CAPÍTULO 49. Amor genuino
SEGUNDA PARTE DE LA OBRA
Hina aprovechó la ausencia de Kenneth para intentar una nueva llamada. Sabía que le habían dado la condicional a su madre. Pero la conocía mejor que nadie: volvería a delinquir. Aun así, Hina se lo había contado ya a sus amigos más cercanos, incluso a los del instituto con los que aún conservaba contacto, y dejó el trabajo en la cafetería por el mismo motivo.
| Conversación telefónica
—Quién es.
—Ma… mamá… soy Hina.
—¿Hina?
—Sí… tía Johanna me ha contado lo de la condicional. ¿Va todo bien por su casa?
—Es amargante, aquí no hay espacio para mí. Hina, qué bien me viene tu llamada. ¿Te interesaría que comenzáramos juntas un negocio?
Hina se mordió un poco el labio, pero la dejó hablar. La mujer tomó carrerilla.
—He pensado en formar mi propia academia de conducir, ¿qué te parece? Pero con un sistema de bonos con el que saldremos ganando siempre beneficio neto. Escucha…
—Espera… espera un poco, mamá. ¿Recuerdas lo que decían las comunicaciones del abogado?
—Hum… sí, sí. Ese no tiene ni idea, no le volveré a contratar.
—Tienes que esperar cinco años para volver a iniciar una empresa por tu cuenta, mamá… se puso serio con eso. Fue parte de tu sentencia.
—¿Crees que soy boba, niña? ¿Vas a llamar tonta a quien te parió?
—No, sólo…
—Evidentemente la persona jurídica estará domiciliada en otro lado, donde no nos puedan relacionar de ninguna manera. Mira, lo he pensado así…
Es agotadora. Nunca he podido seguirle el ritmo. Llevo oyendo este tipo de desmadres desde que tengo cuatro años.
Al hacer un esfuerzo por escuchar su disparatada nueva idea, no tardó demasiado en concretar con preguntas el sistema sobre el que planteaba ese beneficio seguro. No era más que otra estafa, con extra de fraude a la tesorería, todo ello pintado bajo la fachada de un proyecto atrayente.
—En cualquier caso… —dijo Hina al final, tratando de desviar la atención a otra cosa—, yo te llamaba por otro motivo.
—Pues ya no tengo dinero, cariño. Llevamos años en bancarrota. Ni siquiera sé cómo habrás salido de la calle, pero veo que has podido, ¡HAHAHA…!
—S… sí… bueno… te llamaba porque… vas a ser abuela.
—Oh —se hizo un silencio—, ¿te has casado y no me lo contaste?
—Me casé hace una semana… am… no me dejaban llamarte si no era en tus horarios… por lo visto tu conducta ha dejado un poco que desear.
—¿Quién es tu marido? Nena, dime que no te has ido con esos maleantes que te echaste de amigos en el instituto.
—No… es… bueno. No le conoces.
—¿Cómo se llama? Al menos eso tendré que saber, ¿no? ¿Tiene dinero?
—No, mamá, no tiene dinero. Es una persona normal. Es… —frunció el ceño, pensando qué inventarse—, profesor de… arte.
—¿Arte? ¿Un maldito artista? ¡Morirás de hambre! Dios santo, parece que no aprendes una mierda.
Hina se forzó a continuar con el otro tema.
—Sólo… quería que supieras que vas a ser abuela.
—No quiero que tengas un hijo con un pintor. Todavía eres joven, búscate a otro. ¿Era deseado?
—Mamá, es mi decisión. No hace falta que seas una abuela modelo… pero tenías que saberlo igualmente.
—Cariño, tienes que mirar más por tu bolsillo. Tú no puedes trabajar como una burra para luego casarte con un profesor de arte, ¿¡estamos locos!?
—Bueno… mamá, díselo a papá cuando puedas.
—¿De cuánto estás? ¿Estás segura de que quieres tenerlo?
—De seis meses. Y puedo figurarme qué vas a pedirme ahora.
Kenneth permaneció callado ante la conversación, estaba sentado a su lado en el sofá. Hina colgó y dio un prolongado suspiro.
—Profesor de arte. Menuda cagada —dijo riendo Belmont, llevándose un cigarro a los labios. Trasteó en sus bolsillos en busca del mechero.
—Nunca lo sabrá de todos modos… llevamos muchos años sin vernos y ella no tiene ningún interés en nadie que no sea ella. Está… ciega. Y en bancarrota.
—Toda una bicho, tu madre. En su día la investigué bien. No va a poder montar ningún negocio nunca. No porque sea ilegal y la vayan a pillar, sino porque no tiene lo que hay que tener para mantener el engaño.
—Si sabe que tenéis dinero… o si sabe quiénes sois… no dudará en contactar contigo. No es que tenga mucha vergüenza.
