CAPÍTULO 7. Eres perfecta
—¡¡Eve!! ¿No piensas detenerte? —gritó trotando tras su espalda, aún no la alcanzaba. Vio que la rubia la observaba de reojo pero seguía andando. La pelinegra bufó y alzó más la voz, parando de moverse— ¿¡Es por mí!?
Aunque siguió andando varios pasos más, la chica fue deteniéndose hasta frenar. Apretó la mano en el asa del bolso sin voltearse. Gina aceleró y corrió hasta donde estaba, casi jadeando.
—Mierda, eres rápida… ¿qué te pasa…? —la agarró de un codo y tiró suavemente hacia ella para voltearla. Tenía lágrimas en los ojos—, pero… anda, ven aquí…
La abrazó sin siquiera preguntarle qué le ocurría. Jamás la había visto llorar, ¿qué clase de amiga podía conseguir algo tan ruin en cuatro minutos que se había ausentado? Eve acabó correspondiendo a su abrazo, pero pareció sentirse algo incómoda y se separó para secarse las lágrimas.
—Perdona, me he agobiado. No pretendía dejarte tirada.
—Descuida… ¿puedo saber qué ha ocurrido allí dentro?
Eve se volvió a pasar la manga por la cara y relamió sus labios, suspirando algo cabizbaja. Ahora que había llorado, cuando Gina la miró, vio la intensidad de aquellos preciosos ojos verdes.
—No sé si…
—Eh, vamos —insistió, preocupada— puedes contarme lo que sea, no estoy para juzgar.
Ella inspiró hondo.
—Tuve una ex con bastantes problemas de autoestima. Nos queríamos mucho, pero no funcionaba, y al final le dije que quería dejarlo porque no sentía lo mismo que ella. Además… estaba empezando a perjudicar en otros ámbitos de mi vida. Pero se lo tomó fatal y acabó aún peor. Martha me lo ha recordado y ha sido demasiado doloroso.
Gina asintió según la escuchaba, acariciándola del brazo. Desde luego, debía ser duro que alguien como Evangeline te cortara. Sintió la imperativa necesidad de preguntarle qué la consideraba a ella exactamente, a esas alturas. Pero era arriesgado… y demasiado pronto.
—¿Estás… llorando por la ruptura? Pasó algo más, ¿verdad? Si no quieres contármelo lo respetaré…
La rubia tragó saliva, evadiéndole de nuevo la mirada. Frunció un poco el ceño.
Le cuesta hablar de ello. Debería dejar de…
—Sí, ella… se quitó la vida. Le pedí que fuera a mi casa a dejar las llaves, y allí mismo se…
Mierda. Gina se sintió morir al recibir esa información. La miró apenada, el rostro de Evangeline volvió a contraerse y miró hacia el frente, cubriéndose el párpado para retirar una nueva lágrima.
—Tranquila… ya pasó. Vamos, dame un abrazo. No tienes que seguir hablando si no quieres —le susurró, abrazándola con mucha más fuerza. Eve la rodeó fuerte, le temblaba la voz.
—Bueno, eso fue hace ya varios meses… me costó mucho superarlo. No te lo he dicho antes, pero hasta ayer mismo he estado con terapia. Y me costó mi carrera, sí… creí estar preparada para todo, pero a raíz de eso ya no deseo trabajar con ningún paciente.
—Trabajabas en el hospital, ¿verdad?
—Sí, estuve dos años. Allí la conocí. Pero eso se acabó. No quiero regresar. —Gina asintió pausadamente—. Y… bueno, evidentemente también tuve que mudarme porque no quería entrar a aquel apartamento.
—Es comprensible… lo que me sorprende es que tu amiga te lo haya mencionado tan repentinamente.
—Ah, da igual… Martha… pues siempre me previno de empezar ninguna relación con ella, era compañera mía en la mayoría de turnos y también estuvimos saliendo juntas el primer año de facultad. Cree conocerme mejor que nadie.
—¿Juntas de…? —Eve asintió antes de que concluyera la pregunta. Así que también era su ex novia. Menudo palazo. Por otro lado, tampoco le extrañaba… había detectado el halo de celos de Martha a kilómetros—. Bueno, es indiferente en realidad. No quiero que te vayas triste… ¿quieres ir a otro lugar?
—Yo… iba a mi casa. Luego me disculparé con ella también.
