CAPÍTULO 4. Una controladora en su hábitat
A la mañana siguiente
Pastelería «Sweet Cloud»
Evangeline se presentó sobre las nueve y media para para desayunar. Se sorprendió de ver casi todas las mesas ya llenas tan sólo media hora después de la apertura, y el teléfono del mostrador sonando sin parar. Tenían a un pobre chico asustadizo y estresado que tenía específicamente la función de atender el teléfono y organizar los pedidos a domicilio. Los pocos segundos que las puertas oscilantes de la cocina se abrían, entraba un bullicio enorme, casi mayor que el reinante en el propio salón donde los clientes eran atendidos. Los camareros no daban abasto y en más de una ocasión alguno de los reposteros había llevado por su cuenta el platillo a la mesa, algo que no era común de ver.
—Eve, ¿esa es tu amiga?
—¡Ah…! —giró rápido la cabeza hacia dónde señalaba, pero no reconoció a aquella muchacha. Puso cara de decepción y se sentó bien en su silla—, no, no… tiene el pelo negro, y los ojos también. Bueno, ¡decidid qué vais a tomar! Que no quiero que venga alguien a preguntar y nosotros aquí sin saber… parecen bastante ocupados.
—Todo es carísimo. ¿Tus papis le echan oro líquido a los postres, o qué narices?
—Ya dije que invitaba yo —murmuró la rubia, leyendo los postres. Había mucha variedad, pero todo era dulce. Como era de buen comer, se decidió por una montaña de tortitas con frutas y kinder.
No tardó mucho en venir un chico alto y bastante apuesto, coreano como Gina, con un ipad.
—¿Han decidido los señores y las señoritas?
Los cuatro compañeros de trabajo de Eve y ella hicieron su comanda. El muchacho se quedó automáticamente prendado de la belleza de la rubia nada más verla. Se le paró el mundo. No era común. Sus ojos, su elegancia… destacaba hasta al lado del resto de clientas. Eve se había vestido con un jersey holgado de mangas anchas color beige, ceñido a la cintura con un cinturón y una fina falda plisada que concluía a la altura de las tibias. Como estaba cruzada de piernas, pudo ver también sus largas botas marrones. Sencilla y a la vez elegante. Tuvo que tragar saliva para concentrarse y repetir bien el pedido.
Dentro de cocina, el chico recitó todos los pedidos de la mesa y al pasar por al lado de uno de los reposteros soltó una risita.
—Esa mesa me la dejáis entera. Hay un bombón al que le quiero pedir el número.
—Tú nunca paras, ¿verdad? —rio su compañero.
—No, no… tienes que verla para saber de lo que estoy hablando. Es una diosa de otro mundo. ¡Que nadie, repito, nadie me la quite, eh, bribones! —chilló por encima de la fila del resto de reposteros. Gina alzó la mirada ceñuda.
—¿Qué es este griterío, Hyun? ¡Tú a lo tuyo!
—Perdona, ricura —le guiñó el ojo y se encaramó con la lista de comandas que le correspondía. Por supuesto, se centró primero en la de la mesa de la desconocida que le había atraído, por lo que no tardaron en aparecer los primeros retrasos en las entregas.
—¿Las tortitas de la 5 y la 6? ¿Y los cuatro desayunos de la 7?
—Estoy en ello, ya mismo marchan.
—No, los quiero marchando para ayer. ¡Así que ya vas tarde! —respondió Gina, empezando a notar el estrés que no le gustaba. Normalmente era muy diligente y eficaz con los inconvenientes típicos. Sabían que ese día habría mucho jaleo. Ni siquiera había podido todavía hablar con los nuevos repartidores que estaban esperando en la parte de atrás para salir con los pedidos.
—¡¡Listas la 6 y la 7!!
—¿¡Y la 5!?
—¡La lleva la nueva!
—Ah… yo… —una vocecita asustada reaccionó cuando oyó que se referían a ella. No tenía la habilidad que tenían sus veteranos y aún estaba rellenando los laterales del crep con el embudo. Gina la apartó suavemente y cogió otro embudo, relevando sus movimientos a otros más veloces.
