona.
—¿No… podrías disfrutar si te hago menos daño?
—¿No te ha gustado? —preguntó, alarmada. La rubia elevó las manos, negando.
—¡No, quiero decir…! —suspiró— Me encanta… me encanta de veras, sobre todo cuando estoy metida en situación… pero… me da un poco de vergüenza ver cómo te he dejado.
—Me encanta —murmuró, volteando la mirada al espejo para ver su trasero—, significa que he sido castigada por mi ama. Es muy excitante para mí… —sonrió divertida—, me puedes marcar donde desees. Soy tuya.
Eve tragó saliva y dejó el alcohol a un lado. Se puso en pie y se inclinó a ella desde atrás, rodeándole la cintura con los brazos.
—Está bien. A mí también me gusta —sonrió al sentir la temperatura de sus nalgas—; queman…
—Si yo no digo Rojo… jamás querré que te detengas… ¿lo entiendes, amor?
Eve abrió más los ojos al oírla. Gina ladeó una sonrisa tranquila y acarició sus manos, observándola por el rabillo del ojo.