—Jaja, ¿bromeas? —alzó las cejas— ¡mira cómo te ha puesto! Quizá deberías replantearte amistades con tan poco tacto para hablarte de cosas que te duelen.
—Sé que no lo ha hecho con esta intención —murmuró.
—Está bien… está bien, es tu decisión. ¿Pero… puedo acompañarte, o prefieres estar sola?
Evangeline espiró largamente y la miró con una breve sonrisa después.
—Quiero que me acompañes. Por favor.
—La que debería estar llorando soy yo… ¡soy una mala bruja según todos tus amigos!
Se echó a reír, mordiéndose el labio. En cuanto empezaron a andar, la miró por el rabillo del ojo. Gina le gustaba mucho. Era guapísima, inteligente, tenía carácter y aunque aún le quedaba mucho por descubrir de ella, sentía que podían entenderse. Lo que opinaran sus compañeros no dejaba de ser eso mismo: opiniones. Era ella quien pasaba más horas a su lado. Cuando llevaban unos metros andando juntas, bajó la mirada y le acarició la mano, tratando de tomarla tímidamente. Gina sonrió y la tomó con decisión, cruzando sus dedos con los de ella. Al devolverle la mirada ahora sonrió más ampliamente. La rubia estaba colorada como un tomate.
Ático de Evangeline
—¿Sigues triste…? —preguntó poniéndole morritos.
—No… se me ha pasado —murmuró sonriendo tiernamente; llevó la mano a su nariz y se la pellizcó—. ¿Te quieres quedar a dormir?
—Am… bueno, no he traído ropa ni nada… —Eve fue quien le puso morritos ahora, así que la pelinegra reculó sonriendo— peeeeeero… me prestas algo de ropa interior y ya está.
—Sin problema. ¿Tienes que trabajar mañana?
—Me temo que sí. ¿Tú no?
Eve suspiró un “no” divertida. Nada más entrar en la casa se volteó a Gina y la agarró de las manos, pegándola a la puerta para cerrarla de golpe. La pelinegra abrió los ojos y le miró instintivamente la boca, imitando su sonrisa. Rozaron la punta de ambas narices y se fundieron en un beso lento, pero Hae-won se soltó de sus manos poco a poco y la distanció del pecho.
—Modelo… ¿seguro que estás bien? —susurró.
Eve asintió, agarrándola de las manos con pequeñas caricias.
—Sí, pero… —volvió a aproximarse a su boca y la acarició con sus labios—. Quiero hacerlo sin pegarte esta vez…
Oh, vamos…
—Oh, vamos… —de repente Gina se mordió la lengua al darse cuenta de que acababa de pronunciar lo mismo que pensaba. Evangeline sonrió un poco ruborizada.
—Te… te aburre hacerlo así, ¿no…?
No es lo mismo, pensó automáticamente. Pero no le diría eso ni muerta. Aún se la estaba intentando ganar.
—Por supuesto que no, preciosa —le contestó bajando el tono—, es… cierto que me gusta mucho ser dominada de manera violenta… pero no tiene que ser siempre. Me gusta el sexo en general —le acarició el labio inferior con la yema del índice. Aunque empezaba a captar la mirada fija y seria que le estaba echando… la misma que le puso cuando se conocieron. Parecía estar estudiándola—. ¿Qué pasa…?
—No pasa nada. Sólo… quiero que estés cómoda.
—Lo estoy —le acarició de las dos mejillas, mirándola con fijeza—. Créeme.
—Está bien —curvó una sonrisa, más relajada. Gina se puso de puntillas y volvió a besarla, atrapando sus labios lentamente. La rubia la correspondió despacio, cerrando los ojos. El sabor de su boca la atraía muchísimo, aunque después del rato de confidencias que acababa de compartir, junto al momento de debilidad, no le apetecía ser brusca con nadie. Parte de ella temía no ser suficiente para esa chica que tenía delante. Ladeó más el rostro e intensificó el beso, conectando enseguida su lengua con la ajena. La pelinegra casi pierde la respiración al notarla. Su corazón se aceleró mucho más de repente y se separó a tientas.
—Vamos a la cama… no quiero que hagas nada esta vez.
Eve no le respondió. A la mínima que acabó su frase la comió con otro morreo, sosteniéndola de la barbilla desde abajo con una sola mano. Movía de pronto los labios con más frenesí, emitiendo chasquidos cada vez que terminaba con un beso para comenzar otro. Gina aguantó el tipo varios segundos, pero su mente era muy sucia, y ese tipo de besos tan juguetones la hacían desear con el doble de ganas que la rubia la hiciera suya con violencia.