—Aquí, aquí y aquí. Se te ha caído tres veces del sitio, porque no lo has apretado bien. Lo abres, le introduces más fruta en este pliegue y lo sellas. Pones nata y san se acabó. ¿Ves? ¡Listo! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Agilidad! ¿Qué os creíais, que esto era la cafetería de vuestra abuelita? —los regañó, también enfocándose en el trabajo del otro repostero nuevo. Negó con la cabeza al ver lo mal que estaba esparciendo el glaseado con el colador, pero prefirió no incidir en un detalle de menor importancia. Giró el plato y lo trasladó a la mesa donde un agitado y sudoroso camarero recogió ese y otros tres desayunos más, repartidos en sus antebrazos. Colocó rápidamente cada uno en sus mesas, sonrió a sus clientes y tocaba repetir el proceso. Hyun se puso nervioso al ver que no llegaba el platillo que le interesaba.
—¿Qué pasa con las tortitas y crepes de la 12?
—Están marchando. Lleva estos y Thomas se ocupará del otro lado de mesas.
—¡Ni hablar! ¡Yo llevaré la 12!
El repostero levantó la cabeza hacia él, mirándole a través del ventanuco y soltó una risita.
—No seas idiota, cuando la veas irse le das un papelito con tu Instagram o algo así, no cambies el ritmo de trabajo ahora. ¡¡Vuela!!
Hyun rezongó y se llevó los platos que le correspondían. Gina por fin pudo dejar a los nuevos reposteros actuando por su cuenta y se tomó un breve respiro. Los dos chicos nuevos que se dedicarían al reparto estaban tranquilamente charlando en el exterior. Esto la colmó de rabia. Cruzó toda la pastelería mientras se quitaba los guantes y deslizó la ventana que los separaba de ellos. Pasó justo al lado de la mesa de Evangeline y sus compañeros, pero ni siquiera se dio cuenta.
—¡Mira, ella es! Er… Gina… —la llamó, pero la pelinegra pasó de largo, con notable prisa. Su voz se difuminó con el resto del griterío.
—Si es que aquí no paran… ya podríamos haber venido otro día —comentó algo apenada su amiga Aroa, fijándose en la muchacha—. ¡Es muy cute!
—¿Me acompañas a saludarla? Me da apuro molestarla… —dijo Eve poniéndole ojillos.
—Ah, por dios… vamos, anda, levanta ese trasero —juntas se engancharon del brazo y caminaron entre todo aquel bullicio de familias y niños pequeños chillando, hasta llegar al ventanuco en el que Gina parecía hablar con alguien. Cuando acortaron distancia con ella se percataron de que no estaba hablando, sino gritando… y discutiendo.
—¡¡Hay más motos en el garaje!! ¿¡Cómo se os ocurre poneros a fumar!?
—Eh, ¡relaja! Nos han dicho de cocina que la nueva la ha pifiado con una de las preparaciones. Y nosotros no tenemos las llaves del garaje.
—Pues venís y me preguntáis, no os quedáis ahí disfrutando del sol. ¿No veis el jaleo que tenemos?
—Joder, que sólo le estaba contando una movida que hubo ayer aquí mismo.
—¡Me da igual! ¡Ponte a trabajar!
—Eh, cierra la boca, ¿acaso te crees la jefa suprema sólo porque no esté Lillian?
—¿Perdona?
—¿Algún problema…? —Eve caminó tímidamente tras Gina.
—¡¡Esa muchacha, que está loca!! —chilló uno de los novatos, tirando de mala gana el cigarrillo a la acera. Pero el otro, que se había quedado de piedra al ver los dos rostros nuevos que se habían aproximado, guardó silencio—. Se piensa que no hemos trabajado en todo el día. Maldita sea, ella no se come el frío de la calle.
