CAPÍTULO 52. Una respuesta a la altura (II)
Otro foco de gritos alertó a los Belmont.
—A ver, QUÉ COÑO PASA AHORA.
—Es Ellington. ¡¡Está huyendo de los policías… matándolos!!
—Está lanzando armas de esmeralda a diestro y siniestro. ¡¡CUIDADO, JODER!!
Kenneth no pensaba que fuera a suceder ya nada reseñable, lo que querían hacer estaba hecho, y era normal que la malcriada de los Ellington huyera muerta de la impotencia de aquella forma. Pero lo que ninguno se aguardó fue una desproporcionada explosión a su vera, que alertó también al equipo que iba a pie. De dónde venia o cómo fue causada, lo desconocía.
—¡¡Eric…!! Dile a tus hombres que acudan a recogernos. La chica está matando a gente ella sola. Y los putos policías no le disparan —chilló Vivienne exaltada.
—Ni le dispararán nunca, tita. Saben quién es.
—Joder… ¡au…! —Eric distinguió en la comunicación que tres hombres perdían su posición. Ya no salían en el mapa.
—Otra explosión —murmuró Kenneth, arrancando—. Nos vamos. Despejad todas las calles.
—¡JODER, NO…!
—¡EH…!
—Me estáis poniendo de los nervios —regañó Kenneth—, parecéis putos novatos. Sólo es una cría. ¿¡Se puede saber por qué no habláis claro con lo que ocurre!? ¡NO GRITÉIS AY, AU, OUCH por radio interna, IMBÉCILES!
—Se… se lleva la furgoneta…
—¿Uh…? ¿Qué furgoneta?
—Acaba de robar una furgoneta a un civil. Va hacia los paisanos. Mierda, va… va hacia…
Kenneth conectó las posiciones que la pantalla le dejaba ver. Elina, con los ojos llorosos, desvió la atención a la pantalla con las que habían elaborado todo aquello a coste de tantas vidas.
Paulina había reconocido a Roman Belmont y optó por la vía de la desesperación. No le fui difícil romper la puerta de una furgoneta y sacar al civil que iba dentro, atolondrado. Sabía manejarse con las marchas de aquel cacharro que estaba conduciendo. Sorteó otro vehículo y tomó el rumbo que quería.
Allí los vio. Allí le vio. Roman Belmont tenía a una niña en brazos. E iba con otra chica al lado.
No eres como ellos… pero ya me da igual, pensó, sintiendo adrenalina en cada nuevo gesto. Aceleró hasta el fondo y mantuvo el volante en su dirección. Contempló cómo su compañero de clases materializaba su sello bajo los párpados de repente, pero agachándose a cubrir a la niña con el cuerpo. Paulina parpadeó, gritando llena de ira, y desvió el volante en el último segundo hacia otro grupo de personas.
Roman casi pierde cualquier atisbo de humanidad al ver aquel gesto. Al parecer, aquella loca decidió en último instante no atropellarle, pero eso cambiaba a peor las cosas. Atemorizado, vio fuera de sí cómo el morro del furgón se dirigió hacia Hina, y ya no le daba tiempo a hacer nada. Gritó con fuerza y se concentró lo que pudo. Paulina sintió que las ruedas del lado izquierdo tomaban una extraña rampa que antes no existía, y el furgón dio un brusco giro de campana antes de estamparse y pegarse varios bandazos dentro de la cabina. Como si el vehículo fuera la bola y las personas bolos, arrolló a un total de cinco durante su desplazamiento. El último golpe activó el airbag, pero para entonces el cuerpo de Paulina ya se encontraba en la parte de atrás debido a las múltiples colisiones. Su pierna derecha estaba dislocada y tenía un fuerte dolor de cabeza. Empezó a sollozar, devastada, sintiéndose todas las costillas rotas.