—Va-vamos… —insistió de nuevo, tratando de caminar hacia su dormitorio. Eve aprovechó esa mínima distancia que había tomado para bajar las manos a su camisa y sacársela rápido hacia arriba. Llevó los dedos a su espalda y le abrió el sostén con un fugaz pellizco, dejándola desnuda de cintura para arriba. Cuando fue a agarrarle un pecho, Gina suspiró riendo y la detuvo de la muñeca.
—Vamos a la cama… te haré ir a ella de todos modos, no vas a dejarme sin ropa en el recibidor —le guiñó el ojo y huyó de un salto. La rubia la miró marchar y soltó una carcajada. Antes de ir tras ella se descalzó y dejó las llaves colgadas en la entrada. Dejó también la gabardina a un lado y se miró unos instantes al espejo… tuvo que tomar un poco de aire. Había tenido dos pensamientos negativos durante el cruce de palabras con Gina. Quería que estuviera interesada en ella, y temía que empezara a alejarse en algún momento… aún era pronto para estrechar la relación. Sólo eran amigas con derechos, amigas que apenas conocían la vida y las crudezas de la otra. Desechó rápido aquellos pensamientos antes de que fueran a más y caminó hacia el cuarto.
—Pero bueno… cuánto has tardado… ¿quieres que me enfríe aquí…? Qué mala —la de pelo negro la agarró del brazo y tiró mientras andaba de espaldas hacia la cama, mirándola con una sonrisilla traviesa—. He dicho que yo lo haré todo. Así que… limítate a disfrutar.
Eve volvió a inclinarse a su rostro y la empujó con fuerza a la cama. La pelinegra rebotó fuerte sobre el colchón y se sostuvo con los brazos, mirándola un poco confundida. Pero entendió enseguida qué intentaba. La vio quitarse velozmente la ropa y, en lencería, se lanzó sobre ella atrapándole la boca de un mordisco más contundente. Gina sintió un estímulo interno de placer, pero apartó deprisa la cara. La sostuvo rápido del rostro y la miró seriamente.
—Para.
—¿Uh…? —parpadeó sorprendida, deteniendo su avance.
—Sé lo que quiero hacer hoy. Y lo que quieres hacer tú. No quiero que te quedes pensando en nada malo… déjame darte lo que necesitas —murmuró repasando su pómulo con el pulgar, mimándola—, me apetece mucho hacerlo así, Eve… déjame hacerlo, ¿de acuerdo?
—Eh… está bien —murmuró, con un deje de preocupación que luchaba por ocultar. Gina sonrió en respuesta y asintió despacio, haciéndose a un lado en la cama. La empujó con suavidad para dejarla bocarriba y se subió encima, pegándose a su cuello como una lapa. Lamió y succionó en distintos tramos de su piel, acariciando con la nariz, mientras comenzaba un frote lento pero profundo contra su coño ayudándose del muslo. La rubia le acariciaba la espalda despacio, aunque el continuo frote contra su clítoris la hizo tomar aire al cabo de unos instantes y la arañó de la espalda. Marcó su piel con territorialidad hasta el área lumbar, donde juntó las dos manos sobre su culo para apretarla contra sí y maximizar ese agradable placer. Gimió brevemente al notar un mordisco en su lóbulo. Gina soltó su oreja y se tumbó ahora a un lado, haciendo algo de hueco para poder quitarle la ropa interior que le quedaba y desvestirse ella del todo. Pero antes de regresar sobre ella la más alta se apoyó en su pecho y la empujó hacia la cama, acomodándose aprisa entre sus piernas.
—Pero… hmmf… —ni siquiera le dejó tiempo a emitir protesta alguna; Eve le acarició su intimidad con la lengua y se pegó bien a sus ingles, observando su entrada de cerca. Se mordió el labio un segundo y volvió a abrir la boca, cerrando los ojos y chupándolo lenta y gustosamente, con un cálido balbuceo. Gina resopló ciega de excitación. No podía apartarla. Estaba muy buena, su rostro era precioso, y verla así de entregada mientras su boca la succionaba y chupeteaba la acercó velozmente al estado ascendente hacia el clímax. Había sido inesperado. Ni siquiera sabía si aquello hubiera podido provocar tal excitación si esa chica no fuera lo linda que era. Eve movía inconscientemente las caderas y sus propias piernas cuando seguía degustándola, según pasaban los minutos.