Gina pretendió rebatir, estaba tan alterada que ni siquiera se había fijado bien en las clientas, pero lo que sí reconoció fue la voz. Se avergonzó un poco de que Eve conociera su faceta alterada dentro del trabajo… generalmente solía tenerlo todo bajo su control. Todo lo que no podía controlar le resultaba frustrante.
—Perdona, Eve… —se excusó la pelinegra.
—Voy a por la otra moto, con tal de no escucharla… —musitó cabreado el chico que le había gritado. El otro ladeó una forzada sonrisa y se puso más cerca de Gina, junto a las muchachas. Aroa y Evangeline sonrieron, acercándose también.
—¡No sabía que trabajaras aquí!
—¿Ah…? —Gina pestañeó al ver que se conocían. El chico dio un gentil abrazo a las dos. Aroa lo miró con un deje maternal.
—¿Está mejor tu tío?
—Más o menos… bueno, tengo que trabajar. No quiero entretenerme más por aquí.
Gina se quedó mirando al chico con cierta desazón. Lo conocían y tenían trato con la familia… aunque quizá tenía suerte y era más acérrimo a Aroa. Sólo esperó no haber quedado en mal lugar frente a Evangeline. Ésta, sin embargo, se le acercó y pareció al principio querer abrazarla, pero se contuvo y en su lugar se puso un poco tensa.
—Gina… ¿qué tal estás?
—Ah, disculpadme… es que tenemos hoy mucho trabajo. Más incluso del que yo pensé. Por favor, id a desayunar. ¿Tenéis mesa ya?
—¡Sí, estamos por allí! —señaló la mesa donde Hyun estaba situando los platillos—, mira, ¡ya han traído lo nuestro! ¿Vamos?
—Vamos —Aroa le dio unas palmaditas al repartidor antes de girarse. Echó una mirada fugaz a Gina y luego volvió a encaramarse del brazo de la rubia, tomando asiento. Eve buscó a Gina con la mirada y cuando éstas conectaron le sonrió dulcemente. Aunque la pelinegra sonrió también, sintió algo incómodo en aquella breve escena que se había desarrollado.
Como fuera, tenía muchas cosas que hacer.
Después de cuarenta minutos y otros dos pedidos más, la mesa de Evangeline se iba vaciando.
—¡Parece que alguien aquí tiene muy buen apetito, eso me alegra! —comentó Hyun, con la mirada puesta en los dos chicos fofos que acompañaban a su diosa y la amiga. Para su sorpresa, fue su diosa la que respondió con una carcajada abochornada, mientras se acariciaba el vientre.
—¡Pues sí! Lo siento, ¿he acabado con vuestras existencias?
—Wow, ¿tú has sido la que repitió? ¡Qué fuerte! Tienes muy buen paladar viniendo aquí —dijo alegremente, mirándola con la máxima ternura que podía. La chica rio animadamente y se pasó una mano por el pelo, suspirando.
—Jejeje… además, comer así de bien me pone de muy buen humor. ¿Puedo conocer al repostero que lo ha hecho todo? Se merece mi gratitud.
—Pues… sí, claro. Enseguida aviso en cocina.
Hyun se fue con mala gana allí, y preguntó por el repostero de la mesa 12. Eran dos de sus compañeros.
Cuando se personaron ante la clienta cuando el nivel de trabajo hubo disminuido, ambos la observaron coloreados e hicieron una breve reverencia ante la chica. Hyun se buscó la manera de colarle, cuando estaban recogiendo sus abrigos, un papelito escrito con su móvil y su Instagram. No tuvo la valentía de decírselo a viva voz.
Pero por mucho que se hiciera el tonto, Eve le vio por el rabillo del ojo. No dijo nada.
Tienda de videojuegos
—¿Habéis vuelto a hablar con ese trasto de Joel? —preguntó Aroa—. Me quedé preocupada cuando le vi discutir con la encargada en la pastelería, parecía un poco azorado.
—Aún sigue de prueba. Hasta que ese periodo no pase no se sabrá nada. Además, creo que la chica que le está supervisando no es la que tiene la última palabra.
