CAPÍTULO 51. Una respuesta a la altura (I)
Chalet de Kenneth
La guerra latía silenciosa. El hacha estaba clavada y todos en la región conocían que la cristalografía de la esmeralda Ellington había cobrado fuerza. Y con ello, esperanza en sus clanes aliados. Demasiados años al yugo del imperio Belmont trajo represalias y el ambiente siempre estaba caldeado.
Sabía lo que se jugaba y su familia también. Los únicos cabos que le quedaban sueltos eran las advertencias sobre los seres queridos que aún no tenían las manos manchadas de sangre e ignoraban el peligro. Eso ahora incluía a sus dos hermanos menores y a Hina. Un soplo de parte de los Hansen llegó a oídos de Kenneth, de que se vio a la joven con Akane en un centro comercial y había disparado las dudas de quién era y por qué había buen trato con la esposa de Ryota Belmont. Era fácil crear sospechas en torno a civiles desconocidos y hasta el momento, Hina lo era.
Kenneth decidió llamarla.
| Conversación telefónica
—¿Estás bien…?
—Sí. Escucha atentamente. ¿Estás sola?
—Claro que sí, con quién iba a estar.
—Ibas a ir con Roman a hacer compritas.
—Sí. A él también le faltan unas cosas y me pidió q-…
—No me importa. Pase lo que pase, no quiero que piséis la carretera de la avenida principal que conecta la tienda Sou con la peluquería Debreh.
—¿La Sou con… hm…?
—¡Despierta, coño!
—Te estoy escuchando. No sé qué tiendas son.
—Se lo diré al cabeza hueca que te acompaña también. Pero la verdad, preferiría que ninguno saliera.
—¿Y por qué no? Él tiene cita desde hace tiempo, no creo que quiera cancel-…
—No tienes derecho a saber tanto. Obedece y ya está. Quedaos en casa porque lo digo yo. Te lo dije antes de salir y has salido, coño.
—Dime qué está pasando, o no te haré caso.
—Hina, no me hagas viajar hasta tu maldita casa y atarte a la cama. Porque lo haré si es necesario. Y no me importa darme ahora mismo el viaje de vuelta.
—¿Acaso corro peligro?
—Te estoy diciendo que no lo hagas y punto. Y si se te mete en la cabeza el ir, no pises esa zona. ¿Tan difícil es de entender?
Hina guardó silencio. Pero su tono la enfadaba. Supuso que, si podía estar en los alrededores, realmente su vida no debía correr peligro. Probablemente hubiera algún ajuste de cuentas que no quería revelarle por teléfono.
—Entiendo que no me tengas confianza para decírmelo. Al menos díselo a tu hermano.
—Ese es otro que me preocupa, no sabe guardar un secreto. Por eso nunca le contamos nada. Bien, Hina. Ahora le llamaré a él y le pondré al tanto. Por tu bien, espero que no me tomes por idiota.
—Bien —murmuró, notablemente molesta.
—Bien —repitió—, ¿qué tiendas son las que te he…?
Hina le colgó. Y él, algo descolocado, se quedó mirando la pantalla.
¿Me colgó…? Se va a enterar, esa…
La volvió a llamar. Hina le bloqueó, y de repente Kenneth oyó el típico mensaje de que el número no existía. Eso le quemó la poca paciencia que le quedaba. La mandó al diablo en sus pensamientos y llamó a Roman para repetir el proceso.
Dos horas más tarde
Distrito sur
Paulina, Carmella y Elina volvían de unas compras. El ambiente entre ellas estaba tenso, acababan de discutir. Carmella estaba molesta con el trabajo que el peluquero acababa de hacerle, y Elina, intentando ser positiva al respecto, provocó que la benjamina todavía se cabreara más.
—¿¡Por qué siempre te pones de parte de los demás!? —chilló atusándose el pelo—, joder, reconoce que ese imbécil merecía una reclamación. Le hubiera mandado un buen tiempo a la sombra.
—¿Por no ser clara? Ni siquiera yo entendí el corte que le pedías… —dijo Paulina, entre risas. Su hermana había quedado muy mal trasquilada, y por tal de no aguantar más el cruce de gritos con todos los clientes mirándolas, instó a cambiar de lugar.