—¡Ahhg…! —exclamó, sintiendo que sus pezones y todo el resto de su cuerpo se erizaba cuando dio un breve pero contundente tironcito en el clítoris, con el dolor justo y preciso. Enseguida sofocó la sensación con un calor fuerte y agradable, proveniente de hundir la boca allí y lamer internamente.
Vale, voy a correrme. No creo que lleve ni cinco minutos… pero no puedo más…
—Sigue… —musitó clavando sin querer las manos en su cabeza, ahora presionándola para que continuara. Evangeline lamió un poco más rápido, abrió los ojos y la contempló desde abajo, pero cuando la oyó subir el nivel de sus gemidos se apartó rápido y se sostuvo sobre sus rodillas, abriéndola de piernas y cruzando la suya por encima para chocar ambos cuerpos. Le clavó todas las uñas de la mano para sostener su muslo mientras con la otra apretaba una de sus tetas, y sus caderas se agitaban con dureza, frotando así su coño con el de ella. Gina contuvo una expresión de poner los ojos en blanco, le había arrebatado el orgasmo, pero no por demasiado tiempo. Subió medio cuerpo al apoyarse con los codos y apretó los puños a las sábanas para resistir sus embestidas, que no tardaron en convertirse en sólo un empujón sin separación alguna de sus cuerpos, un frote continuo. Eve se volcó muy cerca de su rostro, y aunque se apretaba con fuerza contra ella, sintió que perdía fuerza en el agarre. De sus labios temblorosos salió un jadeo de cansancio y placer. Estaba nerviosa.
—Voy a correrme… —musitó débilmente, entreabriendo los ojos para encontrarse con ella. Gina la atrajo de la cara y la besó con lengua, mojándola por fuera de la boca en varios choques de lo sucia que se sentía. La rubia cerró los ojos con más fuerza y sus suspiros volvieron a ser más débiles. En uno de los movimientos casi pierde la postura por los nervios, su pierna había resbalado unos centímetros y estaba cansada. Pero Gina bajó vertiginosamente la mano y la penetró con dos dedos de golpe, curvados hacia arriba, y los meneó con violencia hacia ella. Eve jadeó y se apoyó bruscamente sobre un codo, cayendo casi de golpe sobre su rostro de no ser por unos minúsculos centímetros. Emitió un jadeo más largo y agudo y contrajo la cadera con más fuerza. La pelinegra cerró los ojos maravillada y muy cachonda, sentía toda su mano llena de fluidos entre ambas vaginas, pero nada fue ni la mitad de estimulante que ver el orgasmo en su rostro. Ahora la oía respirar agotada, y con los labios semiabiertos. La buscó en la boca. Eve buscaba tener los últimos resquicios de placer al quitar la mano de la chica y volver a frotar su coño contra el suyo, con lentitud pero mucha fuerza.
—¿Cómo puedes ser tan sexy…? —murmuró la pelinegra, suspirando de placer al sentirla. Le acunó la mejilla con una mano, dirigiendo su atención a ella— vas a hacer que pierda la cabeza por ti.
—Ni siquiera estoy pensando en lo que hago —la mordió suavemente en la mandíbula, ejerciendo un poco de succión antes de transformarlo en pequeños besos—, me gustas mucho, Gina…
—Y tú a mí. Eres perfecta.
Se calmaron. Recuperaron un poco el aire. Gina volvió a hablar.
—¿Me acercas mañana en coche a la pastelería?
—Hmmmmmm… ¿me traes luego tortitas?
—¡Salgo al mediodía! —se rio.
—Pero entonces… —la rubia se apoyó mejor en el codo para ver la hora del reloj de pared—. ¿A qué hora se supone que entras?
—Mañana a las siete…
—¿Qué…? Qué temprano… —se tiró en la cama, gimiendo en un bostezo.
—Tranquila, boba. Estaba de broma. Claro, como los frikis que van a tu tienda trasnochan… tú no abres hasta las diez. Qué suerte la tuya.
—Eh, que en los eventos madrugamos y abrimos a las nueve. Un respeto a esos frikis… —musitó divertida pegándose a su cuello, donde retomó más besos—, y no dije que no te llevaría. A las seis tendrás el desayuno y el baño listo para una ducha. Yo te llevo.
—No seas tonta, es muy temprano.