Evangeline ponía la oreja, aunque prefería no intervenir todavía. Después del desayuno que tuvieron en la pastelería donde Hae-won trabajaba, sus compañeros no se habían quedado con muy buena opinión de ella.
—Por lo que me contó después por móvil, es insufrible. Dice que la encargada está de baja y por antigüedad y buenas valoraciones culinarias… le corresponde ser la encargada a la tal Gina. Pero no le cae bien a casi nadie —seguía Aroa mientras terminaba de apilar los murales en sus vidrios. Los otros dos compañeros la escuchaban atentos.
—Bueno, yo no estuve presente en esa discusión ni tampoco la conozco.
—Sí… sólo la vimos de lejos. Pero Joel me dijo lo mismo por privado. Al parecer es muy mandona y no es que se diga muy respetuosa.
—Pues parece que le cae muy bien a nuestra Eve… —comentó la muchacha, elevando las cejas ahora con un deje de diversión— ¿por qué será… hm…?
—A mí me cae muy bien. Es agradable hablar con ella —se defendió Evangeline.
—También es verdad que laboralmente cambiamos. Y si es un trabajo tanta presión… —comentó Shinji.
—Ya, pero yo conozco a Joel, y tú también, Eve. Es el muchacho más tranquilo y trabajador que existe. Así que… a ver a quién nos presentas, eh…
—Bueno, aún la estoy conociendo.
Shinji empezó a reírse al pasar por su lado, dándole un empujoncito en la cadera.
—La chica te gusta, di la verdad.
—¿¡Qué…!? Yo no…
Aroa soltó una carcajada, aunque cuando nadie la miraba, ladeó la cabeza y estudió mejor la expresión de su compañera. Estaba algo ruborizada mientras seguía rizando con unas tijeras las cintas de regalo que iban sobre los nuevos paquetes.
—Bueno, de todos modos parecía buenecita. Seguramente nos traicione la vista —dijo divertida, para chincharla.
—¡No os contaré más nada! —dijo con las mejillas coloradas, dándoles más la espalda ante las risas de sus compañeros.
Al anochecer
Ático de Evangeline Beauregard
Había sido un día duro. Sabía que para Gina también lo habría sido porque ya le avisó de antemano que era la peor semana del mes de diciembre. Se acercaba fin de año y el catering metía prisa con los preparativos para una boda que dos malditos suicidas habían concretado para el mismísimo 30 de diciembre. La telefoneó cuando llegó a su ático, pero no le respondió. Debía seguir aún trabajando, aunque le había dicho que salía a las ocho, y ya eran y media.
Tampoco me aseguró que quisiera quedar… yo sólo se lo propuse y me dijo la hora a la que saldría. A lo mejor prefiere otros planes.
Tomó una ducha rápida y preparó sobre la cama la ropa que se pondría si al final la llamaba. No sabía qué plan podía apetecerle así que tampoco había reservado en ningún lugar… probablemente llegaría a su casa agotada. Escogió un outfit sencillo, de vaqueros altos y ajustados, zapatillas blancas y un jersey rojo con una holgada chaqueta de pana beige. La vista se le dispersó hacia su armario. Desde que había tenido aquel encuentro tan íntimo con ella, le había dado muchas vueltas a lo propuesto. Una relación de compañeras sexuales donde ella era la dominante y Gina la sumisa masoquista. Evangeline estuvo leyendo páginas sin parar desde entonces, informándose mejor de cómo funcionaba aquel mundo, de los contratos, de los vínculos, del sinfín de juguetes y torturas que existían y de cómo el dolor podía infundir tanto placer a cierto tipo de personas. Se encendía al recordar la cara roja y totalmente ida de placer de la pelinegra cuando la había nalgueado de semejante manera. Recordaba las marcas que le dejó, que todavía estarían ahora, al transformarse en moretones. Y de cómo aun así le dijo que se había dado cuenta de que se había controlado. Claro que se había controlado. Pero al mismo tiempo, ella también había sentido placer golpeándola, viendo cómo eso le gustaba. Ahora por lo menos había situado mejor la información en su cabeza y entendía los límites que cada relación podía poner. Había pedido por internet dos juguetes sexuales clásicos para una dom… aunque jamás había utilizado ninguno. Se mordisqueó el labio pensativa. Lo que más le había cautivado… era la idea de convertir aquello en un juego de roles. Se le daba muy bien la actuación, pero…
¡Esto es como ser actriz porno!