Así que, cambiaron de lugar. Al hacerlo, cambiaron el punto donde se las esperaba encontrar Vivienne Belmont, hermana de Ryota y de rostro casi desconocido para cualquier red social u organización local. Eso provocó que la mujer activara el plan B.
Kenneth esperaba junto a sus sicarios en el interior de una enorme furgoneta negra de cristales tintados. Cada par de ojos dentro del automóvil veía a los paisanos que iban y venían. Otra furgoneta exactamente igual que esa mantenía la vigilancia por el resto de calles paralelas. Secundariamente, otras dos furgonetas de distintos colores y falsas pegatinas comerciales paseaban por las mismas calles.
Pasados los veinticinco minutos, y ya dando el plan B también por perdido, Eric activó la videocámara de sus gafas de sol y transmitió una imagen al portátil conectado en el interior del resto de furgonetas. Otras dos furgonetas, al recibir la imagen en directo, arrancaron el vehículo y salieron de su escondite. El plan C se puso en movimiento al no encontrar al objetivo por las zonas convenidas.
Las hermanas Ellington seguían discutiendo. Vivienne las siguió en el primer cruce de carretera y las chicas, enfrascadas en su pelea y rodeadas por otra veintena de transeúntes, no se dieron cuenta. Pero al doblar dos esquinas y seguirlas unos metros más, Vivienne cruzó miradas con un paisano al que no reconoció, que le devolvió la mirada más de dos segundos. Fingió cruzar por otro paso de peatones y se llevó la pulsera cerca de la boca, toqueteándose el pelo y susurrando.
—Van escoltadas. Me ha visto el paisano con la chaqueta de cuero, estoy segura de que se ha dado cuenta.
—¿Sigues teniendo visual?
—De la más bajita, la que tiene el pelo teñido de blanco. Acaban de girar a la izquierda.
—Richie, gira hacia la izquierda —murmuró Eric a todos los participantes de la misión—, Kenneth, te va a tocar.
—Ya me doy cuenta. Era arriesgado hacerlo aquí. Tía, sal de ahí.
—Oye, ¿esos no son…? —prosiguió la mujer—. Kenny…
—¿Hum…?
—Tengo visual —interrumpió Eric antes de gritar—. Despierta, Kenneth, coño.
Kenneth frunció el ceño. Su tía había querido decir algo pero Eric, alarmado por la distancia que estaban tomando con su objetivo, le cortó la comunicación. Chistó cabreado y pisó el acelerador. Dio un tremendo y sonoro acelerón que provocó el griterío de la calle principal, y se lanzó en línea recta por la avenida. En las cinco calles paralelas y las terminales por cada extremo de la misma, más furgonetas Belmont aguardaban su momento. Pero debido a la proximidad de Kenneth y su grupo, y el fracaso de los planes principales, él era el más cercano para actuar personalmente y contra todo pronóstico. El resto de aliados no se hicieron de menos de todos modos: el tiroteo empezó al este, y el terror de los civiles les hizo combarse en masa en sentido opuesto al de la reyerta. Era poco común que una zona tan transitada fuera un foco de tiros. Una zona de alto standing.
Paulina, Carmella y Elina dieron un brinco al igual que el resto de transeúntes, cuando los golpes, los tiros y la frenada de neumáticos sonaron casi al mismo tiempo. Carmella y Paulina, más acostumbradas a la acción y más fuertes fisiológicamente, tuvieron un fuerte despliegue de adrenalina que las hizo tomar posiciones. Fue la mayor quien arrastró a Elina de la mano hasta un callejón para ocultarse. Después la dejó al lado de uno de los escoltas para que siguiera sus indicaciones.
—Voy a ver qué pasa, esto es raro. Quédate con él. Elina, ¿me has oíd-…?
Antes de concluir la pregunta los sesos de ese mismo hombre salpicaron hacia la pared de ladrillos. Cuando Paulina fijó un segundo las pupilas, se dio cuenta de que ella misma era el objetivo de un subfusil. Agachó velozmente la cabeza y corrió hacia el callejón; los tiros casi la alcanzan.