Kenneth succionó la colilla mientras la encendía. Hina detestaba el tabaco, pero nunca se lo había dicho. Apretó los labios con algo más de determinación.
—¿Podrías…? —señaló su cigarro. Kenneth arqueó una ceja.
—¿¡Uh…!?
—Es que… no es bueno. Es tóxico.
Kenneth dio una enorme calada, larga y veloz, y soltó el humo antes de apagar el cigarrillo entero. Lo dejó apoyado en el cenicero.
—Lo hago porque es tu casa, nada más.
—Gracias —le sonrió—, es malo para cualquier embarazada.
—Está como un roble, ya te lo han dicho hoy.
Hina bajó la mirada a su vientre y se lo acarició. Sonrió de manera natural.
—Pero hoy me han dicho algo más… y te lo has perdido por no venir.
—El sexo. EL SEXO. Dímelo —se giró más a ella y la señaló acusatoriamente—. Sabes que no quiero niñas, ¿no?
Hina le miró fijamente, mordiéndose el labio.
—Bueno… pues… lamento decepcionarte, pero…
Kenneth no albergaba motivos machistas en su convicción. En realidad, tener una niña le daba pavor. Sabía que en el mundo, le pesara a quien le pesara, las mujeres seguían siendo mercancía. Bastaba un descuido, un mal hacer, para que cualquier degenerado destrozara impunemente a una niña. Hina puso una mueca rara, aguantándole la mirada. Y al final, tuvo que ser sincero. Sonrió más tenuemente.
—Es niña, ¿verdad?
—Sí. Yo me he puesto muy contenta… —sonrió un poco, con las mejillas rosadas—, siempre me ha hecho mucha ilusión tener una niña.
Kenneth no le respondía. Sólo la miraba, pensando en muchas cosas a la vez. Por ejemplo, pensaba en el secuestro a una chica que tenía que organizar la semana venidera. Pensaba en el camión de esclavas sexuales de once a quince años a las que les esperaba una vida de profanación que, en el mejor de los casos, no llegaba a los veinte años. Se relamió los labios despacio y bajó la mirada a su barriga. Hina era pequeña, y al ser primeriza, su vientre también lo era. Pero ahí estaba. Su hija estaba justo ahí, a la espera de nacer en el seno de una familia de mafiosos. De pronto sintió la calidez de una mano en su mejilla, y miró fijamente a su prometida.
—¿Estás bien…?
—Sí. Sólo pienso en… que la tengo que proteger muy bien.
—¿Esto te hace feliz, o…?
—Sí —murmuró, acariciándola del brazo. Hina se relajó y sonrió.
—Vale… porque… quiero verte feliz.
Kenneth tragó saliva al escucharla. En algún momento de su relación, cada frase que salía de la boca de Hina tenía importancia. Toda ella se había convertido en el foco de sus pensamientos. La quería. Sin pensar, se volcó sobre su boca besándola de manera casi territorial. Hina le correspondió, cediendo a su avance corporal hasta que la tumbó sobre el sofá. Después de un largo minuto donde la besuqueó sin pausa y ciñó con fuerza su entrepierna sobre ella, empezó a desvestirla. Hina habló entre suspiros.
—Espera, el bebé…
—Está perfecta —musitó en su boca, callándola de inmediato con otro beso. Hina contrajo el cuerpo al sentir cómo le subía la falda y le bajaba las bragas antes de chocar su pene duro contra ella, sin miramientos. La penetró de a poco las dos primeras veces, pero como si tuviera un intenso fuego que apagar, pronto comenzó a follarla con fuerza, pegándose mucho a su estrecho cuerpo para besarla. Hina resistió sus dolorosas pero placenteras embestidas, gimoteando en sus labios hasta que los fuertes caderazos masculinos la golpeaban con más brusquedad.
—Agh… m… me haces daño…
Kenneth estaba rojo de placer, cachondo como nunca, pero se obligó a frenar la cadencia. Deslizó una mano por su escápula hasta tornearla sobre su hombro, y aprisionó hacia abajo para mover su cuerpo como si fuera ella la que propiciara la embestida hacia abajo. La mordió en el cuello. Hina clavaba sus uñas en la enorme espalda del chico. En el fondo, que él fuera un animal siempre le había despertado una oleada de morbo, pero era demasiado tímida para admitirlo. Siempre fue así, con sus más y sus menos. Se quejó con un grito más agudo al sentir que el mordisco se pasaba de la raya.
—Kenneth…
—Estás tan rica… —lamió la herida con la lengua y retomó las embestidas con más lentitud, volviendo a atraerla hacia abajo al apretar su hombro. La chica suspiró. Cuando volvió a penetrarla hasta el fondo, la abrazó y miró fijamente. Hina tenía el rostro jadeante. Era tan guapa, que cada vez se deshacía más al verla—. No me importaría volver a dejarte embarazada.