—No me molesta, de verdad —dejó de besarla y le sonrió, mirándole la boca de cerca— me gusta pasar tiempo contigo. Aunque… si eres de las que son activas nada más levantarte, te advierto que vas a tener que zarandearme un poquito…
—No te pienso despertar. Me apena que lo hagas tan pronto en tu día libre.
—Ah, por cierto… ¿qué te gusta desayunar? ¿Y qué ropa interior quieres que te preste?
—Pues tendrá que ser sólo las braguitas… y el desayuno, am… ¿tostadas?
—De acuerdo —se puso bocarriba y miró de lejos su vestidor— ¿qué color de braguitas?
—No te preocupes… es lo de menos.
—Tengo amarillas, verdes, rojas, negras, azules, blancas, de encaje, celestes, en plan navideño, fucsia…
—Por dios, jamás verás ropa interior fucsia entre mis cajones.
—Bueeeeno, bueeeeno. ¡Hay que tener conjuntos de todos los colores!
—Venga ya…
—Que sí… tengo conjuntos de cuerpo completo de todos los colores… con las braguitas y los tangas tenía que ser igual.
—Eres aún más presumida que yo. Pero jamás me pondré esas bragas fucsias —hizo un deje de asco para chincharla y se le colocó encima, acortando distancias con su boca. Cerraron los ojos y volvieron a besarse lentamente, casi por inercia. Eve la acercó de la espalda mientras la degustaba, y apartó un poco sus labios al cabo de un instante.
—Por cierto…
—¿Sí?
—¿Tienes familia cercana por aquí? O… bueno, en general. Nunca hemos hablado de ese tema.
Aquello le recordó automáticamente la charla con Martha en la pastelería. Gina asintió despacio.
—Tengo una hermana mayor, de treinta años. Tiene una tienda de juegos eróticos no muy lejos del centro… hehe…
—¿De… de veras? —le apretó el culo, divertida— con razón tienes tantos juguetes en tu casa, seguro que te hace descuento por buena hermana.
—Bueno, no es que tengamos la mejor de las relaciones del mundo, discutimos mucho… pero nos queremos. Mucho —dijo con una leve sonrisa—. Nuestros padres son bastante mayores y ya están jubilados. Viven lejos. Y… han trabajado mucho para sacarnos adelante.
—Lo han hecho muy bien… —ladeó una sonrisa.
—¿Qué hay de los tuyos? ¿Tienes hermanos?
—Uno muy pequeño. Se ve que mis padres se aburrían y cuando cumplí los veintidos… se pusieron a ello.
Gina alzó las cejas sorprendida.
—¿En serio…? ¿Tienes un hermanito que es un bebé?
—Sí… para que veas. Cuando me quedo a su cargo siempre me confunden con su madre.
—Claro, ¡es lógico! Hay mucha diferencia de edad… oye, quiero conocerle.
—Mis padres vendrán de visita en unos meses… esta Navidad hemos discutido mucho y… nos hemos distanciado.
—¿Y con quién tienes pensado pasar Nochevieja?
—Ah… pues… —se rascó la sien con las uñas, frunciendo un poco las cejas—. Lo único que había programado era ir a algún pub nocturno con los de la tienda y algunos amigos de la facultad… pero si te refieres a la cena en familia… bueno, está el ambiente algo caldeado.
—Entiendo… bueno… mis padres están demasiado lejos también, otro país, y seguramente no les veamos. Pero sí que cenaré con mi hermana y su familia. ¿Quieres venir?
—¡Oh, qué va! No quiero molestar.
—No seas boba. Quiero que ella te conozca. Con que se lo confirme el mismo día no habrá problema… no sabe calcular nunca la cantidad de comida.
Evangeline sonrió un poco tímida, pero al final no se opuso. No estaba acostumbrada a las fiestas en familia, y aunque echara mucho en falta a su hermanito, las últimas veces había tenido serias confrontaciones con sus padres con tal de verle. No insistiría más.
—Hay algo más que quería decirte. Sinceramente no encontré el momento. Pero espero que no suponga ninguna diferencia.
—Qué miedo. ¿Eres hetero…?
—Tonta… —soltó una carcajada, negando con la cabeza. Se arrimó un poco más a ella y suspiró, bajando los hombros—. Esa pastelería en la que trabajas…
—Es una gran cadena.
—Jm —asintió, en un balbuceo y la miró a los ojos—. Mis padres son los dueños.