Corrieron apresuradas al final del callejón, encontrándose con Carmella. Se juntaron y adentraron en el mismo, pero en la otra salida se oyó otra ráfaga de disparos. Paulina tomó la iniciativa y adelantó a las dos a empujones para ser la primera en asomarse. Lo hizo imprudentemente: cuando asomó medio rostro, una hoja de acabado blanco y brillante casi le cercena el cuello. Esquivó a duras penas el ataque y la hoja siguió girando cual boomerang, llevándose por delante el cuerpo de dos mujeres que trataban de escapar entre la avalancha humana.
—Es cuarzo blanco.
—¿¡Los Hansen!? —gritó Carmella, poniéndose a su lado.
—Están matando civiles, pero obviamente somos el objetivo —dijo Paulina, pasándose rápido la mano por la frente—. Hay que moverse. YA.
Kenneth giró bruscamente al final del callejón por el que las chicas se habían metido, y de la furgoneta salieron cinco efectivos armados que abrieron fuego contra ellas. Les dejó allí y él siguió conduciendo hacia la calle paralela. Un grupo de jóvenes huía de su avance, pero Kenneth pisó más el acelerador y los arrolló a todos, en un infierno de gritos de dolor y de terror. Enseguida sonó la sirena policial a sus espaldas.
—¡DETENGA LA FURGONETA!
—CÓMEME LA POLLA, MILES —chilló a voz en grito, conocía hasta el último policía local del área. Sus voces. Sus debilidades. Sus familiares. Miles era joven y alocado y le conocía bien. Pero a él y su binomio les faltaba mucha experiencia para controlar lo que pasaría.
El grupo del callejón abrió fuego inmediato contra las chicas. Paulina abrió los ojos asustada y se concentró rápido, expulsando de su aura una barrera verdosa que amortiguó la mayoría de balas, frenándolas lentamente. Pero no dejaban de llegar y la utilización de su poder había sido tan fortuita, tan inesperada, que le costaba mantener el escudo. Dos balas más bajas se escaparon de su radar y rozaron la capa inferior de la esmeralda, rayándola. Otra de ellas logró llegar hasta el tobillo de Carmella, que chilló desprevenida. La chica extrajo del interior de su bolso una Glock y apuntó, pero Paulina la previno.
—¡No! Debilitarás más mi muro… —dijo apretando los dientes. Elina se pegó a Paulina y cerró los ojos, respirando hondo. De pronto, una nueva reverberación verdosa ondeó alrededor de sus brazos. Paulina expulsó seis flechas verdes y brillantes en parábola. Éstas sortearon su propio muro y lograron atravesarle el pecho a cuatro de los tiradores, arrojándoles de inmediato al suelo. Carmella cojeó hasta el otro extremo aprovechando las bajas y miró la otra salida. Entonces abrió los ojos con preocupación. Tres furgonetas venían en su dirección. Al mirar hacia el otro lado, otras dos cerraban el paso, mientras que muchas personas inocentes gritaban como posesas tratando de huir. Estaba claro que eran ellas tres el auténtico objetivo y las estaban acorralando en el largo del callejón. Y trató de pensar rápido bajo esa presión, pero no le dio tiempo. La furgoneta dio un frenazo en seco y la puerta deslizante de la cabina trasera se abrió de golpe.
—¡Métela! ¡¡Rápido!!
Carmella fue veloz de pensamiento al ver todos esos cañones apuntando. Miró a la ventana cerrada del conductor. No tenía contacto con él, pero si le atacaba directamente, sus hermanas podrían tener un margen para huir antes de que…
No. No lo tienen, se autocontestó. Miró hacia el fondo del otro callejón y contempló aterrada que otra furgoneta más, también negra, frenaba frente a esa escapatoria. Se deshizo su idea en la cabeza. Entonces sólo actuó por rabia y temor, y elevó una mano directamente hacia la ventanilla del coche. Kenneth la vio venir y cerró el puño con brusquedad desde el interior.
El golpe de poderes chocó rompiendo el vidrio y agrietando el lateral izquierdo de toda la furgoneta. Carmella se ahogó, sintiendo cómo su cristal verde se rompía incluso antes de salir volcado de su mano. El avance irrefrenable del zafiro se lo comió a pasos agigantados.