Era la primera vez que Roman manifestaba el sello de aquella forma tan salvaje… y que sus poderes respondían en la misma medida. El detonante no había sido sólo la adrenalina… había sido el miedo. El terror. La aterradora sensación que se adentró en su cuerpo cuando la furgoneta iba directa hacia Hina. A pesar de lograr desviarla al sintetizar un carril de zafiro, el choque contra el chasis ladeado les golpeó a él y a su sobrina de lleno cuando cambió su dirección tan bruscamente, y la niña había quedado inconsciente y tirada contra el cemento.
—Lynne… ¡Lynne…! —se arrastró hacia ella. Descubrió horrorizado que la niña tenía un pie completamente torcido hacia el otro lado, y la mitad del rostro ensangrentado. Roman se contuvo de llorar, tampoco quería tocarla. Desesperado, elevó una mano al sentir las sirenas de ambulancia en algún lugar—. ¡QUE ALGUIEN NOS AYUDE, POR FAVOR!
Hospital
Lynne había sobrevivido. Fue operada de urgencia para reparar la torcedura de su tobillo. No volvería a practicar danza clásica, no al menos en términos de campeonato. Cuando Eric y Kenneth se enteraron de ello y el resto de la familia estuvo avisada, se armó un jaleo en la habitación hospitalaria.
Roman se dio cuenta tarde de que estaba también lesionado de una rodilla y una contusión en la sien. Tendría que estar ingresado unos días, y Lynne la semana completa. Hina había permanecido cabizbaja y con los ojos llorosos casi todo el rato, viendo desconsolada el sufrimiento de aquella familia tan grande que crecía en número en la habitación de hospital y en sus pasillos. Muchos criticaron el procedimiento y la poca falta de previsión de parte de Roman.
—Estaba a salvo, se suponía que iba a ser algo jodidamente rápido… ¿¡no hubiese sido más fácil que me dijeras el plan desde el principio!?
—Tú no tenías que saber nada —cortó su padre, zanjando de golpe el resto de conversaciones secundarias a su alrededor. En seguida, el resto agachó la cabeza—. Tenías que haber obedecido a Kenneth y ya está. Por suerte, no hay ninguna muerte más que lamentar.
—Si no estoy muerto es porque esa loca decidió recular y por mi sello, ¡POR NADA MÁS! ¡Esto es lo que pasa cuando dejas las cosas en manos de TUS PERFECTOS HIJOS MAYORES!
—¡¡CIERRA LA PUTA BOCA!! —chilló Eric—. ¡ERES UN INÚTIL… UN INÚTIL DE MIERDA, JODERRRRR! —gritó Eric como un animal, salpicando saliva. Ryota frunció el ceño y tocó a Eric del hombro.
—No pierdas los estribos así. Tu hija está viva. Ve a calmar a tu mujer. ¿Dónde está Kenneth?
—Se ha quedado fumando fuera —dijo agobiado, pasándose la mano por el pelo—. Kenneth avisó a este mequetrefe. ¡¡Podía haber perdido a mi hija!!
—Haberte anticipado —masculló Ryota, también descontento con la actitud de su primogénito. Éste chistó cabreado, y dirigiendo una mirada de reproche a Roman, abandonó la habitación de un portazo que casi desencajó la puerta. Hina se estremeció bajando más la mirada.
—Tu madre también está en camino, Roman. He acortado la historia para no asustarla con tu indescriptible estupidez más de la cuenta —alegó Ryota en tono tranquilo. Sacó su pitillera y se puso el cigarro en la boca sin encenderlo—, iré fuera. Piensa en lo que has hecho.
Roman apretó los labios disgustado. Lo mirara por donde lo mirara, y aunque el plan hubiera sido un éxito tan agridulce para el clan, nadie contó con la rabia de Paulina Ellington, que por sí sola había matado a cuatro policías y a veinte civiles inocentes que se interpusieron en su camino. Aun así, la chica reculó en arrollarle. El porqué lo desconocía, ni quería saberlo. Como Kenneth no le hizo partícipe del plan, jamás se imaginó que podía irse tanto de madre. Tampoco supo hasta escasos minutos que todo había sido un plan orquestado para secuestrar a la mediana de las Ellington y que habían tenido que acabar con la vida de la hermana menor en el proceso. Oyó que Hina sorbía por la nariz cuando se quedaron a solas en la habitación hospitalaria. Roman trató de mantener la calma y respiró hondo.