Le dio un cosquilleo lascivo en el cuerpo cuando imaginó a Gina lamiendo sus tacones, con las rodillas clavadas en el frío mármol de su ático. De repente su móvil sonó. Era la notificación de Whatsapp.
«Eve, ¿estás en casa? Tengo tu dirección y estoy cerca, si quieres me paso a verte. Sé que no concretamos nada…»
«¡Claro! Acabo de salir de la ducha, ven cuando quieras.»
Sonrió. No le dio tiempo ni a sentar el culo en el sofá, cuando de pronto escuchó el timbre. Abrió los ojos sorprendida y se cerró bien el albornoz, calzándose las zapatillas. Miró a través de la mirilla: era Gina. ¡Estaba literalmente en el edificio cuando la llamó! Era imposible que hubiera llegado tan rápido a menos que se teletransportara. Echó un vistazo veloz al estado de la casa: era un ático amplio y bonito, pero totalmente desordenado. Muchas cosas estaban por medio. Puso una mueca de tensión y abrió sin tardar.
—¡No sabía que estabas tan cerca! Ni siquiera me ha dado tiempo a recog…
—Señorita Bauregard… ¡¡lo siento tanto!! Sé que he llegado más tarde de lo que quería, ¡perdóneme por favor! Sé que he dejado cosas sin hacer —entró apresuradamente a su casa, cabizbaja y con cara de estar incómoda. Depositó sobre la primera mesa que encontró una bolsa de dulces que tenían el logo de su pastelería. Evangeline todavía la miraba con los ojos bien abiertos, así como la puerta, sin entender qué ocurría. Pero casi se le cae la mandíbula al suelo al ver cómo se deshacía del abrigo y tras él había un uniforme de criada doméstica, con el vestido y el delantal perfectamente atado. Empezó a mover las manos agitadamente, emocionadísima.
—¡¡Dios mío, estás super cute!! ¡Hahahaha…! ¿Dónde lo has…?
—Lo siento, mi ama, sé que he llegado tarde… por favor, no vierta su hostilidad sobre mí… haré lo que sea para que me pague.
Eve comprendió que estaba totalmente en materia… ¡pero ni siquiera la había avisado! ¿Qué demonios…? ¿Pero qué demonios…? Tragó saliva y lo primero que le salió hacer fue cerrar la puerta y dar dos tímidos pasos hacia Gina, que permanecía haciéndole una reverencia exagerada.
Tengo que meterme también en el papel. Sé hacerlo. He trabajado de ello. Pero es que…
…¡estaba tan inocente con aquello…!
¡Dios, dios, dios! Y tampoco hemos hablado de palabras de seguridad ni nada…
Cerró los ojos unos segundos, se concentró… y los abrió poco a poco, observándola con otra aura completamente diferente. Caminó hasta ella y ladeó lentamente el rostro, buscando mirarla por un lateral.
—Si llego a saber que eras tan sucia con tus labores más básicas, jamás te habría contratado. Voy a tener que despedirte.
—¡No, por favor… eso no! —levantó la cabeza para mirarla, aunque a la mínima que dio señal de poner la espalda recta notó acoplarse la mano ajena en su nuca, volviendo a bajarla.
—¿Quién te dijo que te levantaras? ¿No ves algo más que haya que limpiar por aquí?
Gina tuvo un estímulo en la columna vertebral, breve pero agradable, al escucharla. Miró el suelo y negó, fingiendo temblar.
—No… no veo nada, señora.
—Mira bien —ella también bajó la mirada, y escupió en el suelo. Aquello se le hacía divertido—. ¿Lo ves? Está sucio. Ponte de rodillas y límpialo.