Cuando Paulina logró reforzar la barrera formada, corrió junto a Elina para ayudar a Carmella. Pero las dos frenaron en seco alarmadas. Fuera del callejón los tiros cesaban y aunque el griterío no lo hiciera, Paulina sólo podía escuchar los alaridos insoportables de su hermana pataleando en el aire. El zafiro enraizó y ascendió bruscamente mientras sus ramificaciones se adherían más y más en el cuello de Carmella, elevándola en el aire cada vez más alto. Kenneth salió del vehículo sin bajar la mano, controlando el zafiro, y cuando vio a las hermanas pateó bruscamente a Elina en el abdomen, tirándola de culo a la acera. Paulina elaboró una daga verde en el aire y trató de recargar el brazo para ensartársela en el cuello, pero Kenneth rompió en mil añicos su poder de un simple gesto. Los cristales verdes rompieron otro cristal de la furgoneta por el retroceso. Kenneth sonrió como un maníaco mirando a Paulina, mientras sus hombres bajaban del vehículo y se aproximaban a Elina. Apenas hubo forcejeo por su parte. La arrojaron al interior.
—¿¡QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO, BELMONT!?
—Parece que tu cristal no es tan fuerte como para proteger a tu hermana, ¿no? —apretó el joven. Paulina perdió los estribos y trató de atacarle, pero un tiro de bala le rozó la nariz y la hizo recular.
—Jamás os lo perdonaremos —vociferó.
—Eso ya lo sé —dijo él—. No me ataques, niña. Ve a tu casa. Corre. E informa a tu papaíto.
Paulina fingió obedecer, pero a la mínima que giró sobre sus talones, cometió el fallo más garrafal que la perseguiría de por vida. Lanzó sobre Kenneth una potente ráfaga con todas sus fuerzas, que combinó con sus espadas. Tan pronto como lo hizo, el moreno rasguñó al aire y el cuerpo de Carmella sufrió una única convulsión, proveniente de tres garras que le perforaron las entrañas. Paulina suspiró descorazonada y bajó los brazos, estupefacta al ver que su esmeralda volvía a romperse al chocar contra el poder de Kenneth. Su hermana dejó de moverse, y de sus piernas largos borbotones de sangre comenzaron a caer. Abrió los labios asustada, dando un paso atrás. Sintió que temblaba entera, y que de repente la figura de Kenneth Belmont era como un mastodonte infranqueable. Paulina miró angustiada el cristal roto de la furgoneta. Se oían sirenas policiales a lo lejos. Comenzó otro tiroteo que alertó a las masas.
—Un movimiento en falso más, y la decapito. Y entonces serás tú la secuestrada.
Paulina respiró muy rápido, asustada, no pudo responderle. Dio otro paso atrás mordiéndose el labio con impotencia y salió corriendo en dirección a los furgones policiales. Cuando se alejó lo suficiente, Kenneth miró un segundo a Carmella Ellington, destripada en lo alto de su poste de zafiro. Deshizo el cristal y el cadáver cayó como si fuera un pesado muñeco de trapo. Los huesos de sus piernas se rompieron al impactar contra la acera. Sin mirarla demasiado, corrió a meterse en la furgoneta.
—Salida oeste. Nos perdemos en el parking 2A. Los que van de paisanos, haced tránsito normal en el barrio del norte. Vivienne, sal de la avenida. Charlie, tú también.
—¿Ha ido con los policías? —cuestionó Eric por la llamada global, aún con la adrenalina en la voz.
—No, ha cambiado de rumbo en el último momento —contestó uno de los sicarios—. ¡¡CUIDADO!!
Paulina se dio de bruces con varios paisanos, pero siguió zigzagueando por los callejones. En uno de los giros se chocó aún más fuerte con una pareja que llevaba a una niña en brazos, y cayeron las dos al suelo. La rubia se puso en pie a trompicones, respirando agitada, y pasó la vista de largo por la pareja.
…
…
A ella no la reconoció. A la niña tampoco. Pero a él sí. Y de la rabia que sentía, volvió a perder los estribos. Si ni los policías pueden ayudarme… también me sobran. No podré matar a Kenneth. Pero sí a sus seres queridos.