—Deja de llorar. No tienes la culpa de nada.
No respondió, apenas había dejado de temblar desde que llegó allí. La única herida que había tenido en el ataque había sido la propia caída y el empujón que le dio Roman para apartarla de la trayectoria del coche. Tenía una pequeña tirita en la frente, pero estaba ilesa. Tras una eco, le dijeron que su bebé estaba bien.
—Hijo mío… —Akane entró con el rostro compungido. No había llorado, pero sus enormes ojos miel estaban tristes y enrojecidos por contenerse. Abrazó con cuidado a su hijo, acariciándole el pelo—. ¿Estás bien…?
—Sí, mamá… estoy bien. Lynne se ha llevado la peor parte.
—He preguntado por ella pero aún no dejan entrar a nadie… está estable.
—Lo sé —murmuró él, cabizbajo. Pero enseguida notó las cálidas manos de Akane sobre sus mejillas y sintió que inmediatamente su cuerpo se avivaba. Su madre siempre había sido su fuente de energía. La quería como a nadie. Al final, se sonrieron mutuamente.
—Saldremos de esta, como salimos de todo. No has hecho nada malo, al contrario. Hoy pasaré la noche aquí, ¿de acuerdo…?
—No es necesario.
—Sí que lo es.
De pronto, la puerta volvió a abrirse de mala manera. Kenneth entró con caminar decidido y un semblante que era el culmen de la rabia. Hina se puso en pie despacio al verle, sintiendo que el corazón le bombeaba con fuerza. Kenneth miró a su hermano.
—Eres un completo inútil de mierda… y te mereces haberte torcido la cabeza —dijo sombrío al pasar por delante de la camilla. Akane y Roman le miraron nerviosos, pero Kenneth no frenó. Hina también se le acercó.
—¡Lo… lo siento, y-…!
¡¡¡PAFF!!!
—¡…! —Akane abrió los ojos alucinada y se puso recta de golpe, al ver cómo su hijo descargaba toda su ira contra Hina de un violento bofetón. El impacto fue tan fuerte que hizo que la muchacha girara sobre sí y cayera bruscamente contra el suelo.
—¡ERES UNA ESTÚPIDA! ¿¡CÓMO COÑO TE HAS ATREVIDO!?
La joven rompió a llorar, una vez pasada la impresión de semejante golpe. Kenneth se arrodilló sobre ella y le apretó los hombros con las manos. La zarandeó tan fuerte que volvió a golpearle la cabeza contra el suelo.
—¡RESPONDE! ¡ESTÚPIDA! ¡ESTÚPIDA…!
—¡Para…! —Roman utilizó sus escasas energías en sintetizar un zafiro, que fue a parar en forma de canica hacia la sien de Kenneth. Éste, con los ojos inyectados en fuego rojo, volvió a zarandearla.
—¡¡DEJA DE LLORAR!! ¡HABLA, JODER! ¡¡HABLA!!
—Por Dios… —Akane hundió el rostro entre las manos, desfallecida.
Hina estaba acobardada, aterrada al ver esa expresión en él. Pero notó de pronto que la inhumana fuerza con la que le comprimía los hombros temblaba. Hizo un esfuerzo por contestarle sin entrecortarse.
—Y-yon… nosab-… que… q-q…
—¡¡TE DIJE QUÉ!! ¿¡QUÉ COÑO TE DIJE…!? ¿¿QUÉ COÑO TE DIJE??
Hina se asustó y la cara de ansiedad pasó a la de terror cuando vio cómo el rojo de sus ojos se intensificó. Le miró temblando, las lágrimas no brotaban. Kenneth bajó las pupilas a la sangre que brotó de su labio inferior, le había cortado el labio con la bofetada. Parpadeó nervioso y sintió él mismo su temblor y su inseguridad. Trató de centrarse. Estaba a punto de perder los papeles con quien no debía. Recapacitó, obligándose a moderar su demonio interno. Y ya consciente de lo que estuvo al borde de perder, la aprisionó contra él con mucha más fuerza, estrujándola contra su pecho. A Hina le temblaba la voz y no se movió más que para reanudar su llanto. Se sentía muy indefensa a su lado, incluso aunque la abrazara.
