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  • Paradero Desconocido

CAPÍTULO 50. Fachada

Un rato más tarde

La charla era uno de los motivos por los que Kenneth intentó fumarse un cigarrillo hacía una hora. Al final, tras dos sesiones de sexo y un baño relajante en el que se mimaron mutuamente, la invitó a sentarse en los sillones de la terraza.

—Primero que nada, debes saber que todo lo que te diga aquí es confidencial. No puede enterarse nadie de tu familia, ni amigos, y si lo escuchas en algún momento, tienes que decírnoslo. A los Belmont. —Hina asentía mirándole—. Mis padres eran contrarios a que te lo contara, porque tampoco quieren que se expanda demasiado. Pero creo que eres de fiar. Vas a tener a mi hija. Son motivos suficientes para mí. Si cuentas algo de esto, Hina…

—Lo entiendo. No diré nada. Nunca digo nada.

Kenneth asintió y se peinó su corta melena negra, aún húmeda del baño.

—Genial. Mira, dentro de los Belmont, todos deberíamos confiar en todos. Es así para la mayoría de cuestiones. Al fin y al cabo los negocios los movemos entre todos, los legales y los ilegales. Pero fuera del ámbito económico, cada grupo familiar tiene sus secretos. Nosotros tenemos que protegernos muy bien de cualquier buitre. Los que contraen matrimonios con un Belmont y vienen de fuera, tengan o no un clan o un sello o sean humanos corrientes… hay que estudiarlos a fondo. Y entre nosotros tenemos que conocernos muy bien, saber cómo reaccionaría mi hermano ante X situación… o mi padre. O mi madre. Es esencial.

Tiene lógica, pensó ella sin interrumpirle. Creo que nunca había dicho tantas frases seguidas.

—Quiero que tengas mucho cuidado con Ingrid —prosiguió—, puede ser la persona más peligrosa con la que te encuentres.

—In… ¿Ingrid…? ¿Tu hermanita?

—Nada de «ita». Pronto será mayor de edad y es un tema que nos preocupa a todos. Es… un tema que me preocupa a mí.

—¿Por qué?

Kenneth comprimió los labios, pensativo. Se quedó mirándola y bajó un poco la voz.

—Aún no lo sé. Pero sé que no está bien, es peligrosa. Imprevisible. Y esto… jamás lo he hablado con mis padres en profundidad porque acabamos discutiendo. Pero tiene todas las papeletas para ser una asesina serial.

Hina se quedó traspuesta. Lo último que se imaginaba del rostro inmaculado e inocente de alguien tan agradable como ella, era algo así.

—¿Por qué… por qué lo dices…?

—Es una psicópata. Eh, escúchame bien —señaló el plasma que había en la terraza—, no me refiero a lo que ves en las telenovelas. Esa palabra se dice muy a la ligera. Es una psicópata primaria integrada, de las que no les funciona el coco para algunas rutas cerebrales. Las rutas que activan esos sectores de la cabeza que te hacen sentir culpa por algo.

—Algo sé de los psicópatas…

—La diagnosticaron siendo pequeña. Mi madre nunca lo quiso creer, así que la llevaron a otro experto después, pero el diagnóstico fue el mismo. Creció, y seguía siendo el mismo. Le explicaron a mis padres cómo abordarlo. Pero… ya sabes. Cuando uno crece y tiene su propia autonomía… al final puede hacer lo que le dé la gana.

Hina tragó saliva. Ingrid había sido muy atenta y simpática con ella en el pasado. Fue la primera persona que se enteró de su embarazo. Miró a Kenneth.

—Fue la primera persona que supo que esperaba un hijo tuyo.

Kenneth levantó una ceja.

—¿Y eso?

—Registró mi bolso, igual que tú. Descubrió una ecografía… tuve que decírselo. Pero sí que es verdad que en cuanto se lo dije, trató de que tomara la decisión de abortar. Y luego no volvió a contactarme.

—Querría follarte, pero se enteró de que yo lo hice primero y la asqueó. Me juego el pescuezo.

—¿Es lesbiana?

—Oh, sí —movió la pierna con impaciencia, mirando a otro lado—. Ya lo creo. Y no se fija en mujeres feas precisamente. Te has librado por estar embarazada de mí. Si no, a saber lo que te habría hecho. En fin, eso era todo…

—¡Espera! Kenneth… ¿cómo se supone que hay que actuar delante de ella?

—Con completa y absoluta normalidad —la atajó, mirándola de repente muy serio—. Todos en mi familia creen que sólo soy un fortachón con la cabeza hueca, me gusta que piensen así. No tienen idea del tiempo que dedico a estudiar lo que ocurre a mi alrededor, de todos los tratos que sé que se hacen en cada barrio de Yepal. Y de lo vigilada que la tengo cada vez que está en esta ciudad. Pero ella es una persona muy inteligente también. Ingrid siempre será la chica más encantadora y atenta que conozcas. La gente a su alrededor piensa que es una especie de cría perfecta. Eso alimenta su ego, los estudia y controla a todos… mi miedo es no saber qué pretende nunca realmente.

—Captado, tendré cuidado con ella. Aunque no te prometo saber fingir que todo está bien ahora que me has dicho lo de asesina serial…

—Que nosotros sepamos, ha asesinado a dos prostitutas.

—Q… qué…

—No necesitas saber detalles. Lo que no quiero es que te fíes de ella ni vayas a solas a ningún sitio que no sea público —Hina tenía tal cara de descomposición, que Kenneth empezó a cuestionarse si había hecho lo correcto. Le puso la mano en el hombro—. No quiero que nunca se quede a solas con mi hija a menos que sea estrictamente necesario. Por lo demás… estate tranquila. Sólo lo digo para que estés prevenida. Ingrid está bien educada e integrada. No armará numeritos ni le conviene que sospechen de ella en términos negativos, ha entendido que gana mucho más mostrándose buena y cooperativa con los demás. No es que… vaya pegando puñaladas por ahí.

—Claro, pero… no lo es… es fachada —dijo preocupada—, ¿puede fingir todo el rato? ¿Sin descanso?

—Ha entendido que es así como las personas corrientes, que bajo su perspectiva son inferiores a ella, se confían y pueden darle lo que quiera —Kenneth se acarició el labio inferior, cavilando en voz alta—, creo que su sello se activa con el placer extremo, y es joven. Debe de querer follar continuamente para recordarse lo fuerte y poderosa que es… así que… sí. Probablemente aún su cabeza esté en construcción. Puede que el único objetivo que tenga en mente sea dominar a cuatro niñatas y luego olvidarse para seguir con otras. No lo sé. Pero me gustaría saberlo para que nunca me pille por sorpresa —se obligó a cerrar la boca y mirar a Hina, que seguía estupefacta—. Todo lo que te parezca agradable, es falso. Entiéndelo, por favor, no seas como mi madre. O te hará mucho daño y no importa cuánto llores. No sentirá pena por ti.

Hina tardó unos segundos, pero acabó asintiendo a trompicones.

—Vale —murmuró y tocó su mano—. Pre… preferiría no estar con ella a solas.

—Intenté evitarlo aquella vez. Pero fue muy persuasiva, ¿no?

Hina abrió los ojos alucinando y recordando aquella escena en la cocina. Cuántos meses habían tenido que pasar para comprender que lo que Ingrid trataba de hacer entonces era quedarse a solas con ella para ligársela. Había utilizado a Akane, su madre, para dar pena también. Suspiró.

—Como te decía —prosiguió él—, no la compares con asesinos en películas de miedo. Al estar integrada en la sociedad, sabe qué cosas te harán pensar mal y bien de ella. Le conviene siempre quedar como una dulce florecilla del bosque, por supuesto que no te hará ni dirá nada malo si quiere tu confianza. No pienses que te llevará a un callejón para navajearte… o algo así.

—Lo comprendo… está bien. ¿Dónde está ella ahora?

—En la universidad. En una multicultural, muy lejos de aquí. Tendrá que volver para contraer matrimonio al acabar el primer año. Y ya luego veremos a ver.

—¿Se supone que va a casarse y tener hijos?

—Supongo que mi padre hará lo impensable por hacerla tener al menos un hijo con ese desgraciado de los Rockwell. Es cuestión de negocios, no puedo hacer nada.

—Madre mía —Hina pensaba a largo plazo, pero se obligó a situar los pies en la tierra. Ella no era nadie para objetar nada en esa familia. Pero al contrario que Ingrid, Hina sí que tenía una empatía enorme por el resto de personas—. Pobre chico, ¿no? ¿A él no vas a decirle nada?

—¿Eres estúpida? —le preguntó, con sequedad. La miró con el ceño fruncido—. No has entendido una mierda.

Cerró los labios apenada al recibir su contestación, y bajó la mirada dolida. Kenneth chistó cabreado y negó con la cabeza.

—No se os puede contar nada a las mujeres. No abras la boca, Hina, o te juro que me las vas a pagar.

—No diré nada… pero deja de hablarme así.

Kenneth sabía que Hina no abriría la boca. Pero tenía que tenerla atada en corto y no dejarse llevar por sus propias emociones, o de lo contrario cualquiera como su hermana las podía aprovechar. Incluso seguía pensando que lo mejor era que Hina no tuviera plena claridad acerca de sus sentimientos hacia ella.

Su móvil vibró. Un mensaje.

“Prepárate. Lo haremos en tres horas.”

¿¡Qué!? ¿Hoy…? Miró a Hina algo nervioso. Ella seguía devolviéndole una expresión de perro degollado. Apretó el semblante al guardarse el teléfono.

—Cuando nos casemos, si me apetece acostarme con una prostituta, lo haré.

Hina soltó una risa más nerviosa.

—No hablas en serio. No hablamos de eso.

—Estás avisada. No quiero lamentos ni recriminaciones. Eres la mujer que nadie conoce en esta unión, y tú sí me respetarás.

Hina fue mermando su sonrisa lentamente cuando le vio ponerse en pie. Parte de él se maldecía, porque no le gustaba herirla gratuitamente. En este caso, se intentó convencer de que lo hacía para que entendiera que ella estaba en una posición inferior. Y porque el mensaje de móvil era un llamado a algo que no deseaba hacer. No le convenía que ni ella ni nadie entendiera sus sensibilidades, y Hina empezaba a sospechar que el amor era mutuo y correspondido. Se vistió deprisa y recogió su abrigo. Hina habló más bajo.

—¿No te ibas a quedar a pasar el día? Yo tenía que ir a…

—Dormiré luego en otra cama y con otra mujer. He quedado ahora con ella. No te pongas pesadita, ¿sí? Que ibas bien hasta ahora.

La chica no le contestó de inmediato. Sus ojos llenos de dolor lo decían todo, pero pronto los apartó de él. Estaba confundida. El dolor de imaginárselo con otra mujer no le dejaba pensar con claridad.

—Pensé que…

—Ah, y una cosa más. Hoy no quiero que salgas de aquí.

—¿Por qué?

—Porque no me da la gana a mí. Obedece.

—¡No soy tu puto perro! —le gritó de repente, cabreada—. Hoy había quedado con tu hermano para comprar cosas del bebé. Venía una de tus sobrinas.

Está hablando de Roman. Otro que se piensa que el aire es gratis.

—Te prohíbo salir hoy y punto. No me obligues a echar la llave por fuera.

—Si pasa algo, será mejor que me lo digas. Porque si me dejas encerrada llamaré a la policía.

—Prométemelo, o te dejaré encerrada y sin móvil. Y así es mucho peor, créeme. —Hina tragó saliva. Frunció el ceño pero no rebatió más—. Bien.

La chica se limitó a negar con la cabeza, callada.

Kenneth cerró la puerta y se aproximó a su coche. Cuando entró y encendió el contacto, dio un suspiro.

Yo también quería quedarme. No me gusta que deje caer que la quiero. Ella también puede aprovecharse de mí.

Kenneth echó una mirada a la fachada de la vivienda donde Hina ahora residía. La tenía vigilada cada vez que salía de casa. Si algún Ellington o algún enemigo se enteraba de por qué era importante para Kenneth, sin duda tratarían de hacerle daño. Por ello, y sin que ella lo supiese, sus pasos estaban investigados, especialmente en lugares públicos. Si un sicario trataba de atentar contra ella, un aliado de los Belmont saldría en su defensa inmediatamente.

Pero Kenneth no se sentía bien después de haberla hecho creer que iba a acostarse con otra mujer. Antiguamente lo había hecho con otras mujeres que estaban enganchadas de él, porque todo le daba igual. Ver cómo su sonrisa se apagaba y se le quedaba mirando sin poder defenderse, le había dolido también a él.

Espero no provocarle yo mismo un disgusto en el embarazo. Eso no me lo perdonaría.

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