Ella entreabrió más los ojos.
—No te cuesta ningún trabajo…
—Y a ti no te importaría dármelos. ¿Verdad…? —se mordió el labio con diversión, retirándole el flequillo hacia un lado con sus grandes dedos. La besó varias veces en la mejilla y la barbilla, haciendo que Hina emitiera un suspiro de relajación.
—No. Te quiero…
El hombre pausó los besos un instante para mirarla. Sonrió de otra manera.
—Eres una tontita.
—Sé que tú también me quieres —musitó. Le dibujó ondas suaves con las uñas en la espalda—. Dime que me quieres.
—…para mí, y sólo para mí —respondió en su boca, soltando una risa malévola. Se elevó de ella y velozmente la agarró del pelo, tironeándola para hacerla levantar. Hina puso la mano sobre la masculina, pero su cuerpo obedeció. Detectó aquello como una especie de castigo puntual. Intuyó que quería ponerla en cuatro, pero cuando lo hizo, Kenneth sonrió complacido y le empujó la cabeza hacia abajo, apretándola contra el sofá y elevando más sus glúteos. La chica soltó un grito más arrastrado al notar que la embestía duramente, empujándola, mientras ella casi se ahogaba al ser retenida hacia abajo. Se excitó. El chico sintió la contracción vaginal a poco de empezar a follarla fuerte y, cuando apartó la mano de su cabeza y la miró, sintió un subidón de adrenalina al verla casi babeando. Aminoró la fuerza con la que la embestía, pero Hina respondió sólo gimiendo. Llevó la mano a su propio clítoris y comenzó a estimularlo con fuerza. Kenneth soltó una risita. Notaba a la perfección cómo sus gritos se debilitaban y empezaba a correrse, a tal punto que su pene resbaló hacia fuera por sus viscosos fluidos. Dejó que concluyera su orgasmo, y cuando sus gemidos iban controlándose, la volteó bocarriba y la obligó a acercar la cara a su polla dura. Hina acogió el glande con la lengua y su cabeza se movió dócilmente, hasta el punto que no hizo nada más que mirarla, embelesado.
—Tócala. Rápido.
Hina le miró un segundo. Estaba cachonda, aunque aún no tenía tanto descaro como para hacer aquello y mantener el contacto visual. Prefería que la controlara, se deshacía cada vez que lo hacía. Empezó a masturbarle con la mano de forma rápida, y nada más empezar oyó el susurro complacido de su hombre, que acercó más el cuerpo a ella y sostuvo su mentón con suavidad en dirección al glande.
—Más fuerte. Y más rápido —pidió. La chica apretó lo que pudo todos los dedos, pero la polla de Kenneth parecía de metal envuelta en piel. Se le cansaba la muñeca tratando de obedecer. A Kenneth se le aceleró mucho la respiración y soltó otro bufido, acercando la cintura a ella hasta que su brillante glande le dio un toque en los labios. Esto hizo que Hina abriera su rosada boca y sacara algo la lengua, expectante mientras movía más motivada la mano.
Me encanta que sepa lo que tiene que hacer. Qué imagen…
Hina dio un suave respingo al recibir una primera descarga en la boca, que le llegó hasta el pelo. Sacó más la lengua y sintió que dos chorros más cargados y tibios le caían adentro. Cerró la boca y trató de tragar deprisa. No le gustaba jugar con el semen, el sabor le desagradaba, y Kenneth siempre solía correrse demasiado. Le costó tragar lo último. Se puso la mano por delante de la boca para no escupirlo.
—Hahah…
Hina abrió los ojos y le miró intimidada; el jove le retiró la mano de los labios y bajó la mirada por su cuerpo. Cuando se fijó en su coño empapado, se relamió y le separó más los muslos. Se inclinó a chuparla y lamerla, llevándose sus fluidos. Hina sintió una potente descarga de placer con cada lamida, acababa de tener un orgasmo y estaba muy receptiva todavía. Suspiró con los pezones erguidos, viendo su cara entre sus piernas.
—Ha faltado poco para que hoy también tuvieras ese squirt…
Hina se ruborizó.
—Da igual… no quiero tenerlos, después huele todo a pis.
—Tienes que ir a mear antes.
—Tú no… me… —apretó los dientes, Kenneth le metió tres de sus enormes dedos, despacio, y aunque dilató, le dolía.
—Ya… yo no te dejo, ya lo sé. Me gusta verte en problemas —retiró los tres dedos empapados en fluidos, y se acarició las yemas—. Me has desconcentrado. Yo venía a hablarte de un tema serio.