Akane corrió hacia ambos y cerró el puño en la camiseta de su hijo, instándole a ponerse de pie y separarse de ella. El muchacho la soltó nervioso y se elevó por encima de su madre, y ésta le giró la cara de dos bofetadas duras.
—Ahí. Dale duro, a ese cabrón —musitó Roman de fondo—. Nadie nos ha dejado explicarnos. Una de las peluqueras es amiga de los Ellington. Vi como insistía en que se fueran de allí nada más verme.
Kenneth cerró los ojos y se tapó la mejilla, la mano le seguía temblando. Pero sintió que sus ojos perdían fogosidad y su sello se evaporaba de la frente. Al abrir los ojos, Akane le miraba muy fijamente.
—No volverás a ponerle la mano encima, o yo misma me encargaré de apartarla de ti… para siempre.
Kenneth tomó aire y contó segundos antes de interaccionar con ella. Cerró los puños, estaba demasiado fuera de sí todavía. Hina gateó hasta el sillón alejándose y no se retiraba en ningún momento la mano de la boca. Kenneth la miró de reojo, pero Akane le volteó con fuerza de la barbilla.
—No la mires. Mírame a mí, contéstame a mí.
—No entiende la gravedad de las cosas. Me ha desobedecido, éste gilipollas de aquí al lado también, y ÉSTAS son las consecuencias.
—No. Las consecuencias son… a causa de tu obra. Ellos sólo estaban paseando.
—Les dije que no cruzaran por esa puta avenida. Precisamente porque… —Akane le interrumpió elevando una mano frente a su cara.
—Me da igual. Nunca me meto en lo que hacéis. Pero no vuelvas a pegarle de esa manera. Mira tu cuerpo y mira el suyo. ¿Acaso has perdido el poco juicio que te queda? ¿¡Se te olvida que es tu hijo al que lleva dentro!?
—CLARO QUE NO. ¿POR QUÉ CREES QUE LA PREVENÍ?
—Haberlo hecho mejor. Mucho mejor. Sois todos unos irresponsables. Y no dejaré que tu falta de control tenga estas repercusiones. Si no sabes cuidar de tu esposa, no mereces tenerla.
Roman miró apenado a Hina, que apenas había abierto la boca desde que habían llegado al hospital. No podía darle más pena.
Akane se llevó al pasillo a Kenneth y por fin, volvieron a quedar solos. El castaño la miró intentando ser más comedido.
—Siento que tengas que ver esta parte de él. Me ha sorprendido que te pegue. ¿Lo ha hecho más veces?
Hina negó con la cabeza, en un suspiro de cansancio. Repasó su labio inferior con la lengua para retirar la sangre.
—Sé que trató de prevenirnos. Pero…
—No podíamos quedarnos en las calles paralelas sabiendo que se me quedaban mirando en todas partes. Temía el ataque. Ha sido mi culpa, Hina, no te preocupes. Cuando esté más calmado se lo explicaré.
—¡Es igual…! —dijo sollozando en voz muy baja—. Siempre se hace lo que él quiere y como él quiera… he intentado estar con él, pero de algún modo u otro me hace daño —se limpió las lágrimas con la manga—, y ni siquiera soy la única para él. Se siente presionado porque estoy embarazada, pero no me quiere. Nunca tuve que haberle contado nada… —Roman tragó saliva de nuevo. Ella se secó las pestañas mojadas con un pañuelo. Al pasar por delante de su camilla le echó una mirada breve—. Siento no quedarme. Si le quieres explicar algo, está en tu mano. Yo no puedo más.
—Lo… lo entiendo… pero… Hina… Se colgó rápido la mochila y salió de la habitación. Se movió rápido por el pasillo, consciente de que Akane y Kenneth la seguían con la mirada. Supo que él la siguió de varias zancadas, pero se las arregló para perderse